…lo del hombre del tiempo no le hizo mucha gracia. Me dirigí hacia ella, rodee mis manos sobre su desnuda cintura y apreté su cuerpo junto a mí. Cogí sus labios entre los míos, noté como su tensión se relajaba y con un gesto habilidoso introduje mi lengua en su boca…noté el sabor de la pasión en su saliva…noté la excitación de sus pezones sobre mi pecho… mis manos jugueteaban con la única prenda que le quedaba. Con la ayuda de mis dedos índice deslicé sus braguitas hasta el suelo. La cogí entre mis brazos y me dirigí hacia la cama. En el camino ella acariciaba mi pene erguido, jugaba con él maliciosamente…me estaba poniendo cardiaco. Cálmate –le dije susurrando- ahora déjame hacer a mí. Tendida sobre el lecho pude ver la perfección de sus curvas, unas caderas redondas y sensuales, unos glúteos que invitaban al goce del placer. Recorrí todo su cuerpo con mi boca, besaba su cara, acariciaba sus hombros, cerré mi boca sobre su pecho, lamía su ombligo, besaba sus ingles…en aquel momento, el dulce olor de su sexo llegó hasta mi olfato. Subí sus piernas sobre mis hombros y bajé mi cabeza hasta lo más profundo de su ser. Mi lengua escarbaba sobre su abundante espesura hasta que encontró su recompensa; un clítoris rígido y sonrojado esperaba una caricia con impaciencia. No perdí un solo instante, mis labios se apropiaron de él con delicadeza y suavidad mientras mi lengua lo rodeaba con ritmo acompasado… mis manos no dejaban de acariciar sus pechos y pezones… un gemido brutal comenzó a salir de su garganta. Se levantó con rapidez y dirigió su boca hacia mi pene bestialmente erecto, atrás quedaban desgraciadas experiencias. Noté el aliento de su boca en mi glande humedecido por la excitación, justo en el momento de introducírselo, el sonido insistente del timbre de la puerta acabó con nuestro éxtasis… ¡Me cago en la puta de oros! ¡No abras, deja que llamen! No puedo –dijo ella con voz suave- sabes que mi madre está enferma….
A la vuelta de vacaciones todo es distinto. Las obligaciones laborales se te hacen de una pesadez insoportable. El primer día de curro estás desubicado, bueno, el primero, el segundo y así hasta la segunda o tercera semana que ya empiezas a darte cuenta que lo de Onasiss, sin reloj y en chancletas, solo fue un simple espejismo...un calentón pasajero. Entre medias, ¡Cómo no! una insufrible y recurrente depresión sale en tu ayuda para terminar de aliviarte tu pesada carga. ¡Cojones con el curro y la depresión! ¡Van a acabar con mi vida!
Estadísticamente, los psicofármacos –dicen- doblan las ventas al final del periodo estival. Y no me extraña aunque afortunadamente no es mi caso. Yo me lo monto a mi manera, hago acopio de los psicotrópicos durante todo el año para consumirlo, a palas, en esas semanas en las que no aguanto ni que me miren. Coma lo que coma y beba lo que beba todo lleva una generosa ración de esas pastillitas milagrosas. Pero después llegan los efectos secundarios que afectan directamente a tu sexualidad. Yo pregunto ¿Por qué cojones esas maravillosas pastillas provocan que no empalmes ni a la de tres? Me lo tomo con tranquilidad, eso sí, acabo con la paciencia de la parienta. Me dice: ¡Coño Manuel… que has visto toda la filmografía de Nacho Vidal y esto sigue pareciendo un frijol encogido¡ La miro con cara destemplada… después miro aquello y sí…. si eso no es un frijol se le parece bastante. Perdona cariño, a ver si mañana se soluciona.
Pasaron los días y la cosa marchaba relativamente bien. Ya no vomitaba cuando veía mi mesa abarrotada de papeles ni se me escapaba un pedete cuando el jefe dejaba caer que habría que hacer algunas horitas extras para ponernos al día. Me marché a casa dispuesto a tener una tarde-noche-madrugada de sexo continuo y continuado. Mi mujer me esperaba con desesperación. ¡Ya estoy aquí cariño! Un beso, un apretón, una caricia….. ¡Ya! ¿Ya? Preguntó ella. Cariño lo siento –dije yo- esto ha salido disparado como una bala… Ella me mira con ojos de desconsuelo y dice: Pues a ver si tienes más puntería porque ni siquiera me ha rozado el proyectil.
Os aseguro que me repuse de aquel gatillazo a la inversa. Nunca fui precoz en ninguno de los sentidos. Una hora después, restablecida la normalidad y la vergüenza, llevé a mi mujer al cuarto, la desvestí con suavidad y ternura, se quedó en ropa interior… ¡Menudo cuerpo! Proseguí….excitado pero paciente…cuando sonó el último clic del sujetador, ella se lo dejó caer y al dejar a mi vista aquél monumento a los senos…¡Ya! ¡Otra vez ya! …¿Ya…otra vez? Pero hombre –me dice- ….piensa en el hombre del tiempo.... calla, calla, -la interrumpí- que en ese era en el que estaba pensando….
Desperté abrazado entre cartones. Hacía mucho frío. Sentía hambre, sueño y fatiga. Una insistente y agotadora tos delataba la segura presencia de una enfermedad pulmonar crónica. Toqué mi frente con mis ásperas y sucias manos, después de unos segundos, distinguí –de forma ostensible- una considerable elevación de la temperatura. Ordené mis escasas y paupérrimas pertenencias y las coloqué en el interior de una roñosa mochila. Y caminé… sin fuerzas… pero caminé...
Algunos meses atrás, en el despacho de uno de los más prestigiosos cirujanos cardiovasculares del país, el equipo médico del doctor Esteve, se reunía para estudiar el grave problema de cardiopatía que el joven de la habitación 419 padecía desde su nacimiento. Nació con una malformación congénita que le impedía vivir sin estar conectado a una máquina las 24 horas del día. Era un joven de talante cordial, alegre y sumamente esperanzado en el devenir de su vida. Bromeaba con todo el mundo y su fe en el doctor y todo su equipo estaba fuera de toda duda. A su lado, su joven madre, recientemente divorciada, miraba con ternura infinita aquél regalo que Dios le entregó con maquinaria defectuosa. Siempre maldijo no haber hecho caso a su ginecólogo cuando este le aconsejó un aborto controlado al tener casi la total seguridad de serias malformaciones en el corazón de su entonces embrión. Un parto nonato, tremendamente dificultoso y peligroso, acabó por darle la razón. Se levantó del sillón mirando a su hijo con una sonrisa en los labios, abrió la puerta del cuarto de baño y se puso a llorar desconsoladamente.
