NOCHE DE REYES
Ya vienen los Reyes por los arenales, ya le traen al Niño muy ricos pañales, ya le traen al Niño muy ricos pañales, ya venían los Reyes y yo quería verlos, queríamos verlos todos lo que estábamos allí, pasando frío en una Puerta del Sol, toda ella muy llena de luces y árboles y nieve y vaho, toda ella más plaza que nunca, más prieta y menuda que nunca de tantos como estábamos allí queriendo ver a los Reyes que venían ya por los arenales a traerle al niño muy ricos pañales, ya vienen, ya vienen, pero los Reyes no venían, o se retrasaban, entretenidos como estarían saludando a todos los niños que habían elegido un puesto más temprano en el trayecto de su cabalgata hasta la Plaza Mayor, reteniéndoles contra el reloj de nuestras ansias de azúcar, que era el reloj blando y amarillo que nos saludaba desde su altura de luna, con sus manillas negras, gordas y torponas que hacía unos días habían servido de batuta a la entrada del nuevo año por televisión, esa entrada como de coreografía y prisas y uvas doradas que a mi cada vez me costaba más tragar al son, menudo y chisposo, de esas mismas agujas que ahora giraban plomizas y tristes, como queriendo hacernos rabiar, tal que mamá y papá cuando me escondían los regalos del cumpleaños haciéndome creer que se les había olvidado, de verdad cariño, cómo se nos ha podido olvidar, pero yo sabía que no y que en breve vendrían, del brazo por el pasillo, cargaditos de juguetes, cargaditos de juguetes para el niño de Belén, olé, olé, olanda y olé, olanda ya se ve, ya se ve, como ya se veía la primera carroza y detrás se adivinaba la presencia mágica y total de los Reyes de Oriente, cada uno con su ejército de pajes y camellos, con sus regalos a cuestas y sus anchas barbas largas, llenas de sol y viento del camino, ya se ven, ya se ven, y entonces llovían caramelos y bombones y seres extraños, con carne y hueso en sueño y fantasía, saludaban desde sus dorados carruajes y gritaban ya vienen los Reyes por aquel camino, ya le traen al Niño sopitas con vino, ya le traen al Niño sopitas con vino, pero a mi eso de las sopitas con vino no me gustaba nada y lo que quería era ver a los Reyes y tratar de adivinar, por entre los paquetes envueltos de magia y lejanía, todos los regalos que yo les había pedido en una carta de esmerada caligrafía verde sobre enhiestos renglones invisibles, queridos Reyes Magos, como ya sabréis este año he sido bastante bueno, porque uno trataba siempre de ampararse en la enorme cantidad de niños en el mundo como para que justo fueran testigos de alguna de mis travesuras, mamá, mamá, tú cuántos niños crees que habrá en el mundo, porque yo creo que por lo menos muchos, muchísimos incluso, y mamá me decía que sí, que no te preocupes, cielo, porque el carbón sólo es para los niños muy, muy malos que no hacen caso de sus papás, ya vienen los Reyes, ya vienen los Reyes, ya estaban aquí, campanitas verdes, hojas de limón, la Virgen María, madre del Señor, y todos saludábamos con la mano y gritábamos sin gritar, con un silencio temeroso de murmullo, porque no sé a los demás pero a mi los Reyes Magos me inspiraban ternura y cariño largamente, pero a la vez no negaba sentir un algo de miedo hacia lo desconocido, hacia una cosa que no me explicaba muy bien, y yo les miraba a los ojos y a las barbas y a las coronas, todo cada año más brillante, y al final resulta que cuando se habían ido ya no me había acordado de buscar mis regalos por entre los cajones de los pajes, olé, olé, olanda y olé, olanda ya se fue.
Se fue, como se habían ido ya los Reyes sin que yo los llegara a ver bien, tan bien al menos como los había visto otros años, cuando mi padre me subía a caballito, ven, corre, súbete, ya verás qué bien los ves, toma qué alto eres, sí papá, muy bien, y yo los veía estupendamente por sobre el mar de cabezas peludas que acababa de vencer, gracias a mi padre, mi padre, que se había ido también hacía pocos días, no sabía yo por entonces para cuánto tiempo, y que hoy no estaba aquí para elevarme y subirme a caballito porque se había ido, o se lo habían llevado, no sabía, que es lo que me decía mi madre y todo el mundo, que a papá se lo habían llevado unos angelitos buenos para curarlo en el cielo, que tienen mejores hospitales, con camas de nube y espumillón y bueyes y mulas como las del Portal de Belén, con su estrella, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño que está en la cuna, pero mi padre no estaba, qué pena, para que viese a los Reyes como otros años y no sabía yo si tardaría en volver, porque le había visto muy malito hacía unos días, tosiendo una sangre muy roja y muy suave y muy brillante que se le venía desde lo más hondo, manchando unos pañuelos blandísimos y blanquísimos que hacían la sangre aún más roja y más suave y más brillante, pero mira cómo beben los peces en el río, pero mira cómo beben por ver a Dios nacido, como quería yo que papá se volviese a beber su sangre para que no se secase por dentro, que eso me atormentaba a mi, y eso pensaba que le estarían diciendo los angelitos en el cielo, de donde mi primo Antoñito me decía que ya no se volvía nunca, porque mi padre se había muerto y los muertos se iban para siempre, y yo ya no quería jugar más con él, y me iba otra vez a mi casa a jugar solo, a esperar a que papá volviera, porque vivir es ver volver, volver, siempre volver, o eso creía yo, beben y beben y vuelven a beber, los peces en el río, por ver a Dios nacer, y una vez en mi casa quería volver a la casa de Antoñito para pegarle, o tirarle una piedra, o escupirle en la cara, no sé, algo, y sobre todo subir a su casa con papá de la mano para decirle mira tonto, mi padre ha vuelto, ahí te quedas, y soñaba otra vez, cantando con mi madre unos villancicos que a ella le hacían llorar mucho, la Virgen está lavando y tendiendo en el romero, los pajarillos cantando, y el romero floreciendo, pero que a mi me parecían muy bonitos, la Virgen se está peinando entre cortina y cortina, sus cabellos son de oro, el peine de plata fina, y se los cantaba a mamá con mucha alegría y mucho brinco de pandereta, la Virgen va caminando por entre aquellas palmeras, el Niño mira en sus ojos, el color de la vereda, y solo uno no me gustaba y lo pasaba siempre, justo antes de que mamá lo adivinase también, la Nochebuena se viene, tururú, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos, tururú, y no volveremos más, que era lo que Antoñito decía que pasaba con mi padre, mi padre, que se había ido, o se le habían llevado, no sabía, y que no había podido subirme a caballito para ver bien a los Reyes Magos.
