Libro de Arena
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NIEBLA EN EL ALMA

Porque quizá sea por esa niebla, que no me deja ver, que necesito escribirlo todo, a ver si así me aclaro.

RUIDO DE FONDO

No voy a disimular. Muchos que por aquí pasan no lo merecen. A otros, quizá la mayoría, no les importe.

Sé por qué me voy. Y sé que no va a gustar que lo haga. Traiciono promesas que hice tiempo atrás. Pero me debo antes a mí mismo.

Quiero dejar Libro de Arena por un millón de razones. La mayoría de ellas ya me susurraban "¡vete!" hacía tiempo, pero siempre encontraba mejores razones que esas para quedarme.

Ultimamente no las encuentro. Creo que, básicamente, y hablando en términos generales, no me reconozco en vosotros. Eso no es culpa ni mía ni vuestra. Simplemente es así, un hecho que me interpela, que me pregunta eso de "y tú ¿qué vas a hacer al respecto?"

Necesito tomarme en serio. Puedo soportar que los demás no lo hagan, pero no que yo mismo me tome a coña. Eso es lo que me sucede cuando pienso, no que soy una voz más junto con otras, sino que formo parte del ruido de fondo.

Es un poco triste, pero LDA se ha convertido en eso. En ruido de fondo.

Aprecio a mucha gente por aquí. Pido disculpas por irme, si a alguien le molesta que lo haga, lo siento mucho. De veras.

Pero me voy.

P.s.: Lo que más me tranquiliza es saber que el viento borrará mis huellas en la arena, tan deprisa...

LIGEIA: AMOR Y HAMBRE

Ligeia pasaba hambre. Un hambre de loba. El invierno había sido terrible, y la primavera no parecía más prometedora. Ella y su pareja, Licaón, se habían visto obligados en diversas oportunidades a acercarse al pueblo, en busca de alimento. Hacía tiempo que no se hacían ilusiones respecto a las ovejas que, guardadas en cerrados rediles, vigiladas por perros y hombres día y noche, balaban tranquilas su sumisa existencia y se sabían a salvo del colmillo del lobo. Ligeia y su compañero, Licaón, no bajaban al pueblo en busca de ovejas, sino más bien en busca de restos, de desperdicios dejados por los derrochadores humanos.

No había habido tiempos mejores. Desde su época de cachorro, Ligeia recordaba a sus augustos padres enseñarle las veredas y las horas de seguridad en que podía acercarse a los asentamientos humanos del valle, así como los lugares en que podía esperar encontrar una carcasa roída de pollo, una pierna de cordero reducida a huesos y cartílago, un jamón sin ultimar pero ya desechado, y otros extraños aunque alimenticios residuos dejados por los hombres: trozos de pan a medio comer, miguillas saladas de patatas fritas, mohosas porciones de queso y frutas y verduras podridas que los antaño orgullosos miembros de la manada de lobos a que pertenecían jamás se habrían dignado husmear siquiera en otro tiempo. Pero el hambre acosaba, y Ligeia no había conocido tiempos mejores. Para ella y para su joven compañero Licaón los vertederos de los pueblos eran una fuente tan legítima de abastecimiento como un supermercado para un humano cualquiera o como la mano del amo para cualquier perro.

Ligeia y Licaón vivían, pues, la mejor vida posible en aquel que era, en pensamiento digno de Spinoza, el mejor de los mundos posibles, pues no habían conocido otro. Correteaban el monte, en busca de algún conejo esquivo. Atrapaban ratas de campo y otros roedores, y en sus turbios sueños vespertinos imaginaban atrapar a la antigua usanza alguna inexistente pieza de caza mayor: algún corzo, algún venado, algún muflón, y si no, algún carnero doméstico. Luego, avanzada la noche, cuando sabían que los humanos se retiraban a descansar, bajaban al pueblo, en busca de sobras con que completar su exigua dieta.

