Libro de Arena
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beatus ille

chandleriana ( y IV)

Prescindí de los servicios de Moe y su corte de trobadores esa mañana y decidí que podía afeitarme en casa. El resultado fue un pequeño corte en el ángulo derecho de la mandíbula que me restañé con un pedacito de papel higiénico. Desayuné un par de cafés con tostadas mientras me fumaba un Camel y escuchaba la radio. Podría ser que sonara Powder your face with sunshine, de Dean Martin, pero no estoy en condiciones de asegurarlo. Había dejado el traje cuidadosamente colgado la noche anterior y lo volví a cepillar antes de salir. Lustré los zapatos. En la radio dieron el boletín de noticias. Tendría que comprarme una televisión, como todo el mundo, pero a la radio es más fácil no prestarle atención. Me miré en el espejo antes de salir de casa. No era la cara que esperaba tener de joven pero podía servir.

Pasé a recogerla a la puerta del estudio, hacia las diez. Había un poco más de niebla esa mañana, las colinas estaban amortajadas y el sol parecía calentar menos que el día anterior. Me esperaba junto a la enfermera alemana. Llevaba puesto un discreto traje sastre color beige, un pañuelo azul celeste en la cabeza y unas gafas de sol blancas. Llevaba un minúsculo bolso de mano, a todas luces superfluo. Toqué el claxon dos veces. Ambas vinieron hasta el packard y yo bajé para abrirle la puerta.

- Señorita Thompson - saludé tocándome el ala del sombrero. La Thompson pareció sufrir un caso de sordera súbita. En vez de contestarme dijo.

- Ava, querida ¿ Estás segura?

- Sí, Velma, no te preocupes más por mí.

Velma se quedó allí sin saber muy bien qué hacer con las manos hasta que asió por el brazo a la señorita Gardner y le dió un abrazo torpe, elusivo, le acarició la mejilla y colocó un rebelde mechón negro de nuevo bajo el pañuelo.

- Ten mucho cuidado, cariño; no tenemos ni idea de quién es este hombre.

- Creeme, cielo; sé mucho de hombres y me fio de este.

Mientras se producía esta despedida tan conmovedora yo mantenía la puerta del copiloto abierta e incluso había tenido tiempo de encender otro Camel. Por fin la señorita Gardner tomó asiento y yo le lancé un delicado beso a la señorita Thompson. Si las miradas fueran balas me habría desplomado sobre la acera.

Estuvo callada dentro del coche hasta que doblamos la esquina. Entonces dejó el bolso sobre el salpicadero y se estremeció, como si tuviera frío. Dijo.

- Veo que nada usted en la abundancia ¿ Me da un cigarrillo?

- Creía que lo estaba dejando - y añadí- me lo dijo Velma.

- Como sabrá, "estar dejándolo" no es lo mismo que "haberlo dejado". Velma se preocupa mucho por mí. Demasiado.

Le acerqué el paquete de Camel; cogió uno con dos dedos y lo dejó en el aire hasta que le pasé el mío para que lo utilizara como lumbre. Encendió el cigarrillo, se descalzó y encogió las piernas, recostando la cabeza entre el respaldo del asiento y el marco de la ventanilla. Dió una larga calada y después dejó escapar el humo poco a poco.

- Aaaaaah - dijo- Qué bueno. Casi te hace olvidar el por qué quieres dejarlo.

- ¿ Y por qué quiere dejarlo?

- Mal aliento, querido. Oiga ¿ Cree que vendrán? ¿ Qué serán puntuales? ¿ Que tendremos que esperar?

- Es probable que vengan, que no tarden y que no tengamos que esperar en absoluto. ¿ Por qué lo pregunta?

- Porque he traído un libro para leer ¿ Usted lee?

- Leo la guía de teléfonos con regularidad ¿ De qué libro se trata?

Se incorporó para sacarlo del bolso y me lo mostró. Era Suave es la noche, de Scott Fitzgerald.

- ¿ Lo conoce?

- Lo vi una vez, en el cruce de Sunset y Vine; usted debería de llevar todavía pañales. Él estaba completamente borracho y yo no estaba sobrio. Fuera de eso no lo vi nunca más.

- Vaya ¿ Qué edad tiene, Marlowe?

- Esa pregunta no sólo molesta a las mujeres, señorita Gardner.

- Entiendo... ¿ Hay una señora Marlowe?

- Por ahora no. No me gustan las mujeres de los policías. Ahora me toca a mí ¿ Por qué la proteje tanto Velma?

- Porque está enamorada de mí - el Camel se me cayó en el regazo y palmoteé para que no me quemara los pantalones. Sus ojos reían - Me lo dijo ella. Quise despedirla para que no sufriera pero dijo que se mataría si la separaba de mí, y así estamos ¿ Sabe? Con lo canallas que son los hombres tal vez debería probarlo; aunque de hecho ya lo he probado: en dos ocasiones, en el instituto, y no me gustó; demasiado soso.

- Siempre es bueno tener a alguien que te cuide - dije por decir algo.

Habíamos llegado. Fui hasta un parking al aire libre, que vigilaba un mejicano vestido con librea, algo que sólo puede verse aquí, en California. Le dí una moneda de un dolar y el tipo me miró como si no tuviera derecho a respirar el mismo aire que él. Ella volvió a estremecerse y pegó, creo que sin conciencia de hacerlo, su cuerpo al mío.

- ¿ Sabe, Marlowe? Estoy nerviosa: nadie me ha escrito el guión para esta actuación.

- Estoy convencido de que lo hará muy bien. Es usted una chica lista.

Angelo' s estaba todavía medio vacío. Los distinguí casi al fondo del local, junto a la ventana. No parecía que se hubieran cambiado de ropa. Tal vez sólo tuvieran esa. Nos sentamos frente a ellos. Ava no se había quitado las gafas. De algún modo se las había arreglado para que su espléndido cuerpo mostrara sumisión y arrepentimiento. La señorita Carson temblaba, y las aletas de su nariz vibraban. Ralph me miró a mí y después a Ava, inexpresivo pero con un brillo de interrogación en la mirada. Estuvimos así en silencio casi un minuto. Por fin dije.

