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<title>El peso de lo liviano</title>
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<description>¿ NOVELAMOS NUESTROS SENTIMIENTOS  ?</description>
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<title>Mi amor callado.</title>
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<dc:date>2008-10-07T17:22:06+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>La amé siempre, desde niños, pero calladamente. Tenía miedo a perderla si rechazaba mi amor, por eso, solo por eso, seguí junto a ella brindándonos amistad mutua. Dicen que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y es cierto. Quizás por eso, se explica el temblor de mi cuerpo por el temor a que un día me la arrebataran, mientras tanto, mi corazón latía, acelerado de alegría, solo con verla. La necesito junto a mí. Y con eso me conformo. La amo y la quiero en silencio, es verdad, pero prefiero vivir así a vivir sin ella.</p>
<p>Aún seguimos saliendo con los amigos de la infancia a tomar copas. Pero el cerco se va estrechando. Cada vez somos menos. Algunos de ellos han decidido casarse y su presencia entre nosotros se hace cada vez más complicada. Pero subsistimos. Un día quedamos en un pub de los que solíamos frecuentar. Recogí con mi automóvil a mi amada amiga de su casa. Bajó a los pocos minutos tan espléndida como siempre. Sin embargo, ese día, noté en sus ojos un brillo especial. Pero callé, como siempre, con cobardía y aceleré el coche con rapidez.</p>
<p>A los pocos minutos llegamos al pub. Una vez dentro, vimos que el resto de amigos nos esperaban. Nos sentamos y ella pidió una botella de cava para celebrar un acontecimiento importante. Nos sorprendió a todos, yo el primero por mi cercanía con ella, pero no dijimos nada.  Una vez descorchada la botella, llenó parsimoniosamente las siete copas desplegando una agradable sonrisa. Alzó la suya y dijo: “Brindo por el amor, ese amor encontrado, un amor que tenía escondido en el fondo de mi alma desde hace mucho tiempo pero que ha visto por fin la luz” La alegría se desbordó, todos reían y la abrazaban, todos menos yo. Sabía que no era yo ese hombre que la había enamorado. En mi cara se dibujó una especie de sonrisa fingida, en mi corazón, un dolor intenso que me rompió el alma. Ella se acercó a mí y me dijo ¿Tú no me felicitas? Levanté la mirada y vi sus maravillosos ojos radiantes de felicidad. ¡Claro que sí! –dije con voz entrecortada- Apoyé mis manos en su cara y deposité un beso dulce, cariñoso, tierno, romántico y le trasmití con mis labios todo el amor que siempre sentí por ella. Ella notó su propio estremecimiento y apartó suavemente sus labios de los míos. Nos miramos durante unos segundos y después la abracé diciéndole: “Te deseo lo mejor amiga mía, quiero que seas la mujer más feliz del mundo, tú te lo mereces”… mi espíritu languideció y mis ojos se inundaron de lágrimas furtivas que quedaron visibles para todos los demás.</p>
<p>A partir de ese día, nuestros encuentros desaparecieron. Ella parecía evitarme, no me llamaba por teléfono y mis llamadas tampoco eran atendidas. Sufría con su actitud y nuestro distanciamiento. Me pasaba las horas ausente, pensando en ella y llorando por ella. Un buen día, uno de nuestros amigos comunes me comunicó que la cosa no iba bien entre ella y su compañero, que estaba pasando momentos duros en su relación sentimental, al parecer, -dijo-,  el tío es un vicioso empedernido y anda siempre entre mujeres, alcohol y drogas, no le hace ni puñetero caso, y además, la última vez que la vi, tenía muy mal aspecto… no era la chica bella y alegre que nosotros conocíamos.</p>
<p>Me fui a casa consternado. Había decidido abandonar el país. Solicité el traslado en mi empresa a las oficinas que teníamos en Londres para alejarme del entorno que tanto me recordaba a mi siempre amada. Y me lo habían concedido. Mi vuelo salía dentro de diez días pero no podía irme sin verla, no podía huir nuevamente y portarme como el cobarde que siempre fui.</p>
<p>Su móvil no contestaba, tampoco vivía en su antigua casa, llamé a su trabajo y me dijeron que hacía un mes que ya no trabajaba allí. La situación empezaba a preocuparme. Recordé que en algún sitio tenía apuntado el teléfono de la casa que sus padres tenían en su pueblo natal. Los llamé inventándome una excusa pero me contestaron que hacía más de dos meses que no sabían de ella.  Me puse en contacto con los amigos comunes y ninguno sabía su paradero. Mi preocupación se tornó en desesperación. Cogí mi automóvil y la busqué por todas partes, así lo hice día tras día. Busqué y rebusqué por todos sitios, incluso, personándome en los hospitales de la ciudad. Un día, sin darme cuenta, mi tiempo se había acabado, no podía dilatar mi marcha a Inglaterra.</p>
<p>El taxi me esperaba en la puerta de casa para llevarme al aeropuerto. Habíamos iniciado el viaje cuándo me percaté que no llevaba el teléfono móvil. Ordené al taxista que retrocediera. Cuando lo encontré, lo introduje en mi abrigo. A los veinte minutos ya me encontraba en la ventanilla de mi compañía aérea con el billete en la mano. Instintivamente metí la mano en el bolsillo de mi abrigo y me topé con la caja de cigarrillos. Me apetecía fumar y disponía de tiempo suficiente. Me alejé buscando con la mirada una zona habilitada pero desistí y decidí salirme fuera. Escuché un pitido corto y agudo característico del móvil. Lo abrí y comprobé que tenía una llamada perdida realizada desde un número desconocido. Lo volví a cerrar y encendí mi cigarrillo. Estaba aspirando el humo con ansiedad cuando volvió a sonar el mismo pitido corto y agudo. Pero no le hice caso. Seguí fumando hasta que lo consumí totalmente, después volví a entrar en el aeropuerto y me dirigí hacia la puerta de embarque.</p>
<p>Apenas faltaban quince minutos para que comenzara el vuelo. Abrí el móvil para desconectarlo y me indicaba que tenía cinco mensajes, todos realizados desde el mismo número y todos coincidentes con el de las llamadas perdidas. Abrí el primero de ellos: “GUARDIA CIVIL: Señor, necesitamos que se ponga en contacto con nosotros a este mismo número a la mayor brevedad posible. ES URGENTE” El corazón me dio un vuelco. Sin apenas tiempo, marqué el número pero problemas de cobertura me impedían realizar la llamada. No sabía qué hacer. Miré a la azafata con desesperación y le dije que tenía que realizar una llamada urgente. Salí corriendo hacia una de las cabinas y llamé; habían encontrado el cuerpo de una mujer en un descampado con una jeringuilla colgando de sus venas, entre sus escasas pertenencias, encontraron mi nombre junto a mi número de teléfono. Estaba ingresada en un hospital en estado grave. Cuando colgué el auricular ya sabía lo que quería hacer.</p>
<p>Tres meses después estábamos en la casa que sus padres tenían en su pueblo. Era un pueblo situado en la montaña, alejado de todo y de todos. Abandoné mi fulgurante carrera profesional, vendí todo lo que tenía, pero no abandoné a mi amada amiga. Había contraído una enfermedad grave, tan grave que no tenía posibilidad de curación. Cuando la encontraron apenas tenía carne en sus huesos, estaba embarazada de dos meses y con dependencia del alcohol y las drogas. Le practicaron un aborto de urgencia y le pusieron un tratamiento de por vida. Yo me convertí desde el primer día en su enfermero, yo era el que la lavaba, el que la vestía, el que le daba de comer… notaba como sus ojos, día a día, iban recuperando aquella mirada dulce y cándida de antaño. Un día, después de un largo tiempo, me habló por primera vez. Sentí una terrible punzada en mi corazón cuando oí de su boca el nombre de su compañero. Ella seguía queriéndolo. Y yo queriéndola a ella. Por eso me resigné. Yo no estaba allí para obtener una recompensa que no me correspondía, estaba allí por el amor que sentía por ella.</p>
<p>Hoy, dos semanas después de su entierro, en la soledad de mi habitación, me vienen los recuerdos. El recuerdo de los primeros años de colegio, el recuerdo de nuestra juventud, el recuerdo de mi primer beso de amor, el recuerdo de su estremecimiento entre mis brazos, el recuerdo de una mirada suave,  del color de sus ojos, de su belleza… y no tengo duda, fue mi amor, mi gran amor, mi único amor….y así será, incluso, hasta después de su muerte.</p>
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<title>Rosaura y su “Virgen de Chiquinquirá”</title>
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<dc:date>2008-10-06T11:26:21+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.librodearena.com/myfiles/elpesodeloliviano/Virgen-chiquinquira.jpg" width="250" height="338" class="imgcen" /></p>
<p>Rosaura vivía como podía. Sus padres habían muerto en la indigencia y sus tres hermanos habían conseguido escapar de aquél infierno chabolista de la ciudad de Medellín, desentendiéndose de todo y de todos. Todo era cuestión de supervivencia. Rosaura, a sus 18 años recién cumplidos, era una mujer bella que solo se planteaba un objetivo: VIVIR.</p>
<p>Un día, vagando entre aquéllas calles plenas de miseria, fue interceptada por un grupo de hombres que la conminaron a acompañarles. No hubo violencia, pero la actitud intransigente y autoritaria de aquéllas personas no le auguraba nada bueno. La introdujeron en el interior de  un Dodge viejo y destartalado y le vendaron los ojos, al cabo de una hora, y sin mediar palabra, el automóvil se detuvo. Ella sintió como una mano fuerte le cogía del brazo invitándola a abandonar su asiento. Entre la oscuridad, caminó unos minutos. La sentaron en una silla, le quitaron la venda de los ojos y la luz incandescente de una lámpara terminó de cegarla. En una mesa había platos con comida y fruta abundante. ¡Puedes comer si lo deseas! –dijo uno de los hombres- Después salieron cerrando -tras ellos- la puerta con llave. Tenía hambre, mucha hambre y se abalanzó sobre los platos….</p>
<p>Pasaron 5 días sin que ninguno de los hombres dijera nada. Se limitaban a traerme comida y bebida a unas horas determinadas. Un día, la puerta se abrió y apareció un hombre de raza blanca con acento extranjero, iba vestido con un traje impecable, se quitó la chaqueta y ante mis ojos apareció la presencia de una pistola bajo su axila. No temas –dijo- Solo queremos que hagas un trabajo para la organización. Antes que digas nada –prosiguió- te advierto que no tienes otra opción, o lo haces, o mueres…y créeme, no será muy agradable para ti. Harás lo que nosotros queramos. ¿Entendido? Sí –dije con tono asustado- El hombre se sentó frente a mí. Escucha con atención –dijo- dentro de siete días vas a realizar tu primer viaje a España. Será un viaje mensual. Llevarás una mercancía dentro de ti que será recogida por nuestros hombres en aquél país. Tú no tienes que hacer nada más, a excepción, de comer, beber y ponerte guapa. Vivirás como una reina los próximos 8 meses, al final, serás recompensada con un trabajo en el lugar que elijas, y  económicamente, recibirás una sustanciosa cantidad. ¿Qué te parece 30.000 dólares?  No dije nada, bajé la mirada. El hombre se levantó y alzó mi barbilla diciéndome: “No te preocupes, si haces tu trabajo, no te pasará nada….además ¿Qué puedes perder?”</p>
<p>Había oído hablar de ese tipo de trabajo, mujeres que actuaban de “correo de la droga”, pero jamás pensé que eso me podía ocurrir a mí. Me arrodillé y me puse a rezar una oración a la “Virgen de Chiquinquirá” pidiéndole que no me desamparara, que me diera fuerzas….</p>
<p>Doce horas antes de iniciar mi primer viaje se presentaron dos hombres con la mercancía que debía trasladar. Uno de ellos abrió un maletín y sacó 8 paquetes pequeños. Los colocó sobre la mesa y me ordenó que me quitara las bragas. Lo hice, pero noté una mala mirada en sus ojos. Ponte a cuatro patas y levanta todo lo que puedas el culo –dijo tajante- Cogió un paquete y empezó a introducirlo sin ningún miramiento por mi culo…un grito de dolor salió de mi garganta. ¡Hostias! –dijo- esta tía es de las estrechas. Tengo un trabajito especial para ti –dijo dirigiéndose al otro hombre- Apresúrate que tenemos poco tiempo. El otro hombre se desabrochó el pantalón, bajó su calzoncillo y sacó su polla. Yo escuchaba la conversación entre incrédula y asustada. Noté unas manos sudorosas apoyarse en mis nalgas. De pronto, noté su polla apuntando directamente a mi culo. Apreté los labios para atenuar el previsible dolor. Pero no pude, el hombre envistió con tal rudeza que un grito espeluznante salió de mi garganta. Pero él seguía, con movimientos rítmicos, destrozándome por dentro. Dos minutos después, una mezcla de semen y sangre corrían por mis piernas. Caí al suelo cuando mi mente  empezó a desvanecerse. No recuerdo nada más.</p>
<p>Cuando desperté, me encontré totalmente vestida. Un dolor insoportable invadía mi cuerpo. Los dos hombres ya no estaban en aquella habitación. En una silla, se encontraba el hombre de raza blanca con acento extranjero, se levantó, se dirigió hacia mí y me inyectó un calmante que paliara los efectos del dolor. Me entregó un billete de avión, una caja de pastillas, un sobre con dinero y una nota con las instrucciones a seguir. Recoge tus cosas que te llevo al aeropuerto –dijo con voz tenue- Y salimos.</p>
<p>Muchas horas después aterricé en Barcelona. Pasé el servicio de vigilancia sin problemas. En la salida me esperaban una mujer de rasgos orientales y dos hombres fuertes. Me introdujeron en un coche y salimos en dirección desconocida para mí. Llegamos a una casa a las afueras de Barcelona. La mujer y yo nos metimos en una habitación, me desnudé de cintura para abajo y la joven comenzó a extraer los paquetes de mi cuerpo. El dolor fue indescriptible.</p>
<p>Estaba en Colombia a punto de realizar mi octavo y último viaje como correo de la droga. Hasta ese momento, todo estaba saliendo bien. Tenía vestidos, dinero y nunca me faltó un plato de comida. Pero estaba sola, sin relación alguna con el mundo exterior. Mi dolorosa experiencia del primer viaje quedó atrás, ahora, solo pensaba en mi último trabajo, en recoger la cantidad económica pactada y comenzar a vivir mi propia vida.</p>
<p>Nunca trasladé más de 10 paquetitos de droga. Ese día, en el sitio de costumbre, conté sobre la mesa 16 de ellos. Al introducirme el último de ellos sentí un escalofrío repentino acompañado de espasmos musculares. Como consecuencia de ello, cayeron tres paquetitos al suelo. El hombre, totalmente irritado, volvió a introducirlos regalándome una violencia añadida. Cuando me incorporé, los sudores fríos volvieron a aparecer, apreté mis glúteos con fuerza porque no estaba dispuesta a soportar una vejación aún mayor. Con un escueto “estoy preparada” me dirigí hacia ellos. Pero no era cierto, mi cuerpo estaba al borde del desfallecimiento.</p>
