Provocar la risa no es nada fácil; menos aún si se intenta a través de un libro o un cuento. Por eso descubrí parte de lo grandioso de Murakami cuando, además de llegar a las profundidades oníricas en el Pájaro, me hizo reir describiendo el compañero de residencia del protagonista de Tokio Blues.
En el humor es en donde residen las virtudes de Una lectora nada común de Alan Bennett. Nos atrapa adentrándonos en el hipotético caso de una Reina de Inglaterra compulsivamente lectora, que pregunta a todas horas por libros, autores, citas. Con ello consigue descuadrarnos y dar un giro a un personaje que casi todos tenemos esteoreotipado como hiératico y frío y del que sólo pueden salir frases típicas y tópicas como -Qué buen tiempo hace hoy- cuando se dirige a sus visitas. Y lo hace todo a través de un humor fino y elegante, sin entrar en lo burdo, lo humillante, lo satírico, en apenas ciento veinte páginas de escritura precisa en busca de un único objetivo divertirnos y hacernos reir a través de un lúcido e incisivo humor inglés. Así que recomiendo esta pequeña novela para tardes grises de cielo y alma; os prometo que una sonrisa brotará en vuestra cara al terminarla.
Tengo que decir que la última traducción de Chesil Beach resbala y se tambalea en alguno de los momentos y da muestras de que podían haber sido escogidos en ciertos párrafos otras formas de volcar el texto inglés al castellano. Y, sin embargo, por encima de estos obstáculos, cuando terminé esta novela tuve que quitarme el sombrero ante este mago de las letras que ha vuelto a sacar su talento de su chistera.
El texto es aveces duro y amargo, pero por encima de todo es profundo ,conmovedor y elegante. No tiene la estructura compleja con la que me fascinó y enganchó McEwan en Expiación, pero no puedo considerar esta obra como algo menor o banal; quizás porque demuestra maestría en la novela corta; quizás porque demuestra que se puede ahondara y conmover en apenas doscientas páginas; quizás nadie como él para describirnos esta tensa y anormal noche de bodas.
Por eso leed a McEwan, leed Chesil Beach, merece la pena, palabra. Como también merece la pena la crítica que en su día escribió Ceci en su Viga del Tejado. Quizás eso es lo bueno de la blogosfera, no nos recomendamos libros de oreja a oreja, pero sí de post en post.
Confieso que prefiero las películas donde las emociones lleguen de lo profundo, oculto y velado; donde se diga y no se diga lo que se quiere transmitir; donde el director valore al espectador y le haga pensar. Todas estas reflexiones me han venido al hilo de un par de películas que he visto en las últimas semanas, La pianista de Michael Haneke y La doble vida de Verónica de Kieslowski.
La obra de Haneke es arriesgada dura, ácida, descarnada y bebe de la novela de título homónimo de la agoró fóbica escritora Elfriede Jelinek. Reconozco que es una película valiente en la que al espectador no se le roba ningún plano de los muchos desgarradores que tiene la película. Sentimos con toda su fuerza la jaula de locura que envuelve a la protagonista y en más de un caso nos dan ganas de girar la cabeza y taparnos la cara con las manos ante el horror que vemos.
Quizás tenga un estómago delicado y no esté preparado para digerir tal aspereza de imágenes; quizás sea que prefiero aquellos directores como Bergman o Kieslowski que me hablan de las insondables complejidades del hombre con la inteligencia de crear planos y diálogos que sugieran la tragedia; quizás por todo eso me prefiera la película de Kieslowski frente al puñetazo en el estómago de Haneke.
La doble vida de Verónica es una película onírica, poética y mágica que cuenta la historia de dos chicas una polaca y otra francesa que son almas gemelas. Quizás la nacionalidad de la dos chicas surgiera de esa escisión que Kieslowski mostrará más tarde al rendir tributo a su patria de acogida en la magnífica trilogía azul, blanco y rojo. El caso es que con una intensa labor de montaje el director polaco nos regala una película en la que todo se sugiere y nada se explica, sin minusvalorar al espectador, tratándole como un adulto y no un niño que haya que llevar de la mano. Llena de simbología como la vieja que arrastra el carro ante la atenta mirada de Verónica desde la ventana, la película brinda una miríada de interpretaciones ante cada uno de sus fotogramas.
