Libro de Arena
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El rincón de un poeta

PENSAMIENTOS EN LA PISCINA DE INVIERNO

Cuando nado en la piscina, ese remanso telúrico de agua contenida en estanque que sólo devuelve leves olas, me siento un almirante sin barco, desnudo como el hijo de la mar que soy. He sido desprovisto del casco, de la proa, de la popa, de estribor y de babor, carezco de defensas y me enfrento solitario ante las aguas, indefenso, como un niño recién nacido.

Entonces me doy cuenta de que somos esencialmente lo que somos, aquello primigenio que la naturaleza lanzó al abismo de la vida, que de nada sirven nuestras defensas sociales, esas caretas que protegen nuestra debilidad. Pienso así, mientras nado, que no debemos temer a la vida, que no nos debe producir ansiedad la circunstancia de perderlo todo, pues nada se ha perdido, nada esencial, si aún caminamos sobre la faz de la tierra, o si, como es el caso presente, puedes navegar las aguas con la sola embarcación que supone tu propio cuerpo. Nado y me doy cuenta de que sigo vivo, de que el barco no era más que una apariencia protectiva, que yo solo puedo, con mis fuerzas, proseguir navegando. Imagino entonces que mi cuerpo se dispone horizontal para surcar el océano. Mi cabeza proyectada hacia el horizonte es mi quilla que corta las aguas, las sesga dividiéndolas a mi paso, noto que mis brazos y mis pies propulsan como hélices mi movimiento, que mis costados delimitan por babor y estribor, que tengo proa y popa y que, en definitiva, puedo estar solo en el almirantazgo, navego a mis órdenes y las sigo, pues también soy marinero y también barco, es decir, cuerpo y espíritu.

Cuento los largos de la piscina que voy haciendo y el movimiento deja la estela del pasado a mis espaldas del mismo modo que luego encaro el futuro, esos largos que me quedan por terminar en el día. No he de sentir ansiedad alguna, -me digo-, sino solamente pensar en el presente, en el largo que estoy afrontado, en el instante que vivo. Mi cuerpo entonces se une con las aguas y en ellas encuentra la armonía, fluye, se sumerge en esa densidad reconfortante que me acolcha, se nutre al participar al unísono en la laboriosidad cotidiana del universo. Soy yo y mi circunstancia, recreo mi mundo y observo otros seres que nadan. Las imágenes de los cuerpos que veo son estéticas, plásticas, muy bellas, sobre todo esos delgados y jóvenes cuerpos femeninos que se recrean en el ejercicio mientras los contemplo trascendidos por la luminosidad que se inmiscuye en la profundidad de la piscina. El almirante literario aprende mientras nada, ya no echa de menos su barco porque él encarna una embarcación con alma. Estoy libre de todo peso, pues la gravedad de la vida, esa fuerza gravitacional inmensa, ha perdido consistencia y siento que puedo ganar la batalla si sigo el rumbo de estos pensamientos inmensos a los que, cada día, recurro en soledad.