Libro de Arena
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El Blog de Elora

De altos espíritus es aspirar a altas metas

El perro cojo

Esta mañana, cuando esperaba, paciente, para cruzar un semáforo, de camino al trabajo, un precioso perro pequeñito, vino corriendo, y se encaramó a mi pierna, sonriendo alegremente y meneando el rabo, como si me conociera de toda la vida, y me quisiera. Ese detalle me alegró la mañana, aunque enseguida vino su dueña, y se lo llevó, claro.

Siempre he tenido un don para los animales, en especial los perros, que todos parecen adorarme nada más conocerme, y a mí me pasa lo mismo con ellos.

La anécdota de esta mañana me emocionó, y me hizo recordar un hermoso poema que leíamos en mis tiempos de colegio, y que siempre lograba -ya de aquella- arrancarme alguna lágrima. Como estoy poética últimamente, he decidido buscarlo, y colgarlo, para recordarlo con vosotros. Algunos ya conoceréis esta joyita, y otros espero que lo disfrutéis tanto como yo. Aquí os lo dejo, con cariño:

Manuel Benítez Carrasco

Granada, 1922 -- Granada, 1999

EL PERRO COJO

Con una pata colgando,

despojo de una pedrada,

pasó el perro por mi lado,

un perro de pobre casta.

Uno de esos callejeros,

pobres de sangre y estampa.

Nacen en cualquier rincón,

de perras tristes y flacas,

destinados a comer

basuras de plaza en plaza.

Cuando pequeños, qué finos

y ágiles son en la infancia,

baloncitos de peluche,

tibios borlones de lana,

los miman, los acurrucan,

los sacan al sol, les cantan.

Cuando mayores, al tiempo

que ven que se fue la gracia,

los dejan a su ventura,

mendigos de casa en casa,

sus hambres por los rincones

y su sed sobre las charcas.

Qué tristes ojos que tienen,

que recóndita mirada

como si en ella pusieran

su dolor a media asta.

Y se mueren de tristeza

a la sombra de una tapia,

si es que un lazo no les da

una muerte anticipada.

Yo le llamo: psss, psss, psss.

Todo orejas asustadas,

todo hociquito curioso,

todo sed, hambre y nostalgia,

el perro escucha mi voz,

olfatea mis palabras

como esperando o temiendo

pan, caricias... o pedradas,

no en vano lleva marcado

un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar: psss, psss.

Dócil a medias avanza

moviendo el rabo con miedo

y las orejitas gachas.

Chasco los dedos; le digo:

"ven aquí, no te hago nada,

vamos, vamos, ven aquí".

Y adiós la desconfianza.

Que ya se tiende a mis pies,

a tiernos aullidos habla,

ladra para hablar más fuerte,

salta, gira; gira, salta;

llora, ríe; ríe, llora;

lengua, orejas, ojos, patas

y el rabo es un incansable

abanico de palabras.

Es su alegría tan grande

que más que hablarme, me canta.

"¿Qué piedra te dejó cojo?

Sí, sí, sí, malhaya".

El perro me entiende; sabe

que maldigo la pedrada,

aquella pedrada dura

que le destrozó la pata

y él, con el rabo, me dice

que me agradece la lástima.

"Pero tú no te preocupes,

ya no ha de faltarte nada.

Yo también soy callejero,

aunque de distintas plazas

y a patita coja y triste

voy de jornada en jornada.

Las piedras que me tiraron

me dejaron coja el alma.

Entre basuras de tierra

tengo mi pan y mi almohada.

Vamos, pues, perrito mío,

vamos, anda que te anda,

con nuestra cojera a cuestas,

con nuestra tristeza en andas,

yo por mis calles oscuras,

tú por tus calles calladas,

tú la pedrada en el cuerpo,

yo la pedrada en el alma

y cuando mueras, amigo,

yo te enterraré en mi casa

bajo un letrero: «aquí yace

un amigo de mi infancia».

Y en el cielo de los perros,

pan tierno y carne mechada,

te regalará San Roque

una muleta de plata.

Compañeros, si los hay,

amigos donde los haya,

mi perro y yo por la vida:

pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;

por más que yo lo cuidaba,

el tiempo malo pasado

lo dejó medio sin alma.

