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<title>De profundis</title>
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<description>No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.</description>
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	<title>De profundis</title>
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<title>El baile</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2007/01/24/el-baile</link>
<dc:date>2007-01-24T18:50:36+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Llegué a casa de Pam cinco minutos antes de la hora a la que me había dicho que pasara a recogerla. Todavía no me creía que hubiera aceptado venir conmigo al baile. Bueno, en realidad no es que aceptara muy entusiasmada. Incluso dudé si había entendido mi pregunta cuando dijo que sí, pero al decirme que la recogiera en su casa a las siete y media decidí no matizar más y escabullirme, no fuera a ser que se diera cuenta de que estaba aceptando ir conmigo al baile. Sé que puede parecer patético y que en verdad lo es, pero es que Pam me parecía una chica inalcanzable. En realidad lo era, al menos para mí. Y si se presentaba una oportunidad así, ¿por qué no aprovecharla? ¿Cuántas veces iba a tener ocasión de salir con una chica como ella? Yo no era precisamente popular, ni un gran atleta, ni especialmente guapo..., era más bien normalito. En fin, el típico chico con el que chicas como ella no salían. Es más, ni siquiera nos miraban. Bien pensado, y en vista de tantas evidencias, lo que pasó aquella noche tampoco debió sorprenderme demasiado.</p>
<p>Llegué, como he dicho, cinco minutos antes de la hora acordada. El corazón me latía con fuerza, así que esperé un poco hasta lograr calmarme. Le había comprado uno de esos ramilletes tan tradicionales y que tan poco me gustan, pero no podía ser menos. Jugueteé con él entre las manos hasta que asumí que si esperaba hasta calmarme no llamaría nunca.</p>
<p>Acerqué el dedo al timbre y en un impulso rápido para no permitirme retroceder apreté el botón. Dentro se oían voces y unos pasos se acercaron a la puerta. Me arreglé la corbata en un gesto nervioso y bajé rápidamente la mano.</p>
<p>Un hombre medio calvo y con bigote apareció ante mí. Llevaba unas zapatillas de estar por casa y un botellín de cerveza en la mano. Me miró de arriba a abajo como preguntándose de dónde me habría escapado.</p>
<p>— ¿Quién eres? —preguntó.</p>
<p>— Hola, me llamo Paul. He venido a recoger a Pam.</p>
<p>— ¿A Pam, dices? Pam ya se ha ido con su novio. Chico ¿en qué mundo vives? —la sonrisa de sus labios me molestó enormemente. ¿Pam había quedado conmigo y se iba con otro al baile? ¿Dónde estaba la gracia?— ¡Eh, Mary, ven a ver esto! ¡Esta chica no tiene arreglo!—. Que la tierra me trague, pensé. Rápido. ¿Dónde está el agujero bajo tus pies cuando hace falta?</p>
<p>Una mujer de aspecto jovial y con un delantal de flores tan chillonas que casi dolía mirarlo se acercó a la puerta. Perfecto. Más testigos para mi humillación. Me miró con cierto aire de compasión y al llegar hasta el hombre del bigote le miró con ojos recriminatorios.</p>
<p>— Vamos, Joe, no te burles del chico —dijo pasando su mirada de su marido a mí.</p>
<p>— Venga, Mary, no es la primera vez que pasa esto. Alguien debería haber puesto carteles de advertencia en ese instituto, ¿no?</p>
<p>— ¿Carteles de advertencia? Estás hablando de tu hija, Joe, no frivolices. Deberíamos tener una charla seria con ella.</p>
<p>— ¿Otra charla seria? ¿Cuántas hemos tenido ya? Que yo sepa no hace mucho caso. Siempre que necesita darle celos al simplón de su novio, aparece algún pobre diablo en esta puerta. También el novio parece tonto, digo yo.</p>
<p>Yo era, entonces, el pobre diablo de turno. La otra opción hubiera sido ser el tonto. Tal vez mejor así. Pobre diablo una vez y no tonto siempre. Claro que yo, además, también me sentía tonto. Y es que en realidad lo había sido. Vaya. Pero lo peor era que estaba soportando mi humillación ante dos extraños a los que no sé si realmente les importaba demasiado el comportamiento reincidente de su hija y que, al menos el padre, parecía estar pasándoselo bien a mi costa. Y todo sin poder hacer nada porque me había quedado paralizado.</p>
<p>— ¿Qué pasa ahí fuera? —gritó una voz desde dentro. Perfecto, pensé, más público para mi mayor vergüenza. Una mujer regordeta y con los mofletes tan colorados e hinchados que parecían a punto de estallarle se plantó entre Joe y Mary y se unió a la fiesta. —Es lo que supongo, ¿verdad? Vuestra pequeña Pam haciendo otra vez de las suyas...</p>
<p>— Bueno, ya está bien —dijo Mary—. Hablaremos con ella cuando vuelva. Lo siento, chico —dijo dirigiéndose a mí—, pero tendrás que ir sin ella. ¿Cómo dices que te llamabas?</p>
<p>— Paul.</p>
<p>—Paul ¿qué? —se metió el padre—. Vamos, chico, preséntate en condiciones. Cuando a uno le preguntan hay que dar el nombre completo.</p>
