Misterio y quimera.
Misterio y quimera
Capítulo I
Era un pueblo antiguo situado en lo más alto del pirineo aragonés. En su máximo esplendor, allá por principios del siglo XX, nunca superó la cifra de 50 habitantes. Ahora se encontraba en situación de abandono y solamente era utilizado por aventureros dispuestos a retar a la naturaleza con la realización de deportes extremos que les proporcionaran un cierto ego personal y una considerable descarga de adrenalina.
Eran las cuatro de la madrugada. El final de una fiesta que se había prolongado durante más de ocho horas llegaba a su fin. Música, alcohol y algunas drogas de diseño fueron el menú elegido para la ocasión. Fue una fiesta de despedida organizada entre los treinta huéspedes que se alojaban en los cinco refugios existentes en la zona. El sitio elegido para la celebración fue unánime, lo que se intuía como Plaza Mayor del pueblo abandonado y que era el único lugar que disponía de un antiguo y obsoleto generador de electricidad capaz de iluminar -decentemente- cuarenta o cincuenta metros. Eso, y que los refugios distaban entre sí –el primero del último- un par de kilómetros. A la salida del festín, los rostros y el andar cansino de cinco jóvenes delataban un cansancio evidente.
Dunia -la patriarca del grupo con apenas 28 años- se subió en lo alto de un pequeño promontorio y exclamó con voz solemne… todo lo solemne que su estado ebrio le permitía:
¡No quiero marcharme! ¡Me niego a hacerlo! ¿Quién continua la juerga? Todos se miraron, todos callaron, todos eludieron cruzar su mirada con Dunia; como temiéndole. Sois unos cobardes y unos aburridos insoportables -dijo ella- Sin mediar palabra, todos comenzaron a andar y todos lo hicieron en silencio.
El carácter de Dunia era conocido por el resto de amigos, no en vano, vivían en la misma ciudad, tenían -más o menos- la misma edad, habían compartido universidad, amigos, amores, aficiones…. Hasta ese día, ninguno de ellos osó contradecirla. Dunia provenía de una familia noble, linajuda, con escudo heráldico concedido –en remoto pasado- por la mismísima Casa Real. Lo cierto es que su maldito genio de niña mimada y consentida, hacía que sus amistades fueran cada vez más escasas. Su fuerte carácter, sus continuos desencuentros y su supuesto halo de superioridad no era óbice para que fuera muy querida y estimada entre sus -cada vez- muy escasos amigos. En el fondo era una niña mala con un gran corazón; y ellos lo sabían y la respetaban.
Se separó del grupo con su habitual soberbia. Se alzó las solapas de su confortable abrigo, con gesto agrio cogió la linterna del interior de uno de sus bolsillos y siguió su camino…un camino desconocido…indeterminado.
Hacía frío. Los pasos, aunque lentos e indecisos de la joven, sonaban con extraordinaria estridencia, se oían repetidos, como si el eco devolviera el sonido por entre las pedregosas paredes de las ahora lúgubres calles del pueblo. Dunia se paró de golpe. El eco pareció no acatar la orden de la joven, pero continuaron sonando pasos; ¡….uno! ¡…dos! ¡…tres! …. hasta que el silencio inundó totalmente el maltrecho callejón. La muchacha encendió un cigarrillo, y girando disimuladamente el cuello, miró hacia atrás para intentar descubrir el origen de unos pasos que no eran los suyos.
