Hay espacios que no todos ven, que se quedan impregnados de vivencias y de seres que se mueven en las sombras
Esas presencias invisibles para la mayoria se muestran ante algunos seres humanos que desarrollan la capacidad de ver más allá lo que miran como es el caso de la mujer de esta historia
SOMBRAS

La mujer se detuvo extrañada al escuchar el lenguaje del agua que en su caída entre las rocas y peñascos rompía el silencio del atardecer. Había salido de su casa con la intención de dar un paseo aprovechando las últimas tardes de un verano que se despedía perezoso empujado por los primeros aires de un incipiente otoño. Se había encaminado en dirección contraria al lugar donde se encontraba, pero después de andar un buen rato acompañada por sus pensamientos y los cálidos rayos de un sol de membrillo, se encontró delante de las formaciones rocosas que daban cuna y nacimiento al arroyo sin saber cómo había llegado hasta allí.
Recordaba haber salido de casa encaminando sus pasos en dirección contraria a donde ahora se encontraba. Tenía la inquietante sensación de que alguien o algo, ajeno a su voluntad, le hubiera traslado hasta ese lugar.
Un aire fresco se levantó de pronto. La luz del atardecer se hacía cada vez más mortecina llenando de sombras las formaciones rocosas.
La mujer se puso una gruesa chaqueta de lana que llevaba anudada a su cintura y se sentó en una de las rocas. Estuvo así un buen rato escuchando al aire, al agua y a sus pensamientos. Cuando quiso darse cuenta se había hecho de noche. Una noche clara de luna, en invierno, noche de lobos, esa noche, de sombras de luna llena.
Las vio salir entre las peñas: dos sombras de hombre y de mujer se incorporaban lentamente iluminadas por la luz de la luna. Tenían cogidas sus manos y se miraban de hito en hito como si acabaran de despertar de un extraño trance.
La mujer contuvo el aliento; no era la primera vez que las veía, ni la primera vez que las escuchaba. Lejos de causarle temor, las contempló con cariño. Amaba a esas sombras, eran más suyas de lo que nadie se podía imaginar.
Una de ellas extendió una mano y acarició el rostro de la otra, para después fundirse las dos en un prolongado abrazo.
La mujer sonrió y cerrando los ojos se dejó llevar por sus recuerdos. Cuando al rato los abrió, las sombras habían desaparecido; de nuevo quedaron dormidas entre las rocas. Miró al cielo, la luna llena iluminó su rostro y plateó aún más sus cabellos canos. Sus ojos oscuros marcados por finas arrugas, mantenían un pequeño brillo de esperanza
La mujer se levantó, y despacio, como en un sueño, recorrió el camino de regreso a su casa.
Los que me visitáis a menudo, habréis podido daros cuenta que la naturaleza, la montaña es un tema frecuente en mis escritos. Así es, busco su contacto con frecuencia. En verdad es una necesidad. En ella encuentro equilibrio, calma. La serenidad y el contrapunto que necesito. Y en especial en una zona que para mí tiene una magia y un significado muy especial. Babia y Luna, en la provincia de León, al límite con Asturias.
Ocurre a veces que cuando se está en un determinado lugar se tiene la sensación de que se pertenece a él, y eso fue lo que experimenté cuando hace ya algunos años llegué por causalidad hasta esos parajes. Esté donde esté, me encuentre donde me encuentre mi corazón siempre permanece allí, entre los riscos de sus montañas en el agua del pantano en la grandiosidad de sus puertos y valles. Babia-Luna. Luna-Babia.
Hoy dejó un precioso poema: el del Pastor Babiano, en él se refleja la inmensa añoranza de sentía los pastores que dejaban su tierra para buscar en Extremadura pastos frescos para sus ovejas. La inmensa añoranza de esa tierra mágica que os aseguro que todo aquel que la visita alguna vez, regresa.

POEMA DEL PASTOR
Cuando la noche se abaja
Toda en su manto guarnida
Ya se avivan en el chozo
Brasas de melancolía,
Ya está la majada quieta
Tan ordenada y cumplida
Y ya señorea la luna
Sobre la tierra enganida.
***
El pastor ovejerico
Es un puño en su pelliza.
Ladra el mastín en el cerro,
Runrunean las esquilas,
La noche, toda se encalma
Con las estrellas furtivas.
***
Ay, el mi pastor galano
Que en vez de cantar suspira .
