
Atrás quedaron las cacerolas, las entrevistas de trabajo, los acosos sexuales y mi miedo a estudiar.
Ahora me encontraba en posición de jefe, tenía mis propios negocios y empezaban a aflorar mis sueños que alguna vez, de chico, me acompañaron en cada tarde de merienda junto a Walter Lance, cuando nos enseñaba a dibujar al Pájaro Loco.
Un día me levanté y decidí hacer realidad la idea de hacer dibujos animados. Así fue que un 8 de diciembre, feriado, me puse en contacto con algunas productoras de TV y ose decir que tenía algunos guiones para dibujos animados, que obviamente, aun no escribía.
Para mi sorpresa, a los pocos días, recibí una invitación, de la productora que en aquel entonces venía haciendo furor en el país. Y pocos meses después, intercambiaba mi trabajo entre una ciudad que me dio una hija soñada, un casamiento, un divorcio prematuro y la querida Buenos Aires.
Mis ideas se materializaban en una oficina de pleno microcentro -Corrientes y Florida-, trabajando junto a otro loco como yo, juntando gente que anime, dibuje, ilustre, y personalidades de la farándula para poner las voces.
Mi otra mitad de la semana, estaba destinada a mi dulce pueblito, que aunque no nací allí adopté como propio, donde entre otras cosas, daba clases de informática y ciencias de la comunicación.
El tema es que de miércoles a domingos, estaba en Capital, solo y sin tener a quién llevar a su casa, un sábado por la noche.
Como los boliches no son mi fuerte, decidí llamar a una amiga, que la vida nos vio crecer juntos. Nuestros padres eran amigos inseparables, y por ende ella era algo así como una hermana.
Así fue como sin querer o queriendo, hizo todo lo posible para que su mejor amiga se convirtiera en mi novia. Y así fue. Dos meses después estábamos en un sillón, abrazados, sellando el momento con un tema del Gordo Caseros (shimaUta).
Mi amiga-hermana, estaba chocha. Éramos la pareja ideal. Teníamos los mismos gustos, los mismos desengaños y la misma mejor amiga!
Todo era perfecto, sólo faltaba el enano de la Isla de la fantasía. Pero había un detalle. Mi nueva profesión requería vincularse con personajes del under ilustrativo, lo cual implicaba tenía que subir o bajar, como quieran interpretarlo, hasta el nivel de locura de ellos y eso me convertía en uno de ellos.
Eso incluía charlas con el Gordo Caseros, que en ese tiempo tenía un barco y ¡le estaba adaptando un volante de carrera en lugar de un timón a su velero de 22 pies!. Era el país del nunca jamás, todos hacían lo que realmente querían.
Así estaban las cosas. Todo venía viento en popa. Los dibujos comenzaban a sonar. Eran todo un éxito. Otro de mis sueños empezaba a ser redituable y lo que era un hobbie, se transformó en una pasión que dejaba buenos dividendos.
Con mi socio y amigo, se nos subió el humo a la cabeza. Notas en todos los canales de televisión, merchandasing de nuestras creaciones y se empezaban a escuchar ofertas televisivas con conductores de renombre.
Pero de un día para el otro, el que parecía tener TDHA no era yo, sino el presidente de la República, que luego de dar una serie de contraordenes, decidió tomarse el palo en su helicóptero presidencial, para dar lugar a una infinidad de presidentes posteriores que lo único que lograron fue que el dólar se fuera por las nubes y por ende nuestro proyecto se esfumara junto con el peso argentino.
Estábamos en la calle. Las productoras empezaron a desaparecer y los canales de televisión se quedaron sin programación. Nadie invertía y los espacios se rifaban al mejor postor. Pero de dinero, ni hablar.
Mi amiga y mi novia, seguían en el limbo. Nada parecía perturbarlas, hasta que caí con la noticia que me volvía a mi pueblito.
Ese día me quedé sin novia y sin amiga. Pero aprendí una cosa. “Cuando buscamos un sueño, puede que no se dé. Pero el sabor de haberlo intentado todo por obtenerlo, te deja la satisfacción de haber aprendido algo que no está en ningún libro”. Y como decían los Mayas, la verdadera ciudad dorada reside en el conocimiento de cada hombre.
Créanme cuando les digo que ese día me di cuenta que era rico.

Tenía apenas 18 años cuando decidí empezar a trabajar a cambio de no estudiar. El sólo hecho de pensar en tener que estar 4 o 5 años en un mismo lugar estudiando, me mataba. Decir que tenia TDHA en ese momento, era como contar que eras astronauta. Ni mis viejos iban a creer en ese diagnóstico. Así es que mi vieja optaba por la psicología del cinturón –aun siendo jugador de rugby- Pero era mi vieja, y un cinturonazo o la simple amenza dolía más que cualquier tacle de atrás y a los pies.
Pero mi otro yo se negaba a estudiar. Realmente no sé cómo terminé el secundario. Apenas con 15 años me asocié con un analista de sistemas, pusimos una casa de computación y ganaba mis manguitos: pero mi viejo, ni lento ni perezoso, al sospechar mi jugarreta, acudió a una simple frase: “Sí te llevas una materia, la casa de computación te la meto en el orto”. Así eran ellos. De pocas palabras, pero muy sabias para que lograra mi título de bachiller sin llevarme una sola materia.
Pero ya tenía 18 años. Mis hormonas estaban más alteradas que nunca, no tenía clonazepam, y mucho menos la mágica pastilla llamada Lexapro –si hay algún laboratorio que quiera auspiciar mi blog, bienvenido sea-, así que decidí encarar a mis viejos y decirles que lo mío era trabajar.
·"Estudiar" era una palabra que le asentaba muy bien a mi hermano. La naturaleza no había sido equitativa con nosotros. Y eso nos convirtió en el día y la noche. Pero hermanos al fin. Así que me tocó ser la oveja negra. El hijo descarriado, contrera, fanático de Boca –una de mis decisiones más asertivas- cuando todos eran de River.
De alguna u otra manera siempre sobresalía. Para bien o para mal, pero era mi esencia. Así que tuve que dar la nota un domingo de pastas caseras.
- ¿Ya pensaste nene qué vas a hacer con tu vida? – dijo mi hermano, que me lleva tres años y con un futuro brillante como comunicador social.
Mi mamá miró a mi viejo, como diciendo “decí algo”. Pero él sólo puso cara de cansancio, ya que ser bancario de lunes a viernes y administrador de edificios los sábados, era una tarea demasiado estresante como para también tener que lidiar con el menor de la familia.
El horno no estaba para bollos, entonces quise esquivar el misilazo de mi hermano argumentando que no era mi padre para hacerme esa pregunta.
Mi vieja, tomando las cartas del asunto y aprovechando que el tema estaba servido en la mesa, apaga la tele justo cuando iban a dar la formación de River, en el recordado programa “Polémica en el Fútbol”. Las gallinas gritaron al unísono su disconformidad.
Mi vieja, con tres hombres en la casa, estaba harta de la pelota, de Víctor Hugo, Maradona, los suplementos deportivos y vaya a saber cuantas cosas más.
- A ver hijo mío, qué vas a hacer con tu vida. ¿Ya sabes lo que vas a estudiar?- Mirando de reojo a su marido para que tome la posta.
Obviamente estaba claro que de trabajar ¡ni hablar!. La pregunta fue más incisiva que la de mi hermano.
Mi viejo se limpió los bigotes, tomó un trago de vino y esbozó con algo de poder:
- Respondele a tu madre nene, así nos da de comer – empezando a reirse y descomprimir el tema.
La reina de la casa se enchinchaba y yo aprovechaba para tirar la bomba.
- ¡Voy a trabajar!
El silencio fue unánime. Mi hermano viendo la catástrofe que se avecinaba, manotea el Pagina 12 para esconderse.
Mi madre creía que era una joda y aprovechó para salir en busca de una cuchara para servir. Pero mi viejo no pensó lo mismo. Se le borró la risa de un plumazo y empezó con su discurso que todos los hijos sabemos.
Ya en la sobremesa, luego de que me sangraran los oídos, mi hermano preguntó si podía encender la tele.
- Sí hijito – dice mi vieja, tratándolo como a un niño mimado, obviamente porque “estudiaba”.
- Igual voy a trabajar – expresé en voz alta pero sin mirar las caras que ahora apuntaban a mí.
- El que te jodés sos vos solito – dijo mi vieja con tono amenazante, mientras levantaba la mesa con bronca.