…con mi mochila en la mano, llegué a un parque cercano y me dirigí a una pequeña fuente. Comencé el único aseo personal posible. El agua casi helada estalló con violencia en mi cabeza ardiente. Un leve mareo dio con mi cuerpo en el suelo. Cuando desperté, me encontré en el interior de una cama con sábanas limpias dentro de una habitación con olor aséptico. Sentí un leve dolor en mi brazo derecho y comprobé, a través de una serie de orificios con un ligero color morado en su entorno, que había sido objeto de más de un análisis médico. Un bote de suero pendía desde lo más alto intentando dar alimento y medicación a través de mis venas. La puerta de la habitación estaba entreabierta, y a través de ella, me pareció reconocer el sitio donde me encontraba. El ligero y asiduo temblor de mano hizo nuevamente acto de aparición, en ese momento, tres doctores entraron en la habitación y la cerraron.
El doctor Esteve requirió la presencia en su despacho de la madre del joven. Ella entró temerosa y expectante. Siéntese –dijo el doctor con tono serio aunque amable- La presencia de todo el equipo médico en aquella habitación, dirigiendo sus miradas hacia ella, provocó que junto al temor y a la expectación se uniera una tremenda excitación nerviosa. ¿Pasa algo doctor Esteve? ¿Hay algún problema para la intervención de mañana? Tranquilícese señora, no pasa nada nuevo sino la gravedad en sí de la operación y de los numerosos riesgos que corremos –dijo un miembro del equipo médico- Queremos que sepa que el doctor Esteve no va a ser el encargado de realizarla, queremos su consentimiento, porque en caso contrario, su hijo no será operado. ¡Dios mío! ¿Ahora me lo dicen? ¿A escasas 20 horas? ¿Qué motivos existen para que el doctor Esteve no pueda intervenir a mi hijo? Unas lágrimas desesperadas comenzaron a correr por sus mejillas.
Los doctores se situaron al pie de mi cama. Reconocí a dos de ellos y esperé a escuchar lo que me tuvieran que decir. El desconocido era el único que miraba directamente a mis ojos, con gesto algo tosco y nervioso, empezó a balbucear palabras ininteligibles. ¿Qué pasa doctor? ¿Por qué no habla claro? ¿No sabe Ud. que estamos entre viejos conocidos? De acuerdo Sr. Esteve. Escuché con atención el diagnóstico de mis enfermedades y respiré aliviado. Gracias -susurré- ya no me queda mucho tiempo de sufrimiento y amargura…
Ella secó sus lágrimas, miró al doctor Esteve y este se levantó de su sillón y se dirigió hacia ella. Le cogió las manos con ternura y cariño y le dijo: “Señora, los doctores aquí presentes no me ven cualificado para realizar la complicada operación que su hijo necesita. Mi mano tiembla ligeramente en ocasiones y ellos creen que cualquier movimiento de mi mano, por muy milimétrico que sea, pondría en peligro el éxito de la intervención, y como no, la vida de su propio hijo.” ¿Quién será el encargado de hacerla? -Dijo ella mirando alternativamente a los demás doctores de la habitación- El hijo del director del centro, el doctor Puig. No debe preocuparse señora, el doctor Puig es un joven pero competente cirujano que nos llevará al éxito -espetó el doctor Esteve- La mujer se levantó lentamente y añadió: Por favor, denme un par de horas para pensarlo, después comunicaré mi decisión.
Los tres médicos se sorprendieron al comprobar que la comunicación de la mala noticia sobre mi estado de salud, provocaba en mí satisfacción en lugar de tristeza. El único de los doctores desconocidos me volvió a mirar a los ojos y dijo: “Tiene Ud. una visita Sr. Esteve ¿Le hago pasar?” Miré al techo de la habitación durante unos segundos, sentí golpes en mi pecho producto del latido impetuoso de mi corazón; Sí, respondí conciso sin tener la menor idea de la identidad de mi visitante misterioso. Los tres doctores salieron y ella apareció en el umbral, en su cara se reflejaba tristeza, en sus ojos húmedos…vi reflejado mi corazón. Tras ella, un joven lleno de vida se abalanzó sobre mí depositando un fuerte abrazo…
Pasaron las dos horas y ella nos comunicó su decepción pero aceptó a regañadientes –no podía hacer otra cosa- que el doctor Puig interviniera a su hijo. Mientras se alejaba la seguí con la mirada, era una mujer fuerte, tierna, de grandes sentimientos y de una belleza extraordinaria…. de toda ella me enamoré desesperada y calladamente. La larga y continuada estancia entre aquellas paredes, nuestras charlas sobre el futuro de su hijo, su gran generosidad y ese trato cariñoso y comprensivo que siempre me dispensó, a pesar de su sufrimiento interior, hizo que mi cuerpo se estremeciera de emoción con tan solo verla o recordarla. En la habitación continua, un doctor Puig tan eufórico como caprichoso, se envanecía del éxito obtenido. Era un cirujano prometedor, de eso no me cabía ninguna duda pero tan consentido por el poder paterno como maleducado. Esa sería su primera intervención quirúrgica en ese tipo de operaciones. Mi equipo médico había sucumbido a los ofrecimientos del joven doctor. Estaba solo y debía aceptarlo.
