Libro de Arena
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LA VOZ CRÍTICA

Versión metacarpetovetónica de la literatura (o posiblemente todo lo contario)

EL RETORNO

Huido del Hades, esquivando a Cerbero, reptando por la noche a la luz de una luna violeta, vuelvo a retomar esta página en la que, en muchos momentos, dude que volviera a escribir.

He purgado mis penas. He sudado mis dolores. He purificado mi conciencia. Precariamente, he podido viajar, aunque (por primera vez) no me satisfizo. He conocido gente que me ha sorprendido, he comido platos de otras cocinas, he desarrollado un poco más mi misantropía (que triste es la estulticia humana) a pesar de que (paradójicamente) he comprobado que aunque el ser humano tenga diferentes culturas, no somos tan distintos unos de otros, cuando nos comunicamos… aunque sea con dificultad (¿Verdad, amigo egipcio?)

Los dolores no me han abandonado, aunque algo han remitido. Sin embargo los médicos no saben decirme que tengo (o como los puedo remediar, que es lo más importante); lo achacan a los nervios, a una piedra en la vesícula, al barro biliar o al ciclo lunar de este siglo para, finalmente, se encogen de hombros para decirme que no le de importancia. Por una vez les hare caso y por eso me he decidido a volver a escribir en LDA, era una defección el abandonar. Se lo debo a mi mujer y a mi hijo. Y sobre todo a mi madre, esa abnegada y sufrida mujer, que con todos sus defectos, me ha querido, ayudado, apoyado y jamás se ha quejado por todos los malos pagos que ha recibido de mi, su único hijo. Sólo me queda ella de mi primigenia familia y por su edad, desgraciadamente, muchos años no podré disfrutar de su compañía.

Y a todos los que me escribisteis cuando decidí abandonar, GRACIAS, probablemente sin ese apoyo, no hubiera decidido volver a guerrear.

Intentaré escribir más y no dejarme vencer por la molicie y la vaguedad, aunque viejos fantasmas me ronden y perturben mis sueños.

Me alegro de volver a casa, pero como decía Primo Levi, en La Tregua:

Es un sueño que está dentro de otro sueño, distinto en los detalles, idéntico en la sustancia. Estoy a la mesa con mi familia, o con mis amigos…. En un ambiente plácido y distendido, aparentemente lejos de toda tensión y todo dolor; y sin embargo experimento una angustia sutil y profunda, la sensación definitiva de una amenaza que se aproxima

Espero que el temor no me atenace, ni me paralice.

Saludos afectuosos.

ADIOS

Fue bello mientras duro. Hoy he decidido cerrar esta página. mi salud esta últimamente bastante deteriorada y rara vez me permite sentarme delante de la pantalla. Así que Acta est fabula!

Cierro el telón, no si antes recordar a todos con los que he intercambiado opiniones y comentarios en este breve lapso de tiempo, a todos y cada uno de ellos mi mas sincero agradecimiento. Me hubiera gustado escribir más, pero leo más deprisa de lo que puedo plasmar. Ahora ya da igual.

Me gustaría ser más original en mi despedida, pero son unos versos que me gustan mucho:

Anima vagula blandula,

Hospes comesque corporis,

Quae nunc abibis in loca,

Pallidula, rigida, nudula,

Nec ut soles dabis iocos

(Alma vagabunda y cariñosa, huésped y compañera del cuerpo, ¿dónde

vivirás? En lugares lívidos, severos y desnudos y jamás volverás a

animarme como antes.)

ADRIANO

Hasta siempre, no se si será un enclaustramiento breve o definitivo, los hados lo dirán...

Saludos afectuosos desde el corazón de las tinieblas

CUMPLEAÑOS.........

Son las once de la noche del lunes 14 de junio de 1971, en un hospital cualquiera de una ciudad como puede ser cualquier otra. Mediante una cesárea (el parto es muy complicado) nace el único vástago de un feliz pareja que lleva 15 años de matrimonio. El niño nace con dos vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello. Tarda un tiempo en reaccionar, pero finalmente lo hace, rompe a llorar con fuerza. Y de repente, un día reaccionas y te das cuenta de que te aproximas vertiginosamente hacia los 40, los míticos y temidos 40. Bien es verdad que aun me quedan tres años en los que seguir considerándome treintañero (que palabro más feo), pero no acabo de acostumbrarme a cumplir años.

