Libro de Arena
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consueloll

Así que pasen mil Navidades

No puedo precisar año, mundo ni vida

en que, la sospecha empezó a tomar cuerpo

¡El prodigio se daba!

Pero hoy, con la seguridad que otorga la verdad absoluta,

puedo proclamarlo ya a los cuatro vientos

¡Soy inmortal!

Año tras año, ese espíritu con fecha de caducidad:

el de breve, pero demoledor reinado; me aniquila

¡Y éste, -no podía ser de otra forma- la maldición ha vuelto a cumplirse!

Luego y como siempre: sacudo la ceniza, acallo la doliente y bella melodía

y, trasmutada a partes iguales entre Fénix y Espino, hago triunfal reaparición

para, con alas renovadas, echar a volar de nuevo

¡Y a vivir trescientos días más!

Padres putativos (de Pequeñeces)

Mamá Tristeza y Papá Conformismo,

me acunan amorosamente.

Mientras yo, en mi sueño,

acaricio la emancipación

La felicidad: una cuestión de poca cosa

Perder la noción del tiempo, contemplando una puesta de sol otoñal

El lengüetazo de Guau, correa en ristre, reclamando su paseo

Cinco euros en el bolsillo

Una ocupación que no aniquile por su inutilidad

Sorber despacio un café vienés, escuchando el chisporroteo de los leños en el hogar

Leer de un tirón el Juan Salvador Gaviota y creerse fuente de la inspiración

Relación socio-familiar sin que pretendan cultivar en tu huerto

AMOR

Tener firmada la paz con la propia realidad

Ausencia total de cualquier tipo de dolor

¿¡Dónde hay que firmar!?

De la cuna a la tumba

Te pierdes en mi mundo octogonal;

yo resbalo en el tuyo redondo

Te guías invariablemente por brújula norteña;

la mía bailotea cual peonza beoda

Te ahogas en mi pecera de colores;

yo camino sobre tu ancho y largo mar

Te extasías ante las tapas de los libros;

yo los abro, los leo y los releo

Te miras únicamente en bellos espejos;

yo sólo en las aguas de mis espejismos

Caminas siempre en dirección que otros marcaron;

Teseo y yo nos tratamos de tú a tú

Y, antagónicos hasta la exacerbación,

la paradoja de cariño está en que,

aun conociendo nuestros mutuos defectos,

continuamos queriéndonos

Cristales de colores

Conservo una acuarela que creé a los quince años.

La puse un título: “El cielo y yo”.

La firmé con mi nombre: Consuelo

Mientras estuvo así identificada recibió:

indiferencia,

condescendencia,

benevolencia,

y todas las “encias” imaginables

¡Ay, la inocencia de los quince años -exclamó más de uno-

En su lugar, tengo ahora colocada una litografía;

con edad, título y nombre borrados y,

una sola palabra en su margen inferior derecho: Picasso

La he comprado en una librería antigua -miento-

¡Oigan! Mano de santo:

¡Este tío era genial! Exclaman todos a la primera ojeada

Y tú a mi lado

No te pido

el sol,

la luna,

ni las estrellas.

Tampoco te pido que me eleves a ningún séptimo cielo

Al sol lo quiero libre de barrotes de oro.

Sereno o rabioso. Acogedor o inclemente.

Resplandeciendo por igual para todo bicho viviente.

Poder darle los buenos días y las buenas noches

Y tú a mi lado: recibiéndole y despidiéndole

A la luna la quiero guadianesca.

Anoréxica o con sobrepeso.

Rielando en el Mediterráneo.

Participando, coqueta, en el juego de los eclipses

Y tú a mi lado: buscando sus rentrées

A las estrellas las quiero sin orden ni concierto.

Dibujando caprichosas formas.

Con sus Osas por aquí, su Polar por allá,

y alguna que otra fugaz siempre con prisas.

Y ú mi lado: contándolas al unísono

Al séptimo cielo lo quiero inamovible,

justo donde ahora está.

Con accesibles escaleras,

siempre limpias de ángeles caídos

Y tú a mi lado: paseando una y otra vez sólo hasta sus puertas

_________________

Y yo

Mi vida ha sido una mierda.

Una estafa que no ha merecido la pena ser vivida

-me dice con serena conformidad-

Y yo,

que excepto el final aún no escrito,

he releído mil veces su mamotreto de infelicidad.

Sé que no miente

Y yo,

que sólo soy puñado de folios a medio escribir,

quiero hoy, ser su libro de reclamaciones.

Aunque nadie remedie ya la injusticia

Y yo,

una vez más, con impotencia,

cobijo sus manos entre las mías

y lloro sus silenciosas lágrimas

Abajo y arriba: madera de yoyó

Ha descendido –una vez más– al sótano y

da fe, de que sigue siendo un lugar inhóspito:

canícula permanente trepanando la médula;

olor de azufre que no es, precisamente, el del espliego;

moradores cojoneros en permanente danza.

Ahora –una vez más- se halla subiendo y,

como perro viejo que es,

se conformaría con quedarse en un cuarto o quinto.

Conoce de sobras que, allá en el ático,

ambiente y habitantes le obligaran -una vez más- a bajar