Subí las escaleras con rapidez y en el descansillo respiré hondo para disimular el cansancio. Abrí la puerta ,escuché el silencio, y sus vibraciones no me propiciaron buen augurio. Supe con certeza que nuestra relación estaba a punto de hacerse añicos. Me senté en el sillón indolente, dominado por la apatía ¿Para qué hacer nada? Me la imaginé mirándome como un bicho raro al que no reconocía. Todo estaba perdido y no me sentía con fuerzas para pensar en otras alternativas. Mis cavilaciones se dispararon. ...
-De ahora en adelante se acabaron los amaneceres compartidos, los desayunos de los domingos, las largas conversaciones, las noches en el teatro.
-En cambio, empezaban las mañanas frías y oscuras, el desayuno solitario, las angustiosas tardes como un león enjaulado...
-Claro que el frío y la oscuridad desaparecerían y vendrían los partidos de fútbol con los amigos, las cañas en el bar de Pepe, los pies sobre la mesa”...Me senté de nuevo en el sillón, pues empezaba a marearme.
Entonces oí los pasos de ella que subía las escaleras. Cerré los ojos, haciéndome el dormido con el infantil deseo de no ser visto. Ella entró de puntillas como la pantera rosa y, al no sentirla, entreabrí los ojos. A través de las pestañas vi cómo colgaba el abrigo mientras decía
-¡Hola!. La mirada de ella no reflejaba agresividad.
-Se ha quedado conmigo -pensé-. Esperaba cualquier reacción menos esta tregua.
Y comencé nuevamente a cavilar desconcertado..
-Se acabaron los partidos de fútbol con los amigos, las cañas en el bar de Pepe, los pies sobre la mesa..
-claro que volverán los amaneceres compartidos, los desayunos de los domingos, las largas conversaciones, las noches de teatro..
.Me levanté (estaba claro que ella también había cavilado y no quedaba nada que hablar). “Hola”, le dije y la abracé mientras la besaba con pasión.
Cuando yo estudiaba bachiller en una ciudad del sur, España no se parecía nada a la de ahora. Las mujeres cantaban las canciones de Juanito Valderrama, Antonio Molina y Lola flores mientras hacían las camas, lavaban o limpiaban las lentejas. Los niños jugaban al futbol con pelotas de trapo, las niñas mecían sus muñecas de cartón con caras desconchadas y, sobre todo, había hambre. La figura de Carpanta con una gran boca dispuesta a engullirlo todo era la más representativa de entonces. En medio de este ambiente yo tenía una misión: estudiar. Sólo había un Instituto en una ciudad de cincuenta mil habitantes. Quinto de Bachiller estaba compuesto por veintitrés alumnos, de los cuales siete éramos chicas. Quiero decir con esto que vivía una situación privilegiada y estudiaba, no porque mi familia nadase en la abundancia, sino por expreso deseo de mi madre que quería que llegase, en una obstinación que le honraba, adonde ella no había podido. Como el empeño era suyo, yo no era buena estudiante hasta que llegué a quinto de Bachiller y lo hice mío. Mientras tanto, encontré en el oficio de estudiar un chollo pues la casa se me venía encima. Aprendí inconscientemente a vivir del cuento y cuando le veía las orejas al lobo, pisaba el acelerador y aprobaba por los pelos. En el instituto era conocida por mis travesuras, quizás porque era hija “de en medio” y en casa pasaba inadvertida. Pero lo que en realidad yo quería contarles es lo que me pasó aquel verano que tanto tuve que estudiar y dio un nuevo giro a mi vida.
Empezaré por el día que fui a recoger las notas de cuatro asignaturas que había suspendido en Cuarto. Era verano y, el calor sofocante, no fue obstáculo para que estudiase como nunca había hecho. Pendía sobre mí la amenaza de mi padre de no pasar al curso siguiente.
-El año que viene empezarás a trabajar en la tienda –me había dicho convencido de que esta vez no lo superaría.