Ligeia ya lo había notado muchas veces. Cada vez que bajaba al pueblo aquel perro la miraba de un modo especial. Ladraba a los lobos, porque su deber era espantarlos, alejarlos del pueblo y de las ovejas que tenía a su cuidado, pero la miraba sólo a ella. Ella lo sabía. En repetidas ocasiones se lo había indicado a Licaón, su compañero, con una significativa mirada. Licaón y Ligeia se amaban como sólo los lobos lo hacen: sin fisuras, para toda la vida, sin dudas, sin aventuras ni canas al aire. De todos modos, un simple perro, aunque sea un inteligente y apuesto perro pastor como Hocicudo, no tiene nada que hacer ante la pureza de linaje y la altivez aristocrática del lobo. Nada empece a estas consideraciones que el perro coma de lo mejor a manos de su dueño y el lobo tenga que arrastrarse por los estercoleros. La sangre es la sangre. Ligeia y Licaón lo sabían. Y Hocicudo, en el fondo, también.

Pero, sabiéndolo o sin saberlo, lo cierto es que el can de Luis Ignacio llevaba una temporada tan inquieto, tan íntimamente perturbado, asaltado por sueños obscenos en los que siempre aparecía la loba de sus amores, que apenas si podía concentrarse en su trabajo cotidiano de cuidador del rebaño. La última noche que vio a Ligeia fue decisiva para él. Por primera vez tuvo un mal pensamiento, producto de su amor descomedido. Pensó en abrir la cancela del redil para que aquella hermosa loba y su altivo compañero pudieran llevarse una oveja. Al fin y al cabo, ¿qué era una oveja para Luis Ignacio? ¿Sesenta, cien euros como mucho? Pero para aquellos hermosos animales, primos lejanos suyos, significaba una semana de vida y descanso de su triste vagar por el valle. Y para él significaba haber hecho algo por ella.

Ya iba Hocicudo a poner por obra su pensamiento, cuando los lobos detectaron su intención de moverse y, asustados, huyeron. Entonces el perro guardián salió repentinamente de su estado alienado y comprendió la gravedad de su acción. “Esto no puede seguir así – se ladró a sí mismo – He de poner remedio a este problema”. Y, sin perder un segundo más, se lanzó en persecución de la pareja de lobos en fuga.

EL ANALFABETISMO, CANTIDAD POSITIVA

(Como no me apetece dejar nada propio por aquí hoy, me limito a dejaros un texto de otro. Pero no diré quién es el autor. Dejo a vuestra pericia el averiguarlo)

EL ANALFABETISMO, CANTIDAD POSITIVA

Parece que la joven República española va a tomarla con el analfabetismo. El analfabetismo, como causa de atraso y de barbarie, es una superstición de nuestras izquierdas. "Hay que leer", se dice; pero "¿Qué es lo que hay que leer?", preguntaría yo. Para mí este punto es de una importancia capital, y mientras alguien no me lo aclare de un modo satisfactorio, votaré por el analfabetismo. Yo creo, en efecto, que si España quiere conservar la originalidad de su carácter y de su inteligencia tiene que poner a salvo de las pamplinas periodísticas y los lugares comunes literarios un 50 por 100, cuando menos, de su población. Muy bien que en los Estados Unidos, el país de los trajes hechos y de las sopas hechas, la gente utilice también pensamientos de fábrica. En este país el desarrollo de la instrucción primaria está justificado por la necesidad de destruir el pensamiento individual, pero España es el país más individualista del mundo, y no se puede ir así como así contra el genio de una raza. Ahí cada cual quiere pensar por su cuenta, y hace bien. Un pensamiento propio, por modesto que sea, vale más para uno que todo Pascal o La Rochefoucauld.

No hay que homologar el analfabetismo a la estupidez. Al contrario. Sin hablar de Homero, que era un analfabeto, ni de las sagas norsas, que fueron hechas por analfabetos, ¿en dónde hay una literatura comparable a la de nuestro refranero y nuestra poesía popular? La cultura no aminora la estupidez de nadie. Puede aminorar el entendimiento, eso sí, pero nunca la estupidez, para la que constituye, en cambio, un instrumento precioso. Por mi parte opino que en España sólo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia, y si algunas conversaciones españolas me han producido un placer verdaderamente intelectual, no han sido tanto las del Ateneo o la Revista de Occidente como las de esos marineros y labradores que, no sabiendo leer ni escribir, enjuician todos los asuntos de un modo personal y directo, sin lugares comunes ni ideas de segunda mano.

