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		<author><name>carlos merchán martín</name></author>
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		<title>Sangre de cebolla</title>
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		<updated>2008-11-21T03:32:28+00:00</updated>
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Acabo de besar a Alejandro, mi hijo. Su madre me lo trae, ofrenda de carne y sangre, para el beso de buenas noches. Observo detenidamente su cara que se acerca a la mía y noto su calor y su aliento y la sabia naturaleza de sus ojos. Aún tengo la humedad en la cara. Ahora oigo la salmodia de cuentos  y preguntas interminables que me llegan desde su habitación. En diez minutos mi niño estará dormido. 

Me acuerdo de las cebollas de Miguel Hernández, de todos los niños que con sangre de cebolla se amamantaron, de las escarchas que padecieron, de las navidades rotas, de la miseria, de esos que no tienen momentos como éste mío y suyo sobre el que acunarse toda la vida. Y me voy a la cama con la conciencia semitranquila y una funámbula felicidad pintada en la cara. 

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		<title>AUTORRETRATO</title>
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		<issued>2008-11-16T22:34:01+00:00</issued>
		<updated>2008-11-20T14:16:12+00:00</updated>
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Luz de luciérnaga y un flexo onanista iluminando las miserias. Al fondo, el negro ventana, la cara oculta, lo que no sale en la foto, y unas ganas locas de que el sueño me venza, aquí estoy, en cueros vivos, con un lapicero en la mano y ganas de marear, las justas. Mi infancia son recuerdos de un patio que a penas recuerdo... Patio me queda, pero muy a trasmano, quizá sólo gatos sonámbulos vienen a mi menoria, gatos y madrugadas con chimeneas donde los ladridos de los perros, sin querer, moldeaban mi historia.

Feliz semana.&lt;img src=&quot;http://www.librodearena.com/myfiles/carlosmerchan/autorretrato.jpg&quot; width=&quot;412&quot; height=&quot;450&quot; class=&quot;imgcen&quot; /&gt;
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/11/12/como-tu-piedra-pequena-</id>
		<title>Como tú, piedra pequeña...</title>
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		<issued>2008-11-12T22:53:37+00:00</issued>
		<updated>2008-11-16T20:54:01+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Me hizo tanto bien León Felipe en su día. Aún recuerdo la tarde soleada en que me dí cuenta de que no era ni más ni menos que una piedra pequeña esculpida por el viento, los años, el agua y la piedad de algún caminante que no tuvo el capricho de destrozarme con una maza y convertirme en cemento.
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/11/09/los-silencios-del-domingo-gritos-del-lunes</id>
		<title>Los silencios del domingo. Los gritos del lunes</title>
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		<issued>2008-11-09T21:49:58+00:00</issued>
		<updated>2008-11-11T22:11:05+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Mañana estarán las aceras empercudidas con los silencios del domingo. No hay nada más silencioso, mas pausado, más siniestro que un domingo. A primera hora del lunes todo vuelve a sus ser, las faldas animan el asfalto, el chirrido agudo de las tiendas, los semáforos repletos de gente que pierde dos minutos, la impaciencia pintada en la cara, taxis, bastones, babys que contienen toda la vida, puntales de lo gris.
Ahora, en la tranquilidad  de estas sombras y mientras sosegadamente escribo puedo decir que echo de menos lo inminente, la certidumbre de lo que ha de pasar,  el escándalo de los perfumes, las risas, las ceñudas conversaciones, el olor del café, el roce con toda esa gente anónima que me hace sentir vivo.
Feliz lunes a todos, que disfrutéis del primer día del resto de vuestra vida (perdonado sea el señalamiento, o sea, el topicazo)

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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/11/05/ciento-volando</id>
		<title>Ciento volando</title>
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		<issued>2008-11-05T22:18:09+00:00</issued>
		<updated>2008-11-07T23:52:03+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Ciento volando son las manos que me encuentro, 
ciento un alientos que se cruzan conmigo.
¿A dónde va tanta gente con gris de Ayuntamiento en el semblante, 
dónde dirigen sus miradas encharcadas de señales de tráfico, tiendas de muebles, lóbregos estancos?.
Admiro su tenacidad, siguen ahí al día siguiente, y al otro
y al otro, algunos me saludan con desgana,
otros me ignoran o intuyen el blanco y negro de mis esquinas
o, cuando menos, el romo aparejo de mis zapatos.

