Libro de Arena
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Literaturismo

Un paseo por la palabra

Una posible forma de definir la eternidad

La eternidad es esto.

La espera indefinida en esta estación helada donde los minutos pesan en las ventanas y descienden, lentos, como gotas de agua que se deslizan hasta volver otra vez a la tierra, sucia bajo las vías. Otoño en el andén, lleno de hojas muertas que pasean de uno a otro lado arrastradas por un viento triste con olor a café. Estirar mi cuerpo en uno de los bancos metálicos de la sala de espera: las manos hacia el norte y los pies hacia el sur, como si acaso así abarcara todas las direcciones y pudiera llegar hasta ti.

La eternidad no es más que esto: tu inevitable ausencia evaporada sobre las cabezas de los viajeros, escondida tras las señales de peligro, susurrada en cada voz dormida que espera la llegada del próximo tren. Es no tenerte hasta el infinito pero verte siempre en cada rostro nuevo que baja a diario con maletas del último vagón, o ligero como el aire que se escapa de los besos y va deshaciendo su forma hasta reducirse a una partícula elástica, rellena de todos los días que nunca podremos vivir.

Posibilidades

Encuentro a Drácula de espaldas a la leyenda, contando sus letras en un ábaco.

Se pregunta quién habría querido crearle, quien le habría querido.

Transilvania disipa sus trazos del mapa mientras él continúa con sus dudas, moviendo la cabeza de uno a otro lado como un péndulo resignado a su vaivén. Se ha vuelto escueta la madrugada, las líneas hasta el entendimiento son discontinuas y llenas de frases entrecortadas e insignificantes pensamientos. Con la inercia de cada día ha ido dejando caer sus matices al suelo imaginándose por un momento hermoso, frente al espejo que no le devuelve más que la misma fe de un niño creyente en las formas de la oscuridad. Y en ese atisbo de lucidez, los besos lanzados al aire desde lugares remotos y todos aquellos que fueron robados han rellenado sus resquicios vacíos, obligando a la geografía a cambiar las ideas de sitio y a huir de un miedo dulzón a ser adorado por alguien. Los vampiros fieles han vuelto antes de tiempo con los minutos del día siguiente entre los dientes y expresión envejecida, que dejaba ver su cansancio ante tanta muchachita virgen de sangre inerte. Juntos, como maestro y discípulos, han comentado el día y vuelto a contar en el ábaco las bolitas totales de su destino, mientras el día se venía en un espasmo de bruma sobre el castillo y espejos vomitando una a una las imágenes nunca reflejadas: pieles arrugadas por los años, amores mortales y cartas leídas en voz alta. Ha nacido así, entre escombros de sol y espejo una sacudida de esperanza: los bucles infinitos de la posibilidad.

Reencuentro

Me besabas de repente en un acto contenido durante todo el paseo, cerca de la calle Alhondiga contra la pared sucia y desconchada de un antiguo edificio. O te besaba de repente en un impulso reprimido durante largas peregrinaciones por una ciudad de aceras inquietas que cambiaban su dirección en cada uno de mis pensamientos confusos. No recuerdo.

Miraste el interior de aquella vivienda deshabitada como refugio posible a lo inconveniente: “entremos”.

Y entramos por una puerta de madera que forzamos hasta llegar a una planta baja, cubierta de polvo e iluminada apenas por el resplandor que entraba de las farolas, como restos de un sol pretérito. Un único mueble tan viejo como lo reservado bajo los párpados, y tan solo un espejo de bronce inclinado a ver las fisuras clandestinas de nuestras bocas: partícipes ambos de este reencuentro onírico lleno de trampas automáticas que nos llevarían a la lluvia de las próximas horas. Junto a la ventana, otra puerta nos invitaba y tú me provocabas: “¿entramos?”

Y permanecimos muy quietos, mirando quizás un espacio inventado por los dos, el que nos retenía en sus áreas para no cruzar el pasadizo que nos llevaba hacia lo más profundo. Hacia lo sobradamente conocido y recomendado arrinconar. Seguir abriendo puertas sería conseguirnos uno dentro del otro: yo colándome en ti, tú irrumpiendo los pasajes vedados.

