"El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante", así califica la Academia Sueca la obra del nuevo premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Le Clézio (Niza, 1940).
De niño soñaba con ser marinero, tal vez porque pasó su infancia en Isla San Mauricio, y el entorno le sumió pronto en un amor al paisaje marítimo que despertó, sin duda, desde muy temprano, su capacidad creativa en el mundo literario.
Ese mar que tanto adoraba, le llevó de puerto en puerto. Así, con apenas siete años, en un barco que lo llevaba a Nigeria, destino laboral de su padre por los terribles años de la segunda gran contienda mundial, el niño intrépido abrió los ojos a un mundo que le devolvería imágenes constantes de desigualdad y que marcaría para siempre una trayectoria literaria de denuncia y profundamente humanista. Su pluma, en aquella temprana edad, se hizo desde entonces su aliada, y gestó sus dos primeras obras: 'Un long voyage' y 'Oradi noir'.
Se licenció en la Universidad de Niza, y posteriormente estudió en la Universidad de Bristol y en la de Londres. Hizo el servicio militar en Tailandia en calidad de cooperante, sin embargo, no pudo terminarlo al ser expulsado por haber denunciado la prostitución infantil. Terminó el servicio militar en centro América: México y Panamá, donde trabajó para el Instituto de América Latina, lo que le llevó a recorrer buena parte de América.
Ese gusto viajero que le infectó la sangre, un ecologismo activo y su amor por la cultura amerindia marcan de forma decisoria toda su obra literaria, que se caracteriza por un estilo sencillo y clásico, a la par que refinado y colorista, rescatando un lenguaje olvidado y dormido que tiñe sus letras de un aroma evocador.
Con sólo 23 años recibió el prestigioso premio Renaudot por 'Le procès verbal', una obra que definía su literatura existencialista. Años después, en 1980, es galardonado con el premio Paul Morand de la Academia Francesa por 'Désert', un evocador relato del contraste entre la grandiosidad de las culturas perdidas del norte de África y la mirada de los inmigrantes indeseados en Europa -es preciso indicar que su mujer es de origen saharaui-. En 1994 sería elegido el mejor escritor francés vivo por los lectores de la revista 'Lire'.
Durante sus 45 años dedicados a la literatura, ha publicado más de 50 libros, que incluyen novelas, ensayos, relatos breves, traducciones de la mitología india, libros de fotos, artículos... Muchas de ellas de denuncia social, arremetiendo contra el materialismo del mundo desarrollado, y denunciando la situación de los más débiles y los excluidos.
Entre sus obras, destacan, además de las ya mencionadas: TErra Amata, Le Livre des fuites, Voyages de l'autre côté, Mondo et autres histoires, Révolutions o L'Africain.

Se me agotan ya las horas,
se me escapan en desganas
y me muero, sí, ¡me muero!
¡Qué venga pronto la parca!
Perdida, sin rumbo, vago
entre mareas de rabia...
¡Si viniera a visitarme
la dama de la guadaña,
abierta hallara mi puerta!
No puedo rendir batalla
ante oponente tan duro
y con razones, tan altas.
Has de saber que no quiero
ni en mi tumba, ni en mi alma
otro epitafio que un beso
y un montón de rosas blancas

Os dejo un recitado que he realizado sobre un precioso soneto de un gran amigo y poeta, Segis.
Boomp3.com
SI QUIERES
Autor:Segis.
Recitado: Psique (enlabasílica)
Si quieres, recompongo el infinito
sofisma que te entiende y te desnuda,
o puedo travestir con otra muda
tu alma, y que parezca más bonito.
Si acaso lo prefieres te la quito,
diré que no eres nadie, si te ayuda;
perdida la razón, no cabe duda,
ni causa de pudor, ni un mal delito…
Pero quisiera ver tus pesadillas;
el mal no es tanto así, visto de cerca;
tus miedos, tus vergüenzas, tus enojos,
el monstruo que te ve desde tus ojos…
mirar es la costumbre sola y terca,
que tengo para amar cosas sencillas.