<p>En pleno vuelo hacia España imaginé el fin de mi contrato como correo de la droga. En esta ocasión, entregaría la mercancía que portaba y recogería los 30.000 dólares prometidos. No tendría que volver a Colombia, me quedaría en Barcelona y emprendería una nueva vida. En esos momentos un dolor intenso se reflejó en mi cuerpo. Me levanté en dirección al servicio. Entré y cerré la puerta. Bajé mis pantalones y comprobé que mis bragas estaban humedecidas con un intenso color rojo. Estaba sangrando, la menstruación se había adelantado doce días. Tomé uno de los calmantes y me apliqué un tampón que absorbiera el flujo menstrual. Una vez terminado volví a mi asiento. Noté la mirada de una de las azafatas sobre mi nuca. Ella se acercó y me preguntó ¿Le ocurre algo señorita? No, gracias, cosas de mujeres –respondí con una sonrisa-</p>
<p>El último paso por el servicio de inspección se me antojó larguísimo. Una mujer policía me llevó a una habitación y me mandó desnudarme. Intenté que mi nerviosismo interior no se hiciera visible ante aquella mujer. Le dije: “Lo siento mucho, pero en pleno vuelo me ha sorprendido la menstruación”. No importa, tengo que inspeccionarla de todas maneras. Al cabo de unos minutos, ordenó que me vistiera. Afortunadamente, la inspección fue rutinaria y no se empleó a fondo. Posiblemente, la visión desagradable de aquella sangre le hizo desistir.</p>
<p>Cuando salía del aeropuerto, entre rezos, daba las gracias a la “Virgen de Chiquinquirá” por su protección. Sentía un dolor sordo desde mi embarque en Colombia, aún así, la sensación de libertad y riqueza flotaba en mi mente atenuando cualquier forma de malestar. La mujer de rasgos orientales y los dos hombres fuertes me esperaban con la puerta del coche abierta.  Entré en su interior pensando que ese sería mi último encuentro con aquellas personas. Me desnudé ante aquella mujer y ella comenzó a realizar su trabajo. Algo no iba bien. No hacía nada más que suspirar entre protestas. El dolor comenzó a hacerse insoportable. Me presionaba en la barriga con fuerza e insistencia causándome molestias y retortijones. Sin poderlo evitar evacué ante ella. La presencia de un polvo blanco entre heces líquidas hizo pensar que alguno de los paquetitos se había roto en mi interior. Pasaron dos horas de auténtico calvario para mí. En ese tiempo, logró rescatar, con la utilización de unas pinzas enormes, 14 de los 16 paquetitos de droga. Tuvo que desistir de encontrar los 2 restantes, entre otras cosas, porque se tenía la certeza que al menos uno de ellos se había abierto. Yo no me encontraba bien. Mi cuerpo no respondía a mi mente. Estaba paralizada y no sentía nada. La mujer de rasgos orientales marcó un número de teléfono y la escuché como hablaba con alguien. Se dirigió a la puerta y dijo a los dos hombres: “He recibido la orden de hacerla desaparecer” Lo escuché todo, pero ningún músculo respondía a los estímulos de mi mente. Sabía que mi propia vida estaba en peligro pero no podía hacer nada por evitarlo. Me sentí horriblemente asustada y temerosa. Los hombres me desnudaron completamente, me despojaron del crucifijo que colgaba de mi cuello, de dos anillos, del reloj y de unas pulseras de cuero atadas a mis muñecas. Entre los dos me bajaron al sótano donde se encontraba el coche, me ataron de pies y manos y me introdujeron en el interior del maletero. Sabía lo que me estaban haciendo pero no sentía en mi cuerpo nada de lo que estaba pasando. No sentía el frío de mi desnudez ni el dolor físico de las fuertes ataduras. Estaba presenciando el desenlace final de mi vida como mera espectadora. Sin sentir ni padecer.</p>
<p>Los minutos que pasaron hasta que el coche se detuvo me parecieron eternos. Sentí el contacto de la llave con la cerradura del maletero hasta que la puerta se abrió. Cortaron mis ligaduras, y  me colocaron en el suelo sobre una manta sucia y asquerosa, los hombres se protegían la cara con un pasamontañas. Con la vista intenté reconocer el lugar pero no fue posible, aquello era un asentamiento de indigentes. Miré a mi alrededor, localicé un fuego procedente de un barril de hierro. Rodeando el mismo había cinco personas frotando sus manos sobre las llamas. Debía hacer frío, pero yo no lo sentía. Las cinco personas se acercaron hacia mi. Vieron mi desnudez y sus ojos comenzaron a brillar de lujuria. ¡Hacer lo que queráis con ella! –dijeron los dos hombres- ¡Esta puta lleva en su interior la droga que vosotros necesitáis! ¡Os la regalamos! …y partieron a gran velocidad con sus caras bien ocultas.</p>
<p>Una semana después, los diarios se hacían eco del hallazgo del cadáver de una mujer joven. Había sido violada salvajemente y literalmente abierto su cuerpo en canal. Se encontraron restos de droga en sus intestinos.</p>
<p>La vida de la pobre Rosaura resumida en cuatro escuetas líneas. Ni sus continuados rezos a su devota “Virgen de Chiquinquirá” pudieron evitar la maldad, ambición y perversión del ser humano.</p>
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<title>Una historia inacabada.</title>
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<dc:date>2008-09-30T11:26:35+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>En la mesilla de noche había un bote de barbitúricos vacío. Sobre la cama se encontraba el cuerpo -desnudo y sin vida- de una mujer aparentemente joven. No debía tener más de 30 años. Los flashes de las cámaras cegaban mis ojos. Me acerqué a uno de los policías y ordené que abandonaran el lugar lo más rápidamente posible. Necesitaba estar solo para ordenar las ideas de forma congruente. La visión de aquél cuerpo yacente sobre la cama con el abundante cabello rubio cuidadosamente puesto sobre la almohada y el sufrimiento dibujado en su rostro me hizo tener una cosa clara, esa mujer no se había quitado la vida, aquello era un asesinato llevado a cabo con sangre fría; una persona suicidada con barbitúricos jamás presentaría en su rostro la imagen del dolor.</p>
<p>Me acerqué al balcón y vi como en los alrededores de la mansión estaban apostados  reporteros y cámaras de distintos medios de comunicación. La policía había acordonado la zona a unos cincuenta metros de la puerta de entrada principal. A pesar de eso, paparazis intrépidos buscarían cualquier resquicio para mostrar documentos gráficos que contentaran a una “distinguida” clientela. La fallecida, una famosa actriz, satisfaría la morbosidad de un considerable número de personas y de paso, llenaría las arcas a las empresas editoriales.</p>
<p>En la brigada central se recibió una llamada anónima a las 4:25 de la madrugada anunciándonos la presencia “sospechosa” de unos individuos merodeando la mansión de la famosa estrella del celuloide. Treinta minutos después, una patrulla policial –conmigo al mando- nos personamos en el lugar no apreciando nada anormal. Llamamos a la puerta y -minutos después- nos abrió una hermosa mujer vestida con una bata de seda y cubierta con un gorro que tapaba casi la totalidad de su rostro pero que  despejaron –con su presencia- todas nuestras dudas. Nos despedimos, no sin antes recordarle, que pusiera en funcionamiento las medidas de seguridad que dispusiera. Ella nos miró, nos sonrió, y vimos en su sonrisa una de las virtudes que podían confirmar su enorme éxito.</p>
<p>Miré el reloj, eran las 11:15 de una mañana fría y gris. Inspeccioné en solitario toda la estancia superior sin que notara el menor atisbo de anormalidad. Coloqué la  mano derecha en mi barbilla y cerré los ojos. Sentí nuevamente ese maldito picor en la nariz, un picor que me advertía que no estaba siendo todo lo concienzudo que el caso requería. Me fui al vestidor, rebusqué con parsimonia y encontré la misma bata de seda con la que nos recibió la inquilina a eso de las 5:00 de la madrugada. Sobre la parte trasera de su hombro derecho, y casi imperceptible por la presencia del gorro, observé un cabello de color castaño que no se correspondía con el color de pelo de la fallecida.</p>
<p>El médico forense había informado ya de la hora de la muerte y de sus causas. La hora, entre las 3:15 y 3:30 de la madrugada, la causa, un combinado de tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio inyectado en la arteria carótida; una inyección letal similar a la suministrada en determinadas ejecuciones. El caso estaba claro, la muerte ya se había producido cuando visitamos la mansión de la actriz, pero ¿Quién era la mujer que nos abrió la puerta y qué hacía en la casa? Me dirigí al forense y le pregunté si me podía confirmar si el rubio era el color natural del pelo de la fallecida. Sí, sin duda –recibí como respuesta-</p>
<p>Me fui a casa confuso y dispuesto a desmenuzar, uno por uno, todos los datos de los que disponía. Era vital localizar el paradero de la mujer que nos abrió la puerta. El sonido del teléfono me alejó de mis pensamientos. ¡Sí! –contesté- Venga pronto a la brigada, tenemos malas noticias. Y colgó. Abrí la puerta del dormitorio y allí estaba mi amada esposa, como intuyendo mi entrada, se incorporó, me miró, me sonrió, y me dijo: “ten cuidado Paul, te necesito a mi lado” Me despedí dejando un sincero beso en sus labios.</p>
<p>Veinte minutos después entré en mi despacho, la presencia del capitán acompañado por dos personas desconocidas me causó sorpresa. ¿Qué ha pasado? –pregunté intrigado- Siéntese. La brigada, inspeccionando los alrededores de la mansión, han encontrado el cuerpo de una mujer sin vida. ¿Quiénes son estas dos personas capitán y qué hacen aquí? Bien, este señor es el productor cinematográfico de todas las películas de la famosa actriz, y este otro, el compañero sentimental de la actriz. Nos saludamos fríamente, con desganas. Ud. dirá capitán. ¿Por qué me ha mandado llamar? –dije con tono serio- Quiero que intente reconocer el cuerpo de esa mujer y compruebe si puede ser la misma persona que les abrió la puerta de la mansión. ¿Qué intente reconocer? ¿Qué quiere decir capitán? Vaya preparado para lo peor, el aspecto de la mujer es aterrador. Estos dos señores le acompañarán.</p>
<p>Cuando llegamos, el médico forense nos advirtió que íbamos a presenciar un espectáculo dantesco, hecho con saña y violencia. El forense nos acompañó, abrió la puerta, y tras él, entramos nosotros. Se colocó en un lateral de la camilla, cogió la sábana y nos descubrió un cuerpo desnudo, sanguinolento, sin casi restos de piel, sin ojos, ni dientes, amputados los dedos de pies y manos….el vómito repentino del productor cinematográfico impidió que siguiera con el  reconocimiento de la víctima. De todas formas, allí, poco o nada quedaba por hacer. Cuando nos marchábamos,  solicité al forense un informe detallado en mi despacho a la mayor rapidez posible.</p>
<p>Dos días después, en el entierro de la famosa actriz, volví a coincidir con su productor y el compañero sentimental de la actriz. Fui preguntado sobre la identidad de la mujer salvajemente asesinada y mi respuesta fue inmediata: “No sabemos nada”. Después me alejé, multitud de periodistas se daban cita para cubrir aquél evento. Numerosos fotógrafos y cámaras trabajaban con intensidad.</p>
<p>Al día siguiente, solicité una entrevista con el productor para que me proporcionara toda la información y documentación posible acerca de la película que estaba rodando la actriz asesinada. No puso ninguna objeción. Educadamente me cedió los documentos de los que disponía, el guión de la película y más de tres horas de grabación de la misma. Me cedió una sala especial dónde proyectarla, así como, todos los medios que necesitara.</p>
<p>Di la orden de proyección, las luces se apagaron, una enorme pantalla empezó a recoger imágenes aleatorias del film. Apareció la imagen de la hermosa actriz en pantalla, la de su compañero sentimental al lado del director de la película, la del productor vigilando la grabación, la de la  mujer que abrió la puerta cuyo parecido con la hermosa actriz era asombroso…  las imágenes se cortaron, los créditos con el reparto aparecieron de forma desordenada, curiosamente, el nombre de la hermosa actriz y el de la mujer que me recibió en su mansión eran los mismos. Quedé pensativo a la vez que desconcertado. Eso no era posible, eran mujeres distintas, la hermosa actriz ya había sido asesinada cuándo la otra mujer me abrió la puerta de su mansión. Ahora entiendo el por qué del gorro cubriendo casi la totalidad de su rostro, a pesar de su parecido físico, era conveniente tapar al máximo cualquier rasgo notable de su fisonomía….</p>
<p>En aquél momento, en su casa de Westport en el estado de Connecticut, se abrió la puerta de un amplio dormitorio. La figura de  una Joanne Woodward resignada apareció en el umbral, tras ella, Robert Redford con lágrimas en los ojos. El azul de los ojos de Paul brillaba con intensidad viendo pequeños retazos de su última película…  su película inacabada… una película que nunca vería la luz…  su película postrera, inconclusa por la implacable ferocidad de un cáncer de pulmón y que apagaría definitivamente el brillo personal de uno de los mejores actores de la historia del celuloide. Newman, la gran historia del humilde maestro…</p>
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<title>Never again (Tribute a Alfred Hitchcock)</title>
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<content:encoded><![CDATA[<p>Sé que estoy despierto pero no deseo abrir mis ojos. Siento un dolor insoportable en mi cabeza. No recuerdo nada. No me reconozco dentro de aquélla cama. Tengo que hacer un esfuerzo mental si no quiero perder la cabeza. La incertidumbre, el desconocimiento y la convicción de que algo había pasado me aturdían. Me armé de valor y abrí los ojos. Observé aquélla fría y desconocida habitación con estupefacción. ¿Dónde estaba? ¿Qué me había pasado la noche anterior? Dos simples preguntas a las que no hallaba respuesta. La angustia hizo que tapara mis ojos con mis manos. Miré con pavor mi mano derecha, estaba vendada y no sabía cómo, por qué y cuándo me había ocurrido aquello…. un sollozo desesperado inundó mi alma. Intenté hacer un último esfuerzo para aclarar mi mente y poner en orden mis ideas, de pronto, la imagen de una copa de cóctel, se dibujó en mi imaginación….</p>
