Libro de Arena
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Diario de una despechada

El sexo es aquello que les queda a quienes no les alcanza el amor

Compartiendo a Marta en la cama

Por la mañana, Marta y yo despertamos después de la ajetreada noche que mantuvimos. Lejos de incomodarnos la una a la otra tras la situación no dejábamos de sonreírnos, las dos habíamos captado nuestra intencionalidad y que aquello no iría más allá de la de obtener mutuo placer y descubrirnos la una a la otra.

Aquella mañana, mientras me vestía, Marta me regaló una frase de Woody Allen, me dijo: “ojalá todos fuéramos bisexuales, porque así amaríamos a las personas y no a los sexos”. Creo que poco se puede decir ante esa frase salvo quitarse el sombrero.

Era el último día que pasaríamos en Madrid y había que aprovecharlo, ya al siguiente abandonaríamos la ciudad bien tempranito para reincorporarnos a nuestras vidas y rutinas con la mayor celeridad posible.

Por la mañana nos fuimos a pasear por el retiro, recorrimos el estanque en una barca mientras echábamos gusanitos a los peces, algunos de los cuales tenían ya un tamaño realmente considerable. Luego buscamos y nos hicimos fotos en el Palacio de cristal que siempre me ha maravillado tanto. Del Retiro salimos hacia el rastro, donde aprovechamos las últimas horas de la mañana para comprarnos alguna camiseta que llevarnos en el viaje de vuelta. Yo, además de eso, me compré una lámina de un cuadro que siempre ha sido mi favorito y que desde entonces cuelga en la pared de mi habitación, Sol Naciente, de Monet, el impresionismo es mi estilo predilecto.

Tras volver a tapear por La Latina dedicamos la tarde a recorrer el jardín botánico y sus esplendorosos árboles. Llegamos al hotel realmente cansadas de tanto andar y de lo poco que habíamos dormido la noche anterior. Aprovechamos para ducharnos juntas y dedicarnos una masturbación, la una a la otra, que hacía las delicias de nuestros clítoris.

Tras cenar en el hotel llegó la hora de salir de marcha por los bares de Malasaña. Elegimos una pequeña discoteca en la que el ambiente parecía estar bastante animado. Yo me decidí a llevar una minifalda con la que lucir mis piernas, fruto de mi orgullo, mi parte preferida de mi propio cuerpo, aunque no estoy descontenta con ninguna, de hecho todo lo contrario, puedo presumir de lucir un buen tipo y, como dicen algunos, de tenerlo todo muy bien puesto, en su justa medida y en su sitio. Marta llevaba unos vaqueros muy ceñidos que resaltaban la perfección de su culo, desde siempre todo el grupo hemos dicho que el culo de Marta era el más adecuado de la pandilla para lucir un vaquero. Por tanto, de cintura para abajo iba más discreta que yo, pero de cintura para arriba llevaba un escote que dejaba poco al a imaginación.

Antes de ir a Madrid, habíamos pactado no ligar con nadie, ya que al estar las dos solas, si llevábamos a alguien a la habitación la otra tendría que esperar a que la visita acabara, de modo que nos pareció que lo más razonable era dedicarnos ese fin de semana a nosotras y que los ligues podrían llegar en cualquier otro, claro que nunca imaginamos hasta qué punto nos lo íbamos a dedicar a nosotras mismas.

El caso es que en aquel bar pronto vislumbré a un chico que llamó poderosamente mi atención. Rubio, alto y espectacularmente atractivo. De manera inmediata a descubrirlo comencé a mirarlo, primero tímidamente, como quien no quiere la cosa, luego ya más descarada, haciendo que él también se fijara en mí. Marta andaba por otro lugar de la discoteca bailando primero con unos y luego con otros, poco a poco el chico se fue acercando a mí. Cuando llegó justo al lugar donde yo estaba se presentó con dos besos, dijo llamarse Nael, diminutivo de Natanael, y me invitó a una copa. Tras ella comenzamos a bailar, primero despegados, luego cada vez más cerca y luego agarrados el uno al otro mientras el de vez en cuando se atrevía a pellizcar alguna parte de mi piel y yo me dejaba hacer.

Justo cuando bailaba de espaldas a él rozando mi trasero por la parte alta de su pantalón Marta apreció la escena. Se acercó al lugar donde estábamos, me llamó y tras hablarme al oído salió del bar. Yo regresé con Nael, fuimos al servicio de caballeros, mucho más desocupado que el de chicas, donde ya se apreciaba la típica y abundante cola que tenemos que soportar cada noche de fin de semana para hacer nuestras necesidades, entramos en un excusado, cerró la puerta, me senté sobre la taza del water y después de bajarle la cremallera del pantalón comencé a darle una mamada con toda la soltura y rapidez de movimientos de la que fui capaz.

Nael gemía de placer pero justo cuando adiviné el momento en que iba a empezar a llegar su orgasmo paré. Sorprendido me preguntó qué hacía, me puse de pie y le dije en un susurro: -Tranquilo, te espera algo mejor, mi amiga ha cambiado de bar y me ha dejado la habitación del hotel-.

