Libro de Arena
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carlosmerchan

Cuatro días

Mañana nos vamos cuatro días a la montaña; es el gesto humilde de volver a la tierra, al cristal diáfano del aire, el reencuentro con el microcosmos de la vida un poco menos aséptica, un poco menos mundana, cielo áspero sin ascensores, ni bolsas de hipermercado. Se ve desde la cabaña la tábula rasa del horizonte, el encefalograma plano del tiempo. Me gustaría dejarme el reloj en mi mesilla de noche. Es una delicia vivir sin tiempo, medio al pairo y que salte el hambre por inercia, no porque cante el gallo de las dos, que te adormezcas porque el cansancio susurra al oído, no porque den las doce, que sea la gasa azul de la amanecida quien te despierte, no el bronco grillo del despertador.

Tengo cuatro días para dibujar, para leer, para meterme el paisaje en un costado, para soñar verdes ondinas, íncubos, ninfas, corzas blancas que, heridas de muerte, exhalan su último suspiro en forma de bellísima mujer.

Saludos, besos, abrazos y hasta la vuelta…

L O R C A

Descubrí a Lorca con las manos rezumantes de mandarina.

El mundo era el cocido de mi madre, el grumo reseco del tocino que hacía dunas sobre el pan blanco del lunes, camino del colegio. La realidad, un maestro exagerado que repartía mamporros a diestro y siniestro, sin miramineto alguno, aplicada y solventemente. El recreo, Lorca, al que me induicían el terror y el cosmos levemente vegetal del colegio.

Lorca era el olor de la naranja en las manos, la náusea del cielo abierto tras una tapia, el aroma ocre de las primeras páginas, las grises cinco de la tarde con los deberes por hacer, las cucharas, los monos, el rey de Harlem, océanos que me separaban de todo entendimiento, la sombra de la portería sobre la que correteaba un lagarto que lloraba desconsoladamente tras su anillo de desposado.

Después de todo aquello empecé a leer a Lorca por puro placer, sin un par de manos como palas excavadoras que, amenazadoramente, me obligaban.

Lorca me sigue sabiendo a naranja, no sé por qué.

Salamanca, el rastro y el mono desnudo.

El aire de Salamanca acaricia; polvo y piedra que amansa el Tormes. El aire de Salamanca acaricia y vuelve turistas a sus hijos. Es domingo, el color de la tierra, la hierba, el cardo, la lavanda, el agostado paisaje amarillo, camino del rastro.

Piedra y polvo el aire de Salamanca que me acaricia, recuerdos que apuñalan, olores, gentes, memorable rastrojo.

El rastro de Salamanca es el gheto del calor y la intensa vocación de mercader.

-¡A un euro, a un euro, Mary, a un euro!_polvo, calor, saliva y grito destemplado.

Cobre el gitanito que adora su trabajo y se siente rey por unas horas y su reinado, la alquimia de hacer oro con su retales, deshechos, quiméricos pespuntes.

El aire de Salamanca que abofetea infancias, mis greñas de loco bajito, mis manos en los bolsillos del pantalón corto, repletos de grandiosas cosas inútiles.

La zona de los anticuarios. Paraíso de enchufes viejos, trillos anacrónicos .

Allí, entre óleos de iglesia y quincalla, "Holas", "Lecturas" antiquísimos, despuntaba, tímido, a penas visible, el libro...

-¿Cuánto...? _pregunté.

-Un euro por ser pa usté...

Se trataba de "El mono desnudo", Desmond Morris, una vieja asignatura pendiente. El viejo gitano nunca sabrá de mis tesoros, yo de los suyos, tampoco, aunque su forma de entender la piedra filosofal se parece bastante a la mía.

Mujer 3

Crecí con labios femeninos, dulces grietas, acantilados.

Hablaban como el viento y con mucho aparato de manos y perfumes escondidos que salían de sus comisuras. Vistas al mar.

Crecí con el vello cercenado de su axilas, la exacta simetría de sus uñas como arpegios, brillantes queratinas, océanos que se hacían rocío en sus ingles.

Puedo beber la esencia femenina, el dulce cáliz de su perfume, puedo comulgar con su temblor, su antiquísimo movimiento, la bellísima levedad de su ser.

Puedo acabarme entre sus brazos, en la amniótica estela que destila su carne cuando camina.

Perfume imprescindible.

Incunable.

Antediluviano.

Amo profundamente la flor primera que sale de su pensamiento al amanecer.

Luego mueve las manos y el mundo se pone en marcha.

CAMILO JOSE CELA

No se van hombres, se van generaciones enteras, olor de lapicero, pizarras, bancos del parque donde una mañana, alguna mañana, leíamos La Colmena bajo la sombra de un árbol ("todo el mundo sabe que la sombra de la higuera es muy propicia para el pecado en sosiego"). Café de Artistas. Nos dejábamos atrapar por las páginas ya casi sepias de esa benemérita colección horrorosamente encuadernada. RTVE. La familia de Pascual Duarte me la bebí literalmente en la cafetería del instituto, recreos de cristal y donuts, mozas de buen ver y mejor palpar que me miraban como a un bicho raro. Oficio de tinieblas cinco me lo merendé en el asiento trasero de un coche camino de Asturias. Mazurca para dos muertos estuvo noches enteras entre el sol y la sombra de la duermevela...

