Libro de Arena
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ESCRITOS DESDE MI TRONERA

Un pequeño espacio por donde entran y salen pensamientos, historias, palabras: las tuyas y las mías.

SILENCIO EN GRIS

SILENCIO EN GRIS

Penumbra gris que se funde con los visillos grises que ocultan el muro gris de la pared de la casa de enfrente y con la mesa gris de la cocina que en otros tiempos fue blanca. Una taza de café amargo frío y tan negro que se puede mascar.

María sentada en una silla gris de dos patas. María inclinada sobre la mesa fija la mirada ausente sobre una hoja gris de papel. María escribe con trazos grises y la tinta del bolígrafo que se mezcla con sus lágrimas, también se vuelve gris.

El grifo gotea machaconamente sobre una pila llena de platos por fregar poniendo notas añadidas a una vieja canción que se extiende por la atmósfera gris a través de la radio

…<< CALLEJUELA SIN SALIDA, DONDE YO VIVO ENCERRÁ

CON MIS PENAS, MI ALEGRÍA, MI MENTIRA Y MI VERDAD>>

“Golpea, golpea fuerte una y otra vez para así sentir el dolor lacerando mi alma y mi espíritu y así, quizás, se resquebraje la capa con la que me cubro y, así quizás, pueda salir la luz, o no hay luz y yo me la invento para no caer en la desesperación, para poder seguir, y tal vez no hay esperanza y yo me la imagino y me aferro a su ilusión para poder continuar inventando cada día y forzando sonrisas, y dando “buenos días, “buenas tardes” y deseando noches tranquilas con la gente que coincido en los instantes vacíos de los que se compone mi vida.

Me rebelo y ansío, y no me es concedido el objeto de mi ansia pero tampoco se me concede la ignorancia que me haga olvidar o ignorar el objeto de mi ansiedad….

El grifo gotea y gotea y la canción se desgarra:

TU QUERER LLAMO A MI PUERTA, NO PUEDO ENTRAR NI SALIR,

NI ESTOY VIVA NI ESTOY MUERTA NI CONTIGO NI SIN TI>>

Ciega, sorda, insensible, más me valiera ser para no sentir, para no conocer, ..., para no sentir, para no sentir cómo inca sus dientes sobre mi carne la soledad, la soledad profunda y cruel que empapa y acalla el grito interior que llama sin encontrar respuesta a tu llamada.

Sigo atrapada en un tiempo que no es el mío en una vida que yo no he programado, que no deseaba vivir.

Sigo renunciando y aferrándome con uñas y dientes a mi misma para no precipitar mi abandono y mi caída.

No sé qué es lo que me impulsa a levantarme cada mañana, la esperanza,…la esperanza , ¿en qué?

Estoy sola, sola con mis lágrimas.

<<...Y EN MI CALLE SIN SALIDA, YA NO PUEDO CAMINAR

NI DE NOCHE, NI DE DÍA, NI PA LANTE, NI PA ATRÁS>>

El color gris todo lo envuelve. Ha llenado el pelo de María de canas. El grifo ha dejado de gotear, la canción ha dejado de sonar, ella ha dejado de escribir. Solo se escucha el silencio en gris

LA PAZ EN LAS COMISURAS

Hoy tengo una visita largamente esperada: Sólo os diré que es un amigo de 21 años, observador y estudioso de los secretos de la vida que bucea y trata de descubrir en su interior y en el de los que le rodean, filósofo y muchas cosas más. Alvaro Casado, me trajo una de sus reflexiones que yo tengo el placer de compartir con todos.

LA PAZ EN LAS COMISURAS

Pasemos de una forma de pensar propia de los hombres, a otra exasperada, que lucha por vivir dentro, para y por surcar el infinito, y así llegar a un éter iluminado, fogoso, tristemente compungido. Su rostro, en forma de ondas, arrastraría irremediabemente a las zonas, que constituyen diferentes apartados parecidos a las calles, pero que se ofuscan tras luces predeterminadas, difíciles y sumamente trabajadoras. La paz se sitúa distinta, optando a veces por alejarse de los pasillos vacíos, en los álbumes, o en los senescentes campos llenos de cristales verdes, que proyectan una serie innumerable de concavidades pictóricas, parecidas al prisma.

¿porqué es tan difícil que se lleve a cabo? Solamente porque existen las preguntas. Y las respuestas repletas de conceptos, pero que no representan nada, tan sólo fases del hambre. Acepciones que, sin tener la llave maestra en mano, producen que los simios se decanten por permanecer en sus sitios, escuchando el gorjeo de las aves, o el vaivén de unas copas llenas de vida, no sólo marital.

Ni elitismo, ni, por supuesto, cortinas de leche ante nuestrs sentidos. Desde pequeños, y esa materia, ácida, se precipita sin huida sobre los principios de una forma tan grave, que no existen ni las órdenes ni los mandatos, plurales. Añadiría algho menos, pero el belicismo de un ideario confuso, inquieto, soporta vestigios de otros condenados sobre baculos prematuros, inexistentes, pero que se observan sin mediar palabra, sólo esa mirada.

La silla y la mesa, sus patas, de hierro, que aspiran a dilatarse hasta no ser tales ni convencer al señor de los resquicios.

LA CARTA

Hoy, esta tarde, un hombre de 52 años acudía a urgencias con un fuerte dolor precordial. Pálido, súdoroso, le costaba respirar y cada vez que intentaba llenar de aire sus pulmones, el dolor en el pecho se agudizaba. Después de examinarle detenidamente y de realizar las pruebas pertinentes para descartar una dolencia cardiaca, se le diagnostica de "Crisis de ansiedad".

Cuando se le trata de tranquilizar y se le interroga sobre si hay algún hecho puntual causante de su estado, el hombre, intentando controlar sus lágrimas, nos cuenta y, al oirlo, me acordé de un artículo que escribi, hace años, dedicado a un querido amigo que pasó por esa misma situación

Por los dos y por tantos otros.