Ni siquiera se lo pensó, volvió a introducir su polla en el pantalón y rápidamente nos marchamos al hotel mientras por las calles nos besábamos apasionadamente. En el ascensor del hotel Nael comenzó a acariciarme mi sexo por debajo de mi minifalda, pero no era consciente de lo que le esperaba…

Abrí la puerta de la habitación, pasé y al entrar él pudo distinguir su sorpresa. Sobre la cama, de frente a la puerta, desnuda y con sus piernas abiertas Marta nos esperaba mientras se masturbaba lentamente. Al vernos entrar levantó un poco su cabeza, nos miró y me dijo… “Cómemelo”. Sonreí a Nael y rápidamente obedecía la orden de Marta, me arrodillé en el suelo y empecé a lamer su clítoris mientras que de vez en cuando introducía mi lengua en el interior de su vagina. La cara de Nael era un poema, nunca se había visto en una mejor, se desnudó y comenzó a hacerse una paja mientras yo lamía el sexo de mi amiga, quien con un gesto invitó a Nael a acercarse. Éste se dirigió hasta mí y Marta rápidamente le dijo que yo estaba ocupada, de manera que Nael se subió a la cama e introdujo su sexo en la boca de Marta.

Sin que ni siquiera hubieran llegado a desnudarme yo ya estaba profundamente mojada. Marta cesó en su tarea, me desnudaron entre ambos y me subí en la cama. Mi amiga comenzó entonces a devolverme el favor con su lengua sobre mi sexo mientras que Nael introdujo el suyo en la vagina de mi amiga estando ésta a cuatro patas mientras me lamía.

Luego fui yo la penetrada en esa misma posición en la que me encontraba, con Nael dentro de mí y Marta sobre mi cabeza pasando su sexo sobre mi boca, el cual yo lamía con la dificultad que producían mis gemidos de placer.

Para finalizar fue Nael quien se tumbó en la cama y Marta la que empezó a cabalgarlo mientras yo abría mis piernas en su cara de frente a Marta acariciando sus tetas. Así llegamos los tres a un intenso orgasmo al unísono que hizo que acabáramos tumbados en la cama simplemente respirando durante varios minutos.

El resto de la noche lo pasamos igual. Se notaba que Nael quería aprovechar la oportunidad y en cuando conseguía empalmarse de nuevo volvíamos a la acción, durante sus descansos éramos Marta y yo quienes jugábamos para aumentar su excitación y acelerar su erección.

Fue una de las noches en las que más he disfrutado en mi vida, aunque me costó pegarme prácticamente tres días tirada en el sofá a mi regreso a casa.

Descubriendo el sexo con otra mujer

Ya os he hablado de Marta, una de las tres amigas con las que me fui de viaje a El Bosque donde tuve la oportunidad de desvirgar a aquel chico que me acompañó a mi habitación.

Desde hace años, Marta y yo teníamos pendiente un viaje a Madrid, pero nunca habíamos tenido la oportunidad de realizarlo, primero con el cabrón de mi ex novio, que se negaba a que me fuera de viaje sola con ella y luego con el trabajo de Marta, que la ocupaba seis días a la semana y hacía imposible que nos pudiéramos pegar una escapadita de más consistencia que un fin de semana en la sierra.

Aprovechando que la crisis llegó al trabajo de mi amiga y ella misma contribuyó a seguir aumentando las listas del paro de este país, aprovechamos para planear un viaje a la capital ya que después de mi ciudad sea la que seguramente mejor conozco por las veces que fui allí con mi ex, ya que casi toda su familia vive en Madrid.

Cogimos el AVE en Sevilla tempranito y a las 8'30 de la mañana ya íbamos camino de Madrid en esa maravilla de transporte en el que cómodamente te plantas en Atocha en dos horas y media, de modo que a las 11 de la mañana ya estábamos en nuestro destino. Nos tomamos un café en la estación antes de empezar a caminar. Habíamos elegido un hotel céntrico, en plena Gran Vía, con cuatro estrellas para sentirnos caprichosas por un día y para poder desplazarnos a pie por la ciudad sin necesidad de utilizar el metro que cada vez está mas lleno de carteristas y que pone mi claustrofobia a punto de explotar a cada paso, además, una maravilla de ciudad como Madrid no se merece que te pases la mayor parte del tiempo bajo tierra. Su multiculturalidad, sus locales, sus grandes avenidas y sobre todo sus barrios se merecen que pasees por cada rincón.

Dejamos las maletas en el hotel y bajamos hasta el paseo del Prado para visitar el museo. Tras soportar la cola de entrada pacientemente nos adentramos en sus salas y galerías ante muchas de las obras de arte más representativas e importantes de la historia. Pasamos casi toda la mañana allí y terminamos la visita justo cuando ya iba llegando la hora del almuerzo, hora ideal para visitar el Madrid de los Austrias y hacer un recorrido por los bares de La Latina, lugar privilegiado para salir de tapas en la capital del reino.

De La Latina fuimos hasta la plaza mayor, en donde recibimos la típica y consabida, aunque no por ello menos dolorosa, puñalada trapera en forma de precio de café, aunque la belleza y el magnífico ambiente de la plaza bien merecen la pena. Después del café en la plaza mayor paseito y visita al Templo de Debod, situado en uno de los pocos altos de Madrid y lugar privilegiado para ver los atardeceres de esta ciudad.

A la vuelta, foto típica en la plaza de España junto al quijote y regreso a la gran vía pasando por la casa del libro, situada justo enfrente de nuestro hotel y en cuyos pasillos y plantas me pierdo durante horas cada vez que voy a Madrid. De aquella visita me traje "Te llamaré Viernes" de Almudena Grandes y "Entre visillos" de Carmen Martín Gaite.

Luego subimos al hotel y empezamos a prepararnos para hacer noche por los bares de Chueca y Fuencarral, sin embargo nuestros planes se torcieron...

Para ir aligerando, primero fue Marta la que entró en la ducha y nada más salir empezó a pintarse frente al espejo del baño mientras que ahora era yo la que me duchaba tras la cortina. En un momento que no supe determinar, mientras me enjabonaba escuché como la cortina de la ducha se abría de un sólo tirón y frente a mí la mirada de Marta extendía una sonrisa que yo nunca había podido distinguir antes en sus ojos.

