
Amalia y Norberto vivían una relación matrimonial especial. Desde que se casaron no pudieron salir jamás del hogar, un chalet con jardín y huerto que habían comprado de novios y que, como si de una prisión se tratara, los tenía confinados. Los primeros años pasaron sin que ellos mismos se dieran cuenta, tal era el ensimismamiento que experimentaban, pero, con el correr de los años, empezaron a sentir la necesidad de los otros. No es que no se quisieran, sino que les iba resultando más difícil sobrevivir a las pasiones y al hartazgo que les provocaba satisfacerlas.
La atmósfera les había secuestrado, -no sabían qué extraño sortilegio podía explicarlo-, pero, aunque se lo propusieran, resultaba imposible abrir la puerta o simplemente salvar el seto. Este había crecido sin mesura, elevándose por encima de sus cabezas más de veinte metros y una red muy tupida de ramas entrecruzadas hacía imposible que pudieran traspasarlo. Aunque eso hubiera sido posible, ni siquiera sus cuerpos podían cruzar más allá del horizonte que les había sido destinado. Vivían reducidos a una hectárea de terreno calizo que, además de la casa y el huerto, contenía un bosque de enebros centenarios. Ese espacio denso de poderosa sombra permitía que cualquiera de los dos se perdiera cuando así lo quería, pero, más allá de ese escondrijo de libertad, sus vidas se sucedían en compañía y juntos se había acostumbrado a existir. Su edén se iba transformando en un infierno. Amalia fue la primera en darse cuenta de esto. Una noche de invierno que los enebros soportaban el peso de la nieve inmaculada, se quedó pensando. Su mirada se fijó en la viga de roble que cruzaba el dormitorio. Norberto, dormido después de un tiempo de pasión, narcotizado tras los efectos adormecedores de la lujuria, había sido secuestrado por el sueño, pero ella no podía dormir esa noche.
La nieve se apelmazaba fuera y Amalia la sentía caer sin peso. También había caído el tiempo sobre sus vidas; sin que apenas de dieran cuenta, una red había logrado hacerles un único ser que, en el reflejo del otro, podía identificarse, mas, a pesar de que aquel tiempo pasado había resultado hermoso y probablemente insustituible, ella empezó a recordar su vida de antes y, con la memoria, reflotaron lo que ella denominaba sus piedras hundidas, aquello que hubiera deseado ser y que, sin embargo, nunca llegó a desarrollar o que, en el mejor de los casos, el propio destino había truncado. Amalia era un estanque lleno de piedras hundidas. De pronto, quizás sin ningún motivo, o quizás sí, -esto nadie lo sabrá nunca-, se acordó de Alvaro, un amor de la juventud que la dejó la miel en los labios. Era un chico moreno, alto, pero quizás un poco tímido, alguien que no se atrevió nunca a expresar sus sentimientos. Recordaba su cara alargada, su barba incipiente de los dieciocho años, que, aunque nunca se atreviera a dejar florecer, él gustaba imaginar más crecida, y recordaba también su andar pausado y su tranquilidad, casi literaria, semejante a esa quietud de las tardes en que, sumidos en alguna sombra, los seres humanos se abandonan a la lectura y leen pasando levemente las hojas. Se acordó de él después de una noche de amor con Norberto, una más de las que su propia historia iba cincelando, una entre tantas otras que, por acostumbradas, ya habían sido secuestradas por la rutina. Siempre los mismos arrumacos, el consabido preludio tras la cena, abandonados a las sombras de la chimenea y, luego, al ascenso emborrachado de las escaleras que, paso tras paso, les conducía a una vorágine entregada al apetito. El recuerdo de Alvaro trajo una frustración sentida, y, a partir de ese noche, Amalia ya no hizo el amor de la misma manera con Norberto. Se dejo llevar, sólo eso.