LA CARTA

“Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, y ya se sabe que es necesario que la humanidad avance, aunque no les sirve de mucho a los que “sufren” en sus propias carnes los adelantos de esas ciencias, los sobresaltos de las nuevas tecnologías y el auge del marketing, que cuando uno más tranquilo y en paz está, en aras de esos “avances”, te hace la vida una pirueta, y recibes una carta de la dirección de tu empresa, (“madrecita, madrecita que me dejen como estoy”), en la que se te invita pasar a un periodo vacacional permanente, sorprendiéndote al comprobar que algo que has estado anhelando muchas veces , ahora, no te llena de regocijo sino más bien de un cabreo mal controlado, y que te deja hundido en la más negra miseria. Has pasado durante muchos años por las horcas caudinas de tu jefe intentando mejorar tu puesto en la empresa, con sangre sudor y lagrimas , dejando la piel y los mejores años de tu vida en el empeño. Has tenido que ponerte al día y adecuar tu buen hacer a la nuevas tecnologías aprendiendo el manejo de los novedosos programas de ordenador, que maldita falta te hacen, pero que según los entendidos facilitan muchísimo el trabajo, y como eres un buen profesional, te vas adaptando a todos estos cambios y compites como un “cabrito” cuando llegan a tu empresa jóvenes yogourines, recién licenciados, con unas energías que a ti ya te faltan, dispuestos a dar lo que hoy en día se exige: agresividad., competitividad y firmeza, cuando tú siempre has sido pacifista y colaborador, ahora, ¡manda narices!, resulta que hay que ser agresivo, vamos, merendarse al compañero si es necesario para mantener el puesto y el lugar en el trabajo que llevas realizando 30 años, evitando las zancadillas que, sin disimulo, algunos te ponen al paso, y tú que estas dispuesto a todo para preservar lo que has ganado con el sudor de tu frente, entras en ese juego y hasta te lees manuales de karate y boxeo, porque en honor a la verdad, agresivo , agresivo , no has sido nunca, más bien pacifista , incluso blandito. Pero ¿si hay que ser agresivo?, oye, pues se es, y ¿si hay que cargarse a alguien? , pues también, qué se le va hacer, todo sea porque no les falten los garbanzos a la mujer y a los chicos; ¡vamos!, quién dice garbanzos, dice la nueva casa con piscina, las vacaciones en Cancún, el master de tu hijo en esa famosa universidad extrajera, que dicho de paso, no sabes si le valdrá para algo y, ¡lo que haga falta!, porque para eso tú trabajas y te llevas deslomando un montón de años; así que, ahora, cuando recibes la llamada del director piensas que por fin llega el merecido premio a tu dedicación y a tu trabajo a costa de robarle tiempo a la familia por las necesidades de la empresa, para poder llegar a las cotas de rentabilidad y productividad exigidas, y ese día ya está aquí, por fin ha llegado el momento de valorar y reconocer tus desvelos y sacrificios y cuando vas a estrechar la mano del director para darle las gracias de antemano , él te pone en ella una carta, que piensas que al abrirla te encontraras el anuncio del soñado aumento de sueldo o el nombramiento de un puesto superior o, quizás, unas vacaciones pagadas.

En un principio la dejas sobre la mesa y la miras con aprensión, pero como no es cuestión de no abrir las cartas del director, con manos temblorosas la abres y lees, y no te crees lo que lees, y vuelves a releer, y por fin tu mente asimila y comprende lo escrito: el director te agradece tus años de trabajo y te comunica, eso sí, con muy buenas palabras, que la empresa a partir de la fecha no va a necesitar ya más de tus servicios; y te lo anuncian de muy buenas maneras porque la imagen es la imagen, y nunca hay que perder la compostura ni siquiera para dar el aviso de un despido anunciado;por eso lo comunican en una elegante carta, carta que según vas leyendo, te va dejando una cara de gilipollas, a la vez que cierras los puños sobre ella tratando de controlar tu ira, mientras oyes “en off”, la voz de tu director diciéndote no sé qué de lo joven que eres y que de esta manera podrás disfrutar de un merecido descanso y largos años de vacaciones, porque al fin de al cabo, él que no se consuela es porque no quiere, y como al perro flaco todo se le vuelven pulgas, dibujas una mal disimulada mueca y sales del despacho encontrándote de frente con el jovencito que seguramente a partir de ahora va a ocupar tu puesto, embistiéndole, al pasar a su lado, con la agresividad que te han enseñado a utilizar, agresividad que ha dado con sus huesos en el suelo pero como lo cortes no quita lo valiente y te acuerdas de los buenos y trasnochados modales que te enseñó tu padre, cuando la agresividad no era una virtud, sino más bien un defecto, le has dado la mano y ayudado a levantarse alegando en tu defensa que ha sido de forma involuntaria y casual, mientras le sacudes con brío la chaqueta de su traje de marca, saliendo de la escena con “la frente marchita y las nieves del tiempo clareando tú sien”. Al cruzar la puerta, saludas con un movimiento de cabeza al conserje que al verte se acerca y, como en secreto de confesión, te susurra al oído: “hermano, morir habemus”, y tú, conteniendo las lágrimas de la ira, le respondes, “ya lo sabemos” y al decir estas palabras, ya en la calle , piensas en las explicaciones que tendrás que dar en tu casa, y a qué dedicarás tu tiempo libre.

La luz te ciega y el aire no te llega bien a los pulmones; te sorprende tu imagen en la luna de un escaparate, te miras, sin apenas reconocerte, detrás de ti, una sombra, la del ciprés es alargada.

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WIFE-SWAP

Una mujer muy especial visita hoy mi tronera. Se trata de Carmen Dolz Porcar. Carmen es valenciana pero vive desde hace muchos años en Brhigton (Inglaterra)

Carmen es una escritora muy completa: articulista, cronista de viajes, ensayista, domina la técnica del relato con maestría. Siempre es un placer leerla. Mujer comprometida con su condición, esgrime la pluma como si fuera una espada contra la desigualdad y el uso y abuso del que todavía hoy en día son objeto muchas mujeres. Para muestra un botón, en el artículo que nos ha dejado, de manera clara, concisa y dura, expone, reflexiona y denuncia.