- Señorita Carson... esta es su hermana.

Su voz se habia teñido con un horrible matiz metálico.

- Ya la veo, señor Marlowe.

Ava intervino.

- Hola, Mary Lou. Ya ves que he venido.

- Sí, has venido. He tenido tiempo de ver lo que haces en esta ciudad. Exhibiéndote ante los hombres, comerciando con tu carne, como una... cualquiera.

Jamás me imaginé que una palabra tan anodina pudiese sonar como un puñetazo. Ava incluso se encogió. Levantó el mentón y dijo.

- Pero tú no lo entiendes, querida. El cine es mi vida. Mi vida. Me moriría si no pudiera actuar nunca más.

- Sí, eso decías también allí en Virago. Papá, en cambio, te dijo que se moriría si te marchabas, pero tú te marchaste igual. Murió la primavera pasada.

Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas de Ava.

- Eso no es justo - dijo- no lo es. Yo quería a papá.

- ¡ Pues no lo parece, buscona! - chilló la señorita Carson. Ralph la sujetó por los brazos y le pidió por favor que no levantara la voz - Suéltame tú ¿ Es que te parece bien lo que hace esta puta?

- ¡ No soy una puta! - exclamó Ava- ¡ Soy una actriz! Una actriz ¿ te enteras? Y lo soy y siempre lo seré, te guste o no.

Mary Lou trató de abofetearla y Ralph la sujetó, obligándola a permanecer sentada. Las lágrimas afloraron tras las gafas de maestra de escuela y el temblor se intensificó. Después pareció aflojarse y Ralph la soltó.

- Dame el bolso, Ralph. Ralph le acercó el bolso. Sacó un talonario de cheques y empezó a escribir con una letra menuda y nerviosa. Arrancó el cheque y me lo arrojó. Era un cheque al portador por valor de cien dólares- Su dinero, señor Marlowe, se lo ha ganado.

- No quiero su dinero - dije, tratando de no ofenderla- Puede ingresar el cheque en una organización que se encargue de cuidar actrices arrepentidas, por ejemplo.

- Hijo de perra - dijo con una calma glacial, inhumana.

- Mary Lou - dijo Ralph- Espérame fuera, por favor. - para mi sorpresa, obedeció. Ralph se pasó la lengua por los labios un par de veces antes de empezar a hablar- Nuestra hermana, Lula Mae, vino a Hollywood hace tres años. Hace dos la encontraron muerta en Hancock Park. Nunca han encontrado al asesino... Mary Lou nunca ha podido aceptarlo. Hará unos seis meses empezó a decir que la señorita Gardner era nuestra Lula Mae, y se empeñó en venir a Hollywood para hablar con ella. Tiene usted muy buen corazón, señorita Gardner.

- Gracias - dijo Ava, sollozando.

- Y usted, Marlowe, ha hecho su trabajo, así que los cien dólares son suyos. Les pido disculpas.

Ava empezó a temblar y me dijo: " Sácame de aquí."

Fuimos hasta el parking del almirante mejicano y subimos al coche.

- ¿ Dónde quiere que la deje?

- Sólo conduce, por favor.

Me metí en el tráfico de Vine y giré al norte, buscando las colinas. Dejamos atrás los barrios del centro y entramos en las calles podridas de Bunker Hills y aun después las calles empezaron a subir y las casas a desparecer. Durante todo este tiempo, ella estuvo llorando de cara a la ventanilla. Al fin detuve el coche en un mirador de las colinas. Había empezado la tarde y la niebla parecía levantarse. Bajé del coche y la dejé allí llorando. Me fumé un Camel y después otro y después otro. Estuve a punto de hacerme amigo de una ardilla que tal vez era una rata.

Me llamó haciendo sonar el claxon dos veces. Volví a entrar en el coche. Se estaba sonando. Se había quitado las gafas. Si Helena de Troya hubiera tenido sus ojos habría sido más creíble que mil barcos se hubieran arrojado a su rescate.

- Gracias - dijo.

- ¿ Por qué?

- Por no haber intentado abalanzarte sobre mí aprovechando que estaba llorando.

- No soy partidario de esa táctica.

- ¿ Sabes, Philip Marlowe? Eres un hombre extraño que habla de una manera extraña.

- Nos pasa a todos los hombres que vivimos solos. Acabamos hablando como los fantasmas.

- ¿ Qué vas a hacer con los cien dólares?

- Los ingresaré en el fondo para huérfanos de la policía. No me gustan los policías, pero uno no tiene la culpa del oficio de su padre.

- Creo que le gustarías mucho a un amigo mío. Un poeta inglés que vive en la isla de Mallorca, España.

- Bueno, yo no lo he probado nunca, pero no estoy interesado en esa vertiente del amor.

Ella recuperó su risa.

- No, idiota. Me refería a que le interesaría tu manera de ser: el caballero andante de Sunset Boulevard.

- Ese, cariño, no soy yo.

Estuvimos unos minutos en silencio, mirando por el parabrisas cómo corrían las nubes sobre la ciudad.

- Marlowe.

- ¿ Qué?

- Me pregunto algo.

- ¿ El qué?

- ¿ Cuándo piensas invitarme a una copa, cretino?

THE END.

chandleriana (III)

A la mañana siguiente me duché, sin olvidar codos, rodillas y parte posterior de las orejas, me corté y limé las uñas hasta que se pudiese bailar un madison en ellas y me dispuse a vestirme con sumo cuidado en la combinación de colores, cosa que por otra parte facilitaba el disponer de un único traje presentable, de color azul pavo. Escogí una camisa blanca y una corbata de seda color granate un poco anticuada, con un pañuelo casi del mismo color. Me hice un nudo windsor y cepillé a conciencia la americana del traje y el sombrero antes de ponérmelos. Desayuné café solo y tostadas, sin zumo. Salí de casa y me acerqué a la barbería de Moe, un local en vías de extinción en esta nueva era de máquinas de afeitar eléctricas.

- ¿ Dónde va tan elegante, señor Marlowe? - me dijo mientras me ponía el delantal y afilaba la cuchilla.

- Tengo una cita con Ava Gardner.