Nadie podría explicar porqué Alvaro apareció dormido en el bosque de enebros la misma noche nevada que Amalia trajo su recuerdo, pero a partir de aquella noche, Norberto ya no pudo entrar en el bosque y Alvaro tampoco pudo salir de él. Ella, sin embargo, pudo deambular por todo el espacio de la finca. La mañana siguiente a su recuerdo, Amalia se adentró en el bosque porque quería pisar la blandura no tocada, la blancura inmaculada, y, al poco tiempo, observó las huellas de Alvaro, las cuales, sin embargo, pensó que pertenecían a Norberto. Las siguió para encontrarle, pero descubrió a Alvaro aterido de frío. Al principio no le reconoció, pero él sí la reconoció a ella. Le espetó un saludo muy afectuoso que venía del fondo del tiempo. Hasta que no le tocó creyó que era un fantasma, pero la carne de Alvaro iluminaba las sombras del bosque de enebros y la primavera llegó de nuevo al corazón de Amalia. Le preguntó que cómo había llegado hasta allí, pero él sólo supo decir que se había quedado dormido en el camarote de un pesquero que navegaba por el mar de Irlanda y que sólo recordaba que se había despertado en el bosque. Amalia, alborozada por la noticia, imaginando que el sortilegio de su prisión en la casa se había deshecho, cogió su mano para llevarlo hasta Norberto, pero cuando llegaron a la frontera en donde las últimas hojas de los árboles delimitaban el principio y el final de su territorio, ambos descubrieron que Alvaro no podía cruzarlo. Amalia corrió en busca de Norberto para que pudiera comprobar que algo nuevo había cambiado la rutina de sus vidas, pero, cuando llegaron al inicio en donde los enebros comenzaban a cuajar la sombra, Norberto, por vez primera en muchos años, no pudo cruzarlo. Amalia gritó a Alvaro desde el principio del bosque rogándole que se llegara hasta donde ella estaba, pero la voz de Alvaro no podía cruzar más allá del verdor y Norberto no pudo escuchar nada. Ella tampoco. Se adentró entonces, para traerlo consigo hasta el primer árbol persuadida de que Norberto podría ver a su amigo, pero el bosque, de pronto, tejió una tupida red de ramas que impidió cualquier posibilidad de que los dos hombres pudieran verse. Amalia le juró a Norberto que lo que contaba era verdad, pero Norberto prefirió no creerla. Se dijo así mismo que todo obedecía a un espejismo, a la necesidad que ella, como él, tenía de los otros. Más reducido que nunca, eliminada la posibilidad de adentrarse en el bosque, Norberto decidió no prohibir a su mujer que llevara comida a su ser imaginario, pero era cierto que Alvaro habitaba por entre las sombras de los enebros y esa era su isla, la que, al igual que a los otros, había reducido su existencia. No podía explicárselo, pero Amalia sí. Simplemente sucedía que le había traído del fondo de los sueños y, como si de una piedra hundida que reflota se tratara, Alvaro emergió a la superficie del estanque. Ni siquiera dudó que fuera una ilusión creada por la mente, algo irreal aunque tangible, -de hecho el cerebro podía engañar miserablemente a las personas, sin compasión de su debilidad-; no lo hizo, no porque no pudiera explicarse un fenómeno más allá de lo racional, sino porque, simplemente, y eso sí que se le antojaba una evidencia, Norberto ya no podía adentrarse en el bosque de enebros.
Todos los días le llevaba comida y ropa limpia. Era benéfico para ella tener alguien más en quien pensar, aparte del propio Norberto, quien, por otra parte, no la echaba de menos cuando, por las tardes, ella se diluía en las sombras tejidas por los árboles. De pronto, el bosque se había convertido en un mundo aparte, en su universo y, dentro de ese universo, refulgía una estrella. Amalia y Alvaro se entendieron rápido, sus mentes parecían haber vivido lo mismo, sentían y respiraban el mundo percibiéndolo en unísona sincronía, amaban las mismas cosas y odiaban cosas parecidas. Eran semejantes y él, por alguna razón insospechada, estaba escondido. No porque ella lo quisiera, o no al menos porque lo quisiera en un principio, sino porque, simplemente, lo quería el destino. Alvaro le explicó que hay un mundo soterrado por los secretos y que los secretos sólo están al alcance de los que han sido elegidos para comprenderlos. Hay mundos que nos son revelados y otros que se nos ocultan, le dijo. Ella quiso pensar que Alvaro era el duende de su bosque, un ser milenario por el que no había pasado el tiempo, alguien lleno de sabiduría que quiso imaginar dotado de las mejores virtudes. Pero Alvaro era humano y ella quizás no se dio cuenta.