Ciento volando son los ojos rojo-semáforo de las viudas, los pensionistas, las cobrizas trenzas de las niñas que se paran a mirar las nubes en el patio del colegio, el pomo de una puerta, la esterilla reseca donde pone&quot;bienvenido&quot;, el &quot;Dios guarde cada rincón de esta casa&quot;.

Ciento volando es el vértigo dulce  de las ocho de la mañana donde empiezas a atisvar la felicísima rutina que te espera...

Más vale mañana en mano...
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/11/02/manana-estreno-vida</id>
		<title>Mañana estreno vida</title>
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		<issued>2008-11-02T18:17:39+00:00</issued>
		<updated>2008-11-05T14:29:07+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Este es mi nuevo estudio-academia. Mañana es lunes, el mismo sopor medio arácnido de las horas, las mismas calles embetunadas, el mismo olor, el mismo barrendero. 
Empezar de nuevo en lunes, nuevo ámbito, nueva perspectiva. Mañana a las diez estaré ahí dentro, paraíso de luz, bocanada de espacio, tiempo estremecido, otra vuelta de tuerca, otro salto al vacío. Pero será el mismo lunes, las mismas diez de la mañana, las mismas caras, la misma esperanza con distinto collar. Que Dios nos bendiga a todos y reparta suerte.
Va por ustedes.
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/10/26/domingo</id>
		<title>DOMINGO</title>
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		<issued>2008-10-26T16:03:46+00:00</issued>
		<updated>2008-10-31T23:06:56+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Abro Word. Pongo el cursor sobre el abismo blanco y hago clic. Una raya vertical parpadea, me da entrada, me incita, me fuerza a escribir. Hay un gris perla que orla el folio virtual y mis manos, mis dedos, sabandijas veloces que hacen crepitar el teclado, sometidos a la penumbra, se mueven nerviosos de un lado a otro, a trompicones. Miro la ventana de vez en cuando. La luz del domingo hace estragos en las cuatro paredes. Los libros duermen. La mesa desordenada. El flexo reverencioso, la estatuilla de la valquiria de escayola, lo bolígrafos desperdigados, los suplementos de los periódicos a medio leer, las notas, los bocetos, toda la indolencia, todas mis pocas ganas se desparraman a mi alrededor. Es tarde de domingo. 

Siempre vuelven en domingo los domingos de la infancia, el olor de la madera muerta, el temblor submarino de papeles abandonados en los charcos, casi siempre con caligrafía infantil, lo blando, medio azul de las horas muertas a partir de las cuatro, el aroma trashumante del puro “Alvaro”, el carrusel del domingo, las tormentas, los sueños, los revólveres en blanco y negro, las amigas de mis hermanas que provocaban mis primeras , solapadas, cándidas erecciones, el olor montaraz, como de aceituna seca de los bares, la rapsodia gris de los frontones donde desfogábamos los ardores, los miedos, las insatisfacciones.

Siempre vuelven en domingo los domingos aquellos en que intuíamos entre luz pobre de bombilla y gélidos atardeceres, que el lunes amenazaba con fuerza, que el aire, al día siguiente cambiaría, que al otro lado del domingo siempre esperaba un maestro, todo manos nervudas, todo iracundia, calles grises llenas de vida muerta, lunes decrépito, Capitán Trueno, pico, zorro, zaina, lunático cocido, hastío y miedo.
&lt;img src=&quot;http://www.librodearena.com/myfiles/carlosmerchan/despacho-para-colgar.jpg&quot; width=&quot;467&quot; height=&quot;350&quot; class=&quot;imgcen&quot; /&gt;
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/10/20/las-diez-y-media-</id>
		<title>Las diez y media.</title>
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		<issued>2008-10-20T21:05:38+00:00</issued>
		<updated>2008-10-26T14:14:49+00:00</updated>
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Son las diez y media sin sereno e hirientes ángulos oscuros donde las sombras hacen sus telas con morosa parsimonia. Las paredes blancas sudan días, las paredes-sudario alimentan la monotonía gris ceniciento de las horas. Hay un cúmulo de soledades, basura del alma, breves explosiones diminutas de lo que algún día entenderemos como felicidad plena. Estoy tan acostumbrado a mis sombras, a mis pequeños paraísos en forma de alfombra o rincón, que no preciso mayores eventos, ni fiestas mayores, ni citas, ni terciopelos dominicales. Es fiesta en cada minuto de mis cuatro paredes, aunque  me hieran las saetas de los san sebastianes del lunes, de los san benitos del martes, de los sansirolés del miércoles… Hay fiestas de guardar en cada uno de los cables que enturbian mi atalaya, en cada libro de mi espetera, en cada boceto abandonado, en cada palabra escrita que al rato olvido.



