Libro de Arena
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El show de los fugaces

porque la función debe continuar

En blanco

Llenar una página en blanco es fácil, pero lo que queremos es hacer algo que valga la pena leerse. Entonces tomas un par de ideas que han rondado tu cabeza y vas a la máquina de hacer pájaros (un título perfecto de Charly y compañía) y haces que vuele.

Te acuerdas de nombres y escenas que ya no recordabas. Colocas cielo, calle, autos, cajeros automáticos, y chicas adefesiosas. Escribes por horas, e incluso por días, y años.

Pero en todo momento tienes una duda que obstaculiza el normal flujo. Esa duda sólo debe merodear, nunca enceguecer ni cerrar la carretera definitivamente. Sirve para que te cuestiones y potencie el deseo de mejorar. Y esculpir una figura inteligible y que sirva por lo menos para lograr que la gente se burle de sus jefes.

Nadie garantiza nada, los frutos del oficio no son como los artefactos construidos por un carpintero. Es difícil sentarse en un libro. O poner platos sobre él. Llenar una página en blanco es de otro orden. Es montarte en una carretera que puede llevarte a un resquicio de tierra virgen, o lanzarte por un precipicio.

Jackson Pollock descubrió una manera de pintar, el goteo, dripping. Dejaba que la pintura recorriera el lienzo puesto en el suelo, mientras movía la brocha como si estuviera dirigiendo una orquesta, y sin tocar el lienzo. Pollock recorrió la carretera, y ella lo llevo en varias direcciones hasta que una noche de 1956, borracho, lo dejó clavado al filo del camino.

Todos nos matamos, pero pocos son consumidos por el fuego que arde dentro. Pollock murió antes de estrellarse, sus conflictos emocionales lo devastaron, su inseguridad lo hizo sentir como un farsante frente a los medios. Esa es solo otra vía de la misma carretera.

Hay tantos tipos que llenan páginas en blanco como si fueran facturas de cobro. Cumplen con el adelanto, cumplen con la editorial, esta es otra vía al precipicio. Y no buscas eso, necesitas escribir libros que valgan la pena, mientras conduces con el viento en la cara, inventando tu tierra prometida.

Semana crucificada

Películas de Jesucristo por semana santa en la televisión. Procesiones, hombres y mujeres purificando culpas, doblados por el dolor de la muerte del Mesías de los judíos, recordando sus enseñanzas.

¿Quién fue Jesús? Han pasado más de 2000 años y sólo hay un libro y vagas historias científicas, lo demás está en la fé. Ese acto fuera de los límites de la razón.

La semana se doblega y cae de rodillas con la espalda rota como un esclavo cualquiera. Después te tomas un café y miras por la ventana. La calle tiene un conglomerado de gente que trata de levantar la semana con actos de fé, de hecho no es solo la semana, sino toda la vida la que tratan de levantar a punta de esperanza, hermana cercana de la fé. Buscan en que sostenerse y siempre lo encuentran, siempre hay algo en que creer. Un pedacito de luz, una estatuita de yeso.

Estoy pensando en cuantas personas se habrán suicidado esta semana. Cuantos habrán perdido el trabajo, cuantos niños habrán sido raptados o violados, cuantas mujeres muertas a causa de sus violentos maridos. Estoy pensando cómo se ve el cielo desde los campos famélicos de África, y en los ojos vacíos de la prostituta drogadicta, viendo a su bebé morado por la falta de oxigeno, de tanto llorar. Todas las semanas son iguales y son diferentes, pero la historia dividida de los hombres ha designado a cada día su valor especial. Así el día de las madres todos los hijos quieren la suya, y los almacenes quieren a todas, sobre todo si aumentan la contabilidad. Así la semana santa, millones de cristianos cumplen una penitencia, y por la noche duermen como un lirón con la conciencia tranquila, mientras en sus propias casas hay un infierno que crece inaprensible.