Estaba, si ya mal no recuerdo, y tal como os cuento en mi anterior post, destripando amaneceres, sumida en mis noches insomnes y enfrascada en dura pugna con esa confesora que comparte cama y ejerce de Pepito Grillo –doña almohada- y a la que inquiero para que me largue algo más que las verdades del barquero. Porque bien que podía, de vez en cuando, en lugar de tanto sermoneo, ofrecerme alguna solución a mis muchos dilemas.
Pues bueno, que sigo, que me pierdo siempre entre paréntesis de incordura. Y ya que estaba hablando de dilemas y de verdades, me viene a la mente un suceso que me ha acaecido estos días atrás. Paso a relatároslo:
Pues sí, que estaba yo con un gran dilema en mente, de esos que aparcan cualquier otro pensamiento del intelecto y absorben por completo la atención: "¿churros o croissant?", cuando sonó el timbre de la puerta. Atendí rauda la llamada -rauda porque mi chuchillo miraba con ojos golosetes los motivos de mis deliberaciones y podía ser que fuera él el que resolviera el dilema de una zampada- y ante mi puerta se presentó un joven apuesto y bien vestido, sonriente, que portaba un su mano diestra un sobre inmaculadamente blanco (casi tanto como su dentadura), con un ribete plata por todo el borde, sin aparente remitente ni dirección, que blandía mostrándomelo de forma evidente y manifiesta.
- Buenas… ¿deseaba Vd.? – la educación que no falte
- Muy buenas. Perdone mi atrevimiento, pero preciso que sea Vd. depositaria de este sobre. Están todas las respuestas en él - La cara de asombro que se me puso no pareció inmutarle.
- ¿Todas las respuestas? ¿Qué respuestas? – Empezaba a inquietarme, pero la curiosidad era mayor que la inquietud
- Las que atormentan el alma y no permiten conciliar el sueño –Jo, eso sí que era mucho… ¿De qué coño iría ese tío? Porque era guapo, que si no….
- ¿Y a Vd. qué le hace suponer que tengo yo alma atormentada y que velo por las noches? -Eso, que se enterase. ¿No estaba tan puesto sobre mis “tormentos”?. A ver, a ver con qué salía ahora.
- Sus ojos la delatan – Joer, ¡un ligón! ¡Y a estas horas de la mañana! Y mi perro, mientras tanto, podía estar dando cumplida cuenta del desayuno… del suyo y del mío
- Mire, no tengo mucho tiempo que perder con desconocidos. O sea, va Vd. abreviando. Dígame claramente que es lo que desea, o por favor, permítame continuar con mis quehaceres – Me estaba decidiendo por los churros. Y mi perro también los prefería.
- Perdone si la he molestado. Vd. precisa las respuestas a esas preguntas eternas. Vd. se las merece. Vd. sí se las merece. - ¿Yo sí me las merecía? Pero: “¿de qué vas tío, de adulador mañanero?” – Es la magia. No puede Vd. darla la espalda a la magia.
Fue un resorte. La magia. No puedo evitarlo, es una palabra totémica que despierta en mí los chamanes dormidos de la especie, en una suerte de memoria compartida y eterna, reclamando su protagonismo inmediato. En alguna reencarnación tuve que ser hechicero o algo por el estilo. Otra de esas preguntas que mi almohada se niega a contestar, ¿por qué diantre me pierdo en recuerdos de las cavernas y en ritos mágicos? Pero ahí estaba, la palabra tabú había sido dicha. Y con ella, mi atención olvidó sus pesquisas anteriores, y churros y croissants se desvanecieron de pronto.
- ¿Magia? – me había atrapado. Las alertas no saltaron y me había atrapado
- Claro, magia. ¿Vd. no lo daría la espalda? –No, tío, no. ¿No ves que no lo estoy haciendo? – Yo la he encontrado a Vd... No la buscaba. Pero mis pasos no han dudado en llegar hasta aquí. En este sobre están todas las respuestas. De verdad. Sé que Vd. me cree. Acéptelo. No quiero nada más, así que Vd. lo acepte, me iré y no la molestaré ni un segundo más.