Obviamente sería peor no cumplirlos, pero hace mucho que no me gusta celebrar este día, y desde unos años a esta parte, en los que la guadaña empezó a visitar a mis seres queridos, aun me duele más cumplirlos.

Hoy me encuentro con una familia, una hipoteca y mala salud (desde que cumplí los 30 no he levantado cabeza), sintiéndome como Gregor Samsa por la mañana, Josef K. por el mediodía y Sisifo por la noche (o quizá al reves).

Recordando que el vicio que me corroe por los libros, se lo deba a las primitivas lecturas de signos que apenas comprendía en los periódicos que compraba mi padre (cuanto te echo a faltar, cuan añorada me es tu presencia), a los Piratas de Malasia de Emilio Salgari, a una adolescencia perezosa y desganada de perdidas lecturas (y perdidos tiempos de la misma) entre las bazofias de Stephen King y la saga de la Fundación de Isaac Asimov. Años después tras sentirme defraudado por muchos libros, descubría El Lobo Estepario de Hermann Hesse y me vi reflejado en él. Encontré en aquel personaje (Harry Haller) a mi otro yo, mi alter ego, la personalidad adusta, misántropa y pesimista que en mi anidaba y decidí dejarla salir. Di muchos tumbos hasta que encontré a mi ángel de la guarda que me arrancó de un lado oscuro al que me estaba asomando demasiado habitualmente, hoy tras 15 años de relación y aunque a nuestra historia se haya incorporado un pequeño, cabezota y encantador nuevo miembro, aun me sigue emocionando.

Ya cambié de gustos literarios y añadí a las alforjas de mi viaje otro tipo de literatura (Mann, Stendhal, Chejov, Sebald, Marías o Vila-Matas), aunque siga atiborrando mis estantes con mucho de lo que se publica de la historia de Roma (Gibbon y Mommsen incluidos) y la siniestra afición por la literatura concentracionaria. Y aquí me encuentro yo, un sábado por la noche, sentado frente a un monitor, junto a una humeante taza de las hierbas digestivas que me obligo a ingerir para no tener malos sueños, y por toda celebración natalicia, contando al ciberespacio, Dios sabe que cosas, que probablemente no le interesen a nadie, ni falta que hace.

Quizá me siente en el sofá, tras darle el último beso del día a mi hijo, cuando todos duerman y mi estomago me impida estar en posición horizontal, cuando la hora de las brujas ya haya dejado paso a siniestros ruidos que se escuchan provenientes de noctivagos salvajes, empeñados en destrozar sus tímpanos, sintiendo la juventud en su sangre (ya despertaran bruscamente de su sueño y verán lo efímero que es todo), vagando entre las sombras de la noche; empiece a leer La tregua de Primo Levi, y mientras rememore aquel calvario sufrido por tantos, me ponga a pensar en todo lo que ha pasado, en los amigos a los que nunca volveré a telefonear, en los conciertos de rock en los que el alcohol corría con demasiada profusión, en las ilusiones y sueños que nunca se cumplieron, en todo aquello en lo que creía y hace tiempo que murió y quizá, sólo quizá, aspire el ficticio humo de un cigarrillo que nunca encendí, frunza el ceño, esboce una irónica sonrisa y un leve toque de melancolía sacuda mi cuerpo y me haga sentir vivo de nuevo y aunque sea brevemente, me haga comprender que todavía queda mucho por hacer, mucho por hablar y, sobre todo, mucho por leer.

Así pues, brindo por mi trigésimo séptimo cumpleaños, que sean muchos más y que todos los que quiero los vean.

Saludos afectuosos a la profundidad de la noche.

A LA BASURA...

