El viaje fue tranquilo pero no por eso no fue trabajoso y cansado. Tal como estaba previsto llegaron hasta Karachi y contactaron con gente de confianza que las llevaran a través del océano. No existían muchos navegantes que se atrevieran a hacer una travesía tan arriesgada en la época, pero en realidad existía una ruta del conocimiento, que conectaba por mar a maestros de la India y de Arabia y de Uruk. Unos marineros expertos y preparados expresamente para tal fin recorrían el Índico con habilidad. Existía una contraseña secreta para unirse a esta caravana marina del conocimiento e identificar a los peregrinos buscadores, que era “Ábrete, Sésamo” (sin que nadie del común pudiera explicar el por qué de su consigna); en realidad parece que aludía a las propiedades del sésamo para abrir la mente y fortalecerla antes de internarse en la profundidad de la sabíduría oculta: era algo que tenía que ver con el ayuno. Llegaron, pues, según lo previsto a Aden e hicieron los ritos pertinentes de incinerar los restos (ya eran ceniza, por cierto) del pajaro amado por Amazán y Sara. Las propias manos hermosas de la princesa levantaron la pira de támaras de clavo y árbol de la canela. Una vez que estuvo preparada vertió un poco de incienso molido por los troncos en honor de su ave amada. Con mimo fue soltando sobre la pira las cenizas que guardaba y quedó estupefacta al ver que la pira prendía espontáneamente. Al principio le pareció que humeaba, y lo achacó al polvo que las cenizas levantaban al caer, pero luego ese humo fue en aumento y una llama pequeña surgió. Pronto el fuego fue muy vivo y ante los asombrados ojos de los presentes se fue consumiendo la hoguera, dejando un reluciente huevo entre los restos incandescentes. El rojo pasó a gris y ceniza mientras el huevo se movía ligeramente y dio un crujido; a continuación de abrió y dejó ver al pájaro, más brillante y espléndido que antes. Se podría decir que este fue el momento más gozoso de la existencia de nuestra niña. La alegría de ver renacer la vida en toda su esencia despertó en ella un instinto ancestral que le hizo batir palmas y prodigar caricias. “Bien veo que eres un Ave Fénix; he estado a punto de morir de asombro y alegría” “Salud, hermosa niña, mi ama, felicidad semejante la mía al volver a veros con vida, pero he decirte que la resurrección forma parte inherente a la vida y la muerte: las orugas resucitan en mariposas, las semillas en flores, todo animal en hierba y plantas o alimento para otros: las mismas partículas toman forma en otros seres permanentemente. Cierto es que al Fénix es al único animal al que la Divinidad nos otorgó la gracia de resucitar manteniendo íntegra su propia naturaleza. Pero vosotros os acercáis al revivir en los hijos con calcos semejantes mejorados por el amor a otro ser.”
“Pero, amado Fénix, ya me parece increíble que se renueve el ser en descendientes que mantienen el mismo carácter, talante y semejanza, que sean eco y reverberación de los progenitores, ¿cómo, no obstante es posible que reviváis vos siendo el mismo en todos sus términos?”. “No soy el hijo que es como gota del padre o el cachorro que reproduce gestos y rasgos del engendrador, sino que conservo recuerdos y vivencias y soy “yo mismo”, enteramente el mismo, por gracia y obra de la resurrección.” “¿Y dónde estaba esa identidad mientras viajabais como ceniza en mi alforja? ¿Qué había de vos en esa ceniza y cómo surgiste todo tú de ella?” “Mi niña, hay muchas cosas que no se saben ni están al alcance de hombres y fénix pero ocurren. Es largo el camino del entendimiento y la sabiduría, y muy tortuoso y esmerado. Pero ahora es momento de alegrarse mucho y rápido y proseguir con nuestros deberes más apremiantes que la elucubración. Aquí estoy de nuevo por otros veintiocho mil años y quiera la Divinidad que sean para serviros a vos y a mi querido Zarco. Pongámonos en marcha.” “Sí”, terció el alquimista y farmacéutico que les acompañaba, mudo de admiración hasta ese momento, “vayamos a Uruk a ver a Aka Megabaresi”. A esto contestó el Fénix: “visitemos, pues, a mi admirado Aka Megabaresi y cumplamos nuestro destino.”
“¿Cómo?”, dijo Sara, “ ¿conocéis también al sabio mago Aka Megabaresi?” “Mi ama, muchas cosas están al llegar que os asombrarán no menos que mi resurrección. Aka Megabaresi es quien me trajo aquí y me puso en manos de Zarco, vuestro príncipe azul.”
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