No dejó de sonreír en todo el rato, mostrándome una perfecta fila de dientes blancos y sugerentes. Y sus ojos, limpios, parecían no delatar otra cosa que sinceridad. Pero ¿por qué yo?, me preguntaba a mí misma. Podía haber tocado a otra puerta
- Pero he tocado a la suya – Joder, ¿me leía el pensamiento? Pero... ¡qué va!, lo más normal es plantearse esa pregunta. Sólo mostraba un avispado que se las sabe todas. Lo mejor, ni caso
- Perdón. ¿Me decía...? –Fingí indiferencia, poca atención… vamos, me hice la loca
- No, comentaba que he tocado a su puerta. Porque no tenía que tocar en otra. Este sobre sin dirección es sólo para Vd. Y sólo Vd. puede entender su contenido.
Empecé a estar nerviosa. ¿Qué es lo que estaba pasando? ¿Por qué seguía yo manteniendo esa absurda conversación en vez de darle con la puerta en las narices al vendedor de nada que me seguía mirando sonriente?
- Y yo me tomaría el croissant. Entre otras cosas porque seguro que su perro ya se habrá comido los churros
¡Y me lo suelta así, como quien no quiere la cosa!
Ah, no. Aquello era demasiado. El terror me invadió al instante y, sin mediar ni una sola palabra más, cerré de golpe la puerta. Y en un acto reflejo, tal vez por el miedo que me estaba invadiendo, corrí el pestillo y eché dos vueltas a la llave.
El corazón estaba latiendo raudo. Esa arritmia que alguna vez se empeñaban en amargarme se apoderó de mí. ¿Quién era ese tipo? ¿Y qué demonios podía haber en ese sobre? ¡El sobre! Me iba a quedar sin él, porque no estaba dispuesta a volver a abrirle. ¡Era un loco! O algo peor.
La curiosidad me podía y fisgoneé por la mirilla que me mostró un rostro sonriente y quieto. Eso sí, aquel joven me enseñaba, conocedor de que lo observaba, el sobre blanco que blandía en su mano, provocador. La sorpresa había dado pie a la duda, esta al interés, de este pasé a la inquietud, me asaltó tras ella el miedo… Pero ahora estaba enojada. ¡Presuntuoso, baboso, mercachifle vendedor de pacotilla!
- ¡Qué te den!, ¡Tío, qué te den! – me escuché a mi misma, aunque no sé si llegué a exteriorizarlo.
El tema es que, enfadada y con paso enérgico, me dirigí a la cocina con gesto adusto y ceño fruncido, dispuesta a dar cumplida cuenta de lo que mi perro hubiera dejado de desayuno.
Sin más, me senté de nuevo en la mesa y…
¡Estaba allí!
¡El sobre!. El sobre blanco, con el peculiar ribete en plata.
¿Qué coño estaba pasando?
Tomé el sobre y me dirigí a la puerta que, por supuesto, estaba cerrada tal como yo la había dejado. Otra vez escudriñé por la mirilla y el joven me saludaba, sonriente siempre, mientras que, con un guiño, se despedía mostrándome sus manos vacías a la vez que iba desvaneciéndose lentamente.
Me quedé como tonta con el sobre en la mano y el ojo pegado a la mirilla. No sé cuánto tiempo estuve así.
El caso es que el joven apuesto se había desvanecido como tenue humo ante mis sorprendidos ojos… pero aquel sobre estaba allí, en mi mano,
Volví a la cocina y lo arrojé, asustada, sobre la mesa e intenté distraerme mojeteando, en el ya frío café, un trozo de croissant (mi perro no había dudado en decantarse por los churros).
Pero aquel sobre llamaba poderosísimamente mi atención. Pasaron largos minutos en que no pude apartar la vista de él, como tampoco pude resistir la tentación y procedí, presa de la más absoluta temeridad e imprudencia, a abrir el sobre que me aguardaba sobre la mesa.
Y sí, lo abrí. Y efectivamente, era cierto lo que aquel joven decía. En un papel impreso, la explicación a tantas y tantas preguntas… A tantas búsquedas de la verdad… Todo, todo estaba allí, en aquel papel impreso…
Porque, ¿sabéis?, en el sobre, ciertamente, estaban las respuestas. O al menos, las que en aquel momento, andaban circundando mi cabeza, mi boca y mis bolsillos:
¡Un informe detallado del dentista con todas las carencias de mi dentadura, y el inmisericorde presupuesto que le acompañaba!.

