“Ahora que de casi todo hace ya veinte años”, cantaba Gil de Biedma. Yo no sé si de casi todo hace ya tanto tiempo. Si así fuera me molestaría bastante porque casi nada de ese casi todo pudiera haber vivido yo. Y, sin embargo, y aún no cambiando mi tiempo por ningún otro, he de reconocer que, echando la vista a no demasiado atrás, ciertamente hay muchas cosas que han terminado en una degeneración total, en una suerte de cenizas tristonas, de restos de naufragio que son las que me han tocado a mi vivir, con las que mi generación y yo tenemos que conformarnos. Quizá las que merecemos
No creo, con Manrique, aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Al menos en lo que a los grandes asuntos, ya digo, se refiere. Sinceramente pienso que nadie como nosotros ha disfrutado de tanto bienestar, de tanta comodidad, de tanto tiempo libre para uno mismo. Tenemos más que cubiertas las tres comidas diarias, viajamos en cuestión de horas a cualquier rincón del mundo, gozamos de vacaciones pagadas y, además, podemos ir al cine todos los días del año. Aún así, no deja uno de sospechar que quizá no hayamos sabido exprimir bien el limón de esta holgada comodidad.
Es probable que una cosa implique la otra, que la falta de incentivos se deba a la carencia de cierta desgracia “colectiva”. David Gistau, por boca de uno de los personajes de su última novela, habla un poco de todo esto cuando el tipo en cuestión reclama para sí los tercios de Flandes, la conquista de América, algo que se le presente como misión, como épica vital a la que dedicar su fuerza. Nuestros abuelos tuvieron su guerra civil, nuestros padres el franquismo, nosotros la Play Station.
Decía Borges que la épica ya sólo podía ser salvada por el cine –era fanático de John Ford-. En nuestro caso, ni siquiera eso. Nuestro cine no tiene conquistas del Oeste que contarnos, no tiene casablancas a las que retirarse del fuego enemigo. La máxima emoción a la que podemos aspirar se reduce a matar marcianos en una pantalla. Y quizá esa sea la causa de nuestra desapetencia. Que somos la primera generación que se encuentra vacía de contenido, sin misión que cumplir en el mundo más que vivir lo más placenteramente posible. Ojalá nos sigan muchas, naturalmente, pero nos ha tocado pagar el no saber qué hacer, el encontrarnos evolutivamente descabalgados, sin tener claro hacia dónde tirar. Y, por supuesto, sin tener nada que contar artísticamente hablando (más allá del puro avance tecnológico, de lo que a mi parecer salen francamente beneficiadas las artes más puramente físicas tal que la arquitectura), con una pintura y una escultura y una escritura vacías, con un cine soso, con un teatro minoritario, con una moda obsesionada con la extravagancia, con un todo repetitivo, carente de novedad y envuelto en una espiral insulsa, en un disparo a ciegas. Y, por supuesto, que es a lo que venía uno a hablar hoy, con un nivel musical nulo.
No sé de música. No sé nada de música. Todo mi acercamiento a ella se reduce a lo que de literario me pueda ofrecer. (Es curioso porque cuando me acerco a la literatura, que es mucho más a menudo, me pasa que busco precisamente lo que pueda tener de musical: el estilo no es más que música al fin y al cabo). Y lo más literario es, claro, las letras. Como además mi nivel de inglés me exige demasiado esfuerzo para captar el mensaje de los grupos extranjeros –aún entendiéndolos soy incapaz de percibir los hallazgos del lenguaje- y soy de los que siguen preguntándose a son de qué forma la pereza parte de los pecados capitales, termino mayormente examinando con atención a los músicos españoles. Y me encuentro, claro, con un panorama desolador. Un pasito palante María, un pasito patrás, y cosas de ese estilo en su inmensísima mayoría. Una muestra más de lo que decía más arriba. La canción como testigo de lo poco que nos pasa. Cuatro frases mal construidas a modo de estribillo repetido hasta la náusea. A eso se reduce hoy el género canción.