Pero nada importa realmente, los días pasan, las semanas también, los años se esfuman. Y cristo vuelve a morir y a resucitar las veces que sean necesarias. No pretendes que las cosas cambien, no quieres sorpresas, ni objetos extraños sobrevolando la vida que has aceptado tal cual es, apenas si enciendes un cigarrillo, y miras como el cielo se ennegrece. Una tinta púrpura que se extiende (como la tinta de una pluma que se riega en la camisa) sin que lo percibas, en silencio, en alguna parte de tu ser. Y sientes, de repente, la necesidad de que te abrace alguien que no existe.

Sin que se te mueva un pelo

Hay tipos que escriben con dificultad. Tipos que escriben apenas 1000 palabras en 8 horas de escritura. Yo soy de esos, de esos tipos que se tardan en buscar lo que quieren decir. Que cuando se sientan a escribir algo (cuento, poema, etc.) no tienen un esquema prefabricado. No, simplemente una imagen, una sensación, una palabra.

Y no es que crea a raja tabla que la escritura tiene que ser difícil para ser luminosa -perdón por la cursilería-, supongo que hay tipos que escriben muy rápido, que no tienen inconvenientes al momento de buscar lo que quieren decir; y aún así sus textos nos conmueven. Pero yo no soy de esos. Yo voy despacio. Me detengo en una calle, miro la disposición de las nubes, escucho el ruido de los autos. Subo a una habitación, olfateo el ambiente, le pregunto algo a la chica sentada en el rincón. Y si es guapa, me acerco, la invito a salir, le cuento historias.

No me gusta pensar en la literatura como algo pesado, ni suntuoso. Y los tipos que hablan de condenas, obsesiones, sufrimiento, y creen en musas o cosas por el estilo, me producen antipatía. Escribir me es difícil pero nunca me ha cruzado por la cabeza la palabra sufrimiento. Al contrario, cuando escribo abro la puerta de un lugar mejor, quiero decir que es mi lugar. Es donde no me siento un extranjero ni un extraño. Aunque el lugar al que entre sea un sitio sórdido, siempre es mejor, porque ahí soy Dios.

Escribir va con mi manera de ser. Soy de los que hablan poco, a excepción de condiciones especiales o extremas. No le hallo ningún sentido a las reuniones familiares, ni a las fiestas de ningún orden. Cuando se trata de dar una opinión prefiero hacerlo de la forma más directa. Pero cuando escribo soporto una metamorfosis. En seguida percibo que estoy en mi elemento.

Así que toda esa tradición de sufrir con la escritura es ridícula. Si un tipo sufre escribiendo lo más probable es que no haya escogido el camino correcto. Por otro lado la escribir nunca fue un camino correcto. Esta condición es para los proscritos, para los que se sienten fuera de sitio. Los demás son tipos profesionales, con todo lo nefasto que eso conlleva. Tipos, sin fuego, con nada que decir, pero con un recurso lingüístico que hace más evidente su falta de imaginación. Tipos que escriben 3 mil palabras en un par de horas sin que se les mueva un pelo.

Un buen título es difícil de encontrar

Si tienes un título tienes todo. Si tienes un título lo demás es más fácil, es como dejarse llevar por la corriente, en un río no muy correntoso. Un título puede ser la escencia del texto al que precede y corona. Pero también puede ser un pin que cause cierta confusión, cierta intriga.

Es lo que hago ahora, esperar que las indolentes arañas en el techo, las estoicas paredes de la habitación o el oculto trajinar de las subrepticias cucarachas, me traigan el gran título, ese que va a coronar el gran texto. Porque todo debe ser en grande, fastuoso, imponente. Debe sugerir, pero también abarcar. Y contener lo fundamental de la historia.

Esta ansia de vivir siempre entre lo grande, es efimera, vanal, y sin duda vulgar. Y por supuesto, en mi caso, no es más que un mal chiste, una broma tonta de la madrugada. Pero desde un punto de vista más serio, no es nada estúpido querer hacer algo bien hecho, y que cause admiración y respeto.