<p>— Paul Wright, señor —perfecto, así quedaría constancia indudable de a quién le había tocado esta vez. Vamos a ponerle nombre y apellido al pobre diablo de turno. ¿Qué más daba quién fuera yo?</p>
<p>— ¿No pensarías darle eso a Pam? —preguntó el padre mientras miraba mis manos. No me había dado cuenta, pero con los nervios, la vergüenza y los espectadores no invitados al evento, había dejado destrozado el ramillete que había traído para ella. Me dieron ganas de hacer lo mismo con todos ellos, pero ya que había conseguido desviar la mirada hacia otra parte, mis pies pudieron por fin emprender lentamente y hacia atrás una retirada por desgracia no muy digna.</p>
<p>— Bueno —logré decir por fin—, creo que debería irme ya...</p>
<p>— Sí, será mejor, chico. Mejor suerte otra vez—dijo la mujer de los mofletes como globos sin dejar de sonreír. Me dieron ganas de pinchárselos para ver si sonreía tanto por la presión que debían ejercer aquellos dos enormes bultos. A lo mejor así dejaba de hacerle tanta gracia. Yo, desde luego, no se la veía.</p>
<p>Creo que dije un adiós entre dientes y comencé a andar calle abajo todo lo rápido que pude. Aminoré el paso sólo cuando estuve seguro de que ellos ya habían quedado lo bastante lejos. Supongo que el plantón no me hubiera importado tanto si ella al menos hubiera tenido la decencia de llamarme y evitarme aquel bochorno. Pero ella lo tenía todo planeado desde el principio y en el fondo no me sorprendió demasiado. Muy guapa, sí, pero poco más.</p>
<p>Fui al baile después de todo y la verdad es que lo pasé bastante bien. Sobre todo cuando supe que Pam había encontrado al no tan tonto de su novio en los aparcamientos con otra. Menuda la que montó. Se lo merecía. Y tal vez yo no debería haberme alegrado por esa venganza en la que no pude atribuirme ningún mérito. Pero qué le vamos a hacer, no soy perfecto.</p>
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<title>La despedida</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2007/01/15/la-despedida</link>
<dc:date>2007-01-15T11:59:51+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Era de noche. Cindy estaba a punto de irse a la cama cuando sonó el teléfono. Miró primero el reloj y luego posó sus ojos sobre aquel aparato. Siempre pensaba que a aquellas horas una llamada no podía traer nada bueno. Se acercó a la mesita y descolgó el auricular.</p>
<p>— ¿Diga? —dijo con un hilo de voz, como si esperase oír una explosión al otro lado de la línea.</p>
<p>— Hola Cindy...</p>
<p>— Ah, eres tú. Oye, acordamos no volver a...</p>
<p>— Perdona, lo sé. Espero no haberte despertado —le interrumpió aquella voz.</p>
<p>— No, no me has despertado, pero sabes que no...</p>
<p>— No digas nada, por favor —volvió a interrumpir—. Deja que te diga lo que tengo que decir y luego prometo cumplir mi palabra. No volveré a llamarte más.</p>
<p>Cindy se había sentado al lado del teléfono. No sabía si debía dejarle hablar o no. Siempre era lo mismo. Ya lo habían hablado demasiado, pero de algún modo nunca estaba todo dicho.</p>
<p>— Está bien, Mark. Habla.</p>
<p>— Sólo quería decirte que te quiero. Siempre te he querido y siento que las cosas no hayan funcionado. Siento no haber sabido hacer que funcionasen.</p>
<p>— Por favor, ya lo hemos hablado. La culpa es de los dos —lo último que necesitaba Cindy ahora era mantener otra vez esta conversación. No quería que sus palabras le hicieran sentirse culpable. Necesitaba seguir adelante, que él no se lo pusiera más difícil—. Lo intentamos y no funcionó, nada más. Tal vez más adelante podamos ser amigos, pero ahora necesito distancia.</p>
<p>— Lo sé. Necesitaba llamarte una última vez. Sólo quería despedirme. Esta vez es la última, te lo prometo. Te quiero, Cindy.</p>
<p>Antes de que ella pudiera decir nada el vacío sonó al otro lado del teléfono. Lentamente, ella volvió a colocar el auricular en su sitio. Se levantó pensativa mientras, sin darse cuenta, los dedos de su mano derecha acariciaban el vacío del anular de su mano izquierda. Acabaría acostumbrándose a aquello. Había sido mucho tiempo y sabía que no sería fácil, pero lo haría. Ambos lo harían.</p>
<p>En otro lugar de la ciudad, Mark miraba el teléfono que acababa de colgar. No volvería a llamarla. Lo había prometido y lo cumpliría. Juntó sus manos y acarició el anillo de su anular izquierdo. No la llamaría más pero la perseguiría siempre.</p>
<p>Alargó la mano derecha y abrió el primer cajón. El arma estaba cargada, lista para usar. Colocó el cañón sobre su sien mientras murmuraba su nombre.</p>
<p>Cerró los ojos, respiró hondo y apretó el gatillo.</p>
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<title>La visita</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/12/20/la-visita</link>
