¿Cómo querés el café? Me dijo Lucía ese pedazo de cielo bonaerense que un día se posó en La Latina. Y yo pensé no sé, pero sé que me gustaría saber de ti argentina de ojos negros, capuchino de mi vida. ¿Cómo querés el café? Y volví al silencio y miré su linda boca y me dije bailaría un tango, te susurraría un fado, bebería de la taza de tus labios carnosos morena mía. ¿Cómo querés el café? Y entonces sí, repondí, dije, balbuceé...cortado, siempre cortado.
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¡Qué siga sonando!
El paso cambiado.
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El llanto del cosmonauta
El beso lanzado
Soborno
María@miprimerbeso.com
Viaje al Parnaso
La taza
La bocanada triste del insomnio
Las guitarras y las voces son más sinceras cuando ya no queda belleza en el rostro, las flores secas, la casa con polvo. A Jeremías tan sólo le queda su guitarra, una cara machacada por el alcohol y las noches en vela detrás de aquella mulata que nunca le regaló sus labios.
Jeremías sigue tocando porque desde muy chico le puso su tío una guitarra en las manos y le dijo " Aver qué puedes hacer". Y tras las primeras tonterías, tocando la caja como si fuera un tambor, Jeremías le pidió a su tío que le enseñara. Lo hizo hasta que ya no le quedo más que mostrar, hasta que Jeremías consiguió tocar la guitarra tan rápido como los dioses Lucía, Clapton, Knopfler...
Llegó a la colegio mayor con la guitarra en el hombro. En el salón donde se veía la tele todos sus compañeros con cervezas y risas cantaron con él de piloto. También cantó al oido de Lucía, sus labios, su cuerpo desnudo... en las noches en la que los dos, entrelazados eran uno. Conoció a Mario, al Jarretas, al Pirulo y juntos tocaron los bares de Malasaña, llenos de humo, de whiskies, de ojos derretidos, apuntes apartados, amores furtivos. Un día, un disco, una gira, fuegos artificiles de apenas unos años-segundos. Luego, la campana de alarma , las broncas de los padres, la espada de la rutina. Mario, Jarretas, Pirulo volvieron a los estudios.
Jeremías se quedó sólo, alquiló su mano rápida, su voz rasgada paseó por varios grupos... pero un día, aunque la música es más sincera sin belleza en el rostro, no lo cogió ninguno. Así que desde entonces pasea su guitarra por el metro, se planta en los pasillos largos, eternos, vacíos de Nuevos Ministerios, coloca su funda y toca, canta, disfruta... las monedas caen. Y cuando tiene hambre, Jeremías recoge sus tesoros, mete la guitarra en la funda y vuelve a casa. En el camino se cruza con un grupo de gitanos tocando jazz, una pareja bailando un tango, un guitarrista reggae jamaicano... les va echando monedas. Cuando llega, abre la puerta y con la sonrisa en el rostro, los bolsillos vacíos, piensa "¡Que siga sonando!".
Juan Fondevila. Madrid. Abril 2007
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La taza
La bocanada triste del insomnio
Por degracia sucede así a veces, el paso cambiado ¿Qué es lo que los dos recordaron? La primera tarde en la que se conocieron, el bar lleno de humo, él entrando con la guitarra, ella detrás de la barra, la subida al escenario, las miradas cómplices. Recordaron con agrado cuando sus cuerpos, las sábanas y las bocas eran hermanas, y las palabras que volaban de un oído a otro. Y los gritos, los odios, los celos. Y en verdad lo recordaron todo, cada uno a su tiempo. Y, como es díficil decir nunca, hicieron por volverse a ver.
Así que lo que tardó ella en olvidarle y dejar el trabajo, pese a las broncas con su jefe, sufriendo y aguantando con la esperanza de que la puerta se abriese y apareciese él y su sonrisa; fue lo que él tardó en recordarla. Un día después de que ella colgase la bandeja, él abrió la puerta con su sonrisa, el reloj en deshora, el paso cambiado.
VOLVER (1934)
Letra de Alfredo Le Pera
Música de Carlos Gardel
Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolar.
Y aunque no quise regreso,
siempre se vuelve al primer amor.
La quieta calle, donde un eco dijo:
"Tuya es su vida, tuyo es su querer",
bajo el burlón mirar de las estrellas
que con indiferencia hoy me ven volver...