En todo caso no parece que será hoy. Estoy falto de entrenamiento, tal vez lo logre mañana. Hay tiempo, cierto. Aunque el mismo tiempo puede jugar en mi contra.

Los títulos que me han enganchado, y que en estos momentos rondan mi cabeza son: "El corazón es un cazador solitario" la novela de Carson McCullers, y "El corazón es un animal extraño" de uno de los álbunes de los Ilegales, los cuales guardan una obvia y sospechosa coincidencia, que de seguro no es casual. Puesto que Jorge Martinez, el vocalista de Ilegales, tiene apariencia de ser un buen lector (con apariencia me refiero a su interesante consición de songwriter). Y "No es país para viejos", la novela del legendario Cormac McCarthy, y que fue llevada al cine por los hermanos Cohen, la cual, por supuesto, fue la ganadora de la mayoría de oscares de esta última entrega, (incluido el de mejor película). Y digo por supuesto, porque es una estupenda pelicula (no apta para mentes que consumen peliculas detalladas), aunque en todo caso no confío mucho que se diga en los gustos de la academía.

Lo curioso fue observar a McCarhy en la ceremonia, junto a su hijo pequeño, a quien le dedica su última novela publicada La carretera (Mondadori), la cual estoy leyendo, y promete ser una de los mejores libros que he leido últimamente. Resulta curioso decía porque la leyenda dice que es un escritor que casi nunca se deja ver en publico, y al que no le gusta hablar con la prensa, sin embargo ahí estuvo de pie, sonriendo y aplaudiendo por el triunfo de la adactación cinematográfica de No es país para viejos. Y no hay que ser muy sagaz, para concluir que la pelicula le gustó.

La última entrevista que le hicieron al huraño escritor se la hizo Oprah Winfrey, y es la respeonsable de alguna manera, que su popularidad haya crecido en el país de los Tres chifaldos, y por ende en los demás lugares de nuestro siempre conmocionado planeta. En fin, todo lo que lo circunda no es más que pirotecnia para el lector (sospecho que también para McCarthy), lo que importa de un escritor son sus libros, y claro -y esto sólo a pocos entre los que me incluyo- los magníficos titulos que suelen concebir cuando estan inspirados.

Ligeros apuntes para la crónica del prostibulo

5 de la tarde, llegaste al prostíbulo. Hablaste con el barrigón administrador (Pablo). Charlaron como amigos, compraste unas cervezas. Luego conversaste con las chicas, entraste a los cuartos. Hacía calor en los cuartos. Eran pequeños, pintados de un vede un poco más oscuro que el aceituna. Charlaste con dos. Las dos dijeron nombres ficticios, tu las incitaste a que lo hicieran, sabes que ellas lo hubieran hecho igual. Te dijeron que los que más piden los clientes es sexo anal.

Se las notaba un poco incomodas. A una de ellas, la que llevaba un cachetero negro, transparente, y que dijo tener 25 años, aunque parecía de 20, la miraste con atención. Te quedaste fijo en los vellos de su pubis que resaltaban a través de la randa del calzón. Te controlaste para que no se notara tu erección. Tuviste ganas de decirle: "hagámoslo y yo, como todos, también te voy a pedir sexo anal". Lo único que te impidió planteárselo fue el dinero. Pensaste que era tonto gastar tu cinco dólares en sexo, cuando sabes que puedes obtenerlo gratis, y quizá con un poco más de garantías, cuando regreses a la ciudad.

