
Me sorprendió su sonrisa. Me llegó al corazón su forma de sonreír. Un escalofrío sensual recorrió mi cuerpo cuando la vi. Nunca reparé en ella hasta ese día. Deambulaba de un lado para otro con su carro de limpieza. La sobriedad de su uniforme no impedía dejar traslucir un cuerpo bien formado, incluso, a mi forma de ver, perfectamente configurado para el deleite sensual. Siempre me perdió el exceso de imaginación, una ¿cualidad peligrosa para cualquier tipo de relación personal? No lo sé, pero a mí, en mis relaciones personales, nunca me fue del todo bien. Verán, tengo 42 años, divorciado, padre de dos hijos, sin aficiones, sin vida social, una cuenta bancaria sólida, un exiliado del disfrute y un auténtico imbécil que solo utiliza el trabajo como su único refugio. Nunca entendí a las mujeres, aunque, también es cierto, nunca hice el menor intento por acercarme a ellas, comprenderlas, admirarlas, sentirlas…
Ella terminó su turno y se marchó. Eran las 6 de la tarde, cancelé mis entrevistas profesionales y corrí tras ella; a cierta distancia, observándola y contemplándola. Entró en una cafetería, se sentó en una mesa y esperó al camarero. Yo no sabía qué hacer, pero finalmente entré. Me acomodé en la barra y planeé mis siguientes movimientos; nunca escuché el latido de mi corazón con tanta fuerza, nunca experimenté un sentimiento tan placentero. La persecución furtiva me estaba proporcionando un éxtasis desconocido. Estaba absorto en mis pensamientos cuando comprobé que su mesa se encontraba vacía. Incomprensiblemente, me sentí decepcionado, rechazado y abatido. Ella no tenía ninguna culpa, otra vez, mi imaginación, iba por delante de mi mente.
El despertador sonó –como siempre- a las 6:45 horas. Me levanté expectante, sin la pereza de otros días, corrí hacia la ducha y allí le hice -a mi hermosa dama- el amor por primera vez. El pensamiento estaba desequilibrando mi existencia. Tomé el café apresuradamente y me fui al trabajo.
En el camino compré un hermoso ramo de rosas rojas. Llegué a mi despacho, comprobé en mi agenda las citas y apremié a mi secretaria a cancelar todas las de la tarde. Se quedó extrañada pero no se atrevió a contradecirme. La mañana me pasaba lenta, de una duración desmedida. No era capaz de concentrarme en mis asuntos del trabajo, solo miraba con -enfermiza insistencia- el precioso ramo de rosas rojas. Volví a dejar libre la imaginación, me sorprendí besándola apasionadamente, arrancándole con violencia el uniforme, su cuerpo tan desnudo como el mío tumbados sobre el brillante suelo de la oficina, penetrándola, poseyéndola, amándola, sintiéndola….todo en presencia de un público ardientemente enfervorizado…
¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! Oí como alguien golpeaba en los cristales. Entró mi secretaria, me levanté y observé como su mirada se clavaba en mi pantalón y en la enorme prominencia de mi sexo al descubierto. ¡POR DIOS! ¡TÁPESE…POR FAVOR! –decía la secretaria mientras escapaba- En ese momento creí morir. Mi sueño había llegado demasiado lejos. Necesitaba excusarme con ella, esa mujer no merecía el trato que le estaba dando. Puse en orden mis ideas, dejé pasar media hora, cogí fuerzas y la llamé por el interfono: “Haga Ud. el favor de venir a mi despacho” –dije con tono serio- Se lo estuvo pensando porque tardó unos cuantos minutos en llegar. Se paró en el umbral de la puerta ya abierta; en sus ojos se adivinaba la huella de un llanto reciente. Pase….por favor. Ella entró a regañadientes, lo hizo entre avergonzada y acobardada. Lo siento…lo siento mucho; fueron mis primeras palabras… y las únicas que recuerdo…
Han pasado seis meses. Hoy me incorporé de nuevo al trabajo. Mi secretaria se despidió y mi despacho, ahora, es compartido. Mi vida profesional ha descendido unos cuantos escalafones. Oigo avergonzado como mis nuevos compañeros cotillean entre ellos. Charlan –entre risas- del padecimiento de una inventada enfermedad mental que consistía en la creación imaginada de personas que nunca existieron. Eso dicen ellos… eso creen ellos… de eso se mofan ellos… yo, mientras tanto me recupero, aguantaré el escarnio… soportaré sus desaires… y esperaré el momento en que pueda entregar el ramo de rosas rojas a mi amada desconocida…
Año 1945. En el apeadero de una estación, a escasos metros del andén, dos abultadas maletas se posaban sobre el suelo. A sus pies, una joven de 18 años de aspecto desaliñado, esperaba impaciente la llegada del tren. Faltaban escasos minutos pero la espera se le antojaba interminable. Se refugió en su enorme bufanda dejando únicamente al descubierto parte de su rostro. Iba por su quinto cigarrillo consecutivo y su mirada estaba fijada en el deterioro reloj que pendía de una cadena mohosa y que emitía un sonido chirriante que la estaba poniendo nerviosa.