Cómo le vienen y avanzan
Visiones de lejanía,
Recuerdos de tierra luenga,
Ecos de las tierra frías.
Y un dulce clamor que hiere,
En el alma estremecida.
***
Ya está en el chozo la Babia
Siempre llevada y traída
Tan lejana, tan lejana,
Y en el corazón metida.
***
El ovejerico sueña
De la su novia caricias
Y sueña de la su madre
Carantoñas y natillas,
Sueña también la su torre
Con las cigüeñas henchidas,
Y el repicar de campanas
En la fiesta de la ermita.
***
Ay, dehesas de Extremadura,
Rebaños de lana fina,
Mastines que están de guardia,
Buitres de sagaz pupila
Que siempre van al acecho
De la oveja mal herida,
Y órdenes del Rabadán
Dominando la vigilia
***
De la noche y la majada
Que en el cerro se cobija.
Todo se aduerme careado
En su paz y en su medida
Únicamente el pastor
No duerme , que suena, herida
La rosa de los recuerdos
De la su aldea querida.
***
Ay, pastor, que estas en Babia
Ay, noche que mal abrigas
Los decires sin palabras,
Las añoranzas no escritas,
Del pastor que está en su chozo,
Como un puño en su pelliza,
Siempre clavado en su Babia
Tan bien llevada y traída
Hoy como tantos días de nuevo el periódico se hace eco sobre nuevos casos de violencia de género. En esta ocasión es un hombre el que ha sufrido violencia por parte de su pareja. Hoy como tantas veces el amor se confunde con posesión, con tratar al otro como algo propio sometido a la voluntad de quien ejerce la fuerza: unas veces físicas, otras psicológica y mental; cualquier arma es válida, incluso en ocasiones, la humillación y el chantaje emocional para lograr de la pareja sumisión y obediencia. Hoy seguro que habrá muchos puños apretados, de ellos o de ellas, clavándose las uñas en la palma de la mano para que el dolor físico acallé ese otro mucho más profundo y desgarrador. Por ellas y por ellos….

LAS FLORES DEL MAL
El sonido de sus pasos sobre el adoquinado de la calle, acompañaba a Rosa de regreso a su casa. La tenue luz amarillenta de las farolas se reflejaba en los charcos que había dejado la lluvia de la tarde, y la humedad cubría de vaho blanco los cristales de las ventanas. Rosa cruzó las manos sobre sus brazos, sintiendo que la humedad también traspasaba su fina chaqueta de punto y caminó más deprisa.
Tenía una apremiante necesidad de llegar a pesar de saber que nadie la esperaba. Había llamado a su hermana para que se quedara con el niño hasta el día siguiente. Sabía que saldría de trabajar demasiado tarde para ir a recogerlo; a esas horas, ya estaría dormido.
Su hermana quería mucho a su hijo, pero no soportaba a su marido Pensaba que ella se merecía algo mejor. Antonio era un vago, que pasaba demasiadas horas en el bar y, según decía, en el pueblo la gente comenzaba a murmurar. No perdía oportunidad de decírselo, la última vez esa misma tarde. ¡Si ella supiera!..., pero no, no sabría
Las campanadas del reloj del ayuntamiento daban las once cuando Rosa abrió la puerta de su casa.
Se quedó un instante en el umbral, antes de encender la luz, y miró hacia el interior. Escuchó en la oscuridad. Nada se oía dentro de esa negrura que parecía esperarla. Accionó el interruptor. La oscuridad se deshizo entre las paredes familiares. Se apoyó en la puerta como para darse impulso y caminó por el pasillo hasta la pequeña habitación que hacía de sala de estar y de comedor. Tropezó con una botella de cerveza vacía. Otras, hasta cinco, se encontraban encima de la mesa y del sofá. Instintivamente se mordió los labios.
