Muchos de Ustedes, queridos amigos, me lo dijeron, el dolor se va a ir acomodando, lentamente, casi sin sentirlo. Así ha sido. Ya no es a gritos, ni con ese llanto irsuto, necio que se desgajaba sin quererlo y me tenía los ojos y el corazón enrojecido, tampoco es con ese dolor que se mete y se mete y se te clava y horada tus entrañas, menos ese recuerdo obsesivo que hacía todo a un lado, que destruye todo y deja fuera de la vida lo que está presente; me doy cuenta de que sólo se ha ido acomodando en silencio, sin aristas, sin cortaduras, sin más lastimaduras, quizá porque sabe que no hay lugar ya para ello, y por eso se hace bolita, de tal manera que no incomode, pero ahí está. Hoy como ayer sólo tengo preguntas que no tienen respuestas, eso es lo más difícil. Hoy vivo con la presencia de su ausencia. Hoy empiezo a recoger esos pedazos de mí.
No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más grave que podamos sentir los humanos, me lo han dicho muchas veces, lo escribió Arcana, lo he pensado otras tantas, no tengo idea de si es así. Se me murieron mis padres ya hace algún tiempo y desde entonces pensé que envejecer no era contar los años que se nos van acumulando como enredaderas en el cuerpo, sino contar los muertos. Ahora acabo de enterrar a mi hijo…, y me pregunto si él es ya un muerto más en mis ausencias, o es El muerto, o mi muerto. Lo pienso y se me caen los pensamientos arrodillados, se me cae el corazón, el alma, las uñas, los dedos, las ideas, el corazón a pedazos y me siento atravesado por la vida, y no encuentro respuestas. ¿Por qué tenemos que sobrevivir a nuestros hijos?
No sé si la muerte de un hijo sea el dolor más terrible que un ser humano pueda tener, de verdad, no lo sé. Me lo han dicho. Me lo cuentan, cuando me han dado el pésame mis amigos les veo las caras y apenas si me reconozco en ellas. En este instante, no sé si mi hijo es mi muerto. Sé que está muerto, que el ha entrado a ese mundo donde reina lo imposible. Y no sé si es mi muerto, porque yo lo lloro como mi vivo. Sé que está muerto, esto es lo que he aprendido en estos días que pasan cortando mi cuerpo, lacerándome con su enorme rueda, rasgándome a cada segundo, en cada instante y en cada esquina de mi casa, y me pego a las paredes como para escuchar el llanto y el espanto, y me acurruco en las esquinas para escuchar mi propio dolor, ahí, sí, ahí, ahí, ahí, ¡que se acurruque!, ¡que se arrodille!, ¡que no se levante!, que se quede como se quedan los muertos, como un dolor muerto.
No sé si la muerte de un hijo de 17 años es el dolor más tremendo que un ser humano pueda sentir. Lo había visto en las fotografías, he visto a una madre correr por las calles con el cuerpo de su hijo entre sus brazos y su dolor me desgarraba; he visto a un padre hincado apretándose al cuerpo yaciente de su hijo con el llanto estremecido por el dolor de esa sangre, de ese cuerpo, de ese ya no más, nunca más, jamás…, y borraba de antemano la imagen de mi vista y de mi atención porque ahí estaba la prueba de que ese llanto duele como ningún otro.
Y es verdad, no sé si ese sea el dolor más difícil, el más espinoso, el más inmenso el que se llena de adjetivos y de interjecciones porque es altisonante, porque suena de más, porque nos ensordece, porque nos deja sin palabras. No lo sé, de verdad no lo sé. Sólo puedo decir que es el sufrimiento más inasible porque se nos escapa de la comprensión, de la carne, de los dientes, de las manos como líquido. Sé que no tengo asideros, ninguno, y me caigo en sus recuerdos y ahí se mezclan los recuerdos buenos con los malos, los triviales con los importantes, aquellos que me hacían enojar con los que me daban mucha risa, esos que me asombraron por su capacidad de abstracción con los que me hacía pensar que se hacía el tonto porque no podía creer que fuera así de rígido con sus juicios o banal. Todos se mezclan, se confunden y empiezo a creer que hay recuerdos que he inventando y que no son reales, porque en este afán por retenerlo tengo la sensación de haberme inventado sueños, ideas, figuras, momentos, palabras, pensamientos. Y tampoco sé si lo que estoy pensando es real o me o he inventado (que para el caso es lo mismo).