Convendría dejar ya de considerar el analfabetismo español como una cantidad negativa y empezar a estimarlo en su aspecto positivo de afirmación individual contra la estandardización del pensamiento. Pizarro firmó con una cruz el acta notarial en que se comprometía a descubrir un imperio llamado Birú o Pirú, que quizás estuviese bastante al sur del Darien, y terminó la conquista con otra cruz; una cruz que trazó con su propia sangre sobre las baldosas de su palacio de Lima, al caer en él acribillado a estocadas. Y no es que Pizarro haya descubierto el Perú a pesar de ser un analfabeto. Es que, probablemente, sólo muy lejos de la letra de molde se pueden forjar caracteres de tanto temple.

Claro que ningún país puede mantenerse en pleno analfabetismo. Alguien tiene en él que saber de letras y de números, com alguien tiene que saber de leyes, alguien de ingeniería, alguien de medicina, etc.; pero mi ideal con respecto a España es éste: mientras no se descubra un procedimiento para que sean los analfabetos quienes escriban, que el arte de leer se convierta en una profesión y que sólo puedan ejercerlo algunos hombres debidamente autorizados al efecto por el Estado.

EL MUNDO SEGUN HOCICUDO

Hocicudo se creía un perro feliz. Cada mañana, después de despertar a lengüetazo limpio a su dueño Luis Ignacio para que se pusiera en marcha y le abriera el redil de las ovejas, comenzaba una jornada de febril actividad pastoril. Luis Ignacio le caía bien: era un buen tipo, pero se había descuidado mucho. Cuando Hocicudo le fue entregado ocho años atrás, siendo aún un cachorro, Luis Ignacio era un hombre aún: entero, delgado, pero triste, a saber por qué. Fue acogido y cuidado como si fuera un hijo. Fue objeto de mimos y caricias, y a punto estuvo Luis Ignacio de consentirlo demasiado, hasta que recordó que necesitaba que fuera un buen perro pastor.

A partir de ese momento, Hocicudo percibió un cambio en su relación con su amo. Este le trataba con corrección, pero se acabaron las muestras de cariño. Al mismo tiempo, Luis Ignacio comenzó a engordar, hasta tal punto que Hocicudo se preguntó si no lo habrían castrado. Había oído decir que los perros castrados se ponían redondos, y se preguntaba si no le sucedería lo mismo a los humanos.

Ya no se movía como antes, ni ponía el mismo cuidado. Hocicudo comprendió que, tanto por su bien como por el de su amo, él debía esforzarse más. Correría más, ladraría más, gruñíría más y las tontas ovejas y sus tontos carneros harían todo lo que él quisiera. Y él, Hocicudo, siempre querría que pacieran la mejor hierba, que se pusieran cada vez más gordos, que estuvieran a salvo del lobo por las noches, encerrados en su redil, y que Luis Ignacio, el pastor hiperglucémico y metastasiado, tuviera siempre buenas ovejas que vender, buena leche para hacer mejores quesos y dinero contante y sonante en el bolsillo. Porque Hocicudo sabía de sobra que su bienestar dependía del de su amo. El no era un lobo solitario, acostumbrado a merodear por los basureros del pueblo o a cazar conejos para subsistir. Había visto ya uno o dos de aquellos magníficos pero algo tímidos animales. No le gustaban, y siempre les asustaba con gruñidos y ladridos. Era raro, porque los hombres los temían como si se tratara de monstruos, pero en realidad eran una versión primitiva y deficiente de un buen perro pastor. El los había visto, había cruzado su mirada con la de ellos, y francamente, no era para tanto. Aunque aquella loba…

¡JODER CON LAS OVEJAS!

