Hoy os tengo que pedir un favor, algo que no os costará dinero ni mucho tiempo. La Operación Tontxu a Moscú. No por el mero placer de tener una alternativa a Soraya o por ver al cantautor en Eurovision, sino como proyecto de sensibilización e integración de un colectivo a veces muy olvidado, como es la población sorda.
El ser sordo es poseer una discapacidad invisible que te excluye de una parte de la vida social, incluyendo la mayoría del ocio. Dado que las barreras no son arquitectónicas, dado que no llevan un lazarillo o una silla de ruedas, permanecen más olvidados y menos integrados que otras personas con discapacidad. Esta operación busca enseñar esta realidad y un proyecto genial al mundo. Como primer objetivo, queremos lograr que la canción pase la primera ronda clasificatoria y acceda a la gala de RTVE, para conseguir que una canción integramente signada en Lengua de Signos se retransmita en televisión en un programa de gran audiencia, de forma que mucha gente se dé cuenta de que los sordos también pueden disfrutar de la música y tienen derecho a alternativas de ocio.
Desde hace meses Tontxu y Evelin Vega, intérprete de Lengua de Signos, realizan conciertos en los que sordos y oyentes pueden disfrutar a la vez de un concierto, en los que el sentimiento musical llega donde antes sólo había silencio, terminando con el monopolio de los oyentes en el ocio musical. Son muy emocionantes y te hacen conocer este lenguaje universal de una forma muy especial. Tontxu se ha presentado a Eurovision con este proyecto, y lo único que le hace falta son votos por internet. Quizá está lejos de ganar, pero el mero hecho de que se difunda el concepto ya es importante. Y quién sabe, podría convertirse en la alternativa a Soraya o el Chiki-Chiki...
Es gratis, os costará poco tiempo, así que votad, por favor. Y lo hagais o no, difundid la idea, enviar este texto a todos vuestros contactos. Se puede votar 5 veces al día desde cada dirección de email... y si alguien conoce a Buenafuente o gente de asociaciones de sordos, también ayudaría jejeje. El link es el que sigue:
http://www.rtve.es/television/eurovision2009/candidatos/tontxu.shtml
Y de paso, seguro que os encanta la canción. En el link, veis el video de presentación de Tontxu, pinta de náufrago y estampado floreado incluido, y luego podeis ver los links de videos de la canción y de un montaje de conciertos, que aparecen al acabar el video. Luego, por supuesto, votar 5 veces al día jejeje Os llegarán emails de confirmación a vuestras direcciones de correo. En estos emails teneis que darle al link que aparece y os llevará a una ventana de voto confirmado. Si no haceis esto dentro de las siguientes 24 horas, los votos no valdrán.
Besazos!! y muchas gracias por participar en este proyecto tan emocionante. Os informo que actualmente estamos a 998 votos del quinto clasificado de nuestra categoría, y que para ir a la gala sólo tenemos que estar entre los 5 primeros de esa categoría el día 19 de enero. Es posible si todos colaboramos y somos un poco constantes. Votar os llevará unos minutos solamente. Gracias y felices fiestas!!
10:45AM
Yo siempre he sido de volar sola en el ámbito laboral. No es que no me guste el trabajo en equipo, de hecho siempre se agradece compañía con quien afrontar las mareas diarias, pero necesito esas jornadas solitarias de cuando en cuando. Y hoy toca a lo grande.
Muchas veces me sorprendo de la alegría con la que acojo cualquier cambio en la rutina. En ocasiones, el simple hecho de dejar el coche, cogerme el metro y llenarme los oídos de música y los ojos de caras, me da un respiro. Y entonces me paro a pensarlo, y me atropella la absurdidad del concepto. Es decir, mucha gente considera los viajes en Metro parte de la rutina, encierros obligatorios en vagones de carga como ganado, malas caras y ojeras pisándose unas a otras de camino o de vuelta de una jornada más.
Para mí, dada la poca frecuencia de mis viajes suburbanos, es una sesión remember de mis tiempos de universitaria, con pocas preocupaciones, mucha música y el bolso lleno de letras. Volver a él, ponerme los cascos y dejarme llevar por la corriente de cuerpos que corren a cumplir su rutina cuando la mía me da un respiro, me llena los pulmones de un aire nuevo que poco tiene que ver con la atmósfera cargada de los vagones. Sólo sentir el tacto de los auriculares en vez del volante entre las manos ya me llena de un sentimiento de libertad extraño, que me hace pensar cuán encerrados estamos en la rutina y qué cárcel más tremenda debe de ser, para que, como un preso en aislamiento que se siente un poco más libre frente a un cuadrado de cielo tras las rejas, las pequeñas escapadas de la feroz rutina laboral me suman en este mar de sensaciones. Y, aunque este concepto me aterra un poco, no puedo evitar sonreír sintiéndome libre por un simple cambio. Me pongo los cascos, le doy al play, hincho los pulmones de aire y camino como si estuviese de vacaciones y la prisa urbana fuese ajena a mí. Soy libre, por un rato.