Todos los recuerdos se me desgajan como una avalancha de piedras, se vuelcan sobre mí, con furia, sin orden, porque acaso su pequeña vida, como la mía, nunca tuvo concierto, sólo una música atonal, que no comprendimos ni él ni yo. Sus recuerdos se me vienen entre sus enojos y sus risas, se me agotan en las manos en medio de ese llanto desconsolado que alguna vez le escuché y yo desesperado por no saber qué hacer lo abracé con tanta fuerza que él terminó riéndose porque lo estaba ahogando. Nos reíamos mucho, a pesar de que a veces no nos entendíamos. Sus recuerdos se me acumulan por ahora y trato de guardarlos en una cajita pequeña, bien acomodados, para que no hagan mucho espacio y pueda traerlos de aquí para allá, de allá para acá, a mi lado, para sacarlos y conversar con ellos, para conjurar mi propio miedo, para conjurar su recuerdo, ese que se me metió de pronto entre los dedos, para que ni siquiera se note, porque se me llena de consternación la vida de sólo pensar que pudieran írseme yendo en pequeños fragmentos, con pequeños olvidos, con pequeñas comas y puntos, y tildes, sin que yo lo quiera, pero irremisiblemente.
Tengo tanto miedo de olvidar su voz, su mirada, el color de sus ojos, el perfil de su cara, ese lunar que hacía las veces de marca familiar. No quiero que se me vaya con el olvido y con el tiempo, no, no, no quiero que se me borre ni un detalle, ninguno porque olvidarlo es perderlo, acaso como se nos pierde también la vida.
Ahora acumulo recuerdos, como si fueran pequeños ladrillos con los que voy construyendo un refugio contra el olvido, acumulo recuerdos porque he tenido que sacar de varios lugares sus cuadernos, esos que, creo, todas las familias guardan; sí, los cuadernos de primaria, los del Kinder, esos que de tan pequeñitos están llenos de planas de soles, de lunas, de la letra A, de la B, de caritas, de palitos, de bolitas, esos donde empezó a iluminar pingüinos que tanto le gustaban (y nunca le dí a leer La isla de los pingüinos); su carnet de vacunas, sus estudios médicos, las boletas de calificaciones, sus visa para los Estados Unidos, su pasaporte, sus actas de nacimiento, su historia que ahora se me deshace. Como apenas crecía, su mundo se encierra tan fácilmente, eso no lo vio él, creo que no lo vio porque si lo hubiera visto sólo no se hubiera muerto, sólo por acumular y hacer que su vida fuera mucho más que dos maletas llenas de ropa, dos cajas de juguetes, dos bolsas de muñecos, dos cajas de libros, dos de todo lo demás. Es tan fácil encerrar una vida tan pequeña en dos maletas que a veces pienso que así debería de ser con los recuerdos, pero abro mis manos y es tan inasequible, tan inabordable, tan enorme que qué importa que su vida quedara encerrada en dos maletas si mi dolor de no tenerlo no se puede encerrar en toda mi vida. A veces sólo me recargo en sus recuerdos, en ellos y son menos difíciles, pero esto no compete a mi razón ni a mi entendimiento, corresponde al orden de lo imposible.
Y quiero olvidarlo, y pienso como Borges que las cosas siguen y que el mundo es indiferente a su vida y a su muerte, que todo sigue casi como ayer, como antier, como seguirá todos y cada uno de los días y él no estará ya, nunca más, y que no escucharé ese golpe de la puerta de su recámara cada vez que entraba o salía, ni me haré mala sangre porque ya nadie azotará la puerta, y yo no tendré que reñirlo, ni educarlo, ni cambiar sus actitudes. Y ya no volveré a dormirme en su cama como cuando él se iba de vacaciones y yo me refugiaba en su cama a manera de homenaje. Nunca pensé que yo era el que no aprendía a vivir sin él, porque nadie nos enseñó a vivir sin nuestros hijos. Esto es interminable, y sigo escribiendo y escribiendo para exorcizar su muerte, mi dolor, su dolor, el llanto insepulto, el llanto arrodillado, ese no más que de solo escribirlo me quema el alma.