La vida cambió para todos a partir del día que Alvaro llegó al bosque de enebros. Con el paso del tiempo, Amalia se enamoró de él nuevamente y empezó a odiar a Norberto. Las noches de amor se convirtieron en un desencuentro y su alma se evadió de su cuerpo siempre que su marido ocupó sus espacios, siempre que llenó sus huecos. Un día, Norberto se enfadó mostrando ira y Amalia huyó al bosque. Buscó a Norberto por entre las sombras hasta encontrarlo dormido y le despertó para amarlo. La luna se colaba tímidamente por entre las copas de los árboles, lo suficiente para realzar el perfil de los cuerpos desnudos. Había llegado la primavera y el tiempo era más apacible. Amalia le devoró como nunca lo había hecho antes y, a partir de entonces, Alvaro y Amalia vivieron en un sólo cuerpo y en una sola mente. Sólo que no podían salir del bosque, ni siquiera para buscar comida, pues Amalia, desde que amó a Alvaro, tampoco pudo cruzar más allá de los árboles y, desde entonces, Norberto se quedó solo. El alimento dejó de constituir una preocupación para ellos porque se alimentaron de las raíces de los enebros y bebieron su savia y pronto aquel lugar se transformó en un nuevo paraíso.
Pasaron juntos todos los años que les quedaban. Norberto, sin embargo, vivió y murió solo porque nunca había tenido sueños que le trajeran sucesos del tiempo pasado, no había amado nunca, -ni siquiera a Amalia-; fue incapaz de traer a alguien a su reducto y vivió confinado, pagó el pecado original de ser práctico, egoísta y soberbio. Pero no lo echó de menos, ni echó de menos nunca más a Amalia. Imaginó que habría muerto de hambre en el bosque, que se habría enraizado en su locura, pero sin embargo, lejos de esto, Amalia vivió feliz y nunca necesitó salir del bosque. Poco a poco, los amantes fueron perdiendo movilidad. Un día descubrieron que no podían moverse. Sucedió en un claro del bosque, el lugar que había sido destinado para ellos. Al principio se asustaron, pero luego comprendieron que morirían de una forma más original que el resto de los humanos. Lo supieron poco a poco. Hay veces que es bueno saber las cosas por momentos, y, entonces, cuando se trata de desentrañar las capas más misteriosas del tiempo, esas que desvelan los secretos, la paciencia resulta buena consejera. Su cuerpos se fueron transformado paulatinamente, y poco a poco se hicieron vegetales, pero tuvieron tiempo para darse las manos y, entonces, sus brazos se engrosaron y se endurecieron, se convirtieron en ramas y les crecieron otras. Ellos mismos crecieron. Poco a poco, como crecen los enebros, se convirtieron en árboles, perdieron el lenguaje, mudaron al silencio de las estrellas, y habitaron el bosque. Todo fue poco a poco, como una danza de la nieve en el invierno, pero todo fue bello y secreto. Fuera del bosque, el mundo nunca supo de ellos.

El reencuentro con un poeta puede producirse en cualquier momento. Lorca es uno de mis predilectos, al punto de que le he destinado un anaquel exclusivo en la biblioteca, lugar donde reposan sus libros. Hacía tiempo, sin embargo, que le tenía en el olvido. Todo cambió ayer jueves, un día ordinario. Como siempre, Eva llegó a casa a eso de las nueve menos veinte de la mañana. Venía triste porque había muerto una prima suya, pero se puso enseguida a hacer las labores primeras de la casa. Para consolarla, le sugerí que lo importante no es vivir mucho tiempo, sino hacerlo con intensidad. Entonces me llegó el rebufo del recuerdo del asesinato de Lorca, aquél sacrilegio literario impuesto por la sinrazón de las armas. Me vino a la mente la frustrante privación de uno de nuestros más grandes genios literarios.