Últimamente he observado en LIBRO DE ARENA un especial interés por el sexo, que se manifiesta en distintos escritos, de forma más o menos explícita. Yo, afectada por el virus que parece recorrer estas arenas, no puedo sustraerme tampoco a sus efectos y, si me lo permitís, os voy a contar una pequeña confidencia. Comparto cama con un caballero (o bueno, ya le gustaría ser un caballero) que no me permite cerrar un ojo noche alguna.
Pues sí, ese amante nocturno que calienta mi cama y no me deja conciliar el sueño no es más que don insomnio. Un día, hace bastante tiempo atrás, se presentó en mi casa y, sin esperar consentimiento alguno, se metió directamente en mi cama. Y debo haberle gustado mucho porque, desde ese día, a pesar de mis protestas, no me ha abandonado.
Pero puestos a las confidencias, os diré más. Practico aquello del “ménage à trois”. Sí, sí, ¡cómo lo oís!. Además de don insomnio -que se encargó de echar de entre mis sábanas a mi antiguo amante, Morfeo-, otro personaje convierte mis noches en ritmos alocados: doña almohada. Y es que no hay noche que no tengamos una enfervorizada batalla campal. Nada, sexo salvaje, que le dicen.
Doña almohada se había convertido en mi más fiel confesora, en mi Pepito Grillo particular. Cada noche, yo volcaba sobre su cuerpo mis inquietudes y la hacía partícipe de mi búsqueda de las verdades del alma. Pero ese Pepito Grillo no me salió pacífico y comedido y no hay noche en la que no nos enzarcemos en luchas encarnecidas. Y eso, se ve que a don insomnio, le pone.
Y así estamos, los tres, noche a noche, destripando amaneceres.
A veces, algunas veces, uno descubre cosas tan bellas, pero tanto, que no puede por menos que querer compartirlas, que esperar se derramen por todos lados, para gozo propio y ajeno.
Espero que esta poesía del autor JUAN DE DIOS PEZA os guste tanto, al menos, como a mí.
REÍR LLORANDO
Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...» Y el cómico reía.
Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.
Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».
— Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
— Las lecturas buscad
— ¡Tanto he leído!
— Que os ame una mujer
— ¡Si soy amado!
— ¡Un título adquirid!
— ¡Noble he nacido!
— ¿Pobre seréis quizá?
— Tengo riquezas
— ¿De lisonjas gustáis?
— ¡Tantas escucho!
— ¿Que tenéis de familia?
— Mis tristezas
— ¿Vais a los cementerios?
— Mucho... mucho...
— <¿de vuestra actual vida>
— Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.
— Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.
— ¿A Garrik?
— Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.
— ¿Y a mí, me hará reír?
— ¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.
¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!
¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!
Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.
El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.
Juan de Dios Peza.

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Juan de Dios Peza es un escritor nacido en 1852 en la ciudad de México. Se rodeó de muy buenas influencias como el pensador Ignacio Ramírez o el gran poeta Manuel Acuña, quien lo llega a estimar al grado de llamarlo "hermano".
Hombre comprometido con la causa política, liberal convencido, renunció a sus estudios de medicina para entregarse de lleno al periodismo.
En 1878 es nombrado para un puesto diplomático en España. Se codea con gente como el político Castelar o escritores como Núñez de Arce, Campoamor y Selgas.
Al regresar a México es elegido diputado al Congreso
de la Unión, tras lo que ocupó diversos cargos publicos, pero sin abandonar las letras.
Fue un gran hispanófilo, tal vez por su estancia en España, donde difundió y dió a conocer a los poetas mejicanos
Como poeta tiene un estilo único: es realista a la vez que lleno de infinita ternura. Canta, sobre todo, al hogar y a sus hijos, empeñándose en versificar castizamente y en hacer poemas con motivos y escenarios locales, usando para ello el habla cotidiana. Fue poniendo fin, con su poesía, al romanticismo que imperaba en aquel momento en la literatura mejicana, y, casi sin percatarse de ello, dando pie al advenimiento de los modernistas.
