Libro de Arena
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A la sombra de mis orejas

"Es más fácil ser sabios con otros que con nosotros mismos." Francois de La Rochefoucauld (1613-1680)

Una lectora nada común

Provocar la risa no es nada fácil; menos aún si se intenta a través de un libro o un cuento. Por eso descubrí parte de lo grandioso de Murakami cuando, además de llegar a las profundidades oníricas en el Pájaro, me hizo reir describiendo el compañero de residencia del protagonista de Tokio Blues.

En el humor es en donde residen las virtudes de Una lectora nada común de Alan Bennett. Nos atrapa adentrándonos en el hipotético caso de una Reina de Inglaterra compulsivamente lectora, que pregunta a todas horas por libros, autores, citas. Con ello consigue descuadrarnos y dar un giro a un personaje que casi todos tenemos esteoreotipado como hiératico y frío y del que sólo pueden salir frases típicas y tópicas como -Qué buen tiempo hace hoy- cuando se dirige a sus visitas. Y lo hace todo a través de un humor fino y elegante, sin entrar en lo burdo, lo humillante, lo satírico, en apenas ciento veinte páginas de escritura precisa en busca de un único objetivo divertirnos y hacernos reir a través de un lúcido e incisivo humor inglés. Así que recomiendo esta pequeña novela para tardes grises de cielo y alma; os prometo que una sonrisa brotará en vuestra cara al terminarla.

Enlace al artículo de Manuel Rodríguez Rivero en el País que me dio la pista para leer esta novela.

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El guardián entre el centeno. J.D. Salinger

Rosario Tijeras.

El embarazo de mi hermana.

Chesil Beach. Ian McEwan

Tengo que decir que la última traducción de Chesil Beach resbala y se tambalea en alguno de los momentos y da muestras de que podían haber sido escogidos en ciertos párrafos otras formas de volcar el texto inglés al castellano. Y, sin embargo, por encima de estos obstáculos, cuando terminé esta novela tuve que quitarme el sombrero ante este mago de las letras que ha vuelto a sacar su talento de su chistera.

El texto es aveces duro y amargo, pero por encima de todo es profundo ,conmovedor y elegante. No tiene la estructura compleja con la que me fascinó y enganchó McEwan en Expiación, pero no puedo considerar esta obra como algo menor o banal; quizás porque demuestra maestría en la novela corta; quizás porque demuestra que se puede ahondara y conmover en apenas doscientas páginas; quizás nadie como él para describirnos esta tensa y anormal noche de bodas.

Por eso leed a McEwan, leed Chesil Beach, merece la pena, palabra. Como también merece la pena la crítica que en su día escribió Ceci en su Viga del Tejado. Quizás eso es lo bueno de la blogosfera, no nos recomendamos libros de oreja a oreja, pero sí de post en post.

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Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Sólo tres han sido los autores japoneses de los que he leído obra. Los dos primeros Mishima y Kawabata, son ya con justicia clásicos del siglo XX; el tercero, Haruki Murakami, será un clásico del siglo XXI si existe la justicia literaria. Nada tiene que ver la Casa de las bellas durmientes ni la estupenda tetralogía del Mar de la fertilidad con las novelas de Murakami y, sin embargo, todas tienen en común el exotismo de papaya y mango que impregna todas sus palabras y la gran profundidad que los tres aportan en sus páginas para las incertidumbres, miedos y anhelos del poliédrico ser humano.

La casualidad hizo posible mi primer encuentro con el autor japonés. Hace ya tres años una buena amiga me regaló Tokio Blues por mi cumpleaños. Con aquella novela descubrí la escritura realista y psicológica de Murakami; con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo me he adentrado en su vertiente más onírica, mágica y compleja en la que el mundo de los sueños se mezcla con la realidad y la realidad sueños, perdiéndonos, atrapándonos en su juego de espejos. Con su Crónica nos descubre nuestra ignorancia hacia nuestro subconsciente y lo expresa con párrafos tan sencillos y a la vez tan maravillosos como éste.