Cuando el joven me liberó de su abrazo ella se acercó sobre mí y dejó un beso en mi frente que provocó un escalofrío en todo mí ser. Javier (ese era mi nombre) entre nosotros dos te vamos a ayudar a salir de esta –dijo-, no dejaremos que vuelvas a alejarte de nuestras vidas; te necesitamos…y te queremos. Mientras decía estas palabras su mano apretaba con fuerza la mía. No recuerdo la última vez que lloré, ¿o quizás fue esa la primera?…
La operación estaba prevista para las 8 de la mañana del día siguiente. Eran las 9 de la noche y ya solo nos separaban 11 horas del éxito o fracaso, de la vida o la muerte. Me marché solo del hospital, mi séquito acompañaba al hijo del director del centro hospitalario, el joven doctor Puig. Mientras me dirigía hacia los aparcamientos oí como ellos quedaban para tomar una copa y celebrar el acontecimiento, que no era otro, que hacer sucumbir al todopoderoso doctor Esteve. Arranqué mi vehículo y me marqué, como algo ineludible, llegar a casa y descansar, el día de mañana sería largo y complicado.
El joven (creo que aún no lo he dicho) se llama Jorge y no paraba de contarme hazañas irrealizables que siempre le fueron vetadas. Era una avalancha de palabras las que salían de su boca; reíamos y llorábamos de alegría. Su madre (María) miraba extasiada a su hijo mientras que sus manos acariciaban las mías. Se produjo un silencio incómodo que yo aproveché para llamar la atención de ambos; les pedí un momento de atención pero les hice prometer que aceptarían con su habitual valentía lo que les tenía que contar. Con las seis manos entrelazadas comencé mi relato; me han diagnosticado dos enfermedades, un proceso incipiente pero acelerado de Parkinson, y otra algo más seria (tomé aire) los miré, y armándome de valor continué; bueno…creen que tengo un cáncer pulmonar con metástasis avanzada (otro silencio) la verdad es que yo me encuentro bien salvo por esos malditos ataques de tos dolorosa. Nuestras manos seguían unidas, ella me miró, y dijo; no importa, haremos lo que queremos hacer, viviremos juntos hasta que nuestras vidas se extingan, cuidaremos todos de todos, seremos una verdadera familia…
Eran las 7:30 horas de la madrugada y todos estábamos preparados, todos menos el joven doctor Puig que no había dado señales de vida. Tomé el mando y ordené que le avisaran inmediatamente. Poco antes de las 08:00 horas me comunicaron que ya estaba en su despacho dispuesto a empezar el trabajo. Abrí la puerta, le miré y comprobé su pelo aún humedecido y el olor a alcohol que inundaba la habitación. El se dirigió hacia mí y en apenas cinco metros trastabilló en dos ocasiones. Lo agarré para que no cayera y mi olfato se inundó de un desagradable olor a alcohol que salía de su boca. El insistía en la operación y le propiné un puñetazo que hizo que perdiera el conocimiento. La borrachera también contribuiría a que durmiera durante un par de horas o tres, salí de la habitación no sin antes cerrar la puerta y llevarme las únicas llaves existentes. Advertí al personal de servicio que el doctor Puig no debía salir de aquella habitación, bajo mi responsabilidad y por ningún concepto. Baje a la sala de quirófanos, el equipo médico ya estaba preparado, se extrañaron al verme a mí y no al doctor Puig pero callaron; nos deseamos suerte y comenzamos la cuenta atrás. Al coger el bisturí mi mano tembló ligeramente, nadie lo advirtió, decidí armarme del valor suficiente y comencé las primeras incisiones….seis horas después, con el cuerpo del joven anestesiado, su corazón daba sus primeros latidos sin ayuda mecánica. El último gran éxito del doctor Esteve.
Un juicio precipitado, lleno de imprecisiones, falto de testigos en mi favor, con un veredicto emitido no por el juez sino por el poderoso director del centro hospitalario, el padre del joven doctor Puig. Me condenaron al pago de una indemnización millonaria que provocó el espolio de todas mis pertenencias, me retiraron la licencia médica y me inhabilitaron -de por vida- a ejercer mi profesión. Todo realizado con una excesiva prisa, sin medios de comunicación, sin visitas de los pocos amigos que conservaba o de los pocos familiares que aún tenía en Francia. Me llevaron a la cárcel, como un criminal, fui condenado por desacato al juez durante seis meses; a los cuatro salí por buen comportamiento, me encontré solo, en la calle, sin tener donde ir y con tan solo 30 euros en mi cartera. Entonces decidí abandonar mi lucha, no tenía fuerzas para desenmascarar a los poderosos que habían acabado con mi vida de una forma injusta y miserable. Una poderosa depresión hizo el resto, abandoné mi alma y deje en libertad mis únicas esperanzas. Mi cuerpo se hundió en la más absoluta miseria.
"…seremos una verdadera familia…" Esa frase, en boca de la dulce María, sonaba a celestial. Pasamos doce días en el hospital y nunca se separaron de mí. Me dieron el alta médica junto a un tratamiento paliativo y el compromiso de revisiones periódicas. Salimos con las ilusiones, la fe y la esperanza renovadas. Nos fuimos a vivir a la casa que ella posee en un pequeño y hermoso pueblo de la costa andaluza. Han pasado cinco años desde que comenzara esa nueva vida. Los médicos no me creen cuando les digo que la evolución de mi enfermedad se debe al gran amor y alegría que compartimos. Desde hace un tiempo, me despierta el llanto de un recién nacido, es nuestro hijo….sé que algún día me despertaré para no volver a hacerlo nunca más, pero créanme, el intento ha valido la pena.
Eran las 5 de la madrugada. Desperté inquieto y sobresaltado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama y noté la misma y dolorosa ausencia. Algo más de cinco años hacían ya de su muerte. De la muerte de mi amada esposa. Mucho tiempo, excesivo tiempo para que un pobre viejo de 65 años se acostumbrara a tanta soledad. Mi vida desde aquel suceso ha sido una constante mezcla de tristeza y abatimiento. Tampoco me queda el consuelo del hijo que nunca tuvimos pero que siempre ansiamos. Me incorporé de la cama, sequé mis lágrimas y comencé los preparativos para la ceremonial cita del día de hoy, en la que yo, a pesar de mi voluntad, iba a ser el principal protagonista.
Como todos los días acudí puntual a mi trabajo. Me senté en la misma mesa de siempre, vacía de documentos pero pleno de recuerdos. Sobre su robusta madera se encontraba, además de unas plumas desgastadas por el uso, la foto de mi bella y amada esposa. Al instante acudieron, de forma tan intempestiva como impetuosa, un torrente de gotas procedentes de mi glándula lagrimal, lo supe, porque mis labios se impregnaron de un agradable sabor salado.
