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Desde el bar de la esquina

TU NE CEDE MALIS, SED CONTRA AUDENTIOR ITO

ZAPATOS DE TACÓN, TOBOGÁN DE SUEÑOS

Los zapatos de tacón son un tobogán de sueños que palpita. El tobogán al que se suben las mujeres para mirar desde una altura de mares profundos y nubes de aguja la realidad vuelta del revés, alejada de lo prosaico y lo cotidiano, preñada de aires limpísimos, de aires fresquísimos, que huelen a encanto y a gloria y a poder. A mujer, o sea. El tobogán desde el que deslizarse hacia la vida al ritmo del tic tac del taconeo que es acaso el latido urbano de los mundos felices.

Hemos hablado de encanto y gloria y poder. Quizá sea esta la santísima trinidad que simboliza el zapato de tacón, añadiéndosele después la cosa de lo femenino. Y decimos después porque en sus orígenes fue un hombretón coronado de la vecina Francia quien calzó unos tacones a modo de instrumento con que suplir los complejos que padecía. Así, Luis XIV, apocado por su corta estatura y obsesionado con que se le rindiera devoción y respeto, no dudó en encargar a su zapatero personal este maravilloso invento que le permitiría purgar sus principales penas. Así lo hicieran ya también sus compatriotas Baudelaire, escribiendo la mejor poesía de la modernidad para sublimar su impotencia, y Napoleón, montando guerras por el mundo entero para olvidar que la tenía corta y que sus amantes, en la cama, le llamaban Napi. Y así lo hizo, ya decimos, Luis XIV, subiéndose a sus nuevos zapatos de tacón –suelas bermellonas, curvos tacones, bordados en plata de grandes batallas, lazos y piedras preciosas- como para clamar desde arriba el poder y la gloria y el encanto que éstos le conferían. Y a partir de ahí, con el fluir de la historia, fueron los tacones alejándose del hombre y adaptándose a las formas femeninas hasta convertirse en paradigma y emblema del peligroso mundo de la mujer.

Prueba de lo dicho es que a las niñas las basta con usar los zapatos de tacón, deslizarse por este tobogán de sueños, para alunizar con los aires de lo femenino, de la mujer adulta, lejana y maternal que ansían llegar a ser, borrando de un plumazo toda la empalagosa cargazón infantil de sus días. Trocando las piruletas por carmín y el polvo de la tiza por el velo de humo con que conquistar al galán de la barra. Lo mismo para la homosexualidad masculina, para todos esos jóvenes pertenecientes a la “raza de los acusados” que dijera Cocteau, para quienes el tacón no es sino la espada con la que armarse de valor, la rampa por la que dejarse caer –volvemos al tobogán- hacia los terrenos que marca su querencia, hacia los vapores que fluyen de su almohada. Y de igual modo, los travestidos, esos hercúleos y rocosos guerreros que acuden nocherniegos a la manifestación de lo femenino a lomos de arquitectónicos tacones para luchar, como Aníbal sobre los elefantes, contra las fuerzas de lo químicamente puro, izando la bandera de lo festivo y lo soñado que, en su caso, tiene siempre forma de mujer.

El tacón como símbolo, que eso es el tacón. Sin embargo, su espíritu es traicionado en muchas ocasiones. Sucede esto cuando algunas mujeres lo ven y lo usan a modo de instrumento, como si de una vulgar herramienta se tratase, y lo compran y lo calzan con el único fin de auparse unos cuantos centímetros del suelo, siendo la altura como lo es una preocupación casera y pueblerina, olvidándose de lo que verdaderamente encierran los tacones, y a los que ya hemos hecho cumplida alusión más arriba. Así, pueden los tacones, no ya elevar a la mujer para engañar al personal, sino hacerla levitar y volar cargada de maravillosos poderes. Para lo otro están los zancos, los moños o las alzas. Y a su vez, sirven para engancharse más fuertemente que nunca a la realidad, para pisar haciendo crujir los asfaltos y las tarimas, para llamar a las puertas de ese infierno que se esconde en el subsuelo, cargado de fuegos y pinturas negras, más allá de la cuerda floja de la seducción, que es ese lugar al que no puede irse con otro calzado.