Luis Ignacio era un pastorcillo de esos de flauta y zurrón. Habría quedado de fábula en un Belén, llevando a hombros una rolliza y apestosa oveja para ofrecérsela al Niño Jesús, o mejor a San José, que a buen seguro sabría dar cuenta del animal.

Pero Luis Ignacio era un pastorcillo de casi cincuenta años y unos ciento veinte kilos de peso. Ya peinaba canas y verle con la flauta en los labios resultaba casi una incongruencia. No era posible explicarse cómo un homo burgerkingensis como él podía correr detrás del rebaño sin rodar por laderas, tropezar con peñascos y resbalar en riachos. El propio Luis Ignacio se maravillaba de su buena suerte. Miraba a sus ovejas queridas y pensaba: "¡qué buena es esta vida conmigo!". Ayudado por su fiel perro pastor, de nombre "Hocicudo" por obvias razones que no es necesario explicar, reunía sus ovejas y su par de carneros y los llevaba al redil. Feliz tras haber cumplido su jornada, se iba al Bar de Pepe, donde le ponían las hamburguesas más grasientas y las cocacolas más interminables del pueblo. Y allí, comiendo hamburguesa tras hamburguesa, y bebiendo cocacola tras cocacola, se quedaba el buen hombre, hasta que un sopor antinatural, una especie de coma hiperglucémico, le obligaba a abandonar el local para irse a su cama a eso de las diez, porque a las cuatro y media de la mañana siguiente debía estar de nuevo en planta para sacar su rebaño a pastar.

Pero a la mañana siguiente se produjo un cambio imprevisto en su rutina. Hocicudo no estaba. Había olisqueado una hembra en celo, la primera que se pasaba en meses por aquella zona, y Luis Ignacio no había tenido la previsión de atar a su perro, pues no recordaba que se acercaba la época en que los machos huyen de sus hogares en pos de su destino biológico. Luis Ignacio no entendía nada de destinos biológicos, pues él se había "quedado para cuidar ovejas", como le decían en tono de guasa sus amigos del Bar de Pepe. Así que se le puede disculpar por haberse olvidado por una vez de las prevenciones mínimas necesarias ante los previsibles desboques instintivos de su perro.

Ese día, por tanto, Luis Ignacio tuvo que llevar él mismo a sus ovejas al prado. Y entonces se dio cuenta. Sin Hocicudo, sus ovejas no daban un solo paso fuera del redil. Su vida feliz de pastor obeso e hiperglucémico estaba sufriendo el mayor revés que imaginar cabía, porque hasta entonces Luis Ignacio siempre había creído que él era el dueño del rebaño. Ahora comprendía que esa prerrogativa sólo correspondía a su díscolo perro, y que él no era más que el titular nominal de unas ovejas que no le hacían ni caso, y que respondían a sus aspavientos de gordo con "beees" de chufla.

No había nada que hacer, así que volvió a cerrar la cancela y se fue al Bar de Pepe, a desayunar. Pepe no le esperaba tan temprano, así que se sorprendió sobremanera al verle entrar atravesando cabizbajo la cortinilla de cuentas de toda la vida, la de los bares de toda la vida que ya no se ve más que en los pueblos muertos de asco del interior del país.

- ¡Pero bueno! ¡Tú, aquí, a estas horas! ¡Y qué mala cara traes!

Luis Ignacio no respondió a este saludo tan inusual, por matinal y por la extrañeza manifestada con él, sino que se dirigió a una de las mesitas, sentándose con dificultad en el taburetito que Pepe, con bastante mala uva, ponía para que los gordos se cayeran al suelo.

- ¡Bueno! ¿Qué va a ser?

Pero hoy Luis Ignacio no estaba de humor para darse atracones.

- Un cortadito, por favor.

- ¿Nada más?

- No.

Pepe sirvió a Luis Ignacio su cortado, que éste se bebió en silencio. Luego pagó y se marchó.

Se dirigió a su casa. No tenía nada mejor que hacer, así que se tendió en su jergón y, como es natural, se quedó dormido.

