Libro de Arena
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El rincón de un poeta

EL BOSQUE DE ENEBROS

Amalia y Norberto vivían una relación matrimonial especial. Desde que se casaron no pudieron salir jamás del hogar, un chalet con jardín y huerto que habían comprado de novios y que, como si de una prisión se tratara, los tenía confinados. Los primeros años pasaron sin que ellos mismos se dieran cuenta, tal era el ensimismamiento que experimentaban, pero, con el correr de los años, empezaron a sentir la necesidad de los otros. No es que no se quisieran, sino que les iba resultando más difícil sobrevivir a las pasiones y al hartazgo que les provocaba satisfacerlas.

La atmósfera les había secuestrado, -no sabían qué extraño sortilegio podía explicarlo-, pero, aunque se lo propusieran, resultaba imposible abrir la puerta o simplemente salvar el seto. Este había crecido sin mesura, elevándose por encima de sus cabezas más de veinte metros y una red muy tupida de ramas entrecruzadas hacía imposible que pudieran traspasarlo. Aunque eso hubiera sido posible, ni siquiera sus cuerpos podían cruzar más allá del horizonte que les había sido destinado. Vivían reducidos a una hectárea de terreno calizo que, además de la casa y el huerto, contenía un bosque de enebros centenarios. Ese espacio denso de poderosa sombra permitía que cualquiera de los dos se perdiera cuando así lo quería, pero, más allá de ese escondrijo de libertad, sus vidas se sucedían en compañía y juntos se había acostumbrado a existir. Su edén se iba transformando en un infierno. Amalia fue la primera en darse cuenta de esto. Una noche de invierno que los enebros soportaban el peso de la nieve inmaculada, se quedó pensando. Su mirada se fijó en la viga de roble que cruzaba el dormitorio. Norberto, dormido después de un tiempo de pasión, narcotizado tras los efectos adormecedores de la lujuria, había sido secuestrado por el sueño, pero ella no podía dormir esa noche.

La nieve se apelmazaba fuera y Amalia la sentía caer sin peso. También había caído el tiempo sobre sus vidas; sin que apenas de dieran cuenta, una red había logrado hacerles un único ser que, en el reflejo del otro, podía identificarse, mas, a pesar de que aquel tiempo pasado había resultado hermoso y probablemente insustituible, ella empezó a recordar su vida de antes y, con la memoria, reflotaron lo que ella denominaba sus piedras hundidas, aquello que hubiera deseado ser y que, sin embargo, nunca llegó a desarrollar o que, en el mejor de los casos, el propio destino había truncado. Amalia era un estanque lleno de piedras hundidas. De pronto, quizás sin ningún motivo, o quizás sí, -esto nadie lo sabrá nunca-, se acordó de Alvaro, un amor de la juventud que la dejó la miel en los labios. Era un chico moreno, alto, pero quizás un poco tímido, alguien que no se atrevió nunca a expresar sus sentimientos. Recordaba su cara alargada, su barba incipiente de los dieciocho años, que, aunque nunca se atreviera a dejar florecer, él gustaba imaginar más crecida, y recordaba también su andar pausado y su tranquilidad, casi literaria, semejante a esa quietud de las tardes en que, sumidos en alguna sombra, los seres humanos se abandonan a la lectura y leen pasando levemente las hojas. Se acordó de él después de una noche de amor con Norberto, una más de las que su propia historia iba cincelando, una entre tantas otras que, por acostumbradas, ya habían sido secuestradas por la rutina. Siempre los mismos arrumacos, el consabido preludio tras la cena, abandonados a las sombras de la chimenea y, luego, al ascenso emborrachado de las escaleras que, paso tras paso, les conducía a una vorágine entregada al apetito. El recuerdo de Alvaro trajo una frustración sentida, y, a partir de ese noche, Amalia ya no hizo el amor de la misma manera con Norberto. Se dejo llevar, sólo eso.