Mientras tanto, no muy lejos de allí, el resto de amigos abandonaba el pueblo en dirección al refugio en busca de calor, de descanso y de algo de comida. Se adentraron por una trocha de tierra y piedra delimitado con la iluminación tenue de unas luces cargadas por la luz solar. A esas horas, casi todas estaban totalmente apagadas. Con ayuda de dos pequeñas linternas prosiguieron el sinuoso camino, con cautela, con miedo, eran conocedores de la existencia y cercanía del enorme abismo desde donde hacían sus prácticas con el parapente. Elisa -víctima de un miedo inusitado en ella- entrelazó a Manuel con fuerza por la cintura. El joven accedió sin reparos a pesar de que en aquéllos momentos sus mejores pensamientos y ensoñaciones estaban posados en la otra joven, la bellísima Sonia. Esta comandaba el grupo de cuatro, lo hacía con decisión, sin mostrar el menor miedo, con paso lento pero seguro. Javier, el sempiterno petimetre seguía a Sonia muy de cerca gastando sus habituales y pesadas bromas. Era evidente que Manuel no hacía “buenas migas” con él, siempre lo consideró un imbécil integral, un estúpido arrogante y vanidoso al que sus padres, en una auténtica dejación de responsabilidades, proporcionaron una buena cartera, una escasa educación y un nulo respeto hacia los demás. Manuel pensó en no acudir a este tercer encuentro en la montaña, lo tenía prácticamente decidido hasta que un buen día, en una de sus escapadas nocturnas, le anunciaron que Sonia también formaría parte de la expedición. Toda su negativa se tornó en disposición. Él la amó siempre y siempre lo hizo en misterioso secreto.
Capítulo II
Llegaron al refugio. Manuel -por fin- se había desembarazado del engorroso y pegajoso abrazo de Elisa. Ella, debido -quizás- al excesivo consumo de drogas, recurrió a una atípica seducción consistente en susurrar sus miedos al oído dejando que sus labios rozaran su piel constantemente, poner sus turgentes senos a escasos centímetros del joven y, con la mano introducida en el vaquero de Manuel -con la absurda excusa de refugiarla del frío- jugar de forma indisimulada, con su miembro viril. No lo consiguió, pero la excitación no pudo evitarla. Al entrar dentro del refugio sus miradas se cruzaron…y nada más. Se abalanzaron sobre los rescoldos -aun calientes- de la chimenea. Manuel entró en una habitación en busca de comida, tras él, Sonia, con mirada cómplice y una sonrisa arrebatadora, con su hermosa melena pelirroja al aire, sus carnosos labios pintados de un rojo intenso y un suave y excitante contoneo de caderas, le pregunta con voz susurrante: ¿Compartimos? Por un momento, el joven quedó aturdido, de su boca no salió ninguna palabra. Perdona… ¿Qué quieres compartir? -contestó- Ella lo miró clavando sus ojos en los suyos. Su lengua repasó suavemente el carmín de sus labios. ¿Tienes miedo de mí? -dijo sin desviar su mirada- En absoluto –respondió tajante- lo que pasa es que desconozco las respuestas a tus preguntas. Se lo que sientes por mí Manuel, lo sé desde hace mucho tiempo…y no me importa –dijo anhelante-; al contrario, me llena de satisfacción… y de mucha excitación… Manuel se dirigió hacia ella apresuradamente, la estrechó entre sus fuertes brazos y se dispuso a compartir con ella todo su amor… sus besos... su pasión… y sus fluidos durante lo que aún quedaba de noche. Después; el éxtasis, el agotamiento y un profundo…profundo cansancio que los metió de lleno en un fabuloso mundo de sueños. Manuel aún tuvo tiempo de mirar a su compañera de lecho, miró al techo completamente satisfecho y, en plena dormitación, dio las gracias.
Dunia aún se encontraba en el callejón sin saber muy bien qué hacer. Estaba presa del miedo y del frío. De pronto, como empujada por un resorte, se giró, y mostrando una valentía o inconsciencia absoluta, se dirigió hacia el lugar donde habían resonado esos pasos que ella nunca realizó. Dirigió la luz de su linterna hacia el callejón pero allí no había nadie. La oscuridad y el frío eran sus únicos y fieles acompañantes. Intentó relajarse un poco pensando en proseguir su juerga particular. Sacó una petaca y le dio un prolongado sorbo al whisky sin hacer el menor gesto de desagrado. Comenzó a caminar sin saber hacia dónde le dirigirían sus pasos. A lo lejos, casi en lo más alto del abandonado pueblo, aparecía un leve y pequeño resplandor que imaginó eran las luces de linterna de algunos de los participantes en la fiesta. A medida que se iba acercando, la luz parecía más intensa, eso, y un casi imperceptible sonido imaginado de murmullo de voces, inspiraron en Dunia una confianza que nunca debió producirse. En sus labios comenzó a dibujarse una sonrisa de niña mimada, de esas personas que siempre consiguen todo lo que se proponen. En este caso, créanme, tampoco sería una excepción.
