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El rincón de un poeta

ELOGIO DE OCTAVIO PAZ

Recuerdo que mi primer encuentro con Octavio Paz se produjo a raíz de que Yolanda Gutiérrez, la hija de Antonio Gutiérrez Gimón, de Villaprovedo, me dejara una antología poética del nobel mejicano. Tardé en devolvérsela porque enseguida me cautivó y, privado de vergüenza, tuve que soportar la humillación de que me pidiera su entrega. Años más tarde, cuando ya era uno de mis gigantes adorados, recuerdo que, en una publicación recopilatoria anual de " El Oriente de Asturias", sucedió algo mágico. Me publicaban uno de los artículos que yo había escrito ese año en el periódico, pero mi sorpresa mayúscula fue cuando, al pasar la página de mi artículo, descubrí que el siguiente era uno que el propio Octavio Paz había publicado, hacía muchos años, en "El Oriente". La razón es que se había casado con María José, nacida en Posada de Llanes, indiana en Méjico, y que, debido a ello, Octavio Paz tuvo contactos con este semanario, el más antiguo de España, nacido en 1.868. Me sentí orgullso de estar junto a alguien tan admirado por mí.

Piedra de toque de mi iniciación poética luego me cautivaría su prosa, su ensayo. Si la poesía es el género literario por excelencia desde el albor de la humanidad, el ensayo representa la conquista de la verdad a través de la razón. Octavio Paz ha sido uno de los grandes poetas del siglo XX, pero también uno de sus más logrados ensayistas. " El mono Gramático" " El arco y la lira" " Los hijos del limo" " La otra voz". El poeta se ha preguntado a través del ensayo la razón de ser de la poesía. Leer sus reflexiones de nuevo, bajo los saúces del club Jotaeme de Palencia, me ha reunido con mi propio pasado, con aquel pasado que iniciara de la mano de Yolanda Gutiérrez, quien, por culpa del destino perverso, perdió hace poco a un marido que era un gigante de humanidad.

La humanidad está unida inexorablemente a su concepción del tiempo. Los hombres primitivos tenían una concepción absoluta del pasado, al punto de que sólo existía el pasado primordial y primigenio, el cual traían al presente mediante los rituales. El presente se alimentaba diariamente del primer pasado, del primer bautismo del hombre. Las civilizaciones medias, más tarde, tuvieron una concepción cíclica del tiempo. El tiempo primigenio se derrumbaba inicialmente pero la cerrazón del cículo lo retrotraía a su comienzo. Los dioses padecían como los humanos. Nacían y morían y volvían a nacer. La muerte era la resurrección en la tierra, el tiempo circulaba cerrando su devenir vital en la tierra. Así, esas civilizaciones antigüas, (egipcia, persa, azteca, maya, etcétera) sufrían periodos álgidos y periodos decadentes que se sucedían los unos a los otros sin solución de continuidad. Estaban condenados a la reproducción del tiempo y por ello carecían de la idea de progreso como motor de la historia.

El cristianismo rompió la concepción del tiempo cíclico. Con él, con el cristianismo, aparece el tiempo lineal. El ser transita del pasado al futuro pasando por el presente, y el futuro se cierra con la muerte. Tras ella surge el concepto de eternidad, que no deja de ser un presente permanente. El hombre se salva más allá del tiempo en la tierra, tras la muerte llega la realización. Pero con el racionalismo y la ilustración aparece la crítica, -la razón crítica-, como ruptura con el pasado cristiano. Sucede que Dios muere y la muerte de Dios destroza la idea de eternidad. El hombre no se salva mediante su acción terrenal compensando el dolor en la eternidad, sino que la salvación deviene colectiva. La perfección se alcanza en el futuro y la vida se convierte en una idea del progreso hacia un futuro que nunca se toca. La idea de perfectibilidad impide al hombre realizar la perfección dentro de los márgenes de su propia vida y la humanidad se condena a un horizonte que nunca alcanza. Vivir en el futuro se hace, sencillamente, insoportable.