Nadie podría explicar porqué Alvaro apareció dormido en el bosque de enebros la misma noche nevada que Amalia trajo su recuerdo, pero a partir de aquella noche, Norberto ya no pudo entrar en el bosque y Alvaro tampoco pudo salir de él. Ella, sin embargo, pudo deambular por todo el espacio de la finca. La mañana siguiente a su recuerdo, Amalia se adentró en el bosque porque quería pisar la blandura no tocada, la blancura inmaculada, y, al poco tiempo, observó las huellas de Alvaro, las cuales, sin embargo, pensó que pertenecían a Norberto. Las siguió para encontrarle, pero descubrió a Alvaro aterido de frío. Al principio no le reconoció, pero él sí la reconoció a ella. Le espetó un saludo muy afectuoso que venía del fondo del tiempo. Hasta que no le tocó creyó que era un fantasma, pero la carne de Alvaro iluminaba las sombras del bosque de enebros y la primavera llegó de nuevo al corazón de Amalia. Le preguntó que cómo había llegado hasta allí, pero él sólo supo decir que se había quedado dormido en el camarote de un pesquero que navegaba por el mar de Irlanda y que sólo recordaba que se había despertado en el bosque. Amalia, alborozada por la noticia, imaginando que el sortilegio de su prisión en la casa se había deshecho, cogió su mano para llevarlo hasta Norberto, pero cuando llegaron a la frontera en donde las últimas hojas de los árboles delimitaban el principio y el final de su territorio, ambos descubrieron que Alvaro no podía cruzarlo. Amalia corrió en busca de Norberto para que pudiera comprobar que algo nuevo había cambiado la rutina de sus vidas, pero, cuando llegaron al inicio en donde los enebros comenzaban a cuajar la sombra, Norberto, por vez primera en muchos años, no pudo cruzarlo. Amalia gritó a Alvaro desde el principio del bosque rogándole que se llegara hasta donde ella estaba, pero la voz de Alvaro no podía cruzar más allá del verdor y Norberto no pudo escuchar nada. Ella tampoco. Se adentró entonces, para traerlo consigo hasta el primer árbol persuadida de que Norberto podría ver a su amigo, pero el bosque, de pronto, tejió una tupida red de ramas que impidió cualquier posibilidad de que los dos hombres pudieran verse. Amalia le juró a Norberto que lo que contaba era verdad, pero Norberto prefirió no creerla. Se dijo así mismo que todo obedecía a un espejismo, a la necesidad que ella, como él, tenía de los otros. Más reducido que nunca, eliminada la posibilidad de adentrarse en el bosque, Norberto decidió no prohibir a su mujer que llevara comida a su ser imaginario, pero era cierto que Alvaro habitaba por entre las sombras de los enebros y esa era su isla, la que, al igual que a los otros, había reducido su existencia. No podía explicárselo, pero Amalia sí. Simplemente sucedía que le había traído del fondo de los sueños y, como si de una piedra hundida que reflota se tratara, Alvaro emergió a la superficie del estanque. Ni siquiera dudó que fuera una ilusión creada por la mente, algo irreal aunque tangible, -de hecho el cerebro podía engañar miserablemente a las personas, sin compasión de su debilidad-; no lo hizo, no porque no pudiera explicarse un fenómeno más allá de lo racional, sino porque, simplemente, y eso sí que se le antojaba una evidencia, Norberto ya no podía adentrarse en el bosque de enebros.

Todos los días le llevaba comida y ropa limpia. Era benéfico para ella tener alguien más en quien pensar, aparte del propio Norberto, quien, por otra parte, no la echaba de menos cuando, por las tardes, ella se diluía en las sombras tejidas por los árboles. De pronto, el bosque se había convertido en un mundo aparte, en su universo y, dentro de ese universo, refulgía una estrella. Amalia y Alvaro se entendieron rápido, sus mentes parecían haber vivido lo mismo, sentían y respiraban el mundo percibiéndolo en unísona sincronía, amaban las mismas cosas y odiaban cosas parecidas. Eran semejantes y él, por alguna razón insospechada, estaba escondido. No porque ella lo quisiera, o no al menos porque lo quisiera en un principio, sino porque, simplemente, lo quería el destino. Alvaro le explicó que hay un mundo soterrado por los secretos y que los secretos sólo están al alcance de los que han sido elegidos para comprenderlos. Hay mundos que nos son revelados y otros que se nos ocultan, le dijo. Ella quiso pensar que Alvaro era el duende de su bosque, un ser milenario por el que no había pasado el tiempo, alguien lleno de sabiduría que quiso imaginar dotado de las mejores virtudes. Pero Alvaro era humano y ella quizás no se dio cuenta.