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		<title>Renacimiento</title>
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		<issued>2008-10-17T21:39:31+00:00</issued>
		<updated>2008-10-19T20:51:24+00:00</updated>
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El renacimiento está entre las manos, en el pomo que tocáis, en el cristal que, delicadamente chupáis, en la mañana rota de un día de octubre. Espejos y soledades que ahormáis, forja de viento, velas de barcos fantasmas que mecen las olas. 
Bosques. 
El renacimiento está en el bosque donde buscáis la ermita, la encina, el enebro. Y van pasando los años y vais creciendo entre escombros y discotecas, edificios y manos extendidas de una muchedumbre que os ahoga y que os tranquiliza. 
El cemento. 
El renacimiento está en el cemento, sois una generación que se alimenta de cemento, grises, circunstancias, colillas que aún humean en el asfalto, tristezas de ceniza, lúgubres soles que no acaban de caldear el domingo, relojes, horas, blandas horas, indefinibles logaritmos.

Tenemos el renacimiento en las manos aunque tanto betún de judea anide en el paladar.

Yo, por mi parte, me subo al carro.


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		<title>La fuerza de la costumbre</title>
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		<issued>2008-10-13T21:31:34+00:00</issued>
		<updated>2008-10-17T14:36:09+00:00</updated>
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Al final uno se acostumbra. Tenemos la inercia de irnos pareciendo cada vez más a nosotros mismos a medida que el tiempo azota, diseca, decolora.  Tenemos esa extraña manía de imitarnos, repetirnos, autoplagiarnos. Por mucho que nos despreciemos, por mucho que intentemos vaciar los bolsillos del alma, deshacernos de zarandajas que nos amargan la vida, al final uno acaba estando medianamente cómodo consigo mismo y no se arrepiente de casi nada. Ni del frío de navaja de los parques que frecuentamos, ni de la tragicómica luz desesperada de las tabernas, ni de la persiana rota del lunes, ni de los balcones que rezuman hastío, ni de las fiestas de guardar, ni de la niña desgreñada a la que se la comen los mocos y las moscas. 
Uno, en un momento dado y, a pesar de los pesares, es capaz de sentir los pasos sordos del amanecer con cierta tranquilidad, casi, casi, con cierta indolente desvergüenza.

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		<title>Las migajas del alma</title>
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		<issued>2008-10-11T20:41:55+00:00</issued>
		<updated>2008-10-13T13:41:10+00:00</updated>
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No necesito armas cargadas de futuro, porque el futuro siempre está por llegar y cuando llega siempre es de la misma mansa manera. Recuerdo mis días que son noches con niebla y árboles entrelazados, carreteras, descampados, recuerdo los papeles olvidados de las tapias, el amarillo de los empercudidos muladares, el ocaso, la casa humeante, lejana, estremecedoramente vecina, la vida de los otros que parecían siempre libres de ocres e intemperies. Me recuerdo siempre volviendo de algún sitio, a pie, a la busca de no sé muy bien qué útero roconfortador. Me recuerdo siempre caminando y buscando versos en la niebla. Esa soledad, ese misterio, esa forma de afrontar el asfalto, me ha hecho lo que soy. Un superviviente capaz de contarlo todo, hasta las migajas del alma.
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/10/08/la-busca</id>
		<title>La Busca</title>
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		<issued>2008-10-08T21:01:31+00:00</issued>
		<updated>2008-11-11T20:51:47+00:00</updated>
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Hay escaleras, parques, movimientos, envolventes sonidos, navajazos de humedad, oscuros locales azules que dan miedo, donde uno quiere meterse a hacer cosas, a soñar cosas, a destrozar neones y fríos que se avecinan, flores de cobre, cisternas comidas de óxido.
Locales. 