<dc:date>2006-12-20T16:01:08+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Walter se dirigió a la ventana de su dormitorio, en el piso de arriba de su casa. Con dos dedos apartó un poco el visillo y miró hacia la calle. Allí seguía, de pie en la acera. Llevaba una gabardina oscura y esperaba, simplemente esperaba. Entonces levantó la vista a la ventana desde la que Walter le observaba. Asustado, soltó inmediatamente la cortina. Sabía que le había visto aunque eso no cambiaba mucho las cosas. No se iría sin él. No había escapatoria. El hombre estaba demostrando más paciencia de la que Walter hubiera supuesto pero sabía que no esperaría mucho más. Walter oyó pasos sobre el pavimento que conducía a la puerta de su casa y supo que el hombre se dirigía hacia allí. Llamó dos veces con los nudillos. El corazón empezó a latirle con fuerza. No abriría, no quería abrirle la puerta. Sabía que no se iría, pero tal vez tuviera tiempo de pensar en algo.</p>
<p>Oyó entonces que la puerta se abría. La llave, maldita sea. Había olvidado cerrar con llave. Se movió nervioso por la habitación mientras oía los pasos del hombre entrando en su casa. No se le ocurría nada, se había quedado en blanco. Los pasos se detuvieron en la planta baja. Creyó que subiría las escaleras, pero no oía nada. Eso le desconcertó más aún. Esperó, atento a cualquier ruido. Ya no tenía tiempo de salir por la puerta de atrás. ¿Por qué no se le habría ocurrido antes algo tan sencillo? Se maldijo a sí mismo por aquella torpeza, aunque no estaba seguro de que hubiera servido de mucho.</p>
<p>Oyó entonces de nuevo los pasos en el piso de abajo. Se acercó a la puerta del dormitorio y trató de buscar algo con lo que atrancarla pero no encontraba nada.</p>
<p>— Walter —dijo el hombre desde abajo—. Sé que estás ahí. Deberías bajar. Te estoy esperando.</p>
<p>Walter empezaba a darse por vencido. ¿A quién quería engañar? No podía escapar. Le encontraría hiciera lo que hiciese. No había modo de hacer nada. Ya no.</p>
<p>Despacio, tratando todavía de pensar precipitadamente en alguna salida que no encontraba, Walter giró el pomo de la puerta. A la derecha, al final del pasillo, estaban las escaleras que daban al piso de abajo. Se dirigió a ellas lentamente, luchando consigo mismo a cada paso. Tendría que bajar, era inútil quedarse allí. Cuando llegó al primer peldaño oyó un ruido. Estuvo a punto de correr de nuevo a su habitación y encerrarse allí, pero logró dominarse. A medida que bajaba los escalones oyó que aquellos pasos se dirigían a la escalera. Cuando el hombre se hizo al fin visible ante sus ojos lo agradeció: al menos podría descansar, podría dejar de luchar por encontrar una vía de escape. Se detuvo a tres peldaños del final y le miró a los ojos. Tenía miedo y se sentía indefenso. Odió que le estuviera pasando aquello.</p>
<p>— ¿Walter? —dijo el hombre tratando de sacarle de aquella inmovilidad.</p>
<p>— Tal vez si me dieras algo de tiempo... —logró balbucear Walter.</p>
<p>— No hay tiempo, Walter.</p>
<p>— Tengo algunas cosas que hacer. Sólo hasta entonces. Sólo un poco de tiempo, nada más.</p>
<p>— Te acostumbrarás, créeme. Debes aceptarlo y todo será más fácil.</p>
<p>— ¿Estoy...?—Walter se detuvo, temeroso de concluir la frase.</p>
<p>— Sí. Dilo, Walter. Es un comienzo. Dilo.</p>
<p>Walter trató de articular las palabras pero no podía. Los labios le temblaban y le escocían los ojos. Lo sabía pero no quería decirlo.</p>
<p>— Vamos, Walter. Después todo será más fácil.</p>
<p>— Estoy... —la voz le temblaba y los ojos se le estaban humedeciendo. Se detuvo. No podía hacer nada y lo sabía.</p>
<p>— Vamos, dilo.</p>
<p>— …muerto —logró decir al fin. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas mientras bajaba los tres últimos escalones.</p>
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<title>La habitación gris</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/12/12/la-habitacion-gris</link>
<dc:date>2006-12-12T12:06:57+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaron a Jack a una habitación pequeña y oscura. El único mobiliario eran una mesa y dos sillas, una de la cual ocupaba Jack ahora, una frente a otra a ambos lados de la mesa. Sobre ella había un pequeño flexo que daba una luz blanquecina e insuficiente. Las paredes eran de un gris oscuro poco uniforme y había una gran mancha de humedad en una de las esquinas del techo. No había ventanas y la puerta, que Jack veía de frente desde su asiento, estaba cerrada. Toda la luz de aquella habitación era la que emanaba de aquel lúgubre flexo. Jack apoyó  los codos en la mesa deseando que no le hicieran esperar mucho en aquel agujero, donde se respiraban el frío y la humedad.</p>
<p>Por fin la puerta se abrió. Al otro lado apareció él. Con su traje impecable y su mirada austera, siempre serio y seguro de sí mismo. Cerró la puerta tras de sí, y se acercó a la mesa. Apartó la silla que Jack tenía frente a él, apoyó el peso de su cuerpo en el respaldo sobre una mano y metió la otra en el bolsillo de su pantalón, pero no se sentó.</p>
<p>— Volvemos a vernos, Jack —dijo fríamente y con expresión de disgusto.</p>
<p>— Sí, eso parece —contestó indiferente.</p>
<p>— Bueno, bueno. Creo que la última vez que hablamos te dejé las cosas suficientemente claras, pero parece que no has querido entender nada.</p>