Al fondo, las luces del viejo y pesado tren anunciaban su llegada. Arrastró las maletas con enorme esfuerzo y esperó impaciente. En la estación no había nadie, nadie que la viera y nadie que le ayudara con el equipaje. Eran las 2:15 horas y los escasos viajeros también estarían durmiendo. Disponía, por lo tanto, de tan sólo un par de minutos para realizar –en solitario- su furtiva y rápida entrada en el tren. Un suspiro de alivio salió por su boca -entreabierta por el esfuerzo- cuando oyó el silbido del tren anunciando que reemprendía la marcha.
Sentada en un deslucido e incómodo sillón, repasó nuevamente el plan trazado. El viaje sería largo y penoso, ella estaba agotada por el esfuerzo y temió que el sueño desbaratara su “gran sueño de libertad”. Encendió un cigarro y aspiró con violencia. Miró su reloj y comprobó que faltaban 40 largos minutos para atravesar el enorme puente construido sobre el mar. Sacó de su mochila un libro y se concentró en la lectura. La joven mostraba seguridad, convicción y determinación.
Llegó el momento. Había dos ventanas, una dentro del compartimento dónde ella estaba y la otra justo en el pasillo. Abrió ambas. Cogió el asa de una de las maletas y con un gran esfuerzo la colocó sobre una de las ventanas; elegido el momento, la dejó caer al vacío. Esperó unos instantes –perfectamente calculados- y repitió la operación en la otra ventana. Una vez se desprendió de la segunda maleta cerró la ventana. Se sentó sobre sus piernas plegadas y sollozó.
Después de cuatro largas horas de viaje, el tren se detenía. Hizo trasbordo y continuó viaje hacia su destino final.
En el Hospital Geriátrico de Almería tengo ingresada a mi madre aquejada de la maldita enfermedad de Alzheimer. En una de mis habituales visitas ella se empeñó en presentarme a una compañera argumentando que tenía que contarme una historia que nunca había contado a nadie. Ella cree que mi condición de periodista lleva implícita la obligación de escuchar a todo el mundo. No obstante, no pongo ninguna objeción pero sí una condición, que ella también esté presente. Y accede gustosa. Hacía un buen día, mi madre –hoy- se encontraba afortunadamente bien y nos fuimos charlando tranquilamente en dirección a un pequeño parquecito. Llegamos a un lugar dónde había una mesa de mimbre brillantemente barnizado, dos sillas de madera oscura y cuatro confortables mecedoras tapizadas en blanco. En una de ellas se encontraba la amiga de mi madre. Tenía unos 80 años, pelo blanco, abundante y bien arreglado, labios coquetamente pintados y también noté la presencia de un ligero maquillaje. En definitiva, tenía un aspecto extraordinario. Sobre sus piernas se posaba una fina manta de encaje. Una silla a motor -casi escondida- delataba su invalidez o algún problema serio para desplazarse. Antes de las presentaciones me encontré agachado depositando un beso sobre su frente; una fragancia suave y deliciosa inundó mi olfato.
¡La guerra hace a las personas animales y a los animales alimañas! Esa fue su primera frase. Me sorprendió tanta rotundidad. Aquello tenía trazas de convertirse en una historia interesante, saco de mi bolsillo una vieja grabadora y la pongo en marcha.