Me levanté temprano muy nerviosa pues aunque había estudiado no estaba segura de lo que había hecho en el examen. Ya me veía detrás del mostrador vendiendo telas y eso era lo que mas me asustaba. No os lo podéis imaginar. Aquel verano le había ayudado algunos días y lo pasé bastante mal. Como no se fiaba de mí se iba a la trastienda a espiarme para escuchar lo que le decía a los clientes y cuando le parecía oportuno dejaba su escondite para reñirme en público y yo pasaba mucha vergüenza.
Como les decía, iba muy nerviosa a recoger las notas. Cuando llegué al instituto ya me esperaban mis compañeras delante de la secretaría.
-¡Rosi! gritaron alzando las manos.
Me dirigí hacia ellas. Poco después empezaron a llamarnos. Llegó mi turno. Abrí el libro de calificación. Tuvieron que ayudarme porque no encontraba la hoja.
-¡Aquí Rosi! -Me gritó una amiga.
Miré con cautela y me llevé una grata sorpresa. Había aprobado las cuatro asignaturas. ¡Podía empezar quinto curso! La profesora de francés muy gruesa, cara roja y con un ritmo saltarín al andar, me dijo:
-Señorita Gutiérrez –los profesores nos llamaban por los apellidos- a ver si en quinto mejora. La felicito.
Le di las gracias con cortesía. Me caía bien, aunque las monjas donde había estudiado de pequeña, me previnieron contra ella.
-Tened cuidado cuando vayáis al instituto –decían pesarosas porque ellas entonces no daban clases de Bachiller- pues hay profesores que os pueden llevar por el mal camino.
Lo decían porque la señorita de francés llevaba blusas transparentes. La verdad es que las monjas eran muy exageradas. Fijaros si eran exgeradas, que en la puerta del colegio ponían un letrero que decía: “No llame si no lleva las mangas hasta el codo”. Y además lo colocaban en pleno verano. Por eso desde que entré en el instituto ya no fui a verlas. Pero, no crean, en el fondo yo era muy religiosa y me producía mucha ansiedad estar en pecado mortal pues me habían educado así. Mi vitalidad, sin embargo, me jugaba malas pasadas y sin darme cuenta siempre estaba en terreno prohibido porque todo era pecado. Estaba convencida de que si moría me esperaba el fuego del infierno, que según me aseguraban, era eterno. Pero bueno, problemas aparte, este día estaba muy contenta. Había aprobado y me libraba de trabajar en la tienda. ¿Qué mas quería? Iniciaría quinto de bachiller junto a las seis amigas restantes que ya habían aprobado en junio. Cuando llegué a casa mi madre me miró interrogante, con ansiedad. Aún quise hacerla sufrir un poco con cara compungida pero enseguida comprendió que había aprobado. Quizás fue aquel gesto primero de ansiedad el que me transmitió la ilusión que ella no había podido realizar. Lo cierto es que no tuve ningún suspenso en la carrera que elegí... Pero eso ya es otra historia.
OFUSCACIÓN
Estaba en la casa cuando sonó el timbre de la puerta. El reloj marcaba la una de la madrugada. Se puso el batín y observó por la mirilla antes de abrir. Era Luisa, su ex mujer.
-¿Qué ocurre? –preguntó por decir algo.
Sin responder se arrojó en sus brazos temblando. Permanecieron así largo rato, pegados fuertemente el uno al otro, como si alguien quisiera separarlos. Después se fueron a la cama, como otras veces.
Al día siguiente, a las nueve, sonó el despertador que estaba en la mesilla de noche. Dio media vuelta, extendiendo el brazo y observó con sorpresa que el lado estaba vacío.
-¡Donde está Luisa! –gritó sobresaltado. Recorrió la casa y no había rastro de ella. Una nota sobresalía por debajo del despertador pero, en su ansiedad, le pasó desapercibida.
