Libro de Arena
Login

El peso de lo liviano

¿ NOVELAMOS NUESTROS SENTIMIENTOS ?

La niña de los pasteles y el Titanic....

Íbamos de pueblo en pueblo… de ciudad en ciudad… de miseria en miseria…

Aquélla noche, me estaban contado que nací en una fría noche de invierno. En aquél cobertizo, improvisado sobre un enorme descampado, hacía mucho frío. La tenue luz de un par de velas gastadas nos iluminaba y un pequeño hornillo de carbón nos calentaba. Algunas de ellas dudan si nací el mismo día de Navidad pero todas están seguras del año; el de la celebración del mundial de fútbol en España. Por lo tanto, estoy a dos días de mis 15 cumpleaños. Ellas tres son mi única familia y las quiero. Mi madre murió al día siguiente de mi nacimiento. Mi padre, dicen algunas de ellas, fue un pobre vagabundo que llevaba mucho tiempo rondándola. Era muy joven, no debía tener más de 18 o 20 años. Tampoco fue un hombre malo hasta que al enterarse de la muerte de tu madre se negó a asumirlo y desapareció. El muy “hijoputa” nos dejó solas, sin nuestra mejor amiga y con su hija recién nacida. Alguien nos contó, bastante tiempo después, que había contraído una enfermedad infecciosa, el tifus o algo parecido y que no sabía ciertamente si había muerto o aún estaba vivo. Hubo un momento en que pensamos dejarte en la inclusa pero nos distes mucha pena y decidimos criarte entre todas. Contarme algo de mi madre –dije en voz baja- ¡Tu madre! Era una preciosidad, una morena andaluza de ojos negros. La llamábamos “la sevillana” aunque ella nunca nos dijo dónde nació. Tenía clase. Cuando pedíamos limosna por las calles ella bajaba la vista al suelo, se avergonzaba de su destino y de la vida que estaba viviendo. Pero siempre fue muy noble. Todo lo compartíamos. Un día, malviviendo en una cochambrosa chabola, entró un hombre empuñando una enorme navaja. Olía a sudor, a suciedad y a vino barato. Se abalanzó sobre mí con la intención de violarme. No lo hizo porque tu madre se lo impidió pegándole un fuerte golpe con una sartén. A pesar de eso, el cabrón me dejó este recuerdo –dijo- señalándose una larga cicatriz en el muslo. Tuvimos que huir de allí. ¿A quién me parezco? –pregunté intrigada- ¡A tu madre! ¡Tienes la misma cara y el mismo cuerpo de tu madre! contestaron las tres sin la menor discrepancia. Momentos después, todas abrazadas, caímos en un profundo sueño.

Al levantarme sentí el frío encajado en mi cuerpo. Tomamos un café de puchero al que solo pudimos añadirle las pocas gotas de leche que quedaban. Y emprendimos el camino hacia la ciudad. Después de algo más de una hora de un andar incesante, llegamos a la zona habitual. Hicimos lo de todos los días, nos separamos y quedamos en vernos a la misma hora y en el mismo sitio. ¡Suerte! –les dije- y empecé a caminar.

Eran las seis de la tarde y la noche caía con rapidez. Salvo el café de la mañana, no había comido nada en todo el día. Había reunido unas cuantas monedas y decidí gastar alguna de ellas en algo de alimento. Pasé por una enorme confitería y me quedé mirando su cristalera. La boca se me hacía agua, no sabía cuál de ellos comprarme. Una vez decidida me dispuse a entrar. Un hombre inmenso me cerró el paso. ¡Déjeme pasar, por favor! –dije con tono agradable- ¡Fuera de aquí! ¡No queremos mendigos en esta tienda! Pero señor… si solamente quiero comprar un pastel –dije avergonzada- ¡FUERA! ¡BASURA! ¡ESCORIA! ….y me alejé llorando…

Las luces de neón y las navideñas iluminaban las calles de la ciudad. La gente, bulliciosa, entraban y salían de los distintos establecimientos. Me senté en un banco frente a la confitería. Un hombre de aspecto elegante se acercó, se sentó junto a mí y me preguntó ¿Qué ha ocurrido pequeña? ¿No te han dejado comprar un pastel? Las lágrimas volvieron a mis ojos. El me abrazó con ternura. De pronto, se levantó y me dijo: ¡Acompáñame! El hombre trasmitía seguridad y confianza y decidí fiarme de él. Entré a la confitería con él y cogidos de la mano. El hombre inmenso nos miró pero no se atrevió a impedirme el paso. ¡Señorita! Ponga a la chica todos los pasteles que ella le pida. Lo miré y pregunté ¿De verdad puedo señor? Todos los que quieras y para todos los que quieras.

Abandonamos el local con un enorme paquete de pasteles. Le dije: “Muchas gracias señor…no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mi” El me miró y sonrió. Es muy tarde –dije- mis madres estarán impacientes y preocupadas por mí. ¿Tus madres? ¿Cómo es eso? Le conté –dentro de lo poco que aún sabía- un pequeño resumen de mi historia. Noté su cara de sorpresa y estupefacción mientras le contaba mi vida, entonces, interrumpiéndome dijo: “Te acompañaré, no quiero que vayas sola”. Estaba indicándole el lugar de encuentro cuando él ya estaba parando a un taxi. Nos sentamos juntos en la parte de atrás, y, a través de un lateral del paquete, saqué un enorme pastel. Me lo comí con gran deleite.

El taxi llegó al sitio solicitado. El hombre elegante me miró, sacó un pañuelo de su bolsillo y me limpió los restos de pastel que aún quedaban en mi boca. ¡No están! ¿Qué hora es señor? Las ocho y media. ¡Se habrán marchado a casa! Me tengo que ir, estarán preocupadas. ¿Dónde vives pequeña? Bueno…señor…en las afueras de la ciudad…en un cobertizo… -balbuceaba cuando volvió a interrumpirme- Dime la dirección exacta, el taxi nos acercará lo máximo posible.

El coche circulaba en pleno centro de una ciudad engalanada para recibir la Navidad. Al pasar por una de las calles vi un enorme cartel iluminado anunciando una película de estreno “Titanic”. Quedé fascinada por la cara de aquel actor. El coche se alejaba y yo giraba la cabeza hasta que llegó un momento en que desapareció de mi vista. Al hombre elegante no le pasó desapercibido mi fascinación por lo que había visto. Leonardo DiCaprio, -dijo- así se llama ese joven y guapo actor. Bajé la vista hacia el suelo, busqué nuevamente el lateral de aquel paquete, y cogí otro pastel. Seguía teniendo hambre.