Sin decir nada dejó caer la toalla que cubría su cuerpo y se arrodilló justo delante de mí sin que yo hiciera ningún gesto ni me atreviese a moverme, acercó su cara a mi cuerpo y comenzó a repasar con su lengua cada lugar, cada entresijo y cada rincón de mi sexo, ante lo que sólo pude abrir un poco más mis piernas mientras dejaba reposar mi espalda contra la pared dando a Marta una amplitud de campo que ella sabía aprovechar a las mil maravillas provocándome oleadas de placer como nunca ningún hombre había sido capaz de provocarme mediante el sexo oral.

Cuando mi placer mas se acentuaba y más hinchado se encontraba mi clítoris, Marta se puso en pie, agarró mi mano y me llevó hasta su cama, en donde me tendió y continuó con su tarea de propocionarme placer infinito. Marta iba adivinando las fases de mi orgasmo y cuando ya estaba a punto de acabar añadió un dedo dentro de mí a su lengua sobre mi clítoris. La explosión de placer fue inigualable, gritaba, aumentaba mis gemidos, agarraba las fuertemente las sábanas de la cama, me retorcía de gusto sobre el colchón con el impresionante orgasmo que Marta me acababa de regalar.

Cuando volvió la calma a mi cuerpo nos sentamos, yo no conocía aquella faceta de mi amiga, de hecho siempre la había visto con chicos y entonces me confesó que era bisexual, pero que disfrutaba más con las chicas, así que ante esa confesión no pude hacer otra cosa que bajar con mi cabeza hasta su entrepierna y devolverle con mi lengua el placer que ella me había dado con la suya.

Osorio, el socio de mi padre.

Tres encuentros más mantuvimos Ahmed y yo hasta que decidí no volver a meterme en su cama después de cuatro polvos de ensueño con el poseedor del pene con mayor tamaño que he probado hasta la fecha. Si debo ser sincera diré que me dio miedo seguir follando con él y terminar engachándome y acostumbrandome a su sexo, como ya dije en uno de mis posts anteriores, huyode cualquier tipo de relación que me comprometa a más que algunas noches de sexo.

Después de acabar mi historia con Ahmed me decidí a pasar un tiempo de descanso, otro de mis miedo por entonces era el de acabar convirtiéndome en una ninfómana sin remedio, así que decidí hacer un parón em is actividades de despecho.

Había pensado en comprarme un coche, así que mi padre me dijo que por la tarde me pasara por el concesionario, ya que hace bastante tiempo montó uno en el pueblo junto con su mejor amigo de toda la vida, Osorio, un amigo fiel que pasaba por una mala época después del divorcio de su mujer y que pasaba los días enteros en el concesionario para evitar que su cabeza comenzase a dar vueltas.

Justo antes de pasar por el concesionario tuve la idea de parar en el centro comercial, entrar en alguna tienda de ropa y comprarme algún trapito con el que terminar de alegrarme el día junto con el coche si al final me decidía a comprarlo. Cuando iba por las calles del centro comercial pude ver a mi ex, iba agarrado de aquella chica con la que le encontré en la cama el día que descubrí su infidelidad. Supe que ambos me vieron también pero ni siquiera quisieron mirarme, no sé si por indiferencia o por vergüenza, pero tuve la tentación de pararme y pasarle a aquel cabrón la dirección de este blog para que vea que yo también he aprendido mucho de nuestra ruptura y que ahora disfruto del sexo mucho más de lo que lo hacía con él.

Tras el cabreo inicial de aquella visión me dio un bajón como hacía tiempo que no me daba. No podía dejar de pensar en los años que estuvimos juntos, en cada día junto a él y en nuestro piso compartido, el hogar de nuestros sueños que ahora compartiría con ella. Salí de aquel centro comercial y me dirigí al concesionario no para mirar el coche, que ya se me habían quitado las ganas, sino para refugiarme en el abrazo de mi padre, mi gran consuelo desde niña y mi gran héroe y protector.

Al llegar me encontré con Osorio, me comentó que mi padre había salido y que era posible que no volviera, pero que le había dicho que yo pasaría a lo largo de la tarde para mirar un coche que tenía reservado para mí. No pude decirle que no a Osorio y tampoco quería desahogarme ni ponerme a llorar allí con él pese a que ambos teníamos una gran confianza, siempre había sido el mejor amigo de mi padre y desde pequeña lo recuerdo en casa, ha sido casi como un tío para mí y siempre le he guardado un gran cariño.

El coche que mi padre había elegido era un Toyota Auris. Osorio me hablaba de sus prestaciones, de su potente motor y sus prestaciones de seguridad que lo hacían ser uno de los coches más seguros del mercado, pero sobre todo me destacaba la comodidad y el espacio desde el que estaba construido el coche. Era verdad, pocas veces había sentido tanto espacio dentro de un vehículo, la amplitud del espacio era lo mejor de aquel coche.

Me invitó a entrar y sentarme en el asiendo del conductor. Aún parada, con las manos en el volante me gustaba aquel coche, sin embargo no podía dejar de pensar en mi ex, su recuerdo me impedía disfrutar del sueño de tener el Auris para mí. Osorio seguía hablando pero yo ya era incapaz de seguir su conversación, sus palabras me parecían un lejano eco que no era capaz de distinguir hasta que una lágrima cayó por mi mejilla y el discurso de Osorio quedó vacío, silenciosamente sorprendido.