Afuera de los cuartos los hombres están quietos sobres las mesas, bebiendo de sus botellas de cervezas. Lo que suena por los parlantes son corridos mexicanos. En medio de la música se escuchan los murmullos de las conversaciones banales de los hombres en las mesas. En las paredes, en el espacio que dejan las puertas de los 6 cuartos, y en la pared frente a estas, hay paisajes pintados sobre los muros, a manera de cuadros sin marcos. Son de un estilo que sólo puede definirse como naif. Colinas, caídas de sol, etc. Algo, aunque sean pinturas horrendas, bastante fuera de lugar para decorar las paredes de un prostíbulo de cuarta. Encima están los ventiladores, dos en cada lado. Afuera no hacen falta, porque el aire circula por los dos lados. Desde la entrada principal, y de la parte de atrás donde está el tipo que pone la música y pasa las cervezas. Por la puerta donde el barrigón administrador, saca la cabeza, a veces, para gritarle a su mujer cosas referentes a lo que debe cocinar, y para cuantos tiene que hacerlo.

El administrador del local vive en la parte trasera, en un descampado, con pasto, mulares y vacas. Su casa es de dos plantas, construida con una madera que debido al paso de los años ha tomado una tonalidad gris. Es exótico piensas, dos paisajes distintos, un salón y un campo para que pasten las vacas. Cosas que solo pueden suceder cuando se regenta un prostíbulo en una zona rural. La imagen paradigmática se acentúa cuando a las 6 de la tarde, una parvada de loros salvajes se aposenta en los árboles y comienzan a trinar, o lo que sea que hagan los loros, dices al micrófono de tu grabador.

Todavía hay una cerveza por tomar, y las cuatro chicas que van a merendar en casa del administrador del salón, se colocan shores sobre los cacheteros transparentes, o sobre las tangas del terno de baño que utilizan más que por seducir a los hombres del lugar, por una cuestión de costumbre, como una norma de etiqueta cabaretera. Tú las miras salir por la puerta, al descampado. Van riéndose entre sí, diciéndose tal vez, lo tonto y extraño que resulta que un tipo llegue hacerles preguntas por el oficio más antiguo del mundo. Es como dijo una de ellas: "Es lo mismo de siempre, llegan a veces hablan, a veces no, hacen el sexo y listo". De pronto te sorprendes buscando un paralelismo, con lo que llegaste hacer, te sientes otro cliente. Otro tipo más que llegó, habló, y contrario, al intercambio simple de sexo por dinero, les trató de rebuscar el alma, y para colmo sin darles un centavo.

Antes de despedirte de los que te colaboraron con la información, te fijas en el letrero de cartulina blanca, pintado con letras de marcador rojo, y pegado sobre una de las puertas, que dice: Mujeres, 5,00 $, lo llevas fijo en la cabeza, prometes no olvidarlo cuando escribas la crónica, como prometes no olvidar lo que te contó Guillermo, el tipo de cuarenta años, pantalón corto y camiseta ancha, el dueño del local y del negocio.

En el taxi de regreso, mientras por la ventana se cuela el olor a mierda de vaca o el olor nauseabundo de los pollos en galpón, piensas qué, de todo lo que viste y escuchaste vas a contar esta vez. Vas en el taxi, ves como todo oscurece alrededor, las plantasiones y los campos que cercan la carretera.

La pureza de Hemingway

Una oración verdadera, esa era la manera de empezar una historia que tenía Ernest Hemingway. Una oración verdadera que abra el paso de la escritura. Lo que los teóricos del arte de escribir llaman el incipit. Él lo concebía de una forma simple. Él era un tipo simple, lo que no quiere decir vacuo, o isustancial. La mejor prosa de Hemingway se conecta con el lector de manera vital.

Qué quería decir Hemingway con una oración verdadera. Se refería a que tenía que partir escribiendo sobre algo que conociera. Una tarde pescando, un hombre viejo en un bar. Algo que hubiera experimentado. Y lo escribía de forma sencilla y vívida. A él le gustaba trasmitir sus conocimientos sobre las cosas que conocía. Quería que el lector al terminar de leer uno de sus libros sintiera que había aprendido algo "funcional" que antes estaba fuera de sus conocimientos. Pero no lo hacía de manera directa. En vez de escribir (digamos) sobre todo lo que sabía de la pesca, daba detalles y lo demás lo ocultaba. Y a eso le llamó la teoría del iceberg.