Y fueron muchas las hambres,

mucho peso en sus tres patas

y una mañana, en el huerto,

debajo de mi ventana,

lo encontré tendido, frío,

como una piedra mojada,

un duro musgo de pelo,

con el rocío brillaba.

Ya estaba mi pobre perro

muerto de las cuatro patas.

Hacia el cielo de los perros

se fue, anda que te anda,

las orejas de relente

y el hociquillo de escarcha.

Portero y dueño del cielo

San Roque en la puerta estaba:

ortopédico de mimos,

cirujano de palabras,

bien surtido de intercambios

con que curar viejas taras.

"Para ti... un rabo de oro;

para ti... un ojo de ámbar;

tú... tus orejas de nieve;

tú... tus colmillos de escarcha.

Y tú, -mi perro reía-,

tú... tu muleta de plata".

Ahora ya sé por qué está

la noche agujereada:

¿Estrellas... luceros...? No,

es mi perro cuando anda...

con la muleta va haciendo

agujeritos de plata.

LOS BESOS DEL VERANO

Los besos del verano

se habrán ya olvidado

cuando arrive el otoño.

Cruzaré el puente de mis sentimientos

con paso firme y decidido,

avanzando lentamente hacia ese invierno largo,

distante, impersonal, eterno y frío.

El viento helado congelará

los pedacitos de mi corazón

por ahí diseminados;

y mis verdes ojos,

del color verdoso del bosque,

dejarán que se vayan, sin rencor,

esos besos ya pasados.

Nada dura eternamente.

Dura lección,

que nadie desearía aprender del amor.

Generaciones enteras de amantes

me contemplan en mi tremenda agitación,

y yo les observo, conmovida,

desde mi visión de águila planeadora,

desde mis cumbres nevadas e infinitas,

desde el observatorio inmenso de mi guarida.

“Va por vosotros, sólo por vosotros”,

siento ganas de gritar,

mas callo, callo y otorgo al viento

el permiso que necesita

para acallar mi agitado corazón.

Con razón, o sin razón,

quiero, quiero y he querido,

y en este duro otoño de mi nueva vida,

sólo eso debe bastarme

para sanar de nuevo las mismas heridas.

*************************************************

Hacía muuchos muchos años que yo no escribía poesía. Lo cierto es que soy más de prosa, y mi etapa poética fue más bien durante la adolescencia. Pero leyendo las cosas tan estupendas que publicáis por estas arenas, me entró el gusanito, y hace unos días me vino la inspiración con este poema. No me parece muy bueno, pero es mi primer poema en mucho tiempo, y me apetecía compartirlo y que me dijéseis qué os parece.

Un beso grandote a tod@s.

El primer fin de semana después de... (Fin)

Era consciente, cuando regresábamos a puerto aquella tarde de domingo, de que mi tiempo de relax en el mar se terminaba irremediablemente, y también la prórroga que había hecho conmigo misma acerca de mis sentimientos.

Durante esas horas -mas que días-, que estuve fuera de cobertura, había pensado, había hablado, me había divertido, y también había vuelto a comerme la cabeza con pensamientos pesimistas y desoladores. En cuanto pisara tierra firme, tendría que empezar a tomar decisiones, empezar la cuenta atrás. Lo cierto es que ya había alguna perfilándose en los horizontes de mi mente. Pero prefería mantener el tema en secreto. No se lo contaría a Ro. No me apetecía. Además, estaba segura -segurísima- que él ni lo entendería ni mucho menos lo iba a aprobar de ningún modo.

La brisa estaba más fresca y juguetona por la tarde, pero ya no nos importaba. Se había acabado la diversión, en casa no pasaríamos frío.

En esos pensamientos estaba yo sumida, acodada, una vez más, en la barandilla de popa, cuando me distrajo el sonido de la música que empezó a brotar de dentro:

"Bailando, bailando... amigos, adiós, adiós, el silencio loco, bailando, bailando..."

"Madre mía", pensé, "Loona... La de tiempo que hacía que yo no oía esta canción".

Es tremendamente pegadiza, y a mí me encantaba en su época, que era mi época universitaria, la época en que más salía yo por la noche.