Visito locales usados, carcomidos de minutos y menesteres, escalo presupuestos, huelo la pólvora de las facturas, veo arrugas irónicas en rostros de caseros impasibles, viejos, fundamentalmente viejos, que te venden su tesoro de siglos, sus volutas, sus rancias, carcomidas miserias, su decadencia de propietario antiquísimo.

Hay que adecentar, hay que remover, hay que fondear las horas que ahí quedaron petrificadas, retirar la ceniza de puro del último inquilino que debió cuajar sobre la mesa en el sesenta y dos, sin exagerar, hay que purgar toda una década, los setenta y deshacerse de Sandokan, Mari Trini, Juan Bau, Camilo Sesto, iconos todos que ya eran poster chillones antes de empezar a cantar, a moverse, a ser.

Esta barojiana búsqueda, este valleinclanesco absurdo, esta azoriniana paciencia algún día tendrá sentido. Perdonen ustedes la pedantería, incluso el laberinto verbal pero...., yo me entiendo.
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		<title>El óleo de la mañana</title>
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		<issued>2008-10-02T21:06:02+00:00</issued>
		<updated>2008-10-07T12:50:40+00:00</updated>
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Calle arriba, viandantes, coches,  músculos que rechinan, la lección de anatomía que es la cuesta, el sudor inguinal, el húmedo vello de las axilas, la razón de ser de la horizontalidad, la vulva impúber de la mañana que me arranca una diástole,  robarle la cumbre al sol, la hojarasca del tercer piso, la mañana de gatos y tejados, chimeneas que no vierten hollín, lo blanco de mi mente, mañanas de estudio y vacío y el último cigarro antes de coger los pinceles.

Hoy no he pintado.  El óleo estaba en la calle, en la cuesta del mercado, en la cerradura, en los viandantes que siete años ha que veo en el mismo sitio, a la misma hora, en las cuestas que hacen flores en los gemelos, trizas en los muslos, piedras en los glúteos, épicos poemas en los tendones, en el puesto del mercado, en el  bar de la esquina, en la cochambrosa sombra del rincón donde calma su rijo el gato en celo, en la grúa municipal que alza fantasmas de metal de las aceras, en este puto hervidero de vida y cuestas insufribles que es mi vida desde hace siete años a las ocho y media de la mañana. 

Hay mañanas en que no hace falta pintar porque, desde que sales de casa, estas de aceite, trementina y color hasta los codos. 



		</content>
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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/09/30/alzado-la-ruina-2</id>
		<title>Alzado de la ruina</title>
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		<issued>2008-09-30T14:05:19+00:00</issued>
		<updated>2008-10-01T17:43:14+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Mira mis manos,

sarmientos que arañan violentos naranjas al amanecer.

Mira mi pubis de ceniza y tardes de espera.

Mira mi vientre seco,

abrojos que claman a la luna.

Dónde están mis hijos

sino en los inhóspitos hisopos

de los hospitales que alivian

las últimas voluntades.

Dónde está mi espalda

herida por el dolor y el imsomnio.

Mira mis pies,

harapos que limpian,  a su paso, el polvo del viento.

Mira dónde pisas, que aún conservo la inocencia.

Mírame y no llores

pues el tiempo me ha detenido.