Profundamente musical con una maravillosa banda sonora de Zbigniew Preisner la película nos mueve como marionetas contemplando las dobles vidas interpretadas por la profunda mirada de ojos verdes de Iréne Jacob. Kieslowski acertó eligiendo a esta actriz francesa a la que utilizó también en Rojo, pues con su rostro en silencio expresa más que algunos actores de los que no paran de salir palabras de sus labios. Dejaros arrastrar por la poesía de esta película os aseguro que no saldréis decepcionados a mí me dio ganas de seguir siguiendo la estela del cineasta polaco, No matarás estará seguro entre uno de mis próximos bocados cinematográficos… buen provecho.
Sería una inútil redundancia colocar este mundo de los computer, de los media y las nuevas tecnologías en el centro de la enseñanza , ya que forma parte del ambiente en que vivimos y sabe difundir muy bien su propia pedagogía. Al contrario, la escuela debería servir de contrapeso a las presiones de tal universo enseñando todo lo que nos ayuda a ser individuos libres…
Marc Fumaroli
Confieso que casi todas las semanas devoro los suplementos culturales. Babelia, el Cultural, el ABCD son recorridos por mis ojos en busca de orientación en ese mar proceloso de las novedades editoriales. Al final, he de reconocer que como mis ojos lectores tienen más querencia por los clásicos, son pocas las veces que me lanzo a leer uno de los libros que critican en sus páginas. Pero me gusta leerlos y los jueves y las mañanas de los sábados los leo, con café y una tostada. De hecho, la lectura de los artículos semanales de Manuel Rodríguez Vivero y Antonio Muñoz Molina se han convertido en un ritual del que quizás ya no pueda prescindir.
Aparte de las críticas de libros, muchas veces entre sus páginas se cuelan interesantes debates como el que leí la semana pasada en el Cultural: La agonía del humanismo. Francisco Rodríguez Adrados, Carlos García Gual, Pablo Juaralde y Carlos Alvar reflexionaban acerca de la situación del humanismo en nuestros días. La lectura fue fructífera y me aportó puntos de reflexión interesantes, pero sin ninguna duda lo que más me gustó de esta entrevista- reflexión múltiple fue la cita de la cita que Carlos García Gual aportó y que es la que abre este artículo.
Para mí, después de esta campaña electoral en la que cuando se hablaba de educación se hablaba sólo de informática, inglés y educación para la ciudadanía, esta reflexión me mostró el camino que debe seguir la educación moderna. Las escuelas deben aportar lo que este mundo nos niega y no sumarse a lo que ya puebla incluso en demasía.
Creo que una condensación de valores en una asignatura como educación para la ciudadanía no aportara reflexión y libertad al alumno. Mejor leer a Aristóteles, Descartes y Nietzsche que versiones reducidas, cortadas, edulcoradas de valores y pensamientos que no supongan un esfuerzo. Creo que el inglés y la informática podrán hacer a los jóvenes más ricos, pero dudo que la reflexión y la libertad salgan de ahí. Creo que la literatura, la filosofía, el arte… hará a los hombres quizás más pobres, pero con absoluta seguridad más libres.
Sólo tres han sido los autores japoneses de los que he leído obra. Los dos primeros Mishima y Kawabata, son ya con justicia clásicos del siglo XX; el tercero, Haruki Murakami, será un clásico del siglo XXI si existe la justicia literaria. Nada tiene que ver la Casa de las bellas durmientes ni la estupenda tetralogía del Mar de la fertilidad con las novelas de Murakami y, sin embargo, todas tienen en común el exotismo de papaya y mango que impregna todas sus palabras y la gran profundidad que los tres aportan en sus páginas para las incertidumbres, miedos y anhelos del poliédrico ser humano.
La casualidad hizo posible mi primer encuentro con el autor japonés. Hace ya tres años una buena amiga me regaló Tokio Blues por mi cumpleaños. Con aquella novela descubrí la escritura realista y psicológica de Murakami; con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo me he adentrado en su vertiente más onírica, mágica y compleja en la que el mundo de los sueños se mezcla con la realidad y la realidad sueños, perdiéndonos, atrapándonos en su juego de espejos. Con su Crónica nos descubre nuestra ignorancia hacia nuestro subconsciente y lo expresa con párrafos tan sencillos y a la vez tan maravillosos como éste.
¿Por qué me gustan las medusas? No lo sé. Las encuentro bonitas. Antes, mientras las miraba, he pensado una cosa. Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos. ¿No te parece? Dos terceras partes del planeta son océanos y lo que nosotros podemos ver con nuestros ojos no pasa de ser la superficie del mar, la piel. De lo que verdaderamente hay debajo no sabemos nada.