Carmen: una excelente mujer, una gran amiga, una de mis mosqueteras. Gracias por tu visita.

Wife-swap

Hace unos semanas, El País publicaba un artículo de Soledad Gallego-Díaz titulado ¿Qué les pasa a los hombres? (2-3-2008). En él, la autora nos invitaba a invertir los roles tradicionalmente asumidos por hombres y mujeres para facilitarnos la reflexión sobre la violencia de género. Una vez aceptado el juego, fue muy fácil escandalizarse al comprobar que en la actualidad muchas mujeres acaban matando a sus novios y maridos cuando éstos deciden comenzar un proceso de separación y divorcio. Qué barbárico, inhumano e inaceptable, pensábamos sin necesidad de usar la lógica. Pero, ah, cuando los actores de estas atrocidades son hombres (como ocurre a diario en nuestro planeta) parece que aceptamos sin más que el problema no tiene remedio. Soledad Gallego-Díaz se preguntaba por las razones que mueven a los hombres a no hacer nada. ¿Por qué no se echan las manos a la cabeza? ¿Cómo es posible que no haya más hombres que no se pregunten qué les pasa a los de su grupo?

Estoy de acuerdo con esta autora al enunciar que el problema afecta a las mujeres tanto como a los hombres: a unas por sufrirlo y a otros por practicarlo; es un problema que afecta a todos, a la sociedad entera, y es una cuestión que nos debe obligar a promover un cambio radical en la mentalidad de hombres y mujeres; un cambio sólo posible si analizamos y reaccionamos a las grandes contradicciones en las que se basa este problema universal.

La técnica de la inversión de roles me pareció muy efectiva y me gustaría proponerla para analizar un ejemplo mediático que nos puede ayudar en esta reflexión sobre el machismo. Hay un programa en la televisión inglesa titulado ‘Wife swap’ (Intercambio de esposas). No sé si existe algo parecido en España pero seguro que, si no forma parte de la programación todavía, no tardará en llegar. En este programa, dos familias se enfrentan al desafío de vivir durante dos semanas con una madre y esposa que no es la propia. Aunque el mensaje de fondo que nos transmite el programa es que las mujeres son el motor que mueve a la familia, y sin ellas la unidad familiar suele irse abajo (hablo en general, consciente de que las excepciones van en aumento), el título en sí mismo da una idea machista y denigrante de que las mujeres, como los coches, las lavadoras o las pelotas de fútbol, son intercambiables; son una función y por lo tanto reemplazables. ¿Por qué a nadie se le ha ocurrido crear un programa en el que se intercambien maridos? Quizá por la sencilla razón de que en la mayoría de los casos, nadie notaría la diferencia; en general, lo que la mayoría de los hombres aportan a la unidad familiar, es mucha ausencia y una cantidad de dinero variable. El caso es que en este programa las madres intercambian hogares y las familias (niños y padres) aprenden que hay otras maneras, y además muy diferentes, de organizar una vida familia.

Por descontado, el trueque televisivo nunca defrauda. El reality-show siempre encuentra el efecto dramático al buscar y emparejar estilos antagónicos: una madre rural y bohemia es invitada a pasar dos semanas en la casa de los señores Urbanitas para enseñar a un marido y unos niños enganchados a los avances tecnológicos fruto de su poder adquisitivo, a llevar una vida más humana. La familia de acogida, obligada a seguir las nuevas reglas de la visitante, se aleja por unos días de sus rutinas y aprende así a vivir de otra manera. Y viceversa. Todo un intercambio de papeles de lo más educativo: la vida de las familias siempre, aunque sea sólo por dos semanas, se altera y de la experiencia, poco o mucho, algo se aprende.

A la mayoría de los niños, jóvenes y adultos que conozco, este programa les fascina. El ver distintas maneras de ayudar a crecer a unos hijos (y a un marido), ayuda al público a reflexionar sobre su vida tanto como sobre la de los elegidos para la experiencia, experiencia ésta que por intereses comerciales suele ser siempre una vivencia extrema disfrazada de normal. A mí, sin embargo, el programa, a pesar de su valor formativo, me provoca un gran malestar, y aunque son varias las razones que me producen desazón, empezaré por la más obvia.

El otro día les comenté a mis hijos que no me gustaba el título, Wife-swap, porque más que esposa, lo que se intercambia era una madre, un ser humano del que depende toda la familia; una persona que organiza, cuida, supervisa, educa y ayuda a todos los que viven a su alrededor. ¿No lo deberían llamar de otro modo? Así tal cual, unido a la palabra ‘intercambio’, el término ‘wife’ convierte a la mujer en un objeto, en algo que se puede canjear. ¿No debería utilizarse una expresión que hiciera una referencia más directa a la idea de mujer como sujeto, persona activa y responsable de tanto y de tantas vidas? ¿Que tal ‘Madre de quincena’ o algo así? Un título que denote la importancia de la persona que acude a cambiar la vida de esa otra familia. ¿No creéis? –les pregunté a mis hijos. Mi consulta no pareció sorprenderles y su pronta respuesta no hizo más que añadir luz a mi reflexión sobre el contenido del programa.

Mis peques me informaron de que a menudo se daban casos (obviamente ellos han visto muchos más programas que yo) de maridos sin hijos, hombres que recibían a otra mujer para que les hiciera las labores de la casa y cualquier cosa que pudieran necesitar (algunas incluso trabajando también fuera de casa –añadió mi hija adolescente entrenada en la perspectiva de género). Era, pues, un intercambio de esposas, y no sólo de madres.