Me miró fijamente y me preguntó si me pasaba algo, yo no pude contestar nada pero las lágrimas cayeron ya por ambos lados de la cara. Osorio se acercó y me abrazó. Sin que yo le dijera nada adivinó el motivo de mi llanto y trató de consolarme diciendo que no merecía la pena que llorase por aquel hijo de puta igual que no la merecía que el lo hiciese por la otra hija de puta de su mujer.

Me acariciaba el pelo y me besaba la cabeza tratando de consolarme. Sin querer, cuando trataba de recomponerme y salir de su abrazo mis ojos pasaron por su entrepierna y pude comprobar a través de su pantalón como una terrible erección ejercía presión sobre la tela. Pegué un respingo sorprendida de ver que a una persona de su confianza le pasara aquello conmigo. Rápidamente se dio cuenta y me pidió perdón por la situación, me confesó que desde que su mujer lo había dejado plantado hacía seis meses no había vuelto a tener sexo y que ya cualquier cosa lo excitaba.

Le sonreí en una mueca de comprensión y esta vez fui yo quien le ofreció mi abrazo para hacerle ver que quedaba olvidado, que no había pasado nada, pero mientras lo abrazaba comencé a sentirme excitada, intentaba imaginar cómo sería el sexo de Osorio a través de la presión en su pantalón. Me asaltaba la idea de follar con un hombre casi veinte años mayor que yo, así que justo antes de soltarnos del abrazo una de mis manos se dejó caer hasta su entrepierna y hasta vez fue él quien pegó el respingo.

Yo me llevé un dedo a los labios mostrándole con mi gesto que guardase silencio, que no pasaba nada. Osorio se dejó hacer, bajé la cremallera de su pantalón y metí mi mano en su interior agarrando fuertemente su polla, a la que hice salir a través de la abertura de su cremallera. No era tan portentosa como la de Ahmed, pero sin duda apetecible. Ni corta ni perezosa, desde el asiendo del conductor me agaché hacia Osorio para comenzar a propinarle una dulce mamada a mi copiloto. Apenas pude hacerlo durante dos minutos, por que rápidamente Osorio me invitó al asiento trasero y le obedecí como una niña de 5 años obedece al maestro que la manda dibujar.

Subí mi falda, me quité las bragas y abrí mis piernas comprobando de verdad la amplitud y comodidad del Toyota Auris. Osorio casi saltó desde el sillón delantero e introdujo su pene dentro de mí que, acostumbrada como estaba al de Ahmed, no tuve problemas para recibirlo en mi interior. Osorio se movía en mi interior con la sabiduría y perfección de las personas maduras curtidas en mil batallas haciéndome descubrir lejanos horizontes de placer y así estuvimos engachando el uno al otro hasta que ambos acabamos en un orgasmo mutuo y al unísono que casi hizo temblar los cristales del Auris.

Menos mal que desde que empecé mi relación de sexo con Ahmed me aficioné a tomar la píldora anticonceptiva, porque Osorio vacío en mi interior todo el contenido de sus testículo acumulado durante meses, nunca me habían llenado tanto como lo hizo Osorio y a punto estuvimos de pringar todo el asiento trasero de aquel coche que yo ya había decidido quedarme.

Porque amigas, no es mi intención hacer propaganda, pero si queréis follar a gusto dentro de un coche compraros un Auris y olvidaros del espacio.

Del cibersexo al sexo con Ahmed

He estado unos días perdida en los que he encontrado alguna aventura que próximamente os contaré, pero ahora continuaré con la historia de Ahmed que os empecé a contar la vez anterior.

Como ya os dije, el cibersexo con Ahmed se convirtió en práctica habitual, hasta el punto de pasarme el día esperando la llegada de la tarde, cuando después de comer volvía de sus clases y comenzábamos nuestras sesiones de masturbación mutua mientras ambos nos mirábamos con deseo.

Tras una de ellas Ahmed me preguntó cuando podríamos hacer realidad todo aquello con lo que fantaseábamos. Excitada después de nuestra sesión, cegada por el placer y ansiosa por sentir la dureza de su miembro dentro de mí le propuse quedar a la semana siguiente para tener nuestro primero encuentro de sexo real. Decidí ser yo la que se desplazara por miedo a encontrarme con conocidos o tener que responder a preguntas incómodas, pero Ahmed pensó lo mismo, de manera que nos decidimos por territorio neutral y elegimos Sevilla capital como lugar de nuestro encuentro.

Al miércoles de la semana siguiente cogí el tren y me dirigí a Sevilla. Ahmed me esperaría en la estación de Santa Justa, donde al llegar rápidamente lo reconocí. Aún teniéndolo delante de mí vestido de normal no podía dejar de imaginarme su cuerpo desnudo. Nos dirigimos al apartamento que habíamos alquilado para pasar el día y la noche en el barrio de Santa Cruz, que resultó ser un hermoso lugar para nuestro encuentro. El trayecto hasta allí se nos hizo eterno, colmados de excitación y ansia ni siquiera hablábamos deseosos de llegar para pasar a la acción.

Efectivamente así fue. Nada más entrar al apartamento Ahmed cerró la puerta y me estampó contra ella apretando su cuerpo contra el mío, besándome con una pasión que desbordaba mis sentidos, arrancándome la ropa a tirones hasta dejarla toda esparcida por el suelo. Nada más tenerme desnuda dedico un par de segundo a contemplarme, me agarró el pelo por detrás de la cabeza, me hizo ponerme de rodillas y cuando tuvo mi cara frente a su entrepierna me dijo:

- Chúpamela.