Eran cerca de las 9 de la noche cuando el taxista paró el coche, volvió la cabeza y dijo: “Hasta aquí puedo llegar, creo que es el punto más cercano del sitio que me han indicado” Muy bien, dijo el hombre elegante….y tendiéndole un billete de 5000 pesetas dijo: espéreme, ya mismo vuelvo. El taxista asintió y le ofreció una poderosa linterna para iluminar el camino.

Me sentía segura caminando con él de la mano. Pensé que el mejor regalo de cumpleaños lo estaba recibiendo un día antes de su celebración. Al poco tiempo llegamos frente al cochambroso cobertizo que hacía las veces de vivienda improvisada para cuatro mujeres. Abrí la puerta y todas nos abrazamos. ¡Mirar lo que traigo! –dije- señalando el paquete de pasteles. Ellas me apartaron y se dirigieron hacia la puerta. El hombre elegante aún se encontraba en el umbral, dirigió la luz de la linterna a los rostros de aquéllas mujeres… y sus sospechas se convirtieron en realidad. ¡SOFÍA! ¡CARMEN! ¡MERCEDES! ¿Sabéis quién soy? Por supuesto… el “hijoputa” que nos dejó solas, sin nuestra mejor amiga y con su hija recién nacida…

Al día siguiente, acudimos -todos juntos- al estreno de la película “Titanic”. Mis manos apretaban con fuerza las manos de mi reencontrado padre, lo miré y le ofrecí mi primer beso… tenía que recuperar el tiempo perdido….

EPÍLOGO:

… aquel hombre llevaba ingresado 18 meses en un sanatorio para infecciosos aquejado de una serie concatenadas de enfermedades. Los médicos no comprendían el por qué de aquella fortaleza física. Aquel hombre debía medir 1’80 y apenas pesaba 50 kilos. Estaba atiborrado de antibióticos y antipiréticos y jamás bajaba su temperatura corporal de 38º/39º. Era un milagro de la naturaleza mantenerse con vida. Todos los días, sin excepción, y entre delirios, nos contaba la misma historia… la historia de la niña de los pasteles y el Titanic….

Muertes paralelas.

Once de la mañana. Las campanas de la única iglesia de aquél pequeño pueblo situado en plena sierra onubense, “tocaban a muerto”. Los escasos habitantes, vestidos para la ocasión, se arremolinaban en los alrededores de la plaza. El coche fúnebre se acercaba con lentitud. Detrás, con gesto afligido, una mujer enjuta y de negro riguroso, encabezaba el cortejo fúnebre. Lágrimas y llanto por doquier.

A 800 kilómetros de distancia, en plena costa pontevedresa, el mismo día y a la misma hora, y también en la única iglesia del pueblo, se repetía igual acontecimiento fúnebre. Un hombre caminaba cabizbajo, su sombrero negro ocultaba unos ojos irritados por el llanto. El viejo cura, con las manos entrelazadas, y monaguillos a ambos lados esperaban en la entrada de la antigua iglesia.

La mujer se sentó en el primer banco de la iglesia. El olor a vela quemada y a incienso la estaba mareando. Miró el ataúd, cerró los ojos y su mente se trasladó de lugar. Un día, después de volver de un paseo por el campo con su marido, este dijo encontrarse mal. Se acostó y nunca más volvió a levantarse. Hacía apenas un mes de su matrimonio, ambos tenían 28 años de edad, de los cuales, más de 12 años fueron de noviazgo, un noviazgo tortuoso por los impedimentos de nuestras respectivas familias. Las diferencias no eran económicas sino por la heredad de unas malditas lindes. A pesar de eso, es justo reconocerlo, las posibilidades para relacionarse en un pueblo tan pequeño se antojaban muy difíciles. En ocasiones, la conveniencia por formar una familia más que el amor, era el factor decisivo para que unos y otros contrajeran matrimonio. En palabras de nuestros mayores, después llegarían los hijos y todo se solucionaría; desgraciadamente para mi, ni siquiera ese fue mi caso. Abrí los ojos, volví a mirar el ataúd y me propuse salir de aquél pueblo en la primera ocasión que se presentara.

El hombre, vestido con traje oscuro, se descubrió y colocó el sombrero entre sus manos. Su juventud era evidente. Se sentó y empezó a oír, en la lejanía, la voz ronca y grave del cura. Por su mente aparecieron las imágenes del grave accidente sufrido y que llevó a su esposa a tres dolorosos años de agonía en un hospital de la capital. Un brazo partido y un largo y profundo corte en la barbilla fue su único recuerdo de aquel maldito día. Al regreso de nuestro viaje de novios su padre nos obsequió con un flamante deportivo. Un fin de semana decidimos hacer una ruta por la costa gallega. Ella conducía aquél día. El maldito azar, junto a una calzada resbaladiza y una velocidad algo excesiva, hizo el resto. Una piedra de punta afilada se cruzó en nuestro camino, reventó un neumático del deportivo y ella no pudo hacer nada más. Caímos por una pendiente y el coche terminó estrellándose contra un enorme árbol. La oscuridad se hizo en nuestros ojos, en los míos, de forma momentánea, en los de ella, definitivamente. El coma profundo se alargó durante 35 meses, 3 semanas y cuatro días. Con ella murieron todas mis ilusiones. Estaba embarazada de 3 meses.

Hacían cinco meses ya del entierro de su marido. Sus suegros, a sabiendas de que en la salud de su hijo nunca predominó la fortaleza, parecían culparla a ella de su desgraciada muerte. Tampoco recibía el amparo y consuelo necesario de mi propia familia. Me encontraba y me sentía sola y sin vida. Aquella tarde, paseando su soledad por aquel campo lleno de encinas y robles, tomó la decisión más importante de toda su vida; vendería su casa, sus tierras, cogería todas sus posesiones y escaparía de aquel lugar tan inhóspito para ella.

Como cada día, acudí a mi solitaria cita con el mar. En la última reunión del Consejo de Administración habían propuesto mi nombre para dirigir los negocios de la familia en Madrid. Necesitaba pensar y meditar mi decisión y para ello elegí el sitio adecuado. Después de más de dos horas sentado entre aquéllas piedras, creí haber tomado la decisión correcta. A la semana siguiente me instalaría en la capital y probaría si la terapia del cambio de aires aliviaba mi pésimo estado anímico. A fin de cuentas, salvo en el viaje de novios, nunca había salido de Galicia.