Y yo me pregunto, si ésta es la visión más contemporánea que seguimos teniendo del género femenino, de que una mujer con hijos o sin ellos, está aquí para servir al hombre, y además debe hacerlo gratis, ¿cómo nos va a extrañar ver a hombres quejarse de que la mujer con la que se han emparejado les ha salido ‘rana’ y dice que quiere ‘liberarse’? ¿No iría cualquiera mujer casada a quejarse si le dijeran que los maridos son para hacer dinero y el suyo le ha salido demasiado inepto para hacer más de quinientos euros al mes? Si existiera una agencia así, seguramente habrían colas, y de varios kilómetros en algunos países; pero como no hay tales ventanillas a las que acudir a despotricar de que la mujer no le ha salido a uno lo tradicional que él quería, lo que hacen algunos hombres (demasiados, por desgracia), es agenciárselas por su cuenta para quejarse de que la suya no hace lo que dicen las instrucciones esas que algunos hombres parecen llevar colgadas del cuello como si de una medallita se tratara: el escapulario del dios padre, hombre y egoísta y ¿la compañera? Ella, costilla, debajo y a lo que le pida.

Fue ahí, en plena conversación, cuando me di cuenta de que lo que me ofendía del programa no era sólo el título; lo que me enervaba era que el programa no fuera más reivindicativo y feminista, ya que en el fondo proclamaba la importancia de la mujer como sujeto activo cuyo abanico de labores es esencial para la supervivencia y buena marcha del núcleo familiar. Y entonces ¿por qué no se veía claramente esta importancia? Pues porque el programa es sin duda un reflejo del gran debate que divide no sólo a la sociedad sino a las propias feministas desde hace varias décadas.

Resumir la polémica en unas cuantas líneas debe de ser posible, y paso a intentarlo. Por un lado, las mujeres exigimos con todo el derecho del mundo que se nos aprecie como personas y no sólo como estereotipos desprovistos de todo interés que no sea ir guapas o tener la casa limpia y ordenada. No somos sólo cuerpos que sirven de instrumentos en los juegos de muchas fantasías masculinas, y para ello, desde hace unas décadas, contamos con el feminismo de la igualdad, feminismo que nos ha ayudado a conseguir derechos sociales, legales y laborales. Pero, por otro lado, y la evidencia lo demuestra, también queremos ser capaces de realizar labores tradicionalmente consideradas femeninas (como organizar la vida de los demás y ayudar al desvalido), por lo que necesitamos que éstas actividades se valoren públicamente. Esta es la exigencia del feminismo de la diferencia, el que busca la reivindicación de los roles tradicionalmente considerados femeninos. Aunque parecen contrarias y contradictorias, estas exigencias de la diferencia y la igualdad no tienen porqué serlo. Quizá sea difícil hermanarlas, pero no es imposible, y debemos intentar hacerlo, porque las mujeres tenemos derecho a abrir nuestras vidas al mundo público mientras conservamos también el privado. Y de hecho, si los hombres compartieran más el privado, igual hasta sería más fácil encontrar aparcamiento en el espacio público.

Pero en este gran dilema quizá haya algo todavía más difícil de aceptar: la contradicción que resulta de un mundo superpoblado al borde de un colapso demográfico. ¿Cómo van los gobiernos, y la sociedad en general, a darle valor y respeto a una labor que el mundo no debe intentar fomentar? ¿No será que el mundo tiene miedo de que cuantas más madres haya orgullosas de su papel, más habitantes tendrá un planeta que llora de congestión? Pero no, de esto no parece querer hablarse, no sea que la pirámide de población de cada uno de nuestros cómodos países se invierta mucho más. Quizá sea éste otro tema que merece capítulo aparte (guiño a Eines).

Volviendo a la tele, y al programa en cuestión, no hay más que verlo para darse cuenta de que la sociedad ha cambiado muy poco. El programa nos habla a gritos de la maternidad patriarcalmente entendida, es decir, maternidad con o sin hijos, con trabajo remunerado fuera de casa o sin él.

Así, la sociedad sigue recibiendo unos mensajes contradictorios, en los que el binomio amor-odio, superioridad-inferioridad hacia las labores tradicionalmente femeninas, refleja la anquilosada visión que tiene el patriarcado hacia esa labor primordial que realizan mayormente las mujeres.

Para cambiar, entonces, la mentalidad de estos hombres (y de algunas mujeres) quizá deberíamos empezar admitiendo que lo que hacen las madres tiene un valor tan esencial como cuantificable; valor que el programa Wife-Swap resalta aunque solapadamente, casi a regañadientes.

Hoy por hoy ya nadie niega que las mujeres en sus casas son organizadoras, gerentes, directoras, son motores que ayudan a los seres a su alrededor, para que directa o indirectamente lleguen sanos y felices a las esferas públicas. Afortunadamente ya son innumerables los artículos y ensayos que tratan el tema en congresos feministas, en revistas y periódicos. Y sin embargo, ¿por qué seguimos sin apreciar esta labor? Pues porque la función de ‘ama de casa’ está infravalorada, por lo que implica de servil, de abnegado y dependiente. Durante muchos siglos, la madre se ha negado a sí misma, pues así se supone que debe ser la buena madre. Pero ¿por qué se tiene que considerar la bondad, el amor y la entrega una cualidad exclusiva de las mujeres? ¿quién ha dicho que ser responsable, compasivo, generoso, amable, diligente, sólo atañe al género femenino?¿No deberían ser éstas las cualidades de todo ser humano, de toda persona que ama a los suyos, independientemente de su sexo?

Esta reflexión apunta hacia la diferencia que existe entre ser esclava de la familia y ser madre y mujer, diferencia que muchas mujeres llevan años trazando y la sociedad se niega a aceptar. Ellos querrán (y sigo generalizando) que ellas estén siempre ahí dispuestas a servir a los demás; pero eso es simplemente el reflejo más básico del egoísmo humano. Poner límites y contenido a esa labor es cuestión de todos. Quizá deberíamos empezar admitiendo que a las mujeres (en toda la compleja y variada generalización) les pedimos demasiado, y que ya es hora de que compartamos más las tareas domésticas. Y ¿por qué no seguir en la misma línea, y abiertamente admirar a nuestras madres y a las de otros? ¿Por qué no las apoyamos más reconociendo su importancia, su valía, su papel fundamental en el crecimiento del ser humano? Pero, no nos engañemos, porque al mismo tiempo, no debemos olvidarnos de admitir que esas tareas domésticas, esas cargas emocionales, esas responsabilidades para con los otros miembros de familia, no son obligaciones que atañen exclusivamente a las madres y mujeres del mundo: son simple y llanamente de todos. Por lo tanto, ¿no es hora de que compartamos con ellas lo que no les pertenece sólo a ellas? Sólo así cambiaremos las convicciones de los hijos y las hijas que de una vez por todas respetarán y admirarán a las mujeres tanto como a los hombres, porque los verán trabajar juntos, los verán mostrando que han aceptado tanto sus diferencias como la igualdad social y legal que les corresponde por ser ciudadanos del mundo independientemente de su sexo.