Hoy, la sensación es aún más absurda si cabe. Voy a trabajar, no he escapado de la rutina laboral. Más aún, he tenido que madrugar 3 horas más, y mientras todos dormían he cogido el coche, un autobus, el tren de alta velocidad hasta Sevilla, un taxi hasta la estación de autobuses y otro autobus hasta mi destino, estos dos últimos ya de día y con el mundo bien despierto.
Cuando sonó el despertador os juro que no tenía la sensación de la que os hablaba. Muy al contrario, sólo me apetecía taparme la cabeza con la manta, esconderme entre los brazos de mi novio y despertar en un día normal, a una hora normal, para la rutina de siempre. Pero la realidad no te da opción a escoger alternativa continuamente. No es un libro de esos que se pusieron de moda cuando era pequeña en el que escogías cada paso del camino, ni es el Tube Adventures. Hoy no tocaba elegir, tocaba madrugar sin más, y de una forma cruel además. Uff, y qué amargo es dar el beso de despedida antes de que amanezca, sobre todo cuando estás acostumbrada a recibirlo entre las sábanas cuando él se va.
Tres tipos de transporte y una hora y media después, sentada en un asiento del AVE con los ojos llenos de ojeras, con mono de café y nicotina, con dos periódicos gratis en la mano y unos auriculares baratos de los que te regalan en el tren (de esos que nunca suenan bien, los pongas como los pongas), de repente y sin aviso alguno me ha atropellado esa sensación de libertad, como de vacaciones. Tan absurda y tan dulce, de nuevo me arranca una sonrisa mientras vuelve a aterrarme la idea de la cárcel de la rutina, cuyas rejas invisibles no te dejan ver ese cuadrado de cielo todos los días. Voy a trabajar, me digo. No sonrías, me digo. Pero ahí está, indiscutible, la sensación de volar sola, los pulmones llenos de aire, el día por delante y la libertad en los labios. Qué mentira. Y sonrío. Incluso pensando que mi niño seguirá dormido en la cama que compartimos, y que mi mitad, mi porción de sábanas, seguirá desierta, le envío un mensaje al dormilón sonriendo enamorada imaginándole al leerlo. Incluso cuando me comunican que tendré que coger otros tres medios de transporte en la próxima hora cuando llego a Sevilla, sólo pienso que me dará tiempo de leer un poco más, oír otro disco, escribir estas letras. Incluso cuando el taxista más silencioso de Sevilla me cobra 8 euros por ir de la estación de tren a la de autobuses, me repantingo en el asiento y disfruto del despertar de una ciudad increíble en cada esquina, en cada fachada, en cada rostro que se cruza tras el cristal.
No sé si se trata de otro síntoma de optimismo crónico o de la enfermedad que aqueja a la sociedad moderna, encerrándote en rutina, atando las manos de tu voluntad entre horas iguales y tapando tus ojos con la venda del conformismo, del consumismo. No sé si esta enfermedad nos ciega tanto como para olvidar que estamos presos de ella. Y entonces, sin querer, asoma el cuadrado de cielo entre las rejas, y sin reconocerlo por lo que es, respiras hondo y sonríes, sintiéndote libre en tu encierro. Una canción más, otro capítulo, miro por la ventana y sonrío sin ya querer evitarlo, enferma de absurda felicidad, el día por delante. Qué mentira, y qué dulce.
22:45PM
Mientras esta mañana escribía estas líneas llena de absurda libertad, no podía ni imaginar que el resto de la jornada sería una sucesión de problemas, incomodidades y despropósitos que irían minando esa tonta sensación de optimismo que corría por mis venas. Horas después, en otro autobus, encerraba lágrimas de rabia tras párpados y gafas de sol, camino de la estación para cambiar el billete de vuelta y huír hacia la rutina que tanto me había alegrado dejar atrás.
