Libro de Arena
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Cuentos del Hombrecillo del Futuro

Sorprendentes Microrelatos

Cazavampiros

Hubo un tiempo en que yo era uno de los más reconocidos cazadores de vampiros. Monté una oficina en Transilavania y durante muchos años nunca me faltó el trabajo. Mis dos socios y yo siempre trabajábamos sobre seguro, sin demasiados riesgos. Cuando recibíamos el encargo de acabar con un vampiro empezábamos la búsqueda al mediodía y si no lo habíamos encontrado antes de que se pusiera el sol, aplazábamos el trabajo hasta el mediodía siguiente. Trabajábamos solo los días de sol e incluso estábamos pendientes de los partes metereológicos por si había tormenta o demasiadas nubes, simplemente por seguridad, por prudencia. El vampiro con nosotros no tenía nada que hacer. Los exterminábamos más fácilmente que si fueran roedores. Cuando detectábamos un ataúd lo sacábamos a plena luz del sol y nada podía hacer por defenderse. Un trabajo prácticamente seguro. Llegó un momento que llegamos a prescindir de cruces, estacas y ajos. Simplemente el astro rey, nuestro aliado purificador.

Hasta hace tan solo unas semanas. Teníamos seis ataúdes en el patio del monasterio y cuando levantamos la primera tapa empezó el eclipse. Ahora mis compañeros y yo tenemos trabajo escondiendo nuestros propios ataúdes en lo más profundo de la cripta y rezando (es un decir) para que no nos encuentre nadie antes de cada atardecer.

Asesinato

Le costo meses aprender la técnica para manipular los frenos del coche de su mujer. Nunca había entendido un palabra de mecánica pero se había propuesto hacerlo y ese desconocimiento, que era público entre sus amistades, le proporcionaría una cohartada impecable. Hacía ya años que las cosas no iban bién en su matrimonio. De hecho, llevaban vidas completamente independientes y solo compartian los pocos momentos que se dedicaban a reproches, insultos y amenazas. Dedicó la noche a preparar el coche. Aquella mañana se levantó como cada dia y se dispuso a tomar el café que su mujer, en un gesto rutinario, todavía le preparaba al levantarse. Cuando ella cogió el bolsos y salío por la puerta intercambiaron una extraña mirada. El oyó el coche ponerse en marcha y emprender el último viaje mientras notaba el primer retorcijon en el vientre. Entre espasmos, medio arrastrandose presa de un dolor indescriptible, se acerco al marmol de la cocina y aun tuvo tiempo de ver, antes de desplomarse, el frasco del veneno que su mujer había añadido a su taza!

Orgullo de Madre

Como madre estaba muy orgullosa de él. Sabía que todas las madres están orgullosas de sus hijos, pero ella estaba convencida de que tenía verdaderos motivos para sentirse así. Su hijo era el jefe del grupo, el más fuerte, el más rápido, intuía los peligros antes que nadie y era el primero en detectar la presencia de enemigos. Ella sabía que tenía delante un gran futuro sobre todo por esa habilidad en mantenerse erguido durante tanto tiempo sobre las patas traseras. Pero lo que la acabo de convencer de que su hijo era especial, de que era el primero de una saga que dominaría el mundo, fue verle en la última pelea con otro macho que le disputaba el liderazgo, cuando, empuñando un largo bastón acabado en punta, había amenazado a su rival hasta hacerlo huir. Entonces los gritos y aullidos de asombro y admiración de los miembros del grupo se habían prolongado hasta el atardecer.

Pero ahora el aullido que se oía era otro, dejó a un lado los recuerdos. Su hijo, el jefe, llamaba a agruparse, a salir de la estepa. Se acercaba una manada de grandes felinos. Con el largo palo en una mano, apoyándose en él para otear entre la maleza el jefe los guiaba hasta la protectora arboleda.

Estilete

Hacía dos semanas que en la ciudad no se hablaba de otra cosa. Con cinco víctimas mortales en 13 dias, el llamado “asesino del estilete” acaparaba el núcleo central de todos los informativos de rádio y televisión y, en el diario en que trabajaba Júlia, raro era el dia en que no se le nombraba en la portada. Justo hacia dos semanas que la habían trasladado de sección y ahora trabajaba en la en el cierre y por tanto en horario nocturno. En una entrevista publicada en su diario, el jefe de policia asignado al caso explicaba que las cinco muertes habían sido iguales, un solo pinchazo justo en el corazón, sin señales de forcegeo, seguramente sin mediar palabra. Un solo golpe certero que había acabado con cada una de las cinco personas a altas horas de la noche. Pero Julia no se había dejado atemorizar. No quiso seguir los consejos del policia: salir en grupo, compartir vehiculo y no andar solos por calles poco iluminadas. Aquella noche como las anteriores Júlia cogió su abrigo, declino una vez más la invitación de un compañero para acompañarla a casa en coche y se dispuso a adentrarse en la calle oscura. Al cabo de pocos minutos vio aun hombre que se dirigía en su dirección por la acera de enfrente. Ahora no es momento de tirarse para atras-, penso. Se arrebujo en el gabán y avanzó con paso firme. Su mirada se encontró con la del extraño cuando estaban a la misma altura. Entonces ella cruzo la calle en tres zancadas, se abalanzó sobre él y le clavo el cuchillo, sin lucha, sin mediar palabra. Un solo golpe certero.