Sonó el móvil. Era tarde, sobre las 11 y media de la noche y me disponía a dejarme caer, tras conseguir dormir a mi hijo, en los brazos de Morfeo. Era mi cuñado, que me llamaba desde Barcelona (vive allí, como dice él, es "emigrante") venía del coro en donde ensaya los jueves por la noche. Me sorprendió la llamada, pero más me sorprendió el motivo. Iba caminado el par de kilómetros que separan el lugar de ensayo de su piso y vio algo que le sorprendió muchísimo y me llamó. Entre divertido e indignado me contaba que al lado de un contenedor de basura figuraba toda una colección de libros, presta y dispuesta para ser devorada por alguna trituradora de algún anónimo camión de la basura. Sorprendiéndome y cabreandome al unisono, le anime que desenterrara del olvido y viera si merecían ser salvados de su triste final. "Nada, novelas desconocidas y de escasa calidad" dijo socarronamente . . . "Crimen y castigo", "Los hermanos Karamazov". "Rojo y negro", algún volumen de "A la búsqueda del tiempo perdido" o una versión en cuero repujado de "El Quijote". Bramando maldiciones por semejante acción, le anime a que cargara con tan pingües tesoros y me proveyera de algunas de estas joyas literarias condenadas al basurero, dejándolo con fuliginosas manos. Aunque leídas la mayoría, no tengo una ejemplar de casi ninguna (sobre todo de los clásicos rusos).

Desgraciadamente la hora, la circunstancia y el largo trayecto que aun tenía que efectuar hasta su casa, hicieron imposible el recuperar todo lo que hubiera sido deseable, pero libramos del fuego destructor algunas obras maestras.

Ayer me trajo Rojo y negro de Stendhal y cual fue mi sorpresa, al ver que el libro ¡estaba todavía envuelto en su plástico original! y era una edición de . . . ¡1973!. Stendhal estará revolviéndose en su tumba y con razón...

Hace poco me narraron una anécdota similar, en un instituto (omito el nombre y el lugar), decidieron que la mejor forma de renovar la biblioteca era lanzar al olvido del contenedor los libros que les sobraban (sic), quien me lo contó, pudo poner solución a semejante desaguisado e hizo entrar en lógica a semejantes postulantes de dicha sinrazón. A pesar de esto, alguna fechoría se cometió,pero se pudo salvar algunos cuentos de Chejov y algunas obras de Dumas.

Flamígera venganza se me ocurrió ante tamaña desvergüenza, más, para que gastar energías que no me llevan a ninguna parte. No es, sino pábulo de los que nos rodea, en donde antiguo es sinónimo de feo, de obsoleto y todo aquello que tiene más de tres meses es sospechoso de estar pasado de moda.

Cuanta estulticia hay. Las campanas negras del infierno, doblan por nuestra civilización.

Mis pesadillas

Hoy tengo el alma triste y oscura, por eso mis pensamientos son negros como la noche y escribo esto:

El viejo monje escribe lentamente en su scriptorium, dentro de su torre de marfil, historias de eras ya olvidadas. Una solitaria vela ilumina la estancia. Tiene prisa por acabar, pues sabe que su tiempo esta próximo.

Fuera hace frío, el viento grita, golpea en las ventanas, llueve, resuenan truenos, pero a el no le importa.

Recuerda tiempos mejores, recuerda que cuando era joven tenia fe. Hoy ya nada de eso importa. Nunca fue un santo, pero tampoco es un mal hombre.

Grazna un cuervo en la noche, se asusta. Ha estado mucho tiempo escribiendo, le duele el alma. Ángeles y demonios bailan y luchan en su mente. Su cabeza esta a punto de estallar, pero no puede parar. Debe dejar constancia y prevenir a los que vengan después de el…

‘Ven a mi, ven…’ murmura una voz. Se sobresalta. Sabe que viene a por él. Hace años que lo espera, los tiempos están cercanos y deberá cumplir su parte del pacto.

Esta dispuesto a pagar por sus pecados y entregar su impía alma., pero no todavía, aunque sabe que no puede escapar a su destino.

‘Ven a mi, ven, no tengas miedo’ grita la Voz en su cerebro. ¡Ven a conocer la Oscuridad, ven y descubre la otra cara de la Verdad.’ Ven a probar el dulce dolor del hielo, siente como se quema tu cuerpo y conoce el infierno del que hablaba Dante.

Se agita sobre el libro, deja la pluma y, trabajosamente, se levanta y camina hacia la ventana. La angustia lo invade, el dolor se apodera de su pecho. ‘Te estaba esperando hace tiempo, pero, no deseo tus fatuas promesas. Vete. Eres el rey del engaño, de la mentira, nunca cumpliste lo prometido…”

Ven, ven a mí y cumple tu destino. Cierra el sello y entrégame lo que me pertenece.- crepita una cruel voz.