Malvendí la casa y las tierras porque tenía prisa por desaparecer de aquel pueblo que me estaba asfixiando. Liquidé todas mis deudas, incluso las conyugales a mis suegros que ni siquiera perdonaron la parte de su hijo fallecido, con lo poco que me quedó, partí a tierras desconocidas pero lo suficientemente alejadas de aquel calvario. Me instalé en un apartamento pequeño pero bien comunicado con el centro de la ciudad. Era consciente que ese gasto no lo podía mantener por mucho tiempo, debía encontrar trabajo con la mayor urgencia. No tenía cualificación profesional alguna, por lo tanto, mi destino laboral estaba muy claro. Después de veinte intentos frustrados, con los pies y la ilusión destrozados, pasé por un kiosco de prensa y leí como solicitaban personal para el servicio de limpieza de un restaurant. Mi cara, después de mucho tiempo, se iluminó por primera vez. Ya era tarde, anoté la dirección y el número de teléfono y marché a casa con una sonrisa dibujada en mi rostro.

Los negocios en Madrid me ocupaban la mayor parte de mi tiempo. Por otro lado, tampoco me apetecía disfrutar de ningún tiempo libre, entre otras cosas, porque siempre me llevaban a pensar en aquél fatídico accidente. Mis padres anunciaron su visita para ese fin de semana y la verdad, no me apetecía ver a nadie que me recordara mi reciente y triste pasado, al menos, no de momento.

Acudí al sitio indicado y mi cuerpo se sobresaltó al ver la presencia masiva de infinidad de personas. Me acerqué a la única mesa visible, en ella se encontraba sentada una preciosa y exuberante rubia de ojos azules, a ella me dirigí y le dije: “señorita, vengo por lo del anuncio para limpiadora” Rellene esta ficha y siéntese –contestó con un desinterés evidente- Así lo hice. Una vez sentada empecé a desesperarme a cada minuto que pasaba. De pronto, cuando no había pasado más de una hora, escuché como mi nombre se oía a través de unos altavoces. ¡Yo! –dije emitiendo un grito- La rubia exuberante me miró y se rió –curiosamente, ahora ya no me parecía tan desagradable- Pase Ud. por aquélla puerta –me dijo con cordialidad y con una leve sonrisa aún en sus labios- Entré temerosa y salí contratada. Al día siguiente empezaba, por vez primera en mi vida, mi primera jornada de trabajo oficial.

El fin de semana, con mis padres en casa, fue, además de un verdadero fiasco, una auténtica tortura. Se trajeron a una antigua conocida de Pontevedra para que alegrara, no sé si mi vida o para que calentara mi cama. No podía ser descortés con ella, la llevé a cenar, al teatro, a tomar una copa, por último, cuando ella se abalanzó sobre mí, yo la paré argumentando e inventando que necesitaba tiempo para reconducir mi vida sentimental. A mis padres les dije lo que pensaba de ellos después de su atrevimiento al traer a una joven sin mi consentimiento, después de eso, no creo que les hayan quedado ganas de volver. Lo siento por ellos, pero ojalá que no vuelvan trayendo un regalo tan envenenado.

El trabajo de limpiadora era agotador. Por motivos que desconozco no dormía bien. Un día, con cansancio acumulado por la falta de sueño, estaba limpiando la primera planta del restaurant cuando tropecé, con tan mala suerte, que caí sobre un gran cubo de agua, este se deslizó por el suelo para terminar de caer en la planta baja del local. El espectáculo era dantesco, cortinas empapadas en agua sucia, lámparas mojadas, mesas y sillas tapizadas de terciopelo y manteles bordados totalmente deteriorados….creí morirme. Tras de mí, una voz enérgica me conminaba a que abandonara el trabajo rápidamente. Entre sollozos recogí los útiles de limpieza y me dispuse a retirarme del lugar definitivamente. De pronto, de uno de los despachos interiores del restaurant, salió un apuesto joven, bien vestido y agradablemente perfumado ¿Qué ha pasado aquí? –preguntó- La señora de voz enérgica me señaló como la auténtica culpable de aquel desgraciado accidente. Con mis ojos empapados en lágrimas de vergüenza me dirigía abatida hacia la salida. ¡Espere un momento, por favor! –escuché con tono enérgico pero agradable- Me paré en el acto, me volví y los ojos de aquel joven se clavaron en los míos. Algo se conmovió dentro de mí, tenía una mirada limpia y tierna que me trasmitieron serenidad y frescura. Desde ese momento supe que aquel era el único hombre del que aún me podía enamorar.

Ha pasado un largo tiempo desde entonces. Ya no siento la angustia que me producía el paso de las hojas del almanaque. Mi vida ha cambiado junto a aquél apuesto joven, bien vestido y agradablemente perfumado. Vivimos juntos en un amplio y precioso ático en pleno centro de la ciudad. De noche, a través del lucernario, contamos juntos nuestras estrellas, nunca hemos querido hablar de nuestro pasado, no lo necesitamos para amarnos y querernos. Una mañana, al despertarnos, abrazados, el me rodeó fuertemente entre sus brazos, me besó, y me dijo que era la mujer más maravillosa del mundo…. lo quiero como nunca jamás pensé amar a nadie. A veces, cuando duerme, contemplo su belleza, lo acaricio con ternura, lo beso continuadamente, hasta que llego a su barbilla, entonces me pregunto ¿Cómo se haría ese corte tan largo y profundo?....

Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. ¿Parte final?

… la argumentación de la madre me dejó sin palabras. Ella saltó de la cama, se enfundó su albornoz y se dirigió a la puerta.

Antes de abrir la puerta miró por la mirilla –recordó que el portero automático no sonó sino que llamaron directamente en su piso- No vio nada. Y se inquietó. ¿Quién es? –pregunté desde el dormitorio- No hay nadie…¿no es extraño? Me levanté, enrollé una toalla a mi cintura y acudí a su encuentro.

Momentos después estábamos en la cocina preparando la cena. Un ruido leve –casi imperceptible- provenía de la puerta, como si estuvieran hurgando en ella. Fui hacia ella, la abrí con fuerza y rapidez; ante mis ojos apareció un gatito que arañaba la puerta con sus uñas. Me agaché, lo cogí, cerré la puerta y me fui hacia la cocina. Pusimos un poco de leche en un cuenco y el gatito empezó a lamer con avidez.

Cenamos tranquilamente sin mencionar nuestro frustrado intento de sexo apasionado. Justo cuando estábamos tomando el café caímos en la cuenta del gatito ¿Dónde está? ¿Lo has visto? –pregunté interesado- Miramos por todo el piso, por todas sus habitaciones y el gatito no daba señales de vida. Empezamos a ponernos nerviosos por la incomprensión de lo que estaba sucediendo.