En tres o cuatro zancadas me llegué a la biblioteca y tomé una vieja antología que conservo. Se trata de un libro desgastado, raído, teñido de amarillo por el tiempo, muchas veces leído y releído. Solía llevarlo de viaje cuando era más joven. Regresé con él a la cocina justo en el momento en que mi café con leche rezumaba ese olor penetrante al albor de la mañana. Comencé a leer en voz alta para Eva. Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, el romance sonámbulo. En esto se levanta Blanca, la pequeña de la casa, morena de verde luna, gitana donde las haya. Me sorprende leyendo. Mi memoria trabaja de pronto para ella. Estoy en el Romancero Gitano. Recuerdo un poema precioso titulado " Preciosa y el viento". Cuenta el episodio de una niña pequeña que huye de un viento que la persigue con la intención de hacerse con la rosa azul de su vientre. ¡Corre preciosa, corre!. Preciosa corre deprisa a la casa del cónsul de los ingleses. Le dan un vaso de tibia leche y una copita de Ginebra que Preciosa no se bebe. Fuera, el viento furioso y frustrado, las tejas de pizarra muerde. A Blanca le encanta el poema. Quiere leerlo y lo hace.
De pronto, recita con su voz de niña. Me resulta conmovedor escuchar su voz inocente leyendo éste poema. Le encanta, lo lee y lo relee; me pide que lo haga yo de nuevo. Leemos otro. Prescindo del tiempo, lo anulo. Me da igual llegar un poco tarde al despacho, pues quiero aprovechar este instante de nuestras vidas en que Lorca, después de un tiempo olvidado, reverdece. Todo se hace delicioso, pero el tiempo exige la vuelta al cole. Son las nueve y veinte, hemos disfrutado de un desayuno histórico, y pienso que tengo que contarlo porque estas cosas no pasan siempre.
Tras el día llego a casa por la noche. En este tiempo las niñas suelen leer sus cosas. Blanca me espeta que quiere leer poesía, que quiere leer a Lorca de nuevo. Tomo otro Romancero Gitano más nuevo, ilustrado con dibujos del propio poeta, pero también un libro mío editado hace algunos años por el Grupo Muriel. Le propongo las dos lecturas porque quiero escuchar de sus labios mi poesía. A ella le encanta Lorca, sobre todo la poesía de Preciosa. Mis poemas son más abstractos y más difíciles y no la obligo, si bien lee algunas estrofas. ¡Qué bien suenan en ella, en su caverna inocente!. Nos hemos acomodado en el salón refugiados entre cojines y tenemos también música clásica de fondo. Poco a poco, Blanca se va cansando, pero el poema de " Preciosa y el viento" ya lo lee de corrido, con pasión. Estoy encantado de que esto haya surgido espontáneamente, como una flor. Luego, se va a la cama.
Algunas horas después la descubro dormida en la cama de su hermana, lugar donde encuentra refugio cuando tiene pesadillas. Quizás se ha dormido imaginando al furioso viento persiguiendo a Preciosa y eso la ha turbado el sueño. La cojo en brazos y beso a mi preciosa morena gitana, tan pequeña, la devuelvo a su cama. Lorca ha renacido por un día, inmenso ha surgido del pasado, la bala aquella que lo matara nunca lo hizo. Algunos, los grandes, los verdaderos literatos, los verdaderos monarcas, disponen del tiempo eterno porque no pueden morir. Resucitado en el corazón de mi hija, vive de nuevo, ella lo ha hecho renacer frente a un pelotón de fusilamiento, todos cobardes, muertos todos, ellos sí, para siempre.

Con mi inglés muy pobre, he posteado en el blog de Obama, donde tengo mi propio blog apoyando su candidatura. Os dejo el testo en inglés con mis excusas por las faltas.