En este estado de cosas, el siglo XX destroza la idea de progreso. Las generaciones de hoy ya no tienen seguridad de que el futuro será mejor. Las dos guerras mundiales, que acaban con la idea de que la civilización occidental podría establecer una sociedad ideal, y, por otra parte, el marxismo, o el fracaso de que el futuro de la humanidad sería una sociedad igualitaria establecida, no por la burguesía, sino por el proletariado, rompen con el sentido lineal del tiempo histórico entendido como un progreso continuo hacia una sociedad perfecta. El siglo XX ha demostrado que la humanidad no transita hacia un progreso histórico en cuyo futuro cuaje la sociedad ideal.

Frente al racionalismo y su idea de progreso en el futuro, la poesía moderna se inicia con los románticos. Estos se apartan del progreso y de la idea de un tiempo futuro. Reaccionan buscando el regreso de una sociedad basada en la inyección del tiempo primordial. La poesía se hace crítica, producto de la propia modernidad, basada precisamente en la razón crítica, es decir, los poetas se valen de la crítica para romper con el racionalismo; es la crítica de la razón crítica, una vuelta de tuerca en la historia. Para el poeta romántico el presente es lo que vale, es nuestro tiempo. Todo se resuelve mediante la analogía, pues el ritmo del poema reproduce el ritmo y la musicalidad de las esferas celestes, es decir, del universo, un universo que vive en un presente continuo. A la analogía se une la ironía: al presente se le enfrenta la muerte, una muerte que se afronta con tilde romántica, pero una muerte que no encuentra realización en el más allá, sino que, por el contrario, cierra las posibilidades de realización del hombre, lo que significa que el hombre que no ha vivido su presente no ha alcanzado el sentido de las cosas.

La modernidad, así, es contestada por el poeta romántico y luego por el poeta surrealista y por la nueva vanguardia. El hombre ha dejado la lucha de clases, las ideologías fracasan, -esto se ve en la dialéctica actual de los partidos políticos-, y frente a ello opone sus derechos de presente. El hedonismo, la reividicación sexual, el movimiento de liberación femenino..., la salvación reside en afirmar lo que somos, no buscar lo que seremos. Es por ello que la modernidad iniciada con el racionalismo, que luego trae las Revoluciones Francesa y Americana, y después los nacionalismos acendrados, está decayendo, quizás simplemente se mantiene mientras el hombre, en estado de crisis actualmente, inicia una nueva etapa.

La poesía siempre ha construido las civilizaciones. Es más, ha sido anterior a las mismas. Homero fue anterior a la civilización griega del mismo modo que los poetas modernos serán anteriores a la nueva civilización que se avecina. Es la grandeza de este género literario. Mientras la novela describe el presente de una civilización concreta, su modo de vida, la poesía la anuncia, representa su preludio, pues el poeta, unido al sentido de las cosas por la intuición, por ese viaje que Lorca desarrolla en la " Teoría del Duende", no precisa de la razón para encontrar la verdad, y el sexto sentido, el tercer ojo, constituye la vía directa de accesis hacia lo que ha de venir. El racionalismo ha muerto, precisamente, de mano de los poetas, entre ellos, de Octavio Paz, alguien que casualmente, o no, -quién sabe-, me vino de la mano de Yolanda Gutiérrez. Mil gracias Yolanda y perdona que tardará tanto en devolverte aquella antología. Recuerdo que era azul.

PERSONAJES DIGNOS DE PALENCIA

Toda sociedad ostenta el patrimonio de sus personajes. Hay personas que delimitan su perfil haciéndolo diferente y, esto, en el fondo, conviene considerarlo como una labor constructiva que el tiempo va sedimentando. La historia de una persona, su carrera hacia el ser, hacia su esencia más elaborada, me parece meritoria y el único destino cierto que merece la pena cultivar. Así, frente a los seres que basan la vida en ostentar cosas, mediocridad por otra parte nada lucida, sino privada de toda luz, emergen los verdaderos seres, las verdaderas almas construidas, los que brillan en medio de la noche.

He conocido seres que merecen ser subrayados en nuestra pequeña historia colectiva. Algunos permanecen en las sombras del anonimato, lo cual no les resta importancia, al menos para mí; otros son luceros que todos conocemos. Hace muchos años una gitanilla llamaba a la puerta de casa. Ha pasado tanto tiempo que no recuerdo su nombre; sin embargo, recuerdo la lección de dignidad que traía inyectada en su alma de niña. Su padre, un sabio gitano de verde luna, la mandaba por las puertas de las casas, pero resultaba que, a diferencia de lo que ocurría con otras niñas (ahora recuerdo su nombre), Cati acudía con una ristra de barbos entre sus manos. Su padre no la enviaba con las manos vacías, sino con la dignidad de un esfuerzo realizado y ella, por ello, no se sentía inferior por llamar a la puerta. ¿ Hay ejemplo más grande de preocupación por la dignidad de una hija que el que expongo?