En un mundo ideal, en mi soñada utopía, el programa Wife-swap no existiría. Pero como no dejo de reconocer que el intercambio de roles tiene una función formativa enriquecedora, crearía un programa parecido; se llamaría Lifestyle-Swap y consistiría en cambiar temporalmente el estilo de vida de un grupo familiar y para ello se seguirían las instrucciones diseñadas por miembros de otro grupo familiar. El programa tendría como objetivo reflexionar sobre el entorno familiar a través del intercambio, y además serviría para concienciar a los miembros de la familia sobre la importancia y dependencia mutua de todos para con todos como miembros de una comunidad. Así anularía de una vez por todas la presencia de una persona única tomada como instrumento al servicio de los demás. En los entornos utópicos, no existirían los binomios: inferior-superior, amo-esclavo, servidor-servido.

Sigamos, pues, aprendiendo con la técnica de los intercambios de papeles pero, por favor, cambiémosles el título a los programas como ‘Wife-Swap’.

CD abril08

ENFERMEDAD MORTAL

"No hay enfermedades, sino enfermos", dijo Marañón Hay dolencias del cuerpo y dolencias del alma . ¿Cuáles producen mayor dolor? Quizás el protagonista de esta historia pueda aclararnos la cuestión

ENFERMEDAD MORTAL

Llevaba en el bar algo más de cinco horas. Cuando llegó, buscó el lugar más discreto y alejado, y allí estaba desde entonces.

Aurelio no le quitaba la vista de encima. En sus muchos años de camarero en “El Pequeño Ideal”, nunca había visto a alguien que llevara tan claramente la desesperación pintada en su cara.

Apareció a eso de las tres de la tarde; se sentó en la mesa del fondo del viejo café y, unas veces inmóvil mirando al vacío y otras veces escribiendo algo que luego rompía, parecía haberse fundido con la decoración del local

Cuando se acercó a atenderle, sin mirarle, entre dientes, le había pedido un güisqui doble mientras buscaba afanosamente dentro de un viejo portafolios.

Aurelio, caminando a la barra para atender la consumición requerida, meneando la cabeza a modo de desaprobación, pensó: “otro pirado o desesperado de la vida. Un güisqui doble a las tres de la tarde”.

Se había pasado las dos primeras horas sujetando una cuartilla escrita en la mano izquierda mientras que, con su diestra, escribía afanosamente en otra en blanco, para al poco de garabatear en ella estrujarla y vuelta a empezar.

En el borde de su mesa se acumulaban bolas de papel formando una pequeña montaña, y algunas ya se desparramaban por el suelo

Aurelio le miró y se atusó sus largos y ya canosos bigotes. Le caía bien ese tipo. Eran ya muchos los años de contacto con la gente; tan solo le bastaba una ojeada para conocer la condición humana del que tenía de frente y ese hombre de pelo castaño oscuro que pasaba constantemente sus manos por los cabellos, de nariz aguileña, de ojos huidizos, alto y delgado, estaba sufriendo, tenía un problema.

La gabardina arrugada dejada de cualquier manera en una de las sillas, sus pantalones sin raya y la suciedad de los zapatos, así como su larga y descuidada barba, le hicieron pensar que llevaba varios días fuera de su casa.

A las dos horas y media de llegar y en su tercer güisqui, Aurelio, le preguntó si necesitaba algo, pero él le alejó con un gesto hosco y un gruñido a modo de respuesta para que le dejara en paz.

Aquel hombre iba poco a poco consumiendo los güisquis y el tiempo. Hacía ya mucho rato que había dejado de escribir, sin que al parecer, nada de lo escrito le sirviera. Ahora, abandonado en la silla con la cabeza apoyada en la pared, parecía dormitar pero su gesto crispado y sus manos aferradas a ese papel que nunca había soltado, indicaba que simplemente mantenía los ojos cerrados.

Un cabeceo estuvo a punto de hacerle caer al suelo y Aurelio sin poder contener por más tiempo, no su curiosidad sino su afán de prestar ayuda, aprovechando el poco público que a esa hora frecuentaba el café, se acercó a su mesa y se sentó frente a él.

—Oiga joven, disculpe que me entrometa, pero ¿se encuentra bien?

—Déjeme en paz —susurró en voz baja si apenas abrir los ojos.

—Perdone que insista, le llevo observando desde que llegó. Mis muchos años me dicen que usted necesita ayuda, y echar fuera eso que le está carcomiendo por dentro. Yo ya soy viejo, licenciado en gramática parda y en la filosofía que se aprende en el vivir de cada día. No quiero inmiscuirme en sus problemas, ni tengo curiosidad malsana, pero me ha caído bien, así que si necesita desembuchar, lo haga ahora. Aurelio, que soy yo, es una tumba.

La larga parrafada de presentación pareció hacer el efecto deseado porque el hombre miraba a Aurelio con asombro.

— ¿Desde cuándo en esta puta vida a alguien le interesan los problemas de los demás?

—Pues fíjese, por lo visto a mí. No le he quitado ojo desde que entró en el café y mi razón me dice que usted es una buena persona, con un grave problema que le está corroyendo por dentro. Hijo, tiene la desesperación pintada en su cara.

Una mueca de amargura se esbozó en el rostro del desconocido.

—Es muy observador amigo pero, aunque yo le contara, dudo mucho que me pueda dar ninguna solución. Para mi mal ya no hay remedio.

— ¡Vamos hombre! algo se podrá hacer. Usted no es de por aquí, ¿verdad?