Pero como otra ironía del destino, que me pegó tortazos mientras sonreía absurda en mi huída, me depararía alegrías mientras aguantaba las lágrimas y escondía el rabo entre las piernas. El destino, siempre tan caprichoso. Así, armada con las botas que me regaló Eve, o debería decir que heredé de ella, decidí llamar a una amiga de Sevilla y probar suerte.
Siempre que me calzo las botas de Eve la recuerdo con cada paso, incluso me da la impresión de que camino como ella, con esa forma de andar tan evish (if you´ll pardon my french). Hablé de ella en clave cuento en mi anterior post, pero es que parece que los cuentos la persigan a su paso, porque esta vez, como si del Mago de Oz se tratase, al taconear con las botas por la estación de Santa Justa, Eve apareció en Sevilla y el sol volvió a brillar a través de su risa. De la mano de Mari, la sevillana, y el resto de compañía que traían en los bolsillos, pasamos unas horas inesperadas de reencuentro y grasas saturadas. Me calcé los ojos de turista y la lengua de guía para acompañar a un argentino llamado Leo por los mosaicos de la Plaza de España, y me guardé el libro que reservaba para el viaje de vuelta cuando supe que compartiría vagón con ellos.
Así, sacudiendonos las miradas de la cafetería, bromeando por los pasillos del tren como si el mundo nos perteneciera, gastando saliva y pisándonos las palabras al ponernos al día, volví a Madrid como hubiese sido imposible imaginar por la mañana. Volverá la rutina, en unas horas volverá, pero por hoy permanece esa sonrisa absurda, como de vacaciones en medio del fragor del Metro.
Lo que la mayoría de la gente sabe de las migrañas se reduce a que son dolores de cabeza gigantes, pero es como decir que un desierto es un montón de arena. Una migraña es el dolor superlativo, la desesperación de un sufrimiento continuo que te sume en la oscuridad y la impotencia, y sólo sabes que harías lo que fuera por detenerlo. Cualquier cosa por hacerlo desaparecer. Cuando tu realidad se reduce a un dolor incesante, la razón se retira, cualquier ruido inesperado es una tortura, los colores se difuminan y la luz se convierte en un puñal asesino que te ataca cuando menos lo esperas. Yo conozco gente que ha hecho pequeñas locuras en medio de una crisis, locuras simplemente para parar el dolor. Cualquier cosa. En una crisis en condiciones morirías sin dudarlo si eso asegura el final de la tortura, sino quedase ese resquicio animal a lo que se reduce nuestro instinto de supervivencia y que te impide llevar la locura al límite. Cualquier cosa, lo que sea, sólo para dormir y que el dolor cese.
Esta maldición, como cualquier otra, viene de serie con un don. Imagino que la Naturaleza trata de compensarte por las molestias de un dolor inhumano, y aunque el regalo no cubra la magnitud de la maldición, a su manera trata de difuminarlo. La mayoría de la gente que conozco que sufre de migrañas periódicas tienen una hipersensibilidad que nos convierte en una especie de barómetros sobrehumanos. Sientes los cambios de presión atmosférica, lo cual no siempre es demasiado útil. También detectas los aromas y olores con un olfato hipersensible que aunque a veces puede ser molesto, a veces te da sorpresas agradables. Es quizá como si esos sentidos que muchos animales tienen tan desarrollados afloraran y, en ocasiones, puedes disfrutar de una visión del mundo especial y diferente.
Además, aprendes a valorar cada día y cada segundo libre de dolor, los colores son más vivos cuando puedes verlos. La vida te sonríe aunque todo vaya mal, porque podría ser peor, podrías doler.
Si esto es así cuando las migrañas son periódicas, imaginad cómo sería cuando la excepción es no doler, cuando la mayor parte de los días convives con una migraña de mayor o menor intensidad. Yo conozco a alguien así, ya os hablé de ella. Mi hermanita, de las Niñas de la Doble Moral, la del superolfato. Ahora entendereis el porqué de ese superpoder. Cuando el dolor cesa, sus increíbles ojos brillan con una intensidad de la que no puedes escapar. Es imposible no quererla. Y esa sonrisa... Nunca podréis asegurar que sabeis lo que es la felicidad hasta que veáis a Eve reír. Es como una oleada de frescura, como una lluvia de abril, como sentir el sol de primavera, como la primera nevada de tu vida cuando el mundo parece blanco y puro y te inunda una alegría casi irracional. Te golpea de repente con su risa, y no puedes evitar sonreír, no puedes escapar y te enamora. Ojalá pudiera describiros con palabras el frescor de su risa y la calidez de su mirada, lo especial que es tenerla cerca. Ojalá tuviera el suficiente dominio de las letras como para que pudierais imaginarla, porque no tengo ninguna imagen que pudiera expresar una décima parte de la realidad. Es casi como intentar enfrascar la ilusión en un botecito, o embotellar el aroma de césped recién cortado, o dibujar lo que sientes con el primer amor. Las fotos no llegan a reflejar nunca esa risa, porque no es sólo una imagen sino un sentimiento que te aborda, un sonido fresco que inunda la sala.