De Cati me viene la memoria de otra gitana casada con poca fortuna. Una joven inteligente y hermosa, de bellos ojos, magnéticos y hechizantes, de puro embrujo, que vive atada a un matrimonio maldito del que, por fuerza de las leyes gitanas, no puede desvincularse. Atada al destino, sin poder trabajar, solo respira el aire por sus hijas, en ellas ha descansado su entrega y, para sus pocos años, ello resulta meritorio porque sabe lo que entrega y lo que pierde. No hay peor dolor que el que la inteligencia de las cosas nos proporciona. La llevo en el alma, camina por nuestra calles, teje una minúscula parte de nuestra historia.

También he conocido a un inmigrante musulmán, con gran capacidad de trabajo y que, ahora, desarraigado por consecuencia de la muerte de su padre, incapaz de poder socializar su depresión en nuestro entorno hostil (hostil a pesar de nuestro voluntarismo de boquilla),y absorbido por la dependencia del alcohol para curar la soledad, ha caído en conflictos que el derecho no puede justificar. La ley no se mete en los adentros. Habla cinco idiomas, llevaba diecisiete años currando en Europa con papeles, -con los dichosos y famosos papeles-, tiene conversación honda y, lo que es más, tiene alma fuera de la dependencia de Alá, de Jesús, de Buda o de cualquier otra creación religiosa. Su mirada, que lo decía todo, recibía insultos y algún que otro escupitajo por la calle. Somos déspotas y soberbios, mucho, cuando podemos alzar nuestro poder en cualquier rincón donde nadie nos ve. Europa inventó a los nazis, pero, antes que los alemanes, los nacionalismos europeos ya habían execrado lo diferente. ¿ No echamos nosotros a los judíos?.

El otro día asistí en el turno de oficio a unos senegaleses imputados por vender ropa de imitación en el mercado. También son personajes nuestros. Importados, pero nuestros. Resulta inmenso detenerse en la mirada de estos niños grandes, sorber el pálpito de su corazón enorme e inocente, ese corazón que recuerda cómo era el hombre verdadero en el paraíso del tiempo original. El juez que les tomó declaración veía lo mismo que yo. Sus ojos tiernos y compasivos me lo decían, si bien, no le quedaba más remedio que proseguir con el trámite legal, con el impulso preceptivo al que la ley, aunque no estuviera de acuerdo, le obligaba. Cuando acabó la declaración le dije que si alguien había cometido un delito ese día éramos nosotros, los occidentales. ¡Qué perversos somos!. Juzgamos a unos seres que venden cuatro trapos que nadie puede confundir con un original, imputamos a hombres cuya única razón para aguantarnos es alimentar a sus parientes lejanos. Les detuvieron cuando iban de verbena.

Menos mal que queda la alegría de Fernando " El librero". Te trata como si fueras de la familia, se presenta en todos los eventos culturales, te pregunta por los tuyos y siempre saluda con ese aire de tener prisa en una ciudad ahogada en la lentitud. Recuerdo su cartera de cuero, donde llevaba los libros, la recuerdo pintada a mano, con bolígrafo Bic, puesto en ella su nombre, su bautismo, la piedra de toque. Fernando, "el mejor librero de España". También me queda Paco, el maletero de la Estación, y la Cartones, y todos aquellos seres que perfilan papeles que los demás no desarrollamos. Son la diferencia, la inclinación por un protagonismo humilde y bendito, admisible a los ojos de Dios, cercano a las almas, a los espíritus buenos, al alma grande del hombre, a ese alma que un día estuvo unido con el cosmos y que, sin embargo, ya no lo está.