Empecé a sonreír, luego a tararear, y finalmente, mis pies se soltaron solos y comencé a bailar.

Toda una oleada de recuerdos de mi estancia en la ciudad del Apóstol me inundaron, y casi retrocedí en el tiempo. Volvía a tener 20 años, y estaba en uno de mis pubs preferidos, con toda la panda de clase.

Mi sonrisa se convirtió en risa, y mi tímido y desgarbado baile del principio pasó a ser casi de desenfreno. Estaba sola en cubierta, y esa música me encantaba y había formado parte de un pasado que me gustaba recordar, así que, ¿para qué cortarme?

-¡Caramba, Elo!

Me giré al momento, avergonzada, para ver a Ro observándome desde la puerta, con cara de sorpresa.

-¿Y tú meneabas así las caderas cuando estudiabas en Santiago? Porque si era así, no me explico cómo es que nunca te encontré allí...

Enrojecí hasta la raíz del cabello, y me quedé mirándole un poco atontada.

-Pero sigue, sigue, por favor... hacía siglos que no te veía tan animada...

-Soy incapaz de seguir. Y si, esta canción es de mi época en Santiago. Pero no, yo bailaba poco y discreto en aquella época. En realidad, en cualquier época. Esto sólo fue un lapsus. Yo así sólo bailo a solas, y cuando estoy inspirada.

- Me gusta cómo lo haces, y me gusta verte así. No sé, pero algo me impulsó a poner ese cd viejo. Algo me dijo que te iba a gustar, pero nunca imaginé que tanto, ¡qué exito!...-rió.

Yo sonreí un tanto apurada.

-¿Bailarás así alguna vez para mí?- me pregunta, acercando su rostro al mío, con picardía.

-¡Ni lo sueñes!- es mi respuesta. Y ambos rompemos a reír.

Más tarde, cuando llegamos a puerto, y el barco está de nuevo en el pantalán, ambos estamos pensativos y como alicaídos, ha sido un buen fin de semana.

No suelto la bomba hasta que ya he montado en el coche, y él me está despidiendo, a la salida del aparcamiento.

-¿Recuerdas aquello que te había comentado hace unos días?, Lo de...

Se pone en guardia inmediatamente. Leo la preocupación en su cara.

- He decidido que sí. Voy a tirar para adelante con eso- le planto.

-¡Ni se te ocurra!

Pero yo sólo río por respuesta. Arranco el motor, y empiezo a alejarme, dejándole así. Sé que soy mala. Lo sé. Hay momentos en que no puedo evitarlo. Además, lo disfruto enormemente.

-¡Es una equivocación, no lo hagas!- le oigo, ya más lejos.

Saco mi mano al aire, por encima del parabrisas, cual diva de película. Ayyy, lo que yo disfruto esos momentos de narcisismo total.

Saludo frenéticamente, y me marcho definitivamente, dejándole con cara de susto, y riéndome como una loca.

Ha sido un buen fin de semana.

FIN

El primer fin de semana después de... (XIX)

Volvimos a bañarnos en el mar aquella mañana de domingo. El agua estaba incluso más cálida que el día anterior, y fue un gustazo poder darse el chapuzón.

Era consciente de que mi tiempo de crucero se me acababa, ya que teníamos decidido volver a tierra firme y poner fin a la ruta por la tarde, así que trataba de apurar cada minuto. Estaba triste cuando subí al barco, y seguía triste en aquellos mismos momentos. Pero todo había cambiado. Veía ahora las cosas con otra perspectiva, y todo aquello parecía mucho más lejano. La pequeña aventura en el mar me estaba demostrando que había infinidad de cosas que yo tenía por hacer, y que iba a estar entretenida, no tenía por qué seguir pensando en cosas tristes y sin remedio.

Así que nadé y nadé aquella mañana, sintiéndome libre, y con una grata sonrisa en los labios. Ro no me decía mucho, pero yo era consciente de que me observaba.

Comimos más tarde, de nuevo en la cubierta del barco, disfrutando de la deliciosa brisa que subía del mar.

- Creo que lo estás pasando bien, ¿verdad, Elo? Y creo que te da pena que se esté acabando el paseo…

- Ciertamente, crees bien- le respondí-. Lo he pasado, lo estoy pasando, muy bien este fin de semana. Y te agradezco mucho el que me hayas invitado. Me ha venido muy bien.

