La mayoría de los días de mi vida me doy cuenta de que necesito días de 30 horas, y eso que no tengo una vida demasiado sociable.
El ducharse y prepararse por la mañana a trabajar y el camino al trabajo (contando que no haya caravana), ya me ocupan 2 horas. Mi cortadito y mi cigarro antes de entrar me ocupan otros 30 minutitos (si es menos, me pongo de mal humor).
4 horas trabajando, que suelen pasar volando, 2 horas para comer, 2 o 3 horitas más por la tarde. Ahora me he vuelto a poner a estudiar (es por ello por lo que ya no puedo escribir tanto en librodearena). Estoy haciendo un posgrado al que dedico entre 1 y 2 horas cada tarde en la biblioteca que hay al lado del colegio donde trabajo (Qué vergüenza, ya me he encontrado allí a alguno de mis alumnos...jaja, pero así doy buen ejemplo). Seguidamente, para relaarme un poco, quedo con una compañera para tomar una coca-cola y comentar cómo ha ido el día. Solemos pasar otra horita, horita y media con esta tarea. Coge el coche, vuelve a casa y emplea otros 30-40 minutos en el trayecto. El día que tengo que corregir, paso otra hora o más haciéndolo, pon lavadoras, o recoge, o tiende, o plancha, o todo a la vez. Ves a hacer la compra día sí, día no (no soy mucho de ir a los super, sólo hago que picar chucherías y me olvido de lo primordial); haz la cena, recoge la mesa, y por último, ordena la cocina, barre el comedor, saca a pasear al perro antes de ir a dormir... Hay que dormir 8 horas... De verdad, no me salen las cuentas! Este estrés lo sufre más de la mitad de la población, y lo triste, es que cada día dejamos más cosas por hacer en el tintero (Hace mucho tiempo que tengo ganas de ir a ver a la hija de una amiga, que ya le han salido los dientes y la última vez que la vi tenía 4 mesecitos, tengo ganas de ir al gimnasio, de ir de compras entre semana para no encontrarme la aglomeración en las tiendas de los sábados, quiero escribir, quiero leer, quiero ver la tele...)
Y como decía un mail que me envió una amiga, también hay que beber 2 litros de agua al día, comer 5 piezas de fruta, andar una hora, tomarte un danacol, un actimel... jaja. Que nos estresen más si quieren!!!!
Una compañera del trabajo, me ha enviado hoy un mail muy bueno, con un comentario final de un gran escritor como es Arturo Perez Reverte haciendo una reflexión sobre nuestro sistema Educativo hoy en día. Yo, al igual que mi compañera, que estamos dentro de este mundo, le damos toooooda la razón. A ver que pensáis vosotros/as.
PATENTE DE CORSO, por Arturo Pérez-Reverte
Permitidme tutearos, imbéciles
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno.
Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera.
No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía.
De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de
leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas.
De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia.
Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de
posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña.
Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico».
O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo
hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos».
Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al
fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p'alante.
Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet.
La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que
generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
Ayer escribí un post muy profundo con este título, y cuando lo fui a publicar, como siempre, libro de arena me dejó colgada, despareciendo el artículo y no permitiéndome la entrada en la página web. No era falló de la red, como pensé en un momento, ya que el resto de páginas se abrían perfectament. Hoy, me había dispuesto a volverlo a escribir, pero, no dispongo del tiempo que empleé ayer, ni tampoco tengo mi musa cerca para recordarme todo lo que había escrito. Lo volveré a escribir, sí, lo quiero compartir con vosotros, pero lo haré ya la semana que viene, que estar´´e de vacaciones. Hoy simplemente os he querido hacer saber la impotencia y la rabia que siento, cada día más, contra esta página, que, a la vez de aportarme sensaciones increíbles cuando os leo, me leeís y escribo, me provoca mucha rabia e importencia cada vez que me sucede algo así.
Supongo que no seré la única que piense así.
Bueno, un beso, y hasta prontito.
Unas semanas después de lo sucedido, Laura empezó a sentirse mal. Le dolía mucho el pecho, tenía náuseas cada dos por tres, tenía cambios de humor inesperados… Todo aquello sonaba muy mal.
Decidió hacerse una prueba de embarazo, y el resultado fue positivo.
No tenía ánimos para vivir. No le podía explicar a Lucas lo sucedido, ya que no sabría ni por dónde empezar, ni siquiera sabría por dónde acabar, ni qué explicarle. Lo mejor sería acudir a una clínica y perder el bebé, pero antes, debía hacérselo saber a James de alguna manera.
Aprovechó la dirección de correo electrónico que había quedado grabada en su ordenador para hacerle llegar un mensaje. No quiso que fuera demasiado comprometido, no fuera a ser que alguien se enterara de sus asuntos, así que simplemente le escribió:
“Es urgente. Hay algo importante que debemos comentar, llámame o escríbeme”.