Y durmiendo, tuvo sueños. En uno de ellos, se acercaba al redil de sus ovejas, y las miraba melancólicamente. De pronto, una de las ovejas, una de las más viejas, grande y carinegra, se le acercó, y antes de que Luis Ignacio pudiera decir pú ni mú, se irguió sobre sus dos patas (traseras), y le habló con voz ovina.

- ¿Y cuaaaándo vaaaas a haceeeer aaaaalgo?

Luis Ignacio se despertó sobresaltado y sudoroso en su jergón. Era casi la hora del almuerzo, pero seguía sin hambre.

Continuará, un día de estos...

BOGIE & BETTY

El caso es que no sé si he terminado o no con esta maldita huelga de posts. Me parece, en todo caso, que no.

El caso es que hay momentos en que me parece todo tan vano...

Y el caso es que estoy leyéndome la maravillosa autobiografía escrita por Betty Joan Perske (Lauren Bacall) y he acabado convencido de que Humphrey de Forest Bogart era uno de esos hombres necesarios, que vivió para sufrir, sufrió para aprender y aprendió para guiar. Un hombre que tuvo la inmensa fortuna de ver coronados sus años de madurez (y finales) por el amor de una mujer de esas por las que algunos nos habríamos arrancado un brazo contentos, por un amor de esos que empiezan o terminan por dar sentido a una vida, por ser el sentido de la vida.

Betty Joan Perske tuvo mucha suerte. Y Humphrey de Forest Bogart también. Ninguno de los dos carecía de defectos, por separado. Pero juntos, eran perfectos.

LOS LIBROS ESENCIALES

Recientemente discutía con una amiga sobre la diferencia entre libros buenos y libros simplemente esenciales: imprescindibles, necesarios. Ella tiene la idea de que éstos han de ser leídos a toda costa, y de que para los demás, simplemente, no tiene tiempo.

Y al paso de ello, aparece en EL PAIS de ayer ese reportaje exhibitorio, impúdico, pedante y completamente prescindible sobre los diez libros que cien autores en nómina consideran que han cambiado sus vidas. Bueno. Es mi opinión. Habrá otras, tan respetables como la mía o más aún.

Y a ello se ha venido sumando estos días la lectura, aún no completa, pero casi, que he hecho por segunda vez de La Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo, del afamado autor japonés Haruki Murakami.

Y entonces me ocurre que tengo que escribir este post (*).

Mirad: el libro de Murakami es bueno. De veras. Incluso diría que es muy bueno. Se lee con una facilidad tremenda. Es un libro que se lee como si fuera una película. Más que leerlo, quedas absorto en cada capítulo. Cada capítulo de La Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo es como un relato. Tiene un sentido por sí mismo. Incluso si la historia general parece carecer de todo sentido o interés, en cada capítulo puede el lector atisbar chispazos de sentido, iluminaciones parciales, flashes de verdad que aclaran un aspecto de la propia vida.

Así que estamos ante un libro meritorio, muy entretenido, con atisbos de profundidad y con el prodigioso atractivo de los libros escritos por autores orientales y que nos muestran una parte del imaginario oriental, de la cultura oriental, de repositorio oriental de historias, personajes y elementos del espíritu oriental. Oriental, oriental, oriental...

Pero si me preguntáis si se trata de un libro imprescindible, necesario para vivir (el copyright de esta expresión es de Firmin), mi respuesta es: rotundamente no. Si queréis un grueso tomo de evasión exótica, bien hilada, con imágenes poderosas y ciertos atisbos de profundidad, La Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo es vuestro libro. Si buscáis un libro esencial, necesario, entonces pasad de largo...

(*) Aclaro que estaba en huelga de posts. Los motivos son míos personales.

LAS "ETAPAS" DE TODA TEORIA

Como saben, toda teoría primero es atacada por absurda; luego es admitida como verdadera, pero calificada de obvia e insignificante; y por último, se la considera tan importante que sus propios detractores pretenden haberla descubierto.

WILLIAM JAMES. Pragmatismo - Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Prólogo, traducción y notas de Ramón del Castillo. Madrid, Alianza, 2000, 2007. Págs. 168 - 169.