Las doce de la mañana, la hora elegida. Bajé a la planta baja del edificio y alrededor de una mesa redonda repleta de viandas, se encontraban algunos de mis jóvenes compañeros de trabajo. De los viejos, yo era el único que quedaba, los anteriores, o enfermos jubilados o felizmente muertos. Créanme que no sé si festejábamos mi jubilación o el hecho de que por fin se habían desembarazado de mí. Parecía ser un pobre viejo que importunaba con sus morales y anticuados consejos a una selecta y aguerrida tropa, que vestidos con trajes de Armani, andaban ávidos de dinero, inundados entre masters, posgrados y maestrías pero exentos del menor de los escrúpulos. El asunto, ahora, no me importaba lo más mínimo, aquello era un trámite más que daría constancia de lo ingrato que resulta dejar tu vida entre aquéllas cuatro paredes, recibiendo como única recompensa, una medallita de honor a la constancia y el esfuerzo y un buen número de palmaditas en la espalda. Empecé a sentirme incómodo y cansado, muy cansado. Me disculpé con mi habitual educación, casi con pleitesía, fue entonces cuando me vi retratado en aquel periodista protagonista del libro de Antonio Tabucchi, llamado “Pereira”, interpretado en el cine por mi admirado Mastroianni.
Pulsé el botón 12 del ascensor y volví a entrar en mi despacho. Me vacié los bolsillos y dejé todas mis pertenencias en un cajón de mi antigua mesa de robusta madera. Hice lo mismo con la foto de mi añorada y amada esposa y cerré el cajón. Cogí una silla, la coloqué junto a una amplia ventana; amplia y única ventana. La abrí y me asomé. Comprobé que la altura entre mi despacho y el asfalto era tremendamente excesiva; mareante -pensé yo-. Fueron los rápidos efectos de un turbulento viento frío sobre mi cuerpo los que me obligarían a tomar una rápida decisión.
Mis pies se sostenían sobre el amplio alféizar. Cerré los ojos y recé una oración en memoria de mis seres queridos pidiendo perdón y consuelo. Aún continuaba con los ojos cerrados notando como me abandonaban toda mi valentía y arrojo. Entonces se me ocurrió poner fin a mi decisión de la forma más infantil; lo haría, como si de un niño pequeño y asustadizo se tratara, a la cuenta de tres.
Tomé aire, carraspeé con fuerza: ….UNO…DOS…TR…. ringggg…. ringgggg…. ringggg…. el sonido del teléfono me desconcertó, me distrajo de mi objetivo. Incomprensiblemente, tuve miedo al bajarme de aquella ventana. El teléfono seguía sonando, me acerqué y lo descolgué: “DÍGAME, ¿CON QUIEN HABLO?”
Eran las 5 de la madrugada. Desperté tranquilo y despreocupado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama. El cuerpo de una mujer bella se recostaba a mi izquierda. Era una especie de ángel dormilón que nunca estuvo en disposición de dejar la cama a horas tan intempestivas. Algunas veces, las personas necesitamos tan poco para ser felices que no nos damos cuenta hasta que no estamos en la “cuerda floja”. Ese fue mi caso.
Mientras me afeitaba, recordé la llamada telefónica que evitó que el “TRES” saliera definitiva e irremediablemente de mi boca. ¿Quieren saber la contestación que recibí a la pregunta de con quién hablo? …una voz juvenil me dijo: “PERDÓN SEÑOR, CREO QUE ME HE EQUIVOCADO”… fue el error más importante que alguien pudo cometer conmigo. Justo a partir de ese día me di cuenta que se podía seguir amando y llorando la muerte de mi mujer amada y hacerlo compatible con ciertas dosis de felicidad que acompañaran mi vida hasta el día de muerte. Creo que lo merezco.
…el autobús llegó a su última parada llevándome a mí como único pasajero. La mirada inquisitoria del conductor indicaba que debía abandonar mi asiento y bajarme de inmediato. Bajé, cabizbajo, con pesadumbre. Veía y andaba con dificultad. Mi mano derecha sostenía –con fuerza- un pañuelo que llevaba colocado en mi costado izquierdo. Lo aparté un instante y una enorme mancha de color rojo impregnaba mi camisa. El dolor era insoportable. Después, un desfallecimiento fulminante dio con mi cuerpo en el suelo. Oscuridad….
Doce horas antes, en un bar de copas de mi ciudad, una alegre reunión se desarrollaba con total normalidad. Miré a través de la cristalera y observé con detenimiento todos sus movimientos. Lo hice hasta que ellos se dieron cuenta de mi presencia. Una chica morena, con unos maravillosos ojos verdes, miró hacia el cristal y al verme escondió su mirada. La noté aturdida, confusa y algo nerviosa. Se levantó y se dirigió con paso presuroso a los servicios. Entré y la seguí.
…el sonido estridente de una sirena me advirtió de que mi vida aún no se había extinguido. Oí pasos presurosos y el sonido metálico de una camilla al rodar por el pavimento. Estaba boca arriba, mis brazos recogidos sobre mi costado izquierdo. Noté sobre mí unas miradas desconocidas llenas de asombro. Curiosamente, un sosiego y una paz ilógica inundaban mi cuerpo inmóvil que yacía sobre el frío y sucio suelo. Volví a desfallecer entre una oscuridad mucho menos tenebrosa….
Antes de llegar a los servicios del bar noté un fuerte impacto sobre mi cabeza realizado cobardemente…a traición. El estallido de un cristal hecho añicos se confundió con un terrible dolor. La puerta del servicio se abrió, en el umbral apareció la figura esplendida de la chica morena con unos maravillosos ojos verdes. Se arrojó sobre mí y acomodó mi cabeza sobre su pecho. Incluso en aquellas lamentables circunstancias pude oler su cuerpo. Ese cuerpo que tantas veces estreché entre mis brazos y tantas veces inundé con mis besos. En ese momento, de sus labios solo salían palabras de amor y gratitud….de sus preciosos ojos, lágrimas de amargura y desconsuelo. Depositó un cariñoso beso en mis labios y cerró los ojos. Mi dolor se tornó en sensación placentera.
