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El rincón de un poeta

ERASE UN PAIS LLAMADO ESPAÑA

Érase una vez una país invertebrado que había desconocido la historia del mundo y, más que haberlo hecho, que la había despreciado diciendo que inventen ellos, -lo dijo Unamuno-; érase un país que vivió su guerra con el Islam en propio suelo, -lo que el resto de Europa nunca hizo-, y érase un país, por tanto, que por ocho siglos largos había querido pertenecer a Europa, -a los demás se lo habían dado hecho-, pero que, precisamente por ello, por quererlo con ansia, y guerra, había asumido el cristianismo como un elemento de lo europeo. Por ello, y en trance de ser ya la primera potencia europea, y en el tiempo en que la propia Europa se debatía entre los herejes de la Reforma y el catolicismo del Vaticano, se puso al frente de la unidad cristiana porque no entendía que, esa Europa que se había opuesto al moro, perdiera luego su unidad religiosa. La emprendió así en guerras de religión agotando sus recursos y despreciando algo tan amable a los seres sensibles como que el hombre puede tener relación con Dios sin necesidad de los intermediarios (también lo dijo Unamuno, ésta vez con acierto). A partir de entonces, negando al hombre su capacidad de pensamiento, perdiendo también el rumbo de las finanzas, cayó en decadencia iniciando un largo periodo que desembocaría en la pérdida de su imperio y en la generación de su leyenda negra, la cual, por cierto, fue vista con exageración desde fuera. No fue para tanto, ni tan fiero el león. En otros países fueron más violentos.

Érase un país que no quiso ser ilustrado a pesar de tener ilustres pensadores, érase un país renuente a los designios de la modernidad, érase un país de gentes orgullosas y soberbias vinculadas a su pasado y un país que, por el entonces decadente, comenzó a desmembrarse trayendo consigo la renuncia a una sola nación en pos de muchas que le andaban flotando. La paradoja es que, habiendo sido el primer Estado-Nación, todos los demás países se sumaron luego al movimiento romántico de querer ser nación; algo, sin embargo, no querido por los españoles, deseosos como siempre de luchar entre ellos cuando los de fuera les dejan en paz, y, en ese trance de gloriosas disputas internas, parece que la industrialización del norte tuvo a bien la querencia burguesa de engendrar el demonio del nacionalismo, surgiendo politiquillos de tres al cuarto que olvidaron lo construido en pos de la riqueza. Todo, en fin, vino en barrunte de barrer cada cual para su casa, -esto lo dijo Ortega-. Barrieron los nacionalistas su propio suelo como lo barrieron luego los de la radical izquierda y los de la radical derecha y, en ese escenario de tumultuoso espanto de narcisos, en que cada cual miraba su propio ombligo, vino la guerra de hermanos para escenificar en suelo propio el preludio de la segunda gran guerra, que siempre se anduvieron los españoles en ese trance de estrenar las cosas y ensayarlas en casa propia derramando su dulce y rabiosa sangre.

Érase una país que se hizo de cosidos y descosidos, que construía y destrozaba las cosas. Da igual que fuera el imperio, que fuera la República o la misma Monarquía, ni siquiera le valía la propia definición de su suelo. Todo quedaba al mejor postor que, con nuevas ideas, derribara las antiguas pensando ingenuamente que las últimas, por nuevas, serían definitivas. Antes al contrario, España siempre tuvo dispuestos nuevos andamios con nuevos obreros.

No hay más que verlos en el ahora, -a los españoles-, para saber como fueron. Han renunciado los de la izquierda, hace poco tiempo, a las cosas que ningún sentido común desprecia, y lo hacen ahora los de la derecha peleándose entre ellos únicamente por ver quien ocupa el sillón predilecto que lleva a la Moncloa. Nada más importa, sólo el orgullo de ser el primero, que, en esta España que se cuenta, el refrán lo pregona claro cuando, con desprecio, dice que quien lleva gorra de plato, por nimia que sea, Capitán General se piensa. Érase, así, una país que fue grande, pero érase un país que ya ni siquiera su historia estudia, érase la desproporción egocéntrica de cuatro paletos buscando fortuna y érase, al cabo, lo que los demás quieren que se haga para crecer a nuestra costa. Y, sin embargo, érase un país que escribió grandes páginas de la historia humana. ¿ Alguien las recuerda?.


3 comentarios - Escribe aquí tu comentario

lo dijo Elora 10 Junio 2008 | 09:20 AM

Querido Guillermo:

Algunos de nosotros sí recordamos esas gloriosas páginas que en su día estudiamos, pero cada vez somos menos, eso también es cierto. Qué pena...

Me ha encantado tu artículo, porque coincide plenamente con lo que yo pienso acerca de las cosas que suceden en este país. Además, como siempre, tienes un estilo impecable, y que engancha.

Te mando un beso muy grande.

lo dijo manoly 10 Junio 2008 | 09:39 AM

excelente escrito comparto la misma opinión que tu

recibe mis saludos mas sinceros

de manoly .

lo dijo Guillermo a Elora y a MAnoly 10 Junio 2008 | 12:22 PM

Mi adorada gallega atlántica, qué bien me hace tenerte cerca dejándome el aliento húmedo de la magia y del mar cercanos a ti, gracias por venir y por compartir conmigo tu pensamiento. Te mando muchos besos

Manoly, bienvenida al blog y gracias. Saludos

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