Es ciertamente cabreante poner las radios de grandes éxitos. Y más cabreante aún saber que hace no mucho la canción en español tuvo una carga literaria apabullante. Cuando digo carga literaria no digo poesía. (Es importante no confundir ambos géneros). Y esto es así gracias a grandes de la canción como Violeta Parra, como León y Quiroga, como José Alfredo Jiménez, como Santos Discépolo, como Joaquín Sabina, como Serrat, o como un tipo llamado Sabino Méndez, escritor del libro que quería yo comentar aquí someramente, como cada domingo, y que me ha provocado extenderme en todo este rollo que estoy soltando, casi a modo de terapia.
Sabino Méndez nació en Cataluña, se asomó al mundo con la movida ochentera, despertó a base de unos cuernos de mujer, no sabía más que mascar chicle, meter mano, no ganar dinero y sin embargo gastarlo todo, le gustaba el rock, tocaba la guitarra, se metió en un grupo, el grupo terminó llamándose Loquillo y los trogloditas, compuso algunas de las mejores canciones (Cadillac solitario, R´n´r Star, En las calles de Madrid, El ritmo del garaje…), conoció el éxito total, se enganchó demasiado a las drogas, llevaba de gira enormes maletones llenos de libros de Stendhal, de Orwell, de Nabokov, cuando no pudo ni soportar el peso de la guitarra decidió dejar el grupo, se licenció en Filología, escribió, quedó terminantemente asqueado de su tierra natal cuando a un tal Jiménez Losantos le pegaron un tiro y ningún progre se atrevió a decir nada, escribió, le descubrieron una hepatitis, escribió, pasó un horrible tratamiento que no le sirvió de nada, escribió, terminó curándose de repente, escribió, no imaginó nunca llegar vivo a estas alturas, fue uno de los fundadores de Ciudadanos de Cataluña, y escribió, y escribió, y escribió hasta que le salieron libros como Hotel tierra, dietario a modo de álbum fotográfico de todas estas cosas que le pasaron en el suspiro que va de 1980 a 2006. Un acta de vida a base de instantáneas directas, de reflexiones profundas, de ansias y de anhelos y de sueños rotos, y de frenos a destiempo y aceleradores prematuros. Toda una vida, vaya, que merecía ser contada tan bien como lo ha hecho en este libro su propio protagonista. Sabino Méndez, gran escritor.
Para mi, este es el tango que salva al propio tango de sí mismo. Que le imprime, vía parranda y cachondeo, la superioridad moral que siempre destacará a la ranchera por encima del canto argentino. No en vano, fue escrito por dos uruguayos hartos de tanta lágrima y tanto meter el dedo en la herida con el fin de que no se cierre nunca, que eso era el tango.
Ejemplo paradigmático de la cosa son aquellos versos que decían:
Por la noche al acostarme
no puedo cerrar la puerta
porque dejándola abierta
me hago ilusión que volvés.
Bueno, frente a la lágrima en carne viva, frente a la canción desesperada, frente a la cabeza gacha, se levanta, como el Caupolicán de Rubén, la gracia de la ranchera con su canto de barra de bar, de cantina amotinada, de tequila vengador de penas y dolores imprimiendo ánimos y miradas al futuro.
Gardel dejaba la puerta abierta. José Alfredo daba tremendo portazo. Perdía al póquer, le dejaba la querida, le negaba la mujer, le olvidaban los amigos y el tipo seguía siendo el rey. Dios salve a ambos, sí, pero más a José Alfredo.
Los hay que, como Borges, piensan que malgastó su indudable talento en esas greguerías que inventó y que tanto copiaron los poetas del 27, por ejemplo. Yo no lo creo. Simplemente porque, echando un ojo a la larga lista de tomos de sus obras completas, decir que este hombre malgastó su tiemo me parece, cuanto menos, ariesgado.
Góme de la Serna no sólo escribió mucho y muy bien, sino que tuvo una labor humana incalculable en la cultura española. Primero, como pregonero de todo cuanto en Europa se iba haciendo y aquí se desconocía (todo el vanguardismo llegó a España del brazo de Ramón) y segundo, por la inmensa labor aglutinadora de la dispersada gente de la cultura, que en torno a él y a su tertulias en Pombo iba despertando de una larga siesta.
Ahí están sus obras, para el que le interesen.
Hoy, aquí, un vídeo de incalculable valor sentimental en el que podemos asistir, desde la comodidad de nuestras modernas pantallas, a unode sus monólogos de humor.