Acto seguido bajé la cremallera de su pantalón, metí mi mano en su interior y entre mis dedos pude comprobar el calor del monstruo creciendo en mi mano. Saqué su pene por la abertura de la cremallera y comencé a hacerle una fastuosa mamada, arte en la que me he convertido en una experta guiada por las palabras de Ahmed en el messenger indicándome como debía hacérsela y a través de ver videos y videos de actrices porno en acción.

Primero fue mi lengua la que recorrió su miembro, ante la incomodidad de poder hacerlo en toda su extensión, terminé de desabrocharle el pantalón hasta dejarlo caer y encontrarme con todo su pene en extensión dispuesto para mí y mi lengua, que se fue directa a sus testículos desde donde subía lamiendo hasta su glande una y otra vez hasta introducir todo lo que pude de aquel monstruoso miembro en mi boca. No llegaba ni a la mitad y su tamaño dentro me asfixiaba.

Ahmed me volvió a agarrar de la cabeza, me subió a la cama y me puso a cuatro patas antes de colocarse el condón. Me la metió de un sólo golpe, acto que me hizo estremecer de placer y dolor mezclado al no encontrarme lo suficientemente lubricada para recibir dentro de mí un miembro de semejantes características.

Me follaba salvajemente, entraba y salía de mí con una fuerza brutal. Yo sentía mi sexo totalmente lleno y no podía parar de gritar, el barrio de Santa Cruz al completo oiría mis alaridos. De repente sacó su sexó del mío y me dijo...

- Ahora te la voy a meter por el culito...

Al principio me horrorizó la idea, nunca lo había hecho por ahí y me encontraba aterrada ante su tamaño, pero no quería negarme, me exictaba al menos probarlo. He de reconocer que en esa faceta Ahmed tuvo sumo cuidado y la fue introduciendo muy poco a poco, pasaron minutos hasta q la tuve toda dentro de mí, eso sí, mientras mi ano se abría albergando a Ahmed el dolor a veces se hacía insoportable, Ahmed me hacía sustituirlo mientras a la vez que lo hacía masajeaba mi clítoris con sus dedos hasta que cuando lo tuvo todo dentro ya no hizo falta jugar más con él, ya que una fuerte dosis de placer inundó mi cuerpo justo cuando Ahmed comenzaba a moverse dentro de mí.

La cadencia de su movimiento, la dureza de su miembro y sus palabras de lujuria me hicieron llegar a un orgasmo como nunca he tenido mientras me masturbaba con Ahmed dentro de mi culo, poco después fue él quien derramó todo su ser en mi interior, quedando los dos extenuados tras un majestuoso polvo que me llevó a estar tres días sufriendo dolor en mi esfinter cada vez que me sentaba.

Esa fue la historia de mi primera vez que Ahmed en el sexo real, tras la cual pude comprobar que la típica frase que solemos decir de que el tamaño no importa no es más que un consuelo cuando no queda otra.

EXPERIMENTANDO CON EL CIBERSEXO

Cierto día, descubierto mi nuevo y desaforado apetito sexual, estaba dispuesta a poner algo de remedio en la intimidad de mi cuarto, normalmente, cuando eso sucede, cierro la puerta me desnudo y comienzo a acariciar primero mis pechos, luego voy bajando hacia mi sexo, el cual mis dedos recorren cada rincón con asombrosa maestría que me hace disfrutar sin la necesidad de otra persona, a fin de cuentas, como dice mi admirado Woody Allen, “la masturbación es la mejor forma de hacer el amor con la persona que uno más quiere”, no le falta razón a Woody.

Dispuesta a comenzar a desnudarme me hallaba cuando sobre mi escritorio me fijé en mi ordenador, el cual dejo largo tiempo encendido, aunque no esté en casa, mientras descarga alguna película con la que distraerme los fines de semana en que mis amigas no tienen ganas de salir. Como ya os dije, el cine es una gran pasión y ya me he vuelto a acostumbrar a disfrutarlo sola. Pero al fijarme en mi ordenador caí en la cuenta de una práctica sexual de la que mucho había oído hablar pero nunca me había atrevido ni siquiera a plantearme, el cibersexo. No sería mala idea, al menos, probar la experiencia.

Decidida a ello me alié con el Sr. Google, puesto que yo carecía de la información necesaria para conocer algún lugar donde realizar la práctica. Tras darle al “intro” descubrí que aquello no sería un obstáculo, nada más mostrarme los resultados aparecieron miles de páginas donde se ofrecía cibersexo. Al fin localicé un chat que no estuviese demasiado sobrecargado, aluciné con la cantidad de usuarios que según los canales hacían uso y disfrute de aquella práctica en ese momento. Me puse un nick ocurrente y me dispuse a buscar a algún usuario cuyo nick me atrajera, pronto descubrí que aquello tampoco sería un problema, porque por más que quise buscar no me dio tiempo, un aluvión de ventanas se abrieron en mi pantalla ofreciéndome aquello que yo iba buscando.

Al principio elegí a dos de las muchas personas que me abrieron ventana para luego ya ir seleccionando. Ante la imposibilidad de entablar conversación por las continuas interrupciones provocadas por aquellos que requerían mi atención, ofrecí mi Messenger a aquellos dos elegidos y los esperé en aquel lugar donde la comunicación privada sería más fluida. Ambas conversaciones con ambos chicos comenzaron igual, con las típicas preguntas, “de dónde eres” o “qué edad tienes”. Tras ellas decidí eliminar a uno de los dos chicos, el cual tenía 15 años más que yo y vivía en Galicia, la otra punta del mapa. El otro chico, sin embargo me atrajo más. Tenía mi misma edad y era de un pueblo de Sevilla que apenas quedaba a una hora del mío, me dijo que era marroquí pero que llevaba tres años en España, a donde llegó de manera legal para acceder a una universidad y unos estudios muchos más competitivos que los de su país.

