Los pájaros aprenden los trinos en su comunidad, es decir, dentro de una misma especie cada grupo de pajarillos tiene sus propios cantos. Es evidente que los pájaros del parque de los columpios han aprendido "Así habló Zaratrusta" de la música que pone el vecino.
La música puede pasar pero, ¿y su loro?, ¿por qué no deja de invadir nuestro ecosistema con su: "¡Folleu folleu que el món s’acaba!"?
En nuestro edificio vive también un policía a quien suelo expresarle mis quejas sobre el desparpajo del loro, especialmente cuando no va acompañado por su mujer. Porque ella, cuando abordo el tema en su presencia, pone la mano delante de la boca, para mí que quiere ocultar la risa. Y es que no se puede esperar nada bueno de una persona que usa semejante ropa interior. Si, se la veo por la ventana; cómo no la voy a ver si la cuelga chorreando encima de mi ropa cuando está seca. La próxima vez que moje mi ropa le contaré a su marido lo que todos los vecinos sabemos: el del loro pone "Así habló Zaratustra" para avisar a la mujer de que no hay moros en la costa. Lo sé porque veo cómo coge esa ropa indecente del tendedero. Y vigilo los movimientos del ascensor y todo cuadra; y entonces es cuando se oye al loro: "¡Folleu folleu que el món s’acaba!"
Menos mal que cerca de mi casa hay una tienda de chinos que se ha hecho imprescindible para mí. Y es que en ocasiones me siento invadida por ideas pertinaces acerca del Eterno Retorno, sensación que precede a un malestar inespecífico, una especie de vértigo existencial que me empuja hacia allí.
Ayer tenían en el escaparate unos leggins vaqueros que parecían estar rodeados por un aura: no pude resistir la tentación y los compré. Ahora, su falso tejido vaquero acaricia mis partes nobles: libre de botones y cremalleras siento una dulce levedad. La misma levedad con que mi gata contonea el rabo, la veo desde mi ventana, allá en el parque de los columpios. Tal vez está esperando hacer realidad la consigna del loro.
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