Hemynguay era un hombre muy entregado a lo que hacía, veía su oficio con realismo, sinceridad y conpasción. En una entrevista que hace parte de una biografía de su persona, que leí hace varios años atrás, Hemingway decía algo así: cuando estoy bloqueado releo mis libros antriores, y me doy cuenta lo dificil que fue, pero siempre logré continuar.

Él siempre estuvo en una constante lucha con su escritura, a veces le era cuesta arriba. Y sentía que la capacidad de hacerlo podía abandonarlo en cualquier momento. Uno de sus mejores y más conocidos libros es El viejo y el mar, y en el es factible percibir esa lucha diaria con la escritura. No lo evidencia la calidad de su prosa, que en aquel libro es de una conmovedora desnudez insuperable. No, lo que habla con sencillez de su lucha es la misma historia del libro: Un viejo tratando de llevar a salvo hasta la orilla el pez que tanto lucho por capturar.

Hemingway es un gran ejemplo para todo aspirante a escritor. Su voluntad de orfebre, su sinceridad, la entrega diaria, son paradigmas que nadie que quiera hacer del oficio de escritor algo válido, puede pasar por alto. Otra cosa que no hay que olvidar es corregir, corregir hasta encontrar la palabra justa, como él mismo decía.

En la misma entrevista a la que hice referencia Hemingway le da un consejo a los escritores noveles, muy a su estilo claro:

P: Según usted ¿cuál es el mejor entrenamiento intelectual para un futuro escritor?

Hemingway: Digamos que sale y se ahorca porque escribir es tremendamente difícil. Luego debe ser descolgado y sin piedad obligado a escribir tan bien como pueda por el resto de su vida: al menos para empezar tendrá la historia de la horca.

Asuntos de memoria

Supongamos que estoy encerrado en una cárcel, y tú no tienes idea de donde estoy. Supongamos que para cuando te enteras, ya me han violado cuantas veces les dio la gana a los otros presos.

Eso fue lo que dijo. Y yo le repliqué no pongas ejemplos tan rebuscados, y tontos. Si digo que nunca dejaré que te pase nada, es porque voy a estar ahí, cuando más lo necesites. Nunca te cogerían preso, porque yo no dejaría que hicieras nada tan estúpido como para que te apresaran. Eres mi familia y pase lo que pase nunca vas a dejar de serlo. Y yo te querré y defenderé con mi vida si es que alguien quiere hacerte daño.

No sé cuanto de realidad tiene el anterior dialogo. Pero me fue fácil imaginarlo, vino de golpe, en seguida me vi con mi hermano de 10 años, parados en la vereda de nuestra casa, después de una pelea que tuve por culpa de unas bolichas que estuvieron a punto de robarle dos muchachos más grande. Entonces yo tenía 14 años.

Talvez el dialogo no es del todo real, puede ser una mala reproducción de mi memoria. Pero el sentimiento es auténtico. Es lo que pensaba y es lo que pienso con respecto a los que quiero, a mi familia. Es como dice una línea de un poema de Medina Reyes:

si alguien tratara de lastimarte lo mataría en cinco segundos
Es una exageración seguro, pero que poema no exagera, es condición del arte.

Hay una frase pop que dice: el que busca encuentra. Claro que nunca especifica si encuentras lo que buscabas. Puede por ejemplo, que vayas buscando el amor y encuentres una herida. Es común. Y lo que trato de decir es que los recuerdos son parecidos, yo buscaba en mi memoria el nombre de la chica que me dio sexo oral por primera vez, y me encontré con una escena fraternal. Que me recordó, valga la redundancia, todas las broncas en las que me metí a causa de mi hermano menor.