Tras alguna otra conversación sobre hobbies y demás, comenzamos con el juego. Le dije que era la primera vez que hacía cibersexo y que no sabía qué rumbo tomar, él me dijo que simplemente me dejase llevar. Me preguntó cómo iba vestida y tras contarle hasta el último detalle de mi vestimenta, íntima y no íntima, comenzó una serie de frases en las que describía el proceso de desnudarme. Aquello comenzó a excitarme de sobremanera. Siempre que me masturbaba dejaba volar mi imaginación, pero aquello era como si tu imaginación fuese guiada, además, no paraba de pensar en la fama de bien dotados que poseen los musulmanes.

Ahmed, ya me tenía desnuda, y con sus palabras me propinaba en delicioso masaje oral en mi clítoris, yo me desnudé y comencé a tocarme suavemente. Presa por la excitación hice caso a mi compañero de juegos y me dejé llevar, dando un giro a la conversación tomé yo el mando, ahora era yo quien lo desnudaba y pronto me encontraba fantaseando y fantaseándole con su enorme miembro metido en mi boca.

Tras eso Ahmed me dijo que no podía más y que iba a encender su Webcam, que necesitaba masturbarse para mí, pero que yo no tenía por qué encender la mía si no lo quería, evidentemente no lo hice, hasta ahí no quería llegar la primera vez, aún era una situación que me avergonzaba siendo la primera vez que hablaba con él.

Al encender su WebCam puede comprobar que mis expectativas sobre las dimensiones de su miembro se encontraban altamente superadas. En la pantalla de mi ordenador podía ver a un chico marroquí, delgado pero con un cuerpo excepcionalmente constituido y un pene cuyo tamaño imponía pero cuyo grosor asustaba. Esa visión hizo que me mojase profundamente y mi masturbación comenzase a ser más alocada mientras él comenzaba con la suya para mí.

No podía dejar de imaginar aquel monstruoso falo entrando y saliendo de mi cuerpo, como me abría en dos con él y me ensartaba hasta llegar al máximo, hasta llenar toda la cavidad donde residía el placer de mis sentidos. De repente pensé que yo también le debía algo para el mucho placer que su visión me estaba dando, sin previo aviso encendí mi WebCam, Ahmed aceptó la invitación también sin decir más, y nada más aparecer la imagen de mi cuarto en la pantalla enfoqué mi cámara hacia mi depilada entrepierna, donde mis dedos jugaban hábilmente con mi vagina recorriéndola y saliendo y entrando en ella deseando ser el miembro de Ahmed.

Así, mientras me miraba, Ahmed llegó primero al orgasmo. Jamás olvidaré la imagen de aquel miembro endurecido expulsado semen a borbotones, con un blanco espeso que contrastaba con el moreno de su piel, ante aquella poderosa visión yo también llegue al orgasmo mientras me retorcía de placer imaginando todo ese semen estallando dentro de mi cuerpo.

Luego nos despedimos para ducharnos, ya había quedado literalmente empapada y a Ahmed la explosión de semen le había llegado hasta el pecho, ese día comenzó a constituirse en otro de mis compañeros de juegos.

Aquellas experiencia fue algo sorprendentemente placentero, una experiencia inolvidable que nunca me he cansado de repetir, ni con Ahmed ni con todo el que lo he hecho, sobre todo cuando además de hacerlo por el mundo cibernético luego lo hemos podido experimentar en el mundo real.

De juerga en El Bosque

Tras volver a casa del tórrido viaje con mi primo a Málaga, comencé a recuperar mi vida social y volví a restablecer la relación con mis amigas, sobre todo con las tres que quedaban solteras, Marta, Esther y Carmen.

Cada tarde salíamos a tomar café o nos íbamos de compras y pasábamos la tarde probándonos vestidos que, muchas veces, ni siquiera nos comprábamos. Durante esos cafés, mis amigas hablaban de sus fiestas y, algún lunes que otro, comentaban el polvo que habían echado el sábado por la noche, sobre todo Carmen, que era la más promiscua de todas por entonces, yo me moría de la envidia pero aún no me sentía preparada como para salir de fiesta un fin de semana, temía encontrarme a mi ex en cualquier pub.

En lo que a mí respecta, me preguntaban si después de dejarlo con mi novio me había acostado con alguien, yo contesté que sí, que había conocido un chico con el que había follado, pero nunca desvelé que había sido mi primo pese a la insistencia de sus preguntas sobre la identidad del chico en cuestión. Más allá de aquel polvo esporádico con mi primo lo que sí empezaba a primar en mi vida era la masturbación, arte en el cual me había convertido en una experta, ya que había empezado a usar faldas frecuentemente en casa, gracias a los kilos que perdí en la depresión se me quedaron unas piernas preciosas que sentía necesidad de lucir en todo momento. Por ello, en cualquier momento, en cualquier lugar de la casa donde me quedase sola, introducía mi mano por debajo de mi falda, apartaba un poco la tela de mi tanga (siempre he usado tangas, son más cómodos y en los pantalones ceñidos no dejan ver marcas de braguitas) y mi dedo comenzaba a jugar con mi clítoris hasta que mi sexo comenzaba a humedecerse, momento en el cual aprovechaba para introducirlo dentro y darme placer hasta hacer que me corriese de gusto.

Mis amigas decían que todo aquello estaba muy bien, pero que nada como el sexo compartido y que necesitaba salir con ellas "de caza". Cuando les conté lo de mi miedo a cruzarme con mi ex en algún pub ideamos una forma de que aquello no ocurriera, alquilaríamos al fin de semana siguiente una casita rural en un pueblo de la sierra, El Bosque, y saldríamos por allí de juerga hasta el lunes.