Como cualquier don, éste viene de serie con una maldición. Imagino que la Naturaleza trata de compensar al resto de la humanidad por las molestias de no poseer ese regalo. Eve, con esa capacidad sobrehumana de enamorarte, de inocularte ganas de sonreír cuando la tienes cerca, se ve incapaz de amar. Como si de un cuento se tratase, como si fuese una especie de Blancanieves a la que las hadas madrinas han dotado de dones desde la cuna, una bruja mala deseó a Eve la maldición de no enamorarse. Para ti el amor será una enfermedad, dijo la bruja. Y así fue. Eve creció enamorando casi sin darse cuenta, con esa risa, esos ojos, una personalidad fuerte y arrolladora que te mece cuando hace falta y te atropella cuando es necesario. Y Eve creció con una minusvalía invisible, una incapacidad para enamorarse, un miedo atroz a hacerlo y una inestabilidad en su esencia que provoca tempestades de sentimientos en las que es difícil mantener el barco a flote. Con la sinceridad como bandera, tiene una combinación de dulzura y bordería que hace incluso más difícil no quererla aunque a veces deseases matarla.
Por supuesto, como en cualquier cuento que se precie, seguro que hubo un hada que, indecisa sobre su bendición, permaneció entre las sombras pensando qué desear a Eve. Este hada debió escuchar sobrecogida la maldición de la bruja, y sin duda ideó una cura a esa enfermedad. Por desgracia, esa hada era tan tímida que se acercó sólo cuando estuvo segura de estar sola con la niña, y susurró su deseo sobre la cuna de forma casi imperceptible. Por ello, Eve aún no ha encontrado la cura. Gobierna el barco como puede, luchando con las tempestades de su propia inestabilidad natural. Escapa del amor en cuanto tiene ocasión, enamorando sin querer a su paso, y encontrando la felicidad tras alguna esquina cuando menos se lo espera. Pequeñas cosas que la iluminan. Un día sin dolor, un paseo por Madrid, un concierto, un amigo, la llamada telefónica de una hermanita, una serie comiendo palomitas arrebujada en la manta. Y así, esa sonrisa sigue sin serle negada a la humanidad, a la que pertenece por derecho, porque nada tan bello puede sernos arrebatado sin más. Y un día, cuando menos lo espere, el deseo secreto de esa última hada tímida y rezagada se hará realidad, y quién sabe cómo y por qué, Eve se enamorará.
Ella no lo cree. Estará leyendo estas letras, sonriendo, queriéndome, quizá con la lágrima apostada al borde de esos ojos increíbles, y pensando con dulzura que me equivoco. A veces nos sentimos demasiado adultos para creer en cuentos de hadas. A veces nos escudamos en nuestra circunstancia y no queremos creer que algo puede cambiar. A veces es más fácil resignarse a no amar que exponerse a hacerlo. Pero hay algo irrefutable, un argumento absolutamente cierto y comprobable que nadie me puede negar: los deseos de las brujas malas siempre siempre se vuelven en su contra.

A veces te siento más cerca dormido que despierto. A veces te das la vuelta y me encuentras a tu lado en la cama, y dormido me abrazas como si de verdad te hiciera falta, como si me necesitases, y entonces siento tu amor cerca de mí, casi como una presencia viva que respira en mi hombro y me aprieta a tí. Pero despierto, despierto casi siempre estás ausente, y yo no soy Neruda. Despierto siempre hay una buena razón para estar lejos, aunque pueda alargar el brazo y tocarte. Despierto me siento sola, con una soledad acompañada que quema por dentro porque callo. Callo porque siempre hay buenas razones para hacerlo, bajo los ojos, me muerdo la lengua y me sabe a grito.
Imagino que al final es mi culpa. Imagino que al final es demasiado fácil darme por hecha.