Volver
con la frente marchita,
las nieves del tiempo
platearon mi sien...
Sentir
que es un soplo la vida
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en la sombra
te busca y te nombra...
Vivir
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez.
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida;
tengo miedo de las noches
que, pobladas de recuerdos,
encadenen mi soñar...
¡Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar!
Y aunque el olvido, que todo destruye,
haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón
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La taza
La bocanada triste del insomnio
Encorbatado, encamisado y trajeado se dirige a casa. El auricular siempre en la oreja porque el maravilloso y práctico móvil suena a todas horas. Se trabaja mejor, se vive mejor, el móvil. En cualquier momento sabe de sus acciones, de su novia ,sus padres, sus amigos, su esteticien, los resultados del fútbol, la receta para la comida del día, la música...el móvil.
- Oye, te dejo. He llegado a casa y sólo tengo media hora para estar con Lucía.
Abre la verja. Atraviesa el jardín. Mira las hojas que el otoño dejó en la piscina. Mete la llave en la puerta. Mientras deja el abrigo y la bufanda en el colgador, ella le habla.
- Hola, cariño. ¿Móvil nuevo? ¿Me lo dejas ver?
- Sí, toma.
- No puede ser... igual que el mío. Lo compré esta mañana.
- Se ve que pensamos igual, que estamos hechos el uno para el otro y tú dudabas en irnos a vivir juntos. ¿No lo ves? La casa, las tele, las fotografías, los cuadros... hasta en las cortinas tenemos los mismos gustos.
- Te quiero tanto.
Se abrazan, se quitan las ropas, gimen, acaban. Entonces él mira el reloj, apenas diez minutos para el trabajo. Se pone la ropa, coge el móvil y tras besarla, vuela cual yuppie enamorado va a la oficina porque ella ... le ama. Intensa, profunda, gozosa-mente. Y con el sabor de su lengua todavía en su boca y el recuerdo de su sudoroso cuerpo desnudo bajo el suyo decide mandarle un mensaje. Te quiero. Dos palabras para resumir lo que siente. No basta con lo que ha ocurrido hace diez minutos, debe decírselo todavía con el sudor en la frente y la corbata desarreglada. Debe, tiene, puede, el móvil. Por eso mientras va en el taxi lo abre y, antes de saltar con sus dedos raudos sobre los números que se hacen letras, un aviso aparece en la pantalla. Mensaje de texto.
¿Lucía? ¿Por qué no lo coges? ¿Estás con el idiota ese? Déjalo ya de una vez. Trabajará hoy porque es lunes. Siempre trabaja. ¿Quedamos luego? Lo pasé muy bien la otra noche. Besos
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La taza
La bocanada triste del insomnio
La noche, Barcelona, la luna, un estudio. Lucía. Acaricia con su voz el micrófono, lenta, suave, terciopelo, piel desnuda. Una taza, un pitillo, una ventana. Las Ramblas sin estatuas, sin actores, sin guiños ni mimos, sólo un perro y un hombre paseando. El humo del cigarro, el vapor del café, la luz tenue. Lucía, su voz, la madrugada, sus oyentes. La primera llamada. La bocanada triste del insomnio. Ismael.
- ¿Lucía?
- Sí, Ismael.
Aparentemente sólo ellos delante del micrófono, bailando con las palabras en el salón de la noche, pero más allá, en muchas casas, a kilómetros de ondas, lejanos y cercanos, tumbados en sus camas, los desafiantes de la madrugada les escuchan.
- No soy yo, es un amigo...
- Dime, Ismael.
- Su mujer le engaña ¿ Y qué hacer?¿Qué derecho tengo yo de juzgar la vida de nadie? Se le acerca todo el mundo en los bares, le cuentan, le dicen, pero el confía, confía, no acaba de creer... Incluso yo se lo he sugerido y el que no, que no puede ser... pero yo sé que sí. No puedo ya más sufre, llora y me dice no es verdad, no es verdad ¿Ismael a que tengo razón? Yo le miro y... callo.
- Habla con ella, quizás entienda, le aclare, cambie. Puede que lo abandone para siempre. Será el comienzo de un dolor intenso, el primer paso para la reconcialiación o... el olvido.