Apurábamos –con perplejidad por lo sucedido- el último cigarrillo antes de irnos a la cama. De pronto, el sonido de una puerta cerrada violentamente… y otra… y otra… y otra… Nos levantamos emitiendo un grito escalofriante que salió de nuestras gargantas al unísono….

…en ese momento me desperté, vi el cuerpo estupendamente desnudo de mi amada junto al mío, me volví hacia ella y dejé un cariñoso beso en sus labios. Ella abrió sus ojos, me abrazó y me dijo “lo de ayer fue algo maravilloso…¿en qué pensabas? ¿no sería otra vez en el hombre del tiempo?” No vida mía, pensé que soñaba….

En la ducha, entre un agua tonificadora, culminamos, sin prolegómenos, una penetración tan excitante como satisfactoria. Desayunamos juntos entre besos y arrumacos, nos dirigimos a la puerta para salir y acudir a nuestros respectivos trabajos, al abrir, un grito ensordecedor volvió a salir de mi garganta…¿Por qué te asustas cariño? –dijo ella riéndose- ¡Si no es nada más que un gatito pequeño…..!

Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte II

…lo del hombre del tiempo no le hizo mucha gracia. Me dirigí hacia ella, rodee mis manos sobre su desnuda cintura y apreté su cuerpo junto a mí. Cogí sus labios entre los míos, noté como su tensión se relajaba y con un gesto habilidoso introduje mi lengua en su boca…noté el sabor de la pasión en su saliva…noté la excitación de sus pezones sobre mi pecho… mis manos jugueteaban con la única prenda que le quedaba. Con la ayuda de mis dedos índice deslicé sus braguitas hasta el suelo. La cogí entre mis brazos y me dirigí hacia la cama. En el camino ella acariciaba mi pene erguido, jugaba con él maliciosamente…me estaba poniendo cardiaco. Cálmate –le dije susurrando- ahora déjame hacer a mí. Tendida sobre el lecho pude ver la perfección de sus curvas, unas caderas redondas y sensuales, unos glúteos que invitaban al goce del placer. Recorrí todo su cuerpo con mi boca, besaba su cara, acariciaba sus hombros, cerré mi boca sobre su pecho, lamía su ombligo, besaba sus ingles…en aquel momento, el dulce olor de su sexo llegó hasta mi olfato. Subí sus piernas sobre mis hombros y bajé mi cabeza hasta lo más profundo de su ser. Mi lengua escarbaba sobre su abundante espesura hasta que encontró su recompensa; un clítoris rígido y sonrojado esperaba una caricia con impaciencia. No perdí un solo instante, mis labios se apropiaron de él con delicadeza y suavidad mientras mi lengua lo rodeaba con ritmo acompasado… mis manos no dejaban de acariciar sus pechos y pezones… un gemido brutal comenzó a salir de su garganta. Se levantó con rapidez y dirigió su boca hacia mi pene bestialmente erecto, atrás quedaban desgraciadas experiencias. Noté el aliento de su boca en mi glande humedecido por la excitación, justo en el momento de introducírselo, el sonido insistente del timbre de la puerta acabó con nuestro éxtasis… ¡Me cago en la puta de oros! ¡No abras, deja que llamen! No puedo –dijo ella con voz suave- sabes que mi madre está enferma….

Las vacaciones, los psicofármacos y el sexo. Parte I

A la vuelta de vacaciones todo es distinto. Las obligaciones laborales se te hacen de una pesadez insoportable. El primer día de curro estás desubicado, bueno, el primero, el segundo y así hasta la segunda o tercera semana que ya empiezas a darte cuenta que lo de Onasiss, sin reloj y en chancletas, solo fue un simple espejismo...un calentón pasajero. Entre medias, ¡Cómo no! una insufrible y recurrente depresión sale en tu ayuda para terminar de aliviarte tu pesada carga. ¡Cojones con el curro y la depresión! ¡Van a acabar con mi vida!

Estadísticamente, los psicofármacos –dicen- doblan las ventas al final del periodo estival. Y no me extraña aunque afortunadamente no es mi caso. Yo me lo monto a mi manera, hago acopio de los psicotrópicos durante todo el año para consumirlo, a palas, en esas semanas en las que no aguanto ni que me miren. Coma lo que coma y beba lo que beba todo lleva una generosa ración de esas pastillitas milagrosas. Pero después llegan los efectos secundarios que afectan directamente a tu sexualidad. Yo pregunto ¿Por qué cojones esas maravillosas pastillas provocan que no empalmes ni a la de tres? Me lo tomo con tranquilidad, eso sí, acabo con la paciencia de la parienta. Me dice: ¡Coño Manuel… que has visto toda la filmografía de Nacho Vidal y esto sigue pareciendo un frijol encogido¡ La miro con cara destemplada… después miro aquello y sí…. si eso no es un frijol se le parece bastante. Perdona cariño, a ver si mañana se soluciona.

Pasaron los días y la cosa marchaba relativamente bien. Ya no vomitaba cuando veía mi mesa abarrotada de papeles ni se me escapaba un pedete cuando el jefe dejaba caer que habría que hacer algunas horitas extras para ponernos al día. Me marché a casa dispuesto a tener una tarde-noche-madrugada de sexo continuo y continuado. Mi mujer me esperaba con desesperación. ¡Ya estoy aquí cariño! Un beso, un apretón, una caricia….. ¡Ya! ¿Ya? Preguntó ella. Cariño lo siento –dije yo- esto ha salido disparado como una bala… Ella me mira con ojos de desconsuelo y dice: Pues a ver si tienes más puntería porque ni siquiera me ha rozado el proyectil.

Os aseguro que me repuse de aquel gatillazo a la inversa. Nunca fui precoz en ninguno de los sentidos. Una hora después, restablecida la normalidad y la vergüenza, llevé a mi mujer al cuarto, la desvestí con suavidad y ternura, se quedó en ropa interior… ¡Menudo cuerpo! Proseguí….excitado pero paciente…cuando sonó el último clic del sujetador, ella se lo dejó caer y al dejar a mi vista aquél monumento a los senos…¡Ya! ¡Otra vez ya! …¿Ya…otra vez? Pero hombre –me dice- ….piensa en el hombre del tiempo.... calla, calla, -la interrumpí- que en ese era en el que estaba pensando….

Historias de la puta guerra...

Al Sr. Garzón.

¿Son 70 años suficientes para cerrar las heridas causadas por una guerra? ¿Se puede atribuir alguna persona la capacidad de poder cerrar una herida que no es suya? ¿Para quién están cerradas las heridas?