…la ambulancia iba a gran velocidad. La cara de asombro y temor de los enfermeros no auguraban nada bueno. Mis fuerzas decrecían con más rapidez que lo hacía la efectividad en la recuperación de mi cuerpo por parte de aquellas personas. El latido de mi corazón era cada vez más leve y pausado. Un pitido plano proveniente de un monitor, seguido y pronunciado, anunciaba mi muerte, mi ansiada y deseada muerte…
Cuando la puerta del servicio se abrió la realidad fue muy distinta a como yo la imaginaba o presentía. La figura espléndida de la chica morena con maravillosos ojos verdes avanzó hacia mí, puse su alto tacón sobre mi pecho y me maldijo. ¡Deja de perseguirme o lo lamentarás! –gritó- Escupió sobre mi rostro y antes de marcharse, el cobarde traidor que estrelló el vaso en mi cabeza, me propinó una patada en mi entrepierna que me hizo retorcer de dolor. Me repuse a duras penas. Tomé aliento, y con paso lento, emprendí un camino hacia ninguna parte. Mi ilusión por la vida se desvanecía a cada paso que daba. ¿Me había enamorado locamente de la mujer equivocada? Si eso fuera cierto, ella nunca tuvo la menor culpa. ¿Cómo puedo culpar a una mujer a la que solamente infringí daño y dolor? Ya no caminaba, deambulaba por calles desiertas que me auguraban un devenir sórdido. Me sentí rodeado por cuatro personas de aspecto desaliñado que requerían, con nerviosa violencia, todo lo que de valor llevara. Quería hablar pero mi voz no se oía, los miraba pero no los veía, ellos, en la creencia de que no les hacía el menor caso, se abalanzaron sobre mí, me tumbaron al suelo sin que yo pusiera la menor oposición, de pronto, un objeto afilado y punzante, se introdujo irremediablemente en mi costado izquierdo. De mi boca no salió ni el menor grito de dolor, permanecí en el suelo tan inmóvil como indolente. En ese momento deseé cerrar mis ojos y no abrirlos nunca más.
…dicen que cuando una persona muere, la consciencia no le abandona totalmente hasta pasados unos pocos minutos… os prometo que eso es verdad, al menos en mi caso. Nunca recibí un regalo tan preciado. Con mi cuerpo sin vida sobre una camilla aséptica aún tuve unos minutos para pensar en aquélla chica morena de maravillosos ojos verdes… ¿o eran azules?...
Verano. Agosto. Sevilla. ¡Qué caló! Consulta con el ginecólogo a las 15:30 horas. Iba por mi segunda ducha en apenas 1 hora. Quería y debía causar buena impresión. Hay ciertos olores corporales que al aplicarles calor extremo se tornan en insoportables. Con el pelo levemente humedecido bajé al portal de casa a la caza del primer taxi que encontrara libre. ¿Qué coño pasa hoy con los taxis? ¿Otra vez están de huelga? Esperé un tiempo prudente pero ante la posibilidad de perder mi cita médica decidí emprender el camino andando.
Perdonen, creo que no me he presentado, mi nombre es Mercedes, trabajo como asistenta ¿no es así como se llaman ahora a las que fregamos suelos y limpiamos las mierdas de los demás?, pues bien, tengo 55 años, estoy indescriptiblemente casada y soy madre de 6 hijos. ¡Toma ya!
Dios proveyó a mi marido de una fortaleza sexual inusual, después de eso, se olvidó totalmente del pobrecito. Ahora bien –todo hay que decirlo- me regaló un verdadero obseso sexual, un macho que siempre estaba dispuesto al “polvete”. Dios lo premió a él por la cantidad pero me castigó a mí en la calidad. Muchos pero cortos –como si dosificara, pensaría él-. La mayoría de las veces, sentía los efectos gratificantes del “punto G”, o bien en sueños, o cuando andaba por el séptimo mes de embarazo que ya empezaba a dejarme algo más tranquilita.
En esos pensamientos estaba cuando se acercó una chinita preciosa con cara sonriente invitándome a fotografiarla a ella con la majestuosa Giralda de fondo. Un clic me indicaba que el recuerdo gráfico se había realizado. Miré al visor de la cámara y tanto la chinita como la Giralda habían desaparecido, en su lugar, un dedo calloso con uñas pintadas de rojo putero, era lo que aparecía como mágica instantánea. Señalé con el pulgar para arriba a la chinita y me despedí con un impronunciable “okey”. Para fotos estaba yo.
Chorros de sudor corrían por mi frente, por mi generoso canalillo, por el sobaco y ahora también por las patas abajo. ¡Qué cuadro madre mía! Pobrecito del “dortor” ¡La que le espera!
Mientras seguía caminando y limpiándome el sudor como buenamente podía, intenté recopilar todo el proceso de mi enfermedad. El “dortor” me dijó que el motivo de mis infecciones es que estaba “descolgá”. ¿Descolgá? ¡Huyyyy que nombre más feo “dortor”! Y eso de “descolgá” ¿Qué es? El “dortor” –emitiendo un suspiro- me dijo que debido a mis numerosos partos el tejido musculoso que envuelve toda la zona donde se sostiene el embrión…, pues eso, que se había quedado sin músculo y que todos mis órganos estaban en caída libre. ¡Mercedes! –me dijo- ¡Hay que volver a fortalecer toda esa zona! Nos vemos dentro de dos semanas para el tratamiento.
Estaba sentada frente a la puerta de la consulta. La enfermera, un vejestorio malaje, me miraba de reojo. ¡Puede pasar Ud.! ….
…¿Qué? ¿Pero eso que es “dortor”? ¿Unas bolas chinas y un tubo de un puro? Mire Ud. Mercedes, no se ponga nerviosa. Verá, las bolas chinas se introducen suavemente en la vagina. Deberá llevarlas prácticamente todo el día y, aunque le parezca raro, incluso cuando haga el acto sexual con su marido. ¿Y cabrá todo? –pregunté en el colmo del nerviosismo- El “dortor” se rió. Existen en el estanco unos puros envueltos en un tubo de latón sólido. Lo envuelve en un preservativo para evitar infecciones y se lo introduce durante un par de horas al día. Mercedes, créame, con su edad es la única manera de asegurarnos el fortalecimiento de todo ese tejido descolgado. O eso, o una dificilísima intervención quirúrgica -poco exitosa por cierto- y realizada por unos especialistas que raramente se encuentran en España.