<p>— Me dijo que tenía libertad para hacer las cosas a mi modo y ahora resulta que...</p>
<p>— Basta —le interrumpió el hombre severamente. — Te dije que tenías ciertas libertades, pero siempre dentro de unas normas que te niegas a acatar.</p>
<p>— Pero sus normas no son mis normas —trató de argumentar Jack.</p>
<p>— No me vengas con esas ahora. Mis normas se convirtieron en tus normas en el momento en que las aceptaste. Desde un principio se te explicó claramente qué podías hacer y qué no. Y tú aceptaste las condiciones. Por eso estás aquí. De haberlas rechazado entonces no estaríamos manteniendo esta conversación ahora.</p>
<p>El hombre se cruzó de brazos sin dejar de mirar a Jack fijamente. Éste, lejos de sentirse intimidado, le devolvió la mirada desafiante.</p>
<p>— No hace mucho que te lo advertí la última vez —continuó el hombre. — Esta vez no hay más avisos. No es una advertencia. Te di una segunda oportunidad y no ha servido de nada. Ahora es muy sencillo. Si no vas a cambiar de conducta se acabó el trato. ¿Qué respondes?</p>
<p>Jack se revolvió en su silla incómodo pero seguro de su decisión. No estaba dispuesto a hacer las cosas a su manera. Quería más libertades. Las que le daban no eran suficientes. Levantó la cabeza y miró al hombre con firmeza.</p>
<p>— No estoy dispuesto a cumplir sus exigencias —dijo.</p>
<p>— Muy bien. Entonces no hay más que hablar. Ésta es nuestra última conversación —respondió el hombre mientras se dirigía a la puerta.</p>
<p>— ¿Qué va a hacer?</p>
<p>— Lo sabes de sobra, Jack. La decisión ha sido tuya. Considéralo tu último acto de libertad.</p>
<p>El hombre salió de aquella habitación y Jack volvió a quedarse allí dentro solo. Se preguntó si no se habría precipitado, pero no dejó que el miedo le venciera.</p>
<p>El hombre se dirigió a su despacho, cerró la puerta y se sentó frente al ordenador. En la pantalla un recuadro preguntaba si deseaba eliminar el archivo. Con expresión contrariada pero firme el hombre pulsó la tecla que decía aceptar.</p>
<p>En ese mismo instante Jack desapareció de su silla.</p>
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<title>El grito del silencio</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/30/el-grito-del-silencio</link>
<dc:date>2006-11-30T18:56:09+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p><em>Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda.</em> (Flaubert)</p>
<p>La habitación estaba iluminada por el fuego de la chimenea. El ambiente era cálido en contraste con el frío de la noche. Agradeció al menos el calor del fuego en aquella soledad que nunca habría elegido. Se levantó y dirigió sus pasos hacia la ventana. La noche era oscura. Detrás de los cristales, los copos de nieve revoloteaban en el viento. Ella los miraba, casi sin verlos, perdida la vista un poco más allá de la negrura de aquella noche inmensa. Entre sus manos sujetaba un viejo libro del que asomaba un marcador de lectura. Sus dedos acariciaban el lomo con lentitud y constancia. Con un ligero parpadeo fue saliendo de la lejanía en la que se había sumido. Sus ojos siguieron los copos de nieve hasta que cayeron con ellos en el alféizar de la ventana, cubierto de un pequeño manto blanco.</p>
<p>Volvió entonces la vista al interior de la habitación. La luz era cálida y teñía la estancia de un acogedor color amarillento. Olía a leña, como había olido tantos inviernos. Frente a la chimenea su sillón le esperaba, guardando en su brazo la manta con la que solía cubrir sus piernas. Con paso lento, sin detener el ritmo pausado y constante de sus dedos sobre el lomo de aquel libro, se dirigió al sillón.</p>
<p>Mientras avanzaba, su mirada, triste de ausencias, recorría la habitación posándose con nostalgia, uno a uno, sobre los recuerdos que, congelados tras el cristal de un marco, le quedaban de su vida.</p>
<p>Se sentó frente al fuego. Sus ojos volvieron a perderse en la profundidad de las llamas y, más allá de ellas, dejó que se fueran donde querían estar. No cubrió sus piernas con la manta. Sobre su regazo, su libro y el lento ritual de sus dedos sobre él.</p>
<p>El calor de la chimenea fue adormeciendo su cuerpo. Sus párpados cansados se abrían cada vez con más esfuerzo hasta que lentamente fueron ofreciendo menos resistencia. Se dejaron vencer entonces sus ojos y se cerraron.</p>
<p>En su regazo, sobre aquel viejo libro del que asomaba un marcador de lectura, se quedó al fin dormido el eterno ceremonial de sus dedos.</p>
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<title>Miriam</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/28/miriam</link>
<dc:date>2006-11-28T12:10:50+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Jueves por la noche. Como todos los jueves este café nos presta su espacio para la poesía. Lectura, intermedio y lectura. Hoy soy yo quien se sienta frente a unas cuantas caras conocidas y algunas más que no conozco. La luz del local es tenue pero suficiente. El ambiente es familiar; esto es más como una reunión de amigos que comparten una noche. Eso ayuda, al menos a mí, que sufro de cierto pánico escénico.</p>