- Mañana me toman una prueba en una multinacional. – Arrojé para que me dejaran tranquilo.
Todos me volvieron a mirar, pero ahora desorbitados.
- Bicho hace algo por favor – fueron las pocas palabras que pudo pronunciar mi madre a su marido.
- Y qué querés que haga. Es tu nenito– haciéndome un gesto como que después hablaríamos, pero ahora con cara de amigos.
Mi vieja se volvió, como si hubiese visto nuestras caras de cómplice y arrojó enfurecida:
- ¡Ustedes son dos Boludos!
Luego retó a mi hermano por tener el volumen alto de la tele y se fue a acostar, previo cuarto de Astisol (un anti alérgico que usaba ante la falta de conocimiento de la existencia del afamado Clonazepam).
Mi viejo me hace señas para irnos y me dijo en voz baja:
- Acompañame a buscar helado, así la mami se calma.
A partir de ese momento me dí cuenta de dos cosas. La primera fue que mi viejo me demostró que ya era todo un hombre y como tal, me respetaba y apoyaba en todo lo que decidiera hacer en mi vida. Y la segunda fue que si tus hijos tienen TDHA o algo parecido, el clonazepam lo tomen todos y no uno solo.

Era un domingo al mediodía. Estaba solo y a pesar que el día daba para hacer un asadito en medio de la montaña con algún amigo de turno, preferí almorzar en el shopping.
Eran casi las dos de la tarde. Me arreglé como si fuera a una fiesta. Saqué mi perfume importado –que generalmente lo utilizo para citas confirmadas- y salí en busca de un domingo distinto. Aún sabiendo que jugaba Boca Juniors, en el mejor horario para la modorra.
Dejé el celular en casa a propósito, ya que demasiado debía usarlo en la semana, y partí hacia el cielo artificial de ese gigante de cemento. Típico de un porteño, quizá porque lo soy.
A diferencia de lo que pensaba, eran muchos más de los que imaginaba los que habían adoptado ese lugar como encuentro familiar.
El patio de comidas desbordaba. Por suerte los fanáticos de las cajitas felices, estaban concentrados en un rincón a plena luz artificial.
Recordando a mi madre, opté por unas pastas rellenas y me alejé de los zombies buscando lugar en el fondo, donde la luz natural entraba por un gran techo de vidrio.
Aun así me costó correr con mi bandeja para conseguir una linda ubicación. Me pareció raro ver que uno de los mejores sitios que ofrecía el lugar, estuviera vacío. Cuando me acerqué ilusionado, veo que una chica, no tan chica, estaba muy bien vestida, con bolsas de compras en una de sus manos, pero desparramada en el asiento de dos plazas, durmiendo casi en un quejido. Mi teoría de que era el mejor lugar acababa de ser confirmado.
Opté por una mesita contra la pared, cuya vista me permitía observar casi todo el resto de la mesas. Incluyendo a la bella durmiente.
No pude evitar pensar qué estaba haciendo esa chica, por cierto hermosa, sola y sin nadie que le acaramele el oído, como se veía a una pareja dos mesas más atrás.
Después de unos cuantos bocados, me dí cuenta que aquella pareja, donde los dos parecían modelos publicitarios, más ella que él, no mantenían una charla de dos. En una posición que los psicólogos determinarían como egoísta –y no pienso describirla para que aquellos que saben de lo que hablo, sigan con el privilegio de reconocerlos a tiempo-, estaba la rubia producida, obviamente muy flaca, hablando sin parar. El joven pensando vaya a saber que perversidad para después del almuerzo, que sólo él había comido, ponía cara de interesado mientras trataba de buscar posiciones que no lo hicieran dormirse. Calculo que si hubiese contado las veces que la rubia se llevaba las manos hacia ella, definitivamente se hubiese dormido.
Detrás mío tenía a un grupo de mujeres, tal vez hermanas, ya que eran todas muy parecidas y de aspecto regordete, pero muy felices, a pesar que la moda quisiera enseñar lo contrario.
Confirmado estaba que no se veían hace mucho, ya que tuve que hacer de fotógrafo para plasmar el encuentro con una cámara digital, que obviamente no sabía manejar.
Los de la mesa de al lado, miraban y sonreían. Un padre, desalineado y algo abandonado junto a sus dos hijos, me hizo pensar dos cosas. O estaba por descubrir algún cálculo matemático importantísimo para la humanidad o bien, se había dado cuenta que su futura ex mujer lo había dejado de amar. No por malo, decidí creer en la segunda opción. De todas formas era mi propio mundo, mi almuerzo dominguero donde decidía elegir quién era quién.
Tras mi último bocado y con un aburrimiento por no encontrar nada más divertido para analizar, acomodé los restos de comida en mi bandeja y me dirigí hacia el basurero que estaba a unos metros. Casualmente algo que no suelo hacer en mi casa y mucho menos después de convivir con tres mujeres –Pero no se asusten. Mi psiquiatra tiene un paciente que lleva 5 divorcios ¡Y ES CATÓLICO!-
Decidí mirar una película en el cine, con el fin de distraerme un rato, y evitar preguntar al guardia, que tenía una radio en su oreja, cómo iba el partido.
Cartelera aburrida si las hay, era la del domingo. Encima la mayoría de las películas ya circulaban por los videos club truchos como pan caliente.
Pero había una, “21 Black Jack”, que no sólo me llamó la atención sino que me hizo volver al pasado, tras ver que uno de los protagonistas era nada más y nada menos que Kevin Spacey, el mismo que me hizo ver con “Belleza Americana”, que mi primer matrimonio era todo un fracaso. Algo parecido me pasó con “Ricordate di me” en mi segundo matrimonio, pero no viene al caso.
Ya sentado en la butaca asignada, con mi bolsa de pochoclo a un lado y la gaseosa en el otro, esperé ansioso que se apagaran las luces.
La poca gente que había en la sala, me hizo dudar de la elección sobre la película, pero minutos después, empezaron a llegar los espectadores, molestando y haciendo ruido en medio de las colillas -una de las cosas que más me gusta ver cuando voy al cine-.
La verdad que la película me sorprendió y para bien. Si bien no soy crítico acepten esta puntuación: diez puntos sobre diez. Impecable. Un joven estudiante del MIT quiere ingresar a la facultad de medicina de Harvard, pero para eso debe juntar 300 mil dólares o bien una beca: pero para ganarse esta última debía, además de tener un currículo impecable, tener algo que lo haga sobresalir. Algo fuera de serie, que lo hiciera sobresalir por encima de todas las páginas que llevaba su carpeta, ya que 72 aspirantes a esa beca poseían un currículo tan bueno como él y con tantas recomendaciones iguales o mejores. Por eso debía preparar un ensayo, qué le hiciera ganar esa beca. Lo demás, mejor que imaginarlo es que vayan al cine y disfruten de esa película que me dejó no sólo con la boca abierta, sino que me hizo recordar el motivo por el cual había decido estar solo todo el fin de semana. Tenía que presentar mi propio escrito que me hiciera dar el salto a la escritura popular...
Siempre me sucede que cada vez que pasa algo importante en mi vida, y no hablo de sólo cosas buenas, lo identifico con las películas o bien, cuando era más joven, con temas musicales. Pero como la música cada vez viene más enlatada, me volqué al cine. Y como ahora pago solo una entrada, se volvió un vicio que vaya a saber hasta cuándo durará.
Creo que esta película dio en la tecla e hizo un clic en mi cabeza (ojo que no soy Adam Sandler). Y como no tengo 300 mil dólares decidí hacer este blog… al menos hasta que me den el alta.
Con un dolor en el cuello y con los nervios de volver a un pueblo que lo vio crecer, Alejo se baja del colectivo que tenía tantos años como la ciudad que lo patentó.
Nublado, frío y con una humedad que lo abraza hasta el alma Alejo confirma que todo estaba en el mismo lugar de siempre, alrededor de la plaza principal: municipalidad, hotel, bar, tienda de ropa, banco, kiosco y la parada de remises que antiguamente era de taxis.
Bien pudo ir hasta el hotel para acreditarse y dejar su pequeña valija pero sus ganas de sacarse una vieja espina hicieron que caminara en sentido contrario y se subiera al único coche disponible de una remisería que parecía abandonada.
El chofer busca la mirada del cliente por el espejo retrovisor y pregunta hacia dónde se dirigen.
Alejo deja la nostalgia que le enseñaba la ventanilla para volver a la época actual y dirigir al conductor hacia el cementerio.
