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	<title>El peso de lo liviano</title>
	<tagline type="text/html" mode="escaped">¿ NOVELAMOS NUESTROS SENTIMIENTOS  ?</tagline>
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		<author><name>Manuel </name></author>
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		<title>Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte II</title>
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		<updated>2008-09-06T19:35:06+00:00</updated>
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…lo del hombre del tiempo no le hizo mucha gracia. Me dirigí hacia ella, rodee mis manos sobre su desnuda cintura y apreté su cuerpo junto a mí. Cogí sus labios entre los míos, noté como su tensión se relajaba y con un gesto habilidoso introduje mi lengua en su boca…noté el sabor de la pasión en su saliva…noté la excitación de sus pezones sobre mi pecho… mis manos jugueteaban con la única prenda que le quedaba. Con la ayuda de mis dedos índice deslicé sus braguitas hasta el suelo. La cogí entre mis brazos y me dirigí hacia la cama. En el camino ella acariciaba mi pene erguido, jugaba con él maliciosamente…me estaba poniendo cardiaco. Cálmate –le dije susurrando- ahora déjame hacer a mí. Tendida sobre el lecho pude ver la perfección de sus curvas, unas caderas redondas y sensuales, unos glúteos que invitaban al goce del placer. Recorrí todo su cuerpo con mi boca, besaba su cara, acariciaba sus hombros, cerré mi boca sobre su pecho, lamía su ombligo, besaba sus ingles…en aquel momento, el dulce olor de su sexo llegó hasta mi olfato. Subí sus piernas sobre mis hombros y bajé mi cabeza hasta lo más profundo de su ser. Mi lengua escarbaba sobre su abundante espesura hasta que encontró su recompensa; un clítoris rígido y sonrojado esperaba una caricia con impaciencia. No perdí un solo instante, mis labios se apropiaron de él con delicadeza y suavidad mientras mi lengua lo rodeaba con ritmo acompasado… mis manos no dejaban de acariciar sus pechos y pezones… un gemido brutal comenzó a salir de su garganta. Se levantó con rapidez y dirigió su boca hacia mi pene bestialmente erecto, atrás quedaban desgraciadas experiencias. Noté el aliento de su boca en mi glande humedecido por la excitación, justo en el momento de introducírselo, el sonido insistente del timbre de la puerta acabó con nuestro éxtasis… ¡Me cago en la puta de oros! ¡No abras, deja que llamen! No puedo –dijo ella con voz suave- sabes que mi madre está enferma….

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		<title>Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte I</title>
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		<issued>2008-09-05T12:43:00+00:00</issued>
		<updated>2008-09-05T17:32:10+00:00</updated>
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A la vuelta de vacaciones todo es distinto. Las obligaciones laborales se te hacen de una pesadez insoportable. El primer día de curro estás desubicado, bueno, el primero, el segundo y así hasta la segunda o tercera semana que ya empiezas a darte cuenta que lo de Onasiss, sin reloj y en chancletas, solo fue un simple espejismo...un calentón pasajero. Entre medias, ¡Cómo no! una insufrible y recurrente depresión sale en tu ayuda para terminar de aliviarte tu pesada carga. ¡Cojones con el curro y la depresión! ¡Van a acabar con mi vida! 

Estadísticamente, los psicofármacos –dicen- doblan las ventas al final del periodo estival. Y no me extraña aunque afortunadamente no es mi caso. Yo me lo monto a mi manera, hago acopio de los psicotrópicos durante todo el año para consumirlo, a palas, en esas semanas en las que no aguanto ni que me miren. Coma lo que coma y beba lo que beba todo lleva una generosa ración de esas pastillitas milagrosas. Pero después llegan los efectos secundarios que afectan directamente a tu sexualidad. Yo pregunto ¿Por qué cojones esas maravillosas pastillas provocan que no empalmes ni a la de tres? Me lo tomo con tranquilidad, eso sí, acabo con la paciencia de la parienta. Me dice: ¡Coño Manuel… que has visto toda la filmografía de Nacho Vidal y esto sigue pareciendo un frijol encogido¡ La miro con cara destemplada… después miro aquello y sí…. si eso  no es un frijol se le parece bastante. Perdona cariño, a ver si mañana se soluciona.

Pasaron los días y la cosa marchaba relativamente bien. Ya no vomitaba cuando veía mi mesa abarrotada de papeles ni se me escapaba un pedete cuando el jefe dejaba caer que habría que hacer algunas horitas extras para ponernos al día. Me marché a casa dispuesto a tener una tarde-noche-madrugada  de sexo continuo y continuado. Mi mujer me esperaba con  desesperación. ¡Ya estoy aquí cariño! Un beso, un apretón, una caricia….. ¡Ya! ¿Ya? Preguntó ella. Cariño lo siento –dije yo- esto ha salido disparado como una bala… Ella me mira con ojos de desconsuelo y dice: Pues a ver si tienes más puntería porque ni siquiera me ha rozado el proyectil.

Os aseguro que me repuse de aquel gatillazo a la inversa. Nunca fui precoz en ninguno de los sentidos. Una hora después, restablecida la normalidad y la vergüenza, llevé a mi mujer al cuarto, la desvestí con suavidad y ternura, se quedó en ropa interior… ¡Menudo cuerpo! Proseguí….excitado pero paciente…cuando sonó el último clic del sujetador, ella se lo dejó caer y al dejar a mi vista aquél monumento a los senos…¡Ya! ¡Otra vez ya! …¿Ya…otra vez? Pero hombre –me dice- ….piensa en el hombre del tiempo.... calla, calla, -la interrumpí- que en ese era en el que estaba pensando….

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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/04/historias-la-puta-guerra--2</id>
		<title>Historias de la puta guerra...</title>
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		<issued>2008-09-04T10:50:17+00:00</issued>
		<updated>2008-09-04T18:18:36+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Al Sr. Garzón.

¿Son 70 años suficientes para cerrar las heridas causadas por una guerra? ¿Se puede atribuir alguna persona la capacidad de poder cerrar una herida que no es suya? ¿Para quién están cerradas las heridas? 

Tenemos necesidad de recuperar la memoria histórica, la verdadera memoria histórica, sin que sea, una vez más, manipulada por espurios intereses políticos y sin que eso signifique, como algunos políticos actuales creen y temen, ajustar cuentas con nadie. Las cicatrices que producen las heridas mal curadas no se reparan con el más miserable de los silencios. Fueron muchas las barbaridades cometidas y de múltiples maneras, en forma de asesinato, encarcelamiento, tortura, vejación, inanición, exilio, represión y sometimiento desde el inicio de la contienda fratricida, es decir, desde julio de 1936 hasta la terminación del régimen dictatorial impuesto por el general Franco en noviembre de 1975. Recordemos, que meses antes de la muerte del dictador, en el mes de septiembre de 1975, morían fusilados en Burgos, Cerdanyola y Madrid las últimas cinco víctimas de la dictadura. 

Conozco a personas de mi pueblo que sufrieron pérdidas irreparables, unos de parte de los nacionales, otros de parte de los republicanos pero la mayoría, la inmensa mayoría ni de unos ni de otros. Cayeron en una contienda que nunca debió existir y que nunca se debió permitir. Tampoco podemos consentir que haya familias que llevan buscando, desde unas pocas décadas después, los restos de sus familiares, rastreando de pueblo en pueblo, necesitamos que de una vez por todas el Estado colabore en su identificación, la fecha de su muerte, como se produjo y la ubicación del cadáver; en ningún caso estamos pidiendo la identidad y castigo de sus asesinos; eso de nada serviría. 

El cambio de sistema político existente en tiempos de la República hacia la dictadura militar supuso, además de muchas muertes (¿casi un millón?) cambiar la libertad de la que disponía y gozaba el individuo dentro de la sociedad por el miedo, la incertidumbre y la esclavitud de pensamiento más terrible. Es una realidad de fácil constatación el identificar a los agresores y a los agredidos, lo mismo que resulta fácil intuir que los republicanos también se defendieron. El movimiento nacional usurpó, mediante el alzamiento y rebelión de belicosos y beligerantes militares salva-patrias, el gobierno democrático del pueblo por medio del uso indiscriminado de las armas y la muerte –también indiscriminada- de sus gentes. Crearon muerte, miseria, desesperación y hambre por todos y cada uno de los sitios por dónde pasaban. 

Internacionalmente el conflicto bélico en España fue considerado como el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial sirviendo como confrontación entre las distintas ideologías existentes en el momento; fascismo, democracias de tradición liberal y movimientos revolucionarios. Tras la dimisión voluntaria del General Primo de Rivera en pleno reinado de Alfonso XIII, la II República, presidida inicialmente por Niceto Alcalá-Zamora, natural de Priego de Córdoba, se alzó con el poder el 14 de abril de 1931 de forma absolutamente democrática a través de las urnas. 

Recojo reconocimientos internacionales: “La Constitución de la Segunda República supuso un avance notable en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos por el ordenamiento jurídico español y en la organización democrática del Estado: dedicó casi un tercio de su articulado a recoger y proteger los derechos y libertades individuales y sociales, amplió el derecho de sufragio activo y pasivo a los ciudadanos de ambos sexos mayores de 23 años y residenció el poder de hacer las leyes en el mismo pueblo, que lo ejercía a través de un órgano unicameral que recibió la denominación de Cortes o Congreso de los Diputados y, sobre todo, estableció que el Jefe del Estado sería en adelante elegido por un colegio compuesto por Diputados y compromisarios, los que a su vez eran nombrados en elecciones generales”. 


Esto (que tanto molestaban a los insurrectos y sanguinarios) era parte de lo que teníamos en aquélla época; y nos fue sustraído, sañosamente, por un grupo de militares ávidos de sangre y venganza para formar lo que ellos llamaban la salvación de España; la creación y posterior control de un estado totalitario. Sus manos, aún hoy en día, continúan manchadas de sangre, en algunos casos, de sangre de su sangre pero sobretodo de la sangre de inocentes; todo ello con la complacencia, permisividad y connivencia de una iglesia católica que ni era iglesia ni mucho menos era católica. La guerra fue larga, cruenta, provocada y premeditada, donde perdieron la vida y la dignidad numerosísimas familias españolas. El último reducto de resistencia lo ofreció Madrid hasta su caída el 28 de Marzo de 1939, cuatro días después, el general Franco declaró oficialmente el fin de la guerra. La España Republicana sucumbió, sus representantes y defensores, masacrados, aniquilados, ejecutados, expoliados, desaparecidos o exiliados. 

No todos los combatientes en el fratricidio español fueron iguales, mantener la tesis que los dos bandos hicieron lo mismo no sería ni justo ni cierto, no podemos dar legitimidad a los golpistas y legitimarlos ante aquéllos que solamente defendieron su vida y a la República como gobierno democrático establecido y legítimamente autorizado. En todos los conflictos armados se cometen acciones indignas o reprobables y contrarias al Derecho Internacional Humanitario y España no iba a ser una excepción. La insurrección y rebelión militar en España se inició el 17 de Julio de 1936 en el protectorado de Marruecos, una de las primeras víctimas de los nacionales fue el general Manuel Romerales, persona de confianza de Manuel Azaña y enviado por éste a Marruecos para vigilar cualquier movimiento involucionista; fue detenido en Melilla, poco después juzgado por Consejo de Guerra y posteriormente fusilado. 

Este tipo de acciones marcó la estrategia futura; en palabras del general Queipo de Llano, extractando algunas de sus famosas arengas radiofónicas pronunciadas en julio de 1936: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, podéis ir preparando sepulturas¡ Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad” … “¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré” … “Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser un hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”. 

