Libro de Arena
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Literaturismo

Un paseo por la palabra

Despedida

"Todo depende de la próxima canción" dijo ella y él contestó que sólo seguía a los Creedence.

Ella lo miró callada y optó por salir.

Fuera llovía como en las películas románticas y mientras se refugiaba en un soportal pensó en que si el beso con el chico se produjese en ese momento, de sus bocas saldría frío en forma de vaho y la escena parecería un anuncio de Halls.

Sonrió con la ocurrencia y paró el próximo taxi.

"A la calle 21"

Y en la radio los creedence dibujaron en su pupila el último recuerdo de aquella noche.

Una posible moral literaria

Eres una puta.

Ensucias tus pezones con barro de aceras muertas. Aceptas dinero en blanco de niños atormentados. Te mojas el pelo del semen animal del amante desamado y desarmas sus miembros para devorarlos. En tus manos cuajas líquidos amnióticos, y vomitas. Vomitas tu esencia en frases intoxicadas y pares. Pares entre sangre licuada enseres aplastados y cabezas. Cabezas de embriones descompuestos, envenenados por la saliva de tu lengua: masticada y corrupta adornas mentiras que explotan en los cerebros de tus hijos bastardos.

Eres una puta porque te vendes, porque cambias por un puñado de voces en tu nombre tu belleza, y porque estrangulas las manos del cercano con la intención de fosilizarlo y llevarlo hasta el último polvo de su garganta. Sabes a puta y así te relames, para masturbaste e integrarte en lo más grasiento de tu entre pierna. Extiendes el dedo a manosear tu doblez efervescente, y actúas como bálsamo entre lo violeta de tu sexo. Estás corrupta y te gusta. Te gustas más cada día. Transgénica. Con las noches te adulteras en tu escondite y recuentas incansable, los dólares que quedan hasta morirte.

Que los eclipses desterrados de otros planetas vengan de nuevo a engendrarte y desechen por siempre de ti lo más abominable. Aunque, por siempre ondee entre las hojas el hedor más intenso de tu puta.

Saturniana, ¿ves similitudes?

Sin mañana

Desde las vidrieras de la catedral, las pastas de los libros de la biblioteca pública, las figuras que forma la humedad en la cal de la pared, o las venas de cartón de una marioneta se presiente que mañana nunca va a llegar.

Como una sonámbula he salido de casa en busca de un kilómetro encogido que me llevara hasta ti, pero las distancias se alargaban y los peces saltaban del agua para venir a morir a mis pies. Trepé los árboles del barrio hasta la copa más alta y topé con 36 gatos insomnes, que venían a ronronearme tus gemidos y los de todas las personas que como tú, descosían pieles para hilar otras nuevas y hacerles un amor fingido.

Las pupilas felinas dilataban la noche mientras arañaban a zarpazos el aire, con la esperanza de romper sus partículas y crear un resquicio por el que llevarme a tu comarca mediante carreteras sin intervalos espacio-temporales. El viento se abrazaba fuerte impidiendo cualquier herida por la que traspasar, sin embargo han caído alas rotas al suelo, piernas abiertas de mujer, nalgas arrugadas, bordados con costuras y una rueca sin hilo.

Se ha vuelto así la ciudad un laberinto de farolas muertas, donde todos éramos extranjeros con rostros cambiantes en busca de soles que prometieran un amanecer. Pero las fachadas de piedra con olor a mito, la bruma azulada venida del norte y el cielo invertido en tu recuerdo deslizan de nuevo un presentimiento: mañana nunca va a llegar. Porque mañana es cuando te fuiste, y el lamento de los gatos repitiendo tu música en el alféizar, se hará tan eterno como una espiral que deshace sus vueltas en mi cuerpo hasta deshilacharlo y convertirme en ovillo.

Simbiosis

Dentro de estas calles existe otra ciudad.

Los días cambian de lugar las horas, según el número de hijos muertos en los campos al llegar el amanecer. La claridad se resiste ante los cadáveres y va volviéndose loca, progresivamente, pro gre si va men te. Altera los minutos reales del tiempo. Cambia de posición el planeta. El movimiento. Y la Tierra, trastornada, llega siempre tarde a su próxima vuelta.

Es la ciudad de las prisas, de prosa exhausta y opaca, donde las noches se alargan repletas de matices de sombra. Pasan semanas de sospecha cuando las estrellas se fugan a los techos para espiar las formas o la voz. Se incomoda la luna y cambia de postura, cansada de tanta lobreguez, encoge sus curvas y se esconde en las farolas, y permanece muy quieta contando las horas hasta que el cielo se parte y deja pasar a los pájaros que esperaban sobre las mansiones.

En el centro de nuestras carreteras, un invisible surco se abre y conduce a esta ciudad que se puebla de primitivas regiones, de trescientos barcos de piedra e incontables campanarios de eternidad. En ellos, la luz se vuelve violenta y deshace sus partículas quienes tensas, giran sobre sí mismas formando nebulosas en la parte más alta del tejado. Media dimensión al norte, conviven las diosas del futuro, las que todo y nada saben y nada quieren conocer. Se sientan de espaldas unas a otras a cantar himnos oscuros con las manos alzadas. Hipnotizan la atmósfera y dominan la espuma. Las diosas más bellas existen en la ciudad oculta de las autopistas a la que todos podemos acceder. De la que seremos presos si alcanzamos su electricidad.