Breve pero intenso, espero. También espero que os guste, y que, aunque corto, sirva para hacer perdonables mis largas ausencias. Sigo aquí, hace más de un año, y siempre procuro (aunque con poco éxito) venir más a menudo. Seguiremos intentándolo. No es breve por falta de tiempo, además. La verdad es que seguí escribiendo, pero al final, el resto sobraba, y por una vez, supe borrarlo y dejarlo como tiene que estar. Muchos besos, arenícolas.
Pasó otro año. Otro cumpleaños que me recuerda que hace más de un año que tengo mmi casita entre vosotros. No pude avisaros para la fiesta, la estresante vida y mi ordenador no me lo permitieron, así que si quereis celebramos juntos mi no cumpleaños. Y mientras llenadme el trastero con vuestros recuerdos y trastos. Besitos.
Desde hace unos días estoy teniendo una relación más cercana con mi trastero. No es algo que haya elegido estrictamente por gusto, sino por necesidad ante una inminente mudanza. Me cuesta creer que alguien eligiera por afición desplazarse al trastero para algo más que para exiliar algún recuerdo allí. Pero no siempre fue así.
La verdad es que le tenía un poco olvidado, disfrute de él en la primera mudanza, cuando estrené la llave para hallarlo níveo y virgen, rezumando ese olor a humedad que tanto me recuerda a la bodega de mi abuelo. Entonces estaba deseando encontrar elementos para rellenar su vacío. Corrí a montar unas estanterías Ikea en dos huequitos y empecé a habitarlas con pequeños recuerdos envueltos en cajas de colores. Con ilusión tatuaba los laterales con títulos de edding, orgullosa de mi capacidad de organización sin atender al detalle de que catalogar 5 metros cuadrados no es quizá un gran logro. No es el almacén donde esconden el Arca Perdida de Indiana Jones, no es la Biblioteca Nacional, no son los archivos mentales de Dreamcatcher, no es siquiera comparable a la tienda de libros de mi barrio, pero estaba orgullosa de mi tesón al fin y al cabo. Viendo el estado de caos que reinaba en mi habitación cuando vivía con mi madre, nadie hubiese pensado que podría hacerme cargo de 5 metros cuadrados de tal manera que pareciesen ordenados e incluso habitables. Y aún tenía planes para él, pintar las paredes, colgar un cuadro de estos que aceptas por compromiso cuando te vas a vivir sola... pero cayeron en el olvido enseguida, como suele pasar con los trasteros, y dejé de bajar.
En él ocasionalmente fui coleccionando feas cajas de cartón, cajas llenas de trastos y recuerdos a partes iguales que relegué a una esquina de su nuevo y húmedo hogar. Cada vez parecía más almacén, menos habitable y sobre todo menos organizado. En mi casa tras esos momentos de orden regresó el caos, un caos disfrazado de adulto, un caos en el que yo insisto que sé dónde se haya cada cosa y lo demuestro una y otra vez, un caos aparente y enseñable a visitas. Es en el trastero donde se ha instalado el caos sin disfraz ni tapadera, y yo hace tiempo que dejé de visitarlo, de limitarlo, de organizarlo con palabras de edding, de fingir que podría dominar su crecimiento.
Últimamente, debido a una nueva mudanza, a una nueva compañía, he de hacer huecos en mi ordenado caos para incorporarle otro habitante. Dos habitaciones completas han de ser desmanteladas, y una de ellas era la antesala de mi olvidado trastero, el hogar donde el caos no enseñable era escondido cuando llegaban visitas, donde las últimas cajas de la mudanza se resistían a ser abiertas, vaciadas, catalogadas, relegadas al húmedo trastero de forma definitiva. Estos días, en los pocos ratos libres que me deja la rutina diaria de estrés y prisas, me encierro en la habitación pretrastero para vaciarla, catalogando recuerdos, libros, peluches, entradas y demás entre la bolsa de basura y cajas para exiliar. Tantas horas en estas lides hacen reflexionar sobre la verdadera esencia de estos lugares húmedos y oscuros.
Realmente el trastero es una existencia intermedia para estos recuerdos, una especie de limbo atemporal, dado que las posibilidades de que alguien baje a rescatarlas del exilio y las reincorpore a la vida real rozan el cero absoluto. Simplemente hay cosas que no podemos atrevernos a tirar así sin más, cosas que nunca nos serán útiles y que probablemente no echemos de menos jamás, pero que una parte de nosotros no es capaz de desecharlas de forma definitiva. Así, cuando la vida me obliga a enfrentarme a ellas, las meto en una caja de cartón una a una, sonriendo con los recuerdos con los que atacan para salvarse de la bolsa de basura, para postponer lo irremediable. Esta caja, convenientemente rotulada con el edding, pasará a coger polvo en la humedad del trastero, esperando que un día baje buscando quien sabe qué, y registrando los rotulitos decida devolverla al calor del hogar, abrirla, vaciarla y quizá salvar parte del contenido del limbo.