Bastante explícito, contundente y canalla. Fue Sevilla el feudo particular de Queipo de Llano. Ciudad donde aún ostenta este general las distinciones de Hijo Adoptivo de Sevilla y la Medalla de la Ciudad. También donde se enriqueció con los inmensos beneficios del cultivo del arroz en la marisma del Guadalquivir, aprobó torturar y “pasar por las armas” a sindicalistas, comunistas y ciudadanos fieles a la República. Especialmente dura fue la represión en barrios como Triana, La Macarena, San Julián y El Pumarejo. Los camiones para el transporte de los muertos al cementerio llegaron a conocerse como “camiones de la carne”, según explica el historiador Antony Beevor. 

Se iniciaron los desgraciados “paseos” llenando de cadáveres las cunetas, las tapias de los cementerios, los pozos, los centros urbanos y su extrarradio, los descampados… obligando a la quema de cadáveres para evitar el peligro de epidemias. Tiene guasa el contrasentido, se preocupaban de nuestra salud y no les importaba lo más mínimo pegar tiros a diestro y siniestro. Se iniciaron las constantes delaciones de unos ciudadanos contra otros bien por motivos políticos, rencillas familiares o intereses puramente económicos y éstas duraron muchos, muchísimos años, más allá de la terminación de la guerra en 1939. En todas partes se repitieron escenas idénticas: insurrección, detención y fusilamiento de jefes y oficiales indecisos, sin importar grado de parentesco o amistad; rápido control de las calles, castigo en los barrios obreros y asesinato de alcaldes y gobernadores civiles. 

Eso no es justo, en absoluto, ningún bando puede estar satisfecho con la cantidad de asesinatos cometidos, aunque el número de ellos sea muy superior en las filas nacionales que en las republicanas. Cosa, por otro lado obvia, debido al potencial armamentístico de unos y otros. La historia reciente de España está en la memoria de millones de españoles, transmitida por generaciones a través de vivencias, conversaciones, sufrimientos y algunos escritos o libros. Los vencidos en la Guerra Civil se han tenido que conformar con la memoria histórica, totalmente sesgada, que los vencedores y las autoridades del Estado franquista han querido transmitir. Al bochornoso silencio que impuso la dictadura se sumó la vergonzosa indiferencia de la transición, es hora ya que el estado democrático ponga al alcance de los vencidos los medios para recuperar la auténtica memoria histórica y así resarcirlos, en la medida de lo posible, de todo el daño ocasionado. Los muertos, impíamente abandonados en lugares desconocidos, son nuestros muertos, muertos sin tumba, que deben merecerse todo nuestro esfuerzo y toda nuestra comprensión; sin distinción de bando. No demostremos a la sociedad que también nosotros hemos pasado demasiado tiempo “cara al sol”.


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El Sr. Garzón, magistrado amado y odiado por conveniencia política, ha dictado una providencia para que los ayuntamientos de Madrid, Granada, Córdoba y Sevilla, además de otros organismos e instituciones como la Conferencia Episcopal, la Abadía del Valle de los Caídos o varios archivos y registros estatales, identifiquen a los desaparecidos y enterrados en fosas comunes durante el franquismo. Minutos después, la derecha mediática y política de este país se puso de los nervios. ¿Por qué tantos nervios y beligerancia si no son a ellos a los que el juez cita en su Providencia? ¿Qué podemos perder los españoles que no hayamos perdido ya?

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		<title>Mi amor por María</title>
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		<issued>2008-09-02T17:58:15+00:00</issued>
		<updated>2008-09-04T03:52:27+00:00</updated>
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Desperté abrazado entre cartones. Hacía mucho frío. Sentía hambre, sueño y fatiga. Una insistente y agotadora  tos delataba la segura presencia de una enfermedad pulmonar crónica. Toqué mi frente con mis ásperas y sucias manos, después de unos segundos, distinguí  –de forma ostensible- una considerable elevación de la temperatura. Ordené mis escasas y paupérrimas pertenencias y las coloqué en el interior de una roñosa mochila. Y caminé… sin fuerzas… pero caminé...

Algunos meses atrás, en el despacho de uno de los más prestigiosos cirujanos cardiovasculares del país, el equipo médico del doctor Esteve, se reunía para estudiar el grave problema de cardiopatía que el joven de la habitación 419 padecía desde su nacimiento. Nació con una malformación congénita que le impedía vivir sin estar conectado a una máquina las 24 horas del día. Era un joven de talante cordial, alegre y sumamente esperanzado en el devenir de su vida. Bromeaba con todo el mundo y su fe en el doctor y todo su equipo estaba fuera de toda duda. A su lado, su joven madre, recientemente divorciada, miraba con ternura infinita aquél regalo que Dios le entregó con maquinaria defectuosa. Siempre maldijo no haber hecho caso a su ginecólogo cuando este le aconsejó un aborto controlado al tener casi la total seguridad de serias malformaciones en el corazón de su entonces embrión. Un parto nonato, tremendamente dificultoso y peligroso, acabó por darle la razón. Se levantó del sillón mirando a su hijo con una sonrisa en los labios, abrió la puerta del cuarto de baño y se puso a llorar desconsoladamente.

…con mi mochila en la mano, llegué a un parque cercano y me dirigí a una pequeña fuente. Comencé el único aseo personal posible. El agua casi helada estalló con violencia en mi cabeza ardiente. Un leve mareo dio con mi cuerpo en el suelo. Cuando desperté, me encontré en el interior de una cama con sábanas limpias dentro de una habitación con olor aséptico. Sentí un leve dolor en mi brazo derecho y comprobé, a través de una serie de orificios con un ligero color morado en su entorno, que había sido objeto de más de un análisis médico. Un bote de suero pendía desde lo más alto intentando dar alimento y medicación a través de mis venas. La puerta de la habitación estaba entreabierta, y a través de ella, me pareció reconocer el sitio donde me encontraba. El ligero y asiduo temblor de mano hizo nuevamente acto de aparición, en ese momento, tres doctores entraron en la habitación y la cerraron.

El doctor Esteve requirió la presencia en su despacho de la madre del joven. Ella entró temerosa y expectante. Siéntese –dijo el doctor con tono serio aunque amable- La presencia de todo el equipo médico en aquella habitación, dirigiendo sus miradas hacia ella, provocó que junto al temor y a la expectación se uniera una tremenda excitación nerviosa. ¿Pasa algo doctor Esteve? ¿Hay algún problema para la intervención de mañana? Tranquilícese señora, no pasa nada nuevo sino la gravedad en sí de la operación y de los numerosos riesgos que corremos –dijo un miembro del equipo médico- Queremos que sepa que el doctor Esteve no va a ser el encargado de realizarla, queremos su consentimiento, porque en caso contrario, su hijo no será operado. ¡Dios mío! ¿Ahora me lo dicen? ¿A escasas 20 horas? ¿Qué motivos existen para que el doctor Esteve no pueda intervenir a mi hijo? Unas lágrimas desesperadas comenzaron a correr por sus mejillas. 

Los doctores se situaron al pie de mi cama. Reconocí a dos de ellos y esperé a escuchar lo que me tuvieran que decir. El desconocido era el único que miraba directamente a mis ojos, con gesto algo tosco y nervioso, empezó a balbucear palabras ininteligibles. ¿Qué pasa doctor? ¿Por qué no habla claro? ¿No sabe Ud. que estamos entre viejos conocidos? De acuerdo Sr. Esteve. Escuché con atención el diagnóstico de mis enfermedades y respiré aliviado. Gracias -susurré- ya no me queda mucho tiempo de sufrimiento y amargura…

Ella secó sus lágrimas, miró al doctor Esteve y este se levantó de su sillón y se dirigió hacia ella. Le cogió las manos con ternura y cariño y le dijo: “Señora, los doctores aquí presentes no me ven cualificado para realizar la complicada operación que su hijo necesita. Mi mano tiembla ligeramente en ocasiones y ellos creen que cualquier movimiento de mi mano, por muy milimétrico que sea, pondría en peligro el éxito de la intervención, y como no, la vida de su propio hijo.” ¿Quién será el encargado de hacerla? -Dijo ella mirando alternativamente a los demás doctores de la habitación- El hijo del director del centro, el doctor Puig. No debe preocuparse señora, el doctor Puig es un joven pero competente cirujano que nos llevará al éxito -espetó el doctor Esteve- La mujer se levantó lentamente y añadió: Por favor, denme un par de horas para pensarlo, después comunicaré mi decisión.

Los tres médicos se sorprendieron al comprobar que la comunicación de la mala noticia sobre mi estado de salud, provocaba en mí satisfacción en lugar de tristeza. El único de los doctores desconocidos me volvió a mirar a los ojos y dijo: “Tiene Ud. una visita Sr. Esteve ¿Le hago pasar?” Miré al techo de la habitación durante unos segundos, sentí golpes en mi pecho producto del latido impetuoso de mi corazón;  Sí, respondí conciso sin tener la menor idea de la identidad de mi visitante misterioso. Los tres doctores salieron y ella apareció en el umbral, en su cara se reflejaba tristeza, en sus ojos húmedos…vi reflejado mi corazón. Tras ella, un joven lleno de vida se abalanzó sobre mí depositando un fuerte abrazo…

Pasaron las dos horas y ella nos comunicó su decepción pero aceptó a regañadientes –no podía hacer otra cosa- que el doctor Puig interviniera a su hijo. Mientras se alejaba la seguí con la mirada, era una mujer fuerte, tierna, de grandes sentimientos y de una belleza extraordinaria…. de toda ella me enamoré desesperada y calladamente. La larga y continuada estancia entre aquellas paredes, nuestras charlas sobre el futuro de su hijo, su gran generosidad y ese trato cariñoso y comprensivo que siempre me dispensó, a pesar de su sufrimiento interior, hizo que mi cuerpo se estremeciera de emoción con tan solo verla o recordarla. En la habitación continua, un doctor Puig tan eufórico como caprichoso, se envanecía del éxito obtenido. Era un cirujano prometedor, de eso no me cabía ninguna duda pero tan consentido por el poder paterno como maleducado. Esa sería su primera intervención quirúrgica en ese tipo de operaciones. Mi equipo médico había sucumbido a los ofrecimientos del joven doctor. Estaba solo y debía aceptarlo. 

Cuando el joven me liberó de su abrazo ella se acercó sobre mí y dejó un beso en mi frente que provocó un escalofrío en todo mí ser. Javier (ese era mi nombre) entre nosotros dos te vamos a ayudar a salir de esta –dijo-, no dejaremos que vuelvas a alejarte de nuestras vidas; te necesitamos…y te queremos. Mientras decía estas palabras su mano apretaba con fuerza la mía. No recuerdo la última vez que lloré, ¿o quizás fue esa la primera?…

La operación estaba prevista para las 8 de la mañana del día siguiente. Eran las 9 de la noche y ya solo nos separaban 11 horas del éxito o fracaso, de la vida o la muerte.  Me marché solo del hospital, mi séquito acompañaba al hijo del director del centro hospitalario, el joven doctor Puig. Mientras me dirigía hacia los aparcamientos oí como ellos quedaban para tomar una copa y celebrar el acontecimiento, que no era otro, que hacer sucumbir al todopoderoso doctor Esteve. Arranqué mi vehículo y me marqué, como algo ineludible,  llegar a casa y descansar, el día de mañana sería largo y complicado.