<p>Estaba en mi apartamento con una copa de cóctel vacía en mi mano. Mi estimado amigo Robert me apremiaba a vestirme. Tenía que asistir con mi amada Rachel a una recepción anunciada por la editorial que publicaba sus libros. Hacía más de 4 meses que no probaba el alcohol, a pesar de ello, una especie de torbellino, en forma de pensamientos extraños, caminaban por mi mente sin dirección determinada. El desconcierto y el caos, desde que comencé mi plan de desintoxicación etílica, formaban parte de mi cotidianidad. Miré la copa vacía y aplasté en ella mi cigarrillo. Me servía, además de cenicero ocasional, como una especie de reafirmación en mi cometido. Mi amigo se fue en el momento que sonó el timbre anunciando la llegada de Rachel; en ese momento, mis recuerdos volvieron a difuminarse….</p>
<p>Seguía tumbado en aquella cama extraña esforzándome por recuperar la consciencia. Miré a sus paredes y creí estar en alguna instalación hospitalaria, el dolor seguía martilleando mi cabeza con insistencia. Por la puerta de la habitación entraba una mujer vestida de blanco llevando consigo un inyectable… en ese momento, mi imagen abriendo la puerta de mi apartamento apareció con claridad.</p>
<p>Abrí la puerta y allí estaba Rachel, tan espléndida y maravillosa como siempre. ¿Aún no te has vestido? ¡Mira que eres lento! –dijo- dibujando una sonrisa preciosa en su cara. La rodeé con mis brazos y nos fundimos en un apasionado beso. Cuando salí de mi habitación,  completamente vestido, observé como Rachel miraba con estupor la presencia de una copa de coctel en mi escritorio. No temas –dije- solo la utilizo como cenicero. Los dos abandonamos el apartamento entre risas. Al llegar al lugar de la  celebración, nos abrió la puerta una joven bastante atractiva. Al fondo, el editor, un hombre apuesto y elegante, charlaba animadamente con un grupo de personas. Advirtió nuestra presencia y se dirigió con rapidez a nuestro encuentro. Recibió a Rachel con un cariñoso beso en la mejilla y a mí con un fuerte apretón de manos. ¡Te la robo unos minutos! –dijo- cogiendo a Rachel de la mano y se encaminaron hacia una habitación que cerraron tras ellos. Pasaron cinco minutos… diez… veinte… y mis celos se multiplicaban por segundos, me notaba iracundo, solo, con una copa de Martini seco en la mano, que no había probado, pero que no pude evitar coger ante la insistencia de los camareros y la extrañeza de ver a un hombre solo sin beber una sola gota de alcohol. ¡Por fin! La puerta se abrió. Aparecieron sonrientes y satisfechos. Rachel me buscaba con la mirada y yo me hice visible ante ella. Se sorprendió al verme con una copa en la mano y apresuró el paso. ¿Qué haces con esa copa? ¿No estarás bebiendo? No -dije rotundo- Los celos y la ira se habían apoderado de mi. Al pasar delante del editor me sorprendí arrojándole –con placer- el líquido de aquella copa en su cara. Rachel me miró estupefacta, incrédula, avergonzada… Yo salí corriendo de aquel edificio mientras Rachel se disculpaba de mis actos ante el anfitrión. Rachel no merecía someterse a los actos vergonzosos que su novio alcohólico y celoso le proporcionaba. Siempre seré un borracho empedernido incluso sin probar una gota de alcohol.</p>
<p>El timbre de la puerta volvió a sonar insistentemente, abrí, y la figura de Rachel apareció más bella que nunca. ¡No te preocupes! ¡Ya está todo arreglado! –dijo, con tono rotundo y sereno- Lo siento Rachel, -añadí avergonzado- No sé lo que pasó por mi cabeza, pero al verte con él, mi cabeza se nubló de maldad. Lamento el espectáculo y siento que este incidente repercuta en tu futuro. ¿Mi futuro? –dijo ella- mi futuro únicamente está junto a ti. Deseo casarme contigo lo más pronto posible y tener muchos hijos. ¿Casarte conmigo?  ¿Aún lo deseas? –pregunté extrañado- Más que nada en el mundo –dijo ella- mientras nos besábamos con cierta ternura. La claridad, la buena fe y la ilusión aparecieron dentro de mí. Seguíamos abrazados, con nuestros labios rozándose, entonces le dije, ¿Quieres que volvamos a la fiesta? ¿Me disculparé con tu editor? Como tú quieras, no es necesario, pero si lo consideras oportuno…vayamos y demostremos nuestro amor a todo el mundo –dijo Rachel con una alegría desbordante- Cerramos la puerta y salimos con rapidez.</p>
<p>Con la cautela y prudencia del que se sabe culpable, volví a llamar a la puerta del edificio dónde se celebraba la recepción. Una vez dentro, buscamos con la vista al apuesto editor, lo encontramos departiendo con dos señoras algo mayores. Fueron ellas las primeras en advertir nuestra presencia, hicieron un gesto al hombre, este se giró, y cuándo nos vio, caminó directamente hacia nosotros. Antes de que pudiera disculparme él estrechó mi mano y dijo: “No te preocupes por ese incidente…no tiene la menor importancia”; a pesar de eso -dije- quiero que acepte mis más sinceras disculpas. El hombre no dio demasiada importancia a mi solicitud de perdón, cogió a Rachel nuevamente y la llevó al fondo de la habitación, ella se sentó en un confortable sillón y él en uno de sus brazos. La imagen impactó con fuerza en mi interior. Mi cuerpo se contrajo violentamente. Nuevamente solo y en medio de aquélla gente desconocida. Pasados unos minutos se me acercó una mujer de unos 40 años ofreciéndome un vaso de whisky. Lo rechacé de inmediato, a pesar de ello, ella seguía insistiendo. Empezó a hablarme de los maravillosos efectos que el alcohol le proporcionaba, que su vida sería otra si no empezaba el día con una copa en la mano…y charlaba…charlaba…charlaba; hasta que en un momento de su continuada charla me confesó su identidad: “…soy la hermana del editor…es aquél que está sentado en el brazo de aquél sillón…la joven que está sentada se llama Rachel y mi hermano está locamente enamorado de ella…parece ser que Rachel anda con un alcohólico del que solo debe sentir compasión…” Sentí derrumbarse todo mi ser, en aquellos momentos era un hombre poseído por mis peores demonios, la miré con odio, cogí su copa y la bebí de un solo trago. Vamos fuera a emborracharnos –dije con total decisión- Salimos sin que nadie se diera cuenta, al cabo de unos minutos estábamos en uno de los bares frecuentados por aquélla mujer. Tres horas después, el camarero se negaba a servirme más alcohol, le increpé, lo aparté de un empujón y cogí otra botella de whisky. Sobre la mesa había una copa de considerable tamaño y en ella vertí una considerable cantidad de alcohol. Me la volví a beber de un trago. Después otro y otro…</p>
<p>Ya no me sostenía en pie. Daba tumbos de un lado para otro. En esos momentos, con el último resto de whisky en mi enorme copa, apareció por la puerta mi amada Rachel en compañía de su editor enamorado. Ella vino hacia mí y me obligó a soltar la copa que tenía en la mano, se lo impedí, pero no pude evitar caerme al suelo. Cuando me incorporé, mi mano sangraba abundantemente pero aún me aferraba y sostenía en ella los restos cortantes de aquella enorme copa; ella se acercó para ver mi herida….</p>
<p>Sentí la aguja del inyectable penetrar por mi carne sin aplicar el menor cuidado o precaución. Miré a la cara de aquella enfermera de gesto hostil y le dije: ¿En qué hospital estoy señorita? Ella me miró y dijo con voz ronca: “Esto no es ningún hospital señor, está Ud. en la enfermería de la prisión…acusado del asesinato de una mujer” ….un grito espeluznante salió de mi garganta….</p>
<p><img src="http://www.librodearena.com/myfiles/elpesodeloliviano/locura.jpg" width="529" height="534" class="imgizqda" /></p>
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<title>Un largo paseo.</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/23/un-largo-paseo--3</link>
<dc:date>2008-09-23T16:42:21+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>Habían pasado tres meses desde que mi pareja me abandonó. Desde entonces, un habitual paseo vespertino acompañaba mis tardes. Ese día, el paseo se alargó más de lo esperado. Me adentré en aquél inmenso bosque absorto en mis pensamientos cuando la noche me sorprendió. Los sonidos de la noche se hacen mucho más perceptibles y más terriblemente imaginados. El característico resoplar de las lechuzas en los árboles contrastaba con el graznido lúgubre de estas mismas aves en pleno vuelo buscando acomodo en un árbol -estratégicamente situado- para la caza de insectos o de pequeños roedores. Curiosamente, a unos cuantos metros de distancia, y en mi dirección, me pareció divisar una bandada de cuervos reposando en las ramas de un árbol seco. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; nunca me gustaron esos pájaros. Me paré, y di media vuelta. No era miedo lo que sentía en ese momento sino intranquilidad e incertidumbre. Bordeé la zona y seguí mi camino. La oscuridad era cada vez más patente, avivé el paso sin darme cuenta de la presencia de aquella maldita raíz atravesada en mi camino. Caí al suelo con rotundidad y mi cabeza fue a golpearse con una prominente piedra del lugar. Quedé aturdido durante unos minutos, la sangre brotaba por mi frente, saqué un pañuelo del bolsillo y lo apreté con fuerza. Un desvanecimiento se apoderó de mi consciencia…</p>
<p>Cuando desperté, un dolor terrible me acompañaba. Pájaros negros de considerables dimensiones revoloteaban de una parte a otra de mi cuerpo. Sentía el dolor de sus picos gruesos y cónicos escarbando en mi cuerpo. Observé como jirones de carne enrojecida eran engullidos por aquellos seres de aspecto tétrico. Intenté apartarlos con mis manos pero no respondían, miré de reojo hacia ellas, y comprobé como en algunos dedos ya no quedaban restos de piel ni carne. El más grande de ellos se posó en mi frente, vi como me miraba, hasta que una serie de picotazos certeros, hicieron definitivamente las tinieblas. Oscuridad, dolor, impotencia, desesperación, inmovilidad… y mi rendición…</p>
<p>Sentí pasar las horas lentas e insoportables. Llegó un momento en que dejé de padecer por completo. Mi boca recibió algunos cortes en sus labios y comprobé que no me impedían hablar. Me encontraba dominado por la desesperación y me puse a gritar con todas las fuerzas que disponía. La oscuridad de mis ojos no podían percibir en el momento del día en que me encontraba, ignoraba si había amanecido, si aún era de noche o, si por el contrario, aún estábamos en plena madrugada. Intenté acurrucarme entre mi cuerpo con la intención de protegerlo de otro ataque. Estaba esperando que el sonido del despertador saliera   en mi ayuda en cualquier momento, que me liberara de aquel sufrimiento; pero me equivocaba, estaba en un gran error….fueron unos perros los que me despertaron de aquélla incerteza…</p>
<p>De pronto, me encontré sentado en el suelo de aquél árbol mientras la luz se encontraba en su punto crepuscular, cuatro inmensos perros me rodeaban. Al momento, mostraron sus credenciales en forma de mandíbulas poderosas con dientes afilados. Uno de ellos se abalanzó sobre mí y empezó a oler y lamer mis manos. Mientras lo acariciaba, los demás terminaron por confiarse. Me puse a jugar con ellos como si de un niño pequeño se tratara, saltaba, me revolcaba, me lamían…. Sólo yo sabía y era consciente del mal rato que había pasado con aquella angustiosa pesadilla. Me dirigí con los perros hacia mi coche que estaba a pocos metros de allí. Saqué del maletero un recipiente con agua y repartí el bocadillo que aún no me había comido. Después partí dejando atrás cuatro perros sedientos de amo y un ensueño angustioso.</p>
<p>Enfilé un pequeño desfiladero que separaba aquel bosque de las dos montañas. Un ruido en la parte trasera del coche me descubrió que uno de los perros había burlado mi vigilancia y se había instalado en mi vehículo. Fue cuando decidí adoptarlo, me apetecía quedarme con él, a fin de cuentas ¿A quién tengo que dar explicaciones?  ¡Ven!  –le dije a mi nuevo amigo- El animal saltó sobre el asiento del copiloto como si hubiera captado mis pensamientos, se echó sobre sus patas traseras y empezó a mover circensemente las patas delanteras… empecé a sonreír hasta que una de las patas del animal se enredaron entre el volante del vehículo; cuando intenté enderezar la dirección ya era tarde…. El coche circulaba por una de las laderas de aquéllas montañas y se despeñaba por aquél barranco…. el impacto con el suelo estuvo atenuado por la existencia de algunos árboles en su camino, aún así, sentí el crujir de todos mis huesos, y que a la postre, fueron la causa de la inmovilización total de mi cuerpo.</p>
<p>El perro salió por una de las ventanillas del automóvil; cojeaba ostensiblemente…  Se produjo una pequeña deflagración que avanzaba en dirección al depósito de combustible, antes de cerrar definitivamente los ojos, miré al perro que se refugiaba en un lateral del barranco, a su lado, los tres perros restantes, que estaban junto a una bandada de cuervos que descansaban entre las ramas de un árbol seco…</p>
<p><img src="http://www.librodearena.com/myfiles/elpesodeloliviano/Cuervo.jpg" width="643" height="482" class="imgizqda" /></p>
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<title>No temas cariño...espérame.</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/19/no-temas-carino-esperame-</link>
<dc:date>2008-09-19T11:37:15+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Esta es la historia de un muerto, de su gran amor y de su posterior reencarnación. No teman, todo está escrito en sentido figurado consecuencia de una mente extremadamente soñadora. Sin embargo, ¿No creen Uds. que podría ser una historia real? Lo dejo al criterio de su imaginación.</p>
<p>Hace unos días caí enfermo. Lo que empezó siendo un estornudo continuado se convirtió en el cliente perpetuo metido en una cajita de pino. Siempre pensé que una funeraria era un buen negocio, mientras que ellos solamente se dedican a los “honores”, es el cliente el encargado de proporcionarle el muerto. Reconozco que físicamente no sufrí pero emocionalmente lo perdí todo. Desde los tiempos de parvulitos, sabía que aquél iba a ser mi gran amor. Así fue. Hoy, en el día de mi sepultura, he dejado, en el mayor de los desamparos,  a mi amada compañera. Sola, descompuesta, con un muerto y ante una pandilla de amigos impresentables…esto último, dicho con el mayor de los respetos. Mi amor por ella era el recuerdo más sagrado que me llevaba a aquélla incómoda tumba.</p>
<p>El día estaba soleado, un perfecto día para ir de picnic de no ser por la incomodidad de aquél estúpido traje que algún memo, ante la ausencia de familia, decidió ponerme. Noté que el nudo de la corbata me apretaba, los calcetines estaban arrugados y la camisa tenía una mancha de carmín en el cuello; y encima, el muy imbécil me había peinado con la raya en el lado contrario….ahhh, y ni una sola gota de mi mejor Calvin Klein. Estaba muerto, ya lo sé, ¿pero había necesidad de estar encima incómodo?</p>