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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/09/29/tarde-domingo</id>
		<title>Tarde de domingo</title>
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		<issued>2008-09-29T15:28:57+00:00</issued>
		<updated>2008-09-30T12:29:59+00:00</updated>
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Tarde de domingo, el lupanar de las horas muertas, desértico cementerio de coches,  neblinas y minutos. Todo se cuece afuera en la tarde del domingo . Dentro, la marmita del hastío y de la felicidad sin más, está en plena ebullición. Entonces dibujo de cabeza, dibujo como el hombre primero que descubrió la tarde de un domingo lluvioso en una cueva, sonaban cláxones y &quot;mascletás&quot; en forma de animal herido, moribundo, ensangrentado, dolor inmemorial en su belfo, todo lanzas, flechas clavadas a golpe de pedernal. Era domingo en la cueva. Al raso del domingo los cazadores destazaban al gran manut. Cantaban. Gruñían. Reían. Dentro, el mago de los pigmentos, pintaba con los dedos sobre la pared. Negro de humo, rojo de sangre. A mí, en esta tarde antediluviana, me salió ésto.

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		<id>http://www.librodearena.com/carlosmerchan/post/2008/09/24/pluja</id>
		<title>PLUJA</title>
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		<issued>2008-09-24T20:34:33+00:00</issued>
		<updated>2008-10-05T13:31:28+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Esta noche no tengo mucho que decir. Poco que reseñar. Nada que ahormar para que estas tristes carnes entiendan y reposen las ocho horas de rigor con la conciencia medianamente tranquila. Acaso, si viene a cuento, sólo la lluvia, el orvallo que acaricia almas y paraguas con bíblica parsimonia,  biselados cristales de cafetería, “verdigrises” barrenderos que recogen las penúltimas melancolías en forma de hoja muerta, restos de campanario, que suelen dar “la una” con esa parquedad de lo que a penas importa, faroles que no alimentan sombras, señores perfumando el aire con su puro madrugador, dependientes, oscuras barberías donde siempre hay alguien dejándose hacer, empleados del ayuntamiento que ponen algo en algún sitio.
 El orvallo que estrena la manga larga, que aparca las gafas de sol, que destempla las mañanas, que te hace ver a Eric Satie  en cualquier esquina, la lluvia, el feble teclado de la lluvia, el brumoso impresionismo de los autobuses salpicando bruma, la bellísima orquesta del otoño que se mete en el alma, la ópera rotunda del papel mojado que son las aceras.

Feliz otoño a todos.

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		<title>Los ojos de Nanca (2)</title>
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		<issued>2008-09-21T21:42:43+00:00</issued>
		<updated>2008-09-23T13:25:25+00:00</updated>
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Fue una noche preñada de llanto y carne viva .Noches así pretendo. Muchas, nunca demasiadas para sentirme vivo. 
Primero fueron los libros, Kafka, rincones oscuros, lunas que tímidamente se advertían, betún de madera y polvo. Tina y Nanca en los anaqueles buscando malabarismos,viejas estanterías que dejaron tan atrás, dulce tacto de libros, distintas lunas, extraños alientos, ciudades derruidas, llantos rotos, martes o miércoles empercudidos de gris, azoteas, sábados que saben a pólvora y a todas las ausencias. Nanca y Tina acariciaban mis libros con devoción, malabarismos de letra impresa, norte y sur, guerra y paz.
Ellos vienen de la guerra, acariciaron la guerra, supieron de noches militares, aduanas, olor de gasolina, metralla recta que hiere el aire.
Y están aquí, en mi casa, Nanca , Tina Lasha, Nico, y miran nuestras cosas, y ojean libros, y se sienten bien y me hago con su melancolía, y padezco con ellos y mi primer nudo en la garganta. No hablamos igual, pero sentimos lo mismo ante una estantería llena de libros.

Fue una cena de miradas y sentimientos, flores que marcan la distancia, caminos, polvo. Nanca a mi lado, comiendo del mismo plato, de pronto, me hace ver su tristeza  y sus ojos la delatan, yo era extranjera, no entendía nada, no era nadie. Yo me doy cuenta de que Nanca era casi todo, la humanidad sin metralla, sin absurdas, terroríficas noches de uniformes y pistolas, me doy cuenta de la soledad de Nanca, de la soledad del ser humano y nos enzarzamos en el llanto reparador. Es el segundo nudo en la garganta. Lloramos como en la primera noche de los primeros tiempos, las primeras lluvias.
Entendí a Nanca en el segundo nudo y ella me entendió a mí en el primero. Y lloramos sin pudor sabiendo que esa tristeza iba a hacer florecer cualquier flor, en cualquier tiempo, en cualquier país, en cualquier frontera. Los ojos de Nanca, los ojos de abismo, los ojos conciliadores, húmedos, precozmente tristes, toda la absurda, tremenda, bellísima Historia en los ojos de Nanca.