WITH THE OBAMA´S CHANGE FROM SPAIN
THE SPAIN EXPERIENCE COMING FROM THE OLD PASS TO THE USA PRESENTBy Guillermo from Spain - Apr 7th, 2008 at 4:58 am EDT
Spain, my country, has a great experience in racial cuestions that cames from the humanity midle age times. Over all I have to say that Spain was normaly invaded so many times across his old history. Grece peoples, roman peoples, muslim peoples, visigotic peoples, always we have fight defendig our land, but, at the end, we have had always the experience of mixture because of the married between all races. That is so important for undestand how our culture can live with others cultures and other races in peace. War and peace, both of this concepts write our history. In the pass the town of Toledo, main spanish town situated in the center of the nation, lived in armony witn tree cultures: cristians, muslims and judges, and with the pass of the time the tree cultures mixtured itselfs married each one with another ones, all in the way to the normal way of live. My blood has judges, muslims and cristiams components in my ADN, that is the cuestion. Whites and blacks and browns, gets our society little by little walking for the ecuality. It is the secret. Then, we get the new world discovering America with Colón and build a mixtured civilization married with the indian people. Like in old times we did not dislike the diference between races and consolidated the criollo´s race created between spanish and indian south american people. When you mixture something you are prepared for understand the diferences, but when you don´t that, it happens the inverse.
In my opinion the english spoken people´s never have mixturesd the races. Not in the English empire, but not in the USA case. That is the problem. The english empire was an economic colonization, not a empire looking for the culture expansion, not looking for the human rights. In sixteen century my country build an empire that contains ecuality between all peoples, over all from times of father Bartolomé de las Casas and Francisco de Vitoria, who were interesting in human rights for indian people. This is the begining of the international law, the first steps. Your American north adventure consolidated the expansion across the west, but without indian people´s first, and without black´s slaves then. Never whites married with indian or black people and, that fact, is so important for understand the present moment in USA history. Fourteen years ago a black leader like Lutero KIng was killed, and JFK was killed to, both of them defenders of black´s human rights. Now, with others manners..., the black cuestion persist in USA, the first nation in the world. How it is possible?. It is normal to be worried for the cuestion that a black man, but a good man, is defending the runnig to the white house?. We are in XXI century, not in middle age, we are in a diferent world build from the human rights and from the American revolution and french revolution, we are not in the old history. We need to understand this cuestion, we need to think that the human soul has not colour, is human, but is not white or black or indian or muslim, is simply human soul created by God in sames conditions.
I support Obama´s race. I want a black house in Wassingthon D.C, now the main town in the world, but i understand that american peoples need to read the human history, not only the USA history, needs to incorporate our experience to your experiences. It is not easy, but it si posible and, naturaly, we can. From Spain, the older country in the world. Guillermo de Miguel.

Hay instantes que permanecen grabados en nuestra memoria como una foto fija que el cerebro guarda y recuerda. Hasta tal punto esto es así que podríamos recorrer nuestra historia mirando por dentro esos instantes que conservamos, momentos quietos, fijos y sin movimiento. El movimiento no se recuerda, no se mantiene vivo en el reducto de la memoria, pues, en caso contrario, podríamos pasarnos la vida recordando las cosas en movimiento y, entonces, recordar se convertiría en una corriente que no podría pararse. Viviríamos para recordar si recordáramos la vida como un río en movimiento. Por eso la naturaleza sabia ha preferido retener instantes, momentos de especial intensidad. Cada uno tenemos los nuestros.
Los instantes más marcados suelen relacionarse con experiencias primerizas. El primer día de colegio, el primer beso, la primera torta, la primera vez que vimos a alguien muerto, el primer cuaderno, el primer contacto con un amigo, el primer viaje en tren, qué sé yo...cualquiera está lleno de recuerdos de ese calibre. La virginidad consiste en no atravesar la barrera que hace de un momento presente la primera ruptura con un pasado que nunca había satisfecho cualquier aventura nueva, pero nadie que viva puede permitirse el lujo de mantener incólume la virginidad en todos los aspectos de su vida. La vida requiere valentía, cierta osadía que nos impulse a romper el circuito de la prudencia. Algunas veces cometeremos errores y otras nos impregnaremos de un flujo benéfico de acierto, pero todo nos conducirá inevitablemente a la sabiduría. Al contrario que el recuerdo aquietado que conservamos en nuestro interior, la vida se resuelve andando y, del andar, queda la huella.