De repente, como si de él tirara una fuerza sobrehumana, salta por la ventana destrozando los cristales. Mientras cae va gritando. ‘¡Vuelo, en el nombre de Dios, mi padre yo vuelo!’.

Vuela, hijo mío, vuela y toca el cielo. Consume tu locura y ven a mí. - Ríe la Voz.

Resuenan truenos, llueve, el viento grita, hace frío, pero a el no le preocupa. Yace tendido en el suelo. Es un amasijo de carne y huesos, sus despojos ya no son humanos. Pero levanta una mano, de la que pende una pequeña cruz y señala hacia la luz que lentamente desciende hacía él. La Voz se apaga lentamente …

Ya sólo queda pagar una moneda a Caronte para que nos cruce por la Estigia y podamos entrar en el Hades

Los cuervos lo observan impávidos, expectantes. Los lobos aúllan cercanos, al acecho. Presintiendo un festín.

La Voz ha callado. Una vida cesa, otra renacerá. El Destino una vez más se cumple.

MI PRIMER LIBRO

Hace muchos años, cerca de 30, cuando apenas yo comenzaba a comprender los rudimentos de la lectura me regalaron un libro, mi primer libro: Los piratas de Malasia de Emilio Salgari . Una edición de Edival en Clásicos de la Juventud de 1976, con ilustraciones cada cierto numero de páginas.(Con el paso del tiempo la mayoría de los de mi generación que nos gusta leer tenemos este ejemplar). Me lo regalo una tía mía, mujer de un primo hermano de mi padre, hoy castigada con el Alzheimer (en mi memoria permanecerás), al la cual le hacia mucha gracia aquel renacuajo vivaracho y travieso de cabellos dorados y hoy....

Obviamente no ha sido el mejor libro que me he leído, pero si al que más cariño le tengo. A lo largo de mis casi 37 años lo he visionado varias veces, su estado en algunos costados es lamentable, fruto de la barbarie inconsciente de mi infancia , esta forrado con ese terrible plástico transparente y pegajoso que nos doy por utilizar para salvaguardar algunos libros que en un arranque de genialidad mi añorada abuela ¡le cosió una cinta de punto de lectura hecha de ganchillo! (hoy lamentablemente perdida).

Recuerdo aquella primeras aproximaciones al mundo de lectura, comenzadas con una curiosidad incipiente, alimentada por la visión de mi recordado padre leyendo, persona que aunque tuvo que dejar la escuela a los 11 años, fruto del comienzo de una de las mayores insensateces del ser humano, nunca perdió la ocasión de leer todo lo que buenamente le permitía sus arduas y largas jornadas laborales y mi gozo y disfrute leyendo el naufragio de Kammanuri, el rescate de Tremal-Naik, el cautiverio de Sandokan y su inseparable Yañez para la (obvia) final victoria contra el pérfido James Brooke. También viene a mi memoria la tristeza que me produjo la cruel destino del escritor.

Todo ello creo una incipiente urdimbre que me atrapo en el mundo de la lectura y hasta hoy...

Así como otros libros de otras épocas más canallas y gamberras producto de mi desastrosa adolescencia hoy no han resistido el paso del tiempo y moran en las lúgubres estancias de estantes olvidados, esperando que alguien los remueva y les devuelva la ilusión (la cita no es mía), victimas de mi inicial gusto ecléctico y hoy más asentado. Pero este si, cuando hago pasar sus páginas vuelvo a sentir aquel olor añejo y pretérito que me transporta a mi infancia y, debo reconocerlo, debo hacer un esfuerzo para reprimir mis lagrimas. ¿Porqué anidamos tanto en el pasado, si sabemos que es una ilusión vana su retorno...?.

Después siguieron otros como El último mohicano, las novelas de Julio Verne, en aquellos clásicos ilustrados de Bruguera que hoy se vuelven a editar, o en aquellos formatos de tebeos que resumían (a veces penosamente) obras clásicas (¡Mama! ¿porqué no miraste aquella caja antes de tirarla?) Pero eso es otra historia ...

