Libro de Arena
Login

Palabras arrebujadas

El Informe St. Mourice (2ª parte y última)

Al cabo de poco tiempo, ya estábamos contagiados del desánimo y el abatimiento que encontramos en los soldados que relevamos. Teníamos los nervios crispados por los martilleantes proyectiles, contra los que no podíamos hacer nada, salvo esperar que no cayeran sobre nuestra cabeza y engrosar el ya de por sí atestado Hospital de Campaña; y por la espera de una invasión que no llegaba. Parecía que esos malditos boches querían desgastarnos hasta la locura antes de hacer su entrada triunfal.

Sólo el respeto por nuestros superiores inmediatos, conseguía mantenernos en nuestro sitio. Se recorrían las trincheras ofreciéndonos cigarrillos, algo de limón en polvo o café; aprovechaban el momento de darnos las indicaciones para charlar un rato con nosotros o traernos el correo, o simplemente se quedaban escuchando cualquier chorrada que se nos ocurriera contarles. Todo con tal de subirnos el ánimo y conseguir aguantar. ¿Y dónde estaba el Teniente mientras tanto? En la seguridad de su cómodo despacho. En todo el tiempo que estuvimos soportando aquella barbarie, ni una sola vez fue visto dirigiéndose a su tropa, ni visitando a los caídos, ni pasando revista, ni mucho menos acercándose a la línea del frente.

Cierto día, llegaron noticias de que la RAF estaba dispuesta a prestar apoyo aéreo, haciendo una “pasada” sobre la posición alemana, siempre y cuando se limpiara antes la zona de 88s , pues no querían correr excesivos riesgos. Los de “Arriba” vieron la mejor oportunidad para zanjar la cuestión de una vez por todas, y autorizaron el envío de una pequeña dotación de la División Acorazada.

Nosotros sabíamos lo que eso significaba. Lo único que esperábamos, era que el Teniente Stevens relegara el mando como lo había hecho hasta entonces; así, al menos, podríamos llegar a tener una oportunidad de sobrevivir.

Los blindados no tardaron en llegar. Apenas media docena de M4 Sherman con más bollos que mi cantimplora, pero armados hasta las cejas. Nuestras expectativas se vinieron abajo cuando nos enteramos que el propio teniente, se encargaría de dirigir la operación personalmente.

La mañana en cuestión, fuimos reunidos para darnos las indicaciones. El Teniente, con su peculiar cortedad de palabras, se limitó a esbozar la misión: La 1ª Sección, liderada por el Sargento Carlson, tomaría al asalto la primera línea de artillería, para despejar el camino a los blindados; mientras, la 2ª (a la que yo pertenecía), bajo las órdenes del teniente y con los Shermans, buscaríamos el flanco para cogerles a la descubierta; quedándose la 3ª Sección de Sargento McCreddy en St. Mourice para proteger la retaguardia. «Las órdenes particulares, decía, serán comentadas por cada sargento a su sección». Al oír estas palabras, el Sargento Hoffman miró de soslayo hacia a tras y bajó la vista apesadumbrado. Todos entendimos ese gesto, a pesar de su simpleza: no había nada más que explicar, ése era el plan, y él sabía lo mismo que nosotros.

Nada salió como se esperaba... La 1ª apenas si pudo acercarse antes de ser acribillada por los nidos de las MG 42. ¡Menuda masacre! Por otro lado, a nosotros tampoco nos fue mejor. En pleno avance fuimos interceptados por Panzers, SdKfz 251 y toda una división de Panxergrenadier. Ante eso, poca resistencia pudimos ofrecer, y, en plena confusión, vimos uno de nuestros Shermans abandonar precipitadamente el campo de batalla. Por la escotilla sobresalía el busto del Teniente Stevens, con las manos alrededor de la boca, a modo de bocina, gritando a retirada.

Los boches no parecían estar dispuestos a consentirlo, e iniciaron nuestra persecución. Durante la huida llegamos a un maizal que extrañamente había aguantado el envite de la guerra, y cuya frondosidad podría ofrecernos cobertura, en un intento de despistar a nuestros perseguidores.