“…La guerra nos sorprendió en una aldea de un pequeño pueblo de Teruel. Vivíamos unas 30 personas, entre ellas, mis padres, mi hermana pequeña y yo. Tuve que presenciar –junto a mi padre- como unos desalmados violaron a mi madre y hermana. Después las ejecutaron pegándoles un tiro en la cabeza. Mi padre y yo conseguimos escapar de los asesinos. Vagamos por el monte, sin mediar palabra, lo imprescindible. Pasados unos días; regresamos. Mi padre nuca superó los acontecimientos. Yo tampoco…”
Por sus ojos comenzaron a manar lágrimas de odio e impotencia. Miró hacia otro lado –como avergonzada- y continuó su relato. “…Aquello sucedió en el año 1940, una vez acabada la guerra fratricida. Mi padre era un republicano que nunca se metió en nada, ni siquiera, entre sus más allegados, se conocían sus ideales políticos. A nuestro regreso del monte, nos pusimos a buscar los cuerpos de mi madre y hermana. Los encontramos en un estado lamentable, los animales carroñeros de la zona dejaron los cuerpos casi irreconocibles; fueron sus ropas las que confirmaron su identidad, eso, y que los escasos vecinos que aún quedaban en la aldea, dijeron que fueron las únicas víctimas de aquélla fatídica noche. Yo tenía 13 años, tuvimos que enterrar -con nuestras propias manos- los cuerpos de nuestros seres más queridos…”
“…A los 18 años abandoné mi casa. Me fui a la ciudad y empecé a estudiar. Conseguí con muchísimo esfuerzo graduarme hasta que, al fin, logré entrar en la universidad. Recuerdo que era la alumna de mayor edad. Ese no fue motivo para que me sintiera avergonzada sino todo lo contrario, saqué mi licenciatura con la segunda nota más alta de todo el país. Me especialicé en biología molecular, una ciencia muy rara por aquél entonces pero que posibilitó que mi contratación fuera inmediata. Trabajé en EE.UU. Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, India… toda mi vida la pasé huyendo de mí misma y de mi pasado. No tengo a nadie en el mundo, nunca pude –ni quise- formar una familia. Únicamente tengo el cariño que me profesa tú pobre madre enferma…” La interrumpí con una pregunta; ¿Qué fue de su padre?; me miró, se puso triste y las lágrimas volvieron a inundar sus ojos….
“…Una vez enterrados los cuerpos de mi madre y hermana nos volvimos a alojar en la vieja casona donde vivíamos y que era propiedad de los abuelos de mi madre. Aquella casa nunca volvió a tener el calor de un hogar. Mi padre se despreocupó de todo salvo de que nunca le faltara la compañía de una botella de vino. Yo me dediqué a limpiar casas, a trabajar en labores agrícolas, en todo lo que supusiera llevar unas cuantas monedas a casa para que, al menos, no faltara nunca un plato de comida. Recuerdo aquella fatídica noche en la que cumplí los 15 años. Mi padre, borracho y enajenado, irrumpió con violencia en mi cuarto. Tenía la mirada perdida, extraviada. Se acercó a mi cama, empezó a zarandearme, a golpearme. Me despojó de todas mis ropas; y me violó violentamente. Perdí la virginidad, el honor, la dignidad; todo lo perdí entre sangre y dolor, entre miedo y desesperación, entre miseria y suciedad. Cuando me acostaba, no dormía, solo rezaba. Las vejaciones, palizas y violaciones se prolongaron durante tres años, hasta el día de mi 18 cumpleaños, ese día, por fin, llevé a cabo mi plan de fuga...”
¡Clic! -Sonó la grabadora al ser interrumpida- Ella volvió a mirarme, en esta ocasión, su rostro reflejaba tranquilidad, sosiego, como si se hubiera liberado de un insoportable lastre, de un peso incapaz de aguantar durante más tiempo. ¿Y su padre? ¿Qué paso con él? ¿Se quedó solo? Tres preguntas rápidas que fueron respondidas con una frase corta, simple, escueta y sin ambages; LO MATÉ.
“…No estaba dispuesta a aguantar más. Decidí acabar con mi tormento, mi angustia, mi dolor. Faltaban 5 días para el día de mi 18 cumpleaños. Idee un plan, estaba convencida, pero sobretodo, necesitaba realizarlo. Esa noche me acosté un poco más temprano de lo habitual. Mi padre estaba terminando de beber su segunda botella de vino. Agarré un cuchillo y lo coloqué debajo de la almohada. Pasaron unas horas. Se plantó en la puerta de mi habitación. Yo, como siempre, estaba acurrucada en el fondo de la cama, esperando la feroz agresión. Ese día, mientras mi padre se acercaba, me pasaron por la cabeza la multitud de palizas recibidas, recordé el aborto chapucero al que me vi sometida y realizado por un amigo suyo, deseé desangrarme y morirme de una vez, deseé que aquél hombre jamás recibiera como pago a su trabajo, mi cuerpo, tantas y tantas veces como él quisiera. Pero ese día, el destino me reservaba una desagradable sorpresa. Mi padre se puso de rodillas al pie de mi cama, entre un llanto desgarrador me pedía perdón, vi, después de muchos años, el arrepentimiento sincero en sus ojos…pero ya era tarde. Aparté la almohada, cogí con decisión y fuerza el cuchillo y lo clavé en su corazón. Cayó fulminado y desangrado. No sentí ninguna pena, sentí alivio y liberación…”
¿Qué pasó después? -Pregunté entre intrigado y asustado- La mujer de pelo blanco señaló a un vaso de agua que había en la mesa; se lo acerqué y se lo bebió lentamente. “…En esa aldea, a nadie nos interesaba nadie. La gente se marchaba o desaparecía y nadie –jamás- preguntaba nada. Me cercioré de que el cuerpo de mi padre estaba sin vida. Cogí un hacha del pequeño cobertizo y descuarticé su cuerpo en trozos pequeños. Los fui colocando en bolsas pequeñas y -bien cerradas- los iba introduciendo en el fondo de las únicas dos maletas existentes en mi casa. Limpié con pasmosa tranquilidad toda la estancia. Me deshice del cuchillo y del hacha arrojándolos por un enorme barranco, coloqué las maletas en un carro de mano, recogí mis escasas pertenencias y me dirigí hacia el apeadero más próximo que se encontraba a unos 12 kilómetros a campo a través. Sabía el camino y la distancia perfectamente porque días antes había acudido a comprar los billetes que me alejarían de mi calvario.