-¡Pero si nos habíamos reconciliado! Y esta vez era de verdad -se decía como un animal acorralado, mientras se tiraba de los pelos en su desesperación.
Tenía una corazonada y la sentía como si fuera real. Su rostro palideció, los brazos se balanceaban como si fueran de trapo y las piernas le temblaban. Movía la cabeza a un lado y a otro como si quisiera rechazar las ideas que le venían a borbotones.
“Antes no iba en serio ahora sí”... Se repetía una y otra vez como un autómata.
De pronto se levantó como movido por un resorte y comenzó a escribir:
“Luisa, después de lo que vivimos anoche, pensé que la reconciliación esta vez iba en serio. Para mi sí y estaba dispuesto a empezar de nuevo. Me engañaste. Lo nuestro no tiene solución. Adiós”.
Estaba convencido de que ya no tenía fuerzas para volver a empezar. Era la última oportunidad para recuperarla. Sólo una idea le persigue: Quitarse la vida. No ve otra solución porque tampoco sabría vivir sin Luisa.
Se acerca al balcón dispuesto a tirarse pero su fobia al vértigo se lo impide incluso en estas circunstancias. Ve pasar por la autovía los coches a toda velocidad y sin pensarlo mas baja por el ascensor, se dirige a la autovía y se sitúa muy cerca. Cierra los ojos y dando un salto se arroja delante de una camioneta. Se oyen gritos y un golpe en seco. Él yace en el suelo y de su cabeza emana un charco de sangre.
Debajo del despertador sigue una nota:
“¡Que complejo eres cariño! Pero te quiero. No te desperté porque no llegaba a tiempo al trabajo. No te preocupes, todo se arreglará entre nosotros. Merece la pena intentarlo. Te llamaré a las once. Un beso”.
En la casa de él está sonando el teléfono.
Laura es una mujer atractiva y sabe que tiene un poder de seducción sobre los hombres. Cada vez que se despide de Andrés, el hombre con el que sale desde hace dos años, se siente satisfecha, segura de sí misma. Sabe que siempre estará esperándola. Por eso cuando un día le monta una escena diciendo que ya no puede esperar más sonríe entre ofendida e irónica pues ella no se siente culpable de nada. Lo aclaró bien cuando comenzaron la relación.
-Te quiero Andrés –le había dicho- pero tengo que terminar los estudios y situarme. No puedo tirarlo todo por la borda. Tengo los mismos derechos que un hombre. Es más, me gustaría que te relacionaras con otras mujeres. No tengo derecho a entretenerte.
Andrés le responde que tampoco le ocultó que deseaba casarse, que no le importaba que siguiera estudiando y que respetaría sus estudios y trabajo después de casados. Sencillamente ha comprobado que, después de dos años no quiere esperar más y va a seguir su consejo de relacionarse con otras mujeres. Puso mucha esperanza en la relación pero ahora estaba quemado por eso deseaba dejarla.
Laura recibe un fuerte golpe. Creía tenerlo todo controlado pero de pronto se da cuenta que este hombre es de armas tomar. Reconoce en su interior que ha confiado excesivamente en su poder sobre él y ahora su seguridad se desmorona. Cambia el tono y le habla cariñosa, susurrándole que lo quiere mucho más de lo que ella creía y está dispuesta a reconsiderar la situación. Incluso le habla con temblor. Laura cae de rodillas, lo rodea por la cintura, le besa las piernas, le acaricia los muslos.
-Soy demasiado egoísta –exclama- No he pensado en lo que podrías sufrir.
Él la mira desconcertado. No conoce a esta mujer que tiene delante y en la medida que avanza en sus disculpas y pierde los papeles, se siente timado. Le gustaba más aquella mujer fuerte y coherente, aunque no pudiese seguir con ella, que la que tiene delante dispuesta a tirarlo todo por la borda cuando las cosas no le salen bien.