Salió de la salita y fue a la cocina. Restos de comida y platos sucios se apilaban en el fregadero. Se estremeció. El frío de la calle le había acompañado hasta dentro. Necesitaba entrar en calor. Abrió el frigorífico y sacó la botella de leche. De uno de los armarios, que colgaban en la pared, cogió un vaso y lo llenó hasta arriba. Un fuerte olor a ácido le llegó hasta la nariz y le provocó una náusea. La leche estaba cortada. Con un gesto de repugnancia la tiró en el fregadero, y. se encaminó al dormitorio. Allí el desorden era aún mayor: la cama estaba deshecha y las sábanas colgaban hasta el suelo. Todos los cajones de la cómoda se encontraban abiertos y la ropa limpia, mezclada con la sucia, se desparramaba por la habitación
Rosa suspiró. Recogió la ropa y la amontonó encima de la silla. Cerró todos los cajones y estiró las sábanas de la cama. Se acostaría. Estaba agotada. Demasiado cansada, demasiado preocupada, demasiado…todo. Mejor dormir. Mientras dormía no pensaba y se trasladaba a un lugar ingrávido, como un gran útero caliente y protegido
Se desnudó. Se miró en el espejo del armario. Una mancha violácea coloreaba su hombro derecho. Flores malvas salpicaban otras partes de su cuerpo. Pasó la mano varias veces sobre la del hombro queriendo borrarla. Después se acarició los senos y contempló su rostro. Una pequeña gota de sangre brillaba en el labio inferior Se volvió bruscamente, dando la espalda a su imagen. Se puso el camisón y entró en el baño.
Encima del lavabo una nota, escrita con trazos irregulares, parecía esperarla:
“Ni se te ocurra dormirte. Espérame despierta”
Rosa cogió la hoja y la estrujó dentro de su puño. Apretó y apretó, hasta sentir el dolor que la producían sus uñas al clavarse en la palma de la mano
Tras unos días de vacaciones vuelvo abrir mi tronera. Gracias a los que me habéis visitado en mi ausencia.
ENSOÑACIÓN DE VERANO![]()

Luce el sol y me encanta seguir con la mirada los rayos de luz que atraviesan las ramas de los chopos para sumergirse en el agua del arroyo. Los miro fijamente hasta hacer que su realidad desaparezca y me introduzco en un espacio de infinitos puntos luminosos en los que me muevo ingrávida.
Más allá de su luz, lejana, contemplo la montaña blanca y el camino que sube hasta los riscos. Me llego hasta allí y sonrío al secreto que guardan esas rocas. Pero voy más allá. Mucho más allá. Incorpórea atravieso las distancias y me hago presente sin ser advertida y me muevo a mis anchas, entre espacios que de ninguna otra manera pudiera alcanzar, y así llego hasta a ti.
Te contemplo, concentrado lees y en un descuido tuyo me introduzco en tu mente y echo fuera ese mal pensamiento que hace que se hagan más profundos los surcos de tu frente. Después bajo por tu pecho y soplo fuerte para alejar a tu tristeza. Entró en tu corazón: su latido fuerte y sonoro atrona en mis oídos, pero está cansado. Lo sostengo un rato sobre mis manos para que se haga más liviano y no te pese tanto. Cuando siento que su latido se hace más ligero, sigo mi recorrido y entro en tu conciencia. ¡Uf, cuantas cosas veo en ella guardadas! Cierro los ojos por respeto y me voy rápido, sé que no deseas que nadie entre por allí, pero marcho contenta porque he visto que es un lugar blanco. Antes de salir de ti, me cuelo en tus recuerdos. Allí encuentro cajas cerradas en las que no oso penetrar, pero otras están abiertas y muestran su interior. Sonrío ante lo que veo. En un rincón un pequeño cofre me llama desde el otro extremo. Tentada estoy, pero no deseo abrir lo que cerrado está; tampoco lo necesito, lo que pudiera contemplar lo he vivido y lo llevo muy dentro.
Suspiras y te agitas y con ese movimiento salgo fuera a través de tu aliento. Y me alejo de esa realidad tuya deprisa, deprisa: saltando entre los rayos de sol hasta llegar a la mía, no sin antes caer en ese instante mágico en el que las dos se unen por un segundo y se hacen, nuestra. Sigue brillando el sol, y salgo de su luz. Vuelvo a levantar mi vista hasta el sendero que llega a los altos riscos para después adormecerme a la sombra de los chopos mecida por el murmullo del agua. Está empezando a atardecer
Hoy ha entrado en mi tronera, un ser pequeño, alado, una minúscula libélula. Me ha pedido permiso para utilizar mi sala de estar. Al parecer, quiere contar algo. No puedo deciros nada de ella como suelo hacer con los que me visitan. A penas la conozco, dice que acaba de nacer y no hace mucho que comenzó a volar. Con esta intervención cerraré por unos días mi tronera. LLegan días de descanso, de estío. No será por mucho tiempo y dejaré entornada la puerta

Sí, nací tan sólo dos o tres lunas. Tarde calurosa de finales de junio y comienzo de fin de semana.
