El inesperado encuentro de los dioses
Inauguro la sección Fotoletrismo con una de las imágenes que me ha enviado Josema.
Espero que los demás también os animéis a enviar algo :)

Cuando Jacobo alzó la vista una mujer dormía en su cama.
Sorprendido, enarboló sus rizos con la punta de goma del lapiz rojo que había trazado la arquitectura del templo romano y pensó.
Permaneció menos de un pequeño rato ordenando sus ideas.
La mujer, de espaldas a él, soñaba con imágenes urbanas. Alquien cogida a su mano le hablaba de filosofía antigua mientras la conducía a un ático del barrio mesopotánico. La mujer se sonreía con los ojos cerrados. Se dejaba llevar descalza y sin ni un atisbo de frío.
Jacobo que ya había dejado de pensar se levantó y llegó hasta la joven, que sin ser un poquito hermosa ocultaba un enigma bajo los labios. La observó de cerca. Sus rasgos le recordaban a alguien. Podía parecerse, si lo recordaba, a Marta la flaca: la camarera de la playa de vacaciones.
Pero no. No era Marta. Aquella muchacha tenía que tener un nombre mucho más sonoro. Redondo como su rostro.
La mujer subía, prendida del misterio de aquel desconocido, las escaleras de un viejo edificio. Los párpados le pesaban y el corazón pretendía cambiar de posición. Tras una robusta puerta de madera, alguien les abrió apenas pisaron el último escalón de mármol.
Por algún motivo ajeno a Jacobo, éste sintió unos deseos incontrolables de desnudar a la mujer. Se disponía a tocar su vestido azul cuando, al acercarse, ella ya mostraba los contornos de sus caderas, la rosada piel de su ombligo, una vulnerabilidad frágil y tentadora. Lo esperaba, tranquila, con los párpados pesados y un ritmo lejano en el pecho.
Cuando la mujer pasó al habitáculo, dos amantes follaban entre ruinas griegas como dioses impenetrables y poderosos. Al instante notó como su sexo se inflamaba. Todavía de la mano de aquel desconocida necesitaba rendirse al placer. Lo recostó junto a la pareja. Lo desnudó deleitándose en cada lunar, en cada isla que descubría.
Los cuatro intercambiaron susurros, gestos olvidados, se entendieron en otra lengua y vieron amanecer por el ventanal al amparo de cuatro chocolates calientes. El reloj marcaba las siete.
3 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Erótica y onírica historia. como siempre sorprendes en tus textos y en cada isla que descubres.
Saludos
Muy bien traida esa historia a partir de la foto.
El relato es sencillamente fantástico.En espera de más, saludos.