Pero, ¿qué posibilidades reales hay de eso, queridos amigos? ¿Alguno de vosotros ha vuelto al trastero a rescatar una caja? Yo sólo bajo a subir los fardos de alfombras envasados al vacío en invierno, y a cambiarlos por el ventilador en verano. Nada más. Las cajas, aburridas, me miran con ojos de cartón lloroso, gimen y tratan de convencerme, pero nunca, nunca, consiguen su propósito. Son recuerdos que no alcanzo a tirar, pero que tampoco tienen suficiente importancia para guardarse en casa, y que permanecerán allí hasta que el dueño del trastero sea otro, hasta que ese otro no tenga recuerdos entre esas cajas, no le importe deshacerse de ellas y necesite imperiosamente ese espacio para relegar sus propios recuerdos. Hoy sigo llenando ese trastero para hacer hueco en casa a un habitante que probablemente ayudará a crear nuevos recuerdos que hacinar. No sé cuándo se vaciará ese trastero.
Los humanos somos seres almacenadores en esencia, almacenamos recuerdos, almacenamos basura, almacenamos sentimientos, y cuando no somos capaces de dejarlos atrás del todo, de pasar página y borrarlos de nuestra vida, deberíamos poder relegarlos a un lugar atemporal que las haga invisibles, que las aparte de la decisión.
Arenícolas, ¿Qué mandaríais al trastero y qué rótulo le pondríais? Como decíamos en el patio de peques, se vale todo.
No nos asustemos, que estoy genial ahora mismo jeje. Como tengo muy poco tiempo y estoy en el trabajo, que no es un gran lugar para la creación literaria, os he copiado aquí una poesía que escribí hace unos años en una servilleta, como suele pasar, y que apareció ayer sacando cosas de unas cajas que se resistieron durante la mudanza hace ya milenios jejeje. Prometo volver cuando puedo con algo más actual, pero estoy con cambios de trabajo y la cosa se pone difícil.
Tras escribir esto, mi alma regresó, o quizá renació, y aunque la soledad siempre seguirá okupando una parte de mí, como quizá lo haga en muchos de vosotros, la tengo relegada a tardes melancólicas de lluvia y manta para disfrutarla cuando hace falta. Ahora, enamorada y con okupa en casa (bienvenido por supuesto jeje), pocas tardes me quedan para disfrutar en soledad, aunque trataré de reservarme alguna de este otoño para repantingarme en mi alma y dar rienda suelta a esa melancolía tan creativa y agridulce.
besazos arenícolas, os llevo a donde voy aunque no venga!
Despedida sangrienta cuando huyó mi alma;
aquí observo desnuda mi corazón macilento,
palpitante sobre la arena como una dama,
agarrándose desesperadamente a la vida,
como una dama, como un suspiro vendido.
Átame con tus manos de piel de serpiente,
átame y abre mis muslos con pudor de reina,
abre las puertas de la cárcel del placer y
átame a tu cuerpo con tu sexo desnudo.
Átame porque mi soledad no tiene riendas,
llegó y habitó el hueco de mi alma fugada,
lo llenó de palabras ahogadas y risas
mutiladas en la prisión de mi boca,
decoró sus muros con cortinas ajadas y cuadros
sin nombre, con niños perdidos lo pobló, y fotos
sin rostro. Lágrimas mojan mis senos pálidos.
Bésalos,
siente mi respiración bajo ellos
y ahórcala.
Átame con tus susurros de nubes y viento,
átame con tus miradas de fresa y alcohol,
porque estoy okupada desde esa sangrienta despedida,
cuando me arranqué el alma para observarla,
y ella huyó como un ciervo herido de muerte,
gimiendo incoherencias de sangre y cieno
con su boca de estrellas. Ahora observo desnuda
un corazón cobarde que grita su desarraigo.