El joven (creo que aún no lo he dicho) se llama Jorge y no paraba de contarme hazañas irrealizables que siempre le fueron vetadas. Era una avalancha de palabras las que salían de su boca; reíamos y llorábamos de alegría. Su madre (María) miraba extasiada a su hijo mientras que sus manos acariciaban las mías. Se produjo un silencio incómodo que yo aproveché para llamar la atención de ambos; les pedí un momento de atención pero les hice prometer que aceptarían con su habitual valentía lo que les tenía que contar. Con las seis manos entrelazadas comencé mi relato; me han diagnosticado dos enfermedades, un proceso incipiente pero acelerado de Parkinson, y otra algo más seria (tomé aire) los miré, y armándome de valor continué; bueno…creen que tengo un cáncer pulmonar con metástasis avanzada (otro silencio) la verdad es que yo me encuentro bien salvo por esos malditos ataques de tos dolorosa. Nuestras manos seguían unidas, ella me miró, y dijo; no importa, haremos lo que queremos hacer, viviremos juntos hasta que nuestras vidas se extingan, cuidaremos todos de todos, seremos una verdadera familia…

Eran las 7:30 horas de la madrugada y todos estábamos preparados, todos menos el joven doctor Puig que no había dado señales de vida. Tomé el mando y ordené que le avisaran inmediatamente. Poco antes de las 08:00 horas me comunicaron que ya estaba en su despacho dispuesto a empezar el trabajo. Abrí la puerta, le miré y comprobé su pelo aún humedecido y el olor a alcohol que inundaba la habitación. El se dirigió hacia mí y en apenas cinco metros trastabilló en dos ocasiones. Lo agarré para que no cayera y mi olfato se inundó de un desagradable olor a alcohol que salía de su boca. El insistía en la operación y le propiné un puñetazo que hizo que perdiera el conocimiento. La borrachera también contribuiría a que durmiera durante un par de horas o tres, salí de la habitación no sin antes cerrar la puerta y llevarme las únicas llaves existentes. Advertí al personal de servicio que el doctor Puig no debía salir de aquella habitación, bajo mi responsabilidad y por ningún concepto. Baje a la sala de quirófanos, el equipo médico ya estaba preparado, se extrañaron al verme a mí y no al doctor Puig pero callaron; nos deseamos suerte y comenzamos la cuenta atrás. Al coger el bisturí mi mano tembló ligeramente, nadie lo advirtió, decidí armarme del valor suficiente y comencé las primeras incisiones….seis horas después, con el cuerpo del joven anestesiado, su corazón daba sus primeros latidos sin ayuda mecánica. El último gran éxito del doctor Esteve.

Un juicio precipitado, lleno de imprecisiones, falto de testigos en mi favor, con un veredicto emitido no por el juez sino por el poderoso director del centro hospitalario, el padre del joven doctor Puig. Me condenaron al pago de una indemnización millonaria que provocó el espolio de todas mis pertenencias, me retiraron la licencia médica y me inhabilitaron -de por vida- a ejercer mi profesión. Todo realizado con una excesiva prisa, sin medios de comunicación, sin visitas de los pocos amigos que conservaba o de los pocos familiares que aún tenía en Francia. Me llevaron a la cárcel, como un criminal, fui condenado por desacato al juez durante seis meses; a los cuatro salí por buen comportamiento, me encontré solo, en la calle, sin tener donde ir y con tan solo 30 euros en mi cartera. Entonces decidí abandonar mi lucha, no tenía fuerzas para desenmascarar a los poderosos que habían acabado con mi vida de una forma injusta y miserable. Una poderosa depresión hizo el resto, abandoné mi alma y deje en libertad mis únicas esperanzas. Mi cuerpo se hundió en la más absoluta miseria.

&quot;…seremos una verdadera familia…&quot; Esa frase, en boca de la dulce María, sonaba a celestial. Pasamos doce días en el hospital y nunca se separaron de mí. Me dieron el alta médica junto a un tratamiento paliativo y el compromiso de revisiones periódicas. Salimos con las ilusiones, la fe y la esperanza renovadas. Nos fuimos a vivir a la casa que ella posee en un pequeño y hermoso pueblo de la costa andaluza. Han pasado cinco años desde que comenzara esa nueva vida. Los médicos no me creen cuando les digo que la evolución de mi enfermedad se debe al gran amor y alegría que compartimos. Desde hace un tiempo, me despierta el llanto de un recién nacido, es nuestro hijo….sé que algún día me despertaré para no volver a hacerlo nunca más, pero créanme, el intento ha valido la pena.

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		<title>Ocurrió en el piso 12.</title>
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		<updated>2008-09-02T15:24:47+00:00</updated>
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Eran las 5 de la madrugada. Desperté inquieto y sobresaltado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama y noté la misma y dolorosa ausencia. Algo más de cinco años hacían ya de su muerte. De la muerte de mi amada esposa. Mucho tiempo, excesivo tiempo para que un pobre viejo de 65 años se acostumbrara a tanta soledad. Mi vida desde aquel suceso ha sido una constante mezcla de tristeza y abatimiento. Tampoco me queda el consuelo del hijo que nunca tuvimos pero que siempre ansiamos. Me incorporé de la cama, sequé mis lágrimas y comencé los preparativos para la ceremonial cita del día de hoy, en la que yo, a pesar de mi voluntad, iba a ser el principal protagonista.

Como todos los días acudí puntual a mi trabajo. Me senté en la misma mesa de siempre, vacía de documentos pero pleno de recuerdos. Sobre su robusta madera se encontraba, además de unas plumas desgastadas por el uso, la foto de mi bella y amada esposa. Al instante acudieron, de forma tan intempestiva como impetuosa, un torrente de gotas procedentes de mi glándula lagrimal, lo supe, porque mis labios se impregnaron de un agradable sabor salado.

Las doce de la mañana, la hora elegida. Bajé a la planta baja del edificio y alrededor de una mesa redonda repleta de viandas, se encontraban algunos de mis jóvenes compañeros de trabajo. De los viejos, yo era el único que quedaba, los anteriores, o enfermos jubilados o felizmente muertos. Créanme que no sé si festejábamos mi jubilación o el hecho de que por fin se habían desembarazado de mí. Parecía ser un pobre viejo que importunaba con sus morales y anticuados  consejos a una selecta y aguerrida tropa, que vestidos con trajes de Armani, andaban ávidos de dinero, inundados entre masters, posgrados y maestrías pero exentos del menor de los escrúpulos. El asunto, ahora, no me importaba lo más mínimo, aquello era un trámite más que daría constancia de lo ingrato que resulta dejar tu vida entre aquéllas cuatro paredes, recibiendo como única recompensa, una medallita de honor a la constancia y el esfuerzo y un buen número de palmaditas en la espalda. Empecé a sentirme incómodo y cansado, muy cansado. Me disculpé con mi habitual educación, casi con pleitesía, fue entonces cuando me vi retratado en aquel periodista protagonista del libro de Antonio Tabucchi, llamado “Pereira”, interpretado en el cine por mi admirado Mastroianni. 

Pulsé el botón 12 del ascensor y volví a entrar en mi despacho. Me vacié los bolsillos y dejé todas mis pertenencias en un cajón de mi antigua mesa de robusta madera. Hice lo mismo con la foto de mi añorada y amada esposa y cerré el cajón. Cogí una silla, la coloqué junto a una amplia ventana; amplia y única ventana. La abrí y me asomé. Comprobé que la altura entre mi despacho y el asfalto era tremendamente excesiva; mareante -pensé yo-. Fueron los rápidos efectos de un turbulento viento frío sobre mi cuerpo los que me obligarían a tomar una rápida decisión. 

Mis pies se sostenían sobre el amplio alféizar. Cerré los ojos y recé una oración en memoria de mis seres queridos pidiendo perdón y consuelo. Aún continuaba con los ojos cerrados notando como me abandonaban toda mi valentía y arrojo. Entonces se me ocurrió poner fin a mi decisión de la forma más infantil; lo haría, como si de un niño pequeño y asustadizo se tratara,  a la cuenta de tres. 

Tomé aire, carraspeé con fuerza: ….UNO…DOS…TR…. ringggg…. ringgggg…. ringggg…. el sonido del teléfono me desconcertó, me distrajo de mi objetivo. Incomprensiblemente, tuve miedo al bajarme de aquella ventana. El teléfono seguía sonando, me acerqué y lo descolgué: “DÍGAME, ¿CON QUIEN HABLO?”

Eran las 5 de la madrugada. Desperté tranquilo y despreocupado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama. El cuerpo de una mujer bella se recostaba a mi izquierda. Era una especie de ángel dormilón que nunca estuvo en disposición de dejar la cama a horas tan intempestivas. Algunas veces, las personas necesitamos tan poco para ser felices que no nos damos cuenta hasta que no estamos en la “cuerda floja”. Ese fue mi caso. 

Mientras me afeitaba, recordé la llamada telefónica que evitó que el “TRES” saliera definitiva e irremediablemente de mi boca. ¿Quieren saber la contestación que recibí a la pregunta de con quién hablo? …una voz juvenil me dijo: “PERDÓN SEÑOR, CREO QUE ME HE EQUIVOCADO”… fue el error más importante que alguien pudo cometer conmigo. Justo a partir de ese día me di cuenta que se podía seguir amando y llorando la muerte de mi mujer amada y hacerlo compatible con ciertas dosis de felicidad que acompañaran mi vida hasta el día de muerte. Creo que lo merezco.

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		<title>...una chica morena de maravillosos ojos verdes.</title>
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		<issued>2008-08-27T12:49:03+00:00</issued>
		<updated>2008-09-02T19:51:20+00:00</updated>
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…el autobús llegó a su última parada llevándome a mí como único pasajero. La mirada inquisitoria del conductor indicaba que debía abandonar mi asiento y bajarme de inmediato. Bajé, cabizbajo, con pesadumbre. Veía y andaba con dificultad. Mi mano derecha sostenía –con fuerza- un pañuelo que llevaba colocado en mi costado izquierdo. Lo aparté un instante y una enorme mancha de color rojo impregnaba mi camisa. El dolor era insoportable. Después, un desfallecimiento fulminante dio con mi cuerpo en el suelo. Oscuridad….

Doce horas antes, en un bar de copas de mi ciudad, una alegre reunión se desarrollaba con total normalidad. Miré a través de la cristalera y observé con detenimiento todos sus movimientos. Lo hice hasta que ellos se dieron cuenta de mi presencia. Una chica morena, con unos maravillosos ojos verdes, miró hacia el cristal y al verme escondió su mirada. La noté aturdida, confusa y algo nerviosa. Se levantó y se dirigió con paso presuroso a los servicios. Entré y la seguí. 

…el sonido estridente de una sirena me advirtió de que mi vida aún no se había extinguido. Oí pasos presurosos y el sonido metálico de una camilla al rodar por el pavimento. Estaba boca arriba, mis brazos recogidos sobre mi costado izquierdo. Noté sobre mí unas miradas desconocidas llenas de asombro. Curiosamente, un sosiego y una paz ilógica inundaban mi cuerpo inmóvil que yacía sobre el frío y sucio suelo. Volví a desfallecer entre una oscuridad mucho menos tenebrosa….

Antes de llegar a los servicios del bar noté un fuerte impacto sobre mi cabeza realizado cobardemente…a traición. El estallido de un cristal hecho añicos se confundió con un terrible dolor. La puerta del servicio se abrió, en el umbral apareció la figura esplendida de la chica morena con unos maravillosos ojos verdes. Se arrojó sobre mí y acomodó mi cabeza sobre su pecho. Incluso en aquellas lamentables circunstancias pude oler su cuerpo. Ese cuerpo que tantas veces estreché entre mis brazos y tantas veces inundé con mis besos. En ese momento, de sus labios solo salían palabras de amor y gratitud….de sus preciosos ojos, lágrimas de amargura y desconsuelo. Depositó un cariñoso beso en mis labios y cerró los ojos. Mi dolor se tornó en sensación placentera.