La luz naranja de un atardecer único de ese pueblo y las calles desoladas por un viento frío de un invierno crudo como en los años de su juventud lo llevaron a un pasaje de su vida que duró sólo hasta la frenada desprevenida del chofer.
- ¡Aunque los años pasen y te escondas detrás de las arrugas, aún sigues siendo el mismo despistado de siempre, Marion!- Le dice Alejo mientras veía pasar un perro tan asustado como él.
El chofer ahora con nombre propio larga una carcajada. –¡Pensé que no me recordarías!-
Alejo descansa su mano sobre el hombro de Marion y le dice:
-Las luces y el glamour de un mundo mucho mejor que el que veo en este pueblo casi olvidado, no han podido borrar la memoria de la gente que aprecio-
Marion carraspeó para decir gracias y se acomodó en su asiento que de repente le quedaba chico.
Los dos se distendieron y entraron en charla hasta sentirse como en aquellas épocas de los jueves de carne asada en el boliche de Juan, un antro que reunía a todas las clases sociales para hacer del salón precario pero con lo suficiente para sentirse cómodo, una gran mesa de amigos donde todos contaban sus historias de la semana, como lo hacia Don Juan Moreira cien años atrás en la misma pulpería pero atendida por el abuelo de Juan.
Marion lo llevó de recorrida por todo el pueblo, poniéndolo al corriente de todo lo sucedido mientras Alejo recorría el mundo con sus escritos, que lo llevaron a ganar un premio Nobel en literatura.
Ver a los hijos de los hijos de sus amigos y ex novias lo golpearon de una manera tal que le recordaron que ya no era un adolescente e hizo una pausa para preguntarse qué había cosechado en todo este tiempo. Marion entendió su silenció y decidió terminar la recorrida para dirigirse al destino original.
- Llegamos Don Alejo- frotándose las manos por el frío de una calefacción que había dejado de funcionar hacía tiempo.
- ¿Cuánto te debo Marion? – con un tono afectuoso mientras sacaba su billetera.
- Por favor, Don Alejo, es un placer tenerlo de nuevo por acá. La casa invita-
- ¡Dejate de joder, che! A esta altura no te hagas el cocorita y decime que se te debe – golpeando su puño contra el hombro de Marion.
- Me ofende Don Alejo. ¡Bájese por favor! – Dándose vuelta y mirándolo fijo a los ojos.
- Está bien, yo acepto tu obsequio pero ahora vos no desprecies el mío. - dejando en el asiento del acompañante un dinero suficiente para el arreglo de la calefacción del auto y un poco más también.
- ¡Y te callas la boca! – Cerrando la puerta y saludando con un gesto de “ya puedes irte”, mientras Marion aún estaba perplejo por los billetes que parecían resolverle problemas de muchos años atrás.
Los portones aún estaban abiertos y con un cartel desgastado por el tiempo pero que se dejaba leer claramente que todavía le quedaba media hora para hacer lo que tenía pensado. Compró unas flores en el puesto y avanzó con un paso decidido.
Primero recorrió los ya conocidos por orden de llegada. Luego tomó coraje y se dirigió a la parte más nueva que albergaba las almas de los idos más recientemente. La cooperativa eléctrica fue la que se encargó de embellecer un lugar olvidado por el municipio. La misma que tuvo la suerte o desgracia de tenerlo entre sus filas cuando recién salía de la escuela secundaria. Sus ganas de destacarse como todos los que integraban la comisión lo llevó a ser invitado por el presidente a abandonar el cargo de vocal por tener ideas demasiado adelantadas y que atentaban contra la idiosincracia de un pueblo que se negaba a crecer.
Ese fue el principio de varios de malos tragos que vivió por tratar de imponer sus ideas, sin estar ligado a ninguno de los dos partidos políticos que gobernaban el pueblo.
Fue así como descubrió su vocación de periodista en un semanario, que supo explotar sus cualidades al máximo en letras de plomo, que engendraban las dos linotipos que no paraban de escribir para llegar a tiempo con la tirada que crecía mes a mes.
Muchos de los recordados en esas placas de mármol fueron entrevistados por Alejo y en cada uno que encontraba descansando intentaba recordar el título de la nota que los albergaría para siempre en la historia de su pueblo.
Sólo cuando llegó a la placa que hubiese deseado no haber visto nunca, se arrodilló, vencido por un dolor que escondía desde que supo que su amor se volvió inmortal.
Poco a poco fue desarmándose, hasta quedar completamente desprotegido de la armadura que él mismo fabricó el día que se fue, para no volver nunca más.
Se acerca a la placa con su nombre y le dice:
-Las flores son una broma. Recuerdo muy bien lo que me dijiste la primera vez que te las regalé- moqueando y tratando de aferrarse a ese recuerdo que ya sólo existía en una mitad de un corazón, que alguna vez fue parte de uno mucho mayor.
Su llanto se fue transformando poco a poco en una sonrisa hasta terminar en una carcajada que sólo ellos dos entendían, ya que, como en aquellos tiempos, en muchas ocasiones las palabras sobraban.
- Sé que me entiendes y que de alguna manera estás conmigo. Sé que no fue la mejor manera de decirte adiós y tampoco pude expresarte cara a cara todo lo que he sentido por este amor. Te he inmortalizado en cada libro, en cada historia de amor, en cada rincón de este mundo, pero nunca tuve el coraje de llamarte ni decirte acerca de una carta, con la explicación que entiendo esperabas. – Ya sentado contra el muro como un indiecito tomándose de las rodillas para poder balancearse mientras miraba al costado como si ella realmente estuviera allí.
El viento empieza a soplar más fuerte. Alejo se enrosca su bufanda y sigue sentado ya que aún tenía una larga charla que se debían de hace años.
- ¿Te acordás cuando veníamos a visitar a nuestras madres? Así nos conocimos, ¿cierto?- rascándose la cabeza.
Alejo sufrió como muchos la muerte de su madre que inesperadamente se la llevó el día de su cumpleaños, una mañana de noviembre. Iba al cementerio cada lunes para desahogarse y contarle todos sus problemas, y lo difícil que le resultaba empezar sin ella a su lado que era todo lo que tenía y por lo que vivía ya que él se encargó de mantener la casa que abandonó su padre cuando aún no nacía.
Una de esas mañanas los dos se encontraron en la canilla para llenar los floreros. Cuál de los dos con más lágrimas en sus mejillas.
Así empezó una relación, que poco a poco se transformó en un amor casi puro, si no hubiera sido por la contaminación de un encuentro a destiempo. Ella estaba comprometida y la presión social no le permitía tomar decisiones con el corazón. Él la respetó y entendió cuál era su lugar, al menos hasta entender que nada de lo que había construido día a día le alcanzó para posponer lo inevitable.
- Pensé que ibas a volver al cementerio luego de tu casamiento, pero nunca imaginé que sería de esta forma. – Acariciando con amor su nombre escrito en la placa.
Alejo estira su mano y saca del florero de la madre de ella una carta que el tiempo y la naturaleza hicieron lo posible por resguardarla.
Ella nunca tuvo el coraje de volver al cementerio luego de su casamiento. Lloró cada noche y cada mañana de su vida por su sueño no cumplido, de vivir junto al hombre que la protegió, consoló y cuidó de ella, aún bajo las sombras de un pueblo que ya sospechaba de un amor sin pies ni cabeza.
Esa noche fatídica donde estaba entregando su alma al hombre que tuvo la suerte de rescatarla primero, fue cuando Alejo emprendió un viaje que solo tendría el pasaje de retorno cuando ella cumpliera su promesa que hizo frente a un Dios que tampoco supo hacer nada.
Alejo saca de su bolsillo unas gafas, sacude la tierra de una carta que aún estaba virgen y con mucho cuidado la abre.
- Gracias por lo de coqueto. Pero me costó mucho asumir que debía usar anteojos- empañando su vista con unas lágrimas que lo acompañaron en su largo viaje.
Tal como la había guardado, abre en cuatro partes tres hojas llenas de una letra que tarda en reconocer. Las hojea rápidamente de ambos lados y levanta la vista.
- Siempre soñé con leerte esta carta bajo la tibia luz de un atardecer que ya nadie le da importancia. Ojalá puedas encontrarme detrás de esta voz que el cigarrillo se encargó de convertirla de locución.
El cielo da su último destello, intensificando la luz para que Alejo pueda leer su carta y así ambos puedan descansar en una paz que el Señor supo reservar para los dos.