La memoria de los instantes amargos, esto es, la conservación de nuestros errores, refleja nuestra humildad del mismo modo inverso que su olvido construye nuestra soberbia. Nuestra naturaleza se delimita por la experiencia, nacemos vacíos, respondemos de un hueco de tiempo enorme que hay que rellenar, y ese pasado que crece inexorable se hace poco a poco espíritu, nos desmaterializa. Si al principio éramos cuerpo, vamos caminando hacia la luz intangible de lo espiritual y, entonces, poco importa que se degrade este continente que disponemos para la despensa de los buenos y los malos recuerdos.
Cuanto más tiempo vivimos más llena parece la despensa, vivir es una carrera que no se puede detener en modo alguno y nuestra actividad va languideciendo a medida que los años pasan. Si el niño crece actuando, el hombre viejo detiene su acción para instalarse en el recuerdo, pero, ese momento sublime en que la memoria preserva instantes para la reflexión sabia y la consecuente extracción de las conclusiones finales, solamente es posible si previamente hemos vivido actuando, construyendo sucesos, respirando la atmósfera de la vida. El movimiento raudo de la corriente tiende a detenerse, pues así lo marcan las leyes físicas. La bola que arrojamos parecerá marcada por un ritmo inevitable, pero no es cierta tal conclusión si seguimos su curso y observamos que, al final, siempre de detiene.
Un día tuve de frente el cuerpo yerto de mi padre, ya sin movimiento, y esa impresión se me quedó grabada con fuego. Su fin era un poco el de todos, pero pocos años después nacieron mis hijas atravesando el umbral de su primera puerta, una puerta natural llena de sangre y, entonces, mi memoria registró su cuerpo alzado en brazos por la comadrona, observé el nacimiento de un río del mismo modo que antes asistí a la desembocadura del río paterno. A medio curso de mi propia vida soy consciente de la importancia de los instantes, si bien, aún no me recreo en ellos más que el tiempo justo que el caminante tiene para descansar. Tal es la inercia.

Ya no quiero entender el mundo. No lo abarco. Me conformo con la construcción del hombre en que me quiero convertir, disfruto de este anonimato en donde encuentro refugio y resulta que la lentitud se ha convertido en un experimento necesario. Adoro la lentitud, la pausa que nos permite observar nuestros movimientos. Me afeito lentamente y lentamente me ducho, leo, paseo, nado, hablo, medito, y hasta me canso, pues lentamente me he ido cansando del mundo y hasta del propio idealismo que antes lo sustentara. He concluido que el mundo podría existir sin mí, que nada se modificará cuando algún día cierre los ojos definitivamente. Lo único que le aporto al mundo es mi mirada, y desde ella, la interpretación más o menos acertada que yo pudiera hacer.
Mi mirada, como la de todos, resulta una parte infinitesimal de la mirada de Dios. Dios está expuesto en todos los ojos que diariamente se abren mostrando alegría o tristeza, tranquilidad o desesperación, inocencia o perversidad, sombra o luz, hambre o hartazgo. Seis mil millones de miradas son la mirada del creador, si es que, naturalmente, éste existe y todo encuentra causa en él.
La vida es una aventura magnífica en la que cada cual tiene la obligación de encontrar la puerta de salida hacia la salvación. Pero, curiosamente, nada de esto se hace posible si no miramos adentro, si no viajamos al yo más profundo. Hay seres que se han empeñado en salvar el mundo, pero el mundo siempre será el mismo. Lo único que cambia es nuestra conducta dentro del marasmo. Quizás, si me apuran, hasta tiene sentido un mundo revuelto si es que el injusto desorden existente tiene como fin que cada individuo encuentre una respuesta al drama de la vida. Y en eso me hallo, dejo aparte el mundo televisado, es decir, los avatares de la Historia servida en tiempo real y en nuestro propio cuarto de estar con el único objeto de que sobre ella nos distraigamos. La injusticia del mundo tiene por único sentido motivar nuestra respuesta interior, sólo eso. Los poderosos, seres inseguros y débiles, siempre estarán ahí para proyectar sobre nosotros sus frustraciones, pero nosotros, como el clásico griego (no sé si Diógenes), siempre podremos decirles que se aparten un poco para no hacernos sombra mientras tomamos el sol.