- Fiuuuu - silbó un tipo que estaba sentado en el otro sillón de barbero, con la cara llena de jabón- Amigo, si necesita ayuda, no dude en llamarnos.

- Pues a mí me gusta más Marilyn - dijo un vejete que estaba hojeando una revista de cotilleos- Tiene el culo mejor puesto del mundo.

- ¿ Y qué me dice de Jane Russell? - dijo Marty, que estaba afeitando a mi compañero, el de la cara llena de jabón- Menudo par de tetas.

- Ese par de tetas sólo puede tocarlo Howard Hughes - dijo el del jabón- Si es que el tipo puede tocar alguna cosa sin lavarse las manos. Oiga - ahora se dirigía a mí - ¿ Es verdad que va a ver a la Gardner? ¿ Cómo lo ha conseguido?

- Puso un anuncio en el periódico: "Busco semental de más de cincuenta años, soltero y estúpido".

Se hizo un silencio que duró apenas tres segundos; después, los cuatro estallaron en carcajadas. Hasta yo reí.

- No, en serio ¿ Cómo lo ha conseguido?

- Se necesita toda una vida de práctica y paciencia para eso.

- Lo que pasa es que el señor Marlowe es detective - terció Moe, empezando a rasurarme- y la señorita Gardner debe de estar en un lío ¿ Verdad?

- No pienso hablar con una navaja en el gaznate.

- Un lío - dijo el del jabón- Un lío. Seguro que le han hecho fotos chupándosela a un político, o follando con una tortillera.

- Sí -dijo el vejete, riendo- Con Marilyn.

- ¡ Marilyn no es bollera! - dijo el del jabón, ganándose un corte detrás de la oreja- Aunque, joder, si piensas en las dos...

- Y Jane Russell mirando - dijo Marty- Preparada para relevar a la que se canse primero.

Uno de los aspectos más penosos de la condición masculina es el de no acabar nunca de salir del todo del onanismo de la adolescencia. Se trata de hacerle el amor a mujeres mudas, que no cuestionan, que ni siquiera están allí mientras sucede; y el lenguaje no deja de ser el mayor de los onanismos. Moe acabó de afeitarme y lamenté no tener una máquina de afeitar eléctrica al pagarle quince dólares. Me despedí poniéndome el sombrero.

- Señores, su charla sobre estética es lo mejor que me ha pasado hoy.

Fui caminando hasta el garaje donde guardaba el packard; desentonaba tan austero entre los autos de esta década, todos con cromados y bicolores, pero era fiable y aún duraría unos años. De todas formas, debía empezar a pensar en comprar otro coche; en Los Ángeles es más rentable invertir en coches que en casas. Miguel, el chico mejicano que vigilaba el parking me saludó en español.

El tráfico no era tan terrible como otros días, o tal vez yo estaba de suerte. Me encontré frente a la puerta de los estudios a las nueve y media. Detuve el coche frente a la barrera de entrada. El guarda de la garita tenía pinta de ser un chico de Wisconsin que había venido aquí a deslumbrar al mundo. Le hice una seña para que se acercara. Salió de la garita con cara de fastidio. Era muy joven.

- Buenos días, señor. ¿ Qué desea?

- Me llamo Philip Marlowe - dije alargándole una de mis tarjetas, modelo 1943- Soy detective privado y tengo una cita con la señorita Ava Gardner. Mi amigo Charlie Cohen llamó ayer a Velma Thompson para concertarla.

- Disculpe un momento, señor.

Volvió a entrar en la garita y llamó por teléfono. Me miró un par de veces mientras lo hacía. Por fin, colgó y volvió a salir de la garita. Llevaba un rectángulo de cartón y un cartapacio.

- Tenga esto- dijo entregándome el rectángulo-, es su acreditación. Firme aquí, por favor - abrió el cartapacio. Firmé con un lápiz que siempre llevo en la guantera. Se inclinó un poco, como si yo fuera sordo, para indicarme el camino- Verá, señor: siga por la calle principal hasta llegar a la gran plaza, donde están los edificios centrales. Allí podrá aparcar. La señorita Gardner se encuentra en el edificio E. Pregunte por ella cuando llegue allí.

Hasta llegar al edificio E me crucé con indios que charlaban animadamente con faraones y romanos, con un grupo de hombres famélicos, mal vestidos y con gafas, que identifiqué como guionistas y con un grupo de robustas, saludables y risueñas jovencitas que debían de ser scripts. El edificio E era un falso edificio, como tantos edificios aquí, en California, donde todo parece un decorado. Pregunté a un recepcionista dónde estaba Ava Gardner. Me hizo esperar un momento mientras llamaba por teléfono. Colgó. Me rogó que esperar un poco. Tomé asiento en un potro de tortura medieval disfrazado de sillón. Empecé a leer un número de Life en el que había un amplio reportaje sobre la guerra de Suez. Estaba analizando detenidamente una foto de Moshe Dayan cuando alguien me habló.

- Buenos días, señor Marlowe. Soy Velma Thompson, relaciones públicas de la señorita Gardner. Le estamos muy agradecidas por tomarse la molestia de haber venido.

Era una mujer alta y rubia de unos cuarenta años, con aspecto de enfermera alemana, de esas que suelen confundir dolor y placer; llevaba el mismo peinado que Eva Perón, o por lo menos el peinado que yo le había visto a Eva Perón en las revistas. Me tendía la mano. Agradecí que me salvara del sillón, así que me levanté y se la estreché.

- ¿ Trae las fotos?

- En realidad es sólo una foto, y no tiene nada de extraordinario, si esceptuamos la belleza de la señorita Gardner.

- Comprendo- dijo, poniéndose súbitamente colorada- Verá, le diré las normas: nada de hablar con la prensa, nada de preguntas sobre sexo - el rubor subió un par de tonos- y nada de fumar. Ava lo está dejando.

- ¿ El sexo?

- Es usted gracioso, Marlowe. Si quiere, al salir puede dejar su teléfono, tal vez lo llamen del departamento de guionistas.

- Me temo que ser guionista es más peligroso que ser detective. Los hay que han acabado narrando películas mientras flotan en la piscina.

