Escuchando esta canción recuerdo la arena en mi culo embadurnado mientras me follabas. No te veía bien porque el sol me daba de cara. Eras cualquiera, alguien a contraluz. Te veía a ti, imaginaba a otro.
Mientras gemía con los ojos casi cerrados veía aquella gran tortuga muerta en la orilla y pensaba que su espíritu longevo y errante penetraba en tu polla para sembrar mi copa de ancestral sabiduría.
El agua se acercaba poco a poco a mis pies en vaivén.
Tú no te enterabas de nada. El primitivo deseo siempre cerraba tu mente a cualquier otro estímulo que no fuera tu pene duro y ansioso.
Yo me dejaba volar y esperaba que llegara Dios, ese que cubre mi cuerpo de blanco y que me hace acariciar la no mente cuando llego al orgasmo, el vacío absoluto y que pienso fue el origen de la meditación.
Imagino a dos seres en una cueva, al fresco, mitad hombre mitad animal, follando movidos por el instinto. Los imagino pensado al terminar qué puede ser eso que vieron cuando sus cuerpos temblaban, por qué su vista se cegó pero no como ciega la noche ni como ciega la luz del sol. Les cegó un visión de nada. No encontraron otra explicación posible que una fuerza hermana de la diosa naturaleza, la que les daba cobijo, alimento e hijos, era la única capaz de proporcionar la sensación de que todo desaparecía y que a la vez todo se llenaba.
Llegó mi orgasmo y volví a rozar el blanco por unos instantes.
La noche que lloré por ti mi saquito de lágrimas reventó del todo. Que suerte tuve. Ya nunca más puede llorar por nadie y es algo que te agradezco.
Siempre duermo en el mismo lado de la cama. El tuyo es un hueco en alquiler sin fianza que ocupan intermitentemente unos y otros sin dejar mucha huella.
A veces, cuando caen rendidos, con las facciones relajadas, los observo pero no veo nada. Son como gelatina transparente. Puedo ver a través de ellos la forma de tu cuerpo labrada en el colchón, las arrugas de las sábanas que dejaste, tu olor.
No me pone triste pero me sorprende esa capacidad de permanencia que hace invisible la materia de los que te suplantan y que aún me impide ocupar tu lugar.
No quiero que vuelvas, te negaría la entrada, tenlo por seguro, solo guardo lo aprendido y desecho la basura de tu recuerdo. Guardo la lección bien aprendida.
Bostezo fuerte y las lágrimas se cuelan por el meridiano de mi boca desatando mi pastosa lengua. Este despertar me sorprende aún metida en el agujero de la decepción, la frustración y la impotencia.
Me sorprende y no se por qué. Nada nuevo que no ocurriera ayer pero se ve que cuando consigo dormir dos horas a saltos, como narcolépsica eventual, el instinto de supervivencia hace bien su trabajo, baja los interruptores y el silencio o la no vida se adueñan de mi macabro parque de atracciones.
Despertar llorando y bostezando a la vez me hace parecer menos masculina y eso me alivia.
Este agujero, este zulo donde vivo me recuerda a aquel donde trabaja LLiviana, puta, mellada y gorda rumana de 25 años que sonriente parece disfrutar de una vida llena de pollas de todos los olores y sabores, en una habitación bajo el suelo.
La luz hepática del cubículo dejaba entrever aquel cuerpo de manzana con anchos hombros y grandes tetas sobre unas ridículas piernas que parten de un culo invertido.
La humedad de su sótano que decora las paredes, las sábanas e incluso el caparazón de las cucarachas también adorna de perlas amarillas el cuerpo de LLiviana. Y ella cantando entre dientes, a cuatro patas, enseña su tanga favorito, el de todos los días, que mas bien parece una cicatriz de mal cirujano incrustada en sus carnes vibrantes.
¿Por qué LLiviana sonríe feliz mientras muestra su vida de topo bajo el hormigón en el canal Odisea? ¿Por qué habla de sus raptores como de si hermanos mayores se tratara?