<p>He llegado media hora antes del comienzo, para charlar y calmar los nervios. No es mi primera noche, pero cada vez es como si lo fuera.</p>
<p>Empieza la lectura y todo va bien. Como siempre, los nervios se van aplacando a medida que avanzan los versos y las miradas amigas me reconfortan. En la mesa, un vaso de agua y unos cuantos folios en una carpeta de cartón fino. Antes de que me dé cuenta llega el intermedio.</p>
<p>Una niña de unos seis o siete años se acerca a mi mesa. Tiene el pelo castaño claro y los ojos color avellana. Trae algo entre las manos y le da vueltas mientras me mira fijamente:</p>
<p>– Hola – me dice.</p>
<p>– Hola.</p>
<p>– Me gustan tus poemas. Pero no riman.</p>
<p>– No – le respondo –. En realidad la poesía no siempre tiene que rimar.</p>
<p>– A mí me han enseñado algunas en el colegio y riman.</p>
<p>– Cuando seas mayor quizá te enseñen otras que no rimen.</p>
<p>– ¿La poesía que no rima es para mayores?</p>
<p>– ¿Te ha parecido eso lo que has escuchado?</p>
<p>– Bueno, algunas cosas no las he entendido. Pero lo que he entendido me ha gustado.</p>
<p>– Tampoco entenderías todo lo que rima.</p>
<p>– Entonces es como los libros, que algunos son para niños y otros para cuando seas mayor…</p>
<p>– Sí, más o menos.</p>
<p>– ¿Me escribes un poema para niños? – pone entonces una servilleta, que llevaba entre las manos, encima de la mesa. Me hace gracia que me dé una servilleta, lo habrá visto hacer y lo imita –. Está limpia, no la he usado ni nada.</p>
<p>– Vale, ¿de qué quieres que escriba?</p>
<p>– Quiero salir yo, aunque no rime, ¿vale? Así tendré un poema que sea mío. Me llamo Miriam. ¡Ah! – dice acordándose de pronto –, por favor –. Sonrío ante este último gesto de educación.</p>
<p>Me avisaban de que la segunda parte de la lectura debía comenzar ya. Entonces me dirigí a Miriam:</p>
<p>– Tengo que seguir leyendo, pero tendrás tu poema cuando acabe la lectura, ¿vale?</p>
<p>– Vale, gracias – me dijo con una amplia sonrisa mientras volvía a su mesa.</p>
<p>Para cuando terminó la lectura Miriam ya no estaba. Me apenó no haberme dado cuenta de cuándo se había ido. Supongo que quien la trajera pensó que la hora era ya inapropiada para ella. Y podría asegurar que se resistió a irse a la espera de que yo cumpliera mi palabra. Guardé mis papeles y le escribí su poema.</p>
<p>Lo traigo todos los jueves, por si vuelvo a encontrarla.</p>
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<title>Noches de hotel</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/20/noches-hotel</link>
<dc:date>2006-11-20T18:39:08+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Abrió los ojos. Eran las cinco de la mañana. La habitación estaba en penumbra con un tenue reflejo de farolas que se filtraba entre las cortinas. Ella dormía a su lado, su brazo le rodeaba la cintura. Con cuidado, para no despertarla, lo apartó lentamente. Ella se revolvió un poco entre sueños pero no se despertó. Se levantó de la cama y fue al cuarto de baño. Tras una ducha rápida se vistió. Cogió su chaqueta del respaldo de una silla y se dirigió a la puerta. Lentamente, para no hacer ruido, cerró tras de sí y salió a la calle.</p>
<p>Ya por la mañana ella se despertó. Miró a su alrededor aún medio dormida hasta conseguir ubicarse. Volvió la vista a su lado. La cama estaba vacía. Alargó la mano sobre la superficie del colchón. El tacto era frío. Apartó las sábanas y salió de la cama. Descorrió las cortinas. En la calle, la gente iba de un lado a otro, con prisas. Abrió la ventana y dejó que el aire de la mañana refrescase su cara.</p>
<p>Se dio la vuelta. Entonces lo vio. En la mesilla de noche de su lado de la cama, agrupados en dos montones que formaban una cruz, encontró unos billetes. Los cogió. El montón de arriba era suficiente para pagar el precio de la habitación. El de abajo no se molestó en contarlo.</p>
<p>Con una mirada inexpresiva se dirigió al baño mientras pensaba que ésa era otra mañana en la que no se despertaba siendo pretty woman.</p>
]]></content:encoded>
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<item>
<title>Signatura</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/16/signatura</link>
<dc:date>2006-11-16T20:46:56+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p><em>Sé que a mis libros les gusta estar con usted. </em>(Rilke)</p>
<p>Salió de la imprenta. Sus páginas olían a libro nuevo. Su aspecto era impecable, reluciente. Miró a su alrededor. Cientos como él. Iguales. Exactos. Se preguntó cuál sería su destino, dónde irían a parar sus hojas.</p>
<p>Amontonado junto a sus hermanos, le metieron dentro de una caja. De pronto se hizo la oscuridad. Notó el movimiento cuando comenzó su viaje al destino desconocido. El tiempo se le hizo eterno. Sólo había oscuridad. No oía nada.</p>