No se dignó a volver a dirigirme la palabra. Una pena, pues su aire de enfermera severa francamente me gustaba. Nos detuvimos frente a una puerta del segundo piso, exacta a sus hermanas puertas del segundo piso. La Thompson llamó con los nudillos y una voz dijo "adelante". Aún me dirigió una última mirada que hubiera congelado el infierno.

La habitación era un despacho con una alfombra color moaré en la que podría haberse perdido un elefante. Ella estaba sentada en una silla de despacho, de espaldas a la ventana. No se levantó al verme entrar. Tenía una cualidad fresca, como la de algunas mañanas de diciembre, antes de que la bruma y la polución hayan subido a las colinas. Me recordaba a un arroyo de montaña, fresco e impetuoso.Vestía de manera sencilla, no llevaba joyas ni maquillaje, y era preciosa. Recordaba fotos suyas con pescadores y toreros en España. Había bailado con el caos hasta excitarlo en el principio de los tiempos, le había dado una manzana a Adán, había cantado para Ulises atado al mástil y había ungido los pies de Jesús con sus lágrimas. Era La Mujer. Hay una cualidad pueril en los hombres. La mayoría de ellos no pasa de la edad intelectual de doce años. Su violencia es la misma que la del jardín de infancia, sólo que cambian piedras por pistolas. Ellas son diferentes. Ellas saben. Son la Madre, la Esposa y la Muerte, todo en uno. Es normal que te dejen sin palabras. Ella me estaba hablando.

- ¿ Señor Marlowe? ¿ Se encuentra usted bien? Le estaba diciendo que puede ponerse cómodo si lo desea.

Mi mirada vagó por la habitación hasta tropezar con la silla gemela de la suya. Me senté en ella y puse el sombrero sobre mis rodillas.

- Estaba tratando de asimilarlo.

- ¿ El qué?

- A usted.

Su risa sonó rápida y clara. Era una risa impúdica, que haría girar las cabezas en una fiesta.

- Vaya, gracias - como si su institutriz se lo recordara se puso seria- Vayamos al grano, señor Marlowe. Charlie Cohen llamó ayer a Velma para explicarle una historia sobre locos rematados y fotografías comprometedoras ¿ Qué hay de cierto en ello?

- Bueno; como ya sabe, Charlie empezó en la publicidad, así que es normal que exagere. Hay una sola fotografía y la tengo aquí.

Le alcancé la fotografía. Nuestros dedos se rozaron. Sólo eso, pero el vello se me puso de punta. Examinó la fotografía con atención, juntando las cejas. Por fin dijo.

- No lo entiendo. Es una fotografía promocional ¿ Qué tiene de extraordinario?

- La fotografía nada, si la exceptuamos a usted - sonrió- Lo extraordinario es que me la mostró una tal Mary Lou Carson, de Virago, Alabama, diciendo que se trataba de su hermana Lula Mae Carson, un domingo por la tarde. Así que debo preguntarle ¿ Es usted Lula Mae Carson?

- ¡ Diablos, no! - volvió a reir- Madre mía, Lula Mae. Además, yo soy de Virginia. Debe de ser una confusión.

- Una confusión extraña. No tengo hermanos, pero si los tuviera, no los confundiría con Gary Cooper o Tyrone Power.

Se encogió de hombros y mostró las palmas de las manos.

- Qué quiere que le diga. Es evidente que esa pobre mujer está loca. Tal vez sí tiene una hermana que vino a Hollywood hace unos años. Ya sabe usted todo lo que puede pasarle a una chica en esta ciudad. La Dalia Negra...- se estremeció. Era delicada como el aire del desierto- buf, da escalofríos. Tal vez esa mujer necesita creer que su hermana está viva y necesita que alguien la busque. Que alguien le diga la verdad.

- ¿ Y qué es la verdad?

- De todos modos, señor Marlowe, esto no me atañe.

- ¿ Ah, no? ¿ No está intrigada? ¿ Ni siquiera un poco?

Volvió a sonreir y una mirada maliciosa se deslizó en sus ojos.

- ¿ Qué me propone?

- Le propongo conocer a la señorita Mary Lou Carson, de Alabama.

- No sé si eso estaría bien.

- Sería una manera de averigüar si, efectivamente, es una loca.

- ¿ Pretende que me haga pasar por su hermana para comprobar si dice la verdad?

- Bueno, es una actriz ¿ No?

- Pues sí, Marlowe. Y cobro bastante.

- Lo supongo, pero en este caso es distinto; sería una buena acción. Y podría explicarle a sus amigos que una vez fue ayudante de un detective privado.

Volvió a reírse. Se levantó, paseó por la habitación; estaba empezando a pensar de verdad en lo que le proponía.

- Es lo más absurdo que he oído en mi vida.

- La creo. Soy bastante absurdo en general.

- Estoy tentada... parece divertido, excitante, diferente.

- Lo es. No para dedicarse toda la vida pero lo es ¿ Qué me dice?

- Trato hecho - nos estrechamos la mano.

- ¿ Tiene un teléfono?

- Está a punto de morderle.

Marqué el número del hotel que venía en la nota y pregunté por los Carson. Al cabo de unos minutos, Ralph contestó.

- ¿ Señor Marlowe?

- Yo mismo. He encontrado a su hermana. Nos reuniremos mañana en el Angelo's, en la esquina de Sunset y Vine, a las once. - tuve que repetírselo letra a letra para que lo anotara.

- ¿ Está seguro de que es ella?

- Al menos es clavada a la foto.

Ava volvió a reir.

Edward Hopper, the night window.

chandleriana (II)

Trabajar como detective en Hollywood durante más de veinte años te da la oportunidad de ver y de oir cosas que algunas personas no querrían que se viesen u oyesen jamás. Así que tu silencio se considera un favor, y ese favor puede corresponderse con otros favores más pequeños. Nunca cosas demasiado gordas, y hay que pedirlas con mucho tacto. Cualquiera que haya tratado con la gente del cine sabe que son una pandilla de egomaníacos sin escrúpulos y que no hay ninguna traba moral que les impida callarte para siempre si llegara el caso. A mí me gustan los gusanos, pero no me gustan los desiertos y, aunque no lo he probado, creo que puedo asegurar que tampoco me gustaría que me llevasen en una maleta de un lado para otro, hasta que encontraran el sitio para mi eterno reposo.