Pensé que un parto es un acto íntimo y personal, y se debería realizar en solitario,pero nací rodeada de gente. También pensé que tendría frío, pero nada más abrir los ojos me vi envuelta y protegida por unas miradas calidas y emocionadas que me abrigaron el corazón.
Animada por todas aquellas personas que me miraban expectantes, inicié un movimiento de mis alas. Pero el peso del tiempo las mantenía plegadas a mi cuerpo. Hice un nuevo esfuerzo con los mismos resultados. Iba ya a darme por vencida cuando unas voces animaron mi vuelo. Una mujer muy hermosa anunciaba el nacimiento del alguien: ¡mi nacimiento! Y todas las miradas de los asistentes estaban fijas en mí. Avergonzada, quise meterme de nuevo en mi crisálida pero ya era imposible. Mis alas, tanto tiempo deseadas, hacían que el habitáculo que hasta ese momento me protegía hubiera quedado pequeño. De pronto, al conjuro de la voz de la mujer hermosa, otra dulce voz femenina comenzó a hablar. Y en su cadencia mis alas comenzaron a extenderse. Tras ellas dos voces graves de hombre siguieron desmenuzando palabras y cuando la del último terminó, mis alas estaban abiertasy me vi suspendida en el aire.
Las personas que allí se encontraban, me sonreían felices y entonces, me di cuenta de que quienes impulsaron mi vuelo eran ellas, y reconocí aquellos rostros que me miraban. Eran mi gente, mis amigos, los que me acompañaron desde mi niñez, con los que viví en mi adolescencia, en mi juventud, en mi madurez. Todos estaban allí, los que habían llegado desde muy lejos, Londres, Sevilla, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Gijón, Avilés, León, Madrid, Miranda de Ebro, junto con los que viven en el lugar de mi nacimiento. Todos tendían sus manos para que la libélula naciera grande y bella. Y comprendí que si yo existía era por ellos, por su fuerza, por su cariño, por su presencia constante en mi vida. Quise hablar, gritarles a todos, decir uno a uno sus nombres, pero la emoción me podía y tuve que callar si no quería terminar mojando de lágrimas mis alas.
Por eso hoy, cuando la rutina todo lo allana y hace de lo importante trivial, mi vuelo me trajo a esta tronera y desde ella quiero daros a todos las gracias. Gracias, Gracias.
Escuché varias veces las voces de unos locos románticos, que ponen en el justo lugar lo urgente y lo importante. La piel y el sentimiento, la razón y la locura, los sueños. Gracias por compartir los míos, o mejor dicho, por vivirlos. GRACIAS.

Celina entró en su cuarto y se dejó caer en el sillón de mimbre que la esperaba fiel al lado de la ventana.
Arrojó el bolso sobre la cama. Con un gesto brusco se quitó los zapatos que salieron volando por el aire cayendo, uno encima de la estantería, y el otro al lado de la puerta.
Estaba enojada. No, más que enojada. Estaba furiosa. La dolían los pies, la cabeza ¡el alma!
Tres horas escuchando paciente las dicciones y contradicciones de Rodrigo había sido más de lo que podía soportar después de diez horas de trabajo interrumpido en la redacción del periódico.
¡Qué indecisos eran los hombres! “Sí, pero no. No pero sí”. Parecían incapaces de tomar una decisión; se pasaban el tiempo recabando opiniones de otros como si necesitasen la ayuda de “esos otros” para actuar o para darse confianza.
Recordó de nuevo sus razonamientos con los que, con infinita paciencia y tres cervezas, intentaba ayudar a su amigo a tomar una determinación.
—Pero Rodrigo, si no estás bien con ella, si hace ya tiempo que no tienes más que quebraderos de cabeza y desasosiego, platéate en dejarlo. No puedes continuar con esto. Hoy sí, mañana no. Si ya has tomado la decisión cuanto más tardes en llevarla a efecto, será peor. Para ella y para ti.
—No puedo, Celina. Lo he intentando muchas veces, la he cerrado mi casa en varias ocasiones, pero me puede, me puede. Es como un hechizo que ha vertido sobre mí.