Corrimos y corrimos, como alma que lleva el diablo, y no paramos hasta que llegamos al linde, al otro lado. Cuando recobramos un poco el aliento, aprovechamos para reagruparnos y comprobar la situación. Todo estaba en silencio, así que salimos a campo abierto. Muchos habían caído, diezmándonos, pero, para desgracia de todos, el Teniente no se encontraba entre las bajas. Al contrario, allí seguía, asomado desde su blindado, con un gesto inquietante en su rostro. Señalándome, me dijo sin más dilación: «¡Cabo, dígale al Sargento McCreddy que traiga a sus hombres aquí!». ¡¿Cómo, que la 3ª Sección viniera aquí?! Eran los únicos que se interponían entre el ejercito alemán y St. Mourice, ¿y quería que abandonaran la defensa de la ciudad para venir aquí? ¿Qué pretendía hacer? Si lo que teníamos que hacer sería ir nosotros en apoyo de la 3ª. Al ver mi vacilación, el Teniente Stevens espetó una maldición y reiteró su petición, recalcando contundentemente que se trataba de una orden.

Emprendí la marcha hacia St. Mourice, aún conmocionado y dubitativo sobre si obedecer la orden dada, que apenas me di cuenta cuando llegué. Apunto estaba de acceder a los límites de la ciudad, cuando se apareció ante mí una visión que me heló la sangre. El perímetro de seguridad había desaparecido: las alambradas habían sido quitadas, los fosos tapados, los sacos sustraídos y los soldados retirados. Pero había algo que aún me impresionó más; las casas habían sido reconstruidas y unos edificios de extraña arquitectura habían sido erigidos.

Con el corazón latiéndome como una locomotora y la sangre golpeándome a borbotones las sienes, agarré mi M1 Garand, adentrándome por una callejuela empedrada. No había dado más que unos pasos, cuando me encontré de frente con una mujer que venía en dirección contraria. Al verme, levantó los brazos en señal de rendición y me lanzó una sonrisa, continuando su camino sin detenerse. La calle desembocó en una plazoleta, donde un grupo de niños jugaban despreocupados a la pelota.

En un banco, al otro extremo de la plaza, estaba sentado un anciano cabizbajo, que no había reparado en mi presencia. Tenía que encontrar al Sargento McCreddy con extrema urgencia, así que me dirigí al anciano para preguntarle si sabía dónde se encontraban los soldados. Nunca se me habían dado bien los idiomas, y del francés apenas si aprendí a decir “mercy”. Me coloqué delante del anciano y, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, levantó la cabeza, mirándome con ojos vidriosos. Yo saqué del bolsillo de mi guerrera una foto tomada con los muchachos en la base de Uppottery y se la acerqué señalándole al Sargento McCreddy. El anciano miró un momento la foto, rompiendo a llorar mientras extendía un dedo para señalarme a un muchacho situado dos puestos más a la derecha del Sargento. Contemplé al joven señalado y volví a mirar al anciano horrorizado. Sí, era él, era Smith ¡Pero cincuenta años más viejo!

Fin de la transcripción.-

El Informe St. Mourice (1ª prte)

Extracto del artículo publicado por Le Monde el 14 de septiembre de 1994:

El 13 de septiembre de 1944, un grupo de soldados estadounidenses asignados a la defensa de la ciudad de St. Mourice (cerca de la frontera con Bélgica), desapareció durante la contienda. Las primeras investigaciones se centraron en una probable deserción, pero la falta de indicios que lo avalara, cambió su curso hacia la caída en los enfrentamientos. Al no hallar tampoco los restos mortales, decretaron el “desaparecidos en combate”[...] Ayer, cincuenta años después de aquel incidente, es encontrado a las afueras de St. Mourice un joven desorientado, ataviado con el uniforme utilizado por el P.I.R. durante la Segunda Guerra Mundial[...]

Extracto del informe del Cabo de 2ª Robert E. Thompson,

de lo sucedido en septiembre de 1944:

El frente se había recrudecido, sobre todo al nordeste, donde las tropas alemanas habían conseguido penetrar nuestras defensas, en un intento por inclinar la balanza en su favor. El Alto Mando temía por la pérdida de St. Mourice, último punto de contención, que supondría una brecha abierta hacia el interior y la pérdida del control de uno de los principales puntos estratégicos.

El incesante bombardeo y el asfixiante sitio a la que estaba siendo sometida la ciudad, habían diezmado las tropas allí apostadas, propagando entre los soldados el desánimo de la incipiente derrota. En tales circunstancias se nos asignó a la Compañía River del 205º Regimiento de la 82º División Aerotransportada, la defensa de St. Mourice, con una sola orden: Resistir.