Voy encontrando cierta tranquilidad apetecible a pesar de las cosas que no me gustan. No se puede luchar contra una corriente brava que impone delante de nosotros lo injustificable, ni se puede luchar contra una sociedad que quiere prescindir de la autoridad sabia, del magisterio de los que más saben. Frente a esta osadía de una sociedad que quiere decidir por sus gobernantes, y frente a unos gobernantes temerosos que deciden esperando el asentimiento de los ciudadanos, nada puede hacerse a salvo de encontrar refugio en uno mismo.
El padre de Mari Luz, la niña asesinada, representa uno de los más claros ejemplos de lo imposible que resulta al político luchar contra la dignidad, y un ejemplo, al mismo tiempo, de cómo podemos afrontar la injusticia desde la sutil construcción del espíritu. Un hombre sencillo, pero inteligente y sabio, dotado de un sentido común inaudito, es el ejemplo de lo que debemos hacer. Construirnos hasta el punto de que nuestra dignidad, por no tener marcha atrás, no pueda ser adquirida a precio del mercado. Frente a cualquier circunstancia dramática, sólo nos salva nuestro interior, pero ese interior sucede que no se improvisa, antes responde a un largo camino basado en muchas renuncias y en alguna que otra aceptación. Es el orgullo del corazón, propio de los hombres honestos, lo que nos salva. Es el orgullo de las maneras, propio de los necios, lo que nos conduce al abismo del verdadero infierno. En una sociedad como la nuestra, en cuyo seno la vanidad tiene asiento, las maneras se antojan formas, simples formas que pretenden ocultar nuestro interior más débil. Ya no quiero entender el mundo. Me conformo con intentar encontrar mi fortaleza.


Del alma enamorada vagando por las sombras
sabe el amante alado que vuela sin las alas
y en medio de la noche su corazón destroza
cayendo a los abismos donde no encuentra nada.
Sabe de besos viejos el sediento que torna
en medio del desierto a la soledad larga,
recuerdo de los labios que fueron sus esponjas
que leves gotas daban aliviando su marcha.
¡Ay de todos sus pasos caminando en la arena,
rogando a los cielos que volviera su dama!,
¡Cómo hundía sus huellas pesadas por la pena!
¡Cómo el sol le sembraba con sus rayos las llagas,
cómo herían los dardos porque ya no estaba ella!
y cómo andaba lento buscando luna llena!

Amor cabalgando por las estepas,
soberbio trotar de dos jinetes,
contemplo yo claros los ojos de hembra
ansiosa y bella, su buena suerte;
Húmeda resbala su entrepierna,
sudor de caballo puro y de siempre,
jugoso su sexo abre la estrella,
desnuda muchacha se me pervierte.
Que la luna le abre las sienes puras,
desorbita maneras, la descompone
en música y esferas, fragancias suyas.
La redonda curva que la contiene
se deshace en manos que la conturban,
trota el caballo, los astros duermen.
" Ponte Veccio Palencia 28.03.2008"
De regreso de las vacaciones me traigo un soneto que he compuse en el Palacio de Congresos de Oviedo. Espero que os guste.
En ti está el uno que manda el alma,
la calma suprema, la voz que alumbra
entre la penumbra y trae esperanza;
universo entero y claror sin bruma,
alborada tuya que en ti se estanca
y en su quietud colma haz de esperanza;
es la infinitud recién contada
que empieza su rumbo a eternas sumas,
es el amor cumbre haciendo cima,
es la ensoñación perdida en sueños,
las alas libérrimas volando unidas,
es aquella hondura cernida en verso,
es nuestro horizonte cuando termina,
es lo que se abarca mirando adentro.