No seré yo el que sepa quiénes y quiénes no se frotaron las manos según se derretían las torres de Manhattan, pero que haberlos los hubo a puñados es algo que no dudo ni un instante. Y no, no me refiero a los malvados moritos matacabras que salieron a tiritar las metralletas por los desiertos, ni a los soñadores europeitos con camisetas del Ché, ni a las reaggetonas revolucionarias de boina roja. Hablo de los burócratas de los USA, a los que mueven los hilos de la Administración, a los corbatas abajofirmantes.
No hay mejor aliado del poder político que el miedo de sus súbditos. Con él, los probos ciudadanitos acudirán llorosos bajo las faltas de papá/mamá estado buscando protección para terminar descubriendo, cuando ya las lágrimas empiezan a esfumarse, que la broma les ha salido cara. Que se les acabó la libertad y lo poco que tenían es los bolsillos, vamos, porque el que se les presentó como gran salvador era en realidad el peor de los enemigos.
Es buena cosa para todo esto el movidón del calentamiento/enfriamiento (va por días) del globo, o el desamparo en que puede quedar uno caso de que al baranda le de por despedirle, o la ignorancia caso de no tener dinero para costear un carísimo colegio privado, o la vejez con mocos y hambre si no hay pensiones, o –que es a lo que vamos- los malvados terroristas que de no ser por las fuerzas estatales andarían despellejándonos a todos uno por uno y en fila india por las calles de nuestras desarrolladas ciudades.
Dicen que dicen que dicen sobre el 11S cosas muy raras… dicen que dicen que dicen sobre el 11S cosas malísimas… Yo ni lo sé ni lo sabré nunca… Vale que pasó lo que nos contaron, de acuerdo, pero es indudable que les ha venido de perlas a los mandamases americanos, esos de los que se avergonzarían los padres fundadores si levantaran la cabeza, para alargar su brazo tonto de la ley, para llenarse de potestades y vaciar la libertad de los asustadizos ciudadanos. Hoy, por ejemplo, ya puede accederse a todo cuanto uno habla por el móvil, de aquí en adelante y de aquí para atrás. Tócate los huevos con el paraíso liberal.
Hubo un tiempo en que América pudo ser la tierra de las oportunidades, que pintaba bien la cosa. Tanto, que hoy canta allí más que nunca la vergonzosa deriva de los estados modernos. Ningún ejemplo tan bueno como éste para ver la imposibilidad de autolimitación gubernamental. Ni siquiera partiendo de un buen principio puede llegarse a buen puerto. Con las libertades de USA mueren también las fantasías minarquistas, los verdaderos utópicos, esos sí, de los tiempos modernos.
El socialismo es quizá el error intelectual que más caro nos ha salido a los seres humanos. Urge, por tanto, publicitar su falsedad.
Para ello, nada mejor que acudir al catedrático español Juesús Huerta de Soto y su libro "Socialismo, cálculo económico y función empresarial".
En él, se da la siguiente definición de socialismo, de la que se desprende la idiotez de achacarlo sólamente a la izquierda (Hitler fue socialista, Stalin fue socialista y Franco fue socialista).
Para los que no quieran acercarse al libro, ahí va todo un compendio explicado por el propio profesor Huerta de Soto en una conferencia antológica que hoy saca a relucir mi amigo José Carlos en su blog.
Me llamo Juanjo, tengo 24 años, escribo columnas políticas en www.hispalibertas.com y estoy matriculado en Derecho y Periodismo. ¿Más? Pues no lo sé. "Pronto sabré quién soy" escribió Borges y en esas ando. ¿Gustos y aficiones? Pues tampoco estoy muy seguro. Desde luego los libros, y el cine, y los amigos, y los bares, y las risas, y los ojos de Audrey Hepburn, y el cigarro de Bogart, y la gorra de Corto Maltés, y la quietud de José Tomás, y los bigotes de Dalí, y los mofletes de Lorca, y las pupilas de Buñuel, y la boca de todas las mujes del mundo, y las ciudades con puerto, y la Cocacola, y los ensayos de Umbral, y los desmayos de Cela y un puñado más de cosas y personas.