…la ambulancia iba a gran velocidad. La cara de asombro y temor de los enfermeros no auguraban nada bueno. Mis fuerzas decrecían con más rapidez que lo hacía la efectividad en la recuperación de mi cuerpo por parte de aquellas personas. El latido de mi corazón era cada vez más leve y pausado. Un pitido plano proveniente de un monitor, seguido y pronunciado, anunciaba mi muerte, mi ansiada y deseada muerte…

Cuando la puerta del servicio se abrió la realidad fue muy distinta a como yo la imaginaba o presentía. La figura espléndida de la chica morena con maravillosos ojos verdes avanzó hacia mí, puse su alto tacón sobre mi pecho y me maldijo. ¡Deja de perseguirme o lo lamentarás! –gritó- Escupió sobre mi rostro y antes de marcharse, el cobarde traidor que estrelló el vaso en mi cabeza, me propinó una patada en mi entrepierna que me hizo retorcer de dolor. Me repuse a duras penas. Tomé aliento, y con paso lento, emprendí un camino hacia ninguna parte. Mi ilusión por la vida se desvanecía a cada paso que daba. ¿Me había enamorado locamente de la mujer equivocada? Si eso fuera cierto, ella nunca tuvo la menor culpa. ¿Cómo puedo culpar a una mujer a la que solamente infringí daño y dolor? Ya no caminaba, deambulaba por calles desiertas que me auguraban un devenir sórdido. Me sentí rodeado por cuatro personas de aspecto desaliñado que requerían, con nerviosa violencia, todo lo que de valor llevara. Quería hablar pero mi voz no se oía, los miraba pero no los veía, ellos, en la creencia de que no les hacía el menor caso, se abalanzaron sobre mí, me tumbaron al suelo sin que yo pusiera la menor oposición, de pronto, un objeto afilado y punzante, se introdujo irremediablemente en mi costado izquierdo. De mi boca no salió ni el menor grito de dolor, permanecí en el suelo tan inmóvil como indolente. En ese momento deseé cerrar mis ojos y no abrirlos nunca más.

…dicen que cuando una persona muere, la consciencia no le abandona totalmente hasta pasados unos pocos minutos… os prometo que eso es verdad, al menos en mi caso. Nunca recibí un regalo tan preciado. Con mi cuerpo sin vida sobre una camilla aséptica aún tuve unos minutos para pensar en aquélla chica morena de maravillosos ojos verdes… ¿o eran azules?...

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		<title>Historia de una descolgá.</title>
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		<issued>2008-08-26T18:58:25+00:00</issued>
		<updated>2008-08-27T18:59:21+00:00</updated>
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Verano. Agosto. Sevilla. ¡Qué caló! Consulta con el ginecólogo a las 15:30 horas. Iba por mi segunda ducha en apenas 1 hora. Quería y debía causar buena impresión. Hay ciertos olores corporales que al aplicarles calor extremo se tornan en insoportables. Con el pelo levemente humedecido bajé al portal de casa a la caza del primer taxi que encontrara libre. ¿Qué coño pasa hoy con los taxis? ¿Otra vez están de huelga? Esperé un tiempo prudente pero ante la posibilidad de perder mi cita médica decidí emprender el camino andando.

Perdonen, creo que no me he presentado, mi nombre es Mercedes, trabajo como asistenta ¿no es así como se llaman ahora a las que fregamos suelos y limpiamos las mierdas de los demás?, pues bien, tengo 55 años, estoy indescriptiblemente casada y soy madre de 6 hijos. ¡Toma ya! 

Dios proveyó a mi marido de una fortaleza sexual inusual, después de eso, se olvidó totalmente del pobrecito. Ahora bien –todo hay que decirlo- me regaló un verdadero obseso sexual, un macho que siempre estaba dispuesto al “polvete”. Dios lo premió a él por la cantidad pero me castigó a mí en la calidad. Muchos pero cortos –como si dosificara, pensaría él-. La mayoría de las veces, sentía los efectos gratificantes del “punto G”, o bien en sueños, o cuando andaba por el séptimo mes de embarazo que ya empezaba a dejarme algo más tranquilita. 

En esos pensamientos estaba cuando se acercó una chinita preciosa con cara sonriente invitándome a fotografiarla a ella con la majestuosa Giralda de fondo. Un clic me indicaba que el recuerdo gráfico se había realizado. Miré al visor de la cámara y tanto la chinita como la Giralda habían desaparecido, en su lugar, un dedo calloso con uñas pintadas de rojo putero, era lo que aparecía como mágica instantánea. Señalé con el pulgar para arriba a la chinita y me despedí con un impronunciable “okey”. Para fotos estaba yo. 

Chorros de sudor corrían por mi frente, por mi generoso canalillo, por el sobaco y ahora también por las patas abajo. ¡Qué cuadro madre mía! Pobrecito del “dortor” ¡La que le espera! 

Mientras seguía caminando y limpiándome el sudor como buenamente podía, intenté recopilar todo el proceso de mi enfermedad. El “dortor” me dijó que el motivo de mis infecciones es que estaba “descolgá”. ¿Descolgá? ¡Huyyyy que nombre más feo “dortor”!  Y eso de “descolgá” ¿Qué es? El “dortor” –emitiendo un suspiro- me dijo que debido a mis numerosos partos el tejido musculoso que envuelve toda la zona donde se sostiene el embrión…, pues eso, que se había quedado sin músculo y que todos mis órganos estaban en caída libre. ¡Mercedes! –me dijo- ¡Hay que volver a fortalecer toda esa zona! Nos vemos dentro de dos semanas para el tratamiento. 

Estaba sentada frente a la puerta de la  consulta. La enfermera, un vejestorio malaje, me miraba de reojo. ¡Puede pasar Ud.! ….

…¿Qué? ¿Pero eso que es “dortor”? ¿Unas bolas chinas y un tubo de un puro? Mire Ud. Mercedes, no se ponga nerviosa. Verá, las bolas chinas se introducen suavemente en la vagina. Deberá llevarlas prácticamente todo el día y, aunque le parezca raro, incluso cuando haga el acto sexual con su marido. ¿Y cabrá todo? –pregunté en el colmo del nerviosismo- El “dortor” se rió. Existen en el estanco unos puros envueltos en un tubo de latón sólido. Lo envuelve en un preservativo para evitar infecciones y se lo introduce durante un par de horas al día. Mercedes, créame, con su edad es la única manera de asegurarnos el fortalecimiento de todo ese tejido descolgado. O eso, o una dificilísima intervención quirúrgica -poco exitosa por cierto- y realizada por unos especialistas que raramente se encuentran en España. 

Salí de la consulta sin saber muy bien si me había enterado de la propuesta de tratamiento que me había dicho el “dortor”. Me repetía constantemente ¿unas bolas chinas y el tubo de un puro en el chichi? ¿no sería mejor unas pastillitas o una pomadita? Jesús….¡qué cosas!

Al día siguiente, pensando en normalizar la situación, se lo conté a la “Jefa de estudios” del sitio donde trabajo. Entre risas, me dijo, “Merce…curarte no se si te curarás pero te aseguro que te lo vas a pasar de puta madre”. Déjate de cachondeo –le dije- que no hago nada más que pensar que cuando mi Pepe quiera asunto y choque con las bolitas chinas aquello más que un polvo va a parecer una máquina de PingBall. Las dos reímos.


Pasaron diez días y no tenía muy claro ni cómo ni cuándo empezar mi curioso tratamiento. Aquella tarde invité a mi amiga del curro a un café para celebrar mis cincuenta y seis cumpleaños. Entre bromas, risas y cachondeo ella me sorprendió con un regalo que sacó del bolso. Al ver un envoltorio de “Zara” me tranquilicé bastante. Con la avidez y la ilusión de una niña pequeña arranqué de un manotazo papel y lazo. Una cajita extravagante, con dibujos sexuales y con inscripciones rarísimas aparecieron, levanté la tapa de plástico y ante mi aparecieron dos bolas de color rosa unidas entre sí por una cuerda.  Al lado, un habano metido dentro de un tubo liso de color gris plata. Miré a mi amiga y me sonrojé.

Ya han pasado once meses. Los primeros calores de Julio se hacen notar en esta preciosa ciudad. Estoy moderadamente contenta. Muchas cosas se han solucionado desde aquel día, entre otras, la superación de mis pruebas ginecológicas realizadas con un éxito arrollador. En casa, por el contrario, mi marido se cansó de echar polvos con sonidos de bolas chocando. En realidad, se cansó de esos polvos, de los otros y también un poco de mí. A pesar de eso, soy feliz. Mi sonrisa –ahora- se mantiene fresca y sensual durante todo el día. Como buena paciente, me he propuesto tener dentro de mí la musculatura que Mike Tyson poseía en el torso. Sigo confiando en mi amiga, la maravillosa  inductora de mi tratamiento. Desde aquél momento mi vida cambió. En el cajón de mi mesilla de noche tengo un extenso surtido de bolas chinas en sus más variados colores y, aunque no fumo, nunca me falta la funda rígida de un maravilloso puro cubano. 

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		<title>Un ramo de rosas rojas</title>
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		<issued>2008-06-03T10:06:56+00:00</issued>
		<updated>2008-08-10T16:32:43+00:00</updated>
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Me sorprendió su sonrisa. Me llegó al corazón su forma de sonreír. Un escalofrío sensual recorrió mi cuerpo cuando la vi. Nunca reparé en ella hasta ese día. Deambulaba de un lado para otro con su carro de limpieza. La sobriedad de su uniforme no impedía dejar traslucir un cuerpo bien formado, incluso, a mi forma de ver, perfectamente configurado para el deleite sensual. Siempre me perdió el exceso de imaginación, una ¿cualidad peligrosa para cualquier tipo de relación personal? No lo sé, pero a mí, en mis relaciones personales, nunca me fue del todo bien. Verán, tengo 42 años, divorciado, padre de dos hijos, sin aficiones, sin vida social, una cuenta bancaria sólida, un exiliado del disfrute y un auténtico imbécil que solo utiliza el trabajo como su único refugio. Nunca entendí  a las mujeres, aunque, también es cierto, nunca hice el menor intento por acercarme a ellas, comprenderlas, admirarlas, sentirlas…

Ella terminó su turno y se marchó. Eran las 6 de la tarde, cancelé mis entrevistas profesionales y corrí tras ella; a cierta distancia, observándola y contemplándola. Entró en una cafetería, se sentó en una mesa y esperó al camarero. Yo no sabía qué hacer, pero finalmente entré. Me acomodé en la barra y planeé mis siguientes movimientos; nunca escuché el latido de mi corazón con tanta fuerza, nunca experimenté un sentimiento tan placentero. La persecución  furtiva me estaba proporcionando un éxtasis desconocido. Estaba absorto en mis pensamientos cuando comprobé que su mesa se encontraba vacía. Incomprensiblemente, me sentí decepcionado, rechazado y abatido. Ella no tenía ninguna culpa, otra vez, mi imaginación, iba por delante de mi mente.

El despertador sonó –como siempre- a las 6:45 horas. Me levanté expectante, sin la pereza de otros días, corrí hacia la ducha y allí le hice -a mi hermosa dama-  el amor por primera vez. El pensamiento estaba desequilibrando mi existencia. Tomé el café apresuradamente y me fui al trabajo. 