—Pues entonces trata de aceptarla como es. Cuando se vuelve fría y distante, piensa que al poco le pasará, que en unos días volverá a ser mimosa y complaciente. Sabes que ella es así.
—Sí, pero no puedo con esos periodos fríos, con sus desplantes, sus silencios, con esos días en los que ni siquiera me permite tocarla. Ni una mala caricia, ni un mal sonido sale de su garganta. Nada. Incluso se vuelve agresiva: mira. —Rodrigo levanto la manga de su camisa hasta la altura del codo dejando al descubierto un enorme arañazo que le cruzaba el antebrazo.
—No puedes seguir así. Si no actúas y eres duro con ella, un día no controlará sus impulsos y puede que las consecuencias vayan más allá de un simple arañazo. Déjala.. No digo que la dejes tirada en la calle, procura que la separación sea lo menos dolorosa posible. Sé generoso. Pon los medios necesarios para asegurarte de que ella queda en una situación estable y segura, pero déjala ya.
—Sí lo hago, mañana sin falta. Ya no hay más oportunidades. No puedo más. Pero ¿sabes? después a solas, la echo de menos. Me acuesto en la cama y extraño su calor, cuando se enrosca mimosa sobre mí y busca mis caricias. La casa, cuando no está se me cae encima y voy de habitación en habitación llamándola. Y la quiero, ¡joder!, que son muchos años juntos.
—Mira Rodrigo, pues entonces, no la dejes, pero no te quejes.
—No sí, esta vez las cosas han ido demasiado lejos. Mañana pondré punto final a esta historia.
Celina recostada en el sillón de mimbre, pensando en la situación de Rodrigo, se había quedado dormida. El atardecer se iba colando por la ventana sin que se diera cuenta y los primeros reflejos de las farolas de la calle se hacían hueco junto a las sombras de la noche .
El timbre del teléfono la despertó de golpe.
— ¿Dígame? Preguntó mientras controlaba a su pobre corazón que latía apresuradamente por el sobresalto. La voz de Rodrigo contestó
. —Celina, ¿te interrumpo, hacías algo interesante?
_Algo interesante, no, claro que no. No tengo nada mejor que hacer que entretener mí tiempo escuchándote.
—No seas irónica. Sé que abuso de ti. Sólo te molesto un momento. Quería decirte, que al llegar a casa la he hablado. La expuse la situación. Le dije que ya no aguantaba más y que mañana pondríamos fin a nuestra convivencia.
—Muy bien, ¿y?
—Pues que no puedo Celina. Después de escucharme muy atenta. Se me acercó y se pego a mí. Frotó su cuerpo contra mío: mimosa, implorante. Gemía, lloraba. Y no pude por menos que tomarla en mis brazos y cuando he sentido su lengua en mi cara…. No puedo Celina. Dirás que soy un pelele, pero no puedo. ¿Lo entiendes?
Celina, no entendía nada. Pero no iba a darle la oportunidad de que para explicarle de nuevo sus razones la tuviera otras tres horas al teléfono. Así que optó por contestar:
—Claro, que sí Rodrigo. ¡Cómo no voy a entenderte! Eres una persona sensible y generosa. No sabe ella la suerte que tiene contigo.
—Gracias Celina. Ahora cuando la veo tan feliz, lamiendo glotona su plato de leche y ronroneando buscando mis caricias, me pregunto como he podido pensar en abandonarla.
—No te preocupes, Rodrigo, creo que ella nunca lo sabrá.
—Celina, eres un sol y la mejor amiga que tengo. Gracias por tu paciencia. Celina, Celina,.. Celina, ¿está ahí?... Celina??
—“Miau”
Hoy pinto mi tronera con poesía. No sé si es osadía o inconsciencia visitándome tan buenos poetas. No pretendo emularos. No podría llegaros

EL VIENTO SUSURRA, TU BOCA CALLA.
Lo que el viento susurra,
por el agua canta.
..
Resuena en el aire tu voz musitada,
pronuncias mí nombre, angustiosa llamada.
Tus manos aferran mi cuerpo, crispadas,
y esparcen dulzuras, caricias soñadas.
..
Tus ojos me piden
Lo que tu boca calla.
..
Gritas mi nombre, de nuevo me llamas
queriendo abrir puertas que dejo cerradas.
El viento y la luna, cómplices de tu causa,
transforman la noche en mágica estancia.
..
Y el aire y la nieve, el monte y el agua.
Tus besos de azúcar, tu intensa mirada.