Estoy en mi casa, en la habitación dónde suelo trabajar. He escuchado la cinta por quinta vez consecutiva. No me cabe ninguna duda, es la historia más rocambolesca, macabra e inverosímil que he oído en mi vida. Una cosa me queda clara, las enfermedades mentales son capaces de engendrar ese tipo de misterios en una cabeza con una imaginación desbordante. A pesar de ello, a pesar de que mi madre murió pidiéndome que ayudara a su amiga y que no la dejara sola nunca, a pesar de que hoy –un año después de la muerte de mi madre- se le ha dado sepultura al cuerpo de la anciana desconocida de abundante pelo blanco, pues bien, a pesar de todo eso, sigo escuchando la cinta y jamás me he atrevido a hacer indagaciones sobre lo relatado. Me da miedo pensar que pueda ser real…
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Libro de Arena se distingue, entre otras cosas, por la escritura y lectura GRATUITA de relatos, cuentos, poesía, reflexiones...., por lo tanto, ahora nos toca a nosotros actuar de altavoz a todo volumen para dar cobertura merecida a éste artículo de José Luis Sampedro.
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POR LA LECTURA por José Luis Sampedro, escritor, filósofo…
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un
Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de
jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus
'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo
cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la
semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo
madrileño.. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho
cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón
exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al
principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de
guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato
mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran
quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo.
Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón
bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de
pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada
libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los
autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la
adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por
cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y
fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso
dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas
prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de
autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro
El título es sólo una reflexión. Nada más que eso. No soy una persona religiosa-practicante de la fe cristiana, soy simplemente un “creyente” que cree únicamente en la cantidad de injusticias que pasan todos los días y en la escasez de soluciones que se aportan. Mi fe dista mucho de asemejarse a todo ese conglomerado montado en torno a la religión católica.
Desde el cristianismo de Jesús de Nazaret a la iglesia católica de Constantino pasando por los actuales moradores y jerarcas eclesiásticos se han ido produciendo excesivas rupturas, demasiadas fisuras y muchísimos desengaños. La injusticia se combate desde la justicia, la miseria, la pobreza y el pauperismo se produce porque la conducta individual y colectiva de los que tienen medios económicos no se aplican para extinguir esa continuada indigencia. Los países ricos necesitan países pobres para seguir siendo países cada vez más ricos y más poderosos.
Sería maravilloso –a la vez que utópico- que el mundo se convirtiera en un Paraíso Terrenal. Pero créanme, eso ya no es posible. En todas las luchas o contiendas se necesita tener un referente; el bien y el mal, la paz y la guerra, nacer y morir, la justicia y la injusticia, la saciedad y la carencia, el amor y el odio….
Por eso, amándonos los unos a los otros, lo único que conseguiremos es ser más felices pero no más justos. Se ama porque somos capaces de odiar y es, precisamente por ello, desde el odio a lo injusto, dónde podemos llegar a amar al que sufre la injusticia.
Al final, como siempre, termino haciéndome un lío. Espero que seáis vosotros los que pongáis un poco de luz en mis tinieblas.
Es tarde, la noche cae lentamente y el frío les despierta de nuevo. El padre toma en sus brazos a su hijo pequeño de 3 años, lo aprieta contra su pecho a pesar de que el mar se ha tragado el último resquicio de calor y las ropas parecen de cartón piedra. Queda mucho camino, tienen que apresurarse si quieren llegar pronto, “¿llegar pronto? ¿Adónde?”-decía su esposa embarazada de siete meses- con tono desesperante, mientras tiraba de su hija de 8 años, que tosía con insistencia.