Mientras Occidente se desquebraja tras haber hozado en sus raíces destrozándolas, y el tiempo de la civilización anuncia crisis cuya resolución deviene incierta, aún quedan personas que tienen como denominador común el valor profundo de la dignidad. Resulta que la dignidad parece que hay que llevarla a los márgenes, sacarla del centro para que brille. En el centro nos queda una dignidad impura maquillada por el traje y por la corbata. Pocos te ofrecen un ristra de barbos, pocos te miran con esa mirada profunda del Senegal, pocos te ofrecen amistad sin Alá de por medio, pocos se preocupan por tus seres queridos y van a tus recitales poéticos con la ilusión de los niños. El centro ha irradiado lo digno del entorno, pero, sin embargo, presume de ello.

OTRA COMPOSICON PAINT. BLANCA EN LA ORILLA

COMPOSICION PAINT NIÑA EN LA PLAYA DE BORIZO

MEMORIA DE LA EUROCOPA

Pasó en la Grecia clásica cuando las Olimpiadas crearon el espíritu pan helénico que dio como consecuencia esta gran civilización. Pasa ahora con el deporte, con esta generación de sensaciones, de sentimientos que traspasan fronteras y que, lo que son las cosas, es una ola en blando movimiento que supera a los indeseados políticos del ahora. Toda la afición alemana puesta de pie en el estadio aplaudiendo a la selección española después de que el árbitro pitara el final del partido. ¿ Han visto ustedes a la oposición parlamentaria, o al propio gobierno, hacer algo semejante?. ¿ Aplauden nuestros políticos las grandes intervenciones parlamentarias de los adversarios?. Fuera de la política la bandera española ha sido ondeada al viento sin miramiento por una multitud de ciudadanos de todas las ideologías, y los ciudadanos, los verdaderos soberanos, han dejado bien a las claras que la bandera, el símbolo de unidad patrio, no se monopoliza por nadie y que, de otro lado, no puede dejar de usarse para significar que España es una nación. Iker Casillas lo dijo de soslayo cuando se refirió a la deseada unidad española que había presidido el campeonato. Fue un guiño de un hombre que es un símbolo, un guiño discreto dirigido a esos políticos que le hacen la pelota.

Hace mucho tiempo que los políticos no son líderes sociales. Los verdaderos líderes están fuera de la política. Deportistas, cantantes, cineastas, oenegés, representan el espejo donde la España de hoy se mira. No hay más que ver a los políticos servirse de los grandes eventos deportivos para atraerlos hacia sí. Esta vez le ha tocado a Zapatero, por el turno de ser presidente, y no lo ha desaprovechado. Le hubiera podido tocar a Rajoy y no hubiera dejado la ocasión en saco roto. Los Reyes son otra cosa. El Rey emocionado representa el símbolo de unidad y concordia de todos los españoles. Sabe lo que esto significa. Sabe la importancia que tiene que la selección de fútbol logre congregar a una nación cuando los partidos políticos no saben hacerlo. La Reina, sublime. Vestida de rojo y con una banderita discreta ceñida en la solapa. Me ha emocionado verla buscar la cara de su marido para besarlo cuando España ya era campeona. Esa secuencia es histórica para mí. Mientras los demás componían su gesto hacia afuera, ella se adentraba en los reductos de su intimidad buscando a su pareja, el Rey, para besarlo, para abrazarlo, para encontrarse con él. Maravilloso. Es una reina histórica, memorable y difícilmente superable.

Somos campeones de Europa y de parte de Asia. El Asia de Turquía y el Asia de la Unión soviética, dos países en transición hacia el occidente político. Mientras oriente teje pausadamente su futuro al abrigo de China, India y Japón, a los que, por cercanía, irremediablemente gravitará la sólo por ahora occidental Australia, mientras esto ocurre, Occidente aglutina un continente de naciones para crear una nación de naciones, una superestructura política nueva en la Historia. Al igual que en la Grecia clásica, el deporte sirve de aglutinador para todos. Los deportistas, gentes sencillas, acostumbradas a la victoria y a la derrota, son el ejemplo humilde donde debemos mirar mientras los políticos refriegan su ego en esa ventana que llamamos televisión.