<p>Allí estaba mi amada, de luto riguroso y con los ojos enrojecidos. Le sentaba el negro de puta madre –pensé- ¡Estaba radiante! Mucho mejor aspecto que el mío, sin duda. También estaba Antonio que aún me debía 600 €, y Pedro, que el muy cabrón estaba abrazando a mi amada. ¡Suéltala imbécil!... ¡Espera al menos que me llegue la tierra al cuello!... También vi al bueno de Luis con su novia… y Paco…y Jorge…y Marisa… todos, estaban todos. Ninguno se perdió el ceremonial, no sé si porque querían cerciorarse que definitivamente me enterraban. Eso es una broma de mal gusto, pero ya se sabe, estoy muerto ¿Qué puedo perder? El responso de difunto corrió a cargo de Pedro, el sobón que seguía abrazado a mi mujer, me entró unas ganas irrefrenables de salir de allí y abofetearlo pero la maldita caja estaba cerrada a cal y canto. Nada más empezar a charlar, y de la manera que miraba a mi amor eterno, supe que aquello era más falso que un billete de 500 € con la esfinge de Bin Laden.  Que si bueno…que si bonito…que si barato… ¡Por qué no te callas! –grité- al más puro y real estilo. Estaba convencido que si hubiera llegado a aquél ataúd por un estado catatónico aquél “monomierda” acabaría por rematarme. No me gustaba lo que estaba viendo, así que decidí salir de entre aquéllas maderas y vengarme. En ese momento, me concentré en mi mujer, en aquélla preciosidad de grandísimo corazón a la que siempre amé con locura y devoción, un amor basado en amarla siempre, incluso, sin entender siempre, sabía que de no estar muerto, moriría igualmente si ella me faltaba. Por encima de todo siempre estaría ella, tenía que recuperarla nuevamente para mí. El cómo dónde y cuándo sería lo de menos.</p>
<p>Años después, con todos los recuerdos borrados de mi mente, me reencarné en el cuerpo de una mujer joven. En las reencarnaciones no se puede elegir. La oficina de “reencarnación” en el cielo parece a la del INEM en la tierra, o coges la que te toque o te pasa el turno. Tengo que reconocer que, siendo en mi vida anterior un hombre, reencarnarme en aquel cuerpo escultural no me produjo ningún trauma. A dos días de convivir dentro de ella reconocí, además de su evidente belleza, una gran inteligencia y sensibilidad. Una tarde, paseando por el parque, me llamó la atención la imagen de una mujer sentada en un banco. Me acerqué a ella y comprobé como intentaba secar sus lágrimas. ¿Te ocurre algo? –pregunté- Ella levantó la vista, y a pesar de tener sus ojos irritados por el llanto, pude comprobar una mirada limpia y pura. Nada –me dijo- gracias por preocuparse, pero se me ha metido una mota de polvo en el ojo. ¿En los dos a la vez? Y ella  comenzó a sonreír. Su sonrisa me desarmó. Desde aquel momento no pude quitar de mi cabeza su recuerdo. Su fragancia llegó a mi olfato, era olor a lo deseado, olor a lo querido, olor a lo ansiado. Aquéllos pensamientos dirigidos hacia una mujer me desarmaron. A pesar de ello, acudo todos los días al mismo parque con la intención de volver a verla. Pero todo esfuerzo ha resultado baldío.</p>
<p>Pasaron tres meses desde aquel primer encuentro. Allí estaba, nuevamente sentada y nuevamente en el mismo banco. Me coloqué a su lado, y con total decisión, tomé sus manos entre las mías. Noté cierto aturdimiento pero ningún rechazo. Ella me miró con una intensidad que me hico estremecer. Pero yo jugaba con ventaja, creía saber sus gustos, sus pasiones y sus ilusiones. De mis labios comenzaron a salir sinceras palabras de amor, un amor que sentía pero que no entendía. Pero me gustaba aquella situación, me atraía, la sentía en lo más profundo de mi corazón. Pasé mis manos entre su pelo y la atraje hacia mí. Un apasionado y correspondido beso se fundieron. Nunca más volví a separarme de aquélla maravillosa mujer.</p>
<p>Una duda me sigue asaltando ¿Por qué me estremezco cada vez que llevamos un ramo de rosas blancas a aquél cementerio? Ella parece saberlo, me mira, se sonríe…y me abraza con ternura…</p>
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<title>Alejarme del tormento</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/18/alejarme-del-tormento-2</link>
<dc:date>2008-09-18T11:36:01+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>Una mañana, al levantarme, me miré al espejo. La imagen que salió reflejada correspondía a la de una mujer con el doble de edad que la mía. Tenía 25 años, y aún tenía señalado en mi rostro los restos de las últimas caricias maritales. En el pómulo, aun hinchado, seguían marcados los nudillos de aquel indeseable. El corte en la comisura de los labios llevaba el sello de su anillo de bodas. Y mis ojos, aquéllos mismos ojos que no querían ver lo que me estaba sucediendo, conservaban el amoratado característico del padecimiento de aquéllos golpes canallas. Me dolía el costado, levanté el camisón y comprobé el origen de aquél dolor. Dos certeras patadas dejaron constancia de aquélla maldita realidad.</p>
<p>Desde los 8 años he estado sola en la vida, el casamiento obligado con aquélla bestia furibunda fue la única salida posible para paliar mi ya desgraciada existencia. Y en el pecado llevo la penitencia. Afortunadamente no he tenido hijos a los que condenar a este infierno. Quedé embarazada a los 18 años. Seis meses después, una desgraciada y certera “caricia” acabó con mi sueño materno. Los médicos nunca corroboraron si eran ciertas las manifestaciones de mi marido alegando una desgraciada caída por las escaleras de casa. Me intervinieron quirúrgicamente y descartaron la posibilidad de una futura descendencia. A partir de ese día, todos los abusos, vejaciones y palizas parecían ser soportadas por otro cuerpo.  Nunca pude hacer frente a la fuerza física de mi marido, pero al menos antes lo intentaba, me defendía, ahora no, ahora lo único que quería y deseaba era que en una de esas brutales palizas, perdiera la consciencia, o mejor aún, la vida.</p>
<p>Ese día, sin saber bien por qué, me encontraba animada y con la mente extraordinariamente despejada. Me vestí -entre sonrisas- con el único y viejo vestido que tenía, cogí los restos de un maquillaje humedecido que aún me quedaban y me lo apliqué en todo mi rostro. Una vez camuflados los efectos de la última batalla, busqué el único lápiz de labios, de un color rojo intenso, y me pinté parsimoniosamente. Aquél día me sentí, por primera vez en la vida, más guapa y maravillosa que nunca. Desde lo más profundo de mi interior únicamente salían pensamientos positivos.  Y puse en marcha mi plan definitivo, el plan que me alejaría del tormento.</p>
<p>Me senté en una silla frente a la puerta. En mis manos tenía un enorme cuchillo de cocina, afilado y perfecto para la ejecución. Sabía de la enfermiza puntualidad de aquél cobarde y justo dos minutos antes de las 8 de tarde realice una llamada telefónica. Efectivamente, eran las 8 en punto y oí el llavín abriéndose paso entre la cerradura. Abrió y cerró en un segundo. Cuando se dio la vuelta y me vio sentada en aquella silla vestida y maquillada para la ocasión me gritó: ¡Puta…que pareces una puta! ¡Levántate si no quieres que te de dos hostias! …él venía hacia mí, entonces me levanté, apoye el mango del cuchillo sobre el suelo con la punta para arriba…..y me dejé caer con fuerza. Mi corazón se dividió en dos. No sentí nada salvo la estupefacción de aquél hijo de puta y unos golpes fuertes en la puerta con una voz que decía: <strong>¡ABRAN…ABRAN…SOMOS LA POLICIA!... </strong>la evidencia y una nota manuscrita, hicieron el resto…</p>
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http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/18/alejarme-del-tormento-2#comentarios
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<title>Pido perdón....</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/16/pido-perdon-</link>
<dc:date>2008-09-16T17:21:47+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Paseaba sin rumbo fijo. En mi cabeza se iban arremolinando una fantasía tras otra. Y todas me interesaban, todas me parecían perfectamente vivibles dentro de mi cabeza. Casi sin darme cuenta, llevaba ya dos horas de paseo continuo y que me trasladaron a un lugar muy poco conocido. Ya no había personas a mí alrededor, ni comercios, ni vehículos…</p>
<p>Me senté sobre una piedra de aquél paraje casi desconocido, cogí el paquete de tabaco, encendí un cigarro y me puse a reflexionar. Había encontrado en Libro de Arena el condimento ideal para liberar mi voz encarcelada. Desconocía en mí esa nueva faceta. Desconocía mi capacidad de trasmitir mis propias emociones  o  de trasladar mis más oscuros pensamientos. En realidad, solo hice que destensar un poco ese nudo virtual que suele aprisionar nuestras propias contradicciones. Dicho así de solemne, hasta yo mismo me asusto un poco.</p>
<p>Sin lugar a dudas, los que escribimos no seríamos nada sin esas personas “invisibles” que nos leen y nos premian con sus comentarios. Un buen día, me puse delante del ordenador, se me ocurrió un relato de lo más inverosímil y no dudé un momento en publicarlo. Ni al día siguiente…ni al otro…ni al otro…ni al otro…  encontré publicado comentario alguno. Volví a releer ese escrito y me volvió a parecer interesante. No obstante, mi pensamiento iba dirigido a ese montón de buenos escritores que existen en LDA y que no obtienen tan preciada recompensa.</p>
<p>Estaba terminando mi cigarro, cogí mi cenicero portátil y lo apagué. Encendí otro, porque necesitaba terminar mis argumentaciones. Aspiré intensamente el humo de la primera calada y volví sobre el tema. Decía, resumiendo, que los comentarios que recibimos a nuestros escritos son el engranaje perfecto para que nuestra maquinaria interior posibilite nuestro siguiente escrito. Nos da vida y fuerza y hace que “nuestro peso sea mucho más liviano”.</p>
<p>Es posible que mi blog no sea todo lo popular que a mí me gustaría. Pero no me quejo de eso, entre otras cosas, porque tengo los mejores comentaristas que ningún bloguero pudiera soñar con tener nunca. Justamente haciendo esa reflexión, me di cuenta que me estaba convirtiendo en la diana perfecta para que una buena partida de dardos bien afilados impactara sobre mí. ¿Me quejo de querer tener más comentarios a mis escritos cuando yo soy el primero que no cuido a los que a mí me los hacen? Dime Manuel –me pregunto- ¿Cuándo fue la última vez que fuiste de visita a un blog amigo para dejarle un comentario? ….y sonrojé de vergüenza.</p>
<p>Noté que el cigarro empezaba a quemarme entre mis dedos. Volví a coger mi cenicero portátil y lo apagué. Cogí el paquete de tabaco con la intención de fumarme otro cigarrillo mientras me excusaba con todos aquéllos a los que, de alguna u otra manera, había fallado. Pero me había fumado el último, así que me levanté, cogí algunos pensamientos que andaban esparcidos y decidí que en lugar de pedir perdón uno por uno.. ¿No sería mejor rectificar….¿No dicen que es de sabios?...</p>
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http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/16/pido-perdon-#comentarios
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<title>La niña de los pasteles y el Titanic....</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/16/la-nina-los-pasteles-y-titanic-</link>
<dc:date>2008-09-16T14:31:30+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Íbamos de pueblo en pueblo… de ciudad en ciudad… de miseria en miseria…</p>
<p>Aquélla noche, me estaban contado que nací en una fría noche de  invierno. En aquél cobertizo, improvisado sobre un enorme descampado, hacía mucho frío. La tenue luz de un par de velas gastadas nos iluminaba y un pequeño hornillo de carbón nos calentaba. Algunas de ellas dudan si nací el mismo día de Navidad pero todas están seguras del año; el de la celebración del mundial de fútbol en España. Por lo tanto, estoy a dos días de mis 15 cumpleaños. Ellas tres son mi  única familia y las quiero. Mi madre murió al día siguiente de mi nacimiento. Mi padre, dicen algunas de ellas, fue un pobre vagabundo que llevaba mucho tiempo rondándola. Era muy joven, no debía tener más de 18 o 20 años. Tampoco fue un hombre malo hasta que al enterarse de la muerte de tu madre se negó a asumirlo y desapareció. El muy “hijoputa” nos dejó solas, sin nuestra mejor amiga y con su hija recién nacida. Alguien nos contó, bastante tiempo después, que había contraído una enfermedad infecciosa, el tifus o algo parecido y que no sabía ciertamente si había muerto o aún estaba vivo. Hubo un momento en que pensamos dejarte en la inclusa pero nos distes mucha pena y decidimos criarte entre todas. Contarme algo de mi madre –dije en voz baja- ¡Tu madre! Era una preciosidad, una morena andaluza de ojos negros. La llamábamos “la sevillana” aunque ella nunca nos dijo dónde nació. Tenía clase. Cuando pedíamos limosna por las calles ella bajaba la vista al suelo, se avergonzaba de su destino y de la vida que estaba viviendo. Pero siempre fue muy noble. Todo lo compartíamos. Un día, malviviendo en una cochambrosa chabola, entró un hombre empuñando una enorme navaja. Olía a sudor, a suciedad y a vino barato. Se abalanzó sobre mí con la intención de violarme. No lo hizo porque tu madre se lo impidió pegándole un fuerte golpe con una sartén. A pesar de eso, el cabrón me dejó este recuerdo –dijo- señalándose una larga cicatriz en el muslo. Tuvimos que huir de allí. ¿A quién me parezco? –pregunté intrigada- ¡A tu madre! ¡Tienes la misma cara y el mismo cuerpo de tu madre! contestaron las tres sin la menor discrepancia. Momentos después, todas abrazadas, caímos en un profundo sueño.</p>
<p>Al levantarme sentí el frío encajado en mi cuerpo. Tomamos un café de puchero al que solo pudimos añadirle las pocas gotas de leche que quedaban. Y emprendimos el camino hacia la ciudad. Después de algo más de una hora de un andar incesante, llegamos a la zona habitual. Hicimos lo de todos los días, nos separamos y quedamos en vernos a la misma hora y en el mismo sitio. ¡Suerte! –les dije- y empecé a caminar.</p>
<p>Eran las seis de la tarde y la noche caía con rapidez. Salvo el café de la mañana, no había comido nada en todo el día. Había reunido unas cuantas monedas y decidí gastar alguna de ellas en algo de alimento. Pasé por una enorme confitería y me quedé mirando su cristalera. La boca se me hacía agua, no sabía cuál de ellos comprarme. Una vez decidida me dispuse a entrar. Un hombre inmenso me cerró el paso. ¡Déjeme pasar, por favor! –dije con tono agradable- ¡Fuera de aquí! ¡No queremos mendigos en esta tienda! Pero señor… si solamente quiero comprar un pastel –dije avergonzada- ¡FUERA! ¡BASURA! ¡ESCORIA! ….y me alejé llorando…</p>