No sé cómo terminar esto. Hace días, muchos ya, murió mi hijo menor. Es incalculable la pérdida porque aquí se cuenta por intensidades, por guiños, por golpes del corazón: tic, tac, tic, tac, como un pequeño reloj suena en mi mente su corazón pequeño. Y se me cae el alma, se me fragmenta porque el lenguaje no lo alcanza ni alcanza a tocarlo ya. Desde entonces traigo un dolor inmenso, se me metió por los poros de mi cuerpo y se ha hecho habitante de esa zona zoológica de mi cerebro porque no sale, no se quiere salir. Duele tanto. Y el tiempo no cura nada, lo que se queda se va pudriendo. Siempre creí que la totalidad de una vida se nos daba por la muerte, creí que ahí el pasado quedaría absolutamente petrificado, sin sombra de ayer y sin perspectiva de una mañana. Pensé que ahí estaba todo ya sin posibilidad de modificación. Tengo que decir que me equivoqué. En un cierto lugar sí, es cierto, él ya no crecerá, ni lo veré elegir carrera o pensar en peliculas que tanto le gustaban, el cariño que le tengo se me irá acumulando en el corazón y en las manos a tanto de quedarse muerto en el recuerdo. En otro sentido, no, vamos, hoy lo veo, todos los lugares se convierten en referencias a él, a sus gestos, a su voz, a su risa. Ahora ahí están lugares, cuadros, libros, novelas que leyó y que no encuentran lugar en ningún lado porque me duelen, escritos que nadie leerá porque los he ido borrando de su computadora que regalaré, de su ropa y de sus muñecos que igual se irán, líneas garabateadas, sueños, reclamos, quejas, llanto, silencios y palabras que ya nunca nos diremos y a nadie le importa... Cuando mueres ya no estás más para nadie, ni para ti mismo; en cierta medida pareciera que la existencia no es más que una grotesca broma en la que sólo estás para dejar algunos cuantos recuerdos en el corazón de quienes pudiste hacerte un lugar, un pequeño espacio que compartiste con muchas personas a través del tiempo...
Hoy apenas si puedo con su ausencia, casi un mes y aún me sigue pareciendo una estupidez y he de llorarlo en la mañana y en la tarde, en la noche y en la medianoche, en el café, en la comida, en cada rincón de mi casa, en cada juntura de la duela, en cada rincón de su habitación, hacerle pequeños homenajes de amor, acariciarlo en mi recuerdo, decirle lo que lo quise, en todos los lugares en los que seguro hay una huella de él, lo tengo que prender en una cajita, como si fuera una de esas medallas que le dan a uno para homenajearlo, o en un llavero, o en algún sitio que permanezca para que se cumpla la ley de que los padres no podemos sobrevivir a nuestros hijos, que se cumpla la ley, la herencia, las huellas de la voz de mis ancestros, la estirpe biológica, que se cumpla, como sea.
