Libro de Arena
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INVENTARIO DE LABERINTOS Y QUIMERAS

ERNESTO DE SANTOS

La última vez que actuó en París había recibido el entusiástico aplauso del público. La voz de la crítica fue menos elogiosa, pero él no se dejó inquietar, siguiendo una vieja costumbre. Tampoco se preocupó al recordar que no tocaba las Variaciones Goldberg desde hacía muchos años, ni al aceptar que el último ensayo había sido decepcionante. Lo único que le preocupaba en aquel momento era que tenía demasiado apetito y que la habitación estaba muy lejos de parecerse a las suites lujosas que ocupó en otros tiempos, cuando las mujeres más elegantes se desmayaban en los más elegantes salones al escucharle aquel enervante Debussy, aquel elocuente Liszt. También pensaba en el prominente estómago, imparcial testigo de su regalada vida, y comprendió que se estaba haciendo viejo, que seguramente ya lo era.

Buscó entonces una fotografía que llevaba siempre consigo. En ella reconoció a un joven de veinte años sentado al piano, la mano izquierda alzada, presta para descargar el brillante acorde final, e incluso escuchó el acorde y escuchó los aplausos, y recordó con cuánta efusividad lo besó aquella chica francesa; pero no se acordó de su nombre. Iba ya a ceder al tiránico chantaje de las lágrimas cuando llamaron a la puerta.

No pudo dormir bien. Había cenado demasiado y las Variaciones Goldberg le atormentaron sin clemencia durante toda la noche. Paralelamen­te, se reprodujo el amago de melancolía experimentado antes de la cena y luchó desesperadamente por recordar el nombre de la joven francesa, como si eso pudiera salvaguardarlo de aquel imprevisto acceso de nostalgia.

Se levantó a duras penas. Encendió la luz y la habitación le pareció aún más desangelada. Estuvo tentado de revolver de nuevo en pos de la fotografía, pero comprendió que no era el momento. Probó a desalojar de la mente cualquier pensamiento. Se aplicó a dicha tarea con infinita paciencia, pero el vacío que dejaba cada idea era de inmediato ocupado por otra. Optó al fin por rememorar alguna de las divertidas anécdotas que se habían sucedido en su larga carrera de concertista. En todas halló el áspero sabor de la tristeza. Incluso aquel concierto, cuando olvidó completamente el final de una sonata de Prokofiev y, con buen sentido del humor, se dirigió a su público:

—Señores, no recuerdo ahora lo que sigue. Si alguien fuera tan amable de entonar unos compases...

Ni siquiera este jocoso recuerdo, que tanto había celebrado en otras ocasiones, le hizo sonreír entonces. Era la primera vez que no acertaba a reprimir sus melancólicos impulsos, y esa inesperada impotencia le produjo miedo y desconfianza. Se sentía vencido incomprensiblemente por el presentimiento de la soledad. Quiso consolarse con la decisión de ensayar las Variaciones todo el día siguiente. Así se lo prometió a sí mismo, tras confesarse que había perdido el hábito del estudio mucho tiempo atrás. En realidad, había ido cediendo, cada vez menos apremiado por el pefeccionis­mo inicial, a una actitud más y más relajada. Progresivamente proscribió de su repertorio determinadas obras, movido por un supersticioso temor que acabó por transformarse en la más decepcionante negligencia. No ignoraba que ya era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, pero un noble e inesperado sentimiento le confortó cuando decidió revisar su interpretación de las Variaciones Goldberg.

El suculento desayuno templó por completo su ánimo y casi sonrió al pensar en la zozobra de la noche anterior. Tal vez por esa razón se permitió silbar mientras se afeitaba, uso que siempre había detestado. Buscó en varios diarios. En todos ellos encontró una pequeña esquela anunciando el concierto que, al día siguiente, daría el pianista español Ernesto de Santos. En todos los diarios leyó, casi con idéntica redacción, que había realizado sus estudios en Madrid (con notable aprovechamiento), perfeccio­nándose en París y Viena; que había recibido varias becas y premios internacionales; que había actuado en las principales salas de Europa y América, acompañado por las primeras orquestas y los más prestigiosos directores. En todos los diarios se encontró, en suma, salvo alguna pequeña errata, con una bien conocida historia que, pese a ser la suya, seguía pareciéndole ajena.