En el camino compré un hermoso ramo de rosas rojas. Llegué a mi despacho, comprobé en mi agenda las citas y apremié a mi secretaria a cancelar todas las de la tarde. Se quedó extrañada pero no se atrevió a contradecirme. La mañana me pasaba lenta, de una duración desmedida. No era capaz de concentrarme en mis asuntos del trabajo, solo miraba con -enfermiza insistencia- el precioso ramo de rosas rojas. Volví a dejar libre la imaginación, me sorprendí besándola apasionadamente, arrancándole con violencia el uniforme, su cuerpo tan desnudo como el mío tumbados sobre el brillante suelo de la oficina, penetrándola, poseyéndola, amándola, sintiéndola….todo en presencia de un público ardientemente enfervorizado…

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!  Oí como alguien golpeaba en los cristales. Entró mi secretaria, me levanté y observé como su mirada se clavaba en mi pantalón y en la enorme prominencia de mi sexo al descubierto. ¡POR DIOS! ¡TÁPESE…POR FAVOR! –decía la secretaria mientras escapaba- En ese momento creí morir. Mi sueño había llegado demasiado lejos. Necesitaba excusarme con ella, esa mujer no merecía el trato que le estaba dando. Puse en orden mis ideas, dejé pasar media hora, cogí fuerzas y la llamé por el interfono: “Haga Ud. el favor de venir a mi despacho” –dije con tono serio- Se lo estuvo pensando porque tardó unos cuantos minutos en llegar. Se paró en el umbral de la puerta ya abierta; en sus ojos se adivinaba la huella de un llanto reciente. Pase….por favor. Ella entró a regañadientes, lo hizo entre avergonzada y acobardada. Lo siento…lo siento mucho; fueron mis primeras palabras… y las únicas que recuerdo…

Han pasado seis meses. Hoy me incorporé de nuevo al trabajo. Mi secretaria se despidió y mi despacho, ahora, es compartido. Mi vida profesional ha descendido unos cuantos escalafones. Oigo avergonzado como mis nuevos compañeros cotillean entre ellos. Charlan –entre risas- del padecimiento de una inventada enfermedad mental que consistía en la creación imaginada de personas que nunca existieron. Eso dicen ellos… eso creen ellos… de eso se mofan ellos… yo, mientras tanto me recupero, aguantaré el escarnio… soportaré sus desaires… y esperaré el momento en que pueda entregar el ramo de rosas rojas a mi amada desconocida…

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		<title>La anciana de pelo blanco</title>
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		<issued>2008-06-02T12:34:22+00:00</issued>
		<updated>2008-06-09T06:02:41+00:00</updated>
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Año 1945. En el apeadero de una estación, a escasos metros del andén, dos abultadas maletas se posaban sobre el suelo. A sus pies, una joven de 18 años de aspecto desaliñado, esperaba impaciente la llegada del tren. Faltaban escasos minutos pero la espera se le antojaba interminable. Se refugió en su enorme bufanda dejando únicamente al descubierto parte de su rostro. Iba por su quinto cigarrillo consecutivo y su mirada estaba fijada en el deterioro reloj que pendía de una cadena mohosa y que emitía un sonido chirriante que la estaba poniendo nerviosa.

Al fondo, las luces del viejo y pesado tren anunciaban su llegada. Arrastró las maletas con enorme esfuerzo y esperó impaciente. En la estación no había nadie, nadie que la viera y nadie  que le ayudara con el equipaje. Eran las 2:15 horas y los escasos viajeros también estarían durmiendo. Disponía, por lo tanto, de tan sólo un par de minutos para realizar –en solitario- su furtiva y rápida entrada en el tren. Un suspiro de alivio salió por su boca -entreabierta por el esfuerzo- cuando oyó el silbido del tren anunciando que reemprendía la marcha. 

Sentada en un deslucido e incómodo sillón, repasó nuevamente el plan trazado. El viaje sería largo y penoso, ella estaba agotada por el esfuerzo y temió que el sueño desbaratara su “gran sueño de libertad”. Encendió un cigarro y aspiró con violencia. Miró su reloj y comprobó que faltaban 40 largos minutos para atravesar el enorme puente construido sobre el mar. Sacó de su mochila un libro y se concentró en la lectura. La joven mostraba seguridad, convicción y determinación. 

Llegó el momento. Había dos ventanas, una dentro del compartimento dónde ella estaba y la otra justo en el pasillo. Abrió ambas. Cogió el asa de una de las maletas y con un gran esfuerzo la  colocó sobre una de las ventanas; elegido el momento, la dejó caer al vacío. Esperó unos instantes –perfectamente calculados- y repitió la operación en la otra ventana. Una vez se desprendió de la segunda maleta cerró la ventana. Se sentó sobre sus piernas plegadas y sollozó.

Después de cuatro largas horas de viaje, el tren se detenía. Hizo trasbordo y continuó viaje hacia su destino final. 

En el Hospital Geriátrico de Almería tengo ingresada a mi madre aquejada de la maldita enfermedad de Alzheimer. En una de mis habituales visitas ella se empeñó en presentarme a una compañera argumentando que tenía que contarme una historia que nunca había contado a nadie. Ella cree que mi condición de periodista lleva implícita la obligación de escuchar a todo el mundo. No obstante, no pongo ninguna objeción pero sí una condición, que ella también esté presente. Y accede gustosa. Hacía un buen día, mi madre –hoy- se encontraba afortunadamente bien y nos fuimos charlando tranquilamente en dirección a un pequeño parquecito. Llegamos a un lugar dónde había una mesa de mimbre brillantemente barnizado, dos sillas de madera oscura y cuatro confortables mecedoras tapizadas en blanco. En una de ellas se encontraba la amiga de mi madre. Tenía unos 80 años, pelo blanco, abundante y bien arreglado, labios coquetamente pintados y también noté la presencia de un ligero maquillaje. En definitiva, tenía un aspecto extraordinario. Sobre sus piernas se posaba una fina manta de encaje. Una silla a motor -casi escondida- delataba su invalidez o algún problema serio para desplazarse. Antes de las presentaciones me encontré agachado depositando un beso sobre su frente; una fragancia suave y deliciosa inundó mi olfato. 

¡La guerra hace a las personas animales y a los animales alimañas! Esa fue su primera frase. Me sorprendió tanta rotundidad. Aquello tenía trazas de convertirse en una historia  interesante, saco de mi bolsillo una vieja grabadora y la pongo en marcha.

“…La guerra nos sorprendió en una aldea de un pequeño pueblo de Teruel. Vivíamos unas 30 personas, entre ellas, mis padres, mi hermana pequeña y yo. Tuve que presenciar –junto a mi padre- como unos desalmados violaron a mi madre y hermana. Después las ejecutaron pegándoles un tiro en la cabeza. Mi padre y yo conseguimos escapar de los asesinos. Vagamos por el monte, sin mediar palabra, lo imprescindible. Pasados unos días; regresamos. Mi padre nuca superó los acontecimientos. Yo tampoco…”

Por sus ojos comenzaron a manar lágrimas de odio e impotencia. Miró hacia otro lado –como avergonzada- y continuó su relato. “…Aquello sucedió en el año 1940, una vez acabada la guerra fratricida. Mi padre era un republicano que nunca se metió en nada, ni siquiera, entre sus más allegados, se conocían sus ideales políticos. A nuestro regreso del monte, nos pusimos a buscar los cuerpos de mi madre y hermana. Los encontramos en un estado lamentable, los animales carroñeros de la zona dejaron los cuerpos casi irreconocibles; fueron sus ropas las que confirmaron su identidad, eso, y que los escasos vecinos que aún quedaban en la aldea, dijeron que fueron las únicas víctimas de aquélla fatídica noche. Yo tenía 13 años, tuvimos que enterrar -con nuestras propias manos- los cuerpos de nuestros seres más queridos…”

“…A los 18 años abandoné mi casa. Me fui a la ciudad y empecé a estudiar. Conseguí con muchísimo esfuerzo graduarme hasta que, al fin, logré entrar en la universidad. Recuerdo que era la alumna de mayor edad. Ese no fue motivo para que me sintiera avergonzada sino todo lo contrario, saqué mi licenciatura con la segunda nota más alta de todo el país. Me especialicé en biología molecular, una ciencia muy rara por aquél entonces pero que posibilitó que mi contratación fuera inmediata. Trabajé en EE.UU. Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, India… toda mi vida la pasé huyendo de mí misma y de mi pasado. No tengo a nadie en el mundo, nunca pude –ni quise- formar una familia. Únicamente tengo el cariño que me profesa tú pobre madre enferma…” La interrumpí con una pregunta; ¿Qué fue de su padre?; me miró, se puso triste y las lágrimas volvieron a inundar sus ojos….

“…Una vez enterrados los cuerpos de mi madre y hermana nos volvimos a alojar en la vieja casona donde vivíamos y que era propiedad de los abuelos de mi madre. Aquella casa nunca volvió a tener el calor de un hogar. Mi padre se despreocupó de todo salvo de que nunca le faltara la compañía de una botella de vino. Yo me dediqué a limpiar casas, a trabajar en labores agrícolas, en todo lo que supusiera llevar unas cuantas monedas a casa para que, al menos, no faltara nunca un plato de comida. Recuerdo aquella fatídica noche en la que cumplí los 15 años. Mi padre, borracho y enajenado, irrumpió con violencia en mi cuarto. Tenía la mirada perdida, extraviada. Se acercó a mi cama, empezó a zarandearme, a golpearme. Me despojó de todas mis ropas; y me violó violentamente. Perdí la virginidad, el honor, la dignidad; todo lo perdí entre sangre y dolor, entre miedo y desesperación, entre miseria y suciedad. Cuando me acostaba, no dormía, solo rezaba. Las vejaciones, palizas y violaciones se prolongaron durante tres años, hasta el día de mi 18 cumpleaños, ese día, por fin, llevé a cabo mi plan de fuga...”

¡Clic! -Sonó la grabadora al ser interrumpida- Ella volvió a mirarme, en esta ocasión, su rostro reflejaba tranquilidad, sosiego, como si se hubiera liberado de un insoportable lastre, de un peso incapaz de aguantar durante más tiempo. ¿Y su padre? ¿Qué paso con él? ¿Se quedó solo? Tres preguntas rápidas que fueron respondidas con una frase corta, simple, escueta y sin ambages; LO MATÉ.

“…No estaba dispuesta a aguantar más. Decidí acabar con mi tormento, mi angustia, mi dolor. Faltaban 5 días para el día de mi 18 cumpleaños. Idee un plan, estaba convencida, pero sobretodo, necesitaba realizarlo. Esa noche me acosté un poco más temprano de lo habitual. Mi padre estaba terminando de beber su segunda botella de vino. Agarré un cuchillo y lo coloqué debajo de la almohada. Pasaron unas horas. Se plantó en la puerta de mi habitación. Yo, como siempre, estaba acurrucada en el fondo de la cama, esperando la feroz agresión. Ese día, mientras mi padre se acercaba, me pasaron por la cabeza la multitud de palizas recibidas, recordé el aborto chapucero al que me vi sometida y realizado por un amigo suyo, deseé desangrarme y morirme de una vez, deseé que aquél hombre jamás recibiera como pago a su trabajo, mi cuerpo, tantas y tantas veces como él quisiera. Pero ese día, el destino me reservaba una desagradable sorpresa. Mi padre se puso de rodillas al pie de mi cama, entre un llanto desgarrador me pedía perdón, vi, después de muchos años, el arrepentimiento sincero en sus ojos…pero ya era tarde. Aparté la almohada, cogí con decisión y fuerza el cuchillo y lo clavé en su corazón. Cayó fulminado y desangrado. No sentí ninguna pena, sentí alivio y liberación…”

¿Qué pasó después? -Pregunté entre intrigado y asustado- La mujer de pelo blanco señaló a un vaso de agua que había en la mesa; se lo acerqué y se lo bebió lentamente. “…En esa aldea, a nadie nos interesaba nadie. La gente se marchaba o desaparecía y nadie –jamás- preguntaba nada. Me cercioré de que el cuerpo de mi padre estaba sin vida. Cogí un hacha del pequeño cobertizo y descuarticé su cuerpo en trozos pequeños. Los fui colocando en bolsas pequeñas y -bien cerradas- los iba introduciendo en el fondo de las únicas dos maletas existentes en mi casa. Limpié con pasmosa tranquilidad toda la estancia. Me deshice del cuchillo y del hacha arrojándolos por un enorme barranco, coloqué las maletas en un carro de mano, recogí mis escasas pertenencias y me dirigí hacia el apeadero más próximo que se encontraba a unos 12 kilómetros a campo a través. Sabía el camino y la distancia perfectamente porque días antes había acudido a comprar los billetes que me alejarían de mi calvario. 