Ella es periodista. Es además atractiva e inteligente. También es una mujer sensible. Vive en un chalet con un jardín. En el jardín hay un castaño que tiene un tronco musculoso, muy retorcido, donde acostumbra a escribir sus artículos. Es allí donde vive sus momentos de mayor creatividad. Al otro lado del jardín hay flores: prímulas, pensamientos, salvias y violetas. Detrás, a unos treinta metros, delante del seto formado por adelfas, están las rosas, las hortensias y los geranios, todo muy bien cuidado que refleja una gran sensibilidad. Pero la periodista es dura para el amor. Ha tenido varias experiencias y no confía en los hombres.
Él es también periodista. Es un hombre aventurero, ha recorrido mundo y vivido como corresponsal en varias guerras por eso tiene bastante experiencia y conoce los entresijos de los seres humanos. Ha vuelto a España para trabajar en la Redacción. Desde el primer momento muestra un interés especial por ella y ella se ha puesto a la defensiva. Actúa distante y altanera con él y hasta le pone en ridículo, pero él es un hombre curtido y no está dispuesto a tolerar las histerias de una mojigata. Un día comienza a salir con otra mujer. Al principio ella respira aliviada pero después se inquieta porque intuye que es un hombre con personalidad. Empieza a ser mas amable. “
-Es en plan de amigos. -dice para justificarse.
Pero lo cierto es que le trata con amabilidad y en su vestimenta pone un toque de insinuación. Ha aumentado sus escotes, subido sus faldas y se pinta los ojos y los labios. Él capta el mensaje pero no se da por enterado. Es mas, se muestra indiferente. Ella da un paso mas y le llama por teléfono pidiéndole datos para elaborar un artículo. Quedan en un café. Al principio hablan del artículo que quiere publicar, después charlan animadamente, dan un largo paseo, le invita a su casa, toman unas copitas, se animan, pone música, bailan y terminan en la cama. Ambos quedan impresionados al comprobar la química que hay entre ellos. Desde entonces se ven siempre en la casa de ella. La confianza que surge es espontánea. No tienen reservas y andan por la casa desnudos con toda naturalidad. Cuando follan lo hacen a gusto. Los dos muestran una gran sensibilidad y mucha pasión. Él se queda cuatro o cinco horas y después se marcha sin decir cuando volverá. Este comportamiento se ha convertido en hábito. Discuten muchas veces por este motivo y él intenta cambiar en detalles, le dice cuando volverá, es mas cariñoso pero sustancialmente todo sigue igual. Ella sufre, le insulta, le dice que se equivoca, que ella no es un pedazo de carne con ojos y que no vuelva mas pero al día siguiente lo llama. No comprende por qué está tan enganchada. El vuelve porque tampoco puede prescindir de ella pero no promete nada. Conoce a este tipo de mujeres. Sabe que si logra dominarlo perderá interés. Se miran. Ambos sufren. Se sienten encadenados.
Desde el prado observo las montañas. Cierro los ojos y se me ocurren pensamientos extraños. Me imagino que las montañas se van juntando y el valle queda sepultado. Me sobrecojo y los abro sobresaltada. Como es normal, todo está igual que siempre. No sé porqué pienso en situaciones irreales. Quizás mi problema sea desvirtuar lo que me rodea e incluso los mismos acontecimientos. Las cosas son como son y es mejor no sufrir sin motivo.
Miro a mi izquierda. Florencio está podando unas hortensias y cuando acaba se sienta a mi lado. Transcurre un buen rato silencioso. Lo observo. Está distraído y sonríe. Le pregunto que porqué está tan contento. Me mira ausente y en vez de responderme dice que le encantan las montañas.
-Mira, que ondulaciones. Parecen los senos de una mujer.
Me irrito porque creo que lo ha dicho con doble sentido. Seguro que se refiere a mí pues el otro día en la cama hizo alusión, con una voz supuestamente cariñosa, a mi delgadez.
-¡Por qué te gusta herirme! -le digo indignada.
-¿A qué viene eso? -Pregunta mientras me mira con cara de no haber roto un plato.