Sólo pasaré por aquí un rato, es la 1 de la mañana y casi no dormí ayer, así que huiré a la camita en cuanto termine estas letras... y dado que no escribí nada, simplemente me quise sentar aquí y dejaros un cachito de alma, pues lo he titulado sensaciones, a ver qué pasa. Acabo de volver de un concierto precioso y triste a la vez, y aunque tengo unas reflexiones que escribí ayer en el metro preparadas para compartir, hoy lo que realmente me apetecía era sentarme, sin vendas ni tapujos, y dejar que los dedos desnuden el alma sobre el teclado... besos arenícolas...
A veces la vida te sopla en las alas y sonríes sin saber la razón, o quizá la sabes y no quieres saberlo. A veces una amiga, con los ojos más tristes del mundo, se te mete en el corazón con lágrimas gastadas y lo llena de sal. A veces ver la sonrisa de esa amiga es el mayor tesoro que pudieras comprar, pero no está en venta. A veces resulta que la soledad es dulce porque en el fondo no estás sola, porque tienes anhelos de un cuerpo en tu cama pero sabes que llegará, con su penumbra de velas y esas manos, y entonces acoges a esa soledad como una vieja amiga que viene de visita a susurrarte silencios en el hombro. A veces la vida no es lo que parece, a veces te da una tregua para que cojas aliento y mires atrás y adelante y sonrías en la brisa del futuro. A veces las plantas te hablan con aromas del mundo, con la historia de la tierra escrita en aceite, y piensas que puede ser uno de los libros más interesantes que puedas leer en tu vida. A veces la noche no se acaba al amanecer, y se enlazan los momentos como cosidos por un niño, y te pierdes en la maraña de la rutina irrepetible. A veces me paro a sentir, a sentirme, a saber qué siento, y no siempre lo entiendo, no siempre me gusta, no siempre me sorprende, no siempre lo siento. Algunas de esas veces catalogar las sensaciones es más difícil que convencer a la luna para que baje a mi lecho, y a veces siento que no debería ni siquiera tratar de hacerlo por si las estropeo con la lógica de quién trata de entender. A veces me paro a mirarme y me gusta lo que veo, y esas veces sonrío saboreando la extrañeza del momento en el que de verdad estás completamente en paz con lo que eres, sabiendo que si siempre fuese así ese sabor se haría amargo y manido. A veces suelto a los dedos para que desnuden mi alma sin miedo a que traicionen secretos perdidos en rincones de memoria o recovecos de vergüenza. Algunas veces sólo soy yo y mis sensaciones, como energías del mundo que hablan mi idioma y me cuentan historias que creía olvidadas, o demasiado frecuentes, o demasiado humanas, energías cotillas que desvelan secretos susurrados por las almas cuando creen que nadie las escucha. A veces las luces me ciegan y la cabeza me estalla y sólo quiero dormir hasta que desaparezca el holocausto. Últimamente, a veces es frecuente, a veces es casi siempre, y casi siempre soy yo.
Cuando era pequeña, muy pequeña, mi abuelo construyó un lugar en un pueblo de Zaragoza, a los pies del Moncayo, para que pasásemos las vacaciones de verano. Una casa preciosa de dos plantas encalada de blanco puro, las aristas de ladrillo rojo lacado y tejas rojo inglés. Flores en cada rincón, un patio inmenso para correr donde muchas veces dejamos media rodilla, piscina, un huerto lleno de delicias, un pozo tapado para que no investigáramos sus misterios, una pista de tenis y un columpio fabricado con una antigua silla para niños.
Era un paraíso donde los niños dábamos rienda suelta a sueños y juegos. Levantarte y comerte una zanahoria lavando la tierra a manguerazo limpio. Rebuscar entre las fresas en pañales. Inventar mil cuentos e historias sobre duendes, acurrucados junto al pozo para oírles reír. Buscar por la montaña huellas de indios americanos escondidos o espiar el paso de los gnomos en el huerto. Jugar al escondite, coger los huevos del gallinero, pasar la tarde sentados en el columpio, discutir por tonterías de primos y hacer las paces junto al fuego de la chimenea. Lo recuerdo como un edén infantil lleno de gente que me quería.
Y en este Paraíso, en el centro del patio, presidiendo el escondite inglés, el sauce.
Mi abuelo me dijo un día que lo había plantado para mí, en una de esas confidencias sobre sus rodillas, a la sombra de ese mismo sauce. Pero era tan grande e imponente que ahora sé que debía de llevar décadas esperando a que mi abuelo construyese un Paraíso a su alrededor. Altísimo, con sus ramas plateadas cayendo, creaba cortinas de blancas hojas de tal forma que si te sentabas contra su tronco parecía que estuvieses en una cabaña natural, envuelta y protegida en su abrazo. Ese sauce era mío. Así me lo dijo mi yayo.