Las luces de la ciudad aparecían a lo lejos, ¿o eran otras luces?, apenas perceptible porque en la mente de todos sólo habitaba una idea: comida, descanso, un poco de calor... Si el destino es incierto qué decir de lo que dejan atrás, miseria, miseria y más miseria; con un gesto decidido y valeroso han decidido enfrentarse al presente para así intentar hacer frente al futuro. La vida no les ha brindado precisamente la comodidad, ni tan siquiera la subsistencia depende de ellos, la fe infinita en la creencia de algo sagrado y divino es lo único que les sirve de apoyo, pero sus fuerzas se desvanecen: “Dios aprieta pero no ahoga”, le dice el marido a su esposa; ella, con los ojos desencajados, el gesto compungido, con lágrimas y miedo en los ojos, le dice: “es verdad, pero de nosotros parece haberse olvidado”. El marido le replica “No digas eso, Dios siempre escucha y socorre a los necesitados... aunque no sé, quizás es que somos tantos, que no puede acudir en ayuda de todos”. Su esposa prefiere no seguir con el diálogo y decide seguir caminando, entre las piedras heladas, charcos y barro.
El hombre, acumulando más y más desesperación, no sabe qué hacer. Se siente desamparado, impotente. Haciendo un gesto de fortaleza se sube a su hija a su espalda para evitarle en lo posible un mayor deterioro... “mi hija tiene fiebre, está ardiendo, ¡por Dios!, que alguien nos ayude, que alguien se apiade de nosotros, al menos de los críos”. Sus palabras se estrellan contra el silencio de la noche. Quedan horas, muchas horas de camino hacia un destino desconocido, impredecible, un lugar al que sólo el azar les ha conducido. Ellos han elegido escapar del infierno donde se encontraban. La vida les ha llevado por derroteros que ningún ser humano se merece; la posibilidad de ganarse la vida con un trabajo (aunque éste no fuera digno) parecía realmente imposible. ¿Por qué es la vida tan cruel con unos y tan cómoda y feliz para otros? Mientras el marido se hacía éstas preguntas, su esposa, con un grito espeluznante, se quejaba de dolores en su preñada barriga,” me duele mucho, tengo que pararme, necesito descansar, dame un poco de tiempo... “. La hija se abrazó a la madre tratando de aliviar el dolor que padecía, lo hacía entre tiritones de frío y en estado febril, aún así, trataba de dar consuelo a su madre.
Decidieron descansar un momento. A 500 metros de distancia, un hombre solitario sin más compañía que un enorme perro se acercaba a ellos. Una poderosa linterna iluminaba todo su camino, el perro, con su instinto animal, advierte al amo de la presencia cercana de algo o de alguien. Los ladridos del perro en la noche cerrada son percibidos por todos; entre atemorizados y expectantes, esperan el desenlace y temen ser encontrados en medio del infierno. La linterna ciega los ojos de la esposa sollozante, del marido incrédulo, de la hija enferma y del niño dormido en los brazos del padre...
“¿pero qué hacéis aquí?, ¿estáis locos?, ¡os vais a morir de frío!”. El hombre con gesto compasivo se despoja de su abrigo y lo deposita con suavidad sobre los hombros de la mujer. No hacen falta las palabras, los gestos se vuelven precisos y unívocos. El hombre coge en sus brazos a la niña enferma y con paso presuroso se dirige a un destino que solo él y su perro conocen.
Todos le siguen... la presencia del hombre les ha otorgado una fortaleza especial, el perro va marcando el camino a seguir. Después de unos pocos minutos y situado en una enorme llanura, se distingue un caserón enorme, totalmente iluminado, (esas debían ser las luces, o el reflejo de aquél miedo, que divisaban a lo lejos) repleto de árboles adornados con motivos navideños. En la puerta de la casa les esperaban tres sirvientes que a instancias del hombre desconocido acudieron rápidamente en ayuda del matrimonio y sus hijos.
De pronto, la desesperación se convirtió en sosiego...
Nota: Este cuento fue escrito con la ayuda inestimable de mí querida hermana a la que tanto tengo que agradecer. Se lo dedicamos a mi hijo (su sobrino y ahijado) en el año 2003 cuando el pipiolo contaba con sólo 11 años. Un día –viendo la tele- mi niño, nuestro niño, hizo dos simples preguntas. Papá ¿por qué tienen que morir esa gente en el mar? ¿No saben nadar? La ingenuidad nos provocó un nudo en la garganta y una mudez indeliberada. Fue entonces cuando decidimos escribir este cuento. La finalidad, ni mi hermana ni yo la conocemos, pero quedaríamos enormemente satisfechos si mi niño…nuestro niño… el día de mañana se rebelara en contra de la injusticia.