Conocía a un tipo en los estudios al que había hecho varios favores: llevar a una clínica a una actriz heroinómana que se había caído por las escaleras de su casa, encontrar a una antigua estrella del cine mudo que había acabado confundiéndose con su personaje y había huído a Pasadena - y no hablaba, sólo hacía gestos desmesurados- o neutralizar a un chantajista que sabía que al galán más macho de Hollywood en realidad le gustaban los jovencitos. Era judío, lo que para mí no es en especial un problema, pero al tipo le encantaba negociar, así que tenías que fingir durante un rato que no estabas de acuerdo con él para que disfrutara. Le pedí el favor: un momento a solas con Ava Gardner. Su carcajada hizo que me retirara del auricular.

- Phil, viejo - dijo cuando pudo parar de reir- ¿ Sólo eso? Con esa pinta que tienes a lo Cary Grant seguro que podrías lograrlo tú solo. A la señorita Gardner le encantan los hombres desde que les sale el primer pelo de la barba hasta que les echan la primera paletada de tierra. Puedo darte las direcciones de algunos bares en los que puedes encontrarla.

- Se trata de negocios - gruñí- Y nunca mezlo el placer con los negocios - ahora medio mentí.

- Bueno, bueno ¿ Qué pasa con la señorita Gardner para que esté implicada en "tus negocios"?

- Verás, me ha pasado una cosa rarísima esta mañana: un par de chalados han venido a mi despacho, dicendo que su hermana casquivana se había perdido aquí, en Hollywood, y que querían que yo la buscara. Al pedir que me enseñaran su foto me han enseñado una de Ava Gardner.

- No sabía que Ava tuviera hermanos ¿ De dónde has dicho que eran?

- No te lo he dicho. Eran de Virago, Alabama.

- ¿ Virago? ¿ Qué coño de nombre es ese? - guardó silencio. Guardé silencio. Su cabeza le daba vueltas a lo que yo le había dicho. Por fin habló- Bueno ¿ Qué opinas? ¿ Chantaje? - ahí estaba: mi pista de aterrizaje, mi camino de vuelta.

- Podría ser.

- Podría ser, podría ser ¿ Crees que es chantaje o no?

- O eso o las películas mandan mensajes que dicen "mata a Ava Gardner" que sólo captan los de Virago, Alabama, donde quiera que esté eso.

- Entiendo, es peligroso... Oye, mira, muchacho, llamaré a Velma Thompson, su relaciones publicas. Intentaré que tengas tus diez minutos con la Gardner. No te prometo nada pero lo intentaré.

- Que lo intentes ya es mucho, Charlie.

- ¿ Todavía hay que llamarte a ese maldito bar?

- Todavía hay que llamarme a ese maldito bar.

- ¿ Por qué no tienes un teléfono en casa como todo californiano temeroso de Dios?

- Por el timbre; tengo los oídos muy sensibles.

- Pues háztelos mirar, los tumores no descansan. Hasta luego, chaval.

- Adiós, Charlie.

Salí de la cabina telefónica del vestíbulo del edificio Cahuenga. Había perdido un par de kilos por el calor y el sudor formaba una cinta negra que trepaba por el sombrero. Dudé entre salir a tomar una copa en el bar de la esquina o volver a subir al despacho. Tampoco tengo teléfono en el despacho. No espero que me llame nadie, así que dejé de pagarlo allá por la segunda reelección de Roosevelt. Volví al despacho, pero la mosca se había ido, así que me senté frente a la ventana abierta a contemplar el único espectáculo gratis en esta ciudad: la fuga del sol por los tejados y su posterior agonía y muerte en las colinas, con salvas de proyectores interrogando a la noche. Intenté recordar un verso de Blake, pero sólo recordaba algo de Withman, y ni siquiera estaba seguro de que fuera de Withman. Como él, yo era Marlowe, uno de los americanos, uno de los toscos. Bajé la persiana antes de que un ataque incontrolado de amor por mí mísmo me obligara a despeñarme.

Llegué a casa, donde nadie me esperaba. Intenté jugar una apertura de Capablanca con una defensa siciliana, hasta que me di cuenta de que no era un juego para defensa siciliana. Estaba cenando algo cuando sonó el interfono.

- ¿ Señor Marlowe? - era Red, el chico negro que ayudaba a Fitzgerald en el bar.

- Dime, Red.

- Tiene una llamada. El señor Fitzgerald dice que si quiere puede hacer una colecta en el bar para comprarle un teléfono.

- Puedes decirle que emplearía mejor ese dinero averiguando quién fue su padre. Yo podría hacerle un descuento.

La risa cabalgaba por la voz de Red: No creo que sea buena idea decirle eso, señor.

Bajé al bar. Los parroquianos y el mobiliario tenían un cierto aire de familia, una intimidad lograda con el duro esfuerzo de levantar pinta tras pinta. Charlie estaba al otro lado.

- ¿ Marlowe?

- Sí, soy yo.

- Mañana a las diez, en el estudio. Tus diez minutos. Aféitate.

- Lo haré- dije pasándome la mano por el mentón- Lo haré.

office at night, de Edward Hopper.

chandleriana (I)

Ya habían florecido los jacarandás y podía verse nieve en las montañas por allá por San Bernardino. En las colinas de Hollywood no había nieve; sólo había polución y la habitual mezcla de ambición y lujo. El sol era demasiado cálido para febrero y en las tardes solitarias sólo me quedaba aquella hora tranquila de los bares, cuando se han marchado los oficinistas y los primeros y melancólicos borrachos aún no han llegado.

Estaba tratando de amaestrar una mosca cuando sonaron unos golpecitos en el vidrio esmerilado de la puerta, allá donde puede leerse " Philip Marlowe, detective privado." No hice caso, pues sólo el viento o un fantasma cruzaría por sobre la moqueta color ratón del pasillo, donde se acumulaba el polvo formando silenciosas dunas para las pulgas y las hormigas; desiertos donde la huella del hombre se vería inalterada durante siglos, como dicen que pasa en la superficie de la luna. Pero los golpecitos sonaron de nuevo y alcé la vista de mi apasionante tarea.