ERASE UN PAIS LLAMADO ESPAÑA

Érase una vez una país invertebrado que había desconocido la historia del mundo y, más que haberlo hecho, que la había despreciado diciendo que inventen ellos, -lo dijo Unamuno-; érase un país que vivió su guerra con el Islam en propio suelo, -lo que el resto de Europa nunca hizo-, y érase un país, por tanto, que por ocho siglos largos había querido pertenecer a Europa, -a los demás se lo habían dado hecho-, pero que, precisamente por ello, por quererlo con ansia, y guerra, había asumido el cristianismo como un elemento de lo europeo. Por ello, y en trance de ser ya la primera potencia europea, y en el tiempo en que la propia Europa se debatía entre los herejes de la Reforma y el catolicismo del Vaticano, se puso al frente de la unidad cristiana porque no entendía que, esa Europa que se había opuesto al moro, perdiera luego su unidad religiosa. La emprendió así en guerras de religión agotando sus recursos y despreciando algo tan amable a los seres sensibles como que el hombre puede tener relación con Dios sin necesidad de los intermediarios (también lo dijo Unamuno, ésta vez con acierto). A partir de entonces, negando al hombre su capacidad de pensamiento, perdiendo también el rumbo de las finanzas, cayó en decadencia iniciando un largo periodo que desembocaría en la pérdida de su imperio y en la generación de su leyenda negra, la cual, por cierto, fue vista con exageración desde fuera. No fue para tanto, ni tan fiero el león. En otros países fueron más violentos.

Érase un país que no quiso ser ilustrado a pesar de tener ilustres pensadores, érase un país renuente a los designios de la modernidad, érase un país de gentes orgullosas y soberbias vinculadas a su pasado y un país que, por el entonces decadente, comenzó a desmembrarse trayendo consigo la renuncia a una sola nación en pos de muchas que le andaban flotando. La paradoja es que, habiendo sido el primer Estado-Nación, todos los demás países se sumaron luego al movimiento romántico de querer ser nación; algo, sin embargo, no querido por los españoles, deseosos como siempre de luchar entre ellos cuando los de fuera les dejan en paz, y, en ese trance de gloriosas disputas internas, parece que la industrialización del norte tuvo a bien la querencia burguesa de engendrar el demonio del nacionalismo, surgiendo politiquillos de tres al cuarto que olvidaron lo construido en pos de la riqueza. Todo, en fin, vino en barrunte de barrer cada cual para su casa, -esto lo dijo Ortega-. Barrieron los nacionalistas su propio suelo como lo barrieron luego los de la radical izquierda y los de la radical derecha y, en ese escenario de tumultuoso espanto de narcisos, en que cada cual miraba su propio ombligo, vino la guerra de hermanos para escenificar en suelo propio el preludio de la segunda gran guerra, que siempre se anduvieron los españoles en ese trance de estrenar las cosas y ensayarlas en casa propia derramando su dulce y rabiosa sangre.

Érase una país que se hizo de cosidos y descosidos, que construía y destrozaba las cosas. Da igual que fuera el imperio, que fuera la República o la misma Monarquía, ni siquiera le valía la propia definición de su suelo. Todo quedaba al mejor postor que, con nuevas ideas, derribara las antiguas pensando ingenuamente que las últimas, por nuevas, serían definitivas. Antes al contrario, España siempre tuvo dispuestos nuevos andamios con nuevos obreros.

No hay más que verlos en el ahora, -a los españoles-, para saber como fueron. Han renunciado los de la izquierda, hace poco tiempo, a las cosas que ningún sentido común desprecia, y lo hacen ahora los de la derecha peleándose entre ellos únicamente por ver quien ocupa el sillón predilecto que lleva a la Moncloa. Nada más importa, sólo el orgullo de ser el primero, que, en esta España que se cuenta, el refrán lo pregona claro cuando, con desprecio, dice que quien lleva gorra de plato, por nimia que sea, Capitán General se piensa. Érase, así, una país que fue grande, pero érase un país que ya ni siquiera su historia estudia, érase la desproporción egocéntrica de cuatro paletos buscando fortuna y érase, al cabo, lo que los demás quieren que se haga para crecer a nuestra costa. Y, sin embargo, érase un país que escribió grandes páginas de la historia humana. ¿ Alguien las recuerda?.

MIS PEQUEÑAS MUSAS

Hay días que escribir está de mas. Las musas de la fotografía son dueñas del espacio. Carmen, Isabel, Celia, Ana, Paloma y Vera. Así se mostraron frente a mi ojo ciclopeo.