Recortó cada esquela como venía haciendo desde que diera sus primeros recitales, y las pegó cuidadosamente en un álbum, junto con otros cientos de esquelas que repetían hasta el infinito, salvo alguna pequeña errata, la historia de su vida.

Las cuatro horas de ensayo fueron una fatigosa lucha contra muchos años de abandono, pero también una purificadora experiencia. Al regresar al hotel, reconoció en el cansancio que le embargaba la sombra de una voluntad y una constancia casi olvidadas. Tuvo miedo al pensar en el inminente concierto, pero supo que en aquel momento de angustia y soledad era feliz como no lo había sido en mucho tiempo. Por un instante creyó entender la historia que tantas veces había leído ensimismado en los diarios; aquella brillante biografía que no reflejó jamás el sufrimiento ni la vergüenza de los sesenta desolados años de su vida. Imaginó que acaso esa esquemática y triunfalista versión no fuera menos real que la otra, la de los cotidianos fracasos y la humillante resignación. Pero pronto comprendió que no podía ser así, porque siempre le había parecido algo demasiado ajeno. No. Él no era aquel venerado artista cuya imagen se diluía en el ubérrimo alud de mil premios y honores. Era más bien ese otro que, impelido por un ancestral temor, jamás viajó en avión; aquél que economizó hasta alcanzar los linderos de la ruindad; que no fue capaz, en los sesenta desolados años de su vida, de experimentar algo parecido al amor.

Por vez primera, y no sin dolor, reconoció ante sí mismo que ninguna elegante mujer se desmayó jamás en ningún elegante salón al escuchar su enervante Debussy, su elocuente Liszt. Incluso llegó a dudar si en efecto recibió un día los efusivos besos de una chica francesa. Pero se concedió que al menos esto último debía ser cierto, porque aún no lograba recordar su nombre.

Supo que iba a ser demasiado difícil, demasiado doloroso, desarticular aquel mito, aquella ingente mole de pequeñas e inofensivas patrañas. Supo que acaso no tendría ya tiempo. Sólo en ese momento alcanzó a medir, con la irrepetible lucidez del agonizante, cuánto había amado la música, cuánto y con qué inexpresable sufrimiento. Sólo en ese momento supo, sin vacilación ni vergüenza, que jamás había amado otra cosa sino las mil partituras que cercaban pentagrama a pentagrama todos los actos de su vida. Y supo que odiaba ese ajado y triste sentimiento, que había en él mucho de mezquindad; que era un amor demasiado solitario para ser hermoso. Pero quiso aferrarse pese a todo a esa única pasión de su vida.

Las noticias que tenemos del concierto, si bien repiten hasta la saciedad una historia tan familiar como extraña, registran el nuevo y notable éxito de Ernesto de Santos en París. Nada nos cuesta suponer que, finalizado el recital, una entusiasta joven francesa se acercara al maestro y lo besara efusivamente.

ESTAMPA

A veces las acacias crecen en ninguna parte,

hunden sus raíces en plazas olvidadas

no lejos del pobre rincón donde un muchacho

se obstina en descifrar el mundo.

¿No habéis sentido ese vértigo

cansado como la hoja oxidada de un cuchillo?

¿No habéis escuchado el eco de una voz

que horada el zumbido de la tarde

con acentos de sepia y lejanía?

Difuntos amores, como dijo el poeta,

pequeñas cosas muertas en un lugar equivocado,

irreales si no fuera por la lluvia.

tristes acacias en imposibles plazas.

A TI

No te pido grandes cosas, amor.

Lo justo apenas:

un latido cercano,

una palabra,

un signo esperanzado de tu boca.

No te pido grandes cosas, ya ves.

Sólo lo necesario para seguir viviendo.

También que impulses los planetas

en lo más alto de tu cielo;

que el tiempo no hiele tu sonrisa;

que llueva mansamente sobre mis tardes

a las cinco en punto, amor;

que amanezcas cada día sobre nuestros ojos

e inundes de luz mis calles de niño.