Estoy en mi casa, en la habitación dónde suelo trabajar. He escuchado la cinta por quinta vez consecutiva. No me cabe ninguna duda, es la historia más rocambolesca, macabra e inverosímil que he oído en mi vida. Una cosa me queda clara, las enfermedades mentales son capaces de engendrar ese tipo de misterios en una cabeza con una imaginación  desbordante. A pesar de ello, a pesar de que mi madre murió pidiéndome que ayudara a su amiga y que no la dejara sola nunca, a pesar de que hoy –un año después de la muerte de mi madre- se le ha dado sepultura al cuerpo de la anciana desconocida de abundante pelo blanco, pues bien, a pesar de todo eso, sigo escuchando la cinta y jamás me he atrevido a hacer indagaciones sobre lo relatado. Me da miedo pensar que pueda ser real… 

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		<title>POR LA LECTURA por José Luis Sampedro, escritor, filósofo…</title>
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		<issued>2008-05-30T07:07:15+00:00</issued>
		<updated>2008-05-30T09:35:22+00:00</updated>
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Se está difundiendo este mensaje a través de la red. 

Libro de Arena se distingue, entre otras cosas, por la escritura y lectura GRATUITA de relatos, cuentos, poesía, reflexiones...., por lo tanto, ahora nos toca a nosotros actuar de altavoz a todo volumen para dar cobertura merecida a éste artículo de José Luis Sampedro. 

Las personas interesadas pueden dejar su comentario...

&lt;strong&gt;POR LA LECTURA por José Luis Sampedro, escritor, filósofo…&lt;/strong&gt;

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un 
Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de 
jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no  tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía  su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con  libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 
'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo 
cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la 
semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo 
madrileño.. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho 
cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón 
exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al 
principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de 
guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato 
mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran 
quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. 

Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón 
bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de 
pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada 
libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los 
autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:

a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la 
adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por 
cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y 
fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso 
dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas 
prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de 
autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

&lt;strong&gt;¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!&lt;/strong&gt;

 José Luis Sampedro

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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/05/29/amaros-unos-los-otros-como-yo-os-he-odiado-</id>
		<title>Amaros los unos a los otros como yo os he odiado...</title>
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		<issued>2008-05-29T10:43:55+00:00</issued>
		<updated>2008-05-29T16:32:18+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
El título es sólo una reflexión. Nada más que eso. No soy una persona religiosa-practicante de la fe cristiana, soy simplemente un “creyente” que cree únicamente en la cantidad de injusticias que pasan todos los días y en la escasez de soluciones que se aportan. Mi fe dista mucho de asemejarse a todo ese conglomerado montado en torno a la religión católica. 

Desde el cristianismo de Jesús de Nazaret a la iglesia católica de Constantino pasando por los actuales moradores y jerarcas eclesiásticos se han ido produciendo excesivas rupturas, demasiadas fisuras y muchísimos desengaños. La injusticia se combate desde la justicia, la miseria, la pobreza y el pauperismo se produce porque la conducta individual y colectiva de los que tienen medios económicos no se aplican para extinguir esa continuada indigencia. Los países ricos necesitan países pobres para seguir siendo países cada vez más ricos y más poderosos. 

Sería maravilloso –a la vez que utópico- que el mundo se convirtiera en un Paraíso Terrenal. Pero créanme, eso ya no es posible. En todas las luchas o contiendas se necesita tener un referente; el bien y el mal, la paz y la guerra, nacer y morir, la justicia y la injusticia, la saciedad y la carencia, el amor y el odio…. 

Por eso, amándonos los unos a los otros, lo único que conseguiremos es ser más felices pero no más justos. Se ama porque somos capaces de odiar y es, precisamente por ello, desde el odio a lo injusto, dónde podemos llegar a amar al que sufre la injusticia.  

Al final, como siempre, termino haciéndome un lío. Espero que seáis vosotros los que pongáis un poco de luz en mis tinieblas. 

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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/05/29/cuento-mi-nino</id>
		<title>Cuento para mi niño</title>
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		<issued>2008-05-29T09:12:00+00:00</issued>
		<updated>2008-06-09T12:08:00+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Es tarde, la noche cae lentamente y el frío les despierta de nuevo. El padre toma en sus brazos a su hijo pequeño de 3 años, lo aprieta contra su pecho a pesar de que el mar se ha tragado el último resquicio de calor y las ropas parecen de cartón piedra. Queda mucho camino, tienen que apresurarse si quieren llegar pronto, “¿llegar pronto? ¿Adónde?”-decía su esposa embarazada de siete meses- con tono desesperante, mientras tiraba de su hija de 8 años, que tosía con insistencia. 


Las luces de la ciudad aparecían a lo lejos, ¿o eran otras luces?, apenas perceptible porque en la mente de todos sólo habitaba una idea: comida, descanso, un poco de calor... Si el destino es incierto qué decir de lo que dejan atrás, miseria, miseria y más miseria; con un gesto decidido y valeroso han decidido enfrentarse al presente para así intentar hacer frente al futuro. La vida no les ha brindado precisamente la comodidad, ni tan siquiera la subsistencia depende de ellos, la fe infinita en la creencia de algo sagrado y divino es lo único que les sirve de apoyo, pero sus fuerzas se desvanecen: “Dios aprieta pero no ahoga”, le dice el marido a su esposa; ella, con los ojos desencajados, el gesto compungido, con lágrimas y miedo en los ojos, le dice: “es verdad, pero de nosotros parece haberse olvidado”. El marido le replica “No digas eso, Dios siempre escucha y socorre a los necesitados... aunque no sé, quizás es que somos tantos, que no puede acudir en ayuda de todos”. Su esposa prefiere no seguir con el diálogo y decide seguir caminando, entre las piedras heladas, charcos y barro. 


El hombre, acumulando más y más desesperación, no sabe qué hacer. Se siente desamparado, impotente. Haciendo un gesto de fortaleza se sube a su hija a su espalda para evitarle en lo posible un mayor deterioro... “mi hija tiene fiebre, está ardiendo, ¡por Dios!, que alguien nos ayude, que alguien se apiade de nosotros, al menos de los críos”. Sus palabras se estrellan contra el silencio de la noche. Quedan horas, muchas horas de camino hacia un destino desconocido, impredecible, un lugar al que sólo el azar les ha conducido. Ellos han elegido escapar del infierno donde se encontraban. La vida les ha llevado por derroteros que ningún ser humano se merece; la posibilidad de ganarse la vida con un trabajo (aunque éste no fuera digno) parecía realmente imposible. ¿Por qué es la vida tan cruel con unos y tan cómoda y feliz para otros? Mientras el marido se hacía éstas preguntas, su esposa, con un grito espeluznante, se quejaba de dolores en su preñada barriga,” me duele mucho, tengo que pararme, necesito descansar, dame un poco de tiempo... “.  La hija se abrazó a la madre tratando de aliviar el dolor que padecía, lo hacía entre tiritones de frío y en estado febril, aún así, trataba de dar consuelo a su madre. 


Decidieron descansar un momento. A 500 metros de distancia, un hombre solitario sin más compañía que un enorme perro se acercaba a ellos. Una poderosa linterna iluminaba todo su camino, el perro, con su instinto animal, advierte al amo de la presencia cercana de algo o de alguien. Los ladridos del perro en la noche cerrada son percibidos por todos; entre atemorizados y expectantes, esperan el desenlace y temen ser encontrados en medio del infierno. La linterna ciega los ojos de la esposa sollozante, del marido incrédulo, de la hija enferma y del niño dormido en los brazos del padre... 


“¿pero qué hacéis aquí?, ¿estáis locos?, ¡os vais a morir de frío!”. El hombre con gesto compasivo se despoja de su abrigo y lo deposita con suavidad sobre los hombros de la mujer. No hacen falta las palabras, los gestos se vuelven  precisos y unívocos. El hombre coge en sus brazos a la niña enferma y con paso presuroso se dirige a un destino que solo él y su perro conocen. 


Todos le siguen... la presencia del hombre les ha otorgado una fortaleza especial, el perro va marcando el camino a seguir. Después de unos pocos minutos y situado en una enorme llanura, se distingue un caserón enorme, totalmente iluminado, (esas debían ser las luces, o el reflejo de aquél miedo, que divisaban a lo lejos) repleto de árboles adornados con motivos navideños. En la puerta de la casa les esperaban tres sirvientes que a instancias del hombre desconocido acudieron rápidamente en ayuda del matrimonio y sus hijos. 


&lt;strong&gt;De  pronto, la desesperación se convirtió en sosiego... &lt;/strong&gt;




Nota: Este cuento fue escrito con la ayuda inestimable de mí querida hermana a la que tanto tengo que agradecer. Se lo dedicamos a mi hijo (su sobrino y ahijado) en el año 2003 cuando el pipiolo contaba con sólo 11 años. Un día –viendo la tele- mi niño, nuestro niño, hizo dos simples preguntas. Papá ¿por qué tienen que morir esa gente en el mar? ¿No saben nadar? La ingenuidad nos provocó un nudo en la garganta y una mudez indeliberada. Fue entonces cuando decidimos escribir este cuento. La finalidad, ni mi hermana ni yo la conocemos, pero quedaríamos enormemente satisfechos si mi niño…nuestro niño… el día de mañana se rebelara en contra de la injusticia.
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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/05/28/vivir-la-oscuridad-</id>
		<title>Vivir en la oscuridad...</title>
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		<issued>2008-05-28T11:22:36+00:00</issued>
		<updated>2008-05-30T10:18:09+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
Te buscaba entre la oscuridad y el silencio de la noche. Siempre te gustó la vida nocturnal. Sabía tus preferencias, tus debilidades, tus pasiones, tus miedos… por eso, y porque andaba preocupado, decidí salir a tu encuentro. 

En uno de tus refugios favoritos pregunté por ti. Nadie parecía conocerte. Aquél antro olía mal,  y encima, era tremendamente ruidoso y oscuro. Una chica rubia, vestida con ropa extravagante, se apoyaba en la sucia barra. Me acerqué, toqué su hombro y ella no pareció advertir el contacto. Repetí la acción imprimiendo mayor ímpetu; mi reacción llegó tarde, no pude evitar que ella se desplomara sobre la barra. 

Levanté su cabeza, un desagradable efluvio mezcla de alcohol, tabaco y vómito llegó hasta mi olfato. Intenté reanimarla sin conseguir el menor resultado. Cogí su brazo y lo coloqué alrededor de mi hombro, mis manos rodearon su cintura y nos dirigimos hacia el aseo…

La puerta del aseo estaba abierta, mejor dicho, la puerta del aseo carecía de puerta. Alguien la había destrozado de una patada. Entramos y –entre penumbras- me encontré en una reducida habitación; sucia, asquerosa, nauseabunda… olor rancio a orín, heces y vómito. Llegué a lo que creí debía ser un pequeño lavabo, saqué mi pañuelo y con él en la mano giré el grifo, lo empapé y lo coloqué en la frente de la joven. 

Mis esfuerzos fueron baldíos. No reaccionaba. Decidí sacar a mi misteriosa acompañante a la calle para ver si el aire fresco conseguía tener más éxito que yo. Me encontré en el centro del bar pero allí ya no había nadie, la escasa clientela había desaparecido. El antro… estaba cerrado. Sentí miedo y frío, un miedo y un frío jamás sentido. 

¿Qué hacer? Fue la primera pregunta a la que buscaba respuesta. Junté –como pude- dos mesas y sobre ellas deposité el cuerpo –aún desplomado- de la chica. Fue la primera vez que miré su rostro. Era bella; singularmente bella. En sus brazos se notaban los efectos constantes de una persona acostumbrada a pincharse. Yo, mientras tanto, seguía buscando respuesta a mi pregunta: ¿Qué hacer? …

Me pellizqué con fuerza el brazo por si aquello era producto de un mal sueño…de una pesadilla. Solo conseguí sentir dolor. Aquello era real... y decidí actuar. Puse el oído sobre su pecho para intentar escuchar su latido…nada, no escuchaba nada. Miré su boca con la intención de reanimarla insuflándole aire a sus pulmones. Tenía unos labios gruesos, prominentes, grietados, sin color… coloqué mi boca sobre la suya y expelí todo el aire que pude; lo repetí otra vez…y otra…y otra…hasta que caí extenuado sobre ella. 