Y así fue, alquilamos una preciosa casa rural en el pueblo y allí nos fuimos. Quien no conozca los hermosos pueblos blancos de la sierra de Cádiz no debería dejar escapar más tiempo sin hacerlo. Pequeños pueblos con sus fachadas encaladas que hacen un hermoso contraste con el verde de sus montañas.

Llegamos el sábado por la tarde, compramos las bebidas para hacernos una botellona y comenzamos a prepararnos y vestirnos de la forma más provocativa posible para captar la atención del mayor número de hombres del pueblo.

Antes de entrar al pueblo hay un terraplen en el que los jóvenes celebran la botellona antes de irse de pubs por los pueblos cercanos. Al llegar allí hicimos un corrillo con nuestras bebidas y comenzamos nuestra juerga, pronto se nos empezaron a acercar chicos, que comenzaban preguntándonos de dónde éramos.

La mayor parte de esos chicos eran menores que nosotros, por lo que las expectativas se veían mal, pero aún no me explico cómo, de pronto vimos a Carmen morreándose con un chico que debía tener más o menos nuestra misma edad o un par de año más, sobre los 28 o 29. No faltó mucho hasta que nos anunció que se marchaba a la casa, donde no hacía falta adivinar lo que iba a hacer.

Tras la marcha de Carmen nos quedamos Esther, Marta y yo en aquel terraplén siguiendo con nuestra botellona. Se nos acercó un grupo de chicos que bajaban bastante de nuestra edad, entre 18 y 20 años, y Marta comentó que podía ser divertido jugar un poco con ellos y que se hiciesen ilusiones. Uno de ellos no me quitaba ojo de encima, sobre todo a mi escote, que lucía espectacular con el vestido azul que me había comprado esa semana y tras decidirme a no llevar sujetador, entre eso y que el frío de la noche comenzaba a marcar mis pezones aquel chico no apartaba la vista de mis pechos.

- ¿Te gustan? Se llaman Luci y Paquita.- Le dije.

- ¿No puedo darles dos besos?

Aquella respuesta y el alcohol que llevaba encima hizo que casi me meara de la risa. Aprovechando la música que un coche aparcado junto a nosotros brindaba para la botellona comencé a bailar con el chico. Sólo pretendía bailar y jugar un poco con él como había dicho Marta, pero en el baile empezamos a rozar nuestros cuerpos y mi excitación fue en aumento hasta que sin pensarlo le pregunté qué edad tenía, quería asegurarme que fuese mayor de edad.

- 20 años.- Me contestó.

Lo cogí de la mano y lo encaminé hacia la casita ante la atónita mirada de mis amiga, que no esperaban que me fuese al piso con alguien 6 años menos que yo, pero llegamos a la casa y nada más abrir la puerta nos recibieron como bienvenida los gritos de placer de Carmen mientras follaba con el chico que había cazado justo antes que yo.

Claudio, mi acompañante, se avergonzó por un instante y dijo que no quería molestarla, yo tiré de él hacia dentro y lo llevé hasta la habitación contigua a la que ocupaban Carmen y aquel chico. Antes siquiera de comenzar a desnudarnos ya vi que en su pantalón vaquero se vislumbraba un prominente bulto, de manera que tomé la iniciativa, lo tumbé en la cama y abrí su cremallera introduciendo mi mano dentro hasta dar con su miembro erecto. Tras acariciarlo un poco terminé de quitar su pantalón y lo dejé completamente desnudo de cintura para abajo. Me arrodillé en la cama junto a él y me llevé su pene a la boca sin más dilación, ansiaba comérmelo, lamerlo, recorrer cada rincón con mi lengua, pero en sólo un par de succiones noté como su polla comenzaba a palpitar y aparté mi poco justo antes de que su sexo comenzase a bombear semen, fue un gatillazo en toda regla.

Tras su abundante corrida, Claudio me explicó avergonzado que era virgen y que nunca antes había tenido sexo con nadie. Me pareció tan tierno y a la vez tan exictante el hecho de ser yo quien los desvirgase que rápidamente volví de nuevo con mi mano a su sexo. Como tardaba en volver a despertar me desnudé ante él y llevé su mano hacia mi vulva, la cual empezó a acariciar de manera torpe pero placentera, hizo que me mojase pronto y mientras me tocaba su pene entró de nuevo en erección. Sin pensármelo dos veces me incorporé sobre él y de una sentada introduje su polla dentro de mí. Así, con él dentro de mí, me quedé un rato sin moverme mientras el cerraba los ojos de placer, mi cuerpo no se movía pero los músculos de mi vagina se contraían una y otra vez sobre su pene haciéndolo volar de placer, hasta que impaciente comenzó a mover sus caderas, señal que intérprete como que tenía ganas de que empezase a cabalgarlo.

Al mismo tiempo volvían a escucharse desde la habitación de al lado los gritos de Carmen tras un breve descanso, de manera que no quise ser menos y comencé yo también un festival de gritos mientras su polla entraba y salía de mí sin parar y sus manos acariciaban mis pechos. Sólo me bajé de él para buscar un condón en mi bolso, ponérselo y volver a introducirme su sexo dentro de mí, salvo que tras ponerle el condón me puse a cuatro camas en la cama y fue él quien comenzó a bombearme desde atrás con una inusitada habilidad para su falta de experiencia.

A menudo sacaba su miembro por entero de mi sexo para volverlo a meter luego, eso me hacía volverme loca, hasta que en un momento dado lo metió y ya no lo sacó de allí hasta que se corrió de nuevo por segunda vez, aunque en esa ocasión dentro de mí.