El Sofá

Estoy desesperado.

Todo empezó cuando yo tenía unos 11 años, un dia en que me levanté por la noche y al pasar por el comedor me pareció ver a un hombre mayor sentado en el sofá. No era un espectro ni un fantasma, por lo menos sé que no tuve miedo, aunque corrí a explicarselo a mi padre, que abrió la luz demostrando que todo era fruto de mi imaginación. Unos dias después recuerdo que murió mi abuelo.

Aunque esta curiosidad me ha acompañado siempre en el recuerdo, nunca se lo comenté a nadie y nunca volvió a pasar nada parecido.

Hasta hace unos tres años, en que una noche que me levanté para ir al lavabo y me pareció ver, también sentada en el sofá, una mujer de mediana edad, agradable, serena, de mirada lánguida. Me hizo pensar en mi mujer que dormía en la cama. Está vez si lo comenté con mi mujer.

Le hablé de mi visión siendo niño, de la muerte de mi abuelo, de la señora que acababa de ver, y le pedí que fuera con cuidado, entre risas y temores hablamos largamente del tema, me tranquilizó, enseguida me sentí mejor... Pero tres dias después ella murió en un accidente de moto.

Desde entonces no me he atrevido a mirar el sofá por la noche. Vivo con mi hijo tirando adelante los dos solos, él es lo que me ayuda a seguir. He intentado llevar una vida normal, he intentado convencerme de que no pasa nada, de que son ocurrencias de una mente medio dormida, tonterias imaginarias que no deben influir en la vida real. Nunca le he hablado a nadie más del tema hasta hoy.

Pero ahora ya estoy al límite. Estoy desesperado y no se a quien recurrir!

Dios! La pasada noche, inquieto en la cama, me levanté a tomar una pastilla para dormir y no pude evitar echar un vistazo al rincón del sofà: la figura de un niño me devolvió la mirada.

Asesinos

Soy uno de los mejores asesinos a sueldo de la ciudad. Recuerdo que aquella vez me pagaban 500.000 dólares por identificar y eliminar al misterioso capo de una organización criminal que había extendido sus zarpas más allá de lo que los demás jefes mafiosos estaban dispuestos a tolerar. El problema era que nadie conocía su aspecto. Nunca se le había visto en público, las órdenes las daba siempre por móvil y cuando entraba o salía de la oficina, situada en un gran edificio de una calle amplia y céntrica, lo hacía siempre rodeado de colaboradores, ayudantes y guardaespaldas y era imposible saber de cuál de ellos se trataba. Mes situé con mi arma de largo alcance en una ventana del edificio de enfrente de las oficinas. No tuve que esperar mucho para ver salir los primeros hombres: hasta 20 personajes trajeados, todos muy parecidos los unos a los otros, dispuestos a embarcar en algunos de los ocho coches que, motor en marcha, esperaban en la puerta. Pero sabía que iba a ser fácil. Recuerdo que en aquel momento pensé que lo dificil había sido conseguir el número de su móvil. Tuve que darle una buena paliza a uno de sus hombres para sonsacarle el número.

Entonces hice la llamada y disparé al que sacaba el teléfono del bolsillo. Un solo disparo, encima de la nariz, 500.000 dólares.

Embarazo

Lo más importante ya lo había conseguido, finalmente había quedado embarazada. Después de años de pruebas e intentos fallidos, tendría un hijo. Pero ahora lo más importante era que nadie descubriera su estado. Si podía esconder su gestación durante los dos meses que calculaba que podía durar, seguramente pasaría el peligro y podría hacer pública la notícia. Escondida en el almacén, entre viejas máquinas y aparatos inservibles, la hembra esperaba la visita diaria de su compañero. El Nexus-6 entró después de asegurarse de que nadie le había seguido. Se dirigió hacia ella y la acarició en un circuito externo. Ella, la Tyrell-R2, emitió un silbido, que él interpretó como una sonrisa.

Pacto Infernal

Ya desde muy jovencitos las diferencias entre ellos habían sido irreconciliables. Con el tiempo las envidias, las rivalidades y los enfrentamientos, los habían llevado a un odio casi animal. Desde hacía un tiempo, Joaquín había entrado en lo que se podría llamar una mala racha. Mientras Luis había ido alcanzando éxitos cada vez más importantes en todos los campos de la vida, él había iniciado un descenso sin fin. En tres meses había perdido el trabajo, le había dejado su mujer y se había adentrado por caminos cada vez más oscuros. Pero lo que no podía soportar, lo que le impedia conciliar el sueño, era la buena suerte de su amigo, y esta tarde había decidido vengarse. Tenía en sus manos un libro de magia negra que había adquirido en una librería del barrio antiguo. Había comprado el material necesario y se disponía a invocar al demonio. Hizo el dibujo con cera negra en el suelo, encendió las cinco velas y pronunció las palabras mágicas.

En unos instantes la bèstia se materializó.

–¿Puedo hacer algo a cambio de tu alma?– Dijo el demonio.

–Quiero que hagas daño a Luis, que le hagas fracasar en todo, que se acabe su buena suerte!– dijo Joaquín.

–Lo siento– añadió la bestia– hace tres meses que trabajo para él.