Ella sabía que estaría en Nueva York, pero se conformaba con decírselo por teléfono o e-mail. Tenía derecho a saberlo.
Durante casi una semana estuvo Laura esperando respuesta, y le vino dada de una manera que no imaginaba. Una mañana de febrero, al llegar al despacho, se topó de bruces con la persona que le había consumido el cerebro y el alma durante las últimas semanas.
Se pasó toda la mañana esperando una visita a su despacho, o una llamada directa y privada, pero no, en su lugar, recibió un e-mail que la citaba a la tarde en la misma esquina de la calle Portugal con Francia.
No, esta vez no quería quedar allí, simplemente quería acabar con aquello, quería hacerle saber que después de su cita con el médico, ya no habría nada que le uniera a él, que volvería a tomar las riendas de su vida y que se olvidaría de todo sucedido; pero a pesar de aquellos pensamientos, finalmente se presentó dónde la había citado.
Cuando vio aparecer su coche, media hora más tarde de lo previsto, un estado de nervios se apoderó de ella. No sabría como reaccionaría su cuerpo ante él por mucho que su mente pidiera a gritos una escapatoria. Se dio cuenta por fin que no era James quien le atraía, sino la enfermedad mental que le había unido a él, la obsesión por la práctica de aquel sexo desconocido hasta entonces por ella y que él le había descubierto, así que decidió huir de allí. Salió corriendo y cruzó la gran calle Portugal con su habitual tumulto de tráfico sin mirar, y allí dejó de pensar en James.
Laura perdió el bebé, como quería, y Lucas también lo perdió sin ella saberlo. James salió de su cabeza, al igual que muchos otros de sus recuerdos, buenos y malos.
Lucas estuvo dos meses acudiendo a su cita diaria en la UCI del hospital Montblanc, a pesar de haber encontrado una nota dentro del libro que había en su mesilla de noche:
21/12/06. Esta noche he empezado una partida de un juego muy peligroso, una partida que ya no podré dar por finalizada jamás, lo presiento. Es un juego que me atemoriza, pero también me produce mucho placer. Se que tengo mucho que perder, pero quiero arriesgarme.
A la mañana siguiente, al abrir su correo electrónico en la empresa, recibió un mensaje de jamspy@amoli.es. No podía ser nadie más que él. El mensaje decía lo siguiente:
“A las 17’30 en la esquina de la calle Portugal con Francia. No faltes”.
No podía faltar.
A las 17’30h en punto, se plantó en la esquina dónde la había citado. Unos 10 minutos más tarde, apareció un elegante mercedes plateado que se paró con los cuatro intermitentes. Se bajó la ventanilla del copiloto, y desde la posición del conductor, James Spyker la hizo subir.
El trayecto duró apenas unos minutos, durante los cuales James no paró de hablar por el móvil con el manos libres. A Laura le fue imposible hacerle siquiera una pregunta.
Entraron a un parking subterráneo, en el que apareció un botones vestido de negro que les invitó a abandonar el coche. Seguidamente, James le tendió las llaves del coche, y le pidió una suite. Apareció de la nada otro empleado vestido de negro también, que les acompañó al ascensor sin mediar palabra con ellos. Subieron juntos hasta la quinta planta, y después de recorrer un largo pasillo enmoquetado, les abrió la puerta de la suite.
-Son 200 euros señor-.
Y James se los tendió, a la vez que le decía algo al oído y le ofrecía otro billete de 100 euros.
Al entrar en la habitación, Laura se sintió más incómoda que en ninguna otra ocasión antes, no sólo con él, sino con cualquiera de los hombres con los que había estado. No sabía exactamente qué hacía allí, ni siquiera sabía porqué había acudido a la cita sin planteárselo dos veces.
Entonces, picaron a la puerta. El mismo empleado que les había acompañado a la habitación, les trajo una botella de cava en una cubitera, un par de copas y unas velas.
Enseguida dispuso James dos copas repletas y le ofreció una a Laura, a la vez que proponía un brindis:
-Por nuestro juego-.
-¿Qué juego?- se atrevió a preguntar por primera vez Laura, pero él no contestó, simplemente bebió la copa de un trago y seguidamente encendió las velas. Se desabrochó la camisa y se la quitó muy elegantemente, como sólo los hombres con clase saben hacer. Se acercó a Laura, la sentó en la cama, y utilizando su camisa, le vendó los ojos. Muy suavemente, le fue quitando la ropa, y cuando la tuvo completamente desnuda, le ató también las manos con sus propias medias. Laura notaba como se deslizaba por su cuerpo el frío cava, y cómo él lo iba lamiendo con su ardiente lengua. Poco después, él empezó a jugar con los cubitos de hielo, rozándolos insistentemente por sus pezones, por su barriga, por su sexo. El cuerpo le ardía, quería dejar de ser sumisa para entrar en acción, pero a cada movimiento que hacía para tomar alguna iniciativa, él la empujaba de nuevo contra la cama, y la inmovilizaba con sus piernas.