Salí de la consulta sin saber muy bien si me había enterado de la propuesta de tratamiento que me había dicho el “dortor”. Me repetía constantemente ¿unas bolas chinas y el tubo de un puro en el chichi? ¿no sería mejor unas pastillitas o una pomadita? Jesús….¡qué cosas!
Al día siguiente, pensando en normalizar la situación, se lo conté a la “Jefa de estudios” del sitio donde trabajo. Entre risas, me dijo, “Merce…curarte no se si te curarás pero te aseguro que te lo vas a pasar de puta madre”. Déjate de cachondeo –le dije- que no hago nada más que pensar que cuando mi Pepe quiera asunto y choque con las bolitas chinas aquello más que un polvo va a parecer una máquina de PingBall. Las dos reímos.
Pasaron diez días y no tenía muy claro ni cómo ni cuándo empezar mi curioso tratamiento. Aquella tarde invité a mi amiga del curro a un café para celebrar mis cincuenta y seis cumpleaños. Entre bromas, risas y cachondeo ella me sorprendió con un regalo que sacó del bolso. Al ver un envoltorio de “Zara” me tranquilicé bastante. Con la avidez y la ilusión de una niña pequeña arranqué de un manotazo papel y lazo. Una cajita extravagante, con dibujos sexuales y con inscripciones rarísimas aparecieron, levanté la tapa de plástico y ante mi aparecieron dos bolas de color rosa unidas entre sí por una cuerda. Al lado, un habano metido dentro de un tubo liso de color gris plata. Miré a mi amiga y me sonrojé.
Ya han pasado once meses. Los primeros calores de Julio se hacen notar en esta preciosa ciudad. Estoy moderadamente contenta. Muchas cosas se han solucionado desde aquel día, entre otras, la superación de mis pruebas ginecológicas realizadas con un éxito arrollador. En casa, por el contrario, mi marido se cansó de echar polvos con sonidos de bolas chocando. En realidad, se cansó de esos polvos, de los otros y también un poco de mí. A pesar de eso, soy feliz. Mi sonrisa –ahora- se mantiene fresca y sensual durante todo el día. Como buena paciente, me he propuesto tener dentro de mí la musculatura que Mike Tyson poseía en el torso. Sigo confiando en mi amiga, la maravillosa inductora de mi tratamiento. Desde aquél momento mi vida cambió. En el cajón de mi mesilla de noche tengo un extenso surtido de bolas chinas en sus más variados colores y, aunque no fumo, nunca me falta la funda rígida de un maravilloso puro cubano.

Me sorprendió su sonrisa. Me llegó al corazón su forma de sonreír. Un escalofrío sensual recorrió mi cuerpo cuando la vi. Nunca reparé en ella hasta ese día. Deambulaba de un lado para otro con su carro de limpieza. La sobriedad de su uniforme no impedía dejar traslucir un cuerpo bien formado, incluso, a mi forma de ver, perfectamente configurado para el deleite sensual. Siempre me perdió el exceso de imaginación, una ¿cualidad peligrosa para cualquier tipo de relación personal? No lo sé, pero a mí, en mis relaciones personales, nunca me fue del todo bien. Verán, tengo 42 años, divorciado, padre de dos hijos, sin aficiones, sin vida social, una cuenta bancaria sólida, un exiliado del disfrute y un auténtico imbécil que solo utiliza el trabajo como su único refugio. Nunca entendí a las mujeres, aunque, también es cierto, nunca hice el menor intento por acercarme a ellas, comprenderlas, admirarlas, sentirlas…
Ella terminó su turno y se marchó. Eran las 6 de la tarde, cancelé mis entrevistas profesionales y corrí tras ella; a cierta distancia, observándola y contemplándola. Entró en una cafetería, se sentó en una mesa y esperó al camarero. Yo no sabía qué hacer, pero finalmente entré. Me acomodé en la barra y planeé mis siguientes movimientos; nunca escuché el latido de mi corazón con tanta fuerza, nunca experimenté un sentimiento tan placentero. La persecución furtiva me estaba proporcionando un éxtasis desconocido. Estaba absorto en mis pensamientos cuando comprobé que su mesa se encontraba vacía. Incomprensiblemente, me sentí decepcionado, rechazado y abatido. Ella no tenía ninguna culpa, otra vez, mi imaginación, iba por delante de mi mente.
El despertador sonó –como siempre- a las 6:45 horas. Me levanté expectante, sin la pereza de otros días, corrí hacia la ducha y allí le hice -a mi hermosa dama- el amor por primera vez. El pensamiento estaba desequilibrando mi existencia. Tomé el café apresuradamente y me fui al trabajo.