No le respondo. Se está haciendo el inocente. Esas montañas que él tanto admira están lejos y vive suspirando por ellas, mientras ignora lo que tiene cerca. Por eso hace días que llega a casa cansado y sin ganas de hablar. De pronto veo que se levanta y desaparece.
“No soporta estar a mi lado” –pienso-.
Un rato después comienza a hacer frío y entro en casa. Quedo sorprendida, cuando veo que Florencio ha preparado la mesa con el mantel que tenemos para las mejores ocasiones. Delante del sitio donde solemos sentarnos hay dos velas encendidas y en el centro una cestita de mimbre con las hortensias que cortó esta tarde. Apaga el horno con un olor exquisito de cordero y me mira cariñoso. Me siento cogida en falta.
-“Otra vez me la ha jugado mi mente calenturienta”. –Me maldigo.
Mientras cenamos miro por la ventana. Está anocheciendo y el sol poniente, de color naranja, destaca las curvas de la montaña.
“Es cierto, -me digo sonriendo- parecen los senos de una mujer”.
Nunca pude permanecer en un lugar cerrado y nunca lo he hecho. También sé que no lo haré jamás, porque si estoy encerrada y otra fuerza superior me impide abrir aparece el dragón. Es un dragón pequeño y, aunque lo llevo dentro, pasa inadvertido. Lo sentí por primera vez al llegar a la gran ciudad cuando tuve que subir en el ascensor. Desde entonces se repite el mismo proceso. A través de mi piel el dragón capta el peligro y comienza a moverse, a ganar terreno aumentando de tamaño. Presiona mis vísceras, hasta arrebatarme el aire y acelerar la sangre de mis venas.
Mi dragón ha sobrevivido a los tiempos de Maricastaña, errante a través de los siglos, añorando su castillo en una parte del valle cercana al bosque y obligado a reducir su tamaño para buscar acomodo en mi interior. Asumí este descubrimiento sin hacerme ninguna pregunta. ¿Para qué? Había nacido conmigo, lo mismo que tengo ojos, brazos, piernas. Durante algún tiempo creí que sólo me pasaba a mí, pero he descubierto que hay personas como yo, aunque se manifiesten de otro modo, destinadas a buscar con ansiedad aire y espacios abiertos. Las descubro en el autobús, ansiosas de llegar a su destino, con respiración entrecortada. En las escaleras que prefieren al ascensor. En los lugares solitarios huyendo de aglomeraciones. En el gozo que experimentan cuando están delante de algo bello...Pero, sobre todo, las descubro por una especie de rebeldía innata que les impide adaptarse a los nuevos tiempos. Ahora sé que también dentro de esas personas viven seres fantásticos que se resisten a desaparecer y se han instalado en nuestro interior en espera de situaciones diferentes.
Desde la ventanilla del tren veía pasar como ráfagas las estaciones solitarias, en otros tiempos bulliciosas y llenas de vendedores que ofrecían a gritos sus mercancías:
-¡Agua fresca¡ ¡mantecados¡ ¡vino de la tierra¡.
El recuerdo de aquel espectáculo me emocionó. Cuando bajé del tren se confundían los besos ruidosos con voces que gritaban a sus familiares para ser vistos. Dirigí la mirada a mi alrededor y divisé a Pilar que me estaba esperando con su cara sonriente, con esa sonrisa que nos colocamos al salir de casa como si fuese un componente mas de nuestro atuendo pero no un reflejo del estado de ánimo. Le hice señas con la mano. Me reconoció y al venir hacia mí capté un gesto de tristeza en sus ojos. Nos dimos un abrazo y nos fuimos hacia su casa. Por el camino reía nerviosa y su conversación precipitada, sin contenido, me producía cansancio. Yo la conocía. Cuando Pilar no se encontraba bien, hablaba sin parar como si la palabra fuese un baluarte que la protegiera de toda intromisión. Pero ahora era ella la que me había llamado. Su carta era escueta pero entre líneas adivinaba una llamada de socorro. Llegamos a la casa. Su madre nos esperaba sentada en un sillón orejera. Casi no la reconocí, había envejecido mucho y su mirada era extraña.