<p>Las luces de neón y las navideñas iluminaban las calles de la ciudad. La gente, bulliciosa, entraban y salían de los distintos establecimientos. Me senté en un banco frente a la confitería. Un hombre de aspecto elegante se acercó, se sentó junto a mí y me preguntó ¿Qué ha ocurrido pequeña? ¿No te han dejado comprar un pastel? Las lágrimas volvieron a mis ojos. El me abrazó con ternura. De pronto, se levantó y me dijo: ¡Acompáñame! El hombre trasmitía seguridad y confianza y decidí fiarme de él. Entré a la confitería con él y cogidos de la mano. El hombre inmenso nos miró pero no se atrevió a impedirme el paso. ¡Señorita! Ponga a la chica todos los pasteles que ella le pida. Lo miré y pregunté ¿De verdad puedo señor? Todos los que quieras y para todos los que quieras.</p>
<p>Abandonamos el local con un enorme paquete de pasteles. Le dije: “Muchas gracias señor…no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mi” El me miró y sonrió. Es muy tarde –dije- mis madres estarán impacientes y preocupadas por mí. ¿Tus madres? ¿Cómo es eso? Le conté –dentro de lo poco que aún sabía- un pequeño resumen de mi historia. Noté su cara de sorpresa y estupefacción mientras le contaba mi vida, entonces, interrumpiéndome dijo: “Te acompañaré, no quiero que vayas sola”. Estaba indicándole el lugar de encuentro cuando él ya estaba parando a un taxi. Nos sentamos juntos en la parte de atrás, y, a través de un lateral del paquete, saqué un enorme pastel. Me lo comí con gran deleite.</p>
<p>El taxi llegó al sitio solicitado. El hombre elegante me miró, sacó un pañuelo de su bolsillo y me limpió los restos de pastel que aún quedaban en mi boca. ¡No están! ¿Qué hora es señor? Las ocho y media. ¡Se habrán marchado a casa! Me tengo que ir, estarán preocupadas. ¿Dónde vives pequeña? Bueno…señor…en las afueras de la ciudad…en un cobertizo… -balbuceaba cuando volvió a interrumpirme- Dime la dirección exacta, el taxi nos acercará lo máximo posible.</p>
<p>El coche circulaba en pleno centro de una ciudad engalanada para recibir la Navidad. Al pasar por una de las calles vi un enorme cartel iluminado anunciando una película de estreno “Titanic”. Quedé fascinada por la cara de aquel actor. El coche se alejaba y yo giraba la cabeza hasta que llegó un momento en que desapareció de mi vista. Al hombre elegante no le pasó desapercibido mi fascinación por lo que había visto. Leonardo DiCaprio, -dijo- así se llama ese joven y guapo actor. Bajé la vista hacia el suelo, busqué nuevamente el lateral de aquel paquete, y cogí otro pastel. Seguía teniendo hambre.</p>
<p>Eran cerca de las 9 de la noche cuando el taxista paró el coche, volvió la cabeza y dijo: “Hasta aquí puedo llegar, creo que es el punto más cercano del sitio que me han indicado” Muy bien, dijo el hombre elegante….y tendiéndole un billete de 5000 pesetas dijo: espéreme, ya mismo vuelvo. El taxista asintió y le ofreció una poderosa linterna para iluminar el camino.</p>
<p>Me sentía segura caminando con él de la mano. Pensé que el mejor regalo de cumpleaños lo estaba recibiendo un día antes de su celebración. Al poco tiempo llegamos frente al cochambroso cobertizo que hacía las veces de vivienda improvisada para cuatro mujeres. Abrí la puerta y todas nos abrazamos. ¡Mirar lo que traigo! –dije- señalando el paquete de pasteles. Ellas me apartaron y se dirigieron hacia la puerta. El hombre elegante aún se encontraba en el umbral, dirigió la luz de la linterna a los rostros de aquéllas mujeres… y sus sospechas se convirtieron en realidad. ¡SOFÍA! ¡CARMEN! ¡MERCEDES! ¿Sabéis quién soy? Por supuesto… el “hijoputa” que nos dejó solas, sin nuestra mejor amiga y con su hija recién nacida…</p>
<p>Al día siguiente, acudimos -todos juntos- al estreno de la película “Titanic”. Mis manos apretaban con fuerza las manos de mi reencontrado padre, lo miré y le ofrecí mi primer beso… tenía que recuperar el tiempo perdido….</p>
<p><strong>EPÍLOGO:</strong></p>
<p>… aquel hombre llevaba ingresado 18 meses en un sanatorio para infecciosos aquejado de una serie concatenadas de enfermedades. Los médicos no comprendían el por qué de aquella fortaleza física. Aquel hombre debía medir 1’80 y apenas pesaba 50 kilos. Estaba atiborrado de antibióticos y antipiréticos y jamás bajaba su temperatura corporal de 38º/39º. Era un milagro de la naturaleza mantenerse con vida. Todos los días, sin excepción, y entre delirios, nos contaba la misma historia… la historia de la niña de los pasteles y el Titanic….</p>
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<title>Muertes paralelas.</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/15/muertes-paralelas-</link>
<dc:date>2008-09-15T16:51:07+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Once de la mañana. Las campanas de la única iglesia de aquél pequeño pueblo situado en plena sierra onubense, “tocaban a muerto”. Los escasos habitantes, vestidos para la ocasión,  se arremolinaban en los alrededores de la plaza. El coche fúnebre se acercaba con lentitud. Detrás, con gesto afligido, una mujer enjuta y de negro riguroso, encabezaba el cortejo fúnebre. Lágrimas y llanto por doquier.</p>
<p>A 800 kilómetros de distancia, en plena costa pontevedresa, el mismo día y a la misma hora, y también en la única iglesia del pueblo, se repetía igual acontecimiento fúnebre. Un hombre caminaba cabizbajo, su sombrero negro ocultaba unos ojos irritados por el llanto. El viejo cura, con las manos entrelazadas, y monaguillos a ambos lados esperaban en la entrada de la antigua iglesia.</p>
<p>La mujer se sentó en el primer banco de la iglesia. El olor a vela quemada y a incienso la estaba mareando. Miró el ataúd, cerró los ojos y su mente se trasladó de lugar. Un día, después de volver de un paseo por el campo con su marido, este dijo encontrarse mal. Se acostó y nunca más volvió a levantarse. Hacía apenas un mes de su matrimonio, ambos tenían 28 años de edad, de los cuales, más de 12 años fueron de noviazgo, un noviazgo tortuoso por los impedimentos de nuestras respectivas familias. Las diferencias no eran económicas sino por la heredad de unas malditas lindes. A pesar de eso, es justo reconocerlo, las posibilidades para relacionarse en un pueblo tan pequeño se antojaban muy difíciles. En ocasiones, la conveniencia por formar una familia más que el amor, era el factor decisivo para que unos y otros contrajeran matrimonio. En palabras de nuestros mayores, después llegarían los hijos y todo se solucionaría; desgraciadamente para mi, ni siquiera ese fue mi caso. Abrí los ojos, volví a mirar el ataúd y me propuse salir de aquél pueblo en la primera ocasión que se presentara.</p>
<p>El hombre, vestido con traje oscuro, se descubrió y colocó el sombrero entre sus manos. Su juventud era evidente. Se sentó y empezó a oír, en la lejanía, la voz ronca y grave del cura. Por su mente aparecieron las imágenes del grave accidente sufrido y que llevó a su esposa a tres dolorosos años de agonía en un hospital de la capital. Un brazo partido y un largo y profundo corte en la barbilla fue su único recuerdo de aquel maldito día. Al regreso de nuestro viaje de novios su padre nos obsequió con un flamante deportivo. Un fin de semana decidimos hacer una ruta por la costa gallega. Ella conducía aquél día. El maldito azar, junto a una calzada resbaladiza y una velocidad algo excesiva, hizo el resto. Una piedra de punta afilada se cruzó en nuestro camino,  reventó un neumático del deportivo y ella no pudo hacer nada más. Caímos por una pendiente y el coche terminó estrellándose contra un enorme árbol. La oscuridad se hizo en nuestros ojos, en los míos, de forma momentánea, en los de ella, definitivamente. El coma profundo se alargó durante 35 meses, 3 semanas y cuatro días. Con ella murieron todas mis ilusiones. Estaba embarazada de 3 meses.</p>
<p>Hacían cinco meses ya del entierro de su marido. Sus suegros, a sabiendas de que en la salud de su hijo nunca predominó la fortaleza, parecían culparla a ella de su desgraciada muerte. Tampoco recibía el amparo y consuelo necesario de mi propia familia. Me encontraba y me sentía sola y sin vida. Aquella tarde, paseando su soledad por aquel campo lleno de encinas y robles, tomó la decisión más importante de toda su vida; vendería su casa, sus tierras, cogería todas sus posesiones y escaparía de aquel lugar tan inhóspito para ella.</p>
<p>Como cada día, acudí a mi solitaria cita con el mar. En la última reunión del Consejo de Administración habían propuesto mi nombre para dirigir los negocios de la familia en Madrid. Necesitaba pensar y meditar mi decisión y para ello elegí el sitio adecuado. Después de más de dos horas sentado entre aquéllas piedras, creí haber tomado la decisión correcta. A la semana siguiente me instalaría en la capital y probaría si la terapia del cambio de aires aliviaba mi pésimo estado anímico. A fin de cuentas, salvo en el viaje de novios, nunca había salido de Galicia.</p>
<p>Malvendí la casa y las tierras porque tenía prisa por desaparecer de aquel pueblo que me estaba asfixiando. Liquidé todas mis deudas, incluso las conyugales a mis suegros que ni siquiera perdonaron la parte de su hijo fallecido, con lo poco que me quedó, partí a tierras desconocidas pero lo suficientemente alejadas de aquel calvario. Me instalé en un apartamento pequeño pero bien comunicado con el centro de la ciudad. Era consciente que ese gasto no lo podía mantener por mucho tiempo, debía encontrar trabajo con la mayor urgencia. No tenía cualificación profesional alguna, por lo tanto, mi destino laboral estaba muy claro. Después de veinte intentos frustrados, con los pies y la ilusión destrozados, pasé por un kiosco de prensa y leí como solicitaban personal para el servicio de limpieza de un restaurant. Mi cara, después de mucho tiempo, se iluminó por primera vez. Ya era tarde, anoté la dirección y el número de teléfono y marché a casa con una sonrisa dibujada en mi rostro.</p>
<p>Los negocios en Madrid me ocupaban la mayor parte de mi tiempo. Por otro lado, tampoco me apetecía disfrutar de ningún tiempo libre, entre otras cosas, porque siempre me llevaban a pensar en aquél fatídico accidente. Mis padres anunciaron su visita para ese fin de semana y la verdad, no me apetecía ver a nadie que me recordara mi reciente y triste pasado, al menos, no de momento.</p>
<p>Acudí al sitio indicado y mi cuerpo se sobresaltó al ver la presencia masiva de infinidad de personas. Me acerqué a la única mesa visible, en ella se encontraba sentada una preciosa y exuberante rubia de ojos azules, a ella me dirigí y le dije: “señorita, vengo por lo del anuncio para limpiadora” Rellene esta ficha y siéntese –contestó con un desinterés evidente- Así lo hice. Una vez sentada empecé a desesperarme a cada minuto que pasaba. De pronto, cuando no había pasado más de una hora, escuché como mi nombre se oía a través de unos altavoces. ¡Yo! –dije emitiendo un grito- La rubia exuberante me miró y se rió –curiosamente, ahora ya no me parecía tan desagradable- Pase Ud. por aquélla puerta –me dijo con cordialidad y con una leve sonrisa aún en sus labios- Entré temerosa y salí contratada. Al día siguiente empezaba, por vez primera en mi vida, mi primera jornada de trabajo oficial.</p>
<p>El fin de semana, con mis padres en casa, fue, además de un verdadero fiasco, una auténtica tortura. Se trajeron a una antigua conocida de Pontevedra para que alegrara, no sé si mi vida o para que calentara mi cama. No podía ser descortés con ella, la llevé a cenar, al teatro, a tomar una copa, por último, cuando ella se abalanzó sobre mí, yo la paré argumentando e inventando que necesitaba tiempo para reconducir mi vida sentimental. A mis padres les dije lo que pensaba de ellos después de su atrevimiento al traer a una joven sin mi consentimiento, después de eso, no creo que les hayan quedado ganas de volver. Lo siento por ellos, pero ojalá que no vuelvan trayendo un regalo tan envenenado.</p>
<p>El trabajo de limpiadora era agotador. Por motivos que desconozco no dormía bien. Un día, con cansancio acumulado por la falta de sueño, estaba limpiando la primera planta del restaurant cuando tropecé, con tan mala suerte, que caí sobre un gran cubo de agua, este se deslizó por el suelo para terminar de caer en la planta baja del local. El espectáculo era dantesco, cortinas empapadas en agua sucia, lámparas mojadas, mesas y sillas tapizadas de terciopelo y manteles bordados totalmente deteriorados….creí morirme. Tras de mí, una voz enérgica me conminaba a que abandonara el trabajo rápidamente. Entre sollozos recogí los útiles de limpieza y me dispuse a retirarme del lugar definitivamente. De pronto, de uno de los despachos interiores del restaurant, salió un apuesto joven, bien vestido y agradablemente perfumado ¿Qué ha pasado aquí? –preguntó- La señora de voz enérgica me señaló como la auténtica culpable de aquel desgraciado accidente. Con mis ojos empapados en lágrimas de vergüenza me dirigía abatida hacia la salida. ¡Espere un momento, por favor! –escuché con tono enérgico pero agradable- Me paré en el acto, me volví y los ojos de aquel joven se clavaron en los míos. Algo se conmovió dentro de mí, tenía una mirada limpia y tierna que me trasmitieron serenidad y frescura. Desde ese momento supe que aquel era el único hombre del que aún me podía enamorar.</p>
<p>Ha pasado un largo tiempo desde entonces. Ya no siento la angustia que me producía el paso de las hojas del almanaque. Mi vida ha cambiado junto a aquél apuesto joven, bien vestido y agradablemente perfumado. Vivimos juntos en un amplio y precioso ático en pleno centro de la ciudad. De noche, a través del lucernario, contamos juntos nuestras estrellas, nunca hemos querido hablar de nuestro pasado, no lo necesitamos para amarnos y querernos. Una mañana, al despertarnos, abrazados, el me rodeó fuertemente entre sus brazos, me besó, y me dijo que era la mujer más maravillosa del mundo…. lo quiero como nunca jamás pensé amar a nadie. A veces, cuando duerme, contemplo su belleza, lo acaricio con ternura, lo beso continuadamente, hasta que llego a su barbilla, entonces me pregunto ¿Cómo se haría ese corte tan largo y profundo?....</p>
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<title>Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. ¿Parte final?</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/08/las-vacaciones-psicofarmacos-y-sexo-parte-final</link>
<dc:date>2008-09-08T10:49:05+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Cuento</category>
<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>… la argumentación de la madre me dejó sin palabras. Ella saltó de la cama, se enfundó su albornoz y se dirigió a la puerta.</p>
