Libro de Arena
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erato

De vuelta

Ha sido entre extensiones interminables de hierba y bosques infinitos donde he encontrado a una erato agazapada y sorprendida bajo la lluvia. Era a la caída de la tarde cuando “San Pedro jugaba a los bolos” y su estruendo anticipaba la tormenta.

Entonces, las manos de Tonja se desplegaban como mariposas sobre el piano blanco y todos, incluidos los gatos más lustrosos que he visto en mi vida, nos disponíamos, vino en mano, a asistir al mejor de los espectáculos: List, Verdi, Chopin…

Erato ha reído hasta rodar por los suelos, se ha fascinado al iniciar el vuelo, ha recorrido kilómetros y kilómetros en tren que atravesaba montañas y otros tantos en bicicleta; casi ha lamido la punta de un glaciar, se ha montado en un velero y ha buceado como buena ninfa en el lago Neuchatel.

Le ha dejado perpleja la generosidad de las personas que ha conocido y la impresionante capacidad para cambiar de registro y traducir conversaciones en francés, alemán e italiano. Y todo en cuestión de segundos.

Erato ha desconectado del mundo, ha sido feliz, como aparece la felicidad, por momentos y se ha erizado una vez más quedándose atrapada con lo que realmente merece la pena en cualquier parte del planeta: LA GENTE QUE COMPARTE RISAS Y GANAS, SUS CASAS Y UN BUEN VINO PARA CELEBRAR LA VIDA; LAS NOTAS QUE SUENAN EN TONOS MAYORES O MENORES SEGÚN EL ÁNIMO, pero creadas al fin y al cabo para regalar magia.

Erato regresa a su mundo y al mar de palabras que las olas arrastran a la arena con cada golpe de vida. Aparcará su coche durante un tiempo porque el azar le ha querido regalar el trabajo a cinco minutos de casa. Esta vez no serán niños sino adolescentes, que no viven el amor, el sexo o las diversiones como el resto. “Niños grandes” a los que el destino jugó una mala pasada y quedaron enjaulados en un gen roto. Ese es el mundo imperfecto que existe aquí y allí, con las miserias y las alegrías de cada día. Pero sobre todo MIS GANAS, SUS GANAS, VUESTRAS GANAS DE HACER DEL MUNDO UN LUGAR MÁS HUMANO Y CERCANO.

¡CÓMO ME ALEGRO DE ESTAR DE VUELTA!

¡UN BESO A TODOS DE UNA ERATO PLETÓRICA!

Exposición reivindicativa sobre el calentamiento del planeta en las afueras del Museo de Paul Klee

Closed

Es el vértigo quien deambula a las seis y pico de la tarde de un mes demasiado amarillo e irrespirable.

Es él quien atraviesa pasos de peatones dibujados en zigzag con regla y cartabón.

Sudoroso y frío.

Como aquella boca de metro que tragaba niños hambrientos.

Siempre a la misma hora, emulando a un Saturno voraz, insaciable y goyesco.

Pareciera que las manecillas de todos los relojes del mundo se hubieran dejado caer de golpe por una ley de la gravedad caprichosa hasta morir en las seis y media de la tarde.

No antes. Tampoco después.

Sé que hay vida ahí afuera por el murmullo de las cigarras, por las bocas anchas que comieron fresas y estamparon su beso en la pared blanca; por la quinta avenida y el callejón del agua, por los rascacielos que penetran aviones heridos o la casa achatada y con patio que lame el hambre.

Lo sé por el aleteo inesperado, por Malher que agoniza en un Danubio rojo, por los lugares que no veré y la mirada perdida de Alicia en un país sin maravillas. Por mi prisa para salir de este planeta y acariciar alguna estrella diferente y rara, de esas que no se encuentran en los mercados.

Todo esto y mucho más ocurre mientras abandono mis brazos a golpe de reloj rindiéndome de nuevo al azar. Es la hora del vuelo y la vida me espera más allá de mi piel tostada, mucho más allá del techo que me cobija. Tal vez sea el ansia quien me espere sentada a solas en una sala de cine para empezar a rodar algo en blanco y negro que desconozco pero que intuyo me gustará.

* Por fin me marcho de vacaciones. Os seguiré leyendo a mi vuelta y espero seguir compartiendo y brindando cada día después de dos años de blog con cada uno de vosotros.