Creo que nunca me encontraré con un hombre que tenga el aspecto de los pintados por Francis Bacon y, sin embargo, sé que probablemente con sus figuras deformadas nadie haya expresado mejor la angustia y la desesperación que a veces atraviesa el ser humano. Y algo así pienso de Murakami; su crónica parece llena de sucesos extraños y maravillosos, nombres imposibles como Malta y Creta Kanoo y, sin embargo, debajo de toda esa piel de aparentes fantasías irrealizables subyace verdadera compresión de la angustias, deseos y sueños por los que todos nadamos.
Quizás alguien pueda acusarle como a Somerset Maugham de escribir prosa sencilla, que de forma tan equivocada se cree fácil de realizar, pero creo que nadie podrá decir después de leer Crónica que da cuerda al mundo que no tiene una estructura compleja, pues como en una maravillosa obra de relojería una historias se van engarzando unas con otras, produciendo al final esa maravillosa sensación de obra abierta y a la vez completa que me dio al leer la última de sus páginas.
Murakami merece la pena, palabra. Si no mi tren de lecturas no marcaría a Kafka en la orilla como una de sus próximas paradas.
Hace ya algún tiempo que publiqué un comentario sobre la película de Clint Eastwood Banderas de nuestros padres. En ella mostraba la decepción por la película, porque me parecía muy alejada de la profundidad, la emoción y la sorpresa de otras películas de Eastwood como Million Dollar Baby o Mystic River.
Y ante la decepción, mi amiga Ceci de Viga del tejado me retó a ver la segunda parte del acercamiento a la cruenta batalla en es isla desierta, yerma y volcánica que es Iwo Jima. Y como ya viene siendo costumbre acertó. Han tenido que pasar varios meses hasta que aceptara el reto y me sumergiese en el torrente de humanidad que es Cartas desde Iwo Jima. Aquí traspasamos las líneas y abandonamos las filas americanas para unirnos al bando japonés. Con este cambio de prisma, pasando a relatar las peripecias de una facción que apenas había sido retratada, la película gana enteros sobre su predecesora, en cine, literatura, arte… siempre funciona lo que sorprende. Si a eso le unimos una profundidad de caracteres mucho mayor; un racimo de historias profundamente humanas, alejadas de los tópicos que trufaban Banderas de nuestros padres, el resultado es una película soberbia y profundamente conmovedora.
Hace tiempo que el cartero dejó en el buzón de las carteleras esta película. Dudé durante tiempo si verla, pero estas navidades cuando la vi me pregunté porque había dudado pues Ceci, en su Viga del tejado, siempre acierta como una flecha certera en sus críticas.
Si un día se apagan todas las cámaras o de ellas no sale nada interesante, si las películas se convierten en tediosas y se olvidan del hombre, si los actores son modelos y maniquies las actrices, no temeré nada porque tendré un cielo de clásicos que me alumbrarán cuando ese día se haga de noche. Zorba el griego es uno de ellos.
Y aparentemente esta película no es nada, pero es mucho. Porque habla de lo peor: los celos, la envidia, la venganza. Porque habla de lo mejor la amistad, la libertad, el amor.
Quizás el primer acierto sea basarse en la novela de Nikos Kazantzakis. Un autor del que hace tiempo que me llaman como campanas repiqueteantes sus letras y que tras esta película no pararán de sonar hasta que lo lea. Y el segundo acierto es Anthony Quinn por encima de todo, lo más maravilloso de la película. A pesar de que el Oscar no fue para él porque voló por el cielo a una espléndida y loca francesa abandonada en la isla de Creta interpretada por Lila Kedrova. Anthony Quinn rotundamente, sin duda, el mejor.
Una película que habla de la transformación de un timorato escritor interpretado por Alan Bates, que parte hacia Creta en busca de fortuna y que volverá transformado en un ser más pobre, pero más libre, porque de la mano de Zorba descubrirá el pequeño punto de locura que hace falta para romper las cadenas para volar y alcanzar la libertad. Dos amigos, el cielo, el mar de Creta, un sirtakis ¡Qué maravillosa película! ¡Qué absoluta sensación de libertad!
Veintiocho años. Una profesión la ingeniería y una pasión, las letras, el arte. Última parada en Madrid, pero no sé si dejaré aquí las maletas o será el comienzo de un viaje hasta dejar el equipaje con el cuero gastado, lleno de pegatinas.