Ya ves, no pido mucho.

Sólo el pan de tus labios,

el tibio aliento que dura lo imprescindible

para saberse vivos.

No te pido grandes cosas, amor.

Lo justo nada más.

Que dibujes con un dedo las estrellas,

que me des a beber los vientos.

Pero no, nada de eso pido.

Sólo que no me faltes nunca.

MÚSICA CON HISTORIA (1)

SAMUEL BARBER

Adagio para cuerdas, op. 11

Samuel Barber (1910-1981) fue un compositor estadounidense que, lejos de las vanguardias imperantes en su época, frecuentó modelos inspirados en la música clásica tradicional. No en vano su estilo ha sido denominado "neorromántico".

En 1936 compuso un Cuarteto para cuerdas en si menor, cuyo segundo movimiento, adaptado para orquesta de cuerdas a petición de Arturo Toscanini, alcanzaría enorme popularidad. Fue estrenado en 1938 por el genial director italiano al frente de la orquesta de la NBC.

Además de escucharse en las salas de conciertos de todo el mundo, ha sido utilizada como banda sonora en diversas películas (Platoon o Amelie entre otras).

LA TARDE

—Amor, ¿me das un poco de esa luz dorada?

—No sé.

—¿No me la das, aunque te la pida? Mira que nada te cuesta.

—No sé a qué luz te refieres.

—Esa que ilumina esta tarde y la hace crisálida de oro y de sueño; esa que me invita a volver a la vida.

—Es que… es sólo mi sonrisa.

—Ya lo sabía. ¿Me la das ahora?

EL INFOLIO IMPOSIBLE

No deja de sorprender que la última obra de Pedro Amador permanezca inédita quince años después de su muerte. Se trata de un voluminoso infolio de aproximadamente tres mil páginas que, bajo el título de Summa rerum, y celosamente custodiado por sus herederos, duerme el sueño de las cosas imposibles, confundido entre el fatigoso aluvión de los papeles marginales del escritor cordobés: las mil cartas de amor y de versos, de política, de proyectos; las mil conferencias retóricas, inanimadas; los mil apuntes, recensiones, bocetos; los infinitos papeles que no hacen una vida, pero que pueden llenarla con su misteriosa presencia.

El texto, mecanografiado con la exacerbante pulcritud a que nos tiene acostumbrados su autor, está integrado por cuatro capítulos —acaso sea obligado, si bien no muy original, aludir a un esquema de sinfonía cabalística—. El primero de ellos, «Cosmogonía», viene a ser una apasionada disertación sobre el universo extrañamente convincente. Sus teorías sobre la formación del mundo no pretenden imponerse —para ello necesitarían un soporte científico del que carecen—. No obstante, son algo más que una fortuita recreación poética.

El segundo capítulo, «Historia natural», está dividido en tres secciones: «Bestiario», «Herbolario» y «Lapidario». Descubrimos con sorpresa en esta segunda parte de la Summa que Amador no se ha limitado a describir la zoología, la botánica y la mineralogía de nuestro mundo: viajamos también a través de una inquietante guía de especies animales, vegetales y minerales correspondientes a otros innúmeros mundos posibles. Con pavor nos enfrentamos a la baali, descomunal serpiente cuyo silbido paraliza de terror a quien lo escucha; al saak-aru, simpático roedor capaz de repetir cualquier melodía —excepción hecha de ciertos intervalos disonantes—; la misteriosa leda, planta que posee la particularidad de gruñir cuando se le sustrae una flor; la philosophica, piedra rosácea que satisface el sueño de los viejos alquimistas... y otros centenares de peregrinos seres, algunos tomados de las zoologías apócrifas; los más, sorprendentemente novedosos.

El tercer capítulo, «Estética», es un admirable tratado de filosofía del arte que recuerda la rigurosa claridad de L'Expression dans les Beaux-Arts de Prudhomme.