Porque hemos hablado ya de lo que los tacones simbolizan, pero apenas hemos hecho alusión a lo que los mismos provocan. Y es que entre sus efectos más inmediatos está –qué duda cabe- el del poder de seducción. El tacón es a la seducción lo que la red a la pesca. Puede ejercitarse por métodos más rudimentarios, pero habrán de aguantarse entonces las incomodidades y la lentitud que le seguirían. De entre todos los tipos de tacón quizá el más efectivo para el misterioso ejercicio del seducir sea el tacón de aguja o de alfiler de sombrero o de flauta o espadín o púa. En ellos, en lo agresivo, sensual y sexual de sus diez centímetros, quizá esté escondida la mejor de las pócimas con que hacer rendir, con paz de pájaro caído, la presa que mejor plazca. Guarda uno la seguridad de que si se ordeñasen un par de zapatos de tacón de aguja tal que los colmillos de una pitón se obtendría gota a gota el mismo zumo de veneno mortal del que se sirve la víbora.

Por todas estas cosas es por lo que el cine ha hecho aparecer a todas sus grandes artistas armadas con tacones, como a los hombres con pistolas. Por lo que a muchos de los genios de Hollywood les bastaba con un par de zapatos de tacón, un piano y un martini para filmar una comedia maravillosa. Imposible ser de otra manera. La máquina de sueños no tenía por más que presentar ante los espectadores, tan ávidos de huidas, esto que hemos venido en llamar, precisamente, el tobogán de sueños. Un par de espectaculares zapatos de tacón fundidos al sueño rubio de una rubia cualquiera con quien fantasear de camino a los problemas cotidianos. Lo mismo hubieran hecho los grandes pintores y escultores clásicos, cuyas purísimas venus de carne y mármol nos parecen hoy carentes de algo que ya sabemos qué es, y que es precisamente de lo único que sabemos no carecen esas ninfas inspiradoras de artistas que son las musas. Así, podrán diferenciarse Euterpe de Talía o Urania de Melpómene o Terpsícore de Clío en sus liras, sus flautas, sus compases, sus máscaras, sus plumas, pero no cabe duda que todas comparten el calzado de un par de buenos zapatos de tacón. Los tacones de las musas. El trampolín desde el que tomar impulso hacia lejanas alturas. El tobogán por el que descender a iluminar a los necesitados.

Dalí, que tuvo musa carnal, no dudó en encargarla un sombrero con forma de zapato de tacón.


14 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo chema 18 Septiembre 2007 | 03:53 PM

Muy bien escrito tu "manifiesto" a favor de los tacones finos...aunque a mí personalmente nunca me han seducido: siempre los he visto como una especie de prótesis que utilizan las mujeres para mitigar esa supuesta inferioridad con respecto al hombre, que no es tal. Además de la poca naturalidad de las mujeres con tacones altos cuando caminan, algunas parecen más bien camellos caminando en puntillas. Que haya sido un hombre el primero en usarlos talvez explique el por qué de tan poca naturalidad. Eso sí: puede resultar una excelente arma de defensa para defenderse de violadores y pelmazos.

lo dijo Ange 18 Septiembre 2007 | 04:20 PM

Cuanta razón tiene chema... in my humble opinion seduce más y mejor un tailleur Chanel con boots de Yeti. Pero fijese, prefiero quedarme con mis Charles Jourdan, los ciegos apreciaran.

lo dijo Dorina 18 Septiembre 2007 | 04:28 PM

La última vez que use tacones altos fue un día que subimos al Albaycin andando, (barrio empinado con piedrecitas por asfalto) En las montañas de enfrente el palacio de la Alhambra con figura majestuosa se reía de mis pasos. Mi "barbas" (expresión cariñosa a mi querido esposo) tuvo que desengancharme el tacón que se me quedó clavado, dí traspiés todo los que pude para guardar equilibrio y al fin llegamos abajo con mi nene refunfuñando. Al día siguiente me compre unas botas planas y las guardé en el armario un par de semanas para intentar cambiar mis esquemas preconcebidos de que las chicas no calzamos esas "cosas" de poco encanto.