Cuando de repente, una sustancia extraña se derramó sobre su cuerpo abrasándole la piel. Su primera reacción fue la de gritar, pero él le tapó la boca. ¿Qué era aquello? Cera, le estaba derramando cera por el cuerpo. Era una sensación de dolor, pero a la vez, mezclada con el éxtasis del momento, también lo era de placer, aunque le costara reconocerlo, así que se dejó hacer. Él la siguió lamiendo un buen rato, y ella sabía que se estaba masturbando mientras lo hacía, hasta que ya no pudo más y finalmente le hizo el amor. Laura nunca había gozado tanto como aquella tarde, y él lo sabía.
Se levantó, le desató las manos, le quitó la camisa de los ojos, y mientras se la ponía, la obligó a meterse en la ducha para limpiarse los restos.
Toda aquella cera le había dejado el cuerpo lleno de marcas.
Cuando salió de la ducha, él había desaparecido, y había dejado una nota sobre la cama:
“Para salir de la habitación, marca el 001 y te vendrán a buscar. Pide un taxi, te he dejado 20 euros por si acaso”.
Nada más. Ni un “nos vemos”, ni un “me ha gustado mucho”, ni un “espero que te haya gustado”, ni un “besos”, ni un “te quiero”… Nada. ¿Qué esperaba ella de todo aquello?.
Pasaron los meses, y Laura se enteró por casualidad, al igual que se había enterado de su nombre y de quién era, de que James y su esposa habían ido a vivir a Nueva York, y que allí ejercía de presidente de la filial que tenía su padre en esta ciudad. No volvería a verlo, estaba segura de ello.
Conoció a Lucas, el gerente de la cafetería dónde cada mañana desayunaba su acostumbrado café y su tostada. Después de varios meses saliendo, decidieron alquilar un pisito e irse a vivir juntos. Las cosas le iban bastante bien. Sólo existía un problema entre los dos, y estaba en la mente de Laura. Cada vez que hacían el amor, ella pensaba en la brutalidad y la rudeza de James, no podía con la ñoñería y los cariños de Lucas.
Al principio, le parecían excitantes todas esas tonterías que se le pasaban por la cabeza, pero poco a poco, se fue dando cuenta de que era un verdadero problema, así que decidió asistir a terapia.
Después de varios meses de visita al terapeuta, Laura notó mejoría. Se sentía más feliz, más satisfecha, más completa.
En Navidad, la empresa organizó la cena de costumbre. Este año les invitaban a cenar al restaurante de un prestigioso hotel de la ciudad, así que no se lo podía perder. Laura se puso sus mejores galas, quedó con unas compañeras para compartir taxi…, vagamente le pasó por la cabeza la idea de que, quizás, James también asistiera a la cena, pero la eliminó rápidamente de su mente.
Las sentaron en una mesa muy bien situada, desde donde, con un simple vistazo, Laura podía reconocer a todos los asistentes. Gracias a Dios, no le pareció verlo.
Tomando el postre, con su copa de cava correspondiente, Laura se empezó a sentir mal, así que decidió hacer lo que antaño había hecho ya, mojarse la cara en el baño de señoras y serenarse un poco; cuando de repente, lo vio en una mesa, acompañado por su señora. Laura se puso tan nerviosa, que para evitar ser reconocida, echó a correr, tropezando con los tacones, y consiguiendo de esta manera todo lo contrario, que toda la mesa se fijara en ella.
Cerró la puerta con pestillo, y se apoyó en ella. Cerró los ojos y pensó largo y tendido qué hacer. Picaron a la puerta. Una señora quería entrar. Al abrir, sus ojos toparon con los de él, que la estaba esperando. Fueron unos segundos, pero parecieron unos largos minutos. Cerró la puerta de nuevo hasta que la mujer salió de nuevo del baño, y entonces él la empujó, la hizo entrar y cerró la puerta tras de si.
Se sacó el cinturón y se lo ató alrededor de las muñecas. La agachó bruscamente contra la pica del lavabo, dándole un fuerte golpe en la frente. Le llenó la boca de papel de las manos y le subió el vestido. Curvó su cuerpo sobre su espalda, dejando reposar su pecho sobre ésta, y la penetró. Era incapaz de mirarse al espejo mientras lo hacía.
Ella, como pudo, si que lo observó todo a través del espejo, mientras notaba que unas lágrimas inesperadas brotaban de sus ojos y le corrían el maquillaje.
Esta vez, después de que sus muñecas y su boca fueran liberadas, sí que sacó valor y fuerzas de dónde pudo para hablar con él, pero no se le ocurrió otra cosa que preguntarle:
-¿Has disfrutado? ¿Te ha gustado?