—No, soy de un pequeño pueblo de la provincia de Soria. No me molestaré en mencionarle porque seguro que no habrá oído hablar de él. Un pueblo castellano en el que la vida pasa de puntillas, en el que nunca ocurre nada, que va muriendo poco a poco, como yo ahora mismo.

— ¡Oiga! —Exclamó Aurelio—, ¿está usted enfermo?

—Enfermo y tocado de muerte.

Aurelio le miró fijamente. A pesar de su aspecto desaliñado y su delgadez no parecía estar afectado por ninguna enfermedad, aunque hoy día nunca se sabe, hay algunas que tardan en dar la cara.

—Soy Tomás Agundez —se presentó.

—Y yo Aurelio. Oiga, no debe desesperar. Hoy la medicina tiene grandes remedios y muchos avances con los que aliviar y curar. Perdone que sea tan directo, ¿tiene cáncer?

Tomas no respondió, cerró de nuevo los ojos y Aurelio creyó ver un pequeño brillo que resbalaba por su cara.

—Vamos amigo, seguro que no es tan grave, seguro que hay esperanza. Tendrá que luchar, su familia y amigos estarán a su lado, le ayudaran y saldrá de esto. Ya lo verá.

—No tengo familia, mis pocos y lejanos amigos nada pueden hacer por mí. Llevo enfermo mucho tiempo. Vine aquí esperando encontrar la medicina y el remedio para mi enfermedad, pero mi mal no tiene cura, ya es demasiado tarde. Estoy desahuciado.

Aurelio se empezó a impacientar. “¿Qué demonios tenía ese hombre? ¿Cuál sería su terrible enfermedad? ¿Un cáncer galopante, o una de esas relacionadas con la inmunidad, un sida? ”

—Mientras hay vida hay esperanza y usted tiene que luchar, no darse por vencido. Estoy seguro que mis palabras las habrá escuchado en boca de sus propios médicos.

—No hay médico ni medicinas para mí. Me quedan tan sólo unas pocas horas de vida —dijo cansinamente— y, en verdad, mi muerte será una liberación. Vine aquí tras esa esperanza que antes decía, pero no existe ninguna

Aurelio le miro fijamente, se manoseó repetidamente el bigote y después pasó sus manos varias veces sobre la frente, intentando entender las palabras de ese hombre.

Empezaba arrepentirse de haberse sentado con él; la inmensa angustia y tristeza que trasmitía con sus palabras le estaban agobiando

“¿A que me meteré yo en camisa de once varas? Ya soy viejo para estas emociones y tengo suficiente en convivir con mis propios problemas”, pensó volviendo a atusarse el bigote esta vez con las dos manos.

—Bueno, Tomás, veo que no me quiere contar, ni hablar de la enfermedad que le aqueja. Perdoné si me inmiscuí en sus asuntos, pero creí que le haría bien hablar. Respeto su silencio y siento mucho verle así, no sé, tan desolado, tan resignado. ¡Luche, hombre, luche! De todas formas si se queda por algun tiempo yo estoy aquí todas las tardes.

—Gracias amigo, —dijo poniéndose de pie, apoyándose en la mesa de mármol para hacer el esfuerzo—, no va a ser necesario pero, gracias, es usted un hombre bueno.

Aurelio se levantó a su vez. La tristeza de ese hombre se le coló dentro. Le ayudó a recoger sus cosas: la gabardina, el portafolios…, parecía que por momentos le abandonaban sus fuerzas. Sujetó sus primeros pasos vacilantes y le acompañó hasta la puerta.

—Tomás de verdad, soy muy viejo, hágame caso, no se deje vencer, luche por su vida. Es usted muy joven todavía.

—Le he dicho antes que mi enfermedad no tiene cura.

— ¿Pero qué coño tiene, de qué está usted enfermo?, —casi grito Aurelio perdiendo por minutos la paciencia ante la resignación y pasividad de aquel hombre—. ¿En qué parte de su cuerpo radica su enfermedad: en la cabeza, el estomago, el corazón? ¿Dónde tiene esa terrible dolencia?

Tomás clavo sus ojos inexpresivos, ya sin vida en Aurelio y con un hilo de voz, casi al oído le dijo:

—En el alma, Aurelio, mi enfermedad está en el alma.

Aurelio le vio alejarse desde la puerta hasta que su sombra desapareció al doblar la esquina de la calle.

Cansinamente se dirigió a la mesa en la que ese tal Tomás había estado. Por muchos años que llevara en su profesión, la gente no dejaba de sorprenderle. “En el alma, la enfermedad la tiene en el alma, pues que vaya a un confesor”, pensaba Aurelio mientras recogía el último vaso vacío de güisqui y los papeles amontonados. Se agachó al suelo para coger los que allí cayeron, cuando entre ellos vio la carta que, presumiblemente era la hoja que había estado estrujando toda la tarde, ese hombre entre sus manos como si de ella dependiera realmente su vida.

No era muy ético, pero no pudo sustraerse a leer. Leyó y entendió.

Querido Tomás:

No sé si podrás perdonarme. Lo que me ha ocurrido, a pesar de que hubo gente que me, lo advirtió, nunca pensé que me podía pasar, pero ha pasado. Esto es lo malo de conocerse y enamorarse por Messenger y mantener una relación en la distancia a través del correo

De verdad que pensé que mis sentimientos eran fuertes y sólidos, en verdad pensé que en ti había encontrado el amor de mi vida, que éramos almas gemelas. Pero antes de ayer, al verte por primera vez frente a mí, después de pasar toda la tarde juntos, comprendí que hay muchas cosas que nos separan y me di cuenta que no podría vivir contigo como habíamos soñado.

Siento que la ilusión de mi amor y la ansiedad de acabar para siempre con tu lacerante soledad, te haya hecho cometer la imprudencia y la locura de dejar todo, vender tus pequeña hacienda y tu casa, para venir conmigo a la ciudad, diciendo a todo el mundo que te ibas a casar y emprendías una nueva vida. De haberlo sabido hubiera impedido que hicieras ese acto tan alocado e imprudente.