EL ÚLTIMO ENCUENTRO, por Sándor Márai

Un vetusto castillo, dos ancianos Henrik y Kónrad y una conversación pospuesta largo tiempo. Sándor Márai (seudónimo de Sándor Grosschmidt) considerado en su época uno de los grandes de la literatura europea, más tarde condenado al ostracismo y hoy recuperado por público y crítica, construye con estos sencillos mimbres una historia de recuerdos, de dos representantes de una sociedad que dejo de existir hace mucho tiempo, en un mundo ajeno al que los rodea, pues ya hace tiempo que dejaron de querer pertenecer a él. Dichos personajes con el único testigo de la silenciosa lumbre de los candelabros (este libro lo encontré en la biblioteca del pueblo donde vivo bajo el título de 'A la luz de los candelabros, en una edición de 1966 y cuyo título original es "A gyertyak csonkig egnek" ¡Quien sepa húngaro que desfaza el entuerto!) dejan transcurrir la velada con una reunión largamente pospuestas "cuarenta y un años y cuarenta y tres días" comenta el viejo general Henrik, en la cual se desatan reproches mucho tiempo latentes, en un torrente de sentimientos encontrados, cantos a la amistad perdida y las experiencias dolorosas que vamos dejando en la vereda del camino existencial que es nuestra vida.

Konrad, asiente meditabundo y apesadumbrado a la disertación de su otrora amigo y compañero desde tiempos de la adolescencia.

En esta conversación hay un tercer personaje, Krisztina, la mujer del general, muerta mucho tiempo atrás y causa o efecto de todo lo sucedido, que asiste como sombra impertérrita, como voz ahogada en un mar de sentimientos. Ausente, pero muy presente.

Narrada con una sencillez rayana en lo sublime, esta pequeña joya de la literatura centroeuropea de mediados del siglo XX, nos muestra lo complicadas que son las relaciones humanas, la yuxtaposición de la razón y el corazón que nos lleva a ahondar en los recovecos del alma humana.

¿Quién no ha sentido en sus carnes el dolor de una amistad?

O como decía Plutarco:

No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor

BARTLEBY Y COMPAÑIA por Enrique Vila-Matas

Como me sucede siempre con una novela de Vila-Matas no acabo de discernir entre la realidad y la ficción, no deja de tentarme la sensación de veracidad en sus escritos, pues ambas situaciones, imaginación y verdad, circulan en vías asintotas, que tienden a entremezclarse en el infinito, sin llegar nunca a entrar en conflicto, saltando de una a otra, para al final no decantarse por ninguna.

Tomando de base el personaje de una novela de Herman Melville "escribiente que nunca hace nada, que se pasa las horas mirando un muro, a quien nadie nunca nadie vio haciendo nada" y que cuando se le inquiere por su actitud, siempre responde con un lacónico "preferiría no hacerlo".

Con estos mimbres comienzan a desfilar por los renglones de la obra una multitud de personajes aquejados del, a partir de ese momento, bautizado como el "mal de Bartleby". Enfermedad sobrellevada con mayor o menor fortuna por aquellos que tras haber escrito alguna obra (¡o incluso ninguna!) se les hace casi materialmente imposible escribir más.

Incertidumbre narrada por un alter ego del autor, un heterónimo innominado, sine nomine, que nos va contando sus andanzas tras los Bartlebys , convirtiendo su búsqueda en epitome de la desconfianza en la escritura y del estado comatoso de alguna literatura que nos rodea, al cual muy de vez en cuando le acompaña otros surrealista personajes como Paranoico Pérez, Bartleby contumaz, que afirma no escribir nada porque todas sus ideas 'se las roba Saramago' o su pseudo encuentro con Salinger. Todo ello aderezado con reflexiones señaladas del propio Kafka, acosado por este mal. Lanzándose de forma aleatoria en una búsqueda de todos los bartlebianos y repitiendo la formula que bordea la realidad y la ficción, creando una mixtura dotada de humor y amargura.

He de confesar que habla de varios autores para mi inéditos (o casi), como Joubert, Walser, Bettencourt y otros. Buen libro para los amantes de la obra de Vila-Matas que me ha servido para conocer otra literatura de la cual era grande mi ignorancia... y todo ello para al final descubrir.... ¡YO TAMBIÉN SOY UN BARTLEBY!