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Comentario:
Alfredo había sido un hombre sencillo, de esos que avanzan por la vida perplejos, sin llamar la atención, entre lo desconocido y lo invisible. Un hombre tan sencillo en ocasiones, que la sencillez pasaba por estupidez, y otras veces por dejadez. Alfredo había sido, casi durante toda su existencia, un hombre de los que pasan por la vida con mucha más pena que gloria. Pena propia además, de esa que amarrada en la rutina y en la indiferencia no hay forma de deshacerse de ella y acaba por crear un aura ausente hasta de transparencia. Casi se podía decir que Alfredo no había tenido vida individual, y en el resumen de su vida no había aprendido a identificar los momentos estelares de su propia historia, aquellos que recordar como sus grandes hitos. Incluso las grandes derrotas de su propia humanidad, las cercanas, las del día a día, habían pasado por su lado sin dejar ninguna huella. Pero él no supo de estas circunstancias hasta que conoció a Malena.
Tras los primeros encuentros con aquella mujer inusitada, y justo cuando ella lanzó su Pregunta, así con mayúsculas, Alfredo dio por pensar en qué momento había dejado de apreciar su propia existencia, y por más vueltas que le daba al asunto nunca alcanzaba a comprender donde había podido estar aquel punto de inflexión. Llegó a la conclusión que aquello debió acontecer en su más tierna infancia, aquella que por su ingente inocencia carece incluso de conciencia, o incluso más allá, cuando aún en el vientre de su madre, esta ni siquiera fue consciente de su concepción. Quizá aquel espermatozoide, el veloz que llevó a su fecundación, debió ser más un despistado que el campeón que había conseguido llegar el primero a la meta. Sólo así, considerando que incluso el comienzo de su vida había sido un accidente, era capaz de razonar su insignificancia, prescindiendo de la urgencia de la inmediatez y de la capacidad de apreciación de la excepcionalidad de algunas situaciones de la vida como elementos que le hubieran destinado a hechos excepcionales.
Aquella tarde vaga, acomodada en la variabilidad de las nubes de un verano tórrido, contemplando el suave deslizar de los gansos sobre la cristalina superficie del lago, se sentó junto a Malena, mientras esta se anudaba las desangradas zapatillas de ballet, aquellas que durante años habían acumulado tantas grietas que rezumaban fatiga y ajetreo en cada hilo de su raso. Cuando Malena le preguntó que había hecho en su vida, siendo ambos conscientes de que la mayor parte ya había transcurrido, y lo que quedaba por vivir era más bien un inconstante, a Alfredo se le empañaron las canas y por más que rebuscó en su memoria no supo que contar.
Los segundos pasaban, con la mirada de Malena, su mirada escrutadora y fantástica, fija en él, mientras el arrebol ascendía contra toda voluntad, por las mejillas ásperas y veteranas de Alfredo, tratando de encontrar aquellos momentos que retrataran su vida hasta ahora, aquellas claves que lo hubieran convertido en lo que en ese momento, en aquel preciso instante, era él. Mas la respuesta no llegaba, y cada instante era una espina clavada en el corazón de Alfredo, pensando sorprendido por primera vez, en su inusitada sencillez; en su primera boda, más decisión de las familias y de su anterior esposa que de él mismo, en los nacimientos de sus hijos allá en las alejadas propiedades de su familia política, lejos de él mismo, como si su participación hubiera sido una circunstancia accidental, y en su posterior educación, decidida por tradición familiar en internados de otros países. Nada espectacular, nada excepcional, ni siquiera nada a lo que atribuirse, por necio que pudiera parecer, un pequeño éxito. Y mientras el tiempo pasaba, y Malena seguía sin pestañear, Alfredo encontró la respuesta que resolvió aquella incómoda situación:
(continuará)
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