-Mamá es Esther...¿No te acuerdas de ella? Es mi compañera de estudios de la que tanto te hablo
-Ah si ...Esther”..Y guardó silencio.
-Le falla mucho la memoria -me dijo Pilar y después añadió- tiene Alzheimer.
Le di un beso y le pregunté como estaba sin esperar respuesta, con esa voz artificial que sin darnos cuenta utilizamos para los bebés y los ancianos. Después nos fuimos a su cuarto. Era pequeño con una ventana que daba a la calle. La cama estaba arrinconada para aprovechar el espacio y en la pared, frente a la cama, una estantería llena de libros. Hice como que hojeaba algunos mientras la observaba disimuladamente. Ahora había dejado su actitud parlanchina, lo cual agradecí. Estaba silenciosa y se frotaba las manos con frecuencia.
-¿y Agustín? ¿No sabes nada de él? –Le pregunté para aliviar el silencio embarazoso.
Noté como si algo dormido la removiera. No contestó ni tampoco me atreví a decirle nada mas. Quizás pensase en otra cosa. Mi presencia significaba un hueco grato en sus recuerdos:
Cuando reíamos despreocupadamente porque creíamos que el mundo era nuestro, los valiosos regalos, los viajes al extranjero, la universidad, la ilusión por Agustín...Y después los comentarios sobre su padre cogido en un defalco, la economía resquebrajada, la interrupción de los estudios, la dedicación a sus padres...En realidad ella había pasado por la vida sin decidir nada, obediente, como si hubiese vivido la vida de otros. Las dos continuábamos en silencio. Cogí unas sábanas limpias que Pilar había dejado encima de mi cama y me puse a hacerla. De pronto dijo.
-Hay un hombre en mi vida.
-¡Pero eso es estupendo¡ -exclamé.
-Me quiere, me gusta y me trata con cariño -continuó como si hablase en voz alta y yo no estuviese presente- pero...
-!Pero qué¡” -casi grité-.
-A mi padre no le parece bien.
Dejé las sábanas y me senté en la cama. No me pude contener y le hablé con ansiedad.
-Pilar, es la última oportunidad que tienes de hacer algo por ti misma . Tu padre está bien y él puede cuidar de tu madre.
-No se ...No se –repetía nerviosa.
Me callé angustiada mientras con genio reprimido terminé de estirar las sábanas pagando con ellas mi impotencia. Permanecimos pensativas.
Después me levanté. Le dije que necesitaba estar sóla y marché a pasear. El cielo estaba gris pero no hacía frío. Pensé en Pilar. Más que pensar en ella "la sentía".
-¿Por qué esta compenetración si llevamos tiempo sin vernos? -y me extrañé de mi propia vehemencia al aconsejarla.
Yo, la independiente, la que decidió marcharse de casa, la alumna que brillaba en la universidad, la que se separó de su marido después de quince años casados porque no se realizaba...Ahora vivía sóla. ¿Estaba segura de vivir mi propia vida?
Divisé a Pilar que venía a mi encuentro y juntas volvimos a su casa ya mas relajadas, evocando el pasado entre risas. Después de cenar, estuvimos charlando hasta altas horas de la noche.
Al día siguiente, mientras esperábamos en la estación el momento de mi partida, la noté nerviosa. De pronto me abrazó con efusión.
-Tienes que venir mas. ¡Voy a luchar! – dijo mirándome con ojos lagrimosos y gesto resolutivo.
-Yo también lo necesito. -Añadí.
-Pero tú has tenido el derecho a equivocarte.
Ya en el tren sentí cierta esperanza, como si el deseo de Pilar me hubiese contagiado, como el rayo de sol que se escapa furtivo de una nube negra.