De camisa amarilla y pantalón de vestir gris, golpeó la puerta a su primer trabajo. Un estudio de dos contadoras venidas a menos que buscaban principiantes y por supuestos buen mozos.
A pesar de saber que el lugar era solo un lugar de tránsito, ya que sus expectativas no estaban puestas ahí, los nervios no dejaban de fluir detrás de una gran puerta de roble en uno de los edificios más coquetos y con más historia de Mendoza.
Su cara de pueblerino fue suficiente para que ambas hermanas lo tomaran casi sin pensarlo, mientras se pateaban por debajo del escritorio, confirmando que esa cara de pueblerino no solo lo hacia inocente sino que generaba una sensación de chico virgen. Y ambas querían comprobarlo.
- Bueno jovencito contador, si está interesado en trabajar en nuestro estudio, deberá empezar hoy mismo. La remuneración no es mucha, pero suficiente para empezar, luego veremos en que puesto lo pondremos y ahí fijaremos un sueldo acorde a su profesión.
Esas simples palabras de la contadora que parecía tener más autoridad, lo relajaron y sin darse cuenta se aflojó el nudo de la corbata que no estaba acostumbrado a usar.
El estudio era un departamento de dos ambientes con dos divisiones para separar a ambas contadoras del resto del personal.
Mónica, la secretaria y mano derecha de ambas, con cinco años de paciencia y trayectoria se encargaba de todo lo que ellas no tenían ganas de hacer. Y eso era mucho, para dos ricachonas venidas a menos y separadas desde hace más tiempo del que uno quisiera.
Después estaba Vanesa que se encargaba de todo lo referente a sueldos, pero solo iba los martes y jueves, por lo tanto su escritorio estaba vacío, ya que era lunes.
Y por último estaba la segunda Mónica, una morocha muy agradable, pero con cara de cansada. Al levantarse para saludarlo, se alivió que su cansancio no era de estar en ese estudio, sino porque estaba a punto de tener familia.
- Ocuparás el lugar de ella hasta que vuelva de su licencia por maternidad– mientras lo toma por la cintura, acercándole su cuello para que huela un rico perfume importado además de sus intenciones poco profesionales.
La mayor de las hermanas sale de su oficina con la cartera en mano y le dice a su socia que se les hace tarde. Por cierto con algo de mal humor, ya que no estaba respetando las reglas internas que ellas mismas se impusieron.
- Mónica, acuérdese que a la tarde no venimos porque tenemos la cancha de tenis reservada. – Mientras miraba cuanta plata tiene en la billetera.
La secretaria, sin siquiera mirarla le hace un gesto con la mano como para que se fuera de una vez.
- Por favor no deje de llamar a los inquilinos. Hoy es 12 y aún no pagan.
- Si Contadora, yo le aviso cualquier cosa.
Ni bien cierran la puerta Mónica les hace caras burlescas y con fastidio.
El joven estaba ahí parado observando alguna silla que no tuviera carpetas para sentarse y quedarse bajo las ordenes de la futura mamá.
- ¿Querés un café? – Dice la secretaria, con el fin de entrar en diálogo y descubrir cuáles eran las intenciones del muchacho ya que ninguna tenía conocimiento de su llegada.
- Por supuesto, y muchas gracias por tu atención – Dijo el muchacho con una cordialidad que ya ninguna de ellas estaba acostumbrada a escuchar, especialmente en ese lugar.
Mónica trae el café, le explica más o menos el funcionamiento general del estudio.
- No te asustes, estas dos viejas nunca están en las tardes. O el tenis, o el té con las amigas o algún hombre de turno que se apiadó de ellas. – Los tres sonríen y así logra distender el clima que siempre hay en un trabajo donde entra alguien nuevo.
Ambas Mónicas se miraron y dijeron a la vez
– Le decis vos o le digo yo?
El joven, con la taza en la mano, parece no entender y las mira con cara de sospechoso.
- Decile vos que ya mostraste la hilacha – Dice la futura mamá.
La secretaria que tenía cerca de cuarenta y largos años, pero que aparentaba de treinta, en tono irónico le pregunta como dio con esta gente, para saber si no se estaba pisando en sus comentarios, aunque ya era tarde.
- En verdad, la conocí en un cumpleaños de mi novia. – Dice él con algo de miedo.
- Entonces estás en graves problemas – Dice una de ellas y las dos largan la carcajada.
Mientras se agarraban la panza de la risa y tratando de tomar aire, le explicaron el motivo.
- Ningún hombre duró mucho tiempo acá – Dice Mónica mientras vuelve a su asiento.
- Al menos que tenga algo de gusto – dice la otra Mónica volviendo a las carcajadas.
El recién recibido de contador, trata de ignorar el comentario y se termina su café lo más lentamente posible hasta que vuelve la calma y se cambia de tema.
- No creas que pienso volver de mi licencia. Mi marido puso un vivero, uno de mis grandes sueños – Dice Mónica mientras guarda unas carpetas en los ficheros para que tengan más lugar sobre el escritorio.
- Así que preguntá lo que quieras. No me tengas miedo, el puesto será todo tuyo.
- ¿Qué hay acerca de Vanesa? – Dice él.
Ambas Mónicas se quedan tiesas y expectantes ante la pregunta. La embarazada lo mira y le pregunta.
- ¿Qué querés saber exactamente? –
- No se, ¿es como ustedes? ¿es familiar? – Ambas vuelven a reirse.
- Ojalá - dice la secretaria que estaba a solo un metro del escritorio de ellos
- ¿Por qué viene solo dos días a la semana? – vuelve el al ataque obviando por completo el comentario.
- Simple, - Dice Mónica – Solo se encarga de los sueldos y jornales y la verdad que no hay muchos clientes con empleados.
- Además no le ofrecieron un buen sueldo y como no tiene hijos ni alquiler que pagar, está en condiciones de negociar.
- Al final la rubia, de tonta no tiene un pelo – Dice la secretaria con algo de envidia.
- Creo que deberíamos teñirnos dijo la embarazada - Todos se rieron.
El resto del día fue más distendido, Mónica le explicó minuciosamente que errores no debía cometer para no enfurecer a las contadoras. Lo demás era tarea de rutina que hasta un contador recién recibido podía hacer casi de memoria.
Cuando faltaban 5 minutos para las seis de la tarde, ambas, sistemáticamente empezaron a guardar todo. La secretaria toma sus llaves y le dice al joven.
- Bajemos juntos, ¿te parece? porque abajo esta siempre cerrado por cuestiones de seguridad.-
- Yo aprovecho para hacer unos llamaditos, así que no me esperen. – Dijo la otra Mónica.
Ambos la saludaron con unos besos al aire y se fueron rápido hasta el ascensor que estaba a su disposición.
- Menos mal que no vino Mónica, sino te ibas a sentir algo incómodo – mientras le daba la espalda para cerrar la puerta y haciéndole notar que el mismo era realmente chico.
El se quedó sin emitir un solo sonido, quizá por vergüenza, quizá porque se sorprendido de su actitud.
Al salir, ella lo despidió con un beso en la mejilla, lo miró un segundo más de lo debido y salió apurada, señalándole que su marido la estaba esperando enfrente con el auto.
El caminó unas cuadras hasta la parada de ómnibus, pero al darse cuenta que no tenía las monedas para el boleto, decidió irse caminando a la pensión que lo albergaba desde hacía dos meses y siete días y que quedaba a unas treinta cuadras. Suficientes para hacer un balance de su primer día de trabajo.
A mitad de camino, feliz de tener trabajo, decidió hacer una parada en un local de comidas rápidas donde vendían hamburguesas. Se pidió la más grande y con más condimento. – Los fiambres de la pensión deberán tomarse un descaso – se dijo a si mismo.
Llegó la noche, y luego de una larga ducha, en un baño compartido por inmigrantes de toda Sudamérica, decidió salir a caminar hasta la plaza más próxima, que era realmente hermosa.
Las veredas enceradas y los focos de luz iluminando cada árbol como si fuera un monumento, fueron suficientes para elegir un banco donde relajarse. Observaba cada pareja de novios que caminaban enamorados bajo una noche cálida de verano, y por primera vez disfrutaba del presente. Sin pensar en el pasado, ni planificando el futuro, porque ahí estaba, viviendo el momento que tan feliz lo hacía.