Para terminar esto vale anotar otra cita, de un escritor español bastante bueno, y que además es director de cine, Ray Loriga, un maestro de la prosa contemporánea. No sé si lo estoy citando textualmente, así que no lo pongo entre comillas: La memoria es como un perro le tiras una pelota y te trae un palo.

Dejemos hablar al viento, por lo menos el no dice estupideces

Los comentarios a los blog son como los condimentos a la carne, le dan el sabor, son el quid del asunto. O eso es lo que piensa la gente que dedica una parte de su vida a crear páginas web, con la estúpida, inocente esperanza de ser visitados y comentados hasta que revienten sus, valga la redundancia, cajitas de comentarios. Que un desconocido cualquiera tenga la facilidad de hacer que otros desconocidos lean sus chorradas, rimbombancias, bostezos, y (por qué no) genialidades, es un atributo de estos tecnológicos tiempos. Hacer un blog naturalmente implica tener una buena dosis de egomanía. Pero ansiar que las personas se detengan a escribirte un comentario de lo que piensas de tus hijos, de tus opiniones acerca de libros, de la política de tu país, de cine, o peor aún de tu diario vivir, como si fueras alguien relevante, es ya un soberano despropósito. Una exageración solo imaginable aquí en la autopista de la vacuidad.

Y no digo que el internet sea una mierda, no digo que su utilidad sea sobredimensionada. No. Internet es fabuloso, a mí, particularmente me ha servido como tutor, ha llenado ciertos vacíos culturales. Es en definitiva un avance tecnológico genial. Y los blog también lo son, pero por qué la ansiedad de estar detrás de alguien, por qué no sólo contentarnos con leernos. Tenemos algo realmente importante que decirle a alguien que nos cuenta sobre su anodina vida familiar. No lo creo, sin embargo ahí está la cajita de comentarios, como una tentación imposible de soslayar.

Yo también padecí la fiebre de los comentarios, las ganas de sentirme parte de una comunidad virtual. De tener una lista de amigos en mi blog a quien se lee con regularidad y de quienes se espera, por supuesto, su reciproca retribución. Medida en las visitas de mi contador, en los seguidores de páginas y claro, en los comentarios que dejen. Es como si fuera una especie de competencia para saber quien es más popular. Y tal vez tengan razón, finalmente en las sociedades reales no es diferente. Competimos por quien tiene mas. Queremos siempre demostrarle al vecino que somos mejores. Más pudientes, familias mas organizadas, y con más poder de adquisición. Entonces los blogs vienen a ser a escala y de manera virtual, la representación de nuestras comunes sociedades de consumo y competencia. Sólo que en este caso lo que importa es tener más comentarios, más blogueros, con los que conversar sobre la inmortalidad del cangrejo.

Este no es el primer blog que tengo, pero si parece ser el más sincero. Por lo menos en cuanto a necesidad lo es. Cuando abrí los otros buscaba lo mismo que todos, comentarios, visitas, formar parte de algo. No me importaba si lo que escribía tenía la sintaxis de un escolar. O si hablaba de lo que había hecho ese día. Lo que importaba eran los comentarios, y para eso andaba de blog en blog comentando post que ni siquiera leía. Es más al primer párrafo me pegaban el más puro aburrimiento. No obstante, todo era en pro de subir mi ranking y aumentar las entradas de mi caja de comentarios, para no sentirme tan desprotegido y desnudo en este pluricultural y, la mayoría de veces, insustancial espacio.

Como dije en un post anterior no me interesan los comentarios. No quiero pertenecer a ningún grupo. Creo sinceramente que lo que se escribe en este lugar no es de interés general. Me gusta escribir, ya lo dije también anteriormente, y tener un blog es un buen ejercicio para darle agilidad a la escritura. Eso no implica que esto merezca un comentario, si quieren hacerlo bien, pero esperar reciprocidad no es muy sincero que se diga. Lo que suelo hacer es ir y leer. Si hay algo que me interesa lo asimilo, lo trastoco, lo hago parte de mi aprendizaje. Y con eso me doy por satisfecho.