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Desde el bar de la esquina

TU NE CEDE MALIS, SED CONTRA AUDENTIOR ITO

MELCHOR MIRALLES TAMPOCO MATÓ A LIBERTY VALANCE

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de entrevistar a Melchor Miralles, el hombre encargado de la investigación periodística más importante de nuestro país en los últimos años. El único que llevó el caso GAL de principio a fin, dejándose por entre las teclas de su máquina de escribir un sesudo trabajo, una insoportable presión y un humanísimo miedo.

Como en la entrevista anterior llegué con cierto retraso, en esta tomo precauciones y llego lo suficientemente pronto como para desayunar un algo de tortilla y una caña junto con mi compañero Arturo, en el bar de la esquina. Entre bocado y bocado, sin dejarnos distraer demasiado por el escote justo por encima de la rodilla y la falda por debajo justo del escote de la muñeca morenaza y asiliconada del fondo, redactamos y nos repartimos el cuestionario definitivo, comprobamos las pilas de la grabadora y tiramos un par de fotos para probar la cámara. A eso de las doce menos cinco pagamos los 12 eurazos que debemos y nos dirigimos a las oficinas de El Mundo.

Al ir acercándonos escucho unos ruidos como de pelotas de tenis y ya en la puerta alcanzo a ver las pistas de pádel que asoman en la azotea, lo que unido al nombre del edificio –Abasota- me hace inmediatamente caer en la cuenta de que allí era donde Pedro Jota se batía en duelo con aquel Aznar que ejercía entonces de Faraón del reino. “La de cosas que se habrán decidido entre esas redes”, comentamos.

Nada más abrirse la puerta del ascensor nos encontramos en medio de un montón de mesas y ordenadores, gente corriendo de un lado para otro, blancas pizarras llenas de flechas, nombres y datos, teléfonos vibrantes y un amplio ventanal que ilumina la sala. Vemos al fondo venirse hacia nosotros a una mujer que suponemos es la secretaria de Melchor. Efectivamente, nos saluda y nos dirige a una pequeña sala de estar presidida por la famosa portada a cinco columnas en la que Felipe González aparece fotografiado dentro de la Audiencia Nacional. Al margen, una dedicatoria cariñosa de parte del fotógrafo. Diez minutos después, Melchor Miralles sale de su despacho y nos pide que entremos.

El despacho es grande y con mucho color saltando de los ladrillos desnudos de las paredes, los cientos de tazas que pueblan las estanterías, las claquetas con los nombres de las pelis de Melchor, algunos libros descolocados, un par de sofás, dibujos infantiles y una enorme pantalla de ordenador. Uno esperaba más una sala sobria y llena de portadas a modo de cabezas de león en los salones de los grandes cazadores, y se encuentra con lo que más parece el piso de los chicos de Friends. Claro que también esperábamos a un tipo serio y ocupado, y nos encontramos con un hombre sencillo, simpático y descorbatado que nos trata como a dos colegas y nos dedica algo más de una hora de su tiempo. “Soy un simple periodista”, dice él.

Precisamente a un simple periodista fue a quien contó la historia de su vida el hombre que mató a Liberty Valance. Aquél que llegó al pueblo de Shinbone cargado únicamente con el reloj de su padre muerto, una maleta llena de leyes y la ilusión por ejercer el oficio de la justicia y se encontró con un hombre oscuro y malencarado que antes de que bajase de la diligencia le había robado todo cuanto tenía y lo había dejado medio muerto a latigazos en una cuneta cualquiera. John Wayne se lo advirtió: “muchacho, aquí los hombres resolvemos los problemas por nuestra cuenta. Cómprese una pistola o salga corriendo, pero déjese de leyes”. El abogado, sin embargo, confiaba en la ley y no dejó amilanarse, que fue justamente lo que hizo Melchor Miralles: echarle los huevos necesarios y confiar ciegamente en que al final se haría justicia. Que ganarían los buenos, o sea, sin necesidad de tirar de pistola o poner pies en polvorosa.