Agarró su celular. Vió que no había llamados ni mensajes de su novia que ya conocía hacia dos meses, pero no le preocupó mucho. Sabía que era así. Se preguntó si dejar que haya tanto espacio entre los dos, para no molestarse, al fin de cuentas no sea en verdad un desinterés por parte de ambos.
Llamó a sus padres para darle las buenas noticias ya que estaban a más de mil kilómetros de distancia, en un pueblo llamado Navarro. Su madre, como siempre dándole consejos sobre la cómo cuidarse, los modales, y un sin fin de directivas, mientras su padre, orgulloso, escuchaba desde el sillón, totalmente satisfecho de tener un hijo que seguía sus pasos.
Se había hecho realmente tarde, y la noche no quería ser abandonada. Pero unos borrachines de turno, que empezaban a romper el silencio de una ciudad que dormía, lo hicieron cambiar de parecer y volvió a la pensión en busca de un poco de sueño.
Eran pasadas las 9 de la mañana y el timbre del estudio no respondía. Ya sin nervios en el estomago, decidió esperar a la llegada de alguna de las chicas que tuvieran llaves.
Se sentó en uno de los escalones de la entrada y empezó a contemplar cada una de las mujeres que caminaban por la ancha cuadra de una ciudad que parecía haber despertado muy temprano. Obviamente no estaba del todo enamorado, pero la palabra “casamiento” ya circulaba en los asados de domingos, en la casa de sus suegros.
Desde lo lejos, una rubia de media altura, menuda y vestida con un estilo texano, lo dejó sin pestañear hasta que se dio cuenta que la tenía enfrente suyo.
- Permiso – dijo ella con un perfume que terminó de desarmarlo.
Apenas pudo esbozar un “disculpe” mientras se incorporaba y acomodaba la ropa.
- Nunca me habían tratado de usted, estaré poniéndome vieja – Dice ella con una sonrisa.
- Vos debes ser nuestro nuevo compañero, pasa y disculpame, es que se me hizo tarde – tratando de sostener la puerta pesadísima que se le estaba resbalando, culpa de unas botas blancas con tacos de madera muy finos.
Con su maletín en mano, se adelanta y camina avergonzado y asustado hasta el ascensor.
- ¿Me habrá visto como la miraba? – se preguntaba en esos segundos que la tenía a su espalda. – Debe estar acostumbrada – se dice para tratar de recuperar la calma.
No termina de pulsar el botón del ascensor, cuando se acuerda que el mismo seguía siendo tan angosto como cuando se fue. Eso lo sonrojó más.
- No seas vago, son solo dos pisos, subamos por las escaleras – tomando la delantera.
El no pudo evitar observarla con detalles desde las costuras de un jean que parecían a punto de descocerse hasta la camisa a cuadros que tenía anudada a la cintura.
Realmente no sabía que decirle. No tenía palabras para entrar en diálogo. Algo inusual en él ya que el chamuyo era una de sus cualidades para conquistar batallas que siempre duplicaban sus soldados.
Mientras ella abría la puerta del estudio, él recobró el sentido y la estabilidad.
- ¿Vos debes ser Vanesa, cierto?
- Además de ser lindo, ¡hablás! – dice ella gastándolo y volviendo a atropellarlo para defenderse de un ataque imprevisto.
Ël quedó duro nuevamente y ella para descongelarlo, ya que se dio cuenta que era inofensivo cortó el silencio.
- ¿Te estuvieron hablando de mi? – Mientras encendía las computadoras de todos.
- Muy poco – dice él mientras se dirige a la cocina para preparar café
- ¡Mujeres! Esto es un nido de víboras – murmura enojada mientras cierra un cajón con algo de enojo.
Haciéndose el que no la escucho asoma la cabeza por la puerta.
- ¿Querés un café o té?
- No gracias, acabo de desayunar con mi ex
Mientras se calienta el agua, se va hasta su escritorio para revisar su correo personal.
- ¿Sos separada? – pregunta él, haciéndose el despreocupado y observando el monitor.
- Algo así, solo quiero que se lleve todo de mi depto de una vez, así no lo veo más.
El hace una sonrisa con ruido, como entendiendo del tema.
- Che, las chicas hoy no vienen? – pregunta él, preocupado por hacer algo.
- Sí, solo que vienen más tarde, porque las contadoras hoy hacen tribunales y suelen llegar al mediodía, con suerte.
- Creo que te está hirviendo el agua. –
El sale corriendo hacia la cocina.
- Voy a cambiar de opinión, ¿me harías un te de frutillas?
- Si lo encuentro, con gusto.
- Esta en el segundo estante de la alacena.
- Ok, ya lo encontré
Cuando sale de la cocina, ella no estaba en su escritorio. Camina despacio tratando de no dejar caer te en el plato.
Ella se asoma por la puerta del baño.
- Creo que vamos a estar solitos toda la mañana.
El ruido de la taza temblando empieza a ser cada vez más fuerte. Obviamente el té se volcó y dejó bien claro que, en cuestiones de atropellos femeninos, tenía muy poca calle.
Limpia la taza con un papel de servilleta y sale corriendo para su escritorio, para hacer de cuenta que no la escucho.
Ella sale del baño acomodándose el pelo y con un brillo en los labios que no los tenía al entrar.
El se agarra la cabeza y se revuelve el pelo, muy nervioso.
- ¿Problemas? – dice ella con tono amenazante mientras le da el primer sorbo a la taza de té.
- Si no dejo de pensar, creo que lo voy a estar – mientras se incorpora de nuevo en su silla y acomoda el monitor.
Ambos se miran. Ella se muerde el labio inferior y vuelve a sus planillas.
El busca desesperadamente una excusa para acercarse a su escritorio y terminar de una vez lo que ella había empezado. Pero los nervios no lo dejaban pensar en algo casual. Por supuesto, la culpa de traicionar no solo a su novia, sino a si mismo, lo hacía transpirar, dejando evidencia de miedo en su camisa blanca.
Vanesa, con algo más de calle que él, al ver que no arrancaba, le dio una última chance.
- No te fijarías que le pasa a mi compu que no arranca – sin mirarlo, mientras tildaba algo en sus planillas.
El cierra los ojos. Su sangre empieza a correr como un toro enojado y se levanta carraspeando su garganta.
- Veamos – dice él, mientras descubre lo que había dentro del escote de su camisa.
Ella le toma la mano que dejó apoyada sobre el Mouse y gira su silla desafiándolo a transgredir algunas reglas.
La toma de la cara y le estampa un beso carnívoro en su boca. Ambos se desesperan agarrándose y dando manotazos como si se estuvieran ahogando.
Casi sin aire y tomándolo de los pelos le pide que la lleve al escritorio de la dueña.
Ella apoya su cara contra el escritorio mientras se da el lujo de tirar al piso todo lo que había de con un solo movimiento de brazos. Se baja en jean hasta la rodilla y lo mira de reojo mientras jadea desesperada.
El se toma la frente, da un paso atrás y trata de recuperar su dignidad.
- Creo que esto es una locura – mientras observa como espera esa mujer ser devorada por un verdadero caníbal.
- ¡Dale pendejo! – dice ella caliente y enfurecida.
De repente aparecen imágenes de su lado más bueno. Su novia, las palmadas de su suegro, sus largas caminatas tomados de la mano. Intenta saber que tan malo podría ser. Pero después, su lado no tan bueno se deleita mirando un pecado que se va desnudando ante sus ojos hasta que decide entrar a ese mundo desconocido y sin protección. La debilidad de la carne le gana y desarma toda la oficina con un solo aliento.
Ya cuando la respiración volvió a la normalidad y ella relajada a upa de él, ambos sobre el sillón de su empleadora, escuchan la cerradura de la puerta principal.
-¡Mierda! – dice ella mientras se viste tan rápido como puede.
El abrocha su camisa, se acomoda el pantalón y pregunta exhausto:
-¿Qué hago?
- Esta puesta mi llave en la puerta con una sola vuelta. No va a poder entrar- Mientras lo vuelve a mirar con deseos de atacarlo de nuevo.
- ¡No jodas! Y decime como salimos de este quilombo- Desesperado mientras se escucha el primer timbre.
- Anda a abrirle a la vieja y cerrame la puerta – le dice saltando en una pierna para meter la otra en su jean.
Se acomoda los pelos y la camisa y abre la puerta. Era la contadora que llevaba más ventaja y con más perfume que el día anterior.
- Perdón, no me había dado cuenta que estaba la llave puesta – dice él muy nervioso.