<p>Al fin notó que el movimiento se hizo diferente. Oyó voces que le llegaban amortiguadas. Alguien rompió el precinto que cerraba su caja y una ranura de luz se filtró en el interior. Había movimiento de personas, pero no consiguió ver nada hasta que las solapas de la caja se abrieron. Estaba en una especie de almacén. Había muchos como él. Se apilaban en estanterías. Un hombre le sacó de la caja junto a seis o siete de sus hermanos. Cogió a uno de ellos y tecleó algo un rato en el ordenador. Luego, con él en la mano, salió por una puerta. Oyó que hablaba con otro hombre y le decía que colocara aquel libro en la estantería de la editorial. Volvió a entrar.</p>
<p>Cuando se disponía a colocarle a él y otros más en el almacén, alguien entró. Le dijo que cogiera uno de aquellos libros y se lo diera, que venían a llevárselo a la biblioteca pública. El hombre soltó el montón en la mesa y dos libros resbalaron cayendo al lado de los demás. Eso le dejó a él en primer lugar. El hombre, por tanto, lo escogió.</p>
<p><img src="myfiles/de-profundis/PB160354-2.jpg" width="153" height="205" class="imgizqda" /</p>
<p>Empezó ahí su destino. Le metieron en una bolsa.</p>
<p>Un rato más tarde, después de un corto viaje, le sacaron de aquella bolsa. Estaba en un lugar iluminado por tubos fluorescentes, y sólo conseguía ver mesas y ordenadores. Parecía haber algo más detrás del mostrador tras el que se encontraba, pero no lograba verlo. Una mujer de aspecto agradable lo cogió y le puso una pegatina en el lomo. Signatura, decía que se llamaba aquello. A ver. ¿qué pone? Ya lo veía: N BEN and. Lo abrieron y por dentro de la portada le pusieron otra pegatina. Ésta tenía un código de barras y las mismas letras que le habían puesto en el lomo. La mujer cogió un aparato extraño que emitía una luz roja y tenía una especie de gatillo. Apuntó al código que le habían pegado y disparó. Sonó un pitido. Se sobresaltó. Pero no dolía. Entonces la mujer se lo dio a otra persona que se lo llevó de allí.</p>
<p>Entró en una sala enorme llena de estanterías. El hombre que lo llevaba le miró el lomo. Repitió las letras para sí mientras recorría el lugar. Se dirigió a una estantería donde había más libros que tenían letras muy parecidas a las suyas en sus pegatinas. Le hizo sitio y se quedó allí, guardado entre dos volúmenes.</p>
<p>Se preguntó cómo sería su vida allí. Cuando el hombre salió de aquel sitio, empezó a oír murmullos. Los libros empezaban a contarse sus historias. Sus compañeros le dieron la bienvenida. Le dijeron que aquello le gustaría. .œAquí conocerás a muchas personas., le decían. .œVerás muchos lugares.. Empezaron entonces a contarle lo que ellos habían visto. Le hablaron de sitios diferentes. Algunos incluso habían viajado en una maleta y habían visto otras ciudades. Les habían llevado a parques. Algunos afortunados habían visto el mar. Y eso que allí no había mar. Le hablaron de personas de todo tipo que les habían tratado con cariño.</p>
<p>A medida que escuchaba a sus compañeros su deseo de vivir todo aquello aumentaba. Él también quería ver mundo. Quería contar su historia y conocer otras nuevas.</p>
<p>A la mañana siguiente, la mujer que le había puesto aquellas pegatinas el día anterior se acercó y lo sacó de la estantería. Mientras se alejaba con ella, oyó que sus compañeros le deseaban buena suerte entre susurros. Su corazón se aceleraba por momentos, emocionado.</p>
<p>Se sintió feliz mientras aquella mujer volvía a dispararle con aquella luz roja. Entonces vio a la persona que había pedido que le acompañara. Era una chica joven. Sonreía. Él le devolvió la sonrisa.</p>
<p>Se fue con ella, preparado para contar su historia, para vivir la primera de las muchas historias que, más allá de sus páginas, su destino le deparaba.</p>
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http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/16/signatura#comentarios
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<title>Plan de fomento de la lectura</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/14/plan-fomento-la-lectura</link>
<dc:date>2006-11-14T20:30:04+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Enciendo la tele. Para seguir cierto orden empiezo pulsando el botón con el número 1. Culebrón que tendrá yo-que-sé-cuántos capítulos contando, supongo, lo de siempre: una mala muy mala que le hace imposible la vida a una buena muy dulce, que sufre por un amor que está lleno de obstáculos y que en el último capítulo acabará más feliz que nadie. Claro, eso será dentro de muchos, muchos meses. Bueno, pasemos al 2.  Dibujos. No. El 3. Un montón de gente atropellándose unos a otros parece ser que para ver quién habla peor de una tal Fulana de Copas cuyo nombre no recuerdo porque no había oído en mi vida y no sé quién es. De fondo una pantalla muestra imágenes que se repiten de la susodicha y me confirmo: ni idea de quién es. Sigamos: el 4. Se repite por enésima vez un capítulo de una serie repuesta hasta la saciedad. No me interesa. A ver en el 5. Vaya, cómo no. Aquí lo de siempre. Ésta es la reina de la tele basura. Ni me molesto. El 6. Un señor muy mayor cuenta que él de joven hacía no sé qué en no sé dónde. La soledad busca compañía. Personas que cuentan toda su vida para que alguien las llame y dejen de pasar sus días solos. La finalidad del programa está muy bien, pero seguirlo es algo tedioso. Sigo., no. ¿Realmente hace falta que siga?</p>