Tenemos necesidad de recuperar la memoria histórica, la verdadera memoria histórica, sin que sea, una vez más, manipulada por espurios intereses políticos y sin que eso signifique, como algunos políticos actuales creen y temen, ajustar cuentas con nadie. Las cicatrices que producen las heridas mal curadas no se reparan con el más miserable de los silencios. Fueron muchas las barbaridades cometidas y de múltiples maneras, en forma de asesinato, encarcelamiento, tortura, vejación, inanición, exilio, represión y sometimiento desde el inicio de la contienda fratricida, es decir, desde julio de 1936 hasta la terminación del régimen dictatorial impuesto por el general Franco en noviembre de 1975. Recordemos, que meses antes de la muerte del dictador, en el mes de septiembre de 1975, morían fusilados en Burgos, Cerdanyola y Madrid las últimas cinco víctimas de la dictadura.

Conozco a personas de mi pueblo que sufrieron pérdidas irreparables, unos de parte de los nacionales, otros de parte de los republicanos pero la mayoría, la inmensa mayoría ni de unos ni de otros. Cayeron en una contienda que nunca debió existir y que nunca se debió permitir. Tampoco podemos consentir que haya familias que llevan buscando, desde unas pocas décadas después, los restos de sus familiares, rastreando de pueblo en pueblo, necesitamos que de una vez por todas el Estado colabore en su identificación, la fecha de su muerte, como se produjo y la ubicación del cadáver; en ningún caso estamos pidiendo la identidad y castigo de sus asesinos; eso de nada serviría.

El cambio de sistema político existente en tiempos de la República hacia la dictadura militar supuso, además de muchas muertes (¿casi un millón?) cambiar la libertad de la que disponía y gozaba el individuo dentro de la sociedad por el miedo, la incertidumbre y la esclavitud de pensamiento más terrible. Es una realidad de fácil constatación el identificar a los agresores y a los agredidos, lo mismo que resulta fácil intuir que los republicanos también se defendieron. El movimiento nacional usurpó, mediante el alzamiento y rebelión de belicosos y beligerantes militares salva-patrias, el gobierno democrático del pueblo por medio del uso indiscriminado de las armas y la muerte –también indiscriminada- de sus gentes. Crearon muerte, miseria, desesperación y hambre por todos y cada uno de los sitios por dónde pasaban.

Internacionalmente el conflicto bélico en España fue considerado como el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial sirviendo como confrontación entre las distintas ideologías existentes en el momento; fascismo, democracias de tradición liberal y movimientos revolucionarios. Tras la dimisión voluntaria del General Primo de Rivera en pleno reinado de Alfonso XIII, la II República, presidida inicialmente por Niceto Alcalá-Zamora, natural de Priego de Córdoba, se alzó con el poder el 14 de abril de 1931 de forma absolutamente democrática a través de las urnas.

Recojo reconocimientos internacionales: “La Constitución de la Segunda República supuso un avance notable en el reconocimiento y defensa de los derechos humanos por el ordenamiento jurídico español y en la organización democrática del Estado: dedicó casi un tercio de su articulado a recoger y proteger los derechos y libertades individuales y sociales, amplió el derecho de sufragio activo y pasivo a los ciudadanos de ambos sexos mayores de 23 años y residenció el poder de hacer las leyes en el mismo pueblo, que lo ejercía a través de un órgano unicameral que recibió la denominación de Cortes o Congreso de los Diputados y, sobre todo, estableció que el Jefe del Estado sería en adelante elegido por un colegio compuesto por Diputados y compromisarios, los que a su vez eran nombrados en elecciones generales”.

Esto (que tanto molestaban a los insurrectos y sanguinarios) era parte de lo que teníamos en aquélla época; y nos fue sustraído, sañosamente, por un grupo de militares ávidos de sangre y venganza para formar lo que ellos llamaban la salvación de España; la creación y posterior control de un estado totalitario. Sus manos, aún hoy en día, continúan manchadas de sangre, en algunos casos, de sangre de su sangre pero sobretodo de la sangre de inocentes; todo ello con la complacencia, permisividad y connivencia de una iglesia católica que ni era iglesia ni mucho menos era católica. La guerra fue larga, cruenta, provocada y premeditada, donde perdieron la vida y la dignidad numerosísimas familias españolas. El último reducto de resistencia lo ofreció Madrid hasta su caída el 28 de Marzo de 1939, cuatro días después, el general Franco declaró oficialmente el fin de la guerra. La España Republicana sucumbió, sus representantes y defensores, masacrados, aniquilados, ejecutados, expoliados, desaparecidos o exiliados.

No todos los combatientes en el fratricidio español fueron iguales, mantener la tesis que los dos bandos hicieron lo mismo no sería ni justo ni cierto, no podemos dar legitimidad a los golpistas y legitimarlos ante aquéllos que solamente defendieron su vida y a la República como gobierno democrático establecido y legítimamente autorizado. En todos los conflictos armados se cometen acciones indignas o reprobables y contrarias al Derecho Internacional Humanitario y España no iba a ser una excepción. La insurrección y rebelión militar en España se inició el 17 de Julio de 1936 en el protectorado de Marruecos, una de las primeras víctimas de los nacionales fue el general Manuel Romerales, persona de confianza de Manuel Azaña y enviado por éste a Marruecos para vigilar cualquier movimiento involucionista; fue detenido en Melilla, poco después juzgado por Consejo de Guerra y posteriormente fusilado.

Este tipo de acciones marcó la estrategia futura; en palabras del general Queipo de Llano, extractando algunas de sus famosas arengas radiofónicas pronunciadas en julio de 1936: “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, podéis ir preparando sepulturas¡ Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad” … “¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré” … “Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser un hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”.

Bastante explícito, contundente y canalla. Fue Sevilla el feudo particular de Queipo de Llano. Ciudad donde aún ostenta este general las distinciones de Hijo Adoptivo de Sevilla y la Medalla de la Ciudad. También donde se enriqueció con los inmensos beneficios del cultivo del arroz en la marisma del Guadalquivir, aprobó torturar y “pasar por las armas” a sindicalistas, comunistas y ciudadanos fieles a la República. Especialmente dura fue la represión en barrios como Triana, La Macarena, San Julián y El Pumarejo. Los camiones para el transporte de los muertos al cementerio llegaron a conocerse como “camiones de la carne”, según explica el historiador Antony Beevor.