Un par de siluetas se recortaban al otro lado del cristal esmerilado. Una parecía la de un hombre calvo de cierta estatura y hombros caídos, y la otra, a juzgar por el sombrerito que debió ser el último grito en la época del cine mudo y otros sutiles detalles, era la de una mujer.

- Adelante - dije, con mi voz de protector de mujeres y huerfanos- No está cerrado y mi secretaria ha salido.

- ¿ Es usted Philip Marlowe, el investigador privado? - dijo ella, que a pesar de su exquisito y anticuado mal gusto, era bonita bajo las gafas de maestra de escuela del Cinturón de la Biblia.

- Eso dice en la puerta. - lamenté haber dicho eso por la mirada que me dirigió. Me recordó la de miss Jenkins en la escuela elemental de Santa Rosa, y la regla que utilizaba.- Sí, soy Philip Marlowe ¿ Qué desea?

- Verá, tenemos un problema, señor Marlowe. Ralph - el hombre calvo se adelantó como un oso amaestrado- dame la fotografía de Lula Mae, por favor.

El hombre revolvió en un maletín hasta que encontró una fotografía de tamaño corriente, con los bordes dentados, y se la tendió a la maestra.

- Esta es Lula Mae Carson, nuestra hermana. - me alargó la foto.

- No me diga más, señorita...

- Carson, Mary Lou Carson.

- Señorita Carson, Mary Lou Carson; su hermana ha desaparecido aquí en Hollywood - eché un vistazo a la fotografía y creo que se me descolgó la mandíbula. Me estaban tomando el pelo. Quizá los había enviado Bernie Ohls o eran tan sólo producto de mi imaginación o de un wishky caducado- Un momento, señorita Carson ¿ Qué broma es esta?

- ¿ A qué broma se refiere, señor? - el señor me lo escupió.

- A que esto es una fotografía de Ava Gardner, la estrella de cine.

- No tengo ni idea de quién es Ava Gardner, pero esa es mi hermana Lula Mae en Virago, Alabama, un domingo por la tarde.

- ¿ Cómo no va a tener ni idea de quién es Ava Gardner?

- Ni Ralph ni yo vemos películas, señor Marlowe, el cine es un producto del diablo, pero Lula Mae sí que las veía. Prefería las películas a ir a misa.

- En cuestión de estética no me meto; ahora, si las películas las hace el Diablo, sepan que esto es Hollywood, el infierno, y que su hermana es una de las diablesas principales, por así decirlo. Si pasean por Sunset seguro que ven retratos suyos... por Dios, vayan al cine, a cualquier cine, y verán a su hermana.

- No meta a Dios en esto, señor Marlowe.

De repente me entró sed. Abrí el primer cajón del escritorio y saqué el wishky especial contra alucinaciones. Su nariz se arrugó como si hubiera abierto un cajón donde alguien se hubiera olvidado un huevo podrido.

- ¿ No irá a echar un trago de eso, verdad?.

- Oh, no, señorita: lo tengo aquí sólo por si me corto.

El hombre lanzó un apagado ja, pero una sola mirada de la señorita Mary Lou Carson bastó para que volviera a su estado mineral.

- Vayamos al grano, señor Marlowe. Háblenos de sus honorarios.

- Mis honorarios... hum, verá: ése es un tema de conversación que me encanta. Ahí va: cincuenta dólares al día más gastos, principalmente alcohol, gasolina y tabaco.

- Mientras trabaje para mí nada de alcohol y tabaco...

- Ya, y supongo que los automóviles serán también un invento del Diablo, pero le aseguro que Los Ángeles es demasiado grande para recorrerlo a pie, y las calesas ya no se llevan, después de la última guerra. Si trabajo para usted, haré las cosas a mi modo o no las haré ¿ Está claro?.

- Tiene usted unos modales detestables.

- Pero un hoyuelo irresistible en la barbilla ¿ Eh que sí?.

Estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse, pero el hombre la retuvo con suavidad, tomándola por el codo.

- Vamos, vamos, Mary Lou; nos dijeron que era el único que podía ayudarnos, y los que se anunciaban en el periódico cobraban mucho más.

- Lo sé, Ralph - dijo ella lloriqueando, de verdad bonita aun vestida de espantajo como estaba y aun animada por aquel rigor antinatural. Una vez vi una monja que estaba mirando escaparates de hábitos religiosos en San Luís Obispo, y en sus ojos había el brillo que tienen todas en los ojos cuando están ante algo que desean. Me preguntaba qué podía desear la señorita Carson y empecé a imaginar que me levantaba de la silla y la rodeaba entre mis brazos, le arrancaba el sombrero y los lentes de un manotazo y... la soledad estaba volviéndome loco- Lo sé, Ralph - seguía diciendo- pero estoy tan, tan cansada.

- Lo sé, querida. Lo sé. Señor Marlowe, le ruego que acepte el caso. Estamos en este hotel. Llámenos en cuanto sepa algo.

Le eché un vistazo a la nota que me alargó y me sorprendió un poco que estuvieran en un buen hotel, casi un hotel de lujo; creía que estos hijos del Señor dormían sobre tablas y se alimentaban de florecillas que recogían por las calles. Decidí aceptar el caso. Iban a ser los cincuenta dólares más fáciles de mi vida. Y qué diablos; me comía la curiosidad y también era, con toda probabilidad, la única oportunidad que iba a tener de ver a Ava Gardner de carne y hueso en toda mi vida.

to be continue...

Edward Hopper, Room in New York.

una cosa sobre marlowe que encontré en internet.

el pesado sabor de la derrota ( a la detective Lantier)

¿ Le gustan las orquídeas? Yo las odio. Su tejido es demasiado parecido a la carne humana, sus tallos parecen dedos de cadáveres recién lavados, y su perfume tiene la podrida dulzura de una prostituta.

Son palabras que el general Sternwood le dice a Philip Marlowe la primera vez que se ven, en el invernadero de la mansión de Sternwood, que ha contratado a Marlowe para que libre a su hija menor de un chantajista. Están en El sueño eterno, primera novela que escribió Raymond Chandler, pasados ya los cincuenta años, en 1939.