La vida cambió para todos a partir del día que Alvaro llegó al bosque de enebros. Con el paso del tiempo, Amalia se enamoró de él nuevamente y empezó a odiar a Norberto. Las noches de amor se convirtieron en un desencuentro y su alma se evadió de su cuerpo siempre que su marido ocupó sus espacios, siempre que llenó sus huecos. Un día, Norberto se enfadó mostrando ira y Amalia huyó al bosque. Buscó a Norberto por entre las sombras hasta encontrarlo dormido y le despertó para amarlo. La luna se colaba tímidamente por entre las copas de los árboles, lo suficiente para realzar el perfil de los cuerpos desnudos. Había llegado la primavera y el tiempo era más apacible. Amalia le devoró como nunca lo había hecho antes y, a partir de entonces, Alvaro y Amalia vivieron en un sólo cuerpo y en una sola mente. Sólo que no podían salir del bosque, ni siquiera para buscar comida, pues Amalia, desde que amó a Alvaro, tampoco pudo cruzar más allá de los árboles y, desde entonces, Norberto se quedó solo. El alimento dejó de constituir una preocupación para ellos porque se alimentaron de las raíces de los enebros y bebieron su savia y pronto aquel lugar se transformó en un nuevo paraíso.

Pasaron juntos todos los años que les quedaban. Norberto, sin embargo, vivió y murió solo porque nunca había tenido sueños que le trajeran sucesos del tiempo pasado, no había amado nunca, -ni siquiera a Amalia-; fue incapaz de traer a alguien a su reducto y vivió confinado, pagó el pecado original de ser práctico, egoísta y soberbio. Pero no lo echó de menos, ni echó de menos nunca más a Amalia. Imaginó que habría muerto de hambre en el bosque, que se habría enraizado en su locura, pero sin embargo, lejos de esto, Amalia vivió feliz y nunca necesitó salir del bosque. Poco a poco, los amantes fueron perdiendo movilidad. Un día descubrieron que no podían moverse. Sucedió en un claro del bosque, el lugar que había sido destinado para ellos. Al principio se asustaron, pero luego comprendieron que morirían de una forma más original que el resto de los humanos. Lo supieron poco a poco. Hay veces que es bueno saber las cosas por momentos, y, entonces, cuando se trata de desentrañar las capas más misteriosas del tiempo, esas que desvelan los secretos, la paciencia resulta buena consejera. Su cuerpos se fueron transformado paulatinamente, y poco a poco se hicieron vegetales, pero tuvieron tiempo para darse las manos y, entonces, sus brazos se engrosaron y se endurecieron, se convirtieron en ramas y les crecieron otras. Ellos mismos crecieron. Poco a poco, como crecen los enebros, se convirtieron en árboles, perdieron el lenguaje, mudaron al silencio de las estrellas, y habitaron el bosque. Todo fue poco a poco, como una danza de la nieve en el invierno, pero todo fue bello y secreto. Fuera del bosque, el mundo nunca supo de ellos.


4 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo gaviotadelsur 12 Mayo 2008 | 01:29 PM

¡Qué bonito y qué bueno son los sueños donde se desea alcanzar.. y hay veces que se alcanza si tenemos capacidad para percibir ese encuentro!

Encantador relato.

Gracias por traerlo a libro de arena.

Adiós.

lo dijo guillermo 12 Mayo 2008 | 05:19 PM

gracias ti por leerlo gaviota que emprendes vuelos..te posas en el post y te marchas, nada más maravilloso

lo dijo Elora 13 Mayo 2008 | 10:09 AM

Qué historia más bonita, querido Guillermo, me deja sin palabras. Es preciosa. Destila poesía y encanto por todas las esquinas.

Me parece maravillosa.

Nunca dejas de sorprenderme.

Un beso enorme.

lo dijo guillermo a Elora 13 Mayo 2008 | 12:13 PM

Mi Atlántica gallega, gracias, sabía sin duda que te gustaría el relato, aunque la poesía también cede a lo castrante que a veces resulta el matrimonio ¿no crees?. Un besoi

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