En el camino compré un hermoso ramo de rosas rojas. Llegué a mi despacho, comprobé en mi agenda las citas y apremié a mi secretaria a cancelar todas las de la tarde. Se quedó extrañada pero no se atrevió a contradecirme. La mañana me pasaba lenta, de una duración desmedida. No era capaz de concentrarme en mis asuntos del trabajo, solo miraba con -enfermiza insistencia- el precioso ramo de rosas rojas. Volví a dejar libre la imaginación, me sorprendí besándola apasionadamente, arrancándole con violencia el uniforme, su cuerpo tan desnudo como el mío tumbados sobre el brillante suelo de la oficina, penetrándola, poseyéndola, amándola, sintiéndola….todo en presencia de un público ardientemente enfervorizado…
¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! Oí como alguien golpeaba en los cristales. Entró mi secretaria, me levanté y observé como su mirada se clavaba en mi pantalón y en la enorme prominencia de mi sexo al descubierto. ¡POR DIOS! ¡TÁPESE…POR FAVOR! –decía la secretaria mientras escapaba- En ese momento creí morir. Mi sueño había llegado demasiado lejos. Necesitaba excusarme con ella, esa mujer no merecía el trato que le estaba dando. Puse en orden mis ideas, dejé pasar media hora, cogí fuerzas y la llamé por el interfono: “Haga Ud. el favor de venir a mi despacho” –dije con tono serio- Se lo estuvo pensando porque tardó unos cuantos minutos en llegar. Se paró en el umbral de la puerta ya abierta; en sus ojos se adivinaba la huella de un llanto reciente. Pase….por favor. Ella entró a regañadientes, lo hizo entre avergonzada y acobardada. Lo siento…lo siento mucho; fueron mis primeras palabras… y las únicas que recuerdo…
Han pasado seis meses. Hoy me incorporé de nuevo al trabajo. Mi secretaria se despidió y mi despacho, ahora, es compartido. Mi vida profesional ha descendido unos cuantos escalafones. Oigo avergonzado como mis nuevos compañeros cotillean entre ellos. Charlan –entre risas- del padecimiento de una inventada enfermedad mental que consistía en la creación imaginada de personas que nunca existieron. Eso dicen ellos… eso creen ellos… de eso se mofan ellos… yo, mientras tanto me recupero, aguantaré el escarnio… soportaré sus desaires… y esperaré el momento en que pueda entregar el ramo de rosas rojas a mi amada desconocida…
Año 1945. En el apeadero de una estación, a escasos metros del andén, dos abultadas maletas se posaban sobre el suelo. A sus pies, una joven de 18 años de aspecto desaliñado, esperaba impaciente la llegada del tren. Faltaban escasos minutos pero la espera se le antojaba interminable. Se refugió en su enorme bufanda dejando únicamente al descubierto parte de su rostro. Iba por su quinto cigarrillo consecutivo y su mirada estaba fijada en el deterioro reloj que pendía de una cadena mohosa y que emitía un sonido chirriante que la estaba poniendo nerviosa.
Al fondo, las luces del viejo y pesado tren anunciaban su llegada. Arrastró las maletas con enorme esfuerzo y esperó impaciente. En la estación no había nadie, nadie que la viera y nadie que le ayudara con el equipaje. Eran las 2:15 horas y los escasos viajeros también estarían durmiendo. Disponía, por lo tanto, de tan sólo un par de minutos para realizar –en solitario- su furtiva y rápida entrada en el tren. Un suspiro de alivio salió por su boca -entreabierta por el esfuerzo- cuando oyó el silbido del tren anunciando que reemprendía la marcha.
Sentada en un deslucido e incómodo sillón, repasó nuevamente el plan trazado. El viaje sería largo y penoso, ella estaba agotada por el esfuerzo y temió que el sueño desbaratara su “gran sueño de libertad”. Encendió un cigarro y aspiró con violencia. Miró su reloj y comprobó que faltaban 40 largos minutos para atravesar el enorme puente construido sobre el mar. Sacó de su mochila un libro y se concentró en la lectura. La joven mostraba seguridad, convicción y determinación.
Llegó el momento. Había dos ventanas, una dentro del compartimento dónde ella estaba y la otra justo en el pasillo. Abrió ambas. Cogió el asa de una de las maletas y con un gran esfuerzo la colocó sobre una de las ventanas; elegido el momento, la dejó caer al vacío. Esperó unos instantes –perfectamente calculados- y repitió la operación en la otra ventana. Una vez se desprendió de la segunda maleta cerró la ventana. Se sentó sobre sus piernas plegadas y sollozó.
Después de cuatro largas horas de viaje, el tren se detenía. Hizo trasbordo y continuó viaje hacia su destino final.
En el Hospital Geriátrico de Almería tengo ingresada a mi madre aquejada de la maldita enfermedad de Alzheimer. En una de mis habituales visitas ella se empeñó en presentarme a una compañera argumentando que tenía que contarme una historia que nunca había contado a nadie. Ella cree que mi condición de periodista lleva implícita la obligación de escuchar a todo el mundo. No obstante, no pongo ninguna objeción pero sí una condición, que ella también esté presente. Y accede gustosa. Hacía un buen día, mi madre –hoy- se encontraba afortunadamente bien y nos fuimos charlando tranquilamente en dirección a un pequeño parquecito. Llegamos a un lugar dónde había una mesa de mimbre brillantemente barnizado, dos sillas de madera oscura y cuatro confortables mecedoras tapizadas en blanco. En una de ellas se encontraba la amiga de mi madre. Tenía unos 80 años, pelo blanco, abundante y bien arreglado, labios coquetamente pintados y también noté la presencia de un ligero maquillaje. En definitiva, tenía un aspecto extraordinario. Sobre sus piernas se posaba una fina manta de encaje. Una silla a motor -casi escondida- delataba su invalidez o algún problema serio para desplazarse. Antes de las presentaciones me encontré agachado depositando un beso sobre su frente; una fragancia suave y deliciosa inundó mi olfato.
¡La guerra hace a las personas animales y a los animales alimañas! Esa fue su primera frase. Me sorprendió tanta rotundidad. Aquello tenía trazas de convertirse en una historia interesante, saco de mi bolsillo una vieja grabadora y la pongo en marcha.