Acudió –rauda- a la parte más alta del pueblo. Efectivamente, los restos recientes de un fuego delataba la presencia de alguien en aquel lugar, pero no había rastro de ninguna persona por los alrededores. Una ráfaga de viento provocó un encendimiento repentino y momentáneo del fuego, una estela de partículas encendidas iluminó un pequeño rincón de la calle. Por un momento a Dunia le pareció que alguien se escondía en aquél rincón. Tuvo miedo por el desconocimiento de lo que pudiera descubrir. No hizo falta. Del rincón saltó un gato negro de considerables dimensiones que -maullando de forma escalofriante- y mostrando sus afilados colmillos, fue perdiéndose entre los restos de una calle destrozada…de ella, apenas salió un grito impetuoso. Dunia se repuso del susto pero ya era tarde, el miedo constante y visceral ya se había instalado en ella. Estaba recelosa por cualquier ruido que oyera, por cualquier movimiento que intuyera o imaginara; incluso los provocados por el viento. Sentía como temblaba todo su cuerpo. Miraba –simultáneamente- para todos los lados y eso le profería el aspecto de un ser fuera de sí, de una persona incontrolada que se encontraba al borde de sus propias fuerzas. Estaba intentando controlar sus nervios cuando de pronto se escuchó una voz seca, ronca y autoritaria; sonó fuerte, profunda, extraordinariamente clara y procedía de la puerta abierta de una de las casas destruidas; ¿Qué andas buscando? Ella quedó perpleja, notaba que el acelerado latido de su corazón le proporcionaba un dolor considerable en su pecho, tomó todo el aire que pudo y dijo: ¿quién eres?... ¿en qué grupo estás? –preguntó temerosa- levantó la vista, miró al umbral de la puerta y solo vio oscuridad. El miedo la estaba angustiando.
Capítulo III
Poco después de las nueve de la mañana, los inquilinos de los refugios se iban despertando. Sonia miró a su compañero de lecho que aún dormía, posó sus labios sobre los suyos y lo despertó. Manuel pensó que era el despertar más agradable de toda su vida, la miró con ternura y la atrajo hacia él. Buenos días dormilón –dijo ella con una sonrisa en sus labios- ¿A qué hora volvió Dunia? –preguntó Manuel- No lo sé, ni siquiera la oí llegar. Pero conociéndola como la conozco habrá exprimido hasta el último minuto de la madrugada. Los dos se incorporaron, se dirigieron abrazados hacia el cuarto de baño y disfrutaron de su primera ducha juntos. Estaban terminando de asearse cuando llamaron a la puerta del dormitorio; era Elisa, estaba un poco nerviosa, dirigió una mirada al dormitorio y dijo: ¡pues aquí tampoco está! ¿Quién debería estar aquí Elisa? -preguntó Sonia- pacientemente y un poco contrariada por la forma ruda que utilizó su amiga. Estamos buscando a Dunia; no está en el refugio. Los tres nos miramos un poco desconcertados. ¿Has despertado a Javier? Puede que esté con ella –dijo Sonia- No, -cortó rápidamente Elisa- hemos dormido juntos y hemos mirado por todas partes; este cuarto era el último que nos faltaba. Entramos al salón, nos tomamos rápidamente un café recién hecho y salimos fuera. Nos encontramos un día inhóspito, tremendamente frío y una ligera llovizna no dejaba de caer. La densa niebla no contribuía lo más mínimo, la confusión y oscuridad que la misma dejaba, no nos permitía apreciar debidamente el paisaje del entorno. Pero lo primero que teníamos que hacer era averiguar en cuál de los refugios estaba nuestra amiga. ¡Maldita imbécil! ¡Siempre dando la nota! Esas fueron las palabras que escuchamos de Javier antes de arrancar un pequeño ciclomotor que había en un pequeño cobertizo. El ruido ensordecedor del motor fue apagándose a medida que se alejaba.