Se iniciaron los desgraciados “paseos” llenando de cadáveres las cunetas, las tapias de los cementerios, los pozos, los centros urbanos y su extrarradio, los descampados… obligando a la quema de cadáveres para evitar el peligro de epidemias. Tiene guasa el contrasentido, se preocupaban de nuestra salud y no les importaba lo más mínimo pegar tiros a diestro y siniestro. Se iniciaron las constantes delaciones de unos ciudadanos contra otros bien por motivos políticos, rencillas familiares o intereses puramente económicos y éstas duraron muchos, muchísimos años, más allá de la terminación de la guerra en 1939. En todas partes se repitieron escenas idénticas: insurrección, detención y fusilamiento de jefes y oficiales indecisos, sin importar grado de parentesco o amistad; rápido control de las calles, castigo en los barrios obreros y asesinato de alcaldes y gobernadores civiles.

Eso no es justo, en absoluto, ningún bando puede estar satisfecho con la cantidad de asesinatos cometidos, aunque el número de ellos sea muy superior en las filas nacionales que en las republicanas. Cosa, por otro lado obvia, debido al potencial armamentístico de unos y otros. La historia reciente de España está en la memoria de millones de españoles, transmitida por generaciones a través de vivencias, conversaciones, sufrimientos y algunos escritos o libros. Los vencidos en la Guerra Civil se han tenido que conformar con la memoria histórica, totalmente sesgada, que los vencedores y las autoridades del Estado franquista han querido transmitir. Al bochornoso silencio que impuso la dictadura se sumó la vergonzosa indiferencia de la transición, es hora ya que el estado democrático ponga al alcance de los vencidos los medios para recuperar la auténtica memoria histórica y así resarcirlos, en la medida de lo posible, de todo el daño ocasionado. Los muertos, impíamente abandonados en lugares desconocidos, son nuestros muertos, muertos sin tumba, que deben merecerse todo nuestro esfuerzo y toda nuestra comprensión; sin distinción de bando. No demostremos a la sociedad que también nosotros hemos pasado demasiado tiempo “cara al sol”.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

El Sr. Garzón, magistrado amado y odiado por conveniencia política, ha dictado una providencia para que los ayuntamientos de Madrid, Granada, Córdoba y Sevilla, además de otros organismos e instituciones como la Conferencia Episcopal, la Abadía del Valle de los Caídos o varios archivos y registros estatales, identifiquen a los desaparecidos y enterrados en fosas comunes durante el franquismo. Minutos después, la derecha mediática y política de este país se puso de los nervios. ¿Por qué tantos nervios y beligerancia si no son a ellos a los que el juez cita en su Providencia? ¿Qué podemos perder los españoles que no hayamos perdido ya?

Mi amor por María

Desperté abrazado entre cartones. Hacía mucho frío. Sentía hambre, sueño y fatiga. Una insistente y agotadora tos delataba la segura presencia de una enfermedad pulmonar crónica. Toqué mi frente con mis ásperas y sucias manos, después de unos segundos, distinguí –de forma ostensible- una considerable elevación de la temperatura. Ordené mis escasas y paupérrimas pertenencias y las coloqué en el interior de una roñosa mochila. Y caminé… sin fuerzas… pero caminé...

Algunos meses atrás, en el despacho de uno de los más prestigiosos cirujanos cardiovasculares del país, el equipo médico del doctor Esteve, se reunía para estudiar el grave problema de cardiopatía que el joven de la habitación 419 padecía desde su nacimiento. Nació con una malformación congénita que le impedía vivir sin estar conectado a una máquina las 24 horas del día. Era un joven de talante cordial, alegre y sumamente esperanzado en el devenir de su vida. Bromeaba con todo el mundo y su fe en el doctor y todo su equipo estaba fuera de toda duda. A su lado, su joven madre, recientemente divorciada, miraba con ternura infinita aquél regalo que Dios le entregó con maquinaria defectuosa. Siempre maldijo no haber hecho caso a su ginecólogo cuando este le aconsejó un aborto controlado al tener casi la total seguridad de serias malformaciones en el corazón de su entonces embrión. Un parto nonato, tremendamente dificultoso y peligroso, acabó por darle la razón. Se levantó del sillón mirando a su hijo con una sonrisa en los labios, abrió la puerta del cuarto de baño y se puso a llorar desconsoladamente.

…con mi mochila en la mano, llegué a un parque cercano y me dirigí a una pequeña fuente. Comencé el único aseo personal posible. El agua casi helada estalló con violencia en mi cabeza ardiente. Un leve mareo dio con mi cuerpo en el suelo. Cuando desperté, me encontré en el interior de una cama con sábanas limpias dentro de una habitación con olor aséptico. Sentí un leve dolor en mi brazo derecho y comprobé, a través de una serie de orificios con un ligero color morado en su entorno, que había sido objeto de más de un análisis médico. Un bote de suero pendía desde lo más alto intentando dar alimento y medicación a través de mis venas. La puerta de la habitación estaba entreabierta, y a través de ella, me pareció reconocer el sitio donde me encontraba. El ligero y asiduo temblor de mano hizo nuevamente acto de aparición, en ese momento, tres doctores entraron en la habitación y la cerraron.

El doctor Esteve requirió la presencia en su despacho de la madre del joven. Ella entró temerosa y expectante. Siéntese –dijo el doctor con tono serio aunque amable- La presencia de todo el equipo médico en aquella habitación, dirigiendo sus miradas hacia ella, provocó que junto al temor y a la expectación se uniera una tremenda excitación nerviosa. ¿Pasa algo doctor Esteve? ¿Hay algún problema para la intervención de mañana? Tranquilícese señora, no pasa nada nuevo sino la gravedad en sí de la operación y de los numerosos riesgos que corremos –dijo un miembro del equipo médico- Queremos que sepa que el doctor Esteve no va a ser el encargado de realizarla, queremos su consentimiento, porque en caso contrario, su hijo no será operado. ¡Dios mío! ¿Ahora me lo dicen? ¿A escasas 20 horas? ¿Qué motivos existen para que el doctor Esteve no pueda intervenir a mi hijo? Unas lágrimas desesperadas comenzaron a correr por sus mejillas.