¿Por qué me gustan las medusas? No lo sé. Las encuentro bonitas. Antes, mientras las miraba, he pensado una cosa. Escucha, lo que nosotros vemos es sólo una pequeña parte del mundo. Damos por hecho que esto es el mundo, pero no es del todo cierto. El verdadero mundo está en un lugar más oscuro, más profundo, y en su mayor parte lo ocupan criaturas como las medusas. Eso nosotros lo olvidamos. ¿No te parece? Dos terceras partes del planeta son océanos y lo que nosotros podemos ver con nuestros ojos no pasa de ser la superficie del mar, la piel. De lo que verdaderamente hay debajo no sabemos nada.

Creo que nunca me encontraré con un hombre que tenga el aspecto de los pintados por Francis Bacon y, sin embargo, sé que probablemente con sus figuras deformadas nadie haya expresado mejor la angustia y la desesperación que a veces atraviesa el ser humano. Y algo así pienso de Murakami; su crónica parece llena de sucesos extraños y maravillosos, nombres imposibles como Malta y Creta Kanoo y, sin embargo, debajo de toda esa piel de aparentes fantasías irrealizables subyace verdadera compresión de la angustias, deseos y sueños por los que todos nadamos.

Quizás alguien pueda acusarle como a Somerset Maugham de escribir prosa sencilla, que de forma tan equivocada se cree fácil de realizar, pero creo que nadie podrá decir después de leer Crónica que da cuerda al mundo que no tiene una estructura compleja, pues como en una maravillosa obra de relojería una historias se van engarzando unas con otras, produciendo al final esa maravillosa sensación de obra abierta y a la vez completa que me dio al leer la última de sus páginas.

Murakami merece la pena, palabra. Si no mi tren de lecturas no marcaría a Kafka en la orilla como una de sus próximas paradas.

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La lluvia amarilla. Julio Llamazares

Ya desde que surgió la idea este libro es hermoso. Cuando un escritor se adentra en el corazón del hombre y apoya su cabeza sobre su superficie palpitante y sin relojes, sin prisas lo escucha, saca las mejores historias. Y así es esta luvia amarilla que Llamazares escribe con grandes goterones de melancolía. Porque en lo sencillo de la historia está su acierto. La última pareja de un pueblo, Andrés y Sabina, la tristeza, la muerte, el susurro de los recuerdos.

Y así página tras página heridos de profunda melancolía avanzamos y con ello comprendemos la vida, mientras cae la lluvia amarilla, de hojas ocres y naranjas de otoño.

Hace tiempo que la leí, pero el otro día leí un fragmento en una pegatina del metro. Y supe que tenía que escribir algo sobre esta Lluvia amarilla que sólo pudo escribir Julio Llamazares... un hombre que fue niño y que vivió en un pueblo... ahora vacío y abandonado.

Fue el principio del fin, la iniciación del largo e interminable adiós en que a partir de entonces, se convirtió mi vida. Como la luz del sol, cuando se abre una ventana después de muchos años, rasga la oscuridad y desentierra bajo el polvo objetos y pasiones ya olvidados, la soledad entró en mi corazón e iluminó con fuerza cada rincón y cada cavidad de mi memoria.

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Mortal y Rosa. Umbral

Tu muerte hijo, no ha ensombrecido al mundo. Ha sido un apagarse de la luz en la luz. Y nosotros aquí ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos diciéndote.

Francisco Umbral. Mortal y Rosa

Ya sonaron las campanas a difuntos, Umbral es ceniza. Con la muerte, la injusticia. Un hombre de tan brillante prosa nunca colgó su bufanda blanca en un perchero de abecedario y no se sentó en los sillones aterciopelados de la academia. Pero ya hace tiempo que la justicia de las letras no se puede buscar en la comtemporaneidad, hace ya tiempo que es el mismo tiempo quién escribe con letras de oro y coloca en sus anaqueles aquellos libros que de verdad lo merecen. Las ninfas, Mortal y rosa nunca serán ceniza.