Nos quedamos pensativos, solo recordar el peligroso abismo nos ponía nerviosos. Nos negábamos a pensar en lo peor. También sabíamos de la inutilidad de usar el teléfono móvil que Dunia siempre llevaba consigo para intentar contactar con ella, la puta cobertura lo hacía imposible. Pasados unos quince minutos comenzamos a oír el molesto ruido del ciclomotor. Javier, con cara de preocupación, no traía buenas noticias. ¡Dunia no está! ¿Dónde cojones se habrá metido esta estúpida? Cálmate -dijo Manuel- con tu actitud no ayudas precisamente a tranquilizarnos. En un intento de no perder tiempo, Sonia, con tono serio y autoritario, nos invitó a coger nuestros abrigos y dirigirnos hacia el pueblo abandonado, el lugar dónde vimos por última vez a nuestra amiga.
Pasamos por el abismo pero nadie miró; todos callamos. Aceleramos el paso sobre un suelo resbaladizo y por fin llegamos a la entrada del pueblo. Formamos dos grupos y nos repartimos la búsqueda como el que reparte trozos de tarta en un cumpleaños. Por suerte, el pueblo no era muy grande y acordamos que el primero que tuviera algo importante que comunicar pegara tantas voces y tan fuertes como pudiera. Manuel y Sonia iniciaron su desesperada búsqueda por la zona baja del pueblo mientras que Javier y Elisa lo hacían por la alta. El pueblo tenía un aspecto fantasmagórico, la niebla existente en el refugio se tornaba en el pueblo como ligera neblina pero, aún así, su aspecto seguía siendo tétrico. Un pequeño rayo de sol quería abrirse paso como podía, pero la fina lluvia y la densidad de las nubes impedían cualquier intento. Javier apremió a Elisa a acelerar el paso pues creyó ver una mancha oscura en lo alto de lo más alto del pueblo. El joven, de pronto, interrumpió su marcha y ordenó a Elisa que hiciera lo mismo, pero que no se acercara. ¡Dios mío! –exclamó Javier- En el suelo, el suntuoso abrigo de Dunia hecho jirones, el teléfono móvil totalmente destrozado, la petaca abollada y, cómo no, su inseparable paquete de Camel. Ambos se pusieron a gritar con desesperación, lo hicieron hasta que aparecieron los otros dos amigos.
No tocaron nada, pero también advirtieron que su apreciado pantalón de camuflaje estaba empapado aunque no se apreciaba el color, que su jersey rojo de lana espesa tenía algunos desgarros y que su camisa estaba con los botones arrancados de cuajo. Estaban todas sus prendas de vestir, todas, incluso su ropa interior… todo menos ella…no había el menor rastro de Dunia. Lloraban desconsoladamente.
Capítulo IV
En los refugios –mientras tanto- se preparaba el equipaje. Se respiraba intranquilidad. Los nervios estaban crispados. Había dejado de llover y la niebla se había disipado por completo. Tímidos rayos de sol iluminaban la grandiosa montaña.
Javier había bajado con el ciclomotor a la zona donde la cobertura telefónica –por fin- los comunicaba con el resto del mundo. Hizo una sola llamada; al Servicio de Montaña de la Guardia Civil. Luego pensó en su madre y en lo mucho que la quería, fue un pensamiento fugaz porque las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Arrancó el ciclomotor y se marchó hacia el refugio en busca de sus amigos.
Al borde de las 12 del mediodía dos helicópteros supervisaban la zona en busca de una llanura dónde realizar el descenso. Todos los jóvenes, a solicitud del cuerpo especial de montaña, estaban reunidos en el centro del pueblo que ahora si estaba plenamente inundado por los rayos de sol. Tres vehículos, entre quads y todoterreno, se acercaban conducidos por los agentes de operaciones especiales. Los cuatro amigos de Dunia se pusieron al frente de la comitiva de jóvenes para dar todo tipo de detalles a los profesionales. Los agentes, una vez puestos al corriente de todo lo acontecido, sugirieron que, a excepción de los amigos que compartían refugio, podían marcharse. La decisión no era compartida por Manuel. Se dirigió al agente y pidió explicaciones sobre la conveniencia de tomar, al menos, declaración a todos los presentes. La respuesta le dejó frío. Dunia no era la primera persona desaparecida en extrañas circunstancias en aquél lugar. Hacía diez años, en 1993, desapareció otra mujer en un sitio muy cercano, anteriormente otra mujer…y otra…y otra…pero todas en un sitio distinto pero con igual modo operandi. Se tiene conocimiento de este misterio desde que el pueblo fue masacrado en los primeros años del siglo XX por cuatro hermanos enardecidos al serle negados los derechos que sobre el suelo reclamaban. Eso es lo único que os puedo decir. Comenzaremos la búsqueda, rastrearemos la zona, pero tener esto presente; nunca apareció el cuerpo de ninguna de las personas desaparecidas.