<p>Antes de abrir la puerta miró por la mirilla –recordó que el portero automático no sonó sino que llamaron directamente en su piso- No vio nada. Y se inquietó. ¿Quién es? –pregunté desde el dormitorio- No hay nadie…¿no es extraño? Me levanté, enrollé una toalla a mi cintura y acudí a su encuentro.</p>
<p>Momentos después estábamos en la cocina preparando la cena. Un ruido leve –casi imperceptible- provenía de la puerta, como si estuvieran hurgando en ella. Fui hacia ella, la abrí con fuerza y rapidez; ante mis ojos apareció un gatito que arañaba la puerta con sus uñas. Me agaché, lo cogí, cerré la puerta y me fui hacia la cocina. Pusimos un poco de leche en un cuenco y el gatito empezó a lamer con avidez.</p>
<p>Cenamos tranquilamente sin mencionar nuestro frustrado intento de sexo apasionado. Justo cuando estábamos tomando el café caímos en la cuenta del gatito ¿Dónde está? ¿Lo has visto? –pregunté interesado- Miramos por todo el piso, por todas sus habitaciones y el gatito no daba señales de vida. Empezamos a ponernos nerviosos por la incomprensión de lo que estaba sucediendo.</p>
<p>Apurábamos –con perplejidad por lo sucedido- el último cigarrillo antes de irnos a la cama. De pronto, el sonido de una puerta cerrada violentamente… y otra… y otra…  y otra… Nos levantamos emitiendo un grito escalofriante que salió de nuestras gargantas al unísono….</p>
<p>…en ese momento me desperté, vi el cuerpo estupendamente desnudo de mi amada junto al mío, me volví hacia ella y dejé un cariñoso beso en sus labios. Ella abrió sus ojos, me abrazó y me dijo “lo de ayer fue algo maravilloso…¿en qué pensabas? ¿no sería otra vez en el hombre del tiempo?” No vida mía, pensé que soñaba….</p>
<p>En la ducha, entre un agua tonificadora, culminamos, sin prolegómenos, una penetración tan  excitante como satisfactoria. Desayunamos juntos entre besos y arrumacos, nos dirigimos a la puerta para salir y acudir a nuestros respectivos trabajos, al abrir, un grito ensordecedor volvió a salir de mi garganta…¿Por qué te asustas cariño? –dijo ella riéndose- ¡Si no es nada más que un gatito pequeño…..!</p>
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<title>Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte II</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/05/las-vacaciones-psicofarmacos-y-sexo-parte-ii</link>
<dc:date>2008-09-05T17:18:09+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>…lo del hombre del tiempo no le hizo mucha gracia. Me dirigí hacia ella, rodee mis manos sobre su desnuda cintura y apreté su cuerpo junto a mí. Cogí sus labios entre los míos, noté como su tensión se relajaba y con un gesto habilidoso introduje mi lengua en su boca…noté el sabor de la pasión en su saliva…noté la excitación de sus pezones sobre mi pecho… mis manos jugueteaban con la única prenda que le quedaba. Con la ayuda de mis dedos índice deslicé sus braguitas hasta el suelo. La cogí entre mis brazos y me dirigí hacia la cama. En el camino ella acariciaba mi pene erguido, jugaba con él maliciosamente…me estaba poniendo cardiaco. Cálmate –le dije susurrando- ahora déjame hacer a mí. Tendida sobre el lecho pude ver la perfección de sus curvas, unas caderas redondas y sensuales, unos glúteos que invitaban al goce del placer. Recorrí todo su cuerpo con mi boca, besaba su cara, acariciaba sus hombros, cerré mi boca sobre su pecho, lamía su ombligo, besaba sus ingles…en aquel momento, el dulce olor de su sexo llegó hasta mi olfato. Subí sus piernas sobre mis hombros y bajé mi cabeza hasta lo más profundo de su ser. Mi lengua escarbaba sobre su abundante espesura hasta que encontró su recompensa; un clítoris rígido y sonrojado esperaba una caricia con impaciencia. No perdí un solo instante, mis labios se apropiaron de él con delicadeza y suavidad mientras mi lengua lo rodeaba con ritmo acompasado… mis manos no dejaban de acariciar sus pechos y pezones… un gemido brutal comenzó a salir de su garganta. Se levantó con rapidez y dirigió su boca hacia mi pene bestialmente erecto, atrás quedaban desgraciadas experiencias. Noté el aliento de su boca en mi glande humedecido por la excitación, justo en el momento de introducírselo, el sonido insistente del timbre de la puerta acabó con nuestro éxtasis… ¡Me cago en la puta de oros! ¡No abras, deja que llamen! No puedo –dijo ella con voz suave- sabes que mi madre está enferma….</p>
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<title>Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte I</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/05/las-vacaciones-psicofarmacos-y-sexo-</link>
<dc:date>2008-09-05T12:43:00+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>A la vuelta de vacaciones todo es distinto. Las obligaciones laborales se te hacen de una pesadez insoportable. El primer día de curro estás desubicado, bueno, el primero, el segundo y así hasta la segunda o tercera semana que ya empiezas a darte cuenta que lo de Onasiss, sin reloj y en chancletas, solo fue un simple espejismo...un calentón pasajero. Entre medias, ¡Cómo no! una insufrible y recurrente depresión sale en tu ayuda para terminar de aliviarte tu pesada carga. ¡Cojones con el curro y la depresión! ¡Van a acabar con mi vida!</p>
<p>Estadísticamente, los psicofármacos –dicen- doblan las ventas al final del periodo estival. Y no me extraña aunque afortunadamente no es mi caso. Yo me lo monto a mi manera, hago acopio de los psicotrópicos durante todo el año para consumirlo, a palas, en esas semanas en las que no aguanto ni que me miren. Coma lo que coma y beba lo que beba todo lleva una generosa ración de esas pastillitas milagrosas. Pero después llegan los efectos secundarios que afectan directamente a tu sexualidad. Yo pregunto ¿Por qué cojones esas maravillosas pastillas provocan que no empalmes ni a la de tres? Me lo tomo con tranquilidad, eso sí, acabo con la paciencia de la parienta. Me dice: ¡Coño Manuel… que has visto toda la filmografía de Nacho Vidal y esto sigue pareciendo un frijol encogido¡ La miro con cara destemplada… después miro aquello y sí…. si eso  no es un frijol se le parece bastante. Perdona cariño, a ver si mañana se soluciona.</p>
<p>Pasaron los días y la cosa marchaba relativamente bien. Ya no vomitaba cuando veía mi mesa abarrotada de papeles ni se me escapaba un pedete cuando el jefe dejaba caer que habría que hacer algunas horitas extras para ponernos al día. Me marché a casa dispuesto a tener una tarde-noche-madrugada  de sexo continuo y continuado. Mi mujer me esperaba con  desesperación. ¡Ya estoy aquí cariño! Un beso, un apretón, una caricia….. ¡Ya! ¿Ya? Preguntó ella. Cariño lo siento –dije yo- esto ha salido disparado como una bala… Ella me mira con ojos de desconsuelo y dice: Pues a ver si tienes más puntería porque ni siquiera me ha rozado el proyectil.</p>
<p>Os aseguro que me repuse de aquel gatillazo a la inversa. Nunca fui precoz en ninguno de los sentidos. Una hora después, restablecida la normalidad y la vergüenza, llevé a mi mujer al cuarto, la desvestí con suavidad y ternura, se quedó en ropa interior… ¡Menudo cuerpo! Proseguí….excitado pero paciente…cuando sonó el último clic del sujetador, ella se lo dejó caer y al dejar a mi vista aquél monumento a los senos…¡Ya! ¡Otra vez ya! …¿Ya…otra vez? Pero hombre –me dice- ….piensa en el hombre del tiempo.... calla, calla, -la interrumpí- que en ese era en el que estaba pensando….</p>
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<title>Historias de la puta guerra...</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/04/historias-la-puta-guerra--2</link>
<dc:date>2008-09-04T10:50:17+00:00</dc:date>
<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">el peso de lo liviano</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Al Sr. Garzón.</p>
<p>¿Son 70 años suficientes para cerrar las heridas causadas por una guerra? ¿Se puede atribuir alguna persona la capacidad de poder cerrar una herida que no es suya? ¿Para quién están cerradas las heridas?</p>
<p>Tenemos necesidad de recuperar la memoria histórica, la verdadera memoria histórica, sin que sea, una vez más, manipulada por espurios intereses políticos y sin que eso signifique, como algunos políticos actuales creen y temen, ajustar cuentas con nadie. Las cicatrices que producen las heridas mal curadas no se reparan con el más miserable de los silencios. Fueron muchas las barbaridades cometidas y de múltiples maneras, en forma de asesinato, encarcelamiento, tortura, vejación, inanición, exilio, represión y sometimiento desde el inicio de la contienda fratricida, es decir, desde julio de 1936 hasta la terminación del régimen dictatorial impuesto por el general Franco en noviembre de 1975. Recordemos, que meses antes de la muerte del dictador, en el mes de septiembre de 1975, morían fusilados en Burgos, Cerdanyola y Madrid las últimas cinco víctimas de la dictadura.</p>
<p>Conozco a personas de mi pueblo que sufrieron pérdidas irreparables, unos de parte de los nacionales, otros de parte de los republicanos pero la mayoría, la inmensa mayoría ni de unos ni de otros. Cayeron en una contienda que nunca debió existir y que nunca se debió permitir. Tampoco podemos consentir que haya familias que llevan buscando, desde unas pocas décadas después, los restos de sus familiares, rastreando de pueblo en pueblo, necesitamos que de una vez por todas el Estado colabore en su identificación, la fecha de su muerte, como se produjo y la ubicación del cadáver; en ningún caso estamos pidiendo la identidad y castigo de sus asesinos; eso de nada serviría.</p>
<p>El cambio de sistema político existente en tiempos de la República hacia la dictadura militar supuso, además de muchas muertes (¿casi un millón?) cambiar la libertad de la que disponía y gozaba el individuo dentro de la sociedad por el miedo, la incertidumbre y la esclavitud de pensamiento más terrible. Es una realidad de fácil constatación el identificar a los agresores y a los agredidos, lo mismo que resulta fácil intuir que los republicanos también se defendieron. El movimiento nacional usurpó, mediante el alzamiento y rebelión de belicosos y beligerantes militares salva-patrias, el gobierno democrático del pueblo por medio del uso indiscriminado de las armas y la muerte –también indiscriminada- de sus gentes. Crearon muerte, miseria, desesperación y hambre por todos y cada uno de los sitios por dónde pasaban.</p>
<p>Internacionalmente el conflicto bélico en España fue considerado como el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial sirviendo como confrontación entre las distintas ideologías existentes en el momento; fascismo, democracias de tradición liberal y movimientos revolucionarios. Tras la dimisión voluntaria del General Primo de Rivera en pleno reinado de Alfonso XIII, la II República, presidida inicialmente por Niceto Alcalá-Zamora, natural de Priego de Córdoba, se alzó con el poder el 14 de abril de 1931 de forma absolutamente democrática a través de las urnas.</p>
<p>Recojo reconocimientos internacionales: “La Constitución de la Segunda República supuso un avance notable en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos por el ordenamiento jurídico español y en la organización democrática del Estado: dedicó casi un tercio de su articulado a recoger y proteger los derechos y libertades individuales y sociales, amplió el derecho de sufragio activo y pasivo a los ciudadanos de ambos sexos mayores de 23 años y residenció el poder de hacer las leyes en el mismo pueblo, que lo ejercía a través de un órgano unicameral que recibió la denominación de Cortes o Congreso de los Diputados y, sobre todo, estableció que el Jefe del Estado sería en adelante elegido por un colegio compuesto por Diputados y compromisarios, los que a su vez eran nombrados en elecciones generales”.</p>
<p>Esto (que tanto molestaban a los insurrectos y sanguinarios) era parte de lo que teníamos en aquélla época; y nos fue sustraído, sañosamente, por un grupo de militares ávidos de sangre y venganza para formar lo que ellos llamaban la salvación de España; la creación y posterior control de un estado totalitario. Sus manos, aún hoy en día, continúan manchadas de sangre, en algunos casos, de sangre de su sangre pero sobretodo de la sangre de inocentes; todo ello con la complacencia, permisividad y connivencia de una iglesia católica que ni era iglesia ni mucho menos era católica. La guerra fue larga, cruenta, provocada y premeditada, donde perdieron la vida y la dignidad numerosísimas familias españolas. El último reducto de resistencia lo ofreció Madrid hasta su caída el 28 de Marzo de 1939, cuatro días después, el general Franco declaró oficialmente el fin de la guerra. La España Republicana sucumbió, sus representantes y defensores, masacrados, aniquilados, ejecutados, expoliados, desaparecidos o exiliados.</p>
<p>No todos los combatientes en el fratricidio español fueron iguales, mantener la tesis que los dos bandos hicieron lo mismo no sería ni justo ni cierto, no podemos dar legitimidad a los golpistas y legitimarlos ante aquéllos que solamente defendieron su vida y a la República como gobierno democrático establecido y legítimamente autorizado. En todos los conflictos armados se cometen acciones indignas o reprobables y contrarias al Derecho Internacional Humanitario y España no iba a ser una excepción. La insurrección y rebelión militar en España se inició el 17 de Julio de 1936 en el protectorado de Marruecos, una de las primeras víctimas de los nacionales fue el general Manuel Romerales, persona de confianza de Manuel Azaña y enviado por éste a Marruecos para vigilar cualquier movimiento involucionista; fue detenido en Melilla, poco después juzgado por Consejo de Guerra y posteriormente fusilado.</p>
<p>Este tipo de acciones marcó la estrategia futura; en palabras del general Queipo de Llano, extractando algunas de sus famosas arengas radiofónicas pronunciadas en julio de 1936: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, podéis ir preparando sepulturas¡ Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad” … “¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré” … “Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser un hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”.</p>