“…La guerra nos sorprendió en una aldea de un pequeño pueblo de Teruel. Vivíamos unas 30 personas, entre ellas, mis padres, mi hermana pequeña y yo. Tuve que presenciar –junto a mi padre- como unos desalmados violaron a mi madre y hermana. Después las ejecutaron pegándoles un tiro en la cabeza. Mi padre y yo conseguimos escapar de los asesinos. Vagamos por el monte, sin mediar palabra, lo imprescindible. Pasados unos días; regresamos. Mi padre nuca superó los acontecimientos. Yo tampoco…”
Por sus ojos comenzaron a manar lágrimas de odio e impotencia. Miró hacia otro lado –como avergonzada- y continuó su relato. “…Aquello sucedió en el año 1940, una vez acabada la guerra fratricida. Mi padre era un republicano que nunca se metió en nada, ni siquiera, entre sus más allegados, se conocían sus ideales políticos. A nuestro regreso del monte, nos pusimos a buscar los cuerpos de mi madre y hermana. Los encontramos en un estado lamentable, los animales carroñeros de la zona dejaron los cuerpos casi irreconocibles; fueron sus ropas las que confirmaron su identidad, eso, y que los escasos vecinos que aún quedaban en la aldea, dijeron que fueron las únicas víctimas de aquélla fatídica noche. Yo tenía 13 años, tuvimos que enterrar -con nuestras propias manos- los cuerpos de nuestros seres más queridos…”
“…A los 18 años abandoné mi casa. Me fui a la ciudad y empecé a estudiar. Conseguí con muchísimo esfuerzo graduarme hasta que, al fin, logré entrar en la universidad. Recuerdo que era la alumna de mayor edad. Ese no fue motivo para que me sintiera avergonzada sino todo lo contrario, saqué mi licenciatura con la segunda nota más alta de todo el país. Me especialicé en biología molecular, una ciencia muy rara por aquél entonces pero que posibilitó que mi contratación fuera inmediata. Trabajé en EE.UU. Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, India… toda mi vida la pasé huyendo de mí misma y de mi pasado. No tengo a nadie en el mundo, nunca pude –ni quise- formar una familia. Únicamente tengo el cariño que me profesa tú pobre madre enferma…” La interrumpí con una pregunta; ¿Qué fue de su padre?; me miró, se puso triste y las lágrimas volvieron a inundar sus ojos….
“…Una vez enterrados los cuerpos de mi madre y hermana nos volvimos a alojar en la vieja casona donde vivíamos y que era propiedad de los abuelos de mi madre. Aquella casa nunca volvió a tener el calor de un hogar. Mi padre se despreocupó de todo salvo de que nunca le faltara la compañía de una botella de vino. Yo me dediqué a limpiar casas, a trabajar en labores agrícolas, en todo lo que supusiera llevar unas cuantas monedas a casa para que, al menos, no faltara nunca un plato de comida. Recuerdo aquella fatídica noche en la que cumplí los 15 años. Mi padre, borracho y enajenado, irrumpió con violencia en mi cuarto. Tenía la mirada perdida, extraviada. Se acercó a mi cama, empezó a zarandearme, a golpearme. Me despojó de todas mis ropas; y me violó violentamente. Perdí la virginidad, el honor, la dignidad; todo lo perdí entre sangre y dolor, entre miedo y desesperación, entre miseria y suciedad. Cuando me acostaba, no dormía, solo rezaba. Las vejaciones, palizas y violaciones se prolongaron durante tres años, hasta el día de mi 18 cumpleaños, ese día, por fin, llevé a cabo mi plan de fuga...”
¡Clic! -Sonó la grabadora al ser interrumpida- Ella volvió a mirarme, en esta ocasión, su rostro reflejaba tranquilidad, sosiego, como si se hubiera liberado de un insoportable lastre, de un peso incapaz de aguantar durante más tiempo. ¿Y su padre? ¿Qué paso con él? ¿Se quedó solo? Tres preguntas rápidas que fueron respondidas con una frase corta, simple, escueta y sin ambages; LO MATÉ.
“…No estaba dispuesta a aguantar más. Decidí acabar con mi tormento, mi angustia, mi dolor. Faltaban 5 días para el día de mi 18 cumpleaños. Idee un plan, estaba convencida, pero sobretodo, necesitaba realizarlo. Esa noche me acosté un poco más temprano de lo habitual. Mi padre estaba terminando de beber su segunda botella de vino. Agarré un cuchillo y lo coloqué debajo de la almohada. Pasaron unas horas. Se plantó en la puerta de mi habitación. Yo, como siempre, estaba acurrucada en el fondo de la cama, esperando la feroz agresión. Ese día, mientras mi padre se acercaba, me pasaron por la cabeza la multitud de palizas recibidas, recordé el aborto chapucero al que me vi sometida y realizado por un amigo suyo, deseé desangrarme y morirme de una vez, deseé que aquél hombre jamás recibiera como pago a su trabajo, mi cuerpo, tantas y tantas veces como él quisiera. Pero ese día, el destino me reservaba una desagradable sorpresa. Mi padre se puso de rodillas al pie de mi cama, entre un llanto desgarrador me pedía perdón, vi, después de muchos años, el arrepentimiento sincero en sus ojos…pero ya era tarde. Aparté la almohada, cogí con decisión y fuerza el cuchillo y lo clavé en su corazón. Cayó fulminado y desangrado. No sentí ninguna pena, sentí alivio y liberación…”
¿Qué pasó después? -Pregunté entre intrigado y asustado- La mujer de pelo blanco señaló a un vaso de agua que había en la mesa; se lo acerqué y se lo bebió lentamente. “…En esa aldea, a nadie nos interesaba nadie. La gente se marchaba o desaparecía y nadie –jamás- preguntaba nada. Me cercioré de que el cuerpo de mi padre estaba sin vida. Cogí un hacha del pequeño cobertizo y descuarticé su cuerpo en trozos pequeños. Los fui colocando en bolsas pequeñas y -bien cerradas- los iba introduciendo en el fondo de las únicas dos maletas existentes en mi casa. Limpié con pasmosa tranquilidad toda la estancia. Me deshice del cuchillo y del hacha arrojándolos por un enorme barranco, coloqué las maletas en un carro de mano, recogí mis escasas pertenencias y me dirigí hacia el apeadero más próximo que se encontraba a unos 12 kilómetros a campo a través. Sabía el camino y la distancia perfectamente porque días antes había acudido a comprar los billetes que me alejarían de mi calvario.
Estoy en mi casa, en la habitación dónde suelo trabajar. He escuchado la cinta por quinta vez consecutiva. No me cabe ninguna duda, es la historia más rocambolesca, macabra e inverosímil que he oído en mi vida. Una cosa me queda clara, las enfermedades mentales son capaces de engendrar ese tipo de misterios en una cabeza con una imaginación desbordante. A pesar de ello, a pesar de que mi madre murió pidiéndome que ayudara a su amiga y que no la dejara sola nunca, a pesar de que hoy –un año después de la muerte de mi madre- se le ha dado sepultura al cuerpo de la anciana desconocida de abundante pelo blanco, pues bien, a pesar de todo eso, sigo escuchando la cinta y jamás me he atrevido a hacer indagaciones sobre lo relatado. Me da miedo pensar que pueda ser real…
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