Ellas engullen nuestra energía y la concentran en los hilos que tejen. Los que atrapan y absorben los glóbulos coloreados de cada hombre. Todos sus pensamientos. Permutan al ser en paranoia, en el bebé blanco sin aire que se prolonga por los bosques.

Alai

Alai es mi otro cuerpo, mi otro lugar de residencia.

Un habitáculo entre mis ojos que construye lo más incorrecto. Lo vulgar entre mis piernas, lo obsceno. El erótico movimiento de una historia sensual en la piel de un amantis sensitivo.

Imagino estirada, tirante, lejana hacia el eco de un gemido pausado y eterno.

Represión de dedos en la boca. Espesa humedad de la pelvis y labios inflamados de mar.

Soy una figura cambiante, cual luna esférica colgante: sonrisa torcida, ausencia, plenitud. La parte más callada del silencio de un orgasmo contenido.

Yo a solas con luz de neón, volcada en las pupilas de un actor, comprimida y pequeña. Alai a solas sobre mi pecho. Abrazadas y continuas. Suspendidas en un aire de besos, escombros, hielo y sangre blanca por liberar.

Alai en la senda de mi nuca, a su nuca. De mi vello a su vello. Alai universo de torcidos satélites sin destino. De resquicios y tristezas tendientes a infinito.

Número entero en mi cintura. Área convexa de sexo. Alai que me posee, me irrita, me convulsa y aturde. Mi amada, mi dueña. Carnívora que me destroza y recrea.

Alai y su sueño, siempre el espectro de vicio del que nunca podré prescindir

Granada de papel

La ciudad esta mañana se ha vuelto de papel marrón, y ha doblado sus esquinas hasta convertirse en avión planeador de nuevos destinos. Harta de bullicio y asfalto, se dispone a despegar.

El albaycín vino a mezclarse con las calles del centro: correos quedó en mitad de San Nicolás y la Fuente de las Batallas encogida en la callejuela del Agua. La Chana amuebló el paseo del Salón y todos los barrios se fueron encontrando callados hasta integrar la figura perfecta.

A través de mi ventana he observado todo con una ajena sensación de olvido: el segundo piso de mi edificio no contaba como pasajero y he quedado colgada del techo, como una fotografía antigua que descuidada del gran álbum, se mece entre la pared hasta resbalar a la loseta más triste de la habitación. Hoja marchita de árbol que viene a morir a los pies.

Ahora todo está lleno de polvo. Los restos de Granada no son más que los círculos que dicta mi movimiento, empañados de ideas confusas que dejan una estela de escarcha sobre mi piel. Ha resuelto la geografía rellenar las áreas vacías de un nuevo desierto gélido de dunas blancas y plantas de marfil. Puede advertirse en el centro, mi vida flotando en el aire, a punto de llegar al suelo y convertirse en pequeño oasis. Mis manos oasis, mi voz oasis, mis piernas…

Caigo y hago poco ruido, y me basta un segundo para mirar al cielo y ver alejarse la ciudad con miles de viajeros dentro. Descifrar tus ojos claros en la última ventana que miran a los míos con desvelo, y se preguntan en silencio si dejarse llevar al nuevo mundo o apretar el botón de emergencia y descender hasta la palabra precisa de mis miedos.

Morfeus

No era la primera vez que padecía insomnio, ni que el hielo le helaba la espalda, la mente le traicionaba o él se perdía en el juego de la desesperación.

Los cuervos desfilaron en su ventana, sangrantes, durante toda la madrugada. Chillaban, deliraban, revolcaban sus cuerpos en un aire espeso y cargado de rumores. Volvían de su distribución habitual de sueños por las altas cúpulas de las iglesias, las alcobas más sombrías y la paz insolente de las celdas. Llegaban exhaustos al aposento, caníbales resueltos a devorar a su dueño. Atravesaron uno a uno el cristal, con una violencia reprimida durante décadas, e invadieron el habitáculo mohoso en el que él desgastaba sus noches a la luz de una estúpida luna cambiante.

Llegaba el momento, y Morfeo vomitaba todos los sueños que aún quedaban por entregar. Consciente de su final, rendía su cuerpo a las aves hostiles que se ensañaban por derrocarle.

Debajo, la ciudad era un hervidero de locos que huían de sus literas, dispuestos de nuevo a volver automáticos los infinitos gestos y las muecas. Los árboles del norte habían desterrado ya sus raíces con la intención de atrapar a todos los suicidas que anhelaban la muerte desde sus copas.

Era domingo y la humanidad entera se condenaba a eternos días sin amanecer.

Sobre un último acto sanguinario

El malo se sintió triste.

Detestaba su maldad y odiaba que ésta misma la impidiera vislumbrar siquiera alguna partícula de amor. Todo era un círculo vicioso, de la ira emergía la rabia, de la rabia el odio, del odio la locura, el instinto asesino, el desprecio a su propia naturaleza y vuelta a empezar.

Por lo menos tristeza, nostalgia y autocompasión sí se le permitía sentir.

Con lágrimas en los ojos cargó el arma. Una escopeta de herencia familiar sería la ejecutora del próximo acto.

La víctima, esta vez sería su propia identidad, que lejos de considerarse suicidio, no era más que la consecuencia de un rencor más.

Con diez euros en la chaqueta se vendería a una muerte compacta y directa que no le permitiera sufrir.

El último sentimiento: el placer del verdugo.