Ahora estoy liberada pero me costó trabajo.

lo dijo CYRANO 18 Septiembre 2007 | 04:32 PM

Buen artículo. A mi particularmente el tacón me encanta. Estiliza,seduce y el toc toc de los andares me hipnotiza (si la mujer acompaña)

Un enamorado de las mujeres

Cyrano de Bergerac

lo dijo Bea 18 Septiembre 2007 | 04:34 PM

soy rara, lo sé, pero odié los tacones hasta de pequeña, nunca me gustaron. Puede que sea porque son incomodísimos y acabas con los pies con miles de heridas y problemas en años posteriores... prefiero mil veces unos zapatos planos. Es cierto que los zapatos de salón (con tacones de aguja) estilizan a la mujer y su manera de andar. Pero sólo hay que aprender a andar bien para que unos planos también estilicen. Y así aguantas más dando un paseo por el campo!

Un besito juanjo!!!!

lo dijo Cris 18 Septiembre 2007 | 05:06 PM

Yo soy una enamorada de los tacones: de cuña, rectos, con formas sinuosas, pero altos, siempre de ocho centímetros para arriba.Por no hablar los stilettos, mis preferidos!!!! Me encantan en sandalias, en zapato de corte salón, en botas, botines siempre a juego con el bolso, por supuesto.

Fetichista? Si, seguramente. A mi me resultan de lo más cómodo, y lo digo de verdad, no puedo vivir sin mis tacones. Salvo para ir a la playa, a la montaña o hacer deporte, por supuesto. Ir en moto, con la cuál voy a todos sitios, no me supone ningún problema, menos cuando tengo que apurar una frenada con los pies con la consecuente pérdida de uno o de ambos tacones. Pero he aprendido que hay unos hierrecitos maravillosos que hacen de escuadra y evitan que los pierda en cualquier calle de Barcelona.

Un bonito traje, un elegante vestido negro, un conjunto ibicenco, unos pantalones tejanos o de vestir, no sin mis tacones!!!!

Por no mencionar una bonita lencería, unas medias y los stilettos.

Ya tendré tiempo, conforme vayan pasando los años de bajarme de ellos.

Saludos.

Cris

lo dijo Fani 18 Septiembre 2007 | 05:07 PM

Los detesto. Son incómodos. Las mujeres-jirafas deben de sentir algo parecido en el cuello.

Horribles. Deforman el pie. Dan problemas de espalda. Tü lo que eres es un fetichista poco original.

Besitos

lo dijo Dresde 18 Septiembre 2007 | 09:48 PM

Qué gusto leerte, realmente.

Besos.

lo dijo abril 19 Septiembre 2007 | 04:26 PM

holaaa juanjose,me encaaaantaaaa la foto es precioso el zapato,

un beso rojo rojo como el zapato jiji

lo dijo Juanjo 19 Septiembre 2007 | 09:35 PM

Gracias a todos por pasaros...

Besos y abrazos.

lo dijo Beatriz Acha 20 Octubre 2007 | 06:56 PM

como te he dicho en MUJERES COMO LAS DE ANTES, ¡¡¡OLÉ!!!

Los stilettos, para mayor fetichismo, con correa; para mayor elegancia, con tacón finísimo y, según Blanick, a pelo (es decir, sin media)

lo dijo Carmela a la señorita Beatriz Acha 20 Octubre 2007 | 06:59 PM

Como unas buenas chirucas no hay nada. Además: "La elegancia en las buenas costumbres no tiene nada que ver con la delicadeza de los sentimientos". !Entérate!

lo dijo acuario 22 Octubre 2007 | 10:44 AM

me encantan los tacones...sientes un no se que cuando te los pones...claro no puedes ponertelo a todas horas y todos los dias...por que sino terminas como mi jefa con los pies desfigurados y llenos de juanetes....se ven horrorosos

lo dijo FERRAN 5 Febrero 2008 | 12:24 PM

Hola Cris! Me ha encantado tu comentario, y no hay nada más bonito y sensual que una chica calzando unos tacones de aguja, y si son botas altas aún mejor, su contoneo, su forma de andar, elegante, con seguridad en ella misma, su casi perder el equilibrio, su sonido tocando con firmeza el suelo y conseguir que casi todo el mundo se gire para contemplar su mivimiento, tanto hombres como mujeres..., también soy de Barcelona, y me encantaría conocerte calzada en uno de tus atrevidos zapatos. Una forta abraçada! Adeu! Ens veiem?

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