Todo pasó en décimas de segundo. Sentí en mi cuello como penetraban unos largos colmillos afilados, eran puñales clavándose en un cuello insensible que no sentía el dolor, mi vida es escapaba por las heridas, olía la sangre…mi propia sangre absorbida a borbotones por mi misteriosa joven. Notaba mi palidez y mi propia debilidad física, de pronto, un revoloteo de pájaros enormes con alas membranosas surgió por todo el local. Se abalanzaron sobre mí, succionando mi sangre… todo el resto de mi sangre. Antes de caer desplomado y sin fuerzas la joven ordenó parar. Después… caí en un profundo abismo. 

A partir de aquél día, nunca más necesité buscarte entre la oscuridad y el silencio de la noche. Lo compartimos todo; la vida nocturnal, las preferencias, las debilidades, las pasiones, los miedos… por eso, ahora ya no estoy preocupado… ya no necesito salir a tu encuentro…

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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/05/27/prisionero-del-libro-arena-</id>
		<title>Prisionero del Libro de Arena....</title>
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		<issued>2008-05-27T13:33:15+00:00</issued>
		<updated>2008-06-06T09:10:11+00:00</updated>
		<content type="text/html" mode="escaped">		
El autobús se retrasaba justo el día que necesitaba llegar pronto a casa. Estaba sentado, solo, intentando leer un pequeño libro de relatos de Borges; en concreto, “El libro de Arena”. 

Una de mis pasiones por la lectura es la de intentar visualizar a determinados protagonistas que me parecen interesantes. En éste relato, Borges, con su habitual maestría, describió al vendedor de biblias como un hombre de “rasgos desdibujados”…el reto para mí era tentador. 

La premura por llegar pronto a casa ya ha quedado argumentada; quería, necesitaba, ansiaba… colocar una imagen en mi mente que identificara al enigmático vendedor que adquirió ese libro sagrado en los confines de Bikanir. 

No me concentraba en la lectura y decidí cerrar el libro. Fijé mi vista en el banco dónde estaba sentado; no se podía escribir más y peor en menos sitio; con alusiones constantes al sexo realizadas desde la más repulsiva obscenidad. ¿En esto se entretienen? –me pregunté- 

Por fin llegó el autobús. Iba vacío. Me senté al final. Se puso en marcha y al cabo de unos minutos caí –incomprensiblemente- en un profundo sueño. 

Cuando desperté, me encontré sentado en el mismo banco y con las mismas y horribles inscripciones. Un sentimiento angustioso y de temor me causó un doloroso sufrimiento. ¿Llegué a montarme en el autobús? ¿Llegué a sentarme en aquél banco? 

No me percaté de un acontecimiento que estaba pasando a mí alrededor. Hacía una excelente temperatura. Yo iba vestido en mangas de camisa. Eran las 8 de la tarde. La claridad del día era evidente y constatable. Entonces; ¿Cómo es que no he visto a ninguna persona ni siquiera paseando? ¿Y cómo se explica que en una ciudad tan bulliciosa como Madrid no haya ningún vehículo circulando a estas horas? Miré alrededor de aquélla parada de autobús, esforcé mi deteriorada vista mirando en lontananza… todo era desconocido, todo era irreconocible….

Saqué de la mochila –nuevamente- los relatos del maestro. En esos momentos, el jubilado le ofrecía el monto de su jubilación y la Biblia de Wiclif en pago del libro sagrado. Pude ver cómo –efectivamente- el hombre de “rasgos desdibujados” no contó los billetes.
 
Sentí el zarandeo sobre mis hombros. Abrí los ojos. Un hombre uniformado me apremiaba  a abandonar el lugar. Hice una exploración del lugar; me era familiar. Observé al hombre uniformado; también me era familiar. Una sensación de alivio se dibujó en mi rostro. Escuché una voz -ciertamente agradable- que decía: ¡Lo siento, hijo…tengo que cerrar la biblioteca! 

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		<id>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/05/26/la-herencia-</id>
		<title>La herencia....</title>
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		<issued>2008-05-26T19:18:01+00:00</issued>
		<updated>2008-05-28T14:22:45+00:00</updated>
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Andalucía; mes de agosto; cuarenta grados a la sombra. El flamante John Deere –comprado con sus últimos ahorros y la venta de su audi- circulaba orgulloso por las áridas y estériles tierras que le había  correspondido a José –junto a dos hermosos caballos- en la inesperada herencia. Una extensa polvareda iba dejando el tractor a su paso y que le provocaba una terrible sequedad en la boca. El trabajo agrícola, aún con modernos aperos, cosechadoras, arados y tractores cómodos y potentes seguía siendo un oficio duro. La muerte de sus padres, un divorcio traumático y un hijo que lo ignoraba fueron los detonantes para que José dejara su oficio de arquitecto en la gran ciudad y volviera a sus raíces. 

José pensaba en su padre y en el primer tractor que le vio conducir -un viejo y vetusto Lamborghini- que se tiraba más tiempo en el taller que arando las tierras. El asunto de la herencia es algo “atípico” por no decir inconcebible. El benefactor no era otro que su tío, el menor de los hermanos de su padre, soltero, sin hijos, y cuya soledad solamente era aliviada por un perro viejo de edad impredecible. Mi tío denunció a mi padre por la propiedad de unas lindes, era un auténtico hijo de puta, que tuvo la desvergüenza de intentar coquetear hasta con su propia cuñada; es decir, mi madre. Ella, antes de morir, me comentó que un día, estando en la cocina llegó mi tío con algunos vasos de vino de más, se le colocó por detrás y comenzó a subirle el vestido. Ella se defendió con lo único que tuvo a mano, una sartén calentando el aceite. Se lo arrojó a la cara, por suerte para mi tío, el aceite aún no estaba hirviendo y ese fue el motivo por el que su cara quedara parcialmente desfigurada. Mi padre jamás supo nada. Creo que fue lo mejor. 

La herencia, de haber llegado en otro momento de mi vida, no habría tardado ni un minuto en rechazarla. Pero las circunstancias personales en las que me encontraba –paradojas de la vida- hicieron que recibiera el legado como un maná salvador. 

Eran las 11 de la noche y no corría ni una sola gota de aire. El calor se mantenía día a día en la casa y durante las 24 horas. Me monté en el tractor, lo arranqué y puse en marcha el aire acondicionado. Tenía mucho trabajo por hacer y decidí continuarlo a pesar de la oscuridad de la noche. Llevaba arado un par de hectáreas de las cien que delimitaban la finca, cuando el arado pareció encallarse entre una sólida piedra. Me bajé del tractor y comprobé el incidente. Una de las aspas de acero del arado se había incrustado en una tapa de piedra que parecía cubrir la entrada hacia un lugar desconocido. Había demasiada oscuridad así que decidí explorar la situación a plena luz de día.

El habitual sonido del canto del gallo me despertó como todos los días. Eran las 6:30 horas de la mañana y una considerable resaca indicaba que la noche se había alargado más de lo habitual. Me incorporé, y sin asearme, puse la rústica cafetera en el fuego. Hasta ese momento, lo ocurrido la noche anterior pareció haberse borrado de mi mente. Llegué a la altura del tractor pero lo único que encontré fue el arado incrustado en la piedra. De mi boca salieron un sinfín de maldiciones, lamentos y sollozos. Me habían robado lo único que tenía de valor. Una vez calmado, pensé en dirigirme al cuartel lo antes posible para poner la correspondiente denuncia. Observé las aspas del arado y vi el desplazamiento transversal de la piedra. Miré hacia el fondo y descubrí una especie de pasadizo. Una pequeña excitación nerviosa se instaló en mí.  

Preparé a uno de los caballos; até a la silla de montar una punta de una gruesa cuerda y la otra la crucé sobre la piedra. El caballo, con sumo esfuerzo, consiguió arrastrar la piedra dos o tres palmos. Después se paró. No había duda, aquello era un pasadizo, pero ¿adónde conduciría?
Clavé un hierro en el terreno, até una cuerda, la arrojé al fondo del pasadizo -junto con una antorcha- y descendí por ella. Afortunadamente, la altitud no era superior a tres metros y en un instante llegué al suelo. El fondo era de tierra húmeda, encendí la antorcha y tomé el único camino posible. 

Noté un olor desagradable a podredumbre, a rancio. Algo en el suelo me hizo trastabillar, acerqué la antorcha y un trozo de tela reposaba entre la tierra. Tiré de ella y descubrí manchas de sangre. Mi corazón dio un vuelco. Con la tela en la mano seguí caminando; el pasadizo tenía una longitud considerable. Me topé con una especie de hueco estrecho, algo parecido a una entrada a una habitación. Detuve mis pasos. Un escalofrío de emoción penosa me embargaba. Pero llegado allí tenía que continuar, no podía dar síntomas de cobardía. Me armé de valor y con algo de esfuerzo entré. El descubrimiento de algo macabro provocó un dolor sordo e intenso en mi corazón. Dos baúles viejos, cinco cuerpos adultos semi-descompuestos ataviados con ropas de mujer; tres cunas y tres niñas de corta edad reposaban en ellas, además del esqueleto de dos perros de gran tamaño. 

Mi cuerpo se paralizó, ninguno de mis músculos y nervios respondía. Dejé la antorcha en el suelo y me situé frente a uno de los baúles; nada podía hacer por los muertos y necesitaba descubrir todo lo que aquélla estancia escondía. Estaba cerrado con un candado viejo y oxidado. Pegué un tirón y la cadena cedió. Lo abrí; y ante mis ojos apareció una cavidad llena de billetes. Todo en billetes de 10000, de 5000, de 2000 y de 1000 pesetas; una fortuna desaprovechada porque ya no era moneda de curso legal. Hice lo mismo con el segundo baúl con la convicción de que me encontraría con el mismo hallazgo. Pero no, me equivocaba. Una inmensa cantidad de billetes de 500, de 200, de 100 y de 50 euros rebosaban del segundo baúl. Una sonrisa iluminó mi cara; incomprensiblemente, no sentía ninguna pena por aquéllos cuerpos en descomposición. 

Después de unas pocas horas de arduo trabajo y después de dejar todo tal y como me lo encontré a excepción, claro está, de haber provocado un ligero derrumbe en el pasadizo, hice recuento del dinero encontrado. La cifra ascendía a unos dos millones de euros. Mi tío fue un hijo de puta, un asesino, un avaro huraño… y algo de él llevaría yo en mis genes cuando actué en la forma que lo hice. 

Bajé a denunciar el robo del tractor…pasadas unas semanas me lo devolvieron en perfecto estado…

Jugando mi habitual partida de dominó de los domingos, ofrecí mis cien hectáreas a uno de los lugareños a un precio irrisorio. Aceptó de inmediato. Realizadas las operaciones legales me marché de España… nadie sabrá nunca mi residencia… he desaparecido del mundo como lo hicieron los cuerpos que encontré, ahora enterrados, en el subsuelo de una enorme finca de 100 hectáreas y que nunca será labrada. 

¿Soy un digno sobrino de mi tío? Sí. 

¿Tenían mi esposa e hijo motivos suficientes para sentir hacia mí el mayor de los desprecios? Sí.

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		<title>Revisen la caducidad de su tarjeta...(Para estómagos fuertes)</title>
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Es viernes, tengo el día libre y he decidido ir de tiendas. Quiero disfrutar de un merecido día de asueto. Me hace falta dinero para comprarme un “trapito” del que me he encariñado. Introduzco mi tarjeta 4B en el cajero automático y al cabo de unos segundos aparece un mensaje: “Lo sentimos; tarjeta caducada”. ¡Cojones…que oportuno! Acelero la marcha hasta que llego, con la respiración agitada, al Banco con la intención de sacar 150 putos euros. 