- Lo siento, Lucía. No quería. No debo meterme en vuestras vidas, pero, por favor, habla con él. Lo necesita, necesita saber si tendrá que volver abrazarte o olvidarte para siempre.
Barcelona, la luna, un estudio, un micrófono. Lucía. El silencio, la noche.
Juan Fondevila Herrero
Madrid 11 de diciembre de 2006
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La taza
Cuando entré en aquella tienda de discos me invandió la misma sensación de siempre el cementerio, el olvido, las cenizas. Inevitable. Sean libros, discos o películas. La tiendas de segunda mano donde están las glorias efímeras y las estrellas fugaces. Estanterías repletas de vinilos, compacts, vídeos. Todos ordenados en orden alfabético, todos ordenados y la mayoría olvidados. Hay discos, libros, películas que no las lee, escucha, ve ni los nietos de los que los crearon; condenados a no volver a ser visitados, para siempre. Por eso lo absurdo de la búsqueda de la gloria, por eso el riesgo de apenas unos segundos de flashes y la condena eterna de una obra en una estantería llena de polvo. Incluso los grandes autores no perduran, sólo sus obras se vuelven inmortales, vivas en cada nueva lectura, sobreviven. Ellos en sus tumbas tendrán el recuerdo del placer al crearlas.
No sé lo que buscaba, porque en esas tiendas no se busca, se encuentra lo que no venias buscando por eso tan delicioso, tan mágico. Abarrotada de discos, de personas, pequeña, sin mostrador. Al principio no supe saber quién era el dependiente hasta que empezó a hablar como aquellos señores que en Londres se suben en su cajón de madera y sin pedir permiso a nadie cuentan cualquier cosa. Pero aquel hombre de cabelllo cano y bigote espeso no tenía que pedirlo, porque estaba en sus tienda, su reino. Supe a medias de su origen cuando empezó a hablar, porque entre un castellano perfecto se dejaba caer cierto acento de Europa del Este. Despertó su voz una buena canción puede que de Aretha Franklin, de los Beatles, de U2, no me acuerdo. Sólo sé que dijo algo parecido a esto.
-¡Qué buena canción! Esto si que es música. La verdadera música tiene que ver con el pasado, con las raices primitivas. Beber del pasado y adelantarse al futuro. Esa es la senda del éxito, si no durarás apenas unos meses. Los músicos deben hacerse un favor a ellos y a sus comtemporáneos haciendo música que perdure, porque si no están codenados a la gloria efímera- Y con sus manos señaló a todas las estanterías.
No compré ningún disco. Apenas tenía unos euros en los bolsillos para invitar a una chica preciosa de pelo rizado y rubio a un chocolate. Pero me quedé con la promesa de volver y comprar algún disco que nunca cumplí. Antes de salir, me acerqué, me sonrió, le di la mano. Luego, salí a la calle Preciados y me junté con miles de personas, buscadoras de las glorias efímeras.
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La taza
Noche de viento, las hojas de los plátanos caen en el jardín como lágrimas del otoño. Dentro, en el salón de la casona, una chimenea, troncos crepitando enmudecidos por el sonido de una radio. Luz de llamas en la habitación. Una pareja tumbada en el sofá burdeos.
Ella mira a través del vaso y observa una galería de imágenes ebrias, deformadas. Los hielos derretidos, la copa aguada. Bebe, acaba, de un trago, sin respirar. Una gota condensada cae en su mano, pasea por sus dedos y se desliza mojando el vello de su brazo. Él la seca rozándola con sus yemas. Las miradas se cruzan, dicen, desean. Lleva sus dedos a los párpados de ella, los cierra, dejándola en la incertidumbre de qué parte de su cuerpo va a tocar, qué lugar encontrará para que un calambre de estremecimiento la recorra. Posa los labios en el cuello, luego viaja sin despegarlos por la piel morena, sigue por el mentón. Las bocas se hacen una y las lenguas juegan en ella. Abre los ojos, se miran, vuelven a decir. Ella desliza los dedos por la nuca de él, acaricia su pelo fino y sedoso, la coronilla. Excitado, una serpiente recorriendo su espalda. Su camiseta roja vuela y va a parar a la alfombra. Ella desliza su dedo por su torso desnudo y él la acaricia el pelo rizado, largo, trigueño. Coge un mechón que cruza por la cara, lo pone detrás de la oreja, contempla una vez más los ojos verdes. Tímido y atrevido acerca su cara, le susurra. Sus labios en el oído, de éste a la mente, de la mente al corazón. La voz es casi imperceptible. Mete la mano debajo de la falda plisada, descubre los muslos, las caderas tersas de juventud. Ella le guía hasta sus pechos. Con la frontera de la blusa los toca, los acaricia, su redondez, su firmeza. Raudo, con las manos sudorosas, va desabrochando los botones de la blusa, resbalando los dedos, impaciente. Cuando llega al tercero y el bordado del sujetador se ve claramente, lo detiene. Su rostro luce rojo, congestionado, azorado. Le aparta el brazo con dulzura, dice:
.”Por favor, lléname la copa.