Te buscaba entre la oscuridad y el silencio de la noche. Siempre te gustó la vida nocturnal. Sabía tus preferencias, tus debilidades, tus pasiones, tus miedos… por eso, y porque andaba preocupado, decidí salir a tu encuentro.
En uno de tus refugios favoritos pregunté por ti. Nadie parecía conocerte. Aquél antro olía mal, y encima, era tremendamente ruidoso y oscuro. Una chica rubia, vestida con ropa extravagante, se apoyaba en la sucia barra. Me acerqué, toqué su hombro y ella no pareció advertir el contacto. Repetí la acción imprimiendo mayor ímpetu; mi reacción llegó tarde, no pude evitar que ella se desplomara sobre la barra.
Levanté su cabeza, un desagradable efluvio mezcla de alcohol, tabaco y vómito llegó hasta mi olfato. Intenté reanimarla sin conseguir el menor resultado. Cogí su brazo y lo coloqué alrededor de mi hombro, mis manos rodearon su cintura y nos dirigimos hacia el aseo…
La puerta del aseo estaba abierta, mejor dicho, la puerta del aseo carecía de puerta. Alguien la había destrozado de una patada. Entramos y –entre penumbras- me encontré en una reducida habitación; sucia, asquerosa, nauseabunda… olor rancio a orín, heces y vómito. Llegué a lo que creí debía ser un pequeño lavabo, saqué mi pañuelo y con él en la mano giré el grifo, lo empapé y lo coloqué en la frente de la joven.
Mis esfuerzos fueron baldíos. No reaccionaba. Decidí sacar a mi misteriosa acompañante a la calle para ver si el aire fresco conseguía tener más éxito que yo. Me encontré en el centro del bar pero allí ya no había nadie, la escasa clientela había desaparecido. El antro… estaba cerrado. Sentí miedo y frío, un miedo y un frío jamás sentido.
¿Qué hacer? Fue la primera pregunta a la que buscaba respuesta. Junté –como pude- dos mesas y sobre ellas deposité el cuerpo –aún desplomado- de la chica. Fue la primera vez que miré su rostro. Era bella; singularmente bella. En sus brazos se notaban los efectos constantes de una persona acostumbrada a pincharse. Yo, mientras tanto, seguía buscando respuesta a mi pregunta: ¿Qué hacer? …
Me pellizqué con fuerza el brazo por si aquello era producto de un mal sueño…de una pesadilla. Solo conseguí sentir dolor. Aquello era real... y decidí actuar. Puse el oído sobre su pecho para intentar escuchar su latido…nada, no escuchaba nada. Miré su boca con la intención de reanimarla insuflándole aire a sus pulmones. Tenía unos labios gruesos, prominentes, grietados, sin color… coloqué mi boca sobre la suya y expelí todo el aire que pude; lo repetí otra vez…y otra…y otra…hasta que caí extenuado sobre ella.
Todo pasó en décimas de segundo. Sentí en mi cuello como penetraban unos largos colmillos afilados, eran puñales clavándose en un cuello insensible que no sentía el dolor, mi vida es escapaba por las heridas, olía la sangre…mi propia sangre absorbida a borbotones por mi misteriosa joven. Notaba mi palidez y mi propia debilidad física, de pronto, un revoloteo de pájaros enormes con alas membranosas surgió por todo el local. Se abalanzaron sobre mí, succionando mi sangre… todo el resto de mi sangre. Antes de caer desplomado y sin fuerzas la joven ordenó parar. Después… caí en un profundo abismo.
A partir de aquél día, nunca más necesité buscarte entre la oscuridad y el silencio de la noche. Lo compartimos todo; la vida nocturnal, las preferencias, las debilidades, las pasiones, los miedos… por eso, ahora ya no estoy preocupado… ya no necesito salir a tu encuentro…
El autobús se retrasaba justo el día que necesitaba llegar pronto a casa. Estaba sentado, solo, intentando leer un pequeño libro de relatos de Borges; en concreto, “El libro de Arena”.
Una de mis pasiones por la lectura es la de intentar visualizar a determinados protagonistas que me parecen interesantes. En éste relato, Borges, con su habitual maestría, describió al vendedor de biblias como un hombre de “rasgos desdibujados”…el reto para mí era tentador.
La premura por llegar pronto a casa ya ha quedado argumentada; quería, necesitaba, ansiaba… colocar una imagen en mi mente que identificara al enigmático vendedor que adquirió ese libro sagrado en los confines de Bikanir.