Al principio no lo cuestioné, pero un día sentada contra su tronco debí de preguntarme cosas sobre él, y corrí con mi yayo. Siempre que tenía una duda existencial, corría con mi abuelo a taladrarle con ella, y luego pensaba la respuesta largo rato, con el ceño fruncido de concentración en algún rincón del edén.
- ¿Por qué el sauce es mío, yayo?
- Él me lo dijo.
Y así fue como mi abuelo me regaló un sauce, un sauce que me eligió.
Todos los días bajaba después de desayunar a verle, con el último bocado en la boca, a esperar contra su tronco a que un día me hablara, a contarle cosas bajo el abrigo de sus hojas.
Muchas mañanas me encontraba el suelo lleno de gotas secas, aunque la noche anterior no había llovido, y le pregunté a mi abuelo acerca de ellas.
- A veces el sauce llora de madrugada, por eso le llamamos el sauce llorón.
- ¿Por qué llora, yayo?
- Bueno, imagino que por cosas de árboles.
Estas respuestas me dejaron sobrecogida. A la mañana siguiente cuando corrí a verle y me encontré el suelo lleno de lágrimas secas, me quedé helada, mirándole deseando saber más que nada en el mundo qué le dolía. Mi abuelo me había dicho que cuando me apoyaba en su tronco no podía hacerle daño, y entonces yo no sabía que se podía llorar sin dolor físico.
Finalmente, dado que no sabía que podía hacer, corrí bajo sus ramas de plata y le abracé, me agarré con todas mis fuerzas a su tronco fuerte lleno de hormigas, cerré los ojos y pensé en voz muy alta para que el sauce me oyese. "Tranquilo, Sauce, ya verás qué pronto se te pasa", típicas arengas que tantas veces había oído al hacerme una herida jugando.
El sauce nunca me habló, nunca me dijo por qué me había elegido, nunca tuvo nombre y nunca dejó de llorar de madrugada. Sé que en ese momento fue cuando más cerca estuve de poder escucharle, de sentirle cerca, y por eso años después, cuando tuvimos que dejar la casa, fui a despedirme del Sauce de la misma forma.
Esa vez lloraba yo, no quería dejar el edén. Me abracé a su tronco y pensé fuerte fuerte que no me quería ir, que le echaría de menos. Las hojas bailaron en una brisa casi inexistente y el Sauce me despidió.
En cierta manera, sí, le eché de menos. Al fin y al cabo, era mi Sauce, me eligió, y, a veces, a base de charlas y abrazos, conseguía que por la mañana el suelo estuviese limpio de lágrimas y el Sauce sonriese al sol.
Bueno, aquí está lo prometido, y obviamente va dedicado a mi abuelito, creador de fantasías sin final, rey de mi infancia, origen de mi afán escritor al menos en los genes, tallador de sueños, con esa calva interminable hecha para ser besada y esa voz que te acunaba entre palabras infinitas. Un ser excepcional que pocas veces podrá repetirse, de esos que la historia pasa por encima sin saber que son la savia de la tierra. Un hombre que me regaló un sauce, una infancia y mucho amor, fabricando con sus manos igual un edén que un cuento.
Respecto al viaje, tiene mucho que ver con este pequeño relatillo. Era un curso de aromaterapia en Pirineos, con un grandísimo sabio a todos los niveles, y este gran sabio me eligió igual que hace muchos años lo hiciera el sauce. Quizá ser capaz de querer tanto a un árbol y pasarme horas esperando a que me hablase facilitó las cosas a la hora de ser elegida, aunque mi Maestro no conozca esta historia.
Yo como parte de uno de mis trabajos revelo fotos de la gente, veo sus vidas y disfruto viajes, comento bodas, bebés, noches de pasión... Si pudiese sacar las fotos de este viaje y revelar los recuerdos sería muy difícil que la máquina los plasmase por lo ricos que han sido. Cada día en un paraje natural de excepción, cada palabra un mundo de sabiduría, cada minuto algo nuevo, y esa sensación de estar llegando a un equilibrio con el mundo. Entre muchas risas he encontrado mil cosas que traerme, un crecimiento personal increíble, y un futuro alentador, una nueva carrera profesional que me apasiona, un equilibrio nuevo, un potencial infinito, y un Maestro genial. Ya os iré contando el resto, y si puedo en algún momento cuelgo una foto o dos.
Besazos arenícolas!!