Reencuentro
Me besabas de repente en un acto contenido durante todo el paseo, cerca de la calle Alhondiga contra la pared sucia y desconchada de un antiguo edificio. O te besaba de repente en un impulso reprimido durante largas peregrinaciones por una ciudad de aceras inquietas que cambiaban su dirección en cada uno de mis pensamientos confusos. No recuerdo.
Miraste el interior de aquella vivienda deshabitada como refugio posible a lo inconveniente: “entremos”.
Y entramos por una puerta de madera que forzamos hasta llegar a una planta baja, cubierta de polvo e iluminada apenas por el resplandor que entraba de las farolas, como restos de un sol pretérito. Un único mueble tan viejo como lo reservado bajo los párpados, y tan solo un espejo de bronce inclinado a ver las fisuras clandestinas de nuestras bocas: partícipes ambos de este reencuentro onírico lleno de trampas automáticas que nos llevarían a la lluvia de las próximas horas. Junto a la ventana, otra puerta nos invitaba y tú me provocabas: “¿entramos?”
Y permanecimos muy quietos, mirando quizás un espacio inventado por los dos, el que nos retenía en sus áreas para no cruzar el pasadizo que nos llevaba hacia lo más profundo. Hacia lo sobradamente conocido y recomendado arrinconar. Seguir abriendo puertas sería conseguirnos uno dentro del otro: yo colándome en ti, tú irrumpiendo los pasajes vedados.
Mejor desnudarnos ante la humedad violeta de aquel lugar, revivir los comienzos bajo la luz artificial de bombilla blanca y cristal reflectante de contornos salados. Mejor mirarnos y no decir nada más porque ya estábamos dentro de algo que no habíamos planeado, de algo que comenzó a existir hacia atrás desde el último minuto transgredido

3 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Te dejo a propósito de lo que describes un poema mío sobre el beso. Se titula Ensayo sobre el beso.
ENSAYO SOBRE EL BESO
Lo más corriente de un beso es que fusione dos fronteras,
que dos labios se impregnen de la posible piel contraria
que anule aquel vacío de aire tan abismal
que nos hacía sentir exclusivos o solos,
que nos introduzca en el olvido de nosotros mismos
con la simple suavidad del aleteo de una mariposa,
y que nos reconcilie con la humedad de otra boca
después de la travesía del árido desierto de la soberbia,
-aquel pecado nuestro que nos rodeaba cual marea
y nos hacía habitar nuestra propia isla-;
lo más probable de un beso es que nos haga cerrar los ojos,
entregados a la oscuridad, confiados en otro alma,
-oh dulzura del ocaso de la luz hecho hermosura-,
pues un beso es un salto valiente que al otro alcanza,
y un beso son dos continentes unidos por un estrecho,
la silueta de una sombra puesta en el suelo
que confunde en un área a dos marionetas en manos de un destino incierto,/
(nadie sabe del rumbo del amor cuando se surca),
mas un beso es un contacto eléctrico de dos otros
que eran dos yos ebrios de soledad dialéctica,
ese estado de las palabras metidas en los valles del silencio.
¡Ay de la orografía egoísta del que de sí mismo no sale
porque desconoce la belleza magnánima de la llanura
donde ninguna silueta se esconde,
donde cielo y tierra son dos amantes que se besan en el
horizonte/
y besar, por tanto, es un ensueño lejano que se atisba,
un leve roce que se muere con el llegar de la noche
y se oculta, saboreándose, falleciendo en su delicuescencia,
muriendo como se muere un poema cuando las palabras no salen.
Un relato muy bueno, muy conseguido. Veo que sigues dejando aquí, poco a poco, toda tu producción :)
Describes perfectamente un juego entre perseguidor y perseguido que se pierden y se encuentran en un escenario oscuro, escurridizo. Van entrando en un espacio físico, o en varios, dentro a su vez de una metáfora bellísima. Y todo rodeado, o al menos así lo interpreto yo, de decadencia, ruina, olvido...
que me ha gustao mucho, Sandra!
me alegro compi!
es que tenía a un buen muso como inspiración. Ese galimay... :)