- No te hagas drama. Les pasa a todos cuando comienzan – dice con furia mirando la puerta de su hermana que aún no se abría e imaginando lo peor.
Se mete en su oficina, que por cierto era la que estaba habitable.
- Cuando puedas pasa por mi escritorio.
- Si Contadora, enseguida. – Dice él mientras se ubica en su escritorio disimulando estar terminando algo.
Respira profundo, abre su correo para despejarse un poco tratando de matar su culpa por lo que había hecho. Tantas noches de novios para enfrentar y defenderse ante mujeres como Vanesa, para que al primer atentado, tire por la borda todas las promesas y cumplidos que le había jurado a su novia.
- ¿Te falta mucho? – Dice la contadora, volviéndose a meter en su oficina haciendo sentir con sus tacos de madera el fastidio de una mujer burlada.
Se levanta de su escritorio avergonzado y con miedo de haber sido descubierto. Antes de entrar, se da cuenta que Vanesa aún no salía del otro escritorio.
- Cerra la puerta por favor – Mientras lo mira despiadadamente girando su silla de un lado a otro.
Pide permiso y se sienta.
-¿Digame en que puedo ayudarla? – colocando sus manos tímidamente sobre la mesa.
- No me gusta andar con vueltas. Soy una mujer grande y por sobre todo no soy ninguna boluda. – Acercándo su rostro hacia él, apoyando sus enormes y caídos pechos, sobre el escritorio.
El traga saliva, intenta poner cara de jugador de poker, pero la mirada intimidante de ella, lo deja sin cartas.
-Entonces vaya al grano contadora – inclinándose hacia el respaldo de la silla y esperando la estocada final de una mujer que acababa de ser burlada.
Ella se levanta, pone un cd de música con lentos de los 80 y camina hasta quedar a sus espaldas.
Se acerca a su hombro y le dice al oído:
- Dime, ¿dónde puedo conseguir a un verdadero hombre? – terminando su última palabra con una respiración tibia.
El gira su silla, la toma por los hombros y mirándola fija a los ojos, con su seño fruncido y muy enojado por haber fallado a su novia, a él mismo y por sobre todo por entender que el era cruel como todos los que trabajaban ahí, le responde:
- Le aseguro que en esta habitación no lo va a encontrar nunca.
Cerró su carpeta, levantó la vista y saludó a sus alumnos con una voz firme pero sin dejar de ser agradable.
Bajando las escaleras y en la recta final hacia un fin de semana largo, Mariana intentó no caerse ante la pasada desesperada de los alumnos por llegar primero a su casa.
De repente uno de ellos tiró de su guardapolvo. Ella se dio vuelta con algo de fastidio al segundo intento de retenerla pensando que sería alguno de ellos enganchado con su mochila.
- Seño, se le cayó este sobre – dijo el niño con cara de apurado.
Lo tomó sin pensarlo y automáticamente miró hacia ambos lados en búsqueda de alguna mirada indiscreta. Se sonrojó más rápido de lo previsto y aceleró su paso mientras escondía el secreto entre sus infinitas carpetas de colores.
Sólo cuando llegó a la parada de autobuses pudo volver a respirar con normalidad. Intentó encontrar con su mirada alguna pista de ese sobre mientras sostenía las carpetas, imposibles para una sola mano al tiempo que con la otra buscaba en sus bolsillos las monedas para subir al micro que ya estaba esperando por ella.
Ya sentada, gracias a la caballerosidad de un hombre en extinción, dejó sus carpetas reposar sobre sus piernas. Algo temerosa y confirmando que nadie conocido estuviera con ella, en esa ciudad de 45 personas, volvió a sacar el sobre a la luz.
- ¡Quién te mandó a llamar! – abrazándolo a su pecho.
Sacó la carta con una rapidez que sólo había utilizado para copiarse, en la materia que más le costó para recibirse, en aquellos años donde conoció al autor de ese secreto que tanto guardaba.
- Yo puedo ayudarte con Geografía – le sugirió Alejo que estaba en el asiento de atrás de ella.
Mariana sonó su nariz para disimular la congestión de un llorar que tenía prohibido salir, al menos hasta llegar a un lugar donde nadie los viera.
- ¿Vos? – aun con el pañuelo en la cara.
- No traes birome ni carpeta a las clases ¿y pretendes ayudarme? – enojada porque aún así, Alejo aprobaba su última materia para convertirse en docente.
- No seas rencorosa. – tomándola del hombro - Que sea despistado no quiere decir que no me apasione por lo que me gusta.
- Puede que tengas razón. Además tus notas hablan por sí solas. – ya más relajada y aceptando la propuesta del nuevo maestro.
- Te espero en el café de abajo a las tres y media.
Así empezó una relación de compañeros, luego de buenos amigos, hasta convertirse en algo difícil de definir ya que ella tenía pensado casarse, ni bien se recibiera de ingeniero agrónomo su futuro ex esposo.
- ¡Abrí dale! que nos pueden ver – codeándolo para meterse en una escuela de campo que estaba a unos pocos kilómetros, de un pueblo que tenía la lengua más larga que una iguana.
Ambos estaban cumpliendo su pasantía como maestros de grado y sus vueltas a pie todas las tardes de un noviembre primaveral los volvió inseparables. Al menos hasta que llegaran los fines de semana donde ella debía cumplir con el rito de cumplir con la formalidad de un noviazgo que ya la estaba asfixiando, con celos enfermizos que ella se encargaba de alimentar con su desinterés semanal.
- Listo. Vayamos a la biblioteca que es más cómodo – dijo él, acelerando el paso por unos nervios que ninguno de los dos habían invitado.
Cuando intentó abrir la puerta ella lo frenó, tomándolo de la mano que intentaba embocar la cerradura con una llave que temblaba como si hicieran veinte grados bajo cero.
- Estoy segura de hacer lo que vamos a hacer – Le dijo ella muy segura para intentar frenar ese temblequeo que cada vez se hacía más intenso.
- Decirte que tengo frío sería poco creíble. – Sonriendo y dejándose abrazar como un niño recién salido de la bañera esperando ser secado por su madre.
- Respirá profundo y despacio varias veces y verás como todo se calma.
Y así fue. Llegó a un punto de relajación que tuvo que sacudir la cabeza para seguir con lo planeado.
Había una mesa improvisada con dos copas, un vino tinto muy fino y una vela. Todo sobre un mantel rojo intenso, pero con marcas de batallas anteriores, que intentó aclarar, pertenecían a pasiones ajenas de amigos y parientes. Pero fue en vano, ya que no hubo tiempo de explicarlo todo por la impaciencia de ella de callarlo con un beso explosivo, lleno de rush, que hacía juego con el mantel.
Ya los dos en el piso, envueltos con el mantel y con la música de unos grillos bajo una luna llena que aun no mostraba su intensa luz azul, Alejo se incorporó como pudo para encender la retorcida vela roja.
- Pide un deseo – le exigió él.
- Mmm, listo – dijo ella con los ojos cerrados y cuando infló sus cachetes de aire, un viento que entró por una ventana que dejaba ver las luces de los autos que pasaban por la ruta, sopló antes que ella, arrebatándole su deseo.
Mariana quiso hacer su primer berrinche, pero el la calló con el dedo índice posándolo sobre sus labios carnosos.
- Shhh, te amo.
No hizo falta que pasara el próximo auto por la carretera para ver los ojos empañados de ella, que luego estallaron en lágrimas.
Se abrazaron, dejando caer lo poco que les cubría el torso, para poner en sincronismo dos corazones que empezaban a latir como uno solo.
El, con sus manos fuertes de su antiguo oficio de carpintero, acariciaba su larga y lacia cabellera negra.
- No quiero presionarte, sólo quiero que lo sepas – le susurró al oído.
Ella no dijo una sola palabra, sólo suspiró muy fuerte.
- Ambos tenemos un destino que seguir. – Dijo él, secando ahora sus propias lágrimas.
- Hay una carta en esta biblioteca, escondida dentro de algunos de los cientos de libros que posee esta escuela. – Le decía mientras la tomaba por los hombros tratando de encontrar su mirada – Sólo cuando sea el momento ella te encontrará a ti.
Al día siguiente, cuando ella debía ponerse un vestido que se creía blanco, él abandonó la ciudad que tenía más de doscientos años de historia y tradición. Dejó su renuncia en el escritorio del director y fue en busca de un mundo que estaba deseoso de albergarlo con su corazón quebrado.