Murió en 1910.
Hace tiempo, las Navidades pasadas, un amigo mío, maravilloso poeta, escribió una irónica y dura, eso sí, circular de los reyes magos, en la que, con todo el sarcasmo del mundo, se metía con los chavales con cierta mala leche, por aquello de las promesas incumplidas, por lo exigente de sus peticiones, por lo cutre de sus contrapartidas… bueno, con una gracia desbordante, iba sometiendo a dura crítica la conducta “insana” de los chavalines y los ponía, broma va, broma viene, a caer de un burro. Un simpático escrito, –mucho-, sin más pretensiones. No viene al caso reproducir dicho escrito, primero, por no ser yo la autora y segundo, porque, que yo sepa, es inédito, y me debo a la intención de su autor, del que, por supuesto, pienso guardar su nombre. Indico el hecho, simplemente, porque dio pié a mi escrito de hoy (bueno, hoy lo publico, pues hoy lo he revisado y corregido, pero lo gesté en aquella época). A él me refiero, además, en el arranque de la carta que, Baltasar, le dedica a los enanos.
Es una carta un tanto alejada de mi estilo, pero me he reído un montón escribiéndola (a veces, uno necesita hacer un poco el gamberro). Es sólo una broma, pero un poquillo de protesta encierra… me parece un tanto pueril el tratamiento que se tiene con la figura de los Reyes Magos y creo trasnochada y bastante rídicula, cuando no algo ofensiva, por cursilona y paternalista de más, la que, de forma específica, se le da a Baltasar. Eso es lo que quiero plasmar. Espero que nadie se sienta ofendido.
Os dejo, pues, con esta
CARTA DE BALTASAR

Interesados esbozos de primates babeantes:
Me reitero en todo lo manifestado en carta anterior, dirigida a vosotros en mi propio nombre y en el de mis compañeros de andanzas, Gaspar y Melchor -Gas y Mel, para los amigos, entre los que, por cierto, no estáis, y que supongo habréis leído con la atención debida (y si no ha sido así, ya estáis tardando)
Por no redundar, obviaré cualquier comentario sobre ella, la mera ratificación expresada en el párrafo anterior da carácter de rotundidad suficiente a la presente.
Pero no por ello dejaré de exponer y denunciar aquellas actuaciones, repetidas “ad infinutum” por vosotros, mocosos, babosotes y mangantes, sobre mi persona y cualidades, que he entendido deben de ser tratadas en una misiva propia. Justificación para ésta, pues.
La obviedad de mi color empieza a joderme de forma más que alarmante. Uno es “morenito de piel”… ¡vaya!, y, si os parece, además, asiduo al salón de belleza de su barrio. Sí, aquel que oferta “dos por uno” en sesiones de UVA vertical. ¡No te jode!. Pues ¿Qué queréis? ¿Que me restriegue con un estropajo hormonado como el gilivainas del Mickel Yackson ese de los cojones?. Pues ¡ea!, a tocar las redondeces germinativas de otro, que ya va siendo cansino lo del negro. Y ¡ni qué decir tiene lo del apelativo “cariñoso”: el negrito! ¡Cago´enla!... Joder, ¡NEGRAZO, coño!, ¿o es que además tengo que ser mariconazo!. ¡Noshajodio!. Pues no, negrazo y a mucha honra.
Pero sigamos. Cómo no llega con “dar betún” (sí, como eso que hacen los putos impostores de tres al cuarto que se exhiben sin pudor –y por cuatro perras- en centros comerciales y cabalgatas diversas) pues, aún encima, se me supone barbilampiño. ¡A tomar por culo!. Unanimidad de criterios, entre la clase enana. Baltasar, el negrito, ni un pelito en la su tez… ¡Joder!, que mi madre ralla las zanahorias en mi cara, de lo tupida que me sale la barba. Vamos, lo dicho, que Michael Jackson no representa para nada el estándar de la raza. Uno empieza a estar hasta los mismísimos –las redondeces germinativas que mentaba un poco más arriba- de esa imagen amariconada y poco seria. ¡Con el empaque que todos le atribuyen a Gas y al Mel!... Quede claro, el más varonil de los tres, el puto negro.