- Yo no lo digo para que me lo agradezcas, tonta…

- Lo sé. Pero eso no quita que yo te lo agradezca igualmente. Estoy más tranquila, más relajada, he tenido tiempo de pensar… En definitiva, me ha venido de perlas.

- ¿Y qué me dices de la compañía? ¿Me he portado bien?- sonríe, malicioso.

- Te has portado muy bien- afirmo-, y me ha gustado mucho tu compañía, es parte del encanto de este viaje.

- ¿Te podré ver más a menudo, a partir de ahora?- me pregunta.

- ¡Claro!

- Has estado muy ausente estos últimos meses, pero él no estaba aquí. ¿Qué hacías?¿Por qué era?

- Supongo que es culpa mía, no de nadie más. Era yo la que prefería quedarse en casa, hablando con él siempre que pudiera, y pasaba bastante de otros planes.

- Un arraigado sentido de la lealtad el tuyo…

- Eso es muy cierto. Siempre he sido y seré una persona leal con aquellos a quienes quiero, Ro. Pero tampoco fue por lealtad que me quedaba más en casa, yo diría que fue más por mis ganas propias. Él nunca me exigió tales sacrificios.

- Eran autoimpuestos, entonces.

- Pues no exactamente. Porque yo no me tuve que imponer nada, Ro. Hice lo que me apetecía hacer en ese momento. Y en ningún caso sentí ninguna imposición ni mía ni de nadie. Ya sabes que soy un espíritu libre, me gusta hacer lo que me apetece, independientemente de todo.

- Está bien, te creeré entonces.

- Aunque yo sé que en el fondo tú también crees ahora mismo que has hecho muchas tonterías por una relación que no fructificó.

- Ahora mismo, Ro, ni yo misma sé lo que creo o dejo de creer. Pero tampoco me preocupa. Además, ya sabes la frase, ¿no? Nunca es un error haber amado…

El primer fin de semana después de ... (XVIII)

Me voy a la cama mucho después, y me arropo bien. Me doy cuenta nada más taparme de que estoy congelada. Espero no resfriarme, aunque, para dormir es bueno que tenga frío, me ayuda a tener sueño.

Mientras yo estaba fuera, Ro no se ha movido para nada, sigue durmiendo profundamente en su inverosímil postura. Bien, dejémosle pues que siga, y dispongámonos a hacer lo mismo.

Casi sin darme cuenta, caigo en un reposado sueño, del que no despierto hasta mucho después, cuando siento ruido fuera.

Abro de nuevo los ojos, y me los froto, aunque no tan desorientada como horas antes. Es de día, la claridad entra a raudales en la estancia, y Ro ya no está en su cama. Se oyen unos curiosos golpes fuera, sobre la tarima que me llaman la atención.

Salto, decidida, de la litera, y tras ir un momento al cuarto de baño, a asearme un poco, salgo fuera, todavía en pijama.

Aclarado lo del ruido, es mi querido amiguísimo, que hace sus extraños ejercicios matinales sobre la cubierta. Me hacen gracia sus precisos movimientos de corte orientalizante, así que me sitúo a la par que él, y comienzo a imitarle lo mejor que puedo. Si me ve, no hace comentario alguno ni modifica nada de su actitud, por el contrario, sigue abstraído con sus ejercicios, completamente concentrado. Me gusta ver su cara tan seria. Rara vez tiene esa expresión de responsabilidad.

Parecía más difícil, pero lo cierto es que no me cuesta mucho imitarle y seguir su ritmo. Francamente, me estoy divirtiendo. Yo pensaba que eran ejercicios de Tai Chi, o algo así, pero cuando comienzan las patadas al aire, me doy cuenta que tienen que ver con su gran pasión: las artes marciales. Ni corta ni perezosa, me pongo yo a patalear también lo mejor que puedo.

Por fin, eso le hace reír, y se para a observarme.

-¡Eeloo, ¿quién te ha enseñado a ti, a hacer esas cosas?

- ¿A hacer de Hong Kong Fui, como tú? Nadie...-replico, maliciosa.