Los doctores se situaron al pie de mi cama. Reconocí a dos de ellos y esperé a escuchar lo que me tuvieran que decir. El desconocido era el único que miraba directamente a mis ojos, con gesto algo tosco y nervioso, empezó a balbucear palabras ininteligibles. ¿Qué pasa doctor? ¿Por qué no habla claro? ¿No sabe Ud. que estamos entre viejos conocidos? De acuerdo Sr. Esteve. Escuché con atención el diagnóstico de mis enfermedades y respiré aliviado. Gracias -susurré- ya no me queda mucho tiempo de sufrimiento y amargura…

Ella secó sus lágrimas, miró al doctor Esteve y este se levantó de su sillón y se dirigió hacia ella. Le cogió las manos con ternura y cariño y le dijo: “Señora, los doctores aquí presentes no me ven cualificado para realizar la complicada operación que su hijo necesita. Mi mano tiembla ligeramente en ocasiones y ellos creen que cualquier movimiento de mi mano, por muy milimétrico que sea, pondría en peligro el éxito de la intervención, y como no, la vida de su propio hijo.” ¿Quién será el encargado de hacerla? -Dijo ella mirando alternativamente a los demás doctores de la habitación- El hijo del director del centro, el doctor Puig. No debe preocuparse señora, el doctor Puig es un joven pero competente cirujano que nos llevará al éxito -espetó el doctor Esteve- La mujer se levantó lentamente y añadió: Por favor, denme un par de horas para pensarlo, después comunicaré mi decisión.

Los tres médicos se sorprendieron al comprobar que la comunicación de la mala noticia sobre mi estado de salud, provocaba en mí satisfacción en lugar de tristeza. El único de los doctores desconocidos me volvió a mirar a los ojos y dijo: “Tiene Ud. una visita Sr. Esteve ¿Le hago pasar?” Miré al techo de la habitación durante unos segundos, sentí golpes en mi pecho producto del latido impetuoso de mi corazón; Sí, respondí conciso sin tener la menor idea de la identidad de mi visitante misterioso. Los tres doctores salieron y ella apareció en el umbral, en su cara se reflejaba tristeza, en sus ojos húmedos…vi reflejado mi corazón. Tras ella, un joven lleno de vida se abalanzó sobre mí depositando un fuerte abrazo…

Pasaron las dos horas y ella nos comunicó su decepción pero aceptó a regañadientes –no podía hacer otra cosa- que el doctor Puig interviniera a su hijo. Mientras se alejaba la seguí con la mirada, era una mujer fuerte, tierna, de grandes sentimientos y de una belleza extraordinaria…. de toda ella me enamoré desesperada y calladamente. La larga y continuada estancia entre aquellas paredes, nuestras charlas sobre el futuro de su hijo, su gran generosidad y ese trato cariñoso y comprensivo que siempre me dispensó, a pesar de su sufrimiento interior, hizo que mi cuerpo se estremeciera de emoción con tan solo verla o recordarla. En la habitación continua, un doctor Puig tan eufórico como caprichoso, se envanecía del éxito obtenido. Era un cirujano prometedor, de eso no me cabía ninguna duda pero tan consentido por el poder paterno como maleducado. Esa sería su primera intervención quirúrgica en ese tipo de operaciones. Mi equipo médico había sucumbido a los ofrecimientos del joven doctor. Estaba solo y debía aceptarlo.

Cuando el joven me liberó de su abrazo ella se acercó sobre mí y dejó un beso en mi frente que provocó un escalofrío en todo mí ser. Javier (ese era mi nombre) entre nosotros dos te vamos a ayudar a salir de esta –dijo-, no dejaremos que vuelvas a alejarte de nuestras vidas; te necesitamos…y te queremos. Mientras decía estas palabras su mano apretaba con fuerza la mía. No recuerdo la última vez que lloré, ¿o quizás fue esa la primera?…

La operación estaba prevista para las 8 de la mañana del día siguiente. Eran las 9 de la noche y ya solo nos separaban 11 horas del éxito o fracaso, de la vida o la muerte. Me marché solo del hospital, mi séquito acompañaba al hijo del director del centro hospitalario, el joven doctor Puig. Mientras me dirigía hacia los aparcamientos oí como ellos quedaban para tomar una copa y celebrar el acontecimiento, que no era otro, que hacer sucumbir al todopoderoso doctor Esteve. Arranqué mi vehículo y me marqué, como algo ineludible, llegar a casa y descansar, el día de mañana sería largo y complicado.

El joven (creo que aún no lo he dicho) se llama Jorge y no paraba de contarme hazañas irrealizables que siempre le fueron vetadas. Era una avalancha de palabras las que salían de su boca; reíamos y llorábamos de alegría. Su madre (María) miraba extasiada a su hijo mientras que sus manos acariciaban las mías. Se produjo un silencio incómodo que yo aproveché para llamar la atención de ambos; les pedí un momento de atención pero les hice prometer que aceptarían con su habitual valentía lo que les tenía que contar. Con las seis manos entrelazadas comencé mi relato; me han diagnosticado dos enfermedades, un proceso incipiente pero acelerado de Parkinson, y otra algo más seria (tomé aire) los miré, y armándome de valor continué; bueno…creen que tengo un cáncer pulmonar con metástasis avanzada (otro silencio) la verdad es que yo me encuentro bien salvo por esos malditos ataques de tos dolorosa. Nuestras manos seguían unidas, ella me miró, y dijo; no importa, haremos lo que queremos hacer, viviremos juntos hasta que nuestras vidas se extingan, cuidaremos todos de todos, seremos una verdadera familia…

Eran las 7:30 horas de la madrugada y todos estábamos preparados, todos menos el joven doctor Puig que no había dado señales de vida. Tomé el mando y ordené que le avisaran inmediatamente. Poco antes de las 08:00 horas me comunicaron que ya estaba en su despacho dispuesto a empezar el trabajo. Abrí la puerta, le miré y comprobé su pelo aún humedecido y el olor a alcohol que inundaba la habitación. El se dirigió hacia mí y en apenas cinco metros trastabilló en dos ocasiones. Lo agarré para que no cayera y mi olfato se inundó de un desagradable olor a alcohol que salía de su boca. El insistía en la operación y le propiné un puñetazo que hizo que perdiera el conocimiento. La borrachera también contribuiría a que durmiera durante un par de horas o tres, salí de la habitación no sin antes cerrar la puerta y llevarme las únicas llaves existentes. Advertí al personal de servicio que el doctor Puig no debía salir de aquella habitación, bajo mi responsabilidad y por ningún concepto. Baje a la sala de quirófanos, el equipo médico ya estaba preparado, se extrañaron al verme a mí y no al doctor Puig pero callaron; nos deseamos suerte y comenzamos la cuenta atrás. Al coger el bisturí mi mano tembló ligeramente, nadie lo advirtió, decidí armarme del valor suficiente y comencé las primeras incisiones….seis horas después, con el cuerpo del joven anestesiado, su corazón daba sus primeros latidos sin ayuda mecánica. El último gran éxito del doctor Esteve.