A principios de esa década, Chandler fue despedido de la compañía petrolera donde trabajaba por llegar borracho al trabajo y tocarle el culo a las secretarias. En vez de buscar su enésimo trabajo, se puso a escribir. Su método para aprender a escribir era muy curioso, lo explica en El simple arte de escribir, su correspondencia publicada por EMECÉ: se trata de coger un relato que te guste, analizarlo, y tratar de escribirlo como tú lo harías. Le debió funcionar pues pronto estuvo publicando relatos cortos en diversas pulp-fictions, entre ellas la célebre Black Mask, donde también publicaba Hammet.

No era el primer contacto de Chandler con la literatura. Aunque nació en Chicago, se crió en Inglaterra, donde asistió a la Escuela Pública y donde probó suerte con la poesía, sin resultado. Durante la Primera Guerra Mundial formó parte de la Real Fuerza Aérea Canadiense y, al término de la contienda, volvió a los Estados Unidos, donde desempeñó los más variados oficios hasta que llegó a ser alto ejecutivo del petróleo, su último empleo serio. Mientras tanto se había casado con Cissy Bowen, diecisiete años mayor que él.

El por qué Chandler escogió escribir relatos de lo que hoy llamamos género negro no se sabe. En 1946, en su ensayo El simple arte de matar, elogia a Hammet como uno de los grandes creadores del idioma americano, lo equipara con Hemingway y explica la gran importancia de las novelas de Hammet en el desarrollo del género policíaco. Es curioso que Chandler y Hammet sólo coincidieran una vez, en una cena de Black Mask, y que, según testigos, no se dirigieran apenas la palabra. Supongo que Chandler estaría intimidado, pues debía considerar a Hammet el único igual. Hammet destacó por una escritura objetiva, de acciones, gestos, sonidos, que queda patente sobre todo en El halcón maltés y en las novelas del agente de la Continental. Tal vez por eso Chandler optó por la subjetividad. Cuando dicen que la prosa de Chandler es lírica o está teñida de lirismo se refieren a eso: a la subjetividad, la voz de Marlowe narrando. Creo de verdad que el lenguaje no describe la realidad, sino que la crea, y es el lenguaje de Marlowe el que crea ese Los Ángeles y Baja California donde transcurren sus correrias. Sospecho que Ellroy no soporta a Chandler porque sabe que la poderosa ficción de Chandler es la única que amenaza el Los Ángeles mítico de su infancia que el recrea como un martillo pilón novela tras novela.

Queriendo desmentir la afirmación de Auden de que las novelas de Chandler eran poderosas obras de arte, Connolly le dedicó un maligno artículo en el que decía que el único personaje de estas novelas era Philip Marlowe, y que los demás eran estereotipos. Sin darse cuenta, puso de relieve lo que estoy diciendo: la voz de Marlowe crea todo el mundo de sus novelas - y son siete. Esto no es una defensa de Chandler, pues alguien que cuenta con la admiración de W.H. Auden, Truman Capote o Guillermo Cabrera Infante, no la necesita.

Marlowe es una paradoja, pues siendo un detective del todo inusual - debía de parecerles muy raro a los lectores habituales de Black Mask- ha quedado como el estereotipo y epítome del detective privado de ficción. Para empezar, su apellido es el de un poeta isabelino, Christopher Marlowe, y puede relacionarse con el Marlow de Conrad, también narrador en primera persona. Como suele decirse, Marlowe tiene estudios, no es sólo un tipo duro que reparte estopa y se lleva al catre a cuanta mujer cruce las páginas de sus aventuras. Puede citar a Shakespeare y hacer una crítica pertinente de los diálogos de Hemingway, sabe más de lo que confiesa y siente simpatía por los indefensos y los débiles, conoce todas las partidas del campeón cubano de ajedrez Capablanca, es afable con todo el mundo y tiene una paciencia a prueba de bombas. Obstinado, tenaz, siempre con las peores cartas de la partida en la mano, su dignidad ética y estética es la de aquel que se niega a dejarse vencer, la de quien se niega a decir me rindo.

Decía John Housmann, productor de cine, amigo de Chandler y miembro del Mercury Teather de Orson Welles -sí, aquel que enloqueció América haciéndole creer que los marcianos habían aterrizado en Nueva Jersey- que Marlowe, como Chandler, en realidad era un caballero inglés educado en la Escuela Pública, a quien los nativos de California le debían de parecer tan exóticos como los de las islas de los Mares del Sur, y que se dedicaba a impartir justicia entre aquellos salvajes como lo haría cualquier caballero de su Majestad Británica. Hay algo de cierto en ello. Para los que han querido hacer una lectura "social" o "marxista" de las novelas de Chandler, Marlowe es un sentimental que se enfrenta a la injusticia social desde la emotividad. Qué gilipollez. Marlowe es un individuo al que la sociedad intenta aplastar y aprisionar, que no es capaz de entender ese enorme monstruo que es la sociedad, que es esa ciudad casi recién nacida que es el Los Ángeles de 1930-1940, llena de chantajistas que extorsionan a ninfómanas hijas de millonarios pálidos y violentos, morfinómanos que también son médicos, segregación racial, políticos corruptos y policía al servicio de los intereses económicos, de sexo, lujo y violencia, enfrentado todo eso desde la ironía, la afabilidad y la negativa a dejarse vencer y con la ayuda de un código de conducta caduco y que los demás consideran tonto.

Ese mundo fascinante narrado por un personaje excepcional, salpicado de diálogos que son verdaderos intercambios de epigramas es uno de los mundos a los que me gusta volver de vez en cuando, a la búsqueda de palabras utilizadas por culturas hace mucho tiempo extintas y olvidadas.

ilustración de Diego Molina.

contraportadas

Creo que ya es conocido mi poco aprecio por las contraportadas de los libros. En ocasiones me pregunto quién las escribe, pues sospecho que se trata de gente que no se ha leído el libro. Supongo que debe de hacerlo el departamento de publicidad de la editorial, si lo tuviera o tuviese, así que están pensadas para que entren ganas de leer el libro y para convencernos de que es el enésimo libro del año, de la década, del siglo. Esto a veces genera situaciones ridículas, incluso perjudiciales para el libro en cuestión. Me encanta aquello de cuando escriben un clásico contemporáneo, lo que es una estupidez. Un clásico lo es porque ha trascendido el tiempo, es atemporal, ha vencido a la muerte. Puede desaparecer durante milenios - le pasó al mismísimo Homero, a quien Dante no leyó por no estar los textos disponibles- pero una vez redescubierto, volverá a estar tan vivo como el primer día. Los clásicos producen la ilusión de ser nuestros contemporáneos porque están fuera del Tiempo.