Las noticias que se recibían no eran muy halagüeñas, y se tenía la sensación de encontrarse en un callejón sin salida. Lo que no nos imaginábamos, era que lo peor aún estaba por llegar... A pocos días de la partida, se recibió notificación del ascenso a Capitán del Teniente Sullivan. Todos nos alegramos por él, era un buen hombre que había sabido mantenernos con vida; siempre tomando las mejores decisiones y velando por sus muchachos. El único pero era que, con el ascenso, tenía más responsabilidades administrativas, debiendo incorporarse a la Plana Mayor, por lo que no podría comandarnos en aquella misión. Los rumores sobre quién se encargaría de dirigirla, fue la comidilla de la compañía. Todos apostábamos por los Sargentos Carlson o McCreddy, de la 1ª y 3ª sección, por méritos propios, lo que supondría una cadena de nuevos ascensos. Sin embargo, no ocurrió así. La asignación recayó sobre el Teniente Harold Stevens, un “chico de la West Point”. Ninguno entendíamos cómo se le podía dotar de una compañía entera a un recién llegado, y más teniendo en cuenta la reputación que arrastraban estos “ratones de biblioteca”. El propio Capitán Sullivan se opuso a este nombramiento, pero sólo obtuvo como respuesta un «las órdenes viene de arriba».

A pesar de ser recibido con recelo, preferimos, por el bien general, dejar los juicios de valor hasta ver cómo se comportaba en combate. ¡Maldita sea, qué acertados estábamos!

Cuando llegamos a st. Morice, la ciudad (si a eso podía llamársele ciudad, pues parecía la mayor escombrera que jamás hubiera visto) se hallaba en el caos más absoluto. Los proyectiles de mortero y de los cañones del 88 caían incesantemente por doquier, como un aguacero de plomo; una nube de polvo y astillas flotaba de forma constante en el ambiente y los cascotes de ladrillos y piedras y los cráteres de los impactos, dificultaban el tránsito de los vehículos.

Tras proceder al relevo y recibir los informes, pasó el Teniente Stevens a hacerse cargo de la situación. Hacerse cargo... ¡Ja! La primera orden que nos dio fue un simple «tomad posiciones defensivas», y dándose la vuelta se dirigió al edificio establecido como Puesto de Mando, donde se recluyó todo el tiempo hasta el día del incidente. Los muchachos nos miramos las caras con perplejidad. ¿Tomad posiciones defensivas quiénes, dónde, cómo? El Sargento McCreddy fue el primero en reaccionar, y comenzó a bufar órdenes descarnadamente, movilizándonos al instante.

Las alas de la conciencia

Las alas de la conciencia

se posan sobre mí.

Sus dulces plumas acarician

mi rostro cansado.

Recuerdos vienen a mi memoria

de tiempos remotos,

tan antiguos como

enormes piedras megalíticas.

Los pájaros del silencio

regresan a sus nidos,

a los inmensos lagos

que se extienden en mi mente.

Surgen entonces las culpas,

como fénix de sus cenizas.

Miedos olvidados y sepultados

renacen de nuevo.

Sombras oscuras

como garras de cuervo,

que se clavan en la

profundidad de mi alma.

La caja de Pandora abierta

recoge en ella mis tormentos.

Si pudiera cerrarla ahora.

Pero las alas de la conciencia

se posan sobre mí,

y mi rostro cansado

las sigue en su vuelo.

(quizás algún día sea capaz de enfrentarme a mí)

A tientas busco el sol.

A tientas busco el sol.

A gatas o en cuclillas

arrastro mis manos por el áspero suelo,

intentando descifrar

las azarosas formas que atesora.

Deslizo las yemas de los dedos

por entre la grietas y hendiduras

para ahondar

hasta sus recónditas entrañas.

Araño las piedrecitas

para erosionar la compacta arena

que, a modo de argamasa,

las sujetan fijándolas al piso,

por si lo escondieran debajo.

Y trazo círculos

con los brazos extendidos,

de manera que no quede

un solo ápice sin explorar.

(A tientas busco el sol,

pero aún no lo he encontrado)

Contémplalo, allí, acurrucado en un rincón

Contémplalo, allí, acurrucado en un rincón,

lamiéndose las heridas;

con el lomo maltrecho, apaleado,

por hirientes epítetos

espetados con sanguinaria fiereza,

y alevosía, a conciencia

(o mejor dicho, con mala conciencia);

con rencorosa premeditación,

e iracunda rabia encolerizada.

Observa cómo cuelgan sus miembros

entumecidos, amoratados,

de vítreos huesos quebrados

de penduleantes chasquidos;

molidos, extenuados,

puzzleados con incontables piezas,

desmenuzados...