Fueron siete polvos aquella noche los que me hicieron proclamarme campeona de la noche, ya que por sus gritos a Carmen sólo le contabilicé tres.

El concierto de aullidos de placer que Carmen y yo dimos aquella noche es algún que aún debe de ser recordado en el pueblo y más de algún marido seguro que acaba haciéndose una paja a escondidas de su esposa mientras lo recuerda.

Besos a todos y gracias por leer un capítulo más de mi diario

El graduado

Hoy he dado un paso más en mi recuperación y he conseguido animarme a ver sola esta película de Dustin Hoffman que me ha parecido maravillosa.

Cuenta la historia de Benjamin, un joven que se acaba de graduar en sus estudios y es seducido por la Sra. Robinson, mujer de uno de los socios de su padre y mucho mayor que él, sus encuentros sexuales se complican cuando Elaine, la hija de los Robinson, vuelve a casa. El colofón a la película lo pone una excepcional banda sonora de Simon and Garfunkel que cuenta con canciones como The sound of silence, Scarabough fair o Mrs. Robinson.

El cine siempre ha sido una de mis pasiones, pero me acostumbré demasiado a disfrutarlo junto a mi novio, abrazada a él. Una vez que nuestra relación se acabó ha sido una de las cosas que más me ha costado recobrar, el poder sentarme delante de la tele, encender el dvd y sumergirme en la película sin sentir la necesidad de su abrazo.

De la película me ha gustado muchísimo el juego de seducción que la sra. Robinson usa con el joven Benjamin para que caiga en sus redes, las mujeres siempre sabemos cómo hacer caer a un hombre, con nuestros gestos, miradas o incluso nuestro lenguaje.

Además, me he sentido muy identificada con ella y esa relación entre ella y un chico más joven...

Pero eso os lo contaré otro día

El amanecer junto a mi primo

Tras la masturbación con la que, como regalo de cumpleaños, obsequié a mi primo, nuevamente nos fuimos a dormir, aunque esta vez éramos ambos los que no podíamos conciliar el sueño. A pesar de todo mi excitación no había disminuido y la suya seguía aumentando por momentos. Dábamos vueltas y vueltas en la cama intentando buscar la postura de relax idónea con la que quedar dormidos.

Así pasamos el resto de la noche, sin poder dormir y ni siquiera hablar. Temía que mi relación con mi primo empezase a cambiar a raíz de aquello, que a partir de ahora la vergüenza del recuerdo nos hiciese distanciarnos y, sobre todo, si empezábamos a distanciarnos nuestra familia podría empezar a sospechar que algo hubiese ocurrido en el viaje. Aquello era lo que menos me importaba, lo que realmente me preocupaba era perder la confianza y el apoyo de Jaime, ya que desde pequeñitos siempre había estado ahí de manera incondicional.

Pronto, con esos pensamiento aún rondando por mi cabeza, la luz del amanecer empezó a penetrar por la ventana. En cuanto la iluminación nos anunció la llegada del nuevo día Jaime se levantó de la cama y tras darme un tímido "buenos días" se fue camino de la ducha.

Me quedé en la cama y pronto comenzaron a pasar por mi cabeza imágenes de mi primo desnudándose ante la ducha, enjabonándose y pasando su mano por su sexo. Quería verlo, quería mirar a mi primo mientras se duchaba, verlo una última vez desnudo, ya que después de aquello quizás no volviese a tener esa oportunidad nunca más. Volví a pensar en el miedo a perder a mi primo, pero perdí ese miedo al darme cuenta que lo hecho ya estaba hecho y que nada que hiciera o dejara de hacer ahora lo cambiaría, de manera que me incorporé de la cama y me desnudé antes de entrar al cuarto de baño donde mi primo terminaba su ducha.

Abrí la puerta lentamente y entré al servicio ante la atónita mirada de Jaime, me senté en el escusado y sin dejar de mirar su desnudez me puse a hacer pis. En ese momento pude observar como su sexo se alzaba de nuevo al verme allí desnuda frente a él, abrió la mampara y se acercó hasta mí con su pene erguido hasta introducirlo directamente en mi boca.

Allí lo cobijé hasta que terminé de hacer pis, mi primo dejó de escuchar aquel característico sonido del chorro cayendo sobre el agua, me levantó y, colocándome de espaldas sobre el lavabo, abrió mis piernas e introdujo su sexo dentro de mí mientras al oído, en un susurro lascivo me decía que me deseaba.

Me dolió un poco sentirla entrar así sin más, pero nada más dentro mi primo empujó con fuerza hasta sentir todo su pene dentro de mi vagina, momento en el cual el dolor y el placer se entremezclaba hasta hacerme llegar al cielo.

Nunca había tenido sexo sin preservativo, ni siquiera como mi ex novio, y sentir su polla dura y caliente entrando y saliendo de mí con rápida pero controladas embestidas me ponía a 100 y hacía que me mojase más y más por momentos.

Así siguió follándome mi primo, con una pasión desaforada hasta que estuvo a punto de explotar, momento en el cual sacó su sexo de mi interior y derramó todo su ser sobre mi espalda. La excitación y el placer que sentí con él me hizo acabar tres veces en menos de quince minutos, había disfrutado del sexo como nunca antes entregándome a la lujuria.

Luego nos duchamos juntos enjabonándonos el uno al otro mientras nos decíamos que nuestras familias no debían saber nada de lo ocurrido, y yo salí de aquella habitación de hotel con una sonrisa abierta en mi rostro de la que ya nunca me he separado, y con la certeza de saber que por muy dolorosa que sea una ruptura lo que más se acaba echando de menos es el sexo.