EL REY DIXIT

Yo me consideraba su súbdito, apoyaba la monarquía constitucional entendiendo que esta institución ha aportado gran estabilidad a la invertebrada historia de España, y le apoyaba a él, al Rey, por su papel conductor instalado en la imparcialidad. Después de sus palabras de elogio a Zapatero, meras impresiones subjetivas suyas, loables para su fuero interno y para la administración de su majestuoso silencio, pero fuera de lugar en su papel institucional de árbitro, el Rey, Don Juan Carlos I, ha abierto una brecha de republicanismo en éste modesto ciudadano y también, probablemente, en otros tantos que piensen en sintonía. Bien cierto que la brecha es aún pequeña, a modo de fisura que puede taparse si se encuentra o si se aporta una explicación razonable a lo sucedido, pero la brecha está abierta y supura la herida. Me ha dado en la línea de flotación del entendimiento y he de razonar para no dejarme llevar por la pasión.

España no es monárquica ni tampoco republicana. Los españoles no somos nada más allá de nosotros mismos, que tal es nuestra histórica soberbia, nuestro orgullo ancestral cuajado desde el pasado. Por eso, porque somos nosotros mismos, estamos o no estamos con las instituciones y, en ello, le va la vida a quien las representa porque, de una correcta representación, se afianza el apoyo. Estamos con la monarquía o la república, pero ni somos monárquicos ni somos republicanos.

El Rey, de pronto, ha roto sus silencios, sus décadas de correcta imparcialidad, para cubrir de elogios la figura de un presidente vivo. Más allá de lo acertado de sus juicios, sus palabras inclinan la balanza porque tienen enorme influencia en el criterio que los ciudadanos adopten en el futuro. No voy a entrar a valorar ni la rectitud, ni la honestidad, ni ninguna cualidad moral que pudiera tener Zapatero, -no le conozco personalmente y no podría hacerlo sin parecerme imprudente-, pero que el Rey lo haga supone un apoyo institucional claro al propio presidente y a su política pasada. De otro lado, si interpretamos en sentido contrario, supone también una crítica solapada a todos los políticos de la oposición que no han entendido durante estos años que la figura del presidente del gobierno alcance tanto mérito. Es la primera vez que el Rey no guarda el equilibrio en su papel.

No sé porqué lo ha hecho, y en esto nos va la vida. Si resultara que es un gesto noble, es decir, sin cálculo, sería elogiable pero igualmente criticable por imprudente. Si resultara que obedece a un instinto de supervivencia política, en el sentido de ganarse los afectos del partido político que menos monárquico puede sentirse para, al fin, buscar un apoyo continuado que evite la instauración de una tercera república legitimada, -en palabras del propio presidente-, por la segunda república, tampoco sería nada bueno. Probaría además algo que algunos venimos pregonando y que consiste, esencialmente, en que nuestro sistema se construye desde la soberanía de los partidos, férreos sistemas, en lugar de construirse desde la soberanía del pueblo y desde el criterio de todos y cada uno de los ciudadanos. ¿Teme el Rey a los partidos, y, dentro de ellos, principalmente, a los de izquierda, porque piensa que en ellos se residencia la clave de su continuidad?. Si esto fuera así ¿dónde cuajaría nuestra soberanía como pueblo si, en definitiva, la permanencia de un estado de cosas dependiera de lo que decidiera la ejecutiva de un partido?.

El rey ha hablado, pero no le veo con corona; el rey ha hablado pero le veo sin cetro. Pudiera ser que en este abrazo público entre el presidente y el monarca no sólo haya dulzura. Debiera pensar su majestad en los abrazos que da Zapatero y en las llagas que ha dejado en la piel de aquellos a quienes al cabo se ha abrazado. Basta ver en esas pieles la huella de las garras de un oso que, aunque infinito en su talante, quizás no puede evitar herir a quienes quiere. Ni es tan fiero el león que vuela con alas de gaviota, ni tan manso el cordero que la rosa sostiene en su mano. Ese y no otro debiera ser el equilibrio, la igualdad institucional en el trato, pero ese equilibrio se ha roto, y, una vez roto, las consecuencias caerán por su peso. Tal es la fuerza de gravedad de la política.