Leyendo a Umbral uno se queda maravillado ante su prosa y cuando regala una de esas páginas certeras, llenas de los azules, púrpuras y rojos del cielo, tienes que perdonar las malas líneas, que las tiene, las tonterías que a veces dijo y allí disfrutando de cada palabra engarzada, te quitas las gafas de pasta, la bufanda blanca y te mesas la cana melena en señal de respeto a este genial prosista madrileño.

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Las lanzas coloradas

Siempre existe la niebla de los titulares en la que, oscurecidos por las grandes sombras de los maestros, quedan agazapados y ocultados en los estantes otros escritores muy interesantes. Así ha ocurrido en este ya pasado siglo XX en el que los colosos García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Cortázar... han creado un Londres neblinoso del que rara vez escapa un escritor sudamericano, al prosperar el razonamiento que es mejor lo que se esconde en la ciudad de las brumas y las plumas ilustres. Ciertamente son maravillosos y muchos de ellos ineludibles. Es necesario pasar cien años de soledad y jugar a la rayuela, pero todavía quedan tesoros escondidos más allá de todas estas firmas.

Si me lo permites deja que agarre tu mano, te saque de la bruma y te guíe a un libro maravilloso. Tienes que confiar en mí, porque puede y no puede que hayas oído hablar de Arturo Uslar Pietri y su novela Las lanzas coloradas. Y una vez que guiado por mí te adentres en las páginas del libro dejaré que sean las palabras, frases, hojas... las que te convezcan, lo harán mejor que yo. Apenas decirte que se desarrolla en Venezuela durante la revolución de Simón Bolívar, apenas decirte que destila la tersura de la frase y la intensidad en lo contado que sólo tienen las grandes novelas.

Y si todavía desconfías lee antes un cuento de Uslar Pietri, Barrabás... después quizás empieces a leer la novela o tal vez quieras saber más de Barrabás y leas la novela de Par Lagerkvist, otro libro que también merece la pena del que tal vez escriba un artículo mañana o... nunca. Felices lecturas.

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Las palmeras salvajes. William Faulkner

No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de que se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.

William Faulkner

De la traducción de J.L. Borges en la editorial Edhasa.

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La comedia humana. Saroyan

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La comedia humana. William Saroyan (1908-1981)

... Ulysses llegó enseguida y sin decir nada se plantó a su lado, después fue al nido de la gallina en busca de huevos. Encontró uno. Se lo quedó mirando un momento, se lo llevó a su madre y se lo entregó con mucho cuidado, con lo cual quería decir lo que ningún hombre puede adivinar y ningún niño recuerda para contarlo.

Lo que ningún hombre puede recordar y ningún niño recuerda para contarlo... con esta maravillosa frase cerró William Saroyan, el primer capítulo de su estupendo libro, La comedia humana. Después de leer apenas tres páginas de la novela y cerrar el capítulo de forma tan maravillosa, supe que lo que vendría después no me defraudaría y, sin duda, no fue así.

Saroyan se acerca a la juventud y la infancia de la mano de dos hermanos, Ulysses y sus ojos-plato de cuatro años y Homer un niño-hombre que debe empezar a trabajar, porque su hermano Marcus está en la guerra. Así todas las tardes, después de las clases lleva telegramas por todo Ithaca, con lo que supone llevar mensajes durante una guerra...dolor,dolor,dolor.

Un libro maravilloso sobre la ética y los valores verdaderamente importantes de la vida y que lo mejor que tiene está en lo que Saroyan no escribió y dejó sugerido pero no plasmado. Como decía Hemingway, un buen cuento debe ser como un Iceberg, mostrar sólo un tercio de lo que esconde y Saroyan lo consiguió con este libro, palabra.

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