- Hong Kong Fui, Hong Kong Fui...- menea la cabeza, porque es un epícteto que yo utilizo mucho para reírme de él- ¿Tanto te gustaban esos dibujos de pequeña?

- Me gustaban, sí.

Ro hace una mueca despectiva, y yo me río de nuevo.

Más tarde, nos sentamos de nuevo a desayunar en cubierta. La mañana está algo fresquita, pero según avancen las horas, se irá poniendo buen tiempo. Eso parece. Es un momento plácido y agradable que disfruto. Mañana a estas horas, estaré desayunando en mi casa, y todo será más gris.

- Oye, Elo- me dice-. He estado pensando en lo que voy a hacer el próximo fin de semana...

-Sí, llevarme a ver los fuegos de Bouzas- interrumpo, para recordarle.

-Síii... pero aparte de eso...

-¿Qué has pensado?

-Voy a ir a Pontevedra, al Campo de Tiro. Lo tengo decidido. ¿Te gustaría venir? La otra vez dijiste que lo habías pasado bien.

-Ciertamente.

- Además, no lo hiciste nada mal, para ser una principiante. ¿No te gustaría ir y pegar unos tiros de nuevo? Te ayudaría a librar adrelina. Que sospecho que ahora mismo tienes muchísima pululando en tu interior...

Lo pienso un momento y sonrío. El Campo de Tiro. En verdad me lo había pasado bien la primera vez que fui. Siempre me han gustado las armas de fuego, desde pequeñita, que ayudaba a mi abuelo- un cazador inmejorable- a rellenar los cartuchos con una maquinita que él tenía.

-Sí. Me apetece ir.

-¡Bien! Te gustará.

- Claro que me gustará. Ya viste que tengo muy buena puntería. Y eso que yo sólo sabía disparar escopetas, nunca había tenido pistolas en mis manos.

-La verdad- me reconoce él- que yo pensé que me iba a reír con tus torpes intentos, pero lo hiciste muy bien. Nos dejaste a todos impresionados,je,je...

- Yo lo hago todo bien- respondo, mirándole con superioridad.

Ambos nos echamos a reír. Nos conocemos. La competición entre ambos sigue su curso.

El primer fin de semana después de... (XVII)

Me desperté bastante avanzada la noche, toda sobresaltada, y sin saber dónde estaba exactamente. Por unos instantes, me sorprendió y me aturdió un tanto la pequeñez de la cama, y el sitio desconocido; pero enseguida recordé: el barco, Ro...

Miré hacia la litera de enfrente, y, con la claridad que se colaba por la ventana, le vi en la penumbra. Dormía profundamente, con un brazo caído hacia el suelo. ¡Qué postura más incómoda!, con el hombro todo machacado. Sin embargo, por su cara apacible en el sueño, diríase que estaba de lo más a gusto.

Me incorporé un poco, y me quedé mirando las estrellas a través de la pequeña ventanita. El dolor por lo sucedido, que parecía haber estado aletargado durante todo el día, y sólo había hecho su aparición por momentos, me golpeó de nuevo con furia. Sabía que no me iba a dejar dormir, todavía llevaba mucha ansiedad dentro de mí. Unas lágrimas silenciosas empezaron a deslizarse suavemente por mi mejilla. Tampoco deseé disimularlas esta vez. Era de noche, estaba en cama, y la única compañía que tenía allí dormía a pierna suelta.

Sonreí con ironía en la penumbra.

"Todos los hombres son iguales", pensé. "Da igual lo que pase, la situación, la compañía, ellos duermen. Nada les quita el sueño, por muy amargada que una esté..."

Quizá era una afirmación injusta. Y Ro, ciertamente, no tenía la culpa de mi malestar, ni sabía que yo estaba de nuevo despierta y barrenando, pero es que verlo así, durmiendo tan tranquilo, mientras yo me devanaba los sesos, me recordó a otra situación, a otro, que también era capaz de dormir plácidamente a mi lado, después de haberme dado la puntilla, y viendo cómo yo me consumía de dolor. La rabia se apoderó de mí recordando lo que yo veía como una humillación que se me había inflingido.

De un salto, me bajé de la litera, y caminé hasta la cocinita, para beber un poco.