Atiende al carmesí fluyente,

desbordado, esparcido,

en riadas inagotables;

borbotones siseantes

de difícil contención,

inapresable, inembalsable,

como un ciclón monzónico.

Embelésate con tu obra,

disfrútala, regocíjate,

en todo su esplendor;

retenla para la posteridad,

para el gozo y disfrute,

para la sorna;

pero recuerda que,

tal vez, algún día,

seas tú quien se encuentre

acurrucado en un rincón,

convertido en el bufón

de algún sádico espectador.

Oportunidad Perdida

Había recién llegado de la Argentina, según le dijo. Allá estudió música y pretendía seguir con su instrucción aquí, pero el curso ya había comenzado (más bien estaba concluyendo), y la endogamia del conservatorio impedía asistir a clases como oyente o incluso garantizarle una plaza en el siguiente. Así que se decantó por probar suerte en su segunda vocación, la pintura.

Cuando la conoció, ella estaba ojeando los tablones de anuncio de la Facultad, y las continuas idas y venidas de uno a otro, parecía indicar una infructuosa búsqueda. Él la observó de reojo desde donde estaba sentado, en el banco justo de debajo de uno de los tablones. Allí deparaba las mañanas que tenía que ir al centro de la ciudad para comprar el material que necesitara en sus clases vespertinas, a la espera de que pasara alguien conocido con quien charlar un rato antes de volver a casa

Todo comenzó con el particular “¿Te puedo hacer una pregunta?”, a lo que siguió una breve presentación introductoria a la cuestión en sí: la viabilidad de entrar a las clases para saber qué se daba y cómo, a fin de decidir la posibilidad de iniciar sus estudios artístico-plásticos. Él le contó todos los entresijos de la carrera, las asignaturas que se impartían, los horarios, metodologías empleadas por los profesores (acompañado de un ligero comentario a favor o en contra del mismo); tras lo cual le comentó en cuáles de las actuales clases que él cursaba podría “colarse” sin ningún problema.

Con el paso de los minutos, la conversación se volvió más distendida, empezando a hablar de estilos, gustos, admiraciones... Tanto pictóricos como musicales. Fue entonces cuando ella se acordó de otra de las cosas que había ido a hacer. Le preguntó cómo llegar a una tienda de música de la que le habían hablado para poder comprar partituras, y él, amablemente, la acompañó hasta el lugar. Pero, por desgracia, se le había hecho demasiado tarde, y tuvo que despedirse a toda prisa.

De regreso en la Facultad, ya por la tarde, esperó que hubiera decidido acudir a las clases que le había indicado, e impaciente contemplaba la entrada para verla aparecer. Mas ella no acudió a ninguna, ni tampoco lo hizo al día siguiente, ni al otro... Y sintió como si hubiera desperdiciado su oportunidad.

Hosanna

Hosanna, Rey de las Alturas,

por haberme concedido

el don de los sentidos.

Hosanna,

por situarme en las pedanías

de este espacio-tiempo;

por bendecirme cada día

con el aliento

del soplo de la brisa

y encaminar mis pasos

por las sendas

que marcan mis andares.

Hosanna, el que Es,

por imbuir en mis venas

el calor que me recorre.

Hosanna,

por dispensarme la providencia

que me rige;

por otorgarme el juicio

que orienta mi racional

emotividad,

porque todo ello ha propiciado

el mayor de los placeres

inimaginables.

(Conocerla)

Déjame embriagarme de nuevo

Déjame embriagarme de nuevo

con la sutil fragancia de la inocencia,

sutil y perecedera como las cosas bellas.

Inocencia que me embarga, ahora perdida.

Inocencia caduca que se marchita

con la llegada de un soplo otoñal.

Vuelve a rodearme con el aroma

rescatado de los recuerdos de la infancia,

de pelo suelto despreocupado, de mirada

atenta con ojos redondos como mochuelo;

de citas a ciega con el sol de cada tarde

y la lluvia de cada noviembre;

de risa penetrante como hoja de cuchillo,

de días sin pena y con glorias.

Con esperas en las esquinas

al repiqueteo de una campana,

de salidas y misteriosas incursiones

en mundos desconocidos repletos

de adultas palabras.

De ti.

Permíteme revivir de nuevo y otra vez,

el deleite de estar a tu lado,

de caminar a la vera de gratas presencias,

de abrazar tu cuerpo virginal

aún no manchado por el beso del primer amor.

Permíteme acercarme a ti y aspirar

el aroma que desprendes al pasar.