Los jóvenes acompañaron a los agentes en el rastreo hasta bien pasadas las seis de la tarde, en ese momento, la noche ya caía en lo alto de la montaña y los esfuerzos en la búsqueda se tornaban inútiles. Decidieron reanudar los mismos a partir de las 7 de la madrugada. Se despidieron, dejaron los vehículos y se subieron al helicóptero. Cuándo las hélices elevaron lo suficiente la aeronave y esta tomó rumbo hacia el destino marcado, cerraron la puerta con fuerza, con impotencia. Los cuatro amigos lloraban mientras se abrazaban. ¿Cómo informarían a los padres de Dunia? ¿Quién daría la noticia? ¿Serían ellos o dejarían que fueran los agentes, personas sin la menor empatía con Dunia? Era curioso, apenas hacía unas horas que Dunia no estaba entre ellos y todo lo que les rodeaba le recordaba a la joven, todo olía a ella, todo estaba como ella quería que estuviese. Entramos en su cuarto y vimos sus efectos personales, esos que tantas y tantas veces habíamos visto pero que ahora tomaba una relevancia y una magnitud impresionantes. Su ropa olía a su perfume favorito.
Apenas cenaron. Salieron porque el ambiente en el refugio estaba enrarecido, como si el aire que estaban respirando estuviera contaminado. Aspiraron con fuerza, casi con violencia, tratando de atraer a sus pulmones el máximo de aire fresco. Curiosamente no hacía frío, sacaron una mesa al exterior, se sentaron y compartieron unos cigarrillos. Sonia miraba a Manuel sin la magia de la noche anterior, éste a su vez, veía por primera vez la bondad en el alma de Javier. Elisa, mientras tanto, callaba. Miraban al cielo, como si estuvieran pidiendo cuentas a alguien –y posiblemente así fuera- de pronto, una intensa luz llenó su firmamento, la parte de firmamento que a ellos les correspondía. Fue constante la iluminación, una intensa luz…y otra...y otra…y cada vez más grandiosas. Alguna fiesta popular, de algún pueblo cercano, celebraba un acontecimiento. Justo al final, coincidiendo con el gran estampido que suele poner el broche de oro a la fiesta, la iluminación nos hizo creer que el amanecer se había adelantado. Fue en ese preciso momento cuando la imagen fugaz de una persona corriendo y vociferando con fuerza se dejó ver con la intensa luz. Los cuatro nos miramos. Manuel dejó pasar unos segundos y entonces preguntó: ¿Habéis visto y oído lo mismo que yo? Los tres movieron afirmativamente la cabeza. Estaban nerviosos y podía ser consecuencia de la propia excitación nerviosa o bien el fruto de su desesperada imaginación. ¡¡¡¡SOCORRO!!!! ¡¡¡¡SOCORRO!!!!!!!
Capítulo V
Ahora no había duda, era la voz de una mujer pidiendo auxilio. Saltaron como un resorte de la silla pero desconocían qué podían o debían hacer. Javier miró a Manuel y preguntó ¿te atreves con el quads? Por supuesto. Se dirigieron al pequeño cobertizo y maldijeron a los agentes. Las llaves no estaban puestas. Revolvieron dentro del vehículo y sacaron del interior una enorme y potente linterna, un ancho cinturón que llevaba prendido una porra blanca de grandes dimensiones, una caja con bengalas y una canana repleta de cartuchos. Nada más. ¡Mierda! -exclamó Manuel- ¿dejan cartuchos de munición y se llevan las llaves? Sonia -demostrando serenidad y tranquilidad- examinó convenientemente el vehículo. Mientras lo hacía, reflexionaba en voz alta: “…no tiene sentido que dejen la munición y se lleven la escopeta…” Efectivamente, debajo del vehículo, en un falso fondo, estaba anclada una escopeta que llevaba grabada en su culata el anagrama de la guardia civil. El miedo o respeto se hizo latente en ese momento. Todo estaba decidido, no había marcha atrás. Manuel se cruzó la canana en el pecho, cogió la linterna y unas cuantas bengalas y dejó el cinturón a bordo del quads. Javier hizo lo mismo. Salieron apresuradamente no sin antes advertir a las jóvenes que por ningún motivo abandonaran el refugio y que en caso de emergencia prendieran una de las bengalas. Manuel y Javier demostraban cierta templanza era como si la extrema necesidad diera claridad suficiente a sus mentes, un resplandor que les permitía saber en todo momento lo que debían hacer.