No me concentraba en la lectura y decidí cerrar el libro. Fijé mi vista en el banco dónde estaba sentado; no se podía escribir más y peor en menos sitio; con alusiones constantes al sexo realizadas desde la más repulsiva obscenidad. ¿En esto se entretienen? –me pregunté-
Por fin llegó el autobús. Iba vacío. Me senté al final. Se puso en marcha y al cabo de unos minutos caí –incomprensiblemente- en un profundo sueño.
Cuando desperté, me encontré sentado en el mismo banco y con las mismas y horribles inscripciones. Un sentimiento angustioso y de temor me causó un doloroso sufrimiento. ¿Llegué a montarme en el autobús? ¿Llegué a sentarme en aquél banco?
No me percaté de un acontecimiento que estaba pasando a mí alrededor. Hacía una excelente temperatura. Yo iba vestido en mangas de camisa. Eran las 8 de la tarde. La claridad del día era evidente y constatable. Entonces; ¿Cómo es que no he visto a ninguna persona ni siquiera paseando? ¿Y cómo se explica que en una ciudad tan bulliciosa como Madrid no haya ningún vehículo circulando a estas horas? Miré alrededor de aquélla parada de autobús, esforcé mi deteriorada vista mirando en lontananza… todo era desconocido, todo era irreconocible….
Saqué de la mochila –nuevamente- los relatos del maestro. En esos momentos, el jubilado le ofrecía el monto de su jubilación y la Biblia de Wiclif en pago del libro sagrado. Pude ver cómo –efectivamente- el hombre de “rasgos desdibujados” no contó los billetes.
Sentí el zarandeo sobre mis hombros. Abrí los ojos. Un hombre uniformado me apremiaba a abandonar el lugar. Hice una exploración del lugar; me era familiar. Observé al hombre uniformado; también me era familiar. Una sensación de alivio se dibujó en mi rostro. Escuché una voz -ciertamente agradable- que decía: ¡Lo siento, hijo…tengo que cerrar la biblioteca!
Andalucía; mes de agosto; cuarenta grados a la sombra. El flamante John Deere –comprado con sus últimos ahorros y la venta de su audi- circulaba orgulloso por las áridas y estériles tierras que le había correspondido a José –junto a dos hermosos caballos- en la inesperada herencia. Una extensa polvareda iba dejando el tractor a su paso y que le provocaba una terrible sequedad en la boca. El trabajo agrícola, aún con modernos aperos, cosechadoras, arados y tractores cómodos y potentes seguía siendo un oficio duro. La muerte de sus padres, un divorcio traumático y un hijo que lo ignoraba fueron los detonantes para que José dejara su oficio de arquitecto en la gran ciudad y volviera a sus raíces.
José pensaba en su padre y en el primer tractor que le vio conducir -un viejo y vetusto Lamborghini- que se tiraba más tiempo en el taller que arando las tierras. El asunto de la herencia es algo “atípico” por no decir inconcebible. El benefactor no era otro que su tío, el menor de los hermanos de su padre, soltero, sin hijos, y cuya soledad solamente era aliviada por un perro viejo de edad impredecible. Mi tío denunció a mi padre por la propiedad de unas lindes, era un auténtico hijo de puta, que tuvo la desvergüenza de intentar coquetear hasta con su propia cuñada; es decir, mi madre. Ella, antes de morir, me comentó que un día, estando en la cocina llegó mi tío con algunos vasos de vino de más, se le colocó por detrás y comenzó a subirle el vestido. Ella se defendió con lo único que tuvo a mano, una sartén calentando el aceite. Se lo arrojó a la cara, por suerte para mi tío, el aceite aún no estaba hirviendo y ese fue el motivo por el que su cara quedara parcialmente desfigurada. Mi padre jamás supo nada. Creo que fue lo mejor.
La herencia, de haber llegado en otro momento de mi vida, no habría tardado ni un minuto en rechazarla. Pero las circunstancias personales en las que me encontraba –paradojas de la vida- hicieron que recibiera el legado como un maná salvador.
Eran las 11 de la noche y no corría ni una sola gota de aire. El calor se mantenía día a día en la casa y durante las 24 horas. Me monté en el tractor, lo arranqué y puse en marcha el aire acondicionado. Tenía mucho trabajo por hacer y decidí continuarlo a pesar de la oscuridad de la noche. Llevaba arado un par de hectáreas de las cien que delimitaban la finca, cuando el arado pareció encallarse entre una sólida piedra. Me bajé del tractor y comprobé el incidente. Una de las aspas de acero del arado se había incrustado en una tapa de piedra que parecía cubrir la entrada hacia un lugar desconocido. Había demasiada oscuridad así que decidí explorar la situación a plena luz de día.