Observo una larga fila de clientes impacientes y casi desesperados. Uno de ellos -que acaba de entrar justo detrás de mí- hace un comentario en voz alta; “…con lo que ganan esta gente bien podrían poner más personal atendiendo la caja…” 

Era justo el argumento de conversación que necesitábamos; todos –entre todos- nos pusimos a charlar sobre el tema. Curiosamente, el individuo que realizó el comentario, no volvió a abrir la boca. Pensé que bien podría tratarse de un “topo” que el banco utilizaba cuando la caja tenía mucho movimiento para que, mientras los clientes criticaban a unos y a otros, el tiempo pasara sin que ninguno cayera en retirar su cuenta de ahorro de la entidad. Eso es una tontería mía –pensé- no tiene mucho sentido. Y me puse a pensar en mis cosas.

De forma disimulada, seguía observando al individuo autor del comentario, en ello estaba, cuando veo que el hombre deja la larga cola, se encamina a la mesa del interventor y se pone a charlar con él. Veo que el hombre, sentado en su sillón, empieza a palidecer. ¡Aquí está pasando algo! ¡Esto tiene mala pinta! Al momento, sin que nadie cayera en la cuenta, el interventor y él, marcharon en dirección a la caja. ¡Coño! ¡Este se nos va a colar! 

Mi carácter vergonzoso no me impidió dirigirme a él: ¡Oiga! ¡Aquí no se cuela nadie! ¡A esperar en la cola como estamos haciendo todos! El hombre se volvió y nos descubrió un pistolón tipo Harry El Sucio. Enmudecí….enmudecimos todos.

¡ESTO ES UN ATRACO!   ¡TODOS QUIETECITOS Y NO HABRÁ NINGÚN PROBLEMA!  

El silencio se cortaba. El interventor seguía palideciendo y el cajero –un joven de veintipocos años- se cagó directamente en los pantalones. ¡No era para menos! En ese momento, además de cortarse el silencio, se empezó a cortar un intenso y desagradable olor a mierda.

¡COÑO….!  ¿Qué había comido ese muchacho? El olor era inaguantable. El atracador empuñaba en su mano derecha el “juguetito” de Harry El Sucio, mientras, con dos dedos de su mano izquierda taponaba su orificio nasal….dio una arcada….y otra…y otra…hasta que un vómito violento y compulsivo salió de su garganta. El pistolón se cayó al suelo haciendo un ruido enorme, el interventor, raudo de movimientos, se agachó para recoger el arma con tan mala suerte que se escurrió entre el vómito del atracador. La pistola resbaló entre el líquido elemento llegando a los dominios del joven cajero; este se agachó a recogerla, y el movimiento realizado removió su evacuación provocando -con una virulencia tremenda- una nueva ola de hedor pestilente.

La puerta del banco se abrió. La figura impoluta del director hizo acto de aparición. ¿Qué está pasando aquí? –preguntó- La escena era impresionante. 

Pasada media hora, llegó la policía y dos ambulancias. En una de ellas, el atracador, con un bote de suero inyectado en sus venas para reponerse de la terrible pérdida de líquido, en la otra, el interventor y el cajero, el primero por una considerable colitis y el segundo con un preocupante cuadro de vergüenza, deshonor y humillación. 

Una cuadrilla de limpiadoras intentaba poner un poco de asepsia en la dependencia bancaria. El director, en un gesto que le honraba, dijo a los cinco clientes que aún permanecíamos en la oficina, que él nos atendería personalmente. La mala suerte me colocó en quinto lugar. Esperé con estoicismo mi turno. Relleno con rapidez el documento de reintegro por un total de 150 euros, se lo entrego al director, empieza a teclear un montón de números, pasan unos interminables segundos y me mira, me mira fijamente y con un tono serio pero educado me dice: “…Lo siento señor, no tiene Ud. saldo suficiente…su disponible en este momento es de 5,50 euros”. ¡Démelos! –dije- me quedaré sin “trapito” pero me lo voy a gastar en cervecita….

Con mis 5,50 euros ya en el bolsillo, con mi autoestima por los suelos, escuché la voz del director desde el fondo: ”…Señor, si quiere Ud. podemos ofrecerle un crédito instantáneo de 3000 euros pagadero en cinco años al módico interés del 18%...” Fue entonces cuando me dio la risa….no paré de reírme hasta que me fundí mis últimos 5,50 euros; &lt;strong&gt;entonces me deprimí.&lt;/strong&gt;

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		<title>...no gano para sustos...</title>
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…llego a casa, la puerta está abierta, la presencia de un olor a café recién hecho mezclado con un suave perfume lo inunda todo. Pulso la llave de la luz y me sorprende un chispazo que hace añicos la bombilla. El temor se acrecienta. Del fondo del salón proviene el sonido atenuado de la televisión encendida; me acerco con sigilo, receloso, una cabeza, con la  posición vertical perdida, se asoma tras el sofá. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Me dirijo rápidamente a la cocina, abro el cajón de los cubiertos y saco el cuchillo de mayor dimensión. Lo empuño con fuerza, con decisión y dirijo mis pasos hacia el salón. 

El escenario que encuentro es dantesco. La persona que está sentada en mi sofá ha sufrido un colapso cardiaco, en su mano, un teléfono móvil dispuesto para ser usado; me suena su cara pero no la distingo bien. Enciendo una lamparita cercana y otro chispazo provoca el estallido de la bombilla.  Localizo una vela, busco mi inseparable mechero y la enciendo. Al principio su luz es escasa, dejo pasar unos segundos y la acerco al rostro de mi desconocido invitado. Un grito de asombro se escapa de mi boca…¡¡¡¡HOSTIA!!!!!  Pero ¿qué hace este hombre en mi casa? Lo miro detenidamente y no hay duda….lo reconocí en el acto.

Instantes después, reparo en el sonido del televisor. Unas notas musicales salen del televisor, me son familiares…conocidas…DECÍAN….”…Perrea…perrea… Y el chiqui-chiqui se baila así; 1) EL BREIKINDANCE!  2) EL CRUSAÍTO!  3) EL MAIQUEL YASON!  4) EL ROBOCOP!...”

Ahora todo encaja, todo tiene sentido, los resultados de eurovisión han situado a España en un lugar nada cómodo…el inquilino del sofá se llama BUENAFUENTE y el número de teléfono que estaba intentando marcar no era el de urgencias precisamente sino el de José Luís Uribarri… posiblemente ¿para pedirle disculpas? ¿o de puro recochineo? …..

Me dejo de suposiciones que el corazón del enfermo aún late… llamaré al 061…


Por cierto...no he llegado a presentarme... mi nombre es J.M. Monzón pero todo el mundo me conoce por....&quot;&lt;strong&gt;El Gran Wyoming&lt;/strong&gt;&quot;......
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		<title>Cuídate mi amor...</title>
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Te sorprendí mirando fijamente a otra mujer. Bajaste la mirada sin decir nada… mientras, en tu cara, apareció el sonrojo. Aún así, seguías siendo el hombre más bello del mundo. Otro día, en plena fiesta, coqueteabas con mi amiga más íntima. Aún así, seguías siendo el hombre al que quería. Ayer, me crucé contigo por la calle, llevabas cogida del brazo a una escultural pelirroja. Aún así, seguías siendo el hombre que reinaba en mi corazón. 

Hoy, me has regalado un anillo de compromiso, el tan ansiado día llegó para mí … te miré a los ojos durante un minuto… seguías siendo para mí el hombre más bello, el hombre al que más quiero y el hombre que aún  manda en mi corazón….aún así…. te dije; &lt;strong&gt;AHORA YA ES TARDE&lt;/strong&gt;.

En ese momento…una sonrisa iluminó todo mi ser…

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		<title>Procuro olvidarte...</title>
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Esta canción siempre me gustó. Tuve la osadía de atreverme a grabarla a piano. Nuestro grupo se llama “El refugio de Ali” y el nombre se debe a que grabamos en un pequeño estudio al que llamamos refugio y está situado en casa de Alicia que es la que me acompaña al piano. Simple ¿verdad? Pues así somos de sencillos.

Espero que los tapones para los oídos no suban espectacularmente su venta. 

Un saludo a todos….y en serio, espero que os guste.

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		<title>Mi dulce María....</title>
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Estaba en aquella enorme casa en la que me sentía como un extraño. Me tumbé en un confortable sillón, atenué la luz de la estancia, y comencé a reflexionar sobre mi vida.  Estaba solo, como única compañía, mi inseparable soledad,  un generoso vaso de whisky y la música de uno de mis discos tristes preferidos “Night On Earth” de Tom Waits. 

En mi interior, un vacío sólido y pleno, con la sensación de estar al borde de un enorme precipicio. Estaba siendo víctima de mi propio egoísmo e intransigencia. Ya no tenía  ninguna duda; algo o alguien me estaban devorando desde dentro. ¿Los remordimientos? Tal vez. 

La música dejó de sonar, el resto del vaso de whisky lo acabé de un trago, me levanté, miré el reloj; eran las 1 de la madrugada. Cogí el abrigo y lo que quedaba de mí y nos fuimos juntos a pasear la noche. 
Deambulaba de un lado para otro intentando poner en orden mis ideas. Recordé la noche en la que ella se fue, la noche en la que ella escapó y huyó de mí. Me dedicó los mejores años de su vida sin pedir nada a cambio, ni siquiera el matrimonio. Se marchó malherida pero con orgullo, sin tener dónde ir pero sin causar lástima o desconsuelo, no llevaba nada bajo el brazo, ni una simple maleta en la que meter algunos de sus recuerdos. Nunca me perdonaré el daño que le hice. 

Después de más de horas de caminar sin rumbo, al girar una esquina, me di de bruces con una reunión de personas que charlaban acaloradamente. Me pareció distinguir la imagen arrogante y pendenciera del típico rufián que se dedica al tráfico y extorsión de mujeres públicas. Agaché la cabeza y pasé cerca de la reunión sin desviar la mirada. ¡Eh tú! ¿Qué cojones quieres? –oí como decía el chulo- Levanté la mirada lentamente… con miedo… en el fondo, siempre fui un asqueroso cobarde.

De pronto, mi corazón empezó a latir con fuerza, mis nervios se tensionaron. De mi garganta salió un grito seco, frío, desesperado… ¡MARÍA!  ¡POR DIOS MARÍA…DIME QUE NO ERES TÚ!  Ella reconoció mi voz,  me miró con unos ojos demacrados que delataban sufrimiento y salió corriendo a toda velocidad, mostrando despecho y vergüenza. Tomó la misma dirección por la que yo había llegado….¡MARIA! ¡MARIA! –seguía gritando- Ella no se paraba… la perdí de vista al girar la esquina, fue entonces cuando se escuchó un temeroso frenazo que fue seguido de un terrible impacto. Cuando llegué, el cuerpo de mi amada María yacía en el suelo, ensangrentado y aplastado por las enormes ruedas de un camión de limpieza que pasaba por allí. Murió en el acto. Me arrodillé junto a ella, abracé su cuerpo sin vida y lo dejé caer sobre mi pecho. 

Han pasado cinco años, sigo sentado en el confortable sillón, sigo bebiendo whisky y sigo  escuchando a Tom Waits. También sigo purgando mis culpas. Pero ahora soy otro hombre. La desgraciada muerte de María trajo a mi vida la existencia de otra María; nuestra hermosa hija de la que desconocía su existencia.  La noche que se fue, la noche que escapó y huyó de mí,  ella sabía que estaba embarazada y también sabía –ella mejor que nadie- que nunca utilizaría esa circunstancia en su propio beneficio. 

Estuve de pie, observándola durante unos minutos hasta que la niña de ocho años intuyó mi presencia. ¡Papá! Corrió a mi encuentro y saltó sobre mí dejando en mi rostro un beso dulce. 

¿Cuándo estará la cena papá? Tengo mucha hambre….su sonrisa acabó con todos mis tormentosos pensamientos...
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