Hakuin
Hakuin

Un guerrero, un samurai, fue a ver al Maestro Zen Hakuin y le preguntó: "¿Existe el infierno? ¿Existe el cielo? ¿Dónde están las puertas que llevan a ellos? ¿Por dónde puedo entrar?".
Era un guerrero sencillo. Los guerreros siempre son sencillos, sin astucia en sus mentes, sin matemáticas. Sólo conocen dos cosas: la vida y la muerte. El no había venido a aprender ninguna doctrina; sólo quería saber dónde estaban las puertas, para poder evitar la del infierno y entrar en el cielo. Hakuin le respondió de una manera que sólo un guerrero podía haber entendido.
"¿Quién eres?", le preguntó Hakuin.
"Soy un samurai", le respondió el guerrero. En Japón, ser un samurai es algo que da mucho prestigio. Quiere decir que se es un guerrero perfecto, un hombre que no dudaría un segundo en arriesgar su vida. "Soy un samurai, un jefe de samuráis. Hasta el Emperador mismo me respeta", dijo.
Hakuin se rió y contesto: "¿Un samurai, tú? Pareces un mendigo".
El orgullo del samurai se sintió herido y olvidó para qué había venido. Saco su espada y ya estaba a punto de matar a Hakuin cuando éste le dijo": Esta es la puerta del infierno. Esta espada, esta ira, este ego, te abren la puerta".
Esto es lo que un guerrero puede comprender. Inmediatamente el samurai entendió. Puso de nuevo la espada en su cinto y Hakuin dijo: Aquí se abren las puertas del cielo".
El cielo y el infierno están dentro de ti. Ambas puertas están dentro de ti. Cuando te comportas de forma inconsciente, estás a las puertas del infierno; cuando estás alerta y consciente estas en las puertas del cielo.
La mente es el cielo, la mente es el infierno y la mente tiene la capacidad de convertirse en uno de ellos. Pero la gente sigue pensando que existe en alguna parte, fuera de ellos mismos… El cielo y el infierno no están al final de la vida, están aquí y ahora. A cada momento las puertas se abren…en un segundo se puede ir del infierno al cielo, del cielo al infierno.
Relato célebre de la filosofía Zen. Autor Anónimo.
Lord Gordon Byron, 13 de Enero del 2008
12 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Excelente relato. Gracias por compartirlo.
Saludos
Interesante y agradable
Te interesa el budismo?
Saludos
(abrazos no, verdad?)
Miguel
No Signore, nada de budismo.
Los taoístas despreciamos los ritos y las imágenes sagradas. No hay texto más ateo que el acaba de leer. Si lo hay, muéstremelo, para aprender de él.
No me dejo abrazar por nadie, suele ser el anticipo de un recibo al cobro.
Lord Gordon Byron, socialiste
Una pregunta...
He enviado el mensaje mal, o has borrado el post??
Signore,
¿Necesita una explicación?. Yo no las doy.
Farewell 4 ever
Lord Gordon Byron, refractario al contacto humano
No, no la necesito, ya lo sabía, simplemente que no hay necesidad de descortesía de su parte.
Yo por mi parte, sólo he pretendido ser agradable, pero no se preocupe, escoja usted sus visitas....
Yo no se cúal es su problema, pero tranquilo, que no va a ser el mío.
Borrelo si así lo desea este también, es su casa, pero me queda la constancia que usted si lo leyó.
Un saludo?
Miguel
Signore,
Por fin se ha dado cuenta de que en esta casa no permitimos el tuteo sin consentimiento.
Ahora bien, tome ayuda de mi propio bastón y diríjase a su suerte. No le acompañaré más allá de la puerta.
Lord Gordon Byron, socialiste
Las preguntas que carecen de "respuestas" no por eso carecen de "sentido", contra lo que siempre han creído los positivistas de todo género y condición, de suerte que la imposibilidad de contestarlas vendría a ser compatible en ocasiones con la vivencia más exacerbada de la necesidad de plantearlas, que es en lo que en definitiva consiste la perplejidad.
De ahí que el maestro zen no pudiera contestar sino con la acción o la práctica, de modo que en el momento de reaccionar el guerrero no tuviese duda de cómo era su acción.
Claro que un guerrero así -por cierto ha puesto usted a mi Jerónimo, lo cual me da mucha alegría- con su rudimentario artilugio o herramienta de cazar, entendería mejor así el propósito de su acción.
Pues la pregunta wittgensteiniana "¿Y qué si no hago lo que debo?" podría dar paso aún a la crucial pregunta "¿por qué debo hacer lo que debo?" o, para reformularla de otro modo, "¿por qué ser moral?", demasiadas preguntas, dirá usted.
Y por proseguir en nietzscheana vena se esconde siempre un humano, demasiado humano "¿qué quiero hacer?" y bajo la afirmación de lo que quiero llamada a responder a esa pregunta se esconde todavía la primordial afirmación de lo que soy, el "soy" del imperativo pindárico --distinto del imperativo kantiano, aun si no menos categórico que este último- "Llega a ser el que eres".
La escisión con la que kantianamente se inaugura la ética inextinguiblemente se alimenta de semejante tensión entre lo que históricamente somos o hacemos, a título individual o colectivo, y lo que moralmente -históricamente pero también trascendiendo a la historia.- juzgamos que debemos ser o hacer.
Y aunque sea la pregunta con la que empieza la ética "¿qué debo hacer?", tampoco es la pregunta con la que acaba la ética, "¿y qué si no hago lo que debo hacer?"
Pero son demasiadas preguntas para un maestro zen, aunque no dudo de su sabiduría para poder responderlas con su gran magisterio para el arte de la práctica y de la acción sabia.
He olvidado inmergida en el pensamiento absolutamente las normas de cortesía.
Por lo que me disculpo y le hago saber además de otra norma que me complace compartir aquí:
El "talante racionalista", elevado a actitud y hasta a estilo, que nos cautiva de un maestro, es menester decir que una misma es una discípula no escolástica de un maestro que detesta la idea de crear escuela.
Servidora de usted,
sylphides
Llego con muchos días de retraso pero vengo a aprender y me ha impresionado la precisión del relato. Gracias.
Saludos, Sr. Daven
Que hermosa filosofía.
Comparto las enseñanzas que en ella brillan.
A usted le agradezco haberla compartirla con nosotros.
Gracias.
¡Namaste!
es una gran relato
nuestra mente puede ser nuestra mejor amiga o nuestra peor enemiga






