Microrrelato para el invierno
Observo cómo las pesadas gotas intentan excavar caminos en el cristal a fuerza de paciencia y se estrellan en el intento con su habitual percusión pausada. Al otro lado de la ventana una multitud sin rumbo se apresura bajo las manchas descoloridas de los paraguas, cediendo ante la embestida del viento en el mar grisáceo de la ciudad. Crece alrededor la barahúnda de bocinas desesperadas, motores en marcha desangrados de aceite, semáforos vocingleros y modernos. Hay una angustiosa urgencia en la expresión de todas las caras: la necesidad voraz de no perder ni un segundo en avanzar (sí, pero ¿adónde?) ahonda el ceño, pinta muecas desagradables, inclina las miradas hacia el adoquinado. Las palomas se dan calor en los aleros del edificio de enfrente, ajenas a este tráfico alienante.
Aquí dentro el mundo es tibio y seco. Huele a café. Alguien acaba de poner un disco de jazz, y todavía el saxo está paladeando sus primeras notas que dibujan en el techo círculos imaginarios de un azul brillantísimo. La habitación las acoge en un ambiente de sosiego absoluto. Cada cosa está en su sitio. No puedo evitar que se me entrecierren los párpados. Felicidad instantánea por contraste entre la dulzura del interior y la crueldad de la lluvia fría y el viento que azotan los cristales. Sonrío al aire desde el sillón y comienzo a acicalar mi larga cola peluda.
Santiago de Compostela, 18 de marzo de 2004