.”Es la tercera.
.”Anda, sírvemela, necesito desinhibirme un poco.
Sumiso, obedece. Se incorpora del sillón, levanta la tapa de la cubitera,agua fría. Va a la cocina. Ella coge un cigarrillo, lo enciende y las brasas dan paso al humo, las volutas efímeras son vigiladas por su mirada. Suena Killing me softly. Mátame, mátame, suavemente de placer. Tararea la canción.
.”Tenemos una llamada en antena. Buenas noches ¿Marcos?
Él abre el congelador.
.”Hola, buenas noches. Me encanta tu programa, Gemma.
Con el grifo rocía las cubiteras.
.”Gracias ¿Querías dedicar un tema?
Pone los hielos, vierte el whisky y la cola.
.”Sí, para Lucía.
Regresa al salón con pasos tímidos, sosteniendo las dos copas en las manos, intentando no derramarlas.
.”Todo tuyo.
Le acerca la copa, pero ella tiene los ojos puestos en otra parte.
.”Te sorprenderá oírme. Vuelvo a casa. Sé que es una sorpresa. Pronto estaremos juntos. Esta canción, la nuestra Every breath you take ¿Recuerdas?
Él le vuelve a alargar la mano con el vaso.
Ella no la coge. Se levanta, apaga el cigarrillo en el cenicero, se abrocha lentamente los botones de la blusa, se pone el jersey de cuello vuelto, el abrigo y abraza una bufanda a su cuello. Anda hacia la puerta y en el camino una lágrima zarpa de sus ojos, navega por su mejilla y atraca en la alfombra para ser absorbida por ella. Sale a la calle. La casa libera una ráfaga de luz en la noche, en el jardín, en las hojas de los plátanos que decidieron morir en el otoño, que el viento hace flotar. Sube el cuello de su abrigo, enrosca con más fuerza su bufanda, mete las manos en sus bolsillos, cierra la puerta. Dentro, la canción sigue sonando.
Every breath you take/ Every move you make
Every bond you break/ Every step you take
I'll be watching you.
Sting and The Police
Juan Fondevila Herrero
Cartagena Febrero de 2005
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La taza
Sus manos temblorosas cogieron la taza y el platillo. Lentamente los fue llevando hacia su boca. La taza, al chocar con el platillo, producía un tintineo inquietante. Cuando llegó a su boca le dio un pequeño sorbo, comprobó que tenía la temperatura correcta y, con un movimiento rápido, dejando atrás nervios y temblores, lo bebió, sin paladearlo, todo de un trago, sin respirar. Volvió a colocar la taza sobre el platillo. Comenzaron de nuevo los temblores, el estridente tintineo. Después de unos interminables, angustiosos segundos en los que taza y plato estaban al borde del abismo, los dejó en la mesilla que tenía a su lado.
La taza por fin pudo respirar tranquila, había terminado su agonía. Pero ésta se repetiría día tras día como el tormento de Sísifo, hasta que la anciana falleciese ó ella acabase esparcida en el suelo como piezas de puzzle, imposibles de unir. Por la noche, metida en el aparador, soñaba con unas manos fuertes y robustas que le sujetaran con firmeza, como las de los actores de Hollywood, que la vieja veía en las películas de sobremesa. Cada vez que aperecían en la pantalla los deseaba y se decía: ¡Quién pudiera tomar el café con ellos!
Juan Fondevila Herrero
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