<p>Bastante explícito, contundente y canalla. Fue Sevilla el feudo particular de Queipo de Llano. Ciudad donde aún ostenta este general las distinciones de Hijo Adoptivo de Sevilla y la Medalla de la Ciudad. También donde se enriqueció con los inmensos beneficios del cultivo del arroz en la marisma del Guadalquivir, aprobó torturar y “pasar por las armas” a sindicalistas, comunistas y ciudadanos fieles a la República. Especialmente dura fue la represión en barrios como Triana, La Macarena, San Julián y El Pumarejo. Los camiones para el transporte de los muertos al cementerio llegaron a conocerse como “camiones de la carne”, según explica el historiador Antony Beevor.</p>
<p>Se iniciaron los desgraciados “paseos” llenando de cadáveres las cunetas, las tapias de los cementerios, los pozos, los centros urbanos y su extrarradio, los descampados… obligando a la quema de cadáveres para evitar el peligro de epidemias. Tiene guasa el contrasentido, se preocupaban de nuestra salud y no les importaba lo más mínimo pegar tiros a diestro y siniestro. Se iniciaron las constantes delaciones de unos ciudadanos contra otros bien por motivos políticos, rencillas familiares o intereses puramente económicos y éstas duraron muchos, muchísimos años, más allá de la terminación de la guerra en 1939. En todas partes se repitieron escenas idénticas: insurrección, detención y fusilamiento de jefes y oficiales indecisos, sin importar grado de parentesco o amistad; rápido control de las calles, castigo en los barrios obreros y asesinato de alcaldes y gobernadores civiles.</p>
<p>Eso no es justo, en absoluto, ningún bando puede estar satisfecho con la cantidad de asesinatos cometidos, aunque el número de ellos sea muy superior en las filas nacionales que en las republicanas. Cosa, por otro lado obvia, debido al potencial armamentístico de unos y otros. La historia reciente de España está en la memoria de millones de españoles, transmitida por generaciones a través de vivencias, conversaciones, sufrimientos y algunos escritos o libros. Los vencidos en la Guerra Civil se han tenido que conformar con la memoria histórica, totalmente sesgada, que los vencedores y las autoridades del Estado franquista han querido transmitir. Al bochornoso silencio que impuso la dictadura se sumó la vergonzosa indiferencia de la transición, es hora ya que el estado democrático ponga al alcance de los vencidos los medios para recuperar la auténtica memoria histórica y así resarcirlos, en la medida de lo posible, de todo el daño ocasionado. Los muertos, impíamente abandonados en lugares desconocidos, son nuestros muertos, muertos sin tumba, que deben merecerse todo nuestro esfuerzo y toda nuestra comprensión; sin distinción de bando. No demostremos a la sociedad que también nosotros hemos pasado demasiado tiempo “cara al sol”.</p>
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<p>El Sr. Garzón, magistrado amado y odiado por conveniencia política, ha dictado una providencia para que los ayuntamientos de Madrid, Granada, Córdoba y Sevilla, además de otros organismos e instituciones como la Conferencia Episcopal, la Abadía del Valle de los Caídos o varios archivos y registros estatales, identifiquen a los desaparecidos y enterrados en fosas comunes durante el franquismo. Minutos después, la derecha mediática y política de este país se puso de los nervios. ¿Por qué tantos nervios y beligerancia si no son a ellos a los que el juez cita en su Providencia? ¿Qué podemos perder los españoles que no hayamos perdido ya?</p>
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<title>Mi amor por María</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/09/02/mi-amor-maria</link>
<dc:date>2008-09-02T17:58:15+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>Desperté abrazado entre cartones. Hacía mucho frío. Sentía hambre, sueño y fatiga. Una insistente y agotadora  tos delataba la segura presencia de una enfermedad pulmonar crónica. Toqué mi frente con mis ásperas y sucias manos, después de unos segundos, distinguí  –de forma ostensible- una considerable elevación de la temperatura. Ordené mis escasas y paupérrimas pertenencias y las coloqué en el interior de una roñosa mochila. Y caminé… sin fuerzas… pero caminé...</p>
<p>Algunos meses atrás, en el despacho de uno de los más prestigiosos cirujanos cardiovasculares del país, el equipo médico del doctor Esteve, se reunía para estudiar el grave problema de cardiopatía que el joven de la habitación 419 padecía desde su nacimiento. Nació con una malformación congénita que le impedía vivir sin estar conectado a una máquina las 24 horas del día. Era un joven de talante cordial, alegre y sumamente esperanzado en el devenir de su vida. Bromeaba con todo el mundo y su fe en el doctor y todo su equipo estaba fuera de toda duda. A su lado, su joven madre, recientemente divorciada, miraba con ternura infinita aquél regalo que Dios le entregó con maquinaria defectuosa. Siempre maldijo no haber hecho caso a su ginecólogo cuando este le aconsejó un aborto controlado al tener casi la total seguridad de serias malformaciones en el corazón de su entonces embrión. Un parto nonato, tremendamente dificultoso y peligroso, acabó por darle la razón. Se levantó del sillón mirando a su hijo con una sonrisa en los labios, abrió la puerta del cuarto de baño y se puso a llorar desconsoladamente.</p>
<p>…con mi mochila en la mano, llegué a un parque cercano y me dirigí a una pequeña fuente. Comencé el único aseo personal posible. El agua casi helada estalló con violencia en mi cabeza ardiente. Un leve mareo dio con mi cuerpo en el suelo. Cuando desperté, me encontré en el interior de una cama con sábanas limpias dentro de una habitación con olor aséptico. Sentí un leve dolor en mi brazo derecho y comprobé, a través de una serie de orificios con un ligero color morado en su entorno, que había sido objeto de más de un análisis médico. Un bote de suero pendía desde lo más alto intentando dar alimento y medicación a través de mis venas. La puerta de la habitación estaba entreabierta, y a través de ella, me pareció reconocer el sitio donde me encontraba. El ligero y asiduo temblor de mano hizo nuevamente acto de aparición, en ese momento, tres doctores entraron en la habitación y la cerraron.</p>
<p>El doctor Esteve requirió la presencia en su despacho de la madre del joven. Ella entró temerosa y expectante. Siéntese –dijo el doctor con tono serio aunque amable- La presencia de todo el equipo médico en aquella habitación, dirigiendo sus miradas hacia ella, provocó que junto al temor y a la expectación se uniera una tremenda excitación nerviosa. ¿Pasa algo doctor Esteve? ¿Hay algún problema para la intervención de mañana? Tranquilícese señora, no pasa nada nuevo sino la gravedad en sí de la operación y de los numerosos riesgos que corremos –dijo un miembro del equipo médico- Queremos que sepa que el doctor Esteve no va a ser el encargado de realizarla, queremos su consentimiento, porque en caso contrario, su hijo no será operado. ¡Dios mío! ¿Ahora me lo dicen? ¿A escasas 20 horas? ¿Qué motivos existen para que el doctor Esteve no pueda intervenir a mi hijo? Unas lágrimas desesperadas comenzaron a correr por sus mejillas.</p>
<p>Los doctores se situaron al pie de mi cama. Reconocí a dos de ellos y esperé a escuchar lo que me tuvieran que decir. El desconocido era el único que miraba directamente a mis ojos, con gesto algo tosco y nervioso, empezó a balbucear palabras ininteligibles. ¿Qué pasa doctor? ¿Por qué no habla claro? ¿No sabe Ud. que estamos entre viejos conocidos? De acuerdo Sr. Esteve. Escuché con atención el diagnóstico de mis enfermedades y respiré aliviado. Gracias -susurré- ya no me queda mucho tiempo de sufrimiento y amargura…</p>
<p>Ella secó sus lágrimas, miró al doctor Esteve y este se levantó de su sillón y se dirigió hacia ella. Le cogió las manos con ternura y cariño y le dijo: “Señora, los doctores aquí presentes no me ven cualificado para realizar la complicada operación que su hijo necesita. Mi mano tiembla ligeramente en ocasiones y ellos creen que cualquier movimiento de mi mano, por muy milimétrico que sea, pondría en peligro el éxito de la intervención, y como no, la vida de su propio hijo.” ¿Quién será el encargado de hacerla? -Dijo ella mirando alternativamente a los demás doctores de la habitación- El hijo del director del centro, el doctor Puig. No debe preocuparse señora, el doctor Puig es un joven pero competente cirujano que nos llevará al éxito -espetó el doctor Esteve- La mujer se levantó lentamente y añadió: Por favor, denme un par de horas para pensarlo, después comunicaré mi decisión.</p>
<p>Los tres médicos se sorprendieron al comprobar que la comunicación de la mala noticia sobre mi estado de salud, provocaba en mí satisfacción en lugar de tristeza. El único de los doctores desconocidos me volvió a mirar a los ojos y dijo: “Tiene Ud. una visita Sr. Esteve ¿Le hago pasar?” Miré al techo de la habitación durante unos segundos, sentí golpes en mi pecho producto del latido impetuoso de mi corazón;  Sí, respondí conciso sin tener la menor idea de la identidad de mi visitante misterioso. Los tres doctores salieron y ella apareció en el umbral, en su cara se reflejaba tristeza, en sus ojos húmedos…vi reflejado mi corazón. Tras ella, un joven lleno de vida se abalanzó sobre mí depositando un fuerte abrazo…</p>
<p>Pasaron las dos horas y ella nos comunicó su decepción pero aceptó a regañadientes –no podía hacer otra cosa- que el doctor Puig interviniera a su hijo. Mientras se alejaba la seguí con la mirada, era una mujer fuerte, tierna, de grandes sentimientos y de una belleza extraordinaria…. de toda ella me enamoré desesperada y calladamente. La larga y continuada estancia entre aquellas paredes, nuestras charlas sobre el futuro de su hijo, su gran generosidad y ese trato cariñoso y comprensivo que siempre me dispensó, a pesar de su sufrimiento interior, hizo que mi cuerpo se estremeciera de emoción con tan solo verla o recordarla. En la habitación continua, un doctor Puig tan eufórico como caprichoso, se envanecía del éxito obtenido. Era un cirujano prometedor, de eso no me cabía ninguna duda pero tan consentido por el poder paterno como maleducado. Esa sería su primera intervención quirúrgica en ese tipo de operaciones. Mi equipo médico había sucumbido a los ofrecimientos del joven doctor. Estaba solo y debía aceptarlo.</p>
<p>Cuando el joven me liberó de su abrazo ella se acercó sobre mí y dejó un beso en mi frente que provocó un escalofrío en todo mí ser. Javier (ese era mi nombre) entre nosotros dos te vamos a ayudar a salir de esta –dijo-, no dejaremos que vuelvas a alejarte de nuestras vidas; te necesitamos…y te queremos. Mientras decía estas palabras su mano apretaba con fuerza la mía. No recuerdo la última vez que lloré, ¿o quizás fue esa la primera?…</p>
<p>La operación estaba prevista para las 8 de la mañana del día siguiente. Eran las 9 de la noche y ya solo nos separaban 11 horas del éxito o fracaso, de la vida o la muerte.  Me marché solo del hospital, mi séquito acompañaba al hijo del director del centro hospitalario, el joven doctor Puig. Mientras me dirigía hacia los aparcamientos oí como ellos quedaban para tomar una copa y celebrar el acontecimiento, que no era otro, que hacer sucumbir al todopoderoso doctor Esteve. Arranqué mi vehículo y me marqué, como algo ineludible,  llegar a casa y descansar, el día de mañana sería largo y complicado.</p>
<p>El joven (creo que aún no lo he dicho) se llama Jorge y no paraba de contarme hazañas irrealizables que siempre le fueron vetadas. Era una avalancha de palabras las que salían de su boca; reíamos y llorábamos de alegría. Su madre (María) miraba extasiada a su hijo mientras que sus manos acariciaban las mías. Se produjo un silencio incómodo que yo aproveché para llamar la atención de ambos; les pedí un momento de atención pero les hice prometer que aceptarían con su habitual valentía lo que les tenía que contar. Con las seis manos entrelazadas comencé mi relato; me han diagnosticado dos enfermedades, un proceso incipiente pero acelerado de Parkinson, y otra algo más seria (tomé aire) los miré, y armándome de valor continué; bueno…creen que tengo un cáncer pulmonar con metástasis avanzada (otro silencio) la verdad es que yo me encuentro bien salvo por esos malditos ataques de tos dolorosa. Nuestras manos seguían unidas, ella me miró, y dijo; no importa, haremos lo que queremos hacer, viviremos juntos hasta que nuestras vidas se extingan, cuidaremos todos de todos, seremos una verdadera familia…</p>
<p>Eran las 7:30 horas de la madrugada y todos estábamos preparados, todos menos el joven doctor Puig que no había dado señales de vida. Tomé el mando y ordené que le avisaran inmediatamente. Poco antes de las 08:00 horas me comunicaron que ya estaba en su despacho dispuesto a empezar el trabajo. Abrí la puerta, le miré y comprobé su pelo aún humedecido y el olor a alcohol que inundaba la habitación. El se dirigió hacia mí y en apenas cinco metros trastabilló en dos ocasiones. Lo agarré para que no cayera y mi olfato se inundó de un desagradable olor a alcohol que salía de su boca. El insistía en la operación y le propiné un puñetazo que hizo que perdiera el conocimiento. La borrachera también contribuiría a que durmiera durante un par de horas o tres, salí de la habitación no sin antes cerrar la puerta y llevarme las únicas llaves existentes. Advertí al personal de servicio que el doctor Puig no debía salir de aquella habitación, bajo mi responsabilidad y por ningún concepto. Baje a la sala de quirófanos, el equipo médico ya estaba preparado, se extrañaron al verme a mí y no al doctor Puig pero callaron; nos deseamos suerte y comenzamos la cuenta atrás. Al coger el bisturí mi mano tembló ligeramente, nadie lo advirtió, decidí armarme del valor suficiente y comencé las primeras incisiones….seis horas después, con el cuerpo del joven anestesiado, su corazón daba sus primeros latidos sin ayuda mecánica. El último gran éxito del doctor Esteve.</p>
<p>Un juicio precipitado, lleno de imprecisiones, falto de testigos en mi favor, con un veredicto emitido no por el juez sino por el poderoso director del centro hospitalario, el padre del joven doctor Puig. Me condenaron al pago de una indemnización millonaria que provocó el espolio de todas mis pertenencias, me retiraron la licencia médica y me inhabilitaron -de por vida- a ejercer mi profesión. Todo realizado con una excesiva prisa, sin medios de comunicación, sin visitas de los pocos amigos que conservaba o de los pocos familiares que aún tenía en Francia. Me llevaron a la cárcel, como un criminal, fui condenado por desacato al juez durante seis meses; a los cuatro salí por buen comportamiento, me encontré solo, en la calle, sin tener donde ir y con tan solo 30 euros en mi cartera. Entonces decidí abandonar mi lucha, no tenía fuerzas para desenmascarar a los poderosos que habían acabado con mi vida de una forma injusta y miserable. Una poderosa depresión hizo el resto, abandoné mi alma y deje en libertad mis únicas esperanzas. Mi cuerpo se hundió en la más absoluta miseria.</p>