El amor entre Bach y África

Albert Schweitzer era un “Oganga ” (doctor) que tocaba fugas,le dijo no al racismo y en consecuencia actuó.

El mundo lo reconoció con un Nobel de la Paz y las etnias africanas han cantado unidas en su honor.

No tiene que ser fácil imaginar cómo las diferentes etnias que componen una nación africana pueden unirse en una causa común. Ni en las grandes cruzadas políticas y raciales de los últimos tiempos los líderes lo han logrado.

Un presidente africano gobierna su país, pero dentro de éste conviven decenas de etnias, de asociaciones tribales que permanecen inalterables en sus formas de gobierno, lengua, religión y tradiciones. Angola pudiera servir de ejemplo. Y sin embargo, en Gabón, habitada por un millón de personas, las 42 etnias que la conforman se unieron en un canto común para rendir homenaje... a un alemán.Los gaboneses dan ejemplo de gratitud y ponen nuevamente sobre el tapete de la historia la vida y obra de Albert Schweitzer, el filósofo, teólogo, médico y músico quien, lleno de felicidad vital decidió compartirla con los relegados negros de África.

La percepción feliz del mundo se le cambió un día cuando de visita en el pueblo de Kolmar vio la estatua del almirante Bruat, quien realizó conquistas coloniales para Francia.

En la estatua, el almirante se eleva altivo, teniendo a sus pies, rendido y humillado, a un negro de expresión triste. Años después Schweitzer confesaría que en el semblante y la figura de ese negro humillado se hallaba la melodía que le tocó el corazón y lo movió a reflexionar acerca del desamparo de esa raza.

La gratitud. Fue una lucha tenaz para vencer los obstáculos, la naturaleza, las enfermedades, la resistencia de los franceses, la desconfianza de los negros, el clima y la falta de recursos.

A menudo me pregunto hacia dónde vamos en este primer mundo al que parece que no le cabe más locura y frenesí y sin embargo cada día constatas que sí, que siempre cabe algo más atroz, más alejado del ser humano y la justicia . Hay días espesitos en los que estaría bien que se le fuera a uno la pinza por una mirada que duele y nos acercáramos de lleno a algo como hizo Albert Schweitzer. Hay demasiadas miradas y no precisamente de estatuas con las que tropezamos y sin embargo...no siempre las vemos o giramos la cabeza. Al fin y al cabo es lo de siempre el dolor ajeno. Que nos queda tan lejos...

Por aquí dejo una pequeña muestra de lo que albergaba el corazón de este hombre cuando le atrapó aquella mirada pétrea.

Calles

Una tos ronca suena en medio de la noche como un quejido que se estrella en los muros grafiteros de la calle.

Cualquier perro perdido ladra a esa luz de vela tenue en la ventana del cuarto izquierda.

Siempre tenue y siempre izquierda.

Unas manos blancas y su pluma desgastada bailan lunas de lobo solitario cada noche.

Daría su reino por aquel abrazo que no dio, por la sonrisa partida en mitad de la nada, por no traer a su cabeza plateada un día más todos los recuerdos de quien fue.

Vuelve el ritual de lanzar papeles con tinta china a una papelera que recoge sus miserias una y otra vez, una y otra vez una y otra vez.

Y así hasta caer rendida con la misma brusquedad que el hielo de su copa.

De nuevo la misma gota que salpica sus ojos rápidos de luciérnaga.

Otra vez la misma lágrima que traga con premura antes de que el ron añejo le queme la garganta.

Y la náusea de un Sartre jóven le atraviesa la espalda.

Aquél Baudelaire que prestó sus botas de hombre loco y desdichado un invierno de nieve ensangrentada le acompaña.

Nada puede salvarle ya.

Como nadie puede rescatarle de ese espacio inventado.

El único espacio donde ella puede SER sin que nadie, salvo ella misma, maneje sus cuerdas con maestría.

Una tos ronca vuelve a sonar en medio de la noche como un quejido que se estrella en los muros grafiteros de la calle.

El mismo perro perdido ladra a esa luz de vela tenue en la ventana del cuarto izquierda.

Siempre tenue y siempre izquierda.

¡Qué poquito falta ya!

Tiene un sabor especial esto de medir mi tiempo de septiembre a junio como los niños y por cursos escolares. Te hace conectar constantemente con esa parte infantil que tú también viviste un día y en la que algunos nos quedamos para siempre.