Un margarita bien cargado es la única flor que espera recibir cada noche.
¿Por qué ella es feliz mientras yo lloro y bostezo a la vez como una muñeca averiada?
Golpeo las teclas de este libro tieso, pero no quiero escribir. Quiero tocar el piano y que mi música me secuestre y me arranque de mi misma.
Estas sensaciones que me agraden a patada limpia dentro del pecho no saben hablar. Nadie les enseñó.
Por eso no hay palabras, solo la vibración, el estrangulamiento, el lagrimar como testículo de adolescente y el frío en el cuello sin mano que lo reconforte.
Donde esté una buena corrida que se quite el fútbol
y los toros
“Patatín patatán” decía sin parar. Que estúpido sonaba pero que verdad contenía
Mucho bla bla, mucha melaza, mucha idiotez repartida con rentabilidad y el mundo hecho un asco de pegajoso que está.
Hablar por hablar, decir por decir.
Y el amor, siempre el amor.
Por dios que empacho de palabras suaves, repetidas y repetidas como el ajo en un día malo
¡Que horror!
“Que sin ti muero”, “que sin ti no soy”, “que tu me robaste el corazón”, “por tu culpa no soy nadie”.
¡Cuenta irresponsabilidad!
Nadie te quita nada si no le das permiso, nadie te roba nada que no regales. Y si es un regalo ¿Cómo puedes decir que es un robo cuando se lo lleva para si?
Mucha estupidez, muy poco pensar, muy poco razonar, muy poco hacerse cargo de uno mismo.
Que fácil culpar a otros de que destruyen lo que uno mismo no sabe cuidar. ¿Pretendes que alguien valore, cuide, mime y aprecie algo que ni tu mismo te crees, que tú no sabes proteger? Absurdo
Esperar que sea el otro el que sienta por ti, el que descubra la maravillosa persona que eres, el corazón tan grande que tienes (si, siempre parece ser enorme, que casualidad) y peor aún, pensar que el otro esta obligado a darte lo mismo que tu crees que das, pensar que el otro está en deuda contigo si no alcanza a ofrecer los mismos kilos (que digo kilos, toneladas) de amor que tu le das solo porque te dio la gana.
Ya vale de mojigaterias.
No soporta la gente que proclaman sus defectos como exceso de virtud.
“Es que soy demasiado buena” “Es que soy demasiado paciente” “Es que doy demasiado” “Mi defecto, mi grandísimo defecto es querer demasiado” ¡Ahhhh!
Ya no más, por dios, no más pasteleo que los ardores de estómago me están matando.
Una galleta dorada impregna mis dedos de arenilla.
Refleja la luz del flexo con un brillo que parece plástico (puede que lo sea en realidad) y la recuerdo, mucho tiempo atrás, luchando por contener junto con una gemela una buena capa de mantequilla.
Aquél gusto en mi paladar del Colacao templado y el Tulipán. Dulce y salado compitiendo por acaparar mi atención, mi amor.
Esta galleta de mi presente, que no es más que una extraña copia, ya no tiene hermanas, ni tampoco mantequilla, se enfrenta sola y desnuda a mi sentencia de muerte.
Ya no nada en chocolate sino en té clarucho y simple.
El tiempo no pasa en vale.
Te enseña a desaprender.
Me pliego sobre mí y me hago pelota que rueda calle abajo sin control.
En mi rodar se pega a mi espalda un chicle viejo tirado con desprecio tras un pensamiento de desesperanza.
Un trozo de papel olvidado con un número de teléfono se cuela en mi bolsillo trasero.
Se enreda en mi pelo las hojas viejas de una flor nueva.
En mis tobillos un largo pelo que cayó de su melena cuando él la agitó con revuelo para arrancarle esa sonrisa que lo ponía a cien.
Rodando voy calle abajo portando en el interior de mi ovillo un secreto que lo es por inconfesable.
También guardo letras amontonadas llenas de mugre esperando mi día de limpieza general que nunca acaba de llegar.
Y mi bien más preciado, canciones viejas y nuevas que me hacen ser redonda.