Mariana siguió con la escuela y su vida. Pero todos los días buscaba esa carta, que tanto necesitaba para seguir soportando los avatares de una vida no deseada por ella, pero necesaria para que su padre no perdiera el poder político que se disputaba con su suegro, en un pueblo que con sólo poseer un bochorno social era suficiente para volcar las urnas hacia el lado contrario.
Se hizo amiga del bibliotecario para obtener todos los registros desde aquella fecha que nunca pudo olvidar, pero nada la llevaba al encuentro.
Pero un día, luego de muchos, el director mandó a llamarla a su despacho en carácter de urgencia.
Asustada y sin entender el por qué del apuro, dejó sus cosas en el casillero, se miró al espejo y salió decidida a enfrentar a un viejo lunático, que sólo hablaba con ellas una vez al año frente a todos los padres, o bien, cuando alguien era despedido.
- Cierre la puerta y siéntense por favor – mientras abría su cajón del escritorio.
Ella carraspeó mientras disimuladamente, secó sus manos transpiradas por los nervios, en su delantal.
- Usted dirá Sr Director.
El se paró, caminó hacia la ventana para no tener que mostrar su rostro y le dijo:
- Sobre el escritorio hay algo que le pertenece. – con una voz gruesa que se iba quebrando con cada frase.
Ella inclinó su mirada sin mover siquiera su cuello para tratar de no ver lo que creía que era.
- Me acaba de llegar un telegrama con la muerte de Alejo – ahora con palabras desarmadas por un llanto que parecía de un niño.
- Siempre nos mantuvimos en contacto. En todo este tiempo desde que se fue, poco a poco toda mi vida la fui endeudando con sus consejos y sabidurías que el mundo le enseñaba día tras día.
- El día que se fue, dejó sobre mi escritorio su renuncia y también una carta. – mientras buscaba un pañuelo para limpiar su rostro inundado por las lágrimas.
- Pero él me dijo que estaría... – dijo ella totalmente desconcertada.
- Sí, en un libro. – dijo él mientras se arrimaba hasta quedar a la misma altura que ella - Le comentó que algún día esa carta la encontraría a usted.
Luego se incorporó y caminó hasta su sillón que casualmente posaba detrás de él, una foto de una promoción donde salía Alejo abrazado al entonces maestro de sexto grado.
- El libro fue sólo una excusa para matar el tiempo, o como me decía él a mi, “para que el tiempo me mate”.
Ella abrazó la carta apoyó su cabeza sobre el escritorio y en un quejido silencioso, dejó salir su furia como lo hacen los muertos con su alma.
Con el tiempo ella supo controlar su dolor, que aparecía sin ser invitado, cada vez que esa carta la encontraba a ella, como ese día arriba del colectivo que la llevaba de vuelta a su casa.

A mi regreso de la ciudad de Buenos Aires, mi ciudad natal que me vió crecer hasta los 13 años, encaré la ruta 7 con destino a Mendoza, con más mercadería de la que cualquier viajante quisiera tener encima.
Milagrosamente y como muy pocas veces me pasa, salí temprano con el fin de no hacer noche en la ruta, ya que no me gusta dormir en estaciones de servicio.
Tractores a mi izquierda, luego a la derecha y así la misma imagen que se repetía una y otra vez, ante cada pueblo que atravesaba. Y todo gracias a las increíbles palabras, de una presidente nefasta (como los hubo siempre en la Argentina), que puso su sello bananero, atacando a los productores diciéndoles la frase, que Dios quiera pase pronto a los libros de historia… ¡Tengo Aguante!
Ya por la localidad de Vedia, la última parada para poder cargar gas (GNC) hasta llegar a Río Cuarto, me estacioné para tomar un rico café con leche.
Para los que conocen del lugar, saben que la estación, no tiene un Bonafide instalado, pero su café de máquina, es bastante rico. Por suerte ese día había muy poca gente, y para mi gusto, en una de las mesas que daba contra la pared de vidrio, posaba una hermosa señorita de aspecto similar al de Graciela Alfano, sólo que reemplazaba sus cumpleaños –más de cincuenta- con cremas en lugar de cirugías.
Sola, aburrida y mirando más allá de las cosas, estaba sacudiendo un sobrecito de edulcorante para un café que se estaba poniendo frío.
Con mis habilidades de cazador –novato por cierto- y mi necesidad de cariño ante el sexo opuesto, que ya llevaba dos meses de almanaque tachados, me senté en una mesa donde ella pudiera verme.
Mientras esperaba que me traigan el café con medialunas, busqué una excusa para acercarme a ella.
Se la veía bien vestida, quizá demasiado para un simple café de estación a las once de la mañana. ¿Una cita a escondidas?, ¿un amigo confidente que nunca llegó? O un café de reflexión, a solas, luego de una noche inolvidable. Pero su cara de aburrida no coincidía con ninguna de todas mis conjeturas.
Después de pensar y hacer todos esos análisis, que obviamente no me llevaban a ningún lado, recordé a una vieja amiga de la primaria, Marianela, que me enseñó con apenas doce años, que mis aires de Robert Redfordt en nada coincidían con la ropa que generalmente usaba, ya sea por las combinaciones o bien por el estado de la misma. Imagínense que mi esencia nunca cambió y si hubo alguna modificación fue para peor, ya que mi trabajo de viajante y con veinte picos de años más, llegaban a la conclusión que lo único que podía encarar en ese momento, era la puerta para ir al baño y arreglarme un poco.
Cuando volví, ya aseado y con la ropa en su lugar, mi café esperaba calentito en mi mesa. Al mirar más allá me di cuenta que había quedado solo y la mesa que más me interesaba, totalmente sin rastros, como si nunca se hubiese sentado nadie.
-¡Siempre tarde! – me dije.
“A la hora de encarar no hay que pensar” me decía un amigo, cada vez que salíamos a bailar. Por desgracia pasaron los años y lo sigo pensando, aunque ya no soy virgen.
Volví a la camioneta y emprendí nuevamente mi largo camino a casa.
No podía evitar pensar en el motivo de su huida. El café aún no lo empezaba a tomar y yo no me tarde más de cinco minutos!
Mis pensamientos machistas no pudieron evitar llegar a la conclusión que el amante de turno pasó a recogerla de apuro y con algo de retraso. Una amiga que tengo, con algo de sensibilidad en sus venas –Y ojo que ya no quedan muchas- hubiese reprochado mi patética conclusión y sacaría de su manga, su lado más femenino con un final mucho más de película. Nuestras charlas siempre terminaban en pelea y en este caso, hubiese sido de la siguiente manera: “Esperaba a su fiel marido que volvía del hospital, con los resultados de unos estudios que ella no se animó a buscar”. O cosas más románticas aún. Pero por suerte, ella no estaba y mi morbo, revuelto con mis necesidades de un macho en celo, no permitían ese tipo de reflexiones… como casi siempre me pasaba.
Ya llegando a un cruce, no muy lejos de la estación, diviso a una mujer de tapado rojo intenso haciendo dedo.
Una vez más mis patéticas reflexiones, habían sido erróneas. Era ella. Me paré unos metros más adelante y puse las balizas. Desvíé mi espejo retrovisor apuntando directamente a su cuerpo, que venía haciendo equilibrio sobre el pedregullo, ya que llevaba unas excelentes botas negras con taco alto y bien fino. –¡Como a mi me gustan!-
Llegó a la puerta del acompañante, bajé el vidrio –eléctrico por suerte- y apoyando un cuerpo que prometía me adelanté a decirle:
-¿Hasta donde vas bombón?- con cara de banana y necesitado.
-Hay mi sol, voy hasta San Luis- Me dice muy amorosa y con una voz de fumadora que tampoco se parecía a la de mi fantástica Graciela Alfano.
Por un momento intenté no pensar en el peligro al que me exponía -Sí, soy demasiado miedoso, ¿y qué?- Pero esta vez le hice caso a mi amigo de secundaria y sin pensar más le dije con voz firme:
-Dale, subite- Mientras tiraba algunas cajas para atrás.
-Siempre es bueno tener a alguien que te cebe mate mientras manejás- Le tiré, para que bajara la guardia y se sintiera más cómoda.
Ya en ruta, mientras ella se hacía del equipo de mate, yo buscaba una FM para ambientar el espacio y ganar tiempo para el chamullo.
-Vos sos la chica que estaba en el café de la estación, ¿cierto?
Ella se quedó tiesa. Dejó de agitar el mate, para sacar el polvillo a la yerba y respondió en forma seca.