Creí que ya no podía llorar, ya no como ayer en la mañana, ni como ayer en la tarde, ni como anteayer, ni mucho menos como lo he llorado a cada momento en el que su ausencia me atraviesa por todos lados. Ya no lloro, digo, ya no lloro en este momento, porque a veces creo que se me han acabado las lágrimas, que se me acabó el llanto o es como si mis propias lágrimas se arrepintieran de salir porque ellas no harán que su no más ya se haga menos duro. Sé que sobreviviré, lo sé porque como todos, somos sobrevivientes. Y no quisiera que se me fueran sus recuerdos, que pudiera mediante un pequeño simulacro fijar en la memoria pedacitos de él, de esos detalles que hace a una persona, esos ángulos desde donde vemos a las personas siempre, astillas del tiempo piedras enmarañadas que quisiera que se quedaran pegadas a mi cuerpo. Quisiera encontrar la fórmula para clavar en mi memoria cientos de pasajes en los que vivimos juntos, de lugares y de letras para no olvidar. Tengo miedo de que tu memoria me falte, que tu voz se me vaya escapando hasta convertirse en un pequeño ruidito inaudible, que se me olviden tus ojos tristes a fuerza de verlos más, que el calor de tu piel se me extravíe porque ya no lo volveré a sentir. No te quiero olvidar. Me duele el tiempo que pasa y que me encierra en medio de esas inmensas capas de musgo. Hoy pienso en esto porque apenas me acuerdo cuando se lo llevaron. En realidad ya no advertí cuando se fue para siempre, porque salió de su casa para siempre
El gnosticismo estuvo asociado a las más monstruosas cosmogonías dualistas que contenían elementos de la tradición egipcia, del dualismo persa, de la heterodoxia judeo-oriental, de la magia y la astrología griegas o caldeo asirias, de la teología cristiana naciente y del neoplatonismo. Y según una antigua tradición de Oriente, Adán, en el paraíso, hablaba en verso. Hubiéramos creído que en el Paraíso se hablaba en hebreo. El padre de Coleridge, que era Pastor en un pueblo de Inglaterra, predicaba, y los feligreses le agradecían mucho que él intercalara largas peroratas en el idioma del Espíritu Santo, que era naturalmente el hebreo. Cuenta la historia que cuando él murió, lo sucedió otro predicador, que, como era natural, no sabía hebreo. Los feligreses se sintieron defraudados, porque aunque no entendieran ni una palabra, eso no importaba; les gustaba oír al predicador hablar en el idioma del Espíritu Santo. Cuenta Borges que en una página de Sir Thomas Browne, dice que sería interesante dejar a dos niños en un bosque porque ellos no imitarían a otros al estar solos, y entonces podría recuperarse así la pronunciación primitiva y edénica, o paradisíaca, del hebreo, que sería el idioma en que hablarían esos niños. Pero parece que ese experimento se hizo, y los niños simple y llanamente no se decidieron a hablar: emitieron algunos sonidos incomprensibles, casi como pequeños rugidos. Borges también nos recuerda que en la cábala se supone que Adán era el mejor historiador, el mejor metafísico; el mejor matemático, ya que había nacido perfecto, y había sido instruido por la divinidad o por los ángeles. León Bloy dice que cuando Adán fue arrojado del paraíso, ya no era como un fuego, sino como una brasa que esta apagándose. Y se supone también que la cábala tiene una tradición muy antigua, ya que fue enseñada por los ángeles a Adán, Adán la enseñó a Caín y a Abel, ellos la enseñaron a sus hijos, y así se fue transmitiendo esa tradición hasta mediados de la Edad Media. Porque ahora nosotros apreciamos una idea si es nueva; en cambio, antes no, una idea, para ser recibida con respeto, tenía que ser muy antigua; entonces, que antigüedad mayor a la de Adán como primer cabalista y quizá, por qué no, de un gran gnóstico
Es cierto, las palabras no corresponden a los hechos. Pueden generarse múltiples palabras, pero en último término no pasan de ser meros conceptos de sustitución: ocupan el lugar de nombres que no existen y no pueden tener la pretensión de describir lo que por su naturaleza es indescriptible y escapa a la definición verbal. En esto reside el deleite y la tranquilidad del infierno, en su indescriptibilidad, en su incompatibilidad con el lenguaje: existe, es un hecho, pero lo único que podemos hacer son muecas al tratar de comunicarlo y, sin embargo, sólo uno sabe lo que trae en su interior. Palabras como subterráneo, dolor, silencio, aullido, grito, olvido, muerte, no pasan de ser débiles símbolos. Al hablar del dolor del amor, ese que físicamente se representa por la vía de la depresión y del abandono, del luto, del duelo, hay que contentarse sólo con símbolos para expresarlos vagamente, porque en el infierno termina todo, no sólo la palabra que intenta definirlo, sino todo, absolutamente todo. Esta es su principal característica, lo que en términos más generales puede decirse y lo que el “enfermo de amor” percibe en primer lugar, aun cuando de buenas a primeras sus cinco sentidos se nieguen a aprehenderlo y a comprenderlo porque a ello se opone la razón.