<p>Apago la tele. Es inútil. Siempre acabo haciendo lo mismo: pulsar el botón que la deje en negro. Sí, así está más interesante.</p>
<p>Con lo que se pelean por las audiencias para que éste sea el resultado. Respeto todos los gustos pero, ¿de verdad es esto lo que quiere la gente o es cosa mía?</p>
<p>Y, como siempre, me pregunto: ¿será ésta una estrategia para el plan de fomento de la lectura?</p>
<p>Conmigo, al menos, funciona siempre.</p>
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<title>El eco de tu voz</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/13/el-eco-tu-voz</link>
<dc:date>2006-11-13T09:43:08+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días, repasando algunos de los blogs, advertí que algunos de ellos, muy prolíficos en contenido, pasaban sin comentarios. Sentí cierta tristeza al ponerme en el lugar del propietario de dicho espacio. Si hablo de uno en concreto, que fue el primero que me llamó la atención, fui recorriendo su blog por días y casi todo estaba vacío. Esta mañana, repasando nuevamente, he vuelto a ver lo mismo.</p>
<p>Sé que es muy difícil seguir todos y cada uno de los posts que se publican. Algunos de los nuevos pasan en silencio. Muchos de los antiguos (yo llevo poco todavía por aquí) también.</p>
<p>¿Qué siente alguien que comparte una parte de sí mismo con nosotros y sólo recibe por respuesta el eco de sus propias palabras hasta que éste acaba perdiéndose en el silencio y el olvido? ¿Qué sentirías tú en su lugar? A veces necesitamos que alguien diga "estoy aquí, oigo tu voz y te escucho".</p>
<p>Requeriría mucho tiempo ahora volver a todo lo escrito. Pero desde aquí invito a todos a intentar poner nuestro granito de arena en los posts que se van publicando. Sé que puede haber veces que uno simplemente no tenga nada que comentar, pero intentemos dejar un guiño al menos si vemos que va llegando al final de la lista sin que alguien comparta su espacio. Porque ese pensamiento que se va quedando solo podría ser el nuestro en algún momento.</p>
<p>Seguro que todos agradeceremos el tiempo y la dedicación que nos regalan.</p>
<p>Gracias, también, en mi nombre.</p>
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<title>Caperucita roja</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/10/caperucita-roja</link>
<dc:date>2006-11-10T09:39:37+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Es sólo un cuento. Y ella lo conoce de memoria, pero sus ojos me miran con la misma atención que pondría si lo escuchase por vez primera.</p>
<p>Cuando habla el lobo, la inflexión de mi voz hace que cambie la expresión de su cara. Entonces me pide que me detenga. Se levanta de su silla y sale corriendo mientras yo la miro y me pregunto qué habrá pasado. A los pocos segundos regresa con su osito de peluche entre los brazos. El pequeño guardián de sus días y sus noches. Vuelve a sentarse en su silla y acomoda a su peluche entre sus brazos. Me pide entonces que continúe.</p>
<p>Bien, ¿por dónde íbamos? Ah, sí. El lobo estaba a punto de comerse a caperucita.</p>
<p>Mi voz, de nuevo, hace que sus ojos se abran de par en par. Pero ahora tiene a su osito. Recoge las piernas en su silla y se aferra a él con fuerza. Yo sigo contando la historia y ella sigue mirándome fijamente, atenta a cada una de mis palabras.</p>
<p>Cuando por fin va llegando el feliz desenlace, ella, sin advertirlo, libera lentamente a su osito de la presión de sus brazos, se incorpora en su silla y sus ojos cambian de expresión sin apartar ni un segundo la mirada de los míos mientras una sonrisa de final feliz se dibuja en sus pequeños labios.</p>
<p>Incansable y sonriente me pide entonces que le cuente otro cuento.</p>
<p>Le toca ahora el turno a la bella durmiente.</p>
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<title>Clase de literatura</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/09/clase-literatura</link>
<dc:date>2006-11-09T09:30:23+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">miscelánea</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Tenía quince años. Empezaba el segundo curso de bachillerato y era de los primeros días de clase, tal vez el segundo.</p>
<p>Entró el profesor de literatura, un hombre al que le apasionaba su asignatura y que nos enseñó a verla como la veían sus ojos.</p>
<p>Todos sentados en nuestros sitios, el silencio empieza a llenar progresivamente el aula. Tras dejar su maletín y sus cosas encima de la mesa, nos mira y empieza a pasar lista. A medida que va pronunciando nuestros apellidos, contestando nosotros según turno, nuestra cara de desconcierto va en aumento. Él, que sin duda es consciente y lo esperaba, continúa casi sin inmutarse y una leve sonrisa se le va dibujando en los labios.</p>