El cielo, tu música, el atardecer, el alba,
Llaves que utilizas para abrir mis alas
..
Tus ojos me piden,
Lo que tu boca calla.
..
Pero te detienes, me miras, me abrazas,
y luego musitas mi nombre en plegaria.
Te beso en silencio, sobran las palabras,
Tu alma es la llave que abrirá mi casa
..
Lo que el viento susurra,
por el agua canta.
Cuántas veces hemos visto y oido decir que SIEMPRE con el tiempo,la convivencia, la rutina, el amor se termina, se pierde y el sentimiento se transforma en cariño y respeto; y la relación pasa a ser un buen acomodo para las dos partes. Cuantas veces hemos escuchado que la fase de enamoramiento dura unos dos años y después "la cosa" decae y pierde todo el encanto, el atractivo,la pasión el erotismo y se transforma en un sentimiento plano y monótono.
Es cierto que puede ocurrir y ocurre,seguro que todos conocemos casos. Pero yo defiendo que no tiene por que ser así. Yo defiendo que EL AMOR, no el cariño,el afecto, la admiración por el otro, o cualquier otro tipo de sentimiento, sino EL AMOR , consciente, maduro, exclusivo y único cuando toca a dos personas, no cambia, no muere, no se destruye y se mantiene vivo durante toda su existencia. Podéis pensar que soy una loca y trasnochada romántica, que no tiene los pies en el suelo. Puede que así sea, pero hay una voz dentro de mí que dice que no, que no me equivoco. El amor asi existe y yo conozco a quienes así lo viven. Tan sólo tienes que estar con los ojos abiertos para reconcocerlo cuando pasa por tu lado y apostar por él, sin reservas. 
SIN DUDA ALGUNA.
Raúl cerró el álbum de fotos y llenó las dos copas de champán. Mientras esperaba a que Inés terminara de arreglarse, se había estado entreteniendo mirando viejas fotografías, y entre ellas, encontró una de Clara, su primera esposa
<
¿Energúmeno yo? Un gilipollas, eso es lo que era. Como cuando estuve cuatro días sin comer para demostrarla que si volvía a dudar de mí prefería morir de hambre, o como el día que fuimos de excursión al monte y casi no me mato escalando aquella roca para cogerla unas florecillas que crecían en lo alto, o como aquella tarde que nos citamos en el parque y me tuvo una hora bajo la lluvia, calándome hasta los huesos esperando que terminara de hablar con una antigua amiga del colegio con la que se había encontrado. Cuando por fin apareció, yo estaba irritado, empapado, enfadado y en lugar de disculparse, me soltó de nuevo su ya requetesabida teoría:
“Si me quisieras, no te enfadarías y te alegrarías de que hubiera disfrutado al ver de nuevo a mi amiga. En realidad, no me quieres. ¿Ves como no me quieres?”
Y de casados todavia fué peor. Pasados los primeros meses, la vida conyugal se nos cayó de las manos. Discutíamos por cualquier cosa. Nada le parecía bien. Yo vivía en un coto privado y ante cualquier intento de respirar fuera, por mi parte, reaccionaba como si hubiera hecho algo irreparable y volvía a dudar sobre mi cariño
Yo la quería, pienso que sí la quería; lo que sentía entonces lo identificaba como amor. Pero ahogó y marchitó mi cariño con sus constantes dudas, con sus continuos reproches.
Ahora sé que era ella quien no estaba segura de sus sentimientos. Necesitaba comprobar constantemente la autenticidad de los míos para dar firmeza y seguridad a los suyos.
No conocimos muy jóvenes. Fue mi primera y gran desilusión, mi primer desengaño. Cuando superé el periodo de separación, me quedó tan marcado que tardé varios años en tener una nueva relación. Me aterraba entrar de nuevo en ese mundo de dudas y miedos y revalidar constantemente la autenticidad de mis sentimientos, por lo que estuve picoteando con unas y con otras incapaz de comprometerme con nadie hasta que apareció Inés en mi vida. ¡Con ella fue todo tan fácil, tan maravillosamente fácil!