Por fin, la cuarta y última parte, «Ética», es un apocalíptico evangelio en el que el mesiánico Petrus Amans revela la doctrina de la imperiosa moral, de la que se erige en visionario apóstol. Para ilustrar sus más que severos juicios, Petrus Amans narra con irritantes pormenores unos nuevos círculos del infierno donde los más monstruosos castigos tienen lugar: la espantosa inmersión en lava ardiente para los fornicadores; la extirpación de la lengua para los impostores; la indescifrable eternidad de los laberintos para los filósofos; la lapidación para los tiranos; el cruento acoso de las fieras para los simoníacos...

Lógicamente, en esta obra ingente y totalizadora, cada parte posee su previsible reverso. Por ello, al primer capítulo —la mítica disertación sobre el cosmos— se opone, punto por punto y línea por línea, un riguroso estudio científico sobre determinadas cuestiones de astrofísica. Al segundo —el tratado de zoología, botánica y mineralogía—, se enfrenta con igual exasperante simetría un manual de los seres y criaturas que nunca podrán existir, con las razones que motivan tal imposibilidad. El capítulo tercero —«Estética»— halla su justa réplica en un sórdido e implacable ensayo sobre filosofía del lenguaje. Por último, el evangelio apocalíptico de Petrus Amans se corresponde con una desconcertante «Guía de goces mundanos», cuyo apartado reservado a la gula merece especial consideración por sus calidades literarias.

En cuanto al muro de silencio que cerca tan sugestiva obra —parece indudable que el texto de Amador no verá ya nunca la luz pública—, caben dos explicaciones. La primera me fue revelada en cierta carta por el propio autor. Cito textualmente: «La Summa sigue siendo para mí un texto inquietante. No describiré las penosas circunstancias en que fue redactado por una mano que ni siquiera sé si fue la mía. Quién sabe qué impulsos ajenos me movieron a transcribir sus fatigosas páginas. Debo confesarte algo. En los últimos años he considerado la posibilidad de destruirlo. Habría cumplido con ello lo que se me antojaba un deber de conciencia. Pero me ha faltado el valor necesario. Después de todo, sólo a su auténtico autor correspondería esa decisión.»

Unas semanas después de recibir la carta, visité a Pedro Amador. Fue nuestro último encuentro. No sin hacer severas advertencias, me permitió hojear el texto. Luego dijo que ya había dado instrucciones concretas a sus herederos. En el tono enérgico adiviné sin dificultad el sentido de esas instrucciones.

La segunda explicación —tal vez menos verosímil aunque más explícita— la hallé casualmente mientras releía las páginas de su Falsa historia de un creyente. En una nota que siempre consideré gratuita, cuenta el escritor: «Cierto día me ocurrió algo muy curioso. Recibí la visita de un hombre de avanzada edad y aspecto desaliñado. Tomó asiento frente a mí y afirmó ser un amigo de la infancia. No creí sus palabras, pues aquel hombre me aventajaba notablemente en edad. Así se lo hice saber. Él no se dio por aludido, e incluso manifestó conocer algunos de mis más secretos pensamientos. Sin dar tregua a mi creciente desconcierto, me hizo entrega de un cuaderno donde figuraban numerosas citas de algunos textos medievales muy curiosos, algunos de los cuales me son hoy familiares. Me rogó que conservara en la memoria su voz y que guardara el cuaderno. Así lo hice. También dijo algo sobre un secreto que yo no habría de revelar. Se marchó sin atender a mis preguntas. Nunca más supe de él.»

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"Alfonsina y el mar"

Cantante argentina nacida en San Miguel de Tucumán en 1935, Mercedes Sosa es una artista querida y reconocida en todo el mundo. Desde su peronismo inicial evolucionó hacia el compromiso con la izquierda que mantendría toda su vida. Vetada, prohibida, detenida por el régimen dictatorial, hubo de partir hacia el exilio en París y posteriormente en Madrid. Regresó a Argentina en 1982.

"Alfonsina y el mar" es una de las más bellas canciones de todos los tiempos. Fue compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna, en homenaje a la poetisa también argentina Alfonsina Storni, que se suicidó en 1938 en las playas de Mar del Plata.