El habitual sonido del canto del gallo me despertó como todos los días. Eran las 6:30 horas de la mañana y una considerable resaca indicaba que la noche se había alargado más de lo habitual. Me incorporé, y sin asearme, puse la rústica cafetera en el fuego. Hasta ese momento, lo ocurrido la noche anterior pareció haberse borrado de mi mente. Llegué a la altura del tractor pero lo único que encontré fue el arado incrustado en la piedra. De mi boca salieron un sinfín de maldiciones, lamentos y sollozos. Me habían robado lo único que tenía de valor. Una vez calmado, pensé en dirigirme al cuartel lo antes posible para poner la correspondiente denuncia. Observé las aspas del arado y vi el desplazamiento transversal de la piedra. Miré hacia el fondo y descubrí una especie de pasadizo. Una pequeña excitación nerviosa se instaló en mí.
Preparé a uno de los caballos; até a la silla de montar una punta de una gruesa cuerda y la otra la crucé sobre la piedra. El caballo, con sumo esfuerzo, consiguió arrastrar la piedra dos o tres palmos. Después se paró. No había duda, aquello era un pasadizo, pero ¿adónde conduciría?
Clavé un hierro en el terreno, até una cuerda, la arrojé al fondo del pasadizo -junto con una antorcha- y descendí por ella. Afortunadamente, la altitud no era superior a tres metros y en un instante llegué al suelo. El fondo era de tierra húmeda, encendí la antorcha y tomé el único camino posible.
Noté un olor desagradable a podredumbre, a rancio. Algo en el suelo me hizo trastabillar, acerqué la antorcha y un trozo de tela reposaba entre la tierra. Tiré de ella y descubrí manchas de sangre. Mi corazón dio un vuelco. Con la tela en la mano seguí caminando; el pasadizo tenía una longitud considerable. Me topé con una especie de hueco estrecho, algo parecido a una entrada a una habitación. Detuve mis pasos. Un escalofrío de emoción penosa me embargaba. Pero llegado allí tenía que continuar, no podía dar síntomas de cobardía. Me armé de valor y con algo de esfuerzo entré. El descubrimiento de algo macabro provocó un dolor sordo e intenso en mi corazón. Dos baúles viejos, cinco cuerpos adultos semi-descompuestos ataviados con ropas de mujer; tres cunas y tres niñas de corta edad reposaban en ellas, además del esqueleto de dos perros de gran tamaño.
Mi cuerpo se paralizó, ninguno de mis músculos y nervios respondía. Dejé la antorcha en el suelo y me situé frente a uno de los baúles; nada podía hacer por los muertos y necesitaba descubrir todo lo que aquélla estancia escondía. Estaba cerrado con un candado viejo y oxidado. Pegué un tirón y la cadena cedió. Lo abrí; y ante mis ojos apareció una cavidad llena de billetes. Todo en billetes de 10000, de 5000, de 2000 y de 1000 pesetas; una fortuna desaprovechada porque ya no era moneda de curso legal. Hice lo mismo con el segundo baúl con la convicción de que me encontraría con el mismo hallazgo. Pero no, me equivocaba. Una inmensa cantidad de billetes de 500, de 200, de 100 y de 50 euros rebosaban del segundo baúl. Una sonrisa iluminó mi cara; incomprensiblemente, no sentía ninguna pena por aquéllos cuerpos en descomposición.
Después de unas pocas horas de arduo trabajo y después de dejar todo tal y como me lo encontré a excepción, claro está, de haber provocado un ligero derrumbe en el pasadizo, hice recuento del dinero encontrado. La cifra ascendía a unos dos millones de euros. Mi tío fue un hijo de puta, un asesino, un avaro huraño… y algo de él llevaría yo en mis genes cuando actué en la forma que lo hice.
Bajé a denunciar el robo del tractor…pasadas unas semanas me lo devolvieron en perfecto estado…
Jugando mi habitual partida de dominó de los domingos, ofrecí mis cien hectáreas a uno de los lugareños a un precio irrisorio. Aceptó de inmediato. Realizadas las operaciones legales me marché de España… nadie sabrá nunca mi residencia… he desaparecido del mundo como lo hicieron los cuerpos que encontré, ahora enterrados, en el subsuelo de una enorme finca de 100 hectáreas y que nunca será labrada.
¿Soy un digno sobrino de mi tío? Sí.
¿Tenían mi esposa e hijo motivos suficientes para sentir hacia mí el mayor de los desprecios? Sí.