<p>"…seremos una verdadera familia…" Esa frase, en boca de la dulce María, sonaba a celestial. Pasamos doce días en el hospital y nunca se separaron de mí. Me dieron el alta médica junto a un tratamiento paliativo y el compromiso de revisiones periódicas. Salimos con las ilusiones, la fe y la esperanza renovadas. Nos fuimos a vivir a la casa que ella posee en un pequeño y hermoso pueblo de la costa andaluza. Han pasado cinco años desde que comenzara esa nueva vida. Los médicos no me creen cuando les digo que la evolución de mi enfermedad se debe al gran amor y alegría que compartimos. Desde hace un tiempo, me despierta el llanto de un recién nacido, es nuestro hijo….sé que algún día me despertaré para no volver a hacerlo nunca más, pero créanme, el intento ha valido la pena.</p>
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<title>Ocurrió en el piso 12.</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/08/29/ocurrio-el-piso-12-</link>
<dc:date>2008-08-29T11:07:18+00:00</dc:date>
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<category domain="http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano">Terror</category>
<content:encoded><![CDATA[<p>Eran las 5 de la madrugada. Desperté inquieto y sobresaltado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama y noté la misma y dolorosa ausencia. Algo más de cinco años hacían ya de su muerte. De la muerte de mi amada esposa. Mucho tiempo, excesivo tiempo para que un pobre viejo de 65 años se acostumbrara a tanta soledad. Mi vida desde aquel suceso ha sido una constante mezcla de tristeza y abatimiento. Tampoco me queda el consuelo del hijo que nunca tuvimos pero que siempre ansiamos. Me incorporé de la cama, sequé mis lágrimas y comencé los preparativos para la ceremonial cita del día de hoy, en la que yo, a pesar de mi voluntad, iba a ser el principal protagonista.</p>
<p>Como todos los días acudí puntual a mi trabajo. Me senté en la misma mesa de siempre, vacía de documentos pero pleno de recuerdos. Sobre su robusta madera se encontraba, además de unas plumas desgastadas por el uso, la foto de mi bella y amada esposa. Al instante acudieron, de forma tan intempestiva como impetuosa, un torrente de gotas procedentes de mi glándula lagrimal, lo supe, porque mis labios se impregnaron de un agradable sabor salado.</p>
<p>Las doce de la mañana, la hora elegida. Bajé a la planta baja del edificio y alrededor de una mesa redonda repleta de viandas, se encontraban algunos de mis jóvenes compañeros de trabajo. De los viejos, yo era el único que quedaba, los anteriores, o enfermos jubilados o felizmente muertos. Créanme que no sé si festejábamos mi jubilación o el hecho de que por fin se habían desembarazado de mí. Parecía ser un pobre viejo que importunaba con sus morales y anticuados  consejos a una selecta y aguerrida tropa, que vestidos con trajes de Armani, andaban ávidos de dinero, inundados entre masters, posgrados y maestrías pero exentos del menor de los escrúpulos. El asunto, ahora, no me importaba lo más mínimo, aquello era un trámite más que daría constancia de lo ingrato que resulta dejar tu vida entre aquéllas cuatro paredes, recibiendo como única recompensa, una medallita de honor a la constancia y el esfuerzo y un buen número de palmaditas en la espalda. Empecé a sentirme incómodo y cansado, muy cansado. Me disculpé con mi habitual educación, casi con pleitesía, fue entonces cuando me vi retratado en aquel periodista protagonista del libro de Antonio Tabucchi, llamado “Pereira”, interpretado en el cine por mi admirado Mastroianni.</p>
<p>Pulsé el botón 12 del ascensor y volví a entrar en mi despacho. Me vacié los bolsillos y dejé todas mis pertenencias en un cajón de mi antigua mesa de robusta madera. Hice lo mismo con la foto de mi añorada y amada esposa y cerré el cajón. Cogí una silla, la coloqué junto a una amplia ventana; amplia y única ventana. La abrí y me asomé. Comprobé que la altura entre mi despacho y el asfalto era tremendamente excesiva; mareante -pensé yo-. Fueron los rápidos efectos de un turbulento viento frío sobre mi cuerpo los que me obligarían a tomar una rápida decisión.</p>
<p>Mis pies se sostenían sobre el amplio alféizar. Cerré los ojos y recé una oración en memoria de mis seres queridos pidiendo perdón y consuelo. Aún continuaba con los ojos cerrados notando como me abandonaban toda mi valentía y arrojo. Entonces se me ocurrió poner fin a mi decisión de la forma más infantil; lo haría, como si de un niño pequeño y asustadizo se tratara,  a la cuenta de tres.</p>
<p>Tomé aire, carraspeé con fuerza: ….UNO…DOS…TR…. ringggg…. ringgggg…. ringggg…. el sonido del teléfono me desconcertó, me distrajo de mi objetivo. Incomprensiblemente, tuve miedo al bajarme de aquella ventana. El teléfono seguía sonando, me acerqué y lo descolgué: “DÍGAME, ¿CON QUIEN HABLO?”</p>
<p>Eran las 5 de la madrugada. Desperté tranquilo y despreocupado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama. El cuerpo de una mujer bella se recostaba a mi izquierda. Era una especie de ángel dormilón que nunca estuvo en disposición de dejar la cama a horas tan intempestivas. Algunas veces, las personas necesitamos tan poco para ser felices que no nos damos cuenta hasta que no estamos en la “cuerda floja”. Ese fue mi caso.</p>
<p>Mientras me afeitaba, recordé la llamada telefónica que evitó que el “TRES” saliera definitiva e irremediablemente de mi boca. ¿Quieren saber la contestación que recibí a la pregunta de con quién hablo? …una voz juvenil me dijo: “PERDÓN SEÑOR, CREO QUE ME HE EQUIVOCADO”… fue el error más importante que alguien pudo cometer conmigo. Justo a partir de ese día me di cuenta que se podía seguir amando y llorando la muerte de mi mujer amada y hacerlo compatible con ciertas dosis de felicidad que acompañaran mi vida hasta el día de muerte. Creo que lo merezco.</p>
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<title>...una chica morena de maravillosos ojos verdes.</title>
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<dc:date>2008-08-27T12:49:03+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>…el autobús llegó a su última parada llevándome a mí como único pasajero. La mirada inquisitoria del conductor indicaba que debía abandonar mi asiento y bajarme de inmediato. Bajé, cabizbajo, con pesadumbre. Veía y andaba con dificultad. Mi mano derecha sostenía –con fuerza- un pañuelo que llevaba colocado en mi costado izquierdo. Lo aparté un instante y una enorme mancha de color rojo impregnaba mi camisa. El dolor era insoportable. Después, un desfallecimiento fulminante dio con mi cuerpo en el suelo. Oscuridad….</p>
<p>Doce horas antes, en un bar de copas de mi ciudad, una alegre reunión se desarrollaba con total normalidad. Miré a través de la cristalera y observé con detenimiento todos sus movimientos. Lo hice hasta que ellos se dieron cuenta de mi presencia. Una chica morena, con unos maravillosos ojos verdes, miró hacia el cristal y al verme escondió su mirada. La noté aturdida, confusa y algo nerviosa. Se levantó y se dirigió con paso presuroso a los servicios. Entré y la seguí.</p>
<p>…el sonido estridente de una sirena me advirtió de que mi vida aún no se había extinguido. Oí pasos presurosos y el sonido metálico de una camilla al rodar por el pavimento. Estaba boca arriba, mis brazos recogidos sobre mi costado izquierdo. Noté sobre mí unas miradas desconocidas llenas de asombro. Curiosamente, un sosiego y una paz ilógica inundaban mi cuerpo inmóvil que yacía sobre el frío y sucio suelo. Volví a desfallecer entre una oscuridad mucho menos tenebrosa….</p>
<p>Antes de llegar a los servicios del bar noté un fuerte impacto sobre mi cabeza realizado cobardemente…a traición. El estallido de un cristal hecho añicos se confundió con un terrible dolor. La puerta del servicio se abrió, en el umbral apareció la figura esplendida de la chica morena con unos maravillosos ojos verdes. Se arrojó sobre mí y acomodó mi cabeza sobre su pecho. Incluso en aquellas lamentables circunstancias pude oler su cuerpo. Ese cuerpo que tantas veces estreché entre mis brazos y tantas veces inundé con mis besos. En ese momento, de sus labios solo salían palabras de amor y gratitud….de sus preciosos ojos, lágrimas de amargura y desconsuelo. Depositó un cariñoso beso en mis labios y cerró los ojos. Mi dolor se tornó en sensación placentera.</p>
<p>…la ambulancia iba a gran velocidad. La cara de asombro y temor de los enfermeros no auguraban nada bueno. Mis fuerzas decrecían con más rapidez que lo hacía la efectividad en la recuperación de mi cuerpo por parte de aquellas personas. El latido de mi corazón era cada vez más leve y pausado. Un pitido plano proveniente de un monitor, seguido y pronunciado, anunciaba mi muerte, mi ansiada y deseada muerte…</p>
<p>Cuando la puerta del servicio se abrió la realidad fue muy distinta a como yo la imaginaba o presentía. La figura espléndida de la chica morena con maravillosos ojos verdes avanzó hacia mí, puse su alto tacón sobre mi pecho y me maldijo. ¡Deja de perseguirme o lo lamentarás! –gritó- Escupió sobre mi rostro y antes de marcharse, el cobarde traidor que estrelló el vaso en mi cabeza, me propinó una patada en mi entrepierna que me hizo retorcer de dolor. Me repuse a duras penas. Tomé aliento, y con paso lento, emprendí un camino hacia ninguna parte. Mi ilusión por la vida se desvanecía a cada paso que daba. ¿Me había enamorado locamente de la mujer equivocada? Si eso fuera cierto, ella nunca tuvo la menor culpa. ¿Cómo puedo culpar a una mujer a la que solamente infringí daño y dolor? Ya no caminaba, deambulaba por calles desiertas que me auguraban un devenir sórdido. Me sentí rodeado por cuatro personas de aspecto desaliñado que requerían, con nerviosa violencia, todo lo que de valor llevara. Quería hablar pero mi voz no se oía, los miraba pero no los veía, ellos, en la creencia de que no les hacía el menor caso, se abalanzaron sobre mí, me tumbaron al suelo sin que yo pusiera la menor oposición, de pronto, un objeto afilado y punzante, se introdujo irremediablemente en mi costado izquierdo. De mi boca no salió ni el menor grito de dolor, permanecí en el suelo tan inmóvil como indolente. En ese momento deseé cerrar mis ojos y no abrirlos nunca más.</p>
<p>…dicen que cuando una persona muere, la consciencia no le abandona totalmente hasta pasados unos pocos minutos… os prometo que eso es verdad, al menos en mi caso. Nunca recibí un regalo tan preciado. Con mi cuerpo sin vida sobre una camilla aséptica aún tuve unos minutos para pensar en aquélla chica morena de maravillosos ojos verdes… ¿o eran azules?...</p>
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<title>Historia de una descolgá.</title>
<link>http://www.librodearena.com/elpesodeloliviano/post/2008/08/26/historia-una-descolga-</link>
<dc:date>2008-08-26T18:58:25+00:00</dc:date>
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<content:encoded><![CDATA[<p>Verano. Agosto. Sevilla. ¡Qué caló! Consulta con el ginecólogo a las 15:30 horas. Iba por mi segunda ducha en apenas 1 hora. Quería y debía causar buena impresión. Hay ciertos olores corporales que al aplicarles calor extremo se tornan en insoportables. Con el pelo levemente humedecido bajé al portal de casa a la caza del primer taxi que encontrara libre. ¿Qué coño pasa hoy con los taxis? ¿Otra vez están de huelga? Esperé un tiempo prudente pero ante la posibilidad de perder mi cita médica decidí emprender el camino andando.</p>
<p>Perdonen, creo que no me he presentado, mi nombre es Mercedes, trabajo como asistenta ¿no es así como se llaman ahora a las que fregamos suelos y limpiamos las mierdas de los demás?, pues bien, tengo 55 años, estoy indescriptiblemente casada y soy madre de 6 hijos. ¡Toma ya!</p>
<p>Dios proveyó a mi marido de una fortaleza sexual inusual, después de eso, se olvidó totalmente del pobrecito. Ahora bien –todo hay que decirlo- me regaló un verdadero obseso sexual, un macho que siempre estaba dispuesto al “polvete”. Dios lo premió a él por la cantidad pero me castigó a mí en la calidad. Muchos pero cortos –como si dosificara, pensaría él-. La mayoría de las veces, sentía los efectos gratificantes del “punto G”, o bien en sueños, o cuando andaba por el séptimo mes de embarazo que ya empezaba a dejarme algo más tranquilita.</p>
<p>En esos pensamientos estaba cuando se acercó una chinita preciosa con cara sonriente invitándome a fotografiarla a ella con la majestuosa Giralda de fondo. Un clic me indicaba que el recuerdo gráfico se había realizado. Miré al visor de la cámara y tanto la chinita como la Giralda habían desaparecido, en su lugar, un dedo calloso con uñas pintadas de rojo putero, era lo que aparecía como mágica instantánea. Señalé con el pulgar para arriba a la chinita y me despedí con un impronunciable “okey”. Para fotos estaba yo.</p>
<p>Chorros de sudor corrían por mi frente, por mi generoso canalillo, por el sobaco y ahora también por las patas abajo. ¡Qué cuadro madre mía! Pobrecito del “dortor” ¡La que le espera!</p>
<p>Mientras seguía caminando y limpiándome el sudor como buenamente podía, intenté recopilar todo el proceso de mi enfermedad. El “dortor” me dijó que el motivo de mis infecciones es que estaba “descolgá”. ¿Descolgá? ¡Huyyyy que nombre más feo “dortor”!  Y eso de “descolgá” ¿Qué es? El “dortor” –emitiendo un suspiro- me dijo que debido a mis numerosos partos el tejido musculoso que envuelve toda la zona donde se sostiene el embrión…, pues eso, que se había quedado sin músculo y que todos mis órganos estaban en caída libre. ¡Mercedes! –me dijo- ¡Hay que volver a fortalecer toda esa zona! Nos vemos dentro de dos semanas para el tratamiento.</p>
<p>Estaba sentada frente a la puerta de la  consulta. La enfermera, un vejestorio malaje, me miraba de reojo. ¡Puede pasar Ud.! ….</p>
<p>…¿Qué? ¿Pero eso que es “dortor”? ¿Unas bolas chinas y un tubo de un puro? Mire Ud. Mercedes, no se ponga nerviosa. Verá, las bolas chinas se introducen suavemente en la vagina. Deberá llevarlas prácticamente todo el día y, aunque le parezca raro, incluso cuando haga el acto sexual con su marido. ¿Y cabrá todo? –pregunté en el colmo del nerviosismo- El “dortor” se rió. Existen en el estanco unos puros envueltos en un tubo de latón sólido. Lo envuelve en un preservativo para evitar infecciones y se lo introduce durante un par de horas al día. Mercedes, créam