Me enteré de su muerte entre montañas, ya hará sus buenos cuatro o cinco años. Viajaba solo por la sierra de Aitana, camino del trabajo. Lo dijeron en radio nacional de España. “Ha muerto Camilo José Cela”. Paré el coche. Metales adormecedores, las chicharras. Saludable aroma de hierbas. Al fondo, el coche, la puerta abierta por donde salían palabras compungidas, encendidos halagos. Cálida, más bien tórrida meada en el descampado, y no eran los únicos fluidos que salían de estas tristes carnes. Lejos, muy lejos, parecía que Doña Rosa gritaba histérica, moviendo su tremendo trasero por entre las mesas del café. Era el viento entre los árboles que me despertaba a una realidad tajante. El maestro nunca más escribiría.

“No perdamos la perspectiva. Yo ya estoy cansada de decirlo…”

CAPRICHO

Todo el día en estas penumbras, tinieblas de pasillos, todo el día en casa con mi hijo, horas para consumir, momentos que se adhieren a las puertas, a las paredes, a los rincones, por todos los siglos, porque así son los momentos memorables. Música y martillazos de la obra eterna que es la ciudad, estas risas engastadas sobre mi pelo que es la alegría de mi hijo, estas soledades acompañadas, el juego, las alfombras, tirarme al suelo con él sin hacer caso del tiempo, paraíso encontrado, polvo en suspensión, parada y fonda en cada minuto.

Aún así tuve tiempo de reorganizarme esta “habitación propia”. Sabía que algo me incomodaba y no era sólo la luz, no era Virginia Woolf que venía avisándome desde la solapa de sus diarios, no es que la sombra de mi propia mano me impidiera ver mis garabatos, es que la mesa, desde siempre, me pedía a gritos que la pusiera bajo la ventana. Al final creeré en el feng shui. La luz abofeteaba mis cosas, las sombras se desparramaban a mi espalda, y no sé que estelas de alfombras, paredes, ventanas, risas intemporales, manos diminutas, puntos de vista cambiantes, horizontes caseros recién estrenados, mi hijo, me convertían en un individuo privilegiado…Momentos que cabalgan felicidades inesperadas, lo infinitamente pequeño. Este es mi primer dibujo en esta nueva ubicación. Lo he llamado “Capricho”, acordándome de Goya, porque caprichoso es completar el azar del garabato, sobre todo en días calmados como éste, donde el mar, la playa, el amistoso arrimo de otras personas son perfectamente prescindibles.

Otra vez el corazón en la calle.

Otra vez mi corazón en la calle.

Esta inercia de caminar, estos bares, este envoltorio de risas, obras, señoras, construcciones a medio hacer, galvanizadas bicicletas al sol, cuadernos rotos, chicharras que, milagrosamente, templan sus lamentos en cualquier solar lleno de basura. Es la calle con su deshora, su verano, su abandono, carteles oxidados que anuncian el tiempo detenido, gatos lujuriosos, óxido, frescor de penumbra que exhalan todas las casas en restauración, tiempo congelado, espectro frío de niña que se quedó en el camino, en esa casa, con sus espumas, sus encajes, sus lazos rojos, que se quedó, parada por la tisis, pongo por caso, con su diábolo entre las manos. Por esas ventanas salen lamentos, destemplanzas que encojen el ánimo y lo contenedores llenos de reliquias y humedad, agujeros intemporales, siglo diecinueve roto como un caño.

Otra vez el corazón en la calle. El borracho impenitente, ángel del dolor, inquilino del paraíso que rompe el aire con su voz de lija, la dama de luto, cisne húmedo de sudor y ausencias, vencida por las bolsas de mercadona y tristeza contenida, el gitanito bravo que rompe ensoñaciones con su bici esquelética, como una saeta cobriza, silbando por Camarón.

Mi corazón en la calle otra vez. El campanario avisa contundente. Dos toques para los cuartos. Las cuatro y cuarto, una fuente seca y una hormigonera que duerme la siesta en cualquier agosto, sacra sombra de cualquier verano.

VIRGINIA WOOLF

Virginia Woolf es una forma de mirar hacia un lado, es el hilo de cobre encendido por la luz, el pelo feble de todas la nucas femeninas, es la forma de inventar las olas, espumoso barullo de los días. Virginia Woolf, venerable cabeza de caballo lírico, valkiria brumosa, dulce estampa de monótonos desayunos y lecturas tempranas.

Virginia Woolf es el aire que no acaba de encontrar su esquina donde dar la vuelta, el paseo por todos los bosques, la soledad marchita del enfermo de literatura que espera encontrar la Arcadia feliz en sus diarios. Es la noche de hace cien años, es el sonrojo de las calles vacías, es el mar solitario de enero, es tardes de niebla en las que uno iba descubriendo cosas en los libros, guiños, rocas, mareas, cosas…

Virginia Woolf es una manera de meterse piedras en los bolsillos del babi, piedras como enormes minutos de soledad, locura de farolas y madrugadas.

Dicen que desde entonces, a la neblina del rio Ouse, le salen, de vez en cuando, encajes de bruma en forma de paloma o manos llenas de tinta negra.