Mejor desnudarnos ante la humedad violeta de aquel lugar, revivir los comienzos bajo la luz artificial de bombilla blanca y cristal reflectante de contornos salados. Mejor mirarnos y no decir nada más porque ya estábamos dentro de algo que no habíamos planeado, de algo que comenzó a existir hacia atrás desde el último minuto transgredido

Corrosión

El tendido eléctrico es una trampa tendida que se expande hasta la arena más ínfima con el deseo de devorar. Por los cables de los campos, las explanadas múltiples de capitales europeas, las torres americanas o las salidas de emergencia recorren más allá de la velocidad de la luz densos líquidos alucinógenos. Como tumor irreversible y agonía profunda el rencor conquista el mundo en forma de electrón. Ilusos los gobiernos invierten en tecnología, lanzan satélites que les salven de la amargura rojiza que en vasos con hielo ingieren, cada tarde después de sacar brillo a sus esqueletos.

El rencor avanza en lo sombrío de las tardes y el fulgor de los focos violetas. En los colores apagados y el brillo del cristal.

Todo lo impregna el rencor y espumas de rabia avanzan bajo tierra dispuestas a envenenar hasta al más tierno de los humanos.

Función de medianoche

La sala se quedó a oscuras cuando todavía continuaba entrando gente. Una gigantesca pantalla en blanco escupió el ataque de las naves espaciales y dibujó un universo de estrellas rojas.

Marta se acomodó en la butaca y se atrevió a posar su palma en la palma de Ernesto. Éste la miró sorprendido y sonrió. El proyectil de humo flotaba sobre sus cabezas e infinitos disparos galácticos invadían su sala diez.

Marta húmeda ya, pensaba en nuevos volúmenes entre sus dedos y se preguntaba si esa forma cilíndrica tan venerada, realmente sería como todos siempre comentaban entre risitas estúpidas. Por su parte, estaba convencida de que su vello púbico violeta sorprendería a un Ernesto atrevido a quitarle las bragas.

Ernesto se concentraba en la guerra de los mundos y esperaba ansioso la batalla final. Esa que predecía al The end y que sin duda se resolvería en el asiento trasero de su coche

Burton sólo crea a un pequeño dios

La avenida sobrevive ruidosa a un domingo inusual.

El sol filtra en sus rayos aves rapaces que apuntan directos al corazón.

Una duda existencial se eleva de las cloacas y los autos, derretidos, asfixiados, aceleran el proceso.

Charly mira su reloj de bolsillo. Suspira a los perros que pasean a unos dueños acicalados en salones de belleza, donde cuelgan espejos que reflejan no más que a hombres que coleccionan relojes de bolsillo pero nunca tienen tiempo. Clarly consulta de nuevo las agujas. Inquieto. Frente a él, diez plantas de gigantes balcones componen un imponente edificio ocre en el que psicópatas románticos ven la televisión o riegan botánicos de plástico. El hormigón oculta el blanco del sol: los pájaros se estrellan, la filosofía se materializa en barro y toda la ciudad se colapsa. Chuchos asustados aúnan sus lamentos al placer de las prostitutas que también gimen como perras.

El aire se ha parado en las autopistas.

Las iglesias tocan a muerto.

Y Charly que conoce su hora, comienza a cavar su fosa, porque a las 21.00 horas Europa estallará.

Él sólo quiere una última onza de chocolate. Morir con el dulce sabor del cacao y el sonido de Elvis tocando en todas las radios federales.

Otra historia de amor

Vivo al final de un pasillo, agazapada como un niño, pensativa y distante: queriendo ser cristal. O siéndolo sin saberlo. O saberlo.

Iván me canta con melancolía que quiere romper las barreras del sonido, afinar la voz, bailar en campos desiertos, diseñar planes para la lluvia y revolcarse en pálidas pieles de azúcar. En mujeres sin sostén que le sujeten de la tristeza.

Iván me lo cuenta y yo lo busco en las ondas del techo, para cogerlo fuerte y no que se caiga hacia el gris oscuro de su paisaje.

Salvarlo del blanco y negro.

Agazaparlo a mi lado.

Abrazarlo y que me abrace.

Dibujar en papel continuo el futuro que traerá el cambio climático.

Viajar más allá de nosotros.

Lo que Shakespeare dejó al libre albedrío

... y la lluvia cesó por un instante.

El apagón había dejado toda la casa repleta de dudas, sombras y fantasmas de verdad. El voltaje encendió de golpe todas las lámparas y todo se disolvió. Julieta respiró tranquila. Por fin podría desvestirse y regresar a la habitación: caminar con pasos lentos por el mármol frío, susurrar las palabras preferidas, acariciar su propia piel y despertarlo:

"Romeo, levanta. Es la hora de nuestra reencarnación".