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		<title>Página del cuaderno rojo.</title>
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		<issued>2008-09-18T18:39:01+00:00</issued>
		<updated>2008-09-20T14:30:13+00:00</updated>
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Son los párpados de la tarde los que me conducen. Semiabierta luz de la tarde, garras negras de árboles que arañan el cielo rojo. Ninguna tarde es la misma, cientos, miles de tardes que parecen iguales,  se despeñan por el mismo agujero negro de la noche.
Hay calvarios de piedra berroqueña en el aire,  kilos de hastío y final de jornada en las piernas de los transeúntes, pespuntes de tristeza en los kioscos, que se vacían de infancias e ínfimos paraísos. La vuelta a casa es una huida al revés. Estoy en casa, esta entrañable isla perdida en medio de la nada, este paraíso menestral donde me cocino a fuego lento.

De vuelta me entretuve ojeando mi viejo cuaderno abandonado. Creo que se está resecando como una hoja de parra. Encontré esto.


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		<title>PARA ANA, MI SOBRINA-HIJA. QUINCE AÑOS DESPUES. </title>
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		<updated>2008-09-18T14:32:01+00:00</updated>
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Tú soñabas calles, olores, rincones, el mundo era el pueblo y Barbys danzarinas, noches que eran las mías y las nueve de la mañana y el olor fresco del excremento y los sonidos, el campanario que destrozaba las nueve de la mañana, un cura madrugador, una vaca, el cuchicheo de las comadres, el castillo donde alguna vez intuimos doncellas y metales de espadas en el aire, soles y medievos. Te llevaba de la mano como ahora ahormo la mano de tu primo que es mi hijo y, ¡tanto me recuerda el calor de la piel, el tacto, la textura!..
Pero fue sobre todo un mediodía, hastío, lunes, arañas que enhebraban aburrimiento en la cabeza de  los niños, en que volviste sola del colegio por primera vez. Tuya era la calle, y mía la emoción de verte aparecer, olor estabular, labios apretados, mochila al hombro,
Rizos negros, canturreo, y ese mundo de “princezaz” en el que con tanta solvencia te movías, y el cura que sonreía bobaliconamente a tu paso y el campesino, todo pana y dureza  que allá, a lo lejos, te reconocía y gritaba tu nombre.

(fELIZ CUMPLEAÑOS)
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		<title>DOMINGOEn el parque hacía frío. No era una intuición sino la certeza del otoño que empañaba la piel con un viscoso airecico húmedo. Se veía claramente la dermis erizada de las mamás que, con sus brazos, dolorosamente vacunados, escrutaban a sus retoños y </title>
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		<updated>2008-09-22T13:41:59+00:00</updated>
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En el parque hacía frío. No era una intuición sino la certeza del otoño que empañaba la piel con un viscoso airecico húmedo. Se veía claramente la dermis erizada de las mamás que, con sus brazos, dolorosamente vacunados, escrutaban a sus retoños y sus mataduras resecas en las rodillas. Era domingo, un frío domingo de un verano exhausto. Inevitables campanadas. Las ocho agonizaban entre un mar de columpios y aves medio exóticas. Entre esa tristeza, patos, descaradas palomas que comían del  regazo, coches de plástico, plastilinas, policías que no daban miedo,  cáscaras de pipas, hielo de banco, sombra de carrito, Alejandro campaba a sus anchas sobre la tarde del domingo, como si nada fuera con él. Pero había fuentes y cisnes derrotados por el dióxido de carbono, y sudor de gente que se agota en cualquier rincón, en cualquier orín, en cualquier palmera. Gracias a Dios que, para Alejandro, un domingo, es un día cualquiera.
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