Abro el armario de encima del fregadero, y meto la mano dentro, sin mirar. Ironías de la vida, lo que engancho es una taza decorada, con su noria, su puente, su banderita, su palacio... Un souvenir turístico. Qué tremendo que tenga que ser del lugar que menos me apetece recordar, de los sitios que no deseo ver ...

No puedo evitar echarme a reír, con todo el regusto amargo de mi rabiosa ironía.

Me gustaría estampar la dichosa taza contra el suelo, pero la racionalidad se impone, y me dice que eso sería una niñería, y que, además, los dueños no tienen la culpa de mi dolor. Todo el mundo tiene recuerdos de los sitios a los que va. Yo también.

Finalmente, me decido y bebo, diciéndome a mí misma que ya está bien de regodearme en lo malo, en lo feo. He venido a pasar un bonito fin de semana, a tratar de olvidarme un poco de mis angustias. No voy a estropearlo yo misma.

Salgo a la terracita, me acodo en la barandilla, y me quedo mirando el apacible mar, con su aspecto grisáceo bajo el manto de estrellas. Hace algo de fresco, y mi piel se pone de gallina, pero me da igual. Me encanta estar así, me relaja. Al poco tiempo, ya ni noto el frío.

Me quedo mirando la hermosa luna.

El primer fin de semana después de ... (XVI)

Las lágrimas empiezan a humedecer mis ojos cansados, y parecen querer continuar sembrando regueros por mi cara.

No deseo que él me vea llorar, y menos por algo por lo que ya no deseo llorar más, así que bajo la mirada, un tanto avergonzada.

- Mejor cambiemos de tema- le digo, tratando de poner indiferencia en mi voz. Pero creo que no lo consigo.

Él me observa, y su mirada está grave. Se ha dado cuenta.

De repente, una resolución cruza por sus ojos, y se levanta como un rayo.

- Niña E - me dice-, creo que ya va siendo hora de que te vayas a la cama. Es ya bastante tarde. E imagino que estás agotada.

Sin consultarme, y, ni corto ni perezoso, me levanta de la silla en peso, y me lleva en brazos, ante mi mirada asombrada, hasta el dormitorio. En dos zancadas, me deja sobre una de las literas superiores.

- Supongo que esta cama te sirve- me dice, ya sonriendo.

Yo sigo demasiado asombrada para hablarle.

- ¿Quieres que duerma contigo?- me pregunta, con una voz que vuelve a ser taimada y pícara.

Eso sí me hace despertar de mi letargo.

- No, no, por supuesto que no- niego-. Habíamos quedado en que nada de tonterías. Tú en tu cama, yo en la mía. y no sé por qué me has subido. No pienso dormir vestida...

- No, desnuda estarías mejor...- se permite bromear, a pesar de ver mi ceño fruncido.

- Eso no lo verán tus ojos- asevero-, pero voy a bajar para ponerme el

pijama.

Me dirijo al cuartito de aseo, y allí me arreglo y visto para ir a la cama.

La verdad es que mi llegada a la habitación fue un tanto brusca e inesperada, pero sí es verdad que me siento cansada, y que el día ha sido largo. Todavía tengo un ligero rastro de ojos llorosos, pero me da igual. No quiero pensar, y tampoco deseo hablar. Voy a tratar de dormir.

Cuando regreso, él ya ha abierto la que va a ser mi cama, y la suya, la otra litera de arriba, enfrente.

-¡Eeeelo!- me dice-. Vaya pijamita, parece el de una niña pequeña. Y qué tapadita vas, madre mía. No te fías de mí, ¿eh?

- No- repongo.

- Bueno, no te preocupes... a mí esa clase de pijamas no me ponen nada. Pero nada. Así que puedes estar tranquila. Desde luego que no me tienta a asaltarte de noche.

- Qué bien. Entonces mi pijama cumple el cometido para el que lo traje...

Se va al baño, meneando la cabeza a los lados.

Cuando regresa, yo ya me he acomodado en la cama y me he tapado con la sábana.

- ¿Está cómoda la niña?- me pregunta, solícito.

- Mucho, gracias.