La emoción de estrenar todo en las tardes en las que cambia la luz encaminada al otoño y las hojas secas.

El deseo y la necesidad del descanso y el ocio.

Del olor a lápiz al chapoteo inminente de los niños en las aguas de cualquier mar petado de gente quemada por dentro y por fuera.

Ya casi puedo saborear ese ansiado y merecido descanso.

Ha sido un año de vértigo en todos los sentidos pero sobre todo en el laboral.

Queda prácticamente un mes para irme a las montañas suizas y no precisamente a buscar a Heidi sino a reencontrarme con amigas y acariciar la calma perdida.

El mes de junio tiene para mí unos tintes muy especiales y no puedo dejarlo pasar sin traer a mi memoria ese poema de Gil de Biedma que tantas sensaciones me saca y que no me canso de leer cuando llegan estas fechas.

Así que por aquí dejo esparcidas sus letras entre el sopor del sur y estas noches que empiezan a oler ya a jazmín y paredes recién encaladas.

NOCHES DEL MES DE JUNIO

A Luis Cernuda

Alguna vez recuerdo

ciertas noches de junio de aquel año,

casi borrosas, de mi adolescencia

(era en mil novecientos me parece

cuarenta y nueve)

porque en ese mes

sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña

lo mismo que el calor que empezaba,

nada más

que la especial sonoridad del aire

y una disposición vagamente afectiva.

Eran las noches incurables

y la calentura.

Las altas horas de estudiante solo

y el libro intempestivo

junto al balcón abierto de par en par (la calle

recién regada desaparecía

abajo, entre el follaje iluminado)

sin un alma que llevar a la boca.

Cuántas veces me acuerdo

de vosotras, lejanas

noches del mes de junio, cuántas veces

me saltaron las lágrimas, las lágrimas

por ser más que un hombre, cuánto quise

morir

o soñé con venderme al diablo,

que nunca me escuchó.

Pero también

la vida nos sujeta porque precisamente

no es como la esperábamos.

Hoy...

...no pude resistirme a poner este fragmento.

Que os guste. Besillos a todos

Instantes

Yo quería alcanzar el infinito con mis manos, meterlo sigilosamente bajo tu vestido escotado y…camino arriba esconderlo en ese ombligo tuyo profundo que me conectaba al abismo de tu vida y mi muerte.

Por eso te llevé allí junto al acantilado que se tatuaría para siempre en mis noches de escritor noctámbulo y loco.

Fue entonces cuando te giraste hacia mi, bella y salvaje.

El rostro empapado de ternura y rock and roll ; los labios húmedos e infantiles, el estruendo de la lluvia que nos hizo resguardarnos junto al faro…

De aquel rincón del mundo traje conmigo un lugar para morir, el recuerdo dulce de ese ombligo tuyo que se desbordó de infinito y que juntos arrojamos frente a la inscripción de madera donde rezaba:

“Onde a terra acaba e o mar começa”

A pleno pulmón

He vivido estos meses,

desde que alcancé mi sombra,

acariciando la duda,

nadando a favor de la corriente que un día me ahogaba,

disfrutando de las brazadas,

sin más.

Hoy me he levantado,

he escarbado en la tierra.

Arranco lentamente las hojas secas.

Imposible crecer con ellas.

Cuento las hormigas que suben cosquilleando mis pies.

Cierro los ojos y me dejo hacer.

Y sigo gozando de mis brazadas y del oleaje.

Por fin colecciono días sin mareas,

lápices de colores Alpino de punta desgastada;

unos zapatos rojos con nombre propio: Don Botín y Mediasuela para taconear en días felices;

aquella vieja cometa de la que un día os hablé con sueños remendados y que cada vez se hace más larga.

¡Ah! En mi colección también caben las palabras que me gustan: azahar y tejados, agua y constelación, frambuesa e Ícaro…y muchas más que ya os sonarán.

Éstas flotan bailando en el aire con una pizca de locura y me asaltan cuando menos las espero para hacerme saltar al vacío de vez en cuando.

El único vacío que me hace nadar a favor de la corriente.

El que me lleva a mi misma,

sin botella de oxígeno

ni trajes de neopreno para evitar el frío.

Solo mi cuerpo desnudo y yo.

Y a veces,

solo a veces…

siento miedo.