<p>¿Qué tiene de raro pasar lista? Nada, claro está, es el comienzo de siempre. Pero sus manos estaban vacías. De pie, frente a nosotros y nuestras caras de sorpresa, con las manos en los bolsillos, sin leer la lista, nos nombraba por orden uno a uno. Cuando llegó al último, su sonrisa era ya más que evidente y nuestro asombro quería respuesta. ¿Por qué iba alguien a aprenderse de memoria la lista de alumnos de su clase? Eso sería una pérdida de tiempo un poco absurda. Él no perdía el tiempo ni era absurdo. No la había aprendido de memoria. Hizo algo mucho mejor.</p>
<p>Sacándonos por fin de nuestra duda, nos dijo: .œ<em>He escrito un poema</em>.. Empezó entonces a recitarlo y, dentro de su poema, todos nosotros, por orden alfabético, nos habíamos convertido en personajes, calles o lugares de su pequeña historia.</p>
<p>Desde aquí mi pequeño homenaje a un gran profesor y mi agradecimiento por haber convertido a un grupo de adolescentes sorprendidos en un poema.</p>
]]></content:encoded>
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http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/09/clase-literatura#comentarios
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<title>¿Por qué lloras?</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/08/apor-lloras-</link>
<dc:date>2006-11-08T20:31:54+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">poesía</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,</p>
<p>y una voz cariñosa le susurró al oído:</p>
<p>-¿Por qué lloras si todo</p>
<p>en ese libro es de mentira?</p>
<p>Y él respondió:</p>
<p>-Lo sé,</p>
<p>pero lo que yo siento es de verdad.</p>
<p><strong>(Ángel González)</strong></p>
]]></content:encoded>
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<title>Tus libros favoritos</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/tus-libros-favoritos</link>
<dc:date>2006-11-07T21:51:46+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">libros</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Te invito a compartir conmigo tus lecturas preferidas. Puedes contarme aquí qué libros son importantes para ti y por qué. Agradezco tu colaboración de antemano.</p>
<p>Un saludo.</p>
]]></content:encoded>
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http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/tus-libros-favoritos#comentarios
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<title>De profundis</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/de-profundis</link>
<dc:date>2006-11-07T21:46:08+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">libros</category>
<content:encoded><![CDATA[<p><img src="myfiles/de-profundis/de-profundis.jpg" width="93" height="141" class="imgizqda" /></p>
<p>Bueno, se puede suponer que este libro de Oscar Wilde es uno de mis favoritos. Es sobre todo un libro para pensar y sentir. Magistralmente, Wilde reprocha de manera elegante y sin rencor el pago que Douglas, culpable de su situación, le ha hecho de su amor y amistad. A pesar de su caída, Wilde reflexiona y encuentra lo bueno, por poco que sea, que puede aprovechar de su situación. Un ejemplo, sin duda, de gran entereza ante la adversidad. Un libro ante todo reflexivo. Una pequeña gran joya literaria.</p>
]]></content:encoded>
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http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/de-profundis#comentarios
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<title>Saludos</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/saludos</link>
<dc:date>2006-11-07T12:16:58+00:00</dc:date>
<content:encoded><![CDATA[<p>Hola a todos!</p>
<p>Bienvenidos vosotros y vuestros comentarios.</p>
<p>Gracias por anticipado y espero conoceros.</p>
]]></content:encoded>
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http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/saludos#comentarios
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<title>NOCHE DE NIEVE</title>
<link>http://www.librodearena.com/de-profundis/post/2006/11/07/bienvenidos</link>
<dc:date>2006-11-07T12:08:25+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/de-profundis">poesía</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Asume tus errores.</p>
<p>Visto para sentencia queda el tiempo</p>
<p>de las manzanas y la luna blanca.</p>
<p>Como en noche de nieve,</p>
<p>el lobo que cruzó los almanaques</p>
<p>ha marcado sus huellas. Las conoces,</p>
<p>sabes qué significa</p>
<p>dejar de amar, dejar de ser amado,</p>
<p>sentir que los minutos se corrompen</p>
<p>en el embarcadero de la vida.</p>
<p>Y llega hasta el final,</p>
<p>mírate frente a frente.</p>
<p>Pero luego</p>
<p>ten orgullo y valor, no digas nada</p>
<p>sino en presencia de tus abogados</p>
<p>que se llaman memoria, realidad y deseo.</p>
<p>Porque todo concluye, pero nada se calma.</p>
<p>Que no puedas perder lo que perdiste</p>
<p>no da tranquilidad, sino vacío.</p>
<p>(Luis García Montero)</p>
]]></content:encoded>
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