- Seguro que no quieres compañía nocturna...- me dice, acercando su rostro al mío, y con su voz más sugerente. Pero tan sólo consigue arrancar una sonrisa de mí.

- Nooo- le aseguro-. Está bien así. Además, a ti no te ponen los pijamas de niñita...

- Bueno, el pijama siempre se puede quitar...- sugiere, esperanzado.

- Pero tú ya sabes que eso no va a ser así, ¿verdad?

Se ríe y se encoge de hombros.

- Vaaale. Pero tenía que intentarlo, ¿no?

- Sí, sí. Lo entiendo. El orgullo varonil y esas cosas. No te preocupes, tú lo has intentado. He sido yo la que no ha querido. Nadie va a dudar de tu virilidad.

- Biieeenn- bromea.- Bueno, Elora, buenas noches.

- Buenas noches, Ro, que descanses.

Asiente con la cabeza y se sube a su litera.

- Ah, Ro...

- ¿Síi?

- Gracias por todo esto. Está resultando genial.

Me guiña el ojo, y apagamos la luz.

El primer fin de semana después de...(XV)

-"Prometo no escribir más cartas y no pasar por aquí, prometo no llamarte más y no inventar ni mentir. Prometo no seguir viviendo así, prometo no pensar en ti. Prometo dedicarme solamente a mí..."

Pícaro hombre. Sabía que a mí me encantan Los Piratas -paisanos nuestros-, y me encanta esa canción, así que no pudo haberme ofrecido un mejor gancho para que yo picase y comenzase a cantar con él.

Así fue, que empecé por tararear la tan manida letra sabida más que de memoria, y me lancé a cantar con él a voz en grito.

"Y el aire que me sobre alrededor, y el tiempo que se quede en nada, nunca más escucharé tu voz, de energía nunca liberada..."

Fue un momento de soltura total por mi parte, y debo decir que lo disfruté.

-¿Ves?- me dijo más tarde-. Al final logré mi propósito: Te pusiste a cantar.

-Sí. Pero lo hice por dos razones poderosas: la primera, no iba a permitirte destrozar una de mis canciones preferidas, y, la segunda, es que creo que si sigues cantando tú solo igual se nos nubla el cielo y empieza a llover, y no quiero, con lo bonita que está la noche...

- Ja, ja, ja... Graciosilla...

Nos quedamos en silencio unos instantes. Él me mira fijamente, y yo miro la inmensidad del oceáno, y el manto de estrellas que lo cubre. Es un momento de reflexión, aunque no recuerdo muy bien sobre qué reflexionaba exactamente yo.

- Niña Elo- me dice, de pronto, y con el semblante completamente serio.

-Dime- contesto, algo distraída.

- ¿Sabes? Si me lo hubieras dicho, si yo hubiese sabido... yo te hubiese ido a buscar.

- ¿A buscar? ¿Adónde?- replico, aunque creo conocer la respuesta, y un escalofrío me recorre la espina dorsal.

-Ya sabes a dónde.

Asiento lentamente.

-No hubieras podido. No merecía la pena. Yo ya tomé el avión más próximo.

- Hubiera alquilado uno. Y te hubiera ido a buscar inmediatamente si me hubieras llamado.

Sé que es mentira, y sé que sería muy difícil que él pudiese hacer eso. Pero igualmente, me emociona que me lo diga. No puedo evitar la conmoción.

-¿Tú hubieras hecho eso por mí?

De repente, vuelven de nuevo los recuerdos de aquellos dos días negros, interminables, difíciles, deseperanzados. Estoy de nuevo, sola, en aquella habitación, deshecha en llanto, y con dolor de estómago. Asimilando la noticia, y deseando estar rodeada de la gente que me quiere.

Me estremezco.

- Sí- me dice- Te hubiera ido a buscar. Luego, hubiese cogido un taxi, y pasaría a recogerte. Te llevaría de allí en ese mismo momento, en las narices de ése ¿Qué te parece?

- Pues... me hubiera encantado, y me hubiera emocionado. Te lo agradecería mucho- contesto, sencillamente.

- No me negarás que hubiera sido un genial golpe de efecto. Y yo sé que tú adoras esa clase de cosas.

- Cierto. Hubiera sido toodo un golpe de efecto- susurro.