Pero ahí no queda la cosa. Lo que más me da por culo de todo el folklore montado a mi consta es la cancioncilla esa de marras que versa: “Baltasar, Baltasar, iba a saltar y se cayó”. No quiero dar mi versión, porque me han comentado que aún no estáis muy puestos en ciertos aspectos de la vida, y no es mi misión mostraros lo dura que puede llegar a ser ésta. Pero es para, al menos, cagarse en todos vuestros progenitores que alientan tal exceso. Porque preveo la imagen creada en vuestras “inocentes” cabecitas al respecto: el jodio negrito barbilampiño, agarrado a las riendas del caballo (lo del camello es otra de esas cosas que también jode… que yo me movía en rocín elegante, pura sangre, y no en burdo y patán camello babeante…¡Qué para algo tengo título de grande!), dando tumbos, fuera de la grupa, arrastrado en humillante pose, o bien, caído a los pies del jamelgo (si me tira, es un puto jamelgo, le retiro el don, y la sangre pasa de ser pura, a ser “puré”… ), mientras la corona (eso, otra cosa: soy rey, no uso turbante, sino CORONA, y de las caritas, ¡que cojones!. Todo lo hacéis con la intención malsana de mostrarme más amariconao...¡jodios crios!) cae en gesto “gracioso” sobre la oreja derecha, y asoma en la faz una sonrisa ingenua y atontolinada. ¡Pues no!. ¡Me niego a seguir manteniendo la ignominia!. Baltasar es un jinete consagrado, que ha competido con esa otra “graciosa majestad” (jejejeje, graciosa, jejejeje) que tenéis los niños españoles como amazona de pro. ¡Vamos, si es que puestos a joder, no tenéis precio!.
Y en el colmo de todos los colmos habidos y por haber, resulta que aún así, soy vuestro “prefe”. Niños, ¡qué os den cerita!. Yo, dimito. No me llegan las indignidades manifestadas, que tengo que aguantar, aún encima, babas y mocos a gogó… ¡ni de coña! ¡hasta ahí podíamos llegar!.
¡Que os den, niños, que os den!. Mi dimisión es IRREBOCABLE.
Sin más, esperando no volver a saber de vosotros, os despide, encantado de hacerlo
El puto negrito Baltasar.
¡Hasta nunca, Lucas!.
Siempre que volvemos de vacaciones nos encontramos con la trillada preguntita de las narices: "¿Qué tal las vacaciones?". La respuesta, no menos trillada, no se hace esperar "¡Cortas!". Y es que ¡¡¡manda "cojones"!!! (manda huevos, que diría algún ministro de esos que algún día arrastró una cartera que se le quedaba -como a todos- algo grande), ¿no es obvia la contestación?.
Lo jodido de esta historia "postvacacional" es que uno se va unos días para oxigenarse -algunos para carbonohidratarse, amoniacarse, o incluso, sulfatarse- y espera que la vida también se haya tomado unos días de asueto. Pero ¡Quía!. La muy jodia no se ha tomado vacaciones y le viene a uno encima, además, con rencores y envidias -no perdona, no-y, así que las llaves logran abrir la puerta que franquea el paso a la vivienda y, mientras el pasillo que une el ascensor con la mencionada puerta se va llenando de maletas y bolsas (sigo sin saber cómo coño me fui con dos maletas no muy llenas y vuelvo con cuatro a rebosar), la vida te va escupiendo sus "realidades" con auténtica ansia. NI un asunto pendiente se le olvida y, como vulgar cobrador del "frac", te presenta las facturas mientras tú aún estás intentando esquivar bultos y maletas.
Acabadas las vacaciones (maravillosas) he vuelto, pues, a la rutina, y la vida me ha salido al encuentro con toda la mala leche que ha podido. Veremos cómo me las apaña para irla lidiando. Mientras, me perdonaréis aquellos a los que leo con asiduidad si tardo un poco en ponerme al día. Tengo mucho trabajo atrasado. Por lo pronto, a ver qué cosas me quedan por contestar en mi blog...