Peor favor le hacían a Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer, del que ya he dicho que no le profeso gran simpatía, creo que en parte por la contraportada, en la que afirmaban que era comparable a Guerra y paz. Menuda tontería. Ni siquiera si le juntáramos Washington D.C. de Gore Vidal y convocáramos por espiritismo a Truman Capote para reescribirlo todo - y lo que se iba a reir- lograría ser un pálido reflejo de la novela de Tolstoi, que no parece que la haya escrito nadie, sino que haya sido descubierta en el cráter de un meteorito.

Si me disgustan las contraportadas, también lo hacen los prólogos y aun peor: las notas al pie de página. No debería ser posible que el prólogo a la poesía de San Juan de la Cruz que tengo en casa ocupe el 75% del libro, pero así es. Y en las ediciones de Paraíso, de Lezama Lima y La vida perra de Juanita Narboni de Ángel Vázquez que poseo, las notas a pie de página alcanzan la categoría de mal sueño.

Wilde nos dice que la gente vulgar - usted y yo y el de más allá- debería leer los libros acompañados del crítico. Tal vez, pero así no saldremos nunca de nuestra vulgaridad. Contraportadas, prólogos y - glups- notas a pie de página son como guías de viaje, no el viaje mismo. Podemos consultarlas preferiblemente después de hacerlo, y ver si disentimos o no de ellas, por mucho que admiremos al tipo que la escribe. Connolly era muy elogioso con Los desnudos y los muertos y a mí no me da ni frío ni calor. Harold Bloom considera ilegible a Céline y yo opino que Bloom anda mal de francés - estoy hablando del idioma.

Sólo he escrito una contraportada en mi vida. Fue la de Callan las sirenas, escrito por mí mismo. Es lo que tiene la co-edición: acabas diseñando la portada, poniendo las fotografías y escribiendo la contraportada, con tu biografía y comentario que despierte el interés sobre el libro.

La verdad es que cuando me dijeron que tenía que escribirla yo, me sentí ridículo. ¿ Para que escribir una contraportada del libro que acababa de escribir? Utilicé un verso de Dylan Thomas - Oh, make me a mask- como inicio porque siempre me ha encantado y siempre me ha llamado la atención el tema de la máscara. También porque entonces estaba buscando una voz que ahora, de grajo o afónica- me parece haber encontrado, lo que no sé si es buena noticia o no. Comentaba lo del juego de las máscaras, que yo ignoraba entonces que viniera de Browning, a quien aún no he leído, y copiaba de Gil de Biedma - oh, mi amor casi primero- y un poco sin admitirlo - me cuesta incluso ahora- de Kavafis. Que conste que no me equiparo a ellos: digo que los expolio con toda la tranquilidad de espíritu del mundo. Escribí también en la contraportada palabras que siempre me han gustado: "fragmentos", "tránsitos" y "figuraciones", para acabar con el lector que debe reunir todo esto en su nuevo espejo o máscara.

Bien pensado, para lo poco que dice, la contraportada es lo mejor del libro.

flowers, de Andy Warhol, 1970.

la bendición del ángel

Porque está amaneciendo, te ruego

que me sueltes, porque está amaneciendo

y no fue hecho el sol para los ángeles

como fue hecho el hombre para la muerte:

Él nos envía a la caída de la tarde

a advertir o a destruir sus ciudades

y el sol nos está vedado

desde que amanece a mediodía.

.

Porque está amaneciendo y fuiste

firme y fuiste entero

en reclamar lo que querías

te lo concedo: que mi bendición sea

tu cadera dislocada, tu prole marcada

la dulce amargura de saberte

vivo para siempre en una fábula

que a la postre nadie canta.

noviembre de 2008

Jacob y el ángel, serigrafía de Shraga Weil, 1965.

vida del trovador Gausbert de Poicibot

De las vidas recogidas en Vida y amores de los trovadores y sus damas, edición de Martín de Riquer para El Acantilado, Barcelona 2004, traigo aquí la del monje Gausbert de Poicibot, de quien se nos dice que nació en el Vizcondado de Limoges, hijo del castellano de Poicibot y fue hecho monje cuando era un niño, en un monasterio llamado de Sant Luart. Allí aprendió letras y supo bien cantar y trovar. Salió del monasterio por deseo de mujer y se presentó a Savaric de Mauleon, quien le dió equipo de juglar, vestidos y caballos, con los que pudo ir por las cortes trovando y haciendo buenas canciones.

Se enamoró de una doncella gentil y hermosa pero ella le dijo que no sería suya si no la hacía su esposa, por lo que Gausbert fue de nuevo donde Savaric de Mauleon y le explicó su cuita y Savaric lo hizo caballero y le dió tierras, con lo que pudo tomar a la doncella por esposa y la trató con gran honor.

Gausbert partió para España - y nada se nos dice del objeto del viaje- y su esposa quedó en Aquitania, donde fue cortejada por un caballero inglés que tanto hizo y dijo que al final se la llevó y la tuvo por amante durante largo tiempo, hasta que la abandonó con vileza.

Gausbert, vuelto de España, entró en una ciudad a pasar la noche y por deseo de mujer salió a las afueras, a casa de una vieja donde le habían dicho que había una bella doncella. Pagó por ella y cuando se la entregaron, vio que era su esposa, lo que produjo gran dolor y gran vergüenza en ambos. Pasaron la noche juntos y al día siguiente marcharon juntos y Gausbert la hizo ingresar en un convento. Tal fue su dolor que no volvió a cantar nunca más.

Y eso es todo lo que nos dice la Vida de Gausbert de Poicibot, que produjo entre 1220 y 1231 y de quien se conservan quince canciones.