Le pregunto y me cuenta que siempre fue consciente de lo que tenía entre manos, de que aquello llegaba hasta el punto más alto, hasta el macho alfa de la manada, hasta la mano que mueve los hilos. Precisamente por eso, molestaba tanto lo que hacía. Precisamente por eso, además de una paliza de la canalla etarra, de sentir el cañón de una pistola terrorista bailar al ritmo de los latidos de la propia sien, de salvarse por los pelos cuando la muerte le estaba esperando en casa, a la hora de la cena, tuvo que aguantar la negrísima presión del entorno gubernamental y el servicio de inteligencia del Estado, que luego se demostró que le tenían controlado hasta los rotos de los calcetines. Algo parecido sucedía con Antonio Herrero, que contaba por las mañanas en la radio todo lo que Melchor y los suyos iban averiguando sin cortarse un pelo, lo que le llevó a acudir cada madrugada a la cadena con una pistola en la guantera, un rifle sobre las rodillas y un coche de policía, pegado al parachoques del suyo. Tal era la situación a la que llevaba el trabajo de Melchor quien, sin embargo, no ha portado más arma en su vida que la pluma y las cintas de la grabadora. Un loco inconsciente, vaya, que ha tenido la suerte de vivir para contarlo.

La misma suerte que tuvo James Steward en el western de John Ford cuando, ganada ya la simpatía del pueblo entero, y harto ya de estar harto de las tropelías del oscuro cowboy, dijo aquello de “decidle a Liberty que aquí le espero”. No es que al final escogiera la pistola como medio de solución de conflictos, sino que la paliza al director del periódico local y el consecuente destrozo de la redacción colmó la gota de un vaso que venía desbordándose desde hacía mucho, lo que le llevó a echarse en los brazos de una muerte segura, pero digna y llena de solemnidad. Poco tardó el malvado vaquero en salir a la calle entre grandes risotadas. El primer disparo se lo dio en el brazo y el segundo en la pistola. Cuando nuestro hombre acababa de recogerla se decidió a apretar el gatillo por tercera y última vez cuando, por sorpresa, éste disparó casi desde el suelo y Liberty cayó muerto, con un balazo entre ceja y ceja.

No fue un balazo lo que se llevó Felipe González y toda la cúpula de su gobierno. Para tiros los treinta que dieron ellos. Sin embargo, Melchor Miralles consiguió encarcelarles a todos entre barrotes de distinto calibre. A algunos, los más, entre barrotes de acero. A otro, acaso el más importante, entre los eternos e infinitos barrotes de papel de las hemerotecas. La portada colgada en su sala de espera lo atestigua. Los hechos y los datos, también.

Entre pregunta y pregunta nos va desvelando, al hilo del caso GAL, las aventuras y desventuras que tuvo que correr, la catadura moral de distintos compañeros, la postura repugnante de la clase política y la opinión pública “que sólo se escandalizó cuando demostramos que, además de matar, robaban”, la enorme responsabilidad que sentía a la hora de sentarse a escribir lo que sabía, el momento en el que se vieron sin periódico en que escribir, la posterior fundación de El Mundo y los entresijos de la profesión periodística y la investigación en general: “el periodismo de investigación es tocar cien veces en una puerta, que te digan que no, y tocar ciento una”.

Así fue como pasó a la historia como el hombre que descubrió el terrorismo de estado en España, de la misma manera que aquél humilde y tenaz abogado lo hizo como el hombre que mató a Liberty Valance, a pesar de que en la última escena nos enteramos de que el tiro de gracia verdadero lo hizo un John Wayne camuflado entre las sombras. Ese secreto no impidió el cultivo de su fama. Una fama que sí es completamente cierta y merecida en el caso de Melchor, quien tampoco mató a su propio Liberty Valance particular, pese a salir igualmente vencedor.

Al terminar la entrevista y sentir el aire limpio y en paz de la calle, uno no tiene por más que preguntarse si verdaderamente es justo que aparezca el mismo título en la tarjeta de visita de los hombres y mujeres como Miralles, esos que se dejan la piel y hasta la vida misma por contar lo que ven en un trozo de papel, que en la de las fulanas y los bufones que se encargan de airear las sábanas de cualquier personajillo de turno, ajenos a todo tipo de riesgo, de peso, de enjundia.

PD: Aquí, la entrevista: 1, 2 y 3.


2 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo chema 21 Octubre 2007 | 01:49 PM

Sí, pero se te olvida decir que este señor fue de los artífices de la absurda teoría de la conspiración en torno al 11-M, y lo peor es que-pese a las evidencias-sigue empeñado en ella.

Y está muy bien lo de los GAL, pero no se puede vivir de las rentas, como lo está haciendo, por cierto, el gran enemigo de Miralles: ZP.

lo dijo Juanjo 21 Octubre 2007 | 02:09 PM

Bueno, chema, yo no hablo más que del tema que fui a tratar con él. Y respecto al 11m, creo q hay de todo menos evidencias. Personalmente, me perdí hace tiempo, así que ni quito ni pongo rey...

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