Me duele en el alma decirte esto. Sé que eres un hombre bueno, pero, después de hablar horas y horas contigo, son más las cosas que nos separan que las que nos unen. Nuestra relación no tiene futuro, no al menos tal y como la habíamos planteado. No me siento bien a tu lado, no me veo como la compañera que tú deseas para el resto de tus días.

Te lo iba a decir ayer, pero, al comprobar tu desesperación y tu tristeza, ante mis insinuaciones sobre lo precipitado de tu decisión y que nos deberíamos dar un tiempo, opté por callar para no añadir más dolor al que te estaba provocando.

He pasado toda la noche llorando por causarte este disgusto y este pesar, pero no puedo falsear mis sentimientos, te estaría engañando a ti y a mí misma y esa farsa nos destruiría a los dos.

Por tus cartas, pensé que eras dueño de una gran hacienda, y que tu situación económica era desahogada. Cuando ayer me dijiste que no posees apenas nada, que viviríamos con estrecheces tan sólo alimentados por nuestro amor, supe que no era la persona idónea para ti. Yo no puedo vivir sólo del amor. Necesito unos mínimos, una serie de comodidades que suponía iba a tener cubiertas contigo.

Sé que para ti será quizás duro volver a tu pueblo y afrontar ante tu gente un supuesto fracaso, pero no lo veas como tal; estoy segura de que encontraras a alguien cercana a tu entorno con quien hacer tu vida como la sueñas. En ese sueño tuyo, de verdad que yo no puedo estar.

Dadas las circunstancias, es mejor que no nos veamos más. Dejaré esta carta en la pensión donde te alojas. Espero que sepas perdonarme y que la vida te de la oportunidad de ser feliz.

Pilar.

II PREMIO LUIS ADARO, DE RELATO CORTO

II PREMIO LUIS ADARO, DE RELATO CORTO

Bases

Participantes

1.- Podrán participar los autores que lo deseen, españoles o extranjeros que no tengan en su haber más de dos libros editados, siempre que los trabajos se presenten escritos en lengua castellana.

2.- Cada autor podrá presentar solamente un trabajo, original y tres copias, con una extensión mínima de 3 páginas y máxima de 8 páginas, por una sola cara, en formato DIN A-4, a doble espacio, tipo de letra Times New Roman de 12 puntos.

Dotación

3.- Se establecen un único premio de 600 euros más una cuota de socio gratuita. Sobre esta cantidad se practicará las retenciones legales pertinentes.

4.- El ganador se compromete a acudir personalmente a recoger el premio en el transcurso del acto cultural organizado al efecto y que oportunamente se anunciará.

5.- En caso de no asistir, el premio quedará en poder de la asociación.

6.- Si en el transcurso de la convocatoria, y antes del fallo del jurado, algún relato participante es proclamado ganador de otro concurso, el autor deberá notificarlo a la organización del Premio Luis Adaro.

Condiciones Generales

7.- Los relatos deberán ser originales e inéditos y no haber sido premiados en ningún concurso literario.

8.- El tema será de libre elección y cada concursante podrá enviar un único original.

9.- Los relatos deberán presentarse obligatoriamente bajo el sistema de plica cerrada en la que en su exterior figure título y seudónimo. Dentro del sobre debe aparecer nombre, apellidos, dirección, teléfono y fotocopia DNI, del autor.

10- Los trabajos se enviarán por correo postal a la siguiente dirección:

* AEN - Asociación de Escritores Noveles.

II Premio Luis Adaro de Relato Corto.

Calle Zoila, número 28, 5º Izda.

33209 - GIJÓN (Asturias, España)

11.- No se admitirá ningún trabajo que se envíe por correo electrónico.

12.- El plazo de admisión de los trabajos finaliza el 1 de mayo de 2008 (se aceptarán los recibidos con matasellos anterior a esta fecha) y el fallo del jurado se dará a conocer en Julio de 2008.

13.- Constituyen el jurado figuras de reconocido prestigio en el mundo cultural y literario actuando como secretario de mesa un representante de Ediciones Letra Clara.

14.- El fallo del jurado se dará a conocer por los medios de comunicación y en las siguientes páginas web: http://www.asociacionescritoresnoveles.es y http://www.letraclara.com, y de modo expreso y personal a los autores de las narraciones premiadas.

15.- Todos los originales seleccionados, el ganador y los diez finalistas, serán propiedad de sus autores, reservándose la Asociación de Escritores Noveles el derecho a una primera edición con la colaboración de Ediciones Letra Clara.

Se publicarán en un libro cuyo título será “Velamen, Segundo Premio Luis Adaro”.

16.- El premiado recibirá tres ejemplares de este volumen.

17.- No se devolverá ningún trabajo presentado a concurso, siendo destruidos los que no hayan sido galardonados.

19.- Los derechos de autor derivados de la edición de Velamen, Segundo Premio Luis Adaro” quedarán en propiedad de Ediciones Letra Clara.

18.- La participación en el concurso supone la plena aceptación de las presentes bases y para cualquier otra decisión sobre el mismo queda facultadas la Asociación de Escritores Noveles y Ediciones Letra Clara, cuya decisión será inapelable.

Mayor información: http://www.asociacionescritoresnoveles.es

prensa@asociacionescritoresnoveles.es

http://www.letraclara.com

elc@letraclara.com

PEQUEÑAS HISTORIAS PARA REFLEXIONAR

Cuantos objetos guardados que no llegamos nunca a tirar sin saber muy bien por qué los conservamos. Unos como gratos recuerdos de algo vivido y otros, quizás, como mudos recordatorios de acciones que no debemos olvidar.

LA PELOTA DE TRAPO

—Abuelita, voy a tirar a la basura esta pelota de trapo —dijo Elena mientras ponía orden en los cajones del viejo aparador.

—¡No! —grito la abuela, desde la cama, extendiendo sus manos temblorosas

Elena le alcanzó la pelota, mientras se preguntaba de dónde habría sacado su abuela la energía para gritar de esa manera, cuando apenas podía hacer el esfuerzo de respirar.