Y sin mirar atrás, mientras se acababa de ajustar el cinturón a los pantalones dijo:
-No ha estado mal, pero podemos mejorar.
Después de lo sucedido, Laura desapareció de la cena sin dar explicaciones a nadie. Una vez en casa, se dio cuenta del enorme moretón que le había salido en la frente.
-Pero, ¿qué te ha pasado cielo?-
-Nada, una secretaria borracha que me dio con la puerta del baño, pero no es nada, a pesar de lo aparatoso que parece, no me duele.
Pasaron dos meses hasta que se volvieron a cruzar. Laura salía de una reunión con unos clientes. La acompañaba su nueva compañera y la secretaria de éstas. Iban riendo, gastando bromas… la típica felicidad que le sobreviene a uno cuando sabe que todo va bien. Y de repente, lo vio. Él, acompañado de su padre y de otro de los máximos socios del bufete y también parecían muy alegres. Al pasar por su lado, ni siquiera la miró, ni mucho menos la saludó, al contrario que su padre y el otro compañero, y perdida su vista de hombros hacia atrás, casi desmonta la mesa de la recepcionista.
Fue hacia el lavabo. Lo esperó. Fue hacia el cuarto de las fotocopias. Lo esperó, se sentó a esperar en su despacho… pero ni rastro de él.
Finalmente, lo vio salir del despacho acompañado de una rubia despampanante, vestida de marca de arriba abajo, con un peinado y maquillaje impecable, y un aspecto de estirada que daba asco.
Nada, se lo tenía que quitar de la cabeza, estaba cogido y lo que había sucedido…, lo que había sucedido, entonces, ¡había sido una violación en toda regla! Podía denunciarlo, podía arruinarlo.
Se abrieron las puertas del ascensor mientras pensaba en todo esto, encolerizada, dispuesta a acabar con James Spyker y con su feliz vida de snob, y de repente, allí estaba, como esperándola, como sabiendo que cuando se abrieran las puertas la iba a encontrar a ella y a nadie más, y, agarrándola por el brazo, la hizo entrar. Ambos esperaron inmóviles a que las puertas se cerraran, y un segundo más tarde, James había forzado a Laura a agacharse contra la pared del ascensor, le había subido la falda hasta los hombros, le había arrancado su precioso tanga de encaje, penetrándola con una mezcla de furia, deseo y pasión.
No más de medio minuto tardaron en bajar de la décimo quinta planta hasta la recepción del edificio, tiempo suficiente para hacer que Laura viera las estrellas y quedara nuevamente tan extasiada que sus esfuerzos por hablar con él, por saber qué era todo esto que estaba pasando… se quedaran en eso, en unas vagas intenciones.
El lunes por la mañana, en la oficina, Laura se dispuso a trabajar como cualquier otro día. De repente, allá sobre las 11’30, se cruzó en su camino hacia el baño con James, el hijo del director, e inevitablemente, hubo de girarse para mirarlo dos veces. Su colonia… Él ni la miró, pero ella sí que lo reconoció. No había sido ninguna alucinación.
Cambió su rumbo, y decidió seguirlo no muy de cerca, para que no pudiera darse cuenta. En esto que él entró en el cuarto de las fotocopias, y, osadamente, Laura entró detrás de él. La luz se apagó, y de repente, un brazo que le era muy familiar, la cogió por el cuello y la apretó contra su pecho. Con el otro brazo, le sujetó las dos muñecas en la espalda, y la empezó a besar por el cuello, por la cara… Finalmente, Laura se deshizo del brazo que la ahogaba, pero inmediatamente, él utilizó su mano libre para hurgar debajo de su falda, para apretarle los muslos con rabia, para excitarla bruscamente. Esta vez Laura peleó, quería verle la cara, quería morderle para dejarle una señal y que se avergonzara de aquello cada vez que se cruzaran…, pero le flaqueaban las piernas, y sin poderlo evitar, un inesperado orgasmo le sobrevino. Entonces, él la soltó, la dejó tirada en el suelo, abrió la puerta y se marchó.
Laura era incapaz de ponerse en pie y salir como si nada de aquella habitación. Podría haberlo perseguido, podría haber gritado pidiendo ayuda…, pero no lo hizo. Se quedó semi tumbada en el suelo sin saber ni cuánto tiempo había pasado, hasta que alguien encendió la luz y se la encontró allí tirada.
-¿Te encuentras bien? ¿Necesitas ayuda?
-No, no. Ha sido un tropiezo por no encender la luz.
Laura necesitaba una explicación para todo aquello, necesitaba saber qué estaba pasando entre aquel hombre y ella, había pasado algo sin pretenderlo, sin esperarlo, y sobre todo, sin saberlo.