A mamá le dije al volver a casa que los había visto muy bien, pero no era verdad, mi tata Carmen no podía, la pobre, subirme a hombros, y de haber podido de poco hubiera servido, pues no levantaba más allá de metro y medio del suelo, pero a mamá le dije que todo muy bien, que estaban muy guapos, por no hablarle de papá y ponerle triste diciéndole que con él los veía mucho mejor, y le dije que había visto todos mis regalos, lo cual que mentí también, pero ya por entonces sabía yo del curativo uso de la mentira como vacuna contra la vida real, casi siempre gris y polvorienta, siempre con su decepción a cuestas, la mentira como arte, la mentira como trinchera, la mentira como mundo de los sueños donde todo se cumple y todo se puede, y papá ya estaba sano y otra vez entre nosotros, adestes fideles laeti triumphantes venite, curado ya por esos angelitos que debían estar dándole a beber toda la sangre que echaba por la boca, el pobrecito, manchando los pañuelos de mamá, venite in Bethlehem Natum, videte regen angelorun, pero no le dije nada de papá porque se ponía muy triste, no sé si porque se creía lo del primo Antoñito o qué, yo en cambio estaba contento, acababa de ver a los Reyes Magos, y le dije a mamá que podíamos comer galletas con mantequilla, más por verla salir de la cama que por calmar un hambre que no tenía, pues me había comprado ya la tata Carmen unas castañas asadas, y me dijo que sí, venga vamos, cariño, a la cocina, ay del chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre pajas, y entonces yo le contaba a mamá todo lo que había visto, la cantidad de gentes y de niños que había por el centro, por lo menos muchos, muchísimos incluso, y lo bonito que estaba todo, tan preñado de luces y arbolitos de colores, con todos los bares abiertos, y todas las tiendas abiertas, y todos los ojos abiertos, como esperando que se cumplieran aquella noche todos los deseos, ay del chiquirritín, chiquirriquitín, queridín, queridito del alma, y viniera papá, como todos los años, a decirme venga, que ya han llegado los Reyes, corre a ver todo lo que te han dejado, a mi me goteaban las galletas de leche, y manchaba la mesa de la cocina, ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos, caminito de Belén, mamá lo limpiaba sin regañarme, estaba triste, pero más guapa que nunca, escuchándome todo lo que había visto con unos ojos muy grandes, y una sonrisa muy grande también, la leche me caía por la boca, ten cuidado, cariño, que te estás poniendo perdido el pijama, oh, blanca Navidad, nieve, una esperanza y un cantar, recordar tu infancia podrás al llegar la blanca Navidad, yo no recordaba, yo vivía mi infancia, sin saberlo, sin saber que también mi infancia se iría, como se había ido papá para no volver, como decía el primo Antoñito, porque la vida no es ver volver, como yo creía, sino un irse siempre, siempre, para no volver nunca, nunca, sin saber cuándo uno está yéndose del todo, somos los que se van, los que se van y no vuelven, yo terminaba bebiéndome la leche de un trago y sin respirar apenas, mira, mamá, de un trago, respira, cielo, respira, bueno y ahora a la cama, que si vienen los Reyes y te ven despierto se van, se van y no vuelven, ya vienen los Reyes Magos, ya vienen los Reyes Magos, y cuando me iba a la cama me preguntó mamá que si había conseguido hablar con los Reyes, como otros años, y yo le dije que no, que no había podido, bueno, no pasa nada, cariño, porque ellos pueden leer lo que tú piensas, que por eso son magos, oye, mamá, entonces tú crees que si me he olvidado de poner una cosa en la carta pero la pienso mucho y muy fuerte serán capaces de adivinarlo, yo creo que sí, hijo, yo creo que sí, que por eso son magos, y me acerqué a ella, le di un beso ancho y sonoro en la mejilla, y le dije tranquila, mamá, porque entonces papá estará aquí por la mañana, ya vienen los Reyes por los arenales, ya le traen al Niño muy ricos pañales, ya le traen al Niño muy ricos pañales.
9 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Como cantaba alguien en mi infancia..."El hijo de Dios nació en un pesebre, donde menos se piensa salta la liebre"...Un saludo.
Feliz Año!
Así sea.
Un texto largo pero muy muy bonito. Con mucho estilo y con enganche.
Todo un mundo de recuerdos de infancia.
Feliz Año
Precioso.
Precioso y muy tierno tu texto.La infancia.....que bonito ser niño.Un abrazo de pilar
Con mucho estilo.
Saludo.
Gracias.
Lindo tu texto, lleno de anécdotas muy simpáticas de la infancia
Gracias por compartirlo.
justo hoy día colgé en mi sitio algo de el origen de los reyes magos, y puse la misma imágen.
No sabía que tu habías tenido la misma idea.
Lo siento.
Pero que belleza, verdad?
Saludos