Un juicio precipitado, lleno de imprecisiones, falto de testigos en mi favor, con un veredicto emitido no por el juez sino por el poderoso director del centro hospitalario, el padre del joven doctor Puig. Me condenaron al pago de una indemnización millonaria que provocó el espolio de todas mis pertenencias, me retiraron la licencia médica y me inhabilitaron -de por vida- a ejercer mi profesión. Todo realizado con una excesiva prisa, sin medios de comunicación, sin visitas de los pocos amigos que conservaba o de los pocos familiares que aún tenía en Francia. Me llevaron a la cárcel, como un criminal, fui condenado por desacato al juez durante seis meses; a los cuatro salí por buen comportamiento, me encontré solo, en la calle, sin tener donde ir y con tan solo 30 euros en mi cartera. Entonces decidí abandonar mi lucha, no tenía fuerzas para desenmascarar a los poderosos que habían acabado con mi vida de una forma injusta y miserable. Una poderosa depresión hizo el resto, abandoné mi alma y deje en libertad mis únicas esperanzas. Mi cuerpo se hundió en la más absoluta miseria.

"…seremos una verdadera familia…" Esa frase, en boca de la dulce María, sonaba a celestial. Pasamos doce días en el hospital y nunca se separaron de mí. Me dieron el alta médica junto a un tratamiento paliativo y el compromiso de revisiones periódicas. Salimos con las ilusiones, la fe y la esperanza renovadas. Nos fuimos a vivir a la casa que ella posee en un pequeño y hermoso pueblo de la costa andaluza. Han pasado cinco años desde que comenzara esa nueva vida. Los médicos no me creen cuando les digo que la evolución de mi enfermedad se debe al gran amor y alegría que compartimos. Desde hace un tiempo, me despierta el llanto de un recién nacido, es nuestro hijo….sé que algún día me despertaré para no volver a hacerlo nunca más, pero créanme, el intento ha valido la pena.

Ocurrió en el piso 12.

Eran las 5 de la madrugada. Desperté inquieto y sobresaltado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama y noté la misma y dolorosa ausencia. Algo más de cinco años hacían ya de su muerte. De la muerte de mi amada esposa. Mucho tiempo, excesivo tiempo para que un pobre viejo de 65 años se acostumbrara a tanta soledad. Mi vida desde aquel suceso ha sido una constante mezcla de tristeza y abatimiento. Tampoco me queda el consuelo del hijo que nunca tuvimos pero que siempre ansiamos. Me incorporé de la cama, sequé mis lágrimas y comencé los preparativos para la ceremonial cita del día de hoy, en la que yo, a pesar de mi voluntad, iba a ser el principal protagonista.

Como todos los días acudí puntual a mi trabajo. Me senté en la misma mesa de siempre, vacía de documentos pero pleno de recuerdos. Sobre su robusta madera se encontraba, además de unas plumas desgastadas por el uso, la foto de mi bella y amada esposa. Al instante acudieron, de forma tan intempestiva como impetuosa, un torrente de gotas procedentes de mi glándula lagrimal, lo supe, porque mis labios se impregnaron de un agradable sabor salado.

Las doce de la mañana, la hora elegida. Bajé a la planta baja del edificio y alrededor de una mesa redonda repleta de viandas, se encontraban algunos de mis jóvenes compañeros de trabajo. De los viejos, yo era el único que quedaba, los anteriores, o enfermos jubilados o felizmente muertos. Créanme que no sé si festejábamos mi jubilación o el hecho de que por fin se habían desembarazado de mí. Parecía ser un pobre viejo que importunaba con sus morales y anticuados consejos a una selecta y aguerrida tropa, que vestidos con trajes de Armani, andaban ávidos de dinero, inundados entre masters, posgrados y maestrías pero exentos del menor de los escrúpulos. El asunto, ahora, no me importaba lo más mínimo, aquello era un trámite más que daría constancia de lo ingrato que resulta dejar tu vida entre aquéllas cuatro paredes, recibiendo como única recompensa, una medallita de honor a la constancia y el esfuerzo y un buen número de palmaditas en la espalda. Empecé a sentirme incómodo y cansado, muy cansado. Me disculpé con mi habitual educación, casi con pleitesía, fue entonces cuando me vi retratado en aquel periodista protagonista del libro de Antonio Tabucchi, llamado “Pereira”, interpretado en el cine por mi admirado Mastroianni.

Pulsé el botón 12 del ascensor y volví a entrar en mi despacho. Me vacié los bolsillos y dejé todas mis pertenencias en un cajón de mi antigua mesa de robusta madera. Hice lo mismo con la foto de mi añorada y amada esposa y cerré el cajón. Cogí una silla, la coloqué junto a una amplia ventana; amplia y única ventana. La abrí y me asomé. Comprobé que la altura entre mi despacho y el asfalto era tremendamente excesiva; mareante -pensé yo-. Fueron los rápidos efectos de un turbulento viento frío sobre mi cuerpo los que me obligarían a tomar una rápida decisión.

Mis pies se sostenían sobre el amplio alféizar. Cerré los ojos y recé una oración en memoria de mis seres queridos pidiendo perdón y consuelo. Aún continuaba con los ojos cerrados notando como me abandonaban toda mi valentía y arrojo. Entonces se me ocurrió poner fin a mi decisión de la forma más infantil; lo haría, como si de un niño pequeño y asustadizo se tratara, a la cuenta de tres.

Tomé aire, carraspeé con fuerza: ….UNO…DOS…TR…. ringggg…. ringgggg…. ringggg…. el sonido del teléfono me desconcertó, me distrajo de mi objetivo. Incomprensiblemente, tuve miedo al bajarme de aquella ventana. El teléfono seguía sonando, me acerqué y lo descolgué: “DÍGAME, ¿CON QUIEN HABLO?”

Eran las 5 de la madrugada. Desperté tranquilo y despreocupado. Como todos los días al despertar, toqué ambos lados de la cama. El cuerpo de una mujer bella se recostaba a mi izquierda. Era una especie de ángel dormilón que nunca estuvo en disposición de dejar la cama a horas tan intempestivas. Algunas veces, las personas necesitamos tan poco para ser felices que no nos damos cuenta hasta que no estamos en la “cuerda floja”. Ese fue mi caso.

Mientras me afeitaba, recordé la llamada telefónica que evitó que el “TRES” saliera definitiva e irremediablemente de mi boca. ¿Quieren saber la contestación que recibí a la pregunta de con quién hablo? …una voz juvenil me dijo: “PERDÓN SEÑOR, CREO QUE ME HE EQUIVOCADO”… fue el error más importante que alguien pudo cometer conmigo. Justo a partir de ese día me di cuenta que se podía seguir amando y llorando la muerte de mi mujer amada y hacerlo compatible con ciertas dosis de felicidad que acompañaran mi vida hasta el día de muerte. Creo que lo merezco.