Jamás me pidió nada, jamás me exigió nada, el sentimiento fluía del uno al otro sin necesidad de expresarse con palabras; simplemente estaba, como si tuviera vida propia, ajeno a nuestra voluntad. Lo sentíamos constantemente al tomarnos de la mano, al sonreír, al mirarnos a los ojos, en cualquier pequeño gesto de cariño. Llenamos la rutina diaria de pequeñas complicidades, de gestos con los qué sorprendernos. Y lo más curioso es que no suponía ningún esfuerzo hacerlo, no había que esforzarse, ni significaba ningún acto de voluntad.
Recuerdo la primera vez que la dije “te quiero” ¡Mira que tarde en decírselo!, Me controlaba constantemente para que no saliera esa palabra de mi garganta, ¡Que miedo me daba oírmelo decir!, Creo que era por lo que significa de posesión, o de compromiso: “te quiero para mí”.
Me sorprendió una vez más, cuando me contestó feliz que ella me amaba. Y me enseñó el pequeño matiz que separa esa dos palabras. ¡Me enseñó tanto! A su lado descubrí que el amor no te exige heroicidades que simplemente es compartir y vivir las pequeñas cosas de cada día con la persona que amas, y que eso es suficiente para saberte el mortal más feliz de la tierra. Pero, ¿qué hace esta mujer, porqué tarda tanto?>>
—Inés, cariño, el champán se está calentando.
— Un segundo, ya voy.
Inés entró en el salón. Un vestido negro ligeramente escotado caía sobre su cuerpo, suavemente, sin marcarle. Sobre los hombros un chal blanco ponía la nota de color. Retiraba el pelo de su cara con dos pequeños prendedores, y resaltaba los rasgos de su rostro con un ligero toque de maquillaje. Raúl se levantó sorprendido, mirando con orgullo a su mujer.
—Llevas la misma ropa que cuando celebramos nuestros veinticinco años juntos. No sabía que la conservaras, te queda perfecta. Estás tan preciosa y tan joven como cuando te conocí., y eso que ya no eras ninguna niña.
Raúl, cogiéndola de la cintura, la atrajo hacía sí, la pegó a su cuerpo y la besó en los labios. Inés le dejó hacer devolviéndole el beso y cuando recobró el aliento…
—No pensé que te acordaras.
— ¿Dudabas de mi buena memoria acaso?
—No corazón. Nunca he dudado de ti.
Inés toma la copa de champán que le ofrece Raúl.
—Felicidades. Hoy cumples sesenta y ocho años, pero conservas la misma frescura e inocencia que cuando nos conocimos. Ha sido una maravilla compartir contigo estos últimos años, y espero que cuando seamos viejos, dentro de muchos más, volvamos a repetir este brindis.
Inés río.
— ¿Cuándo seamos viejitos? Ya no nos queda mucho. Gracias cariño, pero calla o terminaré llorando o quizás si sigues tan pegado a mí y besándome de esa manera, no me importará que se arrugue mi vestido y terminemos bebiéndonos el champán en la cama.
Raúl cogió entre sus manos la cara de Inés, la echó el pelo hacía atrás despejándola la frente y la miró fijamente a los ojos.
—Inés, te quiero, te amo. Lo sabes, ¿verdad? ¿No tienes ninguna duda?
Inés sonrió con ternura. Separó su rostro del de Raúl y le observó con atención... Esos rasgos tan queridos. Esos surcos que se habían formado en su cara al paso de la vida. Esa mirada mezcla de ternura, deseo, pasión con la que todavía la embobaba.
— ¡Claro que sé que me quieres! Aunque después de oírte recordar a Clara, no sé si dudarlo un poquito. —Bromeó
Raúl la volvió a estrechar contra él
—Inés, te quiero, como jamás he querido a nadie.
Ella le abrazó
—Lo sé, lo sé, lo he sabido siempre. Me lo han dicho día tras día tus ojos, tus gestos, tus caricias. Tantas cosas que hemos vivido juntos y sentía gritarlo a tu corazón.
Raúl volvió a experimentar la sensación de poder tocar el cielo con las manos.
— ¿Cómo puedes mantenerte tan joven, tan hermosa? Da la impresión que has hecho un pacto con el tiempo.
— ¿Me guardarás el secreto si te lo digo? ¿No se lo dirás a nadie?
Raúl la hizo un guiño cómplice.
—Te lo prometo. Tu secreto estará salvaguardado conmigo. No se lo diré a nadie.
—Será mejor que no lo hagas— dijo Inés riendo—. Porque como elixir de la eterna juventud, no pienso compartirte con nadie. El milagro lo haces tú. Estoy enamorada.