La abuela cerró los ojos, al tiempo que sujetaba con las pocas fuerzas que le quedaban a la vieja pelota

—No tires esta pelota, Elena.

—Pero abuela, ¿qué interés tiene para ti esta pelota sucia y mugrienta?

—Se la robé a una amiga. —contestó la anciana en un susurro.

— ¿Qué la robaste? —exclamó sorprendida Elena, incapaz de imaginar a su abuela haciendo algo semejante.

—Tenía 5 años, mucha hambre, mucha miseria. Nunca tuve ningún juguete.

—Bueno abuela, no te martirices ahora, después de tantos años, —dijo Elena al ver que a su abuela se le llenaban los ojos de lágrimas. —Son cosas de niños

—Nunca pude jugar con ella. Los remordimientos me convirtieron en una niña triste y solitaria. Prométeme que la guardarás en mi recuerdo.

—Te lo prometo abuela.

—Elena, no tires nunca esta pelota, es mi conciencia.

NO SE LO CUENTES

Si a los personajes de los cuentos, el autor los hubiera dejado libres y hablaran por su propia voz ¿qué nos contarían?, su verdadera realidad, que tal vez ,no fue la misma que la que se le obligó a vivir, lo mismo que les ocurre a muchos seres humanos, atrapados en una historia que no es la suya.

Cada vez que un niño lee sobre mí, me despierta del sueño y hace que reviva lo que quiero olvidar. Desearía que nadie recordara mi nombre. En realidad, nadie sabe mi nombre. El autor ni siquiera me bautizó. En cambio tuvo la insolencia de cambiar todo lo sucedido en aquella casa, en aquella habitación de los juguetes.

Ni me caí por la ventana, ni hice ese famoso viaje, ni me trago un pez. Todo eso lo inventó para que su historia fuera dulce, suave; gustara a chicos y a grandes, que al parecer apetecen que les enmascaren y dulcifiquen la realidad.

La realidad, mi realidad, es que sí soy un soldado cojo. Sí, me enamoré de una hermosa bailarina. Sí suspiré y me consumí de amor, para más tarde morir de dolor, al ver que ella, enamorada de uno de mis compañeros a quien no le faltaba una pierna, se lanzaba a la chimenea para perecer con él, minutos después que ese monstruo de niño le arrojara al fuego.

El corazón que encontraron en las cenizas no fue el mío, puesto que no me deshice en las llamas. Otro invento cruel del escritor. Yo no tengo corazón. Le perdí aquel día, morí también aquel día, pero revivo y muero cada vez que alguien lee mi historia.

SOLO UNA NOTICIA

Hace días que no entraba nadie en mi sala de estar, y hoy recibo de nuevo la visita de una gran amiga. SONIA RODENAS. Ya conocemos su calidad como escritora y su sensibilidad como mujer.

Autora de numerosos relatos, en la actualidad está escribiendo una novela, hoy nos deja un microcuento, que toca de nuevo el tema de la inmigración. Gracias amiga por colaborar en mi tronera.

Aprovecho la ocasión para volver a ofrecer a todos mi sala de estar, sólo tenéis que enviarme vuestras colaboraciones a esta dirección de correo: felicitas.r.delazaro@gmail.com.

Y ahora os dejo con Sonia, ella os contará que...

Para mí hay pocas cosas que sean más duras y dolorosas que tener que partir lejos de los seres queridos, alejarse del pasado, de los recuerdos de infancia y juventud. Debe de ser un poco como morir en vida, ¿no? ¿Qué les pasa a los árboles cuando son cortados de raíz? Cuando alguien da ese paso es porque no le queda más remedio que hacerlo. Y creo que esas personas demuestran ser muy valientes y tener un gran corazón al darlo ya que, generalmente, esa primera generación que emigra suele sacrificar su vida para que la siguiente tenga mejores oportunidades de las que tuvo ella. Yo tengo un hijo de un año. Por él, saltaría alambradas, cruzaría océanos en barquitos de papel, dormiría bajo puentes, dejaría que me humillasen, pisasen, explotasen. No, no puedo juzgar a los que lo hacen. Nuestra humanidad debería ayudarles a sobrellevarlo lo mejor posible. Igual que curamos a los enfermos físicos, tendríamos que ocuparnos de los heridos de corazón, en vez de dedicarnos a machacarlos. Y eso sin meterme en consideraciones económicas y políticas ya que yo estoy convencida de que en este planeta hay sitio, comida y trabajo dignos para todos.

SOLO UNA NOTICIA

En las últimas horas, el mar había enloquecido. Pronto el vaivén de sus olas escupiría en la playa todo lo que se hubiera tragado. En alta mar, un rugido ensordecedor envolvía una barcaza que luchaba por llegar a tierra.

El día siguiente amaneció soleado. En la costa, las olas acariciaban los restos del banquete de la víspera esparcidos por la arena y que el grito de unas gaviotas sobrevolaba. Esperaban su turno. La espuma envolvía un cuerpo negro tendido, rostro hinchado, labios violáceos y ojos de mirada ausente.

Por la tarde, un guardia civil lo encontró. Se arrodilló junto a él y lo estrechó contra su pecho, pero no pudo devolverle el calor de la vida. Ojalá sintiera todavía ese abrazo y el arrullo de un corazón sensible. A unos metros, los restos de una patera rota en mil pedazos aún guardaban el aliento aterrador y solitario de su última noche.

En los periódicos de la mañana, una breve noticia en la sección de sucesos mencionaba el hecho —lugar, día y hora aproximada del fallecimiento, procedencia e identidad del individuo desconocidas— y unas cuantas estadísticas de inmigración. Era como si solo se hubiera hecho añicos la barca.

Los sueños de ese hombre, seguramente irreales aunque él no lo supiera, acababan de desvanecerse a las puertas del primer mundo. Sus recuerdos, ellos sí reales, dejaban atrás unos padres sin hijo, unos hijos sin padre, una viuda, amigos, toda una vida como la de los demás —agridulce—, un pasado africano. Ante él se abría su futuro en Europa: una lápida y los archivos de un periódico local.