-¿Estabas ahí vos? – mientras volvía a su labor del mate.
¡Mierda! Me dije. Esa chica de séptimo grado me engualichó. Éramos solo tres personas las que estábamos ahí. Evidentemente voy a tener que volver al gimnasio y cambiar mi guardarropa.
-En realidad estaba cargando combustible y no pude evitar mirarte. Creeme que no pasas desapercibida.
Supuse que esa respuesta, fue algo inteligente para no quedar como un estúpido.
-Gracias por el piropo, pero ese es mi problema cuando tengo que viajar.
-Al contrario, ¿por qué decís eso? – con voz firme y poniéndome en papel de padre, aunque casi me duplicaba en edad.
- Si realmente me viste, habrás notado que un camionero se ofreció a llevarme- Dando vuelta su cara para que no vea el dolor que aún llevaba dentro.
- ¡El muy cabrón quiso propasarse conmigo! – dijo muy enojada como si el mate fuera la cara de ese camionero.
-¡Pero así le fue también! – esbozando una sonrisa que sonaba a venganza.
Con ese comentario, mis fantasías de una aventura amorosa se esfumaron por la ventanilla.
- Gracias por levantarme, pareces un buen pibe – Tomando mi mano cuando justo estaba poniendo la quinta marcha.
¡Mujeres!... ¿quién las entiende?. Obviamente me enojé, pero mi cuerpo se empezó a revolucionar al sentir sus tibias manos, algo huesudas, encima de mí.
Bajé un cambio, de marcha por supuesto, intentando evitar su mano sobre la mía, ya que se me vino a la mente la imagen del ahora pobre camionero.
Ahí nomás y en forma verborrágica , empecé a hablarle sobre mi vida, que mi destino era Mendoza y vaya a saber uno cuántas estupideces más, con el sólo fin de saber si era yo y no ella, el que estaba confundiendo todo.
En medio de mi monólogo, ya que ella se limitaba solo a mirarme despiadadamente, mientras me acercaba mate tras mate, empecé a transpirar y bajé mi ventanilla para refrescar mi cuerpo y mis ideas, que cada vez eran más perversas.
Ella hizo un gesto de aprobación y colocó el mate a un lado para sacarse el fabuloso tapado rojo, con movimientos violentos ya que el espacio no era mucho. En medio de esa pelea, uno de los botones de la camisa que parecía chica, para sus dos atributos naturales, se desprendió haciendo que mis ojos no tengan otro destino que ese paisaje de montaña.
Creo que ella se dió cuenta de mi estado y decidió divertirse conmigo.
-Qué cantidad de bultos que llevas aquí adentro – Dejando que me diera cuenta que estaba mirando mi entrepierna.
- ¡Sí, sí! - Digo con cara de chico virgen asustado.
- Me parece que vamos a tener que dejar el mate, porque yerba… ¡no hay más! – largando una carcajada.
Ante semejante desliz, la miro desencajado. ¡Era la histeria hecha carne! No sabía si hacerla eyectar del asiento o romperle la boca de un beso. Seguí mirándola, ahora sin emitir un solo gesto. Estaba petrificado sin saber que hacer.
-¡Guarda! – Dice ella señalando hacia delante.
Clavé los frenos, me fui a la banquina y evité un choque contra otro auto. El motor se paró.
De repente, el ruido de unos bombos y cánticos hacia la presidente se hacen cada vez más fuertes, en repudio por la guerra entre el campo y el gobierno. Subí las ventanillas para tratar de reestablecer la magia que había, hacía unos segundos, mientras ella no paraba de estrujarse los pechos del susto, mientras respiraba agitada.
- ¡Pensé que nos matábamos, bebe! –
Quise decirle mil frases amorosas estúpidas como cumplidos, pero mejor que hablar es hacer, así que recordé al querido actor de “Rolando Rivas, taxista” y le estampé un beso en la boca, como si fuera el mejor Don Juan de la historia.
La tomé de la nuca con las dos manos y le dije muy excitado:
- ¡No se vos, pero yo me adhiero al paro!
Ella miró todo a su alrededor, vió que la camioneta tenía vidrios polarizados y volviendo su mirada hacia mi zona más erógena, refuta, quizá más caliente que yo:
-No te preocupes… ¡Tengo aguante!
Una mañana de tibia de noviembre,, Nicolás amaneció con la idea de hacer mas de lo mismo. --Un dia más decía él—
--Necesito un día más para olvidarla.—mientras se incorporaba lentamente en la cama y se inclinaba otro poco para apagar el despertador.
Sus compañeros de habitación, Juan y Emilio, no entendían porque tenia la necesidad de despertarse tan temprano, sabiendo que el desayuno recién se servia a partir de las 9.
Se pone las pantuflas, se cuelga una toalla de mano blanca en el cuello y sale en busca de una ducha para ganarle unas minutos al día.
Luego, con los pocos pelos recién peinados, sale perfumado con destino al patio de visitas.
En el pasillo se cruza con Juana, la enfermera que no solo se encarga de llevarle los remedios a su habitación, sino también de leerle bellas novelas de amor, cuando él anda en uno de esos días donde parece haber visto un fantasma.
-- Buenos días Nicolás!, otra vez temprano? – le dice Juana percibiendo otro día de cuentos e historias románticas.
-- Hola querida, no te asustes, hoy no hay novelas – le afirma con un guiño y una palmada en sus nalgas.
Nicolás toda su vida fue un hombre seductor por naturaleza y sabia muy bien cual era el limite de cada mujer que se cruzaba en su vida.
Una vez en el patio, decide sentarse en el banco donde el sol ya había secado el rocío.
Se sienta muy cómodamente, y toma un respiro muy fuerte tratando de entender una vez mas por que ese olor mañanero podía transformarlo en su mejor medicina contra la tristeza.
Se incorpora como para charlar y en una postura algo desafiante.
-- Ya pensaste que harás conmigo?—le dice a ese ser que está detrás del sol.
-- Porque te aclaro que hoy voy a poner fin a nuestro secreto. --
Se queda un rato meditando, hasta que una mariposa se posa en su rodilla e interrumpe su difícil tarea de no pensar en nada.
Primero le restó importancia, pero luego de unos minutos, al ver que la misma no se iba, la empujo con sus dedos, pero fue en vano. La misma cayo petrificada al suelo. Ahí entendió que esa era la respuesta del dia... le había de llegar la hora.
Tomó la mariposa muerta y la enterró junto a la flor mas bella de todo el geriátrico.
Lloro como un niño desconsolado, sintió un terrible dolor en el pecho al saber que esa mariposa lo había intentado todo para llegar a ese jardín soñado de rosas y que al momento de la concreción cayó rendida por la naturaleza. Al menos él lo había interpretado así. Y lloró por ella y lloró por él.
Juana que había observado todo por la ventana, se acerca y lo invita a desayunar con un rico té y un libro que tenía reservado para alguna ocasión especial. Era hora de usarlo.
Los dos sentados en una mesa del buffet, se miran y cuando ella lee el título del libro, el la interrumpe.
-- Juana, tu siempre me has leído bellas historias de amor. Ahora déjame contarte una verdadera historia romántica.—
Juana, se encoge de hombros, sabía que lo que se venía no iba a ser fácil. La psicóloga del geriátrico habría pagado lo que no tenía por escuchar esa historia que tanto perturbaba a su paciente y que muy celosamente guardaba en sus rincones del corazón.
-- Estas seguro Nicolás? No quieres dejarlo para otro momento? – le pregunta Juana con pocas ganas que le diga que no.
-- Relájate hermosa, es una simple historia de amor que merece tener un testigo antes que sea enterrada como aquella mariposa...—
Juana, se dispone a escuchar la hermosa historia de amor de la que todos imaginaban. Por un instante se le vino a la cabeza todas las conjeturas que se hacían en la enfermería, era un verdadero coloquio sobre el amor. Nunca faltaba la enfermera que desencontrada por algún amor furtivo, en los turnos nocturnos intentaban alinearse con Nicolás en el terrible naufragio del amor. Llegaban a tomar hasta su misma medicación en busca de un poco de paz. Pero solo el “Sacerdote del amor” como lo habían apodado ellas, era el único que, tras escucharlas con algún café de por medio, les daba su pésame.
Fueron muchas las historias que se habían levantado sobre su vida amorosa. Tantas que, si se escuchara la verdadera, sabe Dios que el amor sería desenmascarado y el hombre dejaría de buscar lo que ya Nicolás había encontrado.