Habían sobrepasado con cautela el peligroso abismo y se dirigían hacia el interior del pueblo. No habían vuelto a escuchar más voces de auxilio, por lo tanto su misión sería la de investigar, palmo a palmo, todo el pueblo. Javier propuso la posibilidad de separarse y hacer la búsqueda cada uno en solitario. Así lo hicieron, exactamente igual que la primera vez, uno por la parte baja y el otro por la parte alta del fantasmagórico y misterioso pueblo abandonado. Antes de emprender la marcha intuyeron los pasos acelerados de alguien correteando entre las calles. Dirigieron al unísono las poderosas linternas hacia el lugar y solo pudieron vislumbrar una especie de sombra grotesca. Javier apremió a su amigo a cargar el arma. Se desearon suerte fundiéndose en un intenso y sincero abrazo; después marcharon cada uno por su lado. En esta ocasión no se limitaron a pasear por las calles, entraron entre los restos de viviendas que aún se sostenían en pie, buscaron escrupulosamente en cada uno de los rincones posibles, no dejaron nada por inspeccionar. Javier se encontraba en la misma calle donde encontraron los restos de ropa de Dunia pero los agentes habían acordonado la zona. Apenas les quedaban un par de calles para terminar la búsqueda cuando se volvió a escuchar:
¡¡¡¡SOCORRO JAVIER¡!!¡ ¡¡¡¡SOCORRO MANUEL!!!! ¡¡¡¡AYUDADME!!!!
La voz de auxilio les sonó como un mazazo en lo más profundo de sus corazones. Manuel corría despavorido, parecía haber visto al mismo diablo, tropezó y cayó de bruces sobre un montón de piedras amontonadas. La linterna se hizo añicos. Se levantó lentamente. El golpe había sido muy fuerte. Sintió el sabor de su propia sangre emanando de su boca al mismo tiempo que dos dientes colgaban de sus labios. No podía articular palabra y la oscuridad no le permitía saber con exactitud la gravedad de sus heridas. El dolor le parecía insoportable pero consiguió llegar al último de los edificios que quedaba por comprobar. Colocó su espalda sobre el resto de pared y comenzó a caminar lentamente. En la otra esquina del mismo edificio, a escasos veinte metros, apareció Javier, la espalda contra la pared, iluminando el edificio en sentido contrario dónde se encontraba Manuel, impidiendo que este viera el menor resplandor. Un chillido agónico alertó a ambos jóvenes, pero fue la silueta fantasmal de una persona de considerables dimensiones que portaba en la mano una especie de guadaña hizo que el miedo y la inconsecuencia se apoderaran de nuestros dos jóvenes; se oyeron dos disparos, simultáneamente, que retumbaron con sonido ensordecedor, en el profundo silencio de la noche. Después; el frío sonido de unos cuerpos inertes al caer desplomados.
En el refugio se vivían momentos extraordinarios y fuera de lo común. Sonia y Elisa oyeron los disparos con claridad, habían encendido tres bengalas esperando la misma acción desde el otro lado… nunca se produjo la respuesta… pero lo que ellas aún no sabían… es que nunca se producirían. Corrieron despavoridas –con un mal presentimiento- hacia el interior del maldito pueblo; en sus manos dos bengalas encendidas para iluminarles el camino, ellas cogidas fuertemente de la mano…las prisas…los nervios…un simple tropezón…y el abismo hizo el resto. Gritos desesperados….seguidos de silencio… un silencio que anunciaba nuevas muertes.
Capítulo VI (último)
Desperté de repente, exaltado, nervioso, preocupado, mi cuerpo empapado en sudor... y estaba solo en la cama… todo había sido una maldita pesadilla. Fue entonces cuando se abrió la puerta del cuarto de baño y apareció mi amada Sonia en maravillosa desnudez; pegué un brinco de la cama sobresaltado. Ella me miró con sonrisa maliciosa y añadió: ¿me acompañas en la ducha? Dame un minuto –añadí de inmediato- me levanté de un salto, abrí la puerta de mi dormitorio, entré al salón del refugio y allí estaban Javier y Elisa… ¿dónde está Dunia? ¿aún duerme? –pregunté preocupado- Ellos me miraron y dijeron; no lo sabemos, no ha pasado la noche aquí. Mi cuerpo sufrió un total desvanecimiento…caí, rotundo, sobre el deteriorado suelo de piedra.
Posiblemente pasarían solo unos minutos cuando abrí los ojos, estaba nuevamente en la cama, Elisa y Javier me aplicaban paños fríos y ligeros masajes; sentada, a los pies de la cama, se encontraba Sonia, con la toalla como única vestidura, en su cara se dibujaba una profunda tristeza. Estoy bien –dije- Lo contaré todo, desde el principio, creía que todo había sido una horrible pesadilla…pero…la no presencia de Dunia en el refugio…hace que todo lo ocurrido sea muy extraño….
Una vez todos al corriente, salieron apresurados en dirección al pueblo. Manuel observó -antes de partir- que efectivamente, en el cobertizo había una motocicleta pero no había rastro de quads. Eso lo tranquilizó. Los cuatro jóvenes llegaron a uno de los puntos cruciales de esta historia; el abismo. Lo pasaron cautelosos…y siguieron. Llegaron al lugar dónde Manuel encontró la ropa destrozada de Dunia; allí no había nada, respiraron aliviados. De momento, todo iba bien pero su amiga seguía sin dar señales de vida. Revisaron -todos juntos- metro a metro todo el pueblo…ni el menor rastro de Dunia. Empezó a escucharse -en la lejanía- un sonido de motor pero ninguno adivinábamos su procedencia. Se adentraron por la montaña en dirección dónde -supuestamente- creyeron que procedían los ruidos de motores. ¡Dios! exclamó Manuel al ver claramente dos quads entre la maleza exactamente iguales a los aparecidos en su pesadilla. Se acercaron lentamente. Allí estaba todo tal y como Manuel lo había visto; un cinturón, una linterna, una canana, caja con bengalas…sin la escopeta y sin llaves puestas. Sonia repitió -exactamente- la misma operación realizada en mi sueño; se agachó y entre un falso fondo se encontraba la escopeta. Mi corazón latía con inusitada fuerza. Unas voces y el sonido simultáneo de dos helicópteros volando la zona, llamaron nuestra atención. Mis amigos no sabían los pequeños detalles de mi pesadilla, pero casi todo coincidía misteriosamente, incluso, hasta el color y forma de los quads y las características y número de helicópteros utilizados.
Dos agentes uniformados aparecieron entre unos árboles. Nos miraron, confirmaron que nos encontrábamos bien y formularon únicamente dos preguntas: ¿Estáis alojados en los refugios? ¿Acompáñennos? A ambas respondimos con movimiento afirmativo de cabeza, a continuación, los seguimos; todos íbamos a pie. Llegamos a una pequeña llanura, los helicópteros estaban asentados aunque con las hélices aún girando; a sus pies, dos personas elegantemente uniformadas, con medallas honoríficas prendidas del pecho, gesto serio y algo tosco. No dijeron nada, hicieron un gesto de apremio hacia el interior del helicóptero y un agente bajó de inmediato; tras él, una persona envuelta en mantas grises que caminaba con cierta dificultad. La reconocimos por su inequívoco pantalón de camuflaje, nos abalanzamos sobre ella, la cubrimos de besos y abrazos. Ella dejó caer parte de la manta que cubría su cabeza, su precioso rostro estaba lleno de arañazos, su pelo ensortijado delataba suciedad y algún que otro jirón arrancado de cuajo. No preguntamos nada… no dijo nada… nunca diría nada… todos sabíamos que únicamente el tiempo… curaría las heridas. Afortunadamente, nadie murió en aquella maldita noche… todos sobrevivimos… pero todas nuestras vidas cambiaron desde aquél momento… en especial, la de Dunia, nunca más volvería a ser la misma.
Han pasado cinco años; aún no ha pronunciado una palabra. Convive –día a día- con su historia…con su maldita historia de aquella noche…y que jamás nos será desvelada. Pero todos estamos convencidos de algo; Dunia nunca se extravió, sobretodo, aquella noche, en aquél maldito, fantasmagórico y antiguo pueblo situado en lo más alto del pirineo aragonés.
15 comentarios - Escribe aquí tu comentario
Me parece TREMENDAMENTE interesante lo que escribes, pero te confieso que me cuesta seguir un texto tan largo en la pantalla del ordenador... (Tuyo o de cualquier Blogger...) Tus historia me enganchan tanto que llego hasta el final a pesar de...
un abrazo Manuel.
Un relato con dos ingredientes basicos, encanto y fuerza. El anterior comentario acierta con su apreciacion sobre el tamaño del texto. Me estaba dejando los ojos en la pantalla hasta que decidi imprimirlo. Te felicito sinceramente.
Excelente. Sobrecogedor. Misterioso. Me uno a tu club de fans Manuel. Con la lectura de estos relatos a uno no le queda mas que felicitar a su autor. FELICIDADES.
Siento en mi interior todo el dolor y desconsuelo de Dunia. Gracias por hacerme pasar "un mal rato".
Conseguir en un relato tan largo que el personal no se duerma o se aburra leyendote, es algo dificil de alcanzar. Yo he terminado de hacerlo y ni tengo sueño ni me he aburrido. Esperaré tu próxima creación.
Lo he leido de un tirón. Como un matxote. Pero me he dejado dos dioptrías en el intento. Como compensación me gustaría saber si el relato es vivencia personal o pura ficción.
Me siento orgulloso de pertenecer a esta gran comunidad. Es cierto -y coincido con el comentario- de que "Misterio y quimera" es un relato demasiado largo pero lo que no sabeis es que es un extracto del original, y que este, doblaba la extensión del que finalmente decidí publicar. Otra opción era la publicación por capítulos pero la desestime por si alguien pudiera pensar un excesivo protagonismo del autor. Por lo dicho y lo no dicho en vuestros comentarios; muchas gracias y hasta siempre.
Jo... ¡qué mal lo he pasado!...
Genial. Mira que es largo... pues no he podido dejar de leerlo ni un momento. Es más, no he atendido una llamada telefónica que me ha entrado al móvil... ya llamaré yo luego...
Felicidades.
¡Quiero más!... (Cuando deje de morderme las uñas, claro)
Que si, que si lo he leido, por el título me confundí, pero lo he vuelto a leer y me gusta más todavía....ahora no me pareció tan largo...
Tu situación de estar leyendo y sonar de improviso la llamada de un móvil me abre un nuevo campo para explorar mis relatos....jejejeje.
Para leerlo hay que echar capacha. Es largo, muy largo, pero bueno, muy bueno. Felicidades y suerte.
Uno de mis tantos errores como "aficionado escritor" ha sido colocar en mi blog un texto tan largo. De los errores se aprende y en mi caso... ni aún así. Gracias Tomás.
No coincido contigo. ¿Que el relato es muy largo? de acuerdo, pero tambien esta lleno de fuerza y no decae en ningun momento. En el final me llevé una agradable sorpresa porque lo estaba pasando realmente mal. Prometo seguir leyendote.
A pesar de que este relato va fechado con fecha de Mayo nunca antes cayó en mis manos. Ahora, releyendo algunos de tus escritos lo descubri. Te puedo asegurar que es de las cosas mas interesantes que he leido ultimamente. Un texto con tanta densidad como fuerza. Te lo he dicho en un comentario anterior, creo que tus relatos reunen una valor cinematográfico estimable.
Sin mas, un saludo.
Me hace especial ilusión tu comentario porque ya creí en el baúl de los recuerdos este relato. Agradezco que el "azar" te haya llevado a mi rincón. Reconozco que a "Misterio y quimera" le tengo un especial cariño, a pesar de su extensión